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domingo, 11 de octubre de 2020

Israel-Serbia: ecos de conflictos pasados

Robert Fisk

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▲ La cineasta bosnia Jasmila Zbanic (tercera a la izquierda) acudió al cementerio conmemorativo de Potocari antes de la primera proyección pública de la cinta Quo Vadis, Aida?, sobre la masacre de Srebrenica.Foto Ap

Me encantó la expresión en el rostro de Aleksandar Vucic cuando Donald Trump anunció que, conforme al nuevo acuerdo de normalización entre Serbia y Kosovo, Serbia trasladaría su embajada de Tel Aviv a Jerusalén.

Mientras Trump anunciaba que los chicos de Belgrado mudarían a su embajador a la ciudad que Estados Unidos afirma que es la capital unificada de Israel, el antiguo publirrelacionista del dictador Slobodan Milosevic miró con asombro los documentos que tenía enfrente… y luego empezó a rebuscar en las páginas. Cuando Serbia masacraba a los musulmanes de Bosnia, hace casi tres décadas, uno no veía vacilar así a los hombres más poderosos de Belgrado.

Milosevic, por supuesto, era un criminal de guerra, pero ¿Vucic? Nunca, aunque es cierto que durante la guerra con Bosnia sugirió de manera gráfica que por cada serbio muerto, mataremos 100 musulmanes. También acompañó a uno de los jefes milicianos más aterradores en una excursión secreta para reunirse con Saddam Hussein en Bagdad. Y, en respuesta a una pregunta mía, se refirió a la masacre de 8 mil musulmanes en Srebrenica como una situación. Sin embargo, tan pronto como, pasada la guerra, se puso a hablar de derechos humanos y del deseo de Serbia de unirse a la Unión Europea, se volvió la delicia de Bruselas. Vaya, el nuevo presidente serbio –Vucic, nada menos– hasta consiguió la ayuda de Tony Blair (alguna vez el bombardero de Belgrado) para que lo aconsejara sobre las futuras políticas serbias.

Pero los recuerdos son como socavones. Hoy están aquí, mañana se habrán ido. Así como el invasor de Irak se volvió una inspiración santa para los derechos humanos, el sórdido ministro de información del menos sagrado de los tiranos balcánicos se convirtió en un presidente agradable, democrático y favorable a la Unión Europea. Israel, cuyo primer ministro actual –no hablemos más de ese asunto de corrupción, por favor– quedó complacido al enterarse el mes pasado de que Serbia secundaría a Kosovo en abrir una embajada en Jerusalén.

Ninguna mención hizo el líder israelí de las bandas serbias de estilo SS que destruyeron las ciudades y aldeas de Bosnia con el apoyo del antiguo jefe de Vucic. La propia Unión Europea –dueña del mayor socavón de la memoria política en Europa– se sacó un poco de onda. Esperen un momento, dijo: si Vucic quiere que Serbia se una a la UE, ¿por qué se distancia de sus futuros socios europeos al enviar a su embajador a Jerusalén? ¿Acaso Vucic no recordó la insistencia de la UE en la solución de dos estados, una capital para los palestinos al igual que para los judíos en Jerusalén, etcétera, etcétera?

O bien –dada su expresión de asombro cuando escuchó a Trump anunciar el traslado de la embajada serbia a Jerusalén–, ¿acaso Vucic tenía la menor idea de lo que estaba haciendo, por principio de cuentas?

Es muy posible que no. Cuando llegó a Kosovo, el 18 de junio de 1998 –con su cara de niño, gruesos labios y rápida sonrisa, anoté con poca amabilidad en The Independent en esa ocasión–, era la voz fiel del dictador Milosevic. Todo lo que el que pronto sería declarado criminal de guerra deseaba en Kosovo, nos dijo Vucic, era paz, diálogo y derechos humanos para todos, incluido 90 por ciento de la población musulmana kosovara albanesa.

Vucic también había sido vocero de Vojislav Seselj, líder de la milicia serbia que llevó a cabo la limpieza étnica en gran parte de Bosnia. Seselj dijo que sus hombres sacaban los ojos a croatas con cucharas oxidadas, nada menos. Por eso le pregunté a Vucic acerca de Srebrenica. No había razón, me dijo entonces, en usar comparaciones con Bosnia y –aquí todos contuvimos el aliento– con el vocabulario de la situación en Srebrenica. Esa palabra situación salió de los labios de Vucic, terrible expresión para la ejecución de más de 8 mil musulmanes en fosas comunes que ocurrió después de la rendición del refugio seguro de Srebrenica a los asesinos serbios, en 1995.

Allí estaba Vucic, el ministro de información, menos de tres años después de la masacre, palmeándonos el hombro con la situación, mientras nos daba lecciones sobre deber cívico, derechos constitucionales, patriotismo y no violencia. Así pues, ¿por qué habría de sorprendernos descubrir que ese mismo joven alto, algo desgarbado, pero listo, había acompañado al monstruoso Vojislav Seselj (bajo un velo de sigilo y en compañía de agentes de seguridad iraquíes) a Bagdad como invitado del partido Baaz de Saddam Hu-ssein? Seselj tuvo una larga reunión con Saddam –Irak estaba devastado tras 10 años de sanciones impuestas a raíz de la invasión de Kuwait, en 1990– después de aterrizar en el aeropuerto de Damasco, en Siria, y ser escoltado por guardias tanto sirios como iraquíes al puesto fronterizo de Wadi Ash Salan para el viaje por tierra a Bagdad.

Vucic, el ex ministro de información de Milosevic –quien sabía muy bien que Saddam había enviado telegramas de apoyo mutuo a Milosevic en plena guerra de Kosovo en 1999, cuando los serbios, bajo ataque aéreo de la OTAN, expulsaban de Kosovo a 200 mil musulmanes–, más tarde se convirtió en líder de la Serbia posterior a Milosevic. Ahora quería llevar a Serbia a la UE, y por tanto era amado por nuestros amigos de la UE en Bruselas y ahora aconsejado por –no contengan el aliento aquí, por favor– Tony Blair. Y, puesto que Blair ahora ha aconsejado al dictador de Uzbekistán y en fecha más reciente al líder golpista egipcio, el brigadier general presidente Al Sisi, Vucic está en buena compañía.

Un seguro par de manos, pues, recibido con calidez en Downing Street y Bruselas; no sólo un hijo pródigo, sino un hombre cuya decisión de aceptar una resolución negociada sobre Kosovo –reconocer un fallo de la Corte Mundial de que la declaración de independencia de Kosovo fue legal– fue saludada por nuestra élite en Bruselas como importante parteaguas. Todo lo cual aceleró la solicitud de Belgrado de conceder la membresía en la UE.

Bienaventurados los pacifistas. Vucic, desde luego, hizo todo lo correcto. Dirigió el Partido Progresista Serbio, fue odiado de corazón por su viejo amigo Seselj –quien fue exculpado de crímenes de guerra en Bosnia después de pasar ocho años en prisión en La Haya– e incluso se presentó en el servicio memorial en Srebrenica, donde Bill Clinton exigió apresuradamente a los dolientes que le estrecharan la mano. No lo hicieron, y él salió corriendo de la escena.

Pero todo esto es mero contexto. A los israelíes no les preocupa el pasado de Vucic en las guerras balcánicas. Ni sus viejos amigos de mala fama. No es difícil, desde luego, ver por qué los israelíes instintivamente ven con buenos ojos a los serbios. Partisanos serbios salvaron de Hitler a muchos judíos y, durante la Segunda Guerra Mundial, los serbios compartieron el destino de muchos miles de judíos en uno de los campos de concentración más sádicos de los nazis croatas, en una pequeña ciudad llamada Jasenovac, en el río Sava. Los lectores deberían buscar referencias de este terrible lugar de decapitaciones y tortura y quedar justamente conmovidos.

No sólo la Segunda Guerra Mundial vincula a israelíes y serbios de la actualidad. Durante la lucha de Kosovo por liberarse de los serbios, Ariel Sharon, entonces ministro israelí del Exterior, se opuso a la guerra de la OTAN contra Kosovo, despotricando contra el terror islámico en la provincia serbia. ¿Les suena familiar? Sharon había detectado con gran astucia que la OTAN había emprendido esa guerra para separar parte del territorio soberano de Serbia y concederle independencia sobre la base de que una mayoría de su población –los musulmanes kosovares– deseaban un Estado aparte.

En el momento en que Israel exprese apoyo (a la OTAN), dijo Sharon, “es probable que se vuelva la próxima víctima. Imaginen que un día los árabes de Galilea demanden que la región que habitan sea reconocida como un área autónoma, conectada a la Autoridad Palestina…” De ese modo Sharon, aunque fuera por breve tiempo, se volvió un aliado de Milosevic. No podría haber un Estado albanés en Kosovo, según Sharon, a riesgo de que más tarde el mundo decidiera que los ciudadanos palestinos israelíes de Galilea también deberían separarse. Muy aparte del futuro de la Cisjordania y Gaza ocupadas. Bueno, Kosovo obtuvo su independencia…

Así pues, el futuro embajador serbio en Jerusalén tendrá mucho de qué hablar con sus anfitriones israelíes. Y los israelíes, por supuesto, podrán charlar del mismo tema con el futuro embajador de Kosovo en Jerusalén. Seguro se convertirá en un debate formidable.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

jueves, 11 de agosto de 2011

Srebrenica 2


José María Pérez Gay/I
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En imagen de archivo, una serbiobosnia visita la tumba de sus deudos en el cementerio de Bratunac, cerca de SrebrenicaFoto Ap

Miles de serbios serán investigados –escribía el editorial del Frankfurter Allgemeine Zeitung el 6 de octubre de 2005—por la matanza en la ciudad de Srebrenica en julio de 1995, donde fueron asesinados cerca de 8 mil musulmanes. El gobierno de la antigua República de Sparska (entidad serbia de Bosnia-Herzegovina) ha elaborado una lista de 19 mil 473 soldados que estaban destacados en Srebrenica durante las fechas en que ocurrió la masacre. Esta lista incluye a 900 que siguen empleados en la administración actual, en el ejército y la policía. La entrega a la fiscalía serbiobosnia de este importante documento había sido el resultado de la presión de la comunidad internacional que trata de aclarar las responsabilidades de lo ocurrido en Srebrenica, un enclave de población mayoritariamente musulmana (75 por ciento). A principios de 1993 fue declarado zona de seguridad bajo la protección de las Naciones Unidas; el comandante Morillon de la ONU había prometido a la población musulmana que no la abandonaría. Varios grupos paramilitares serbios ingresaron en Srebrenica poco antes de la matanza. Los principales mandos del ejército serbiobosnio fueron capturados o se entregaron al Tribunal Penal Internacional de la Antigua Yugoeslavia (TPIY) en La Haya. Sólo hay dos genocidas con una sentencia firme: Radislav Kristic, que cumple una sentencia de 35 años en el Reino Unido, y Dragan Obrenovic, condenado a 17 años en La Haya.

El general Ratko Mladic, máximo jefe militar durante la guerra (1992-1995), responsable de ordenar la matanza de Srebrenica, ha sido detenido en mayo en Belgrado y extraditado a La Haya el 3 de junio. Durante 16 años vivió en la clandestinidad convertido en héroe con el apoyo de la población serbia, al igual que su antiguo jefe político, Radovan Karadzic, ambos acusados por TPIY de genocidio y crímenes contra la humanidad. La lista de los 19 mil 473 soldados serbiobosnios no incluye a los máximos responsables perseguidos, procesados o reclamados por La Haya, sino a jefes, oficiales, suboficiales y soldados que participaron directamente en aquellos crímenes.

Por aquellos días las autoridades serbiobosnias aceptaron investigar a 892 personas que en julio de 1995 eran oficiales del ejército en los alrededores del enclave protegido por Naciones Unidas. Pero ninguno de ellos ha sido procesado. La lista, más o menos completa, fue entregada a los fiscales serbiobosnios y deberá facilitar su tarea. De los 8 mil muertos, 5 mil ni siquiera han podido ser identificados 20 años después.

La revelación de las listas de posibles cómplices se conoció el día en que se conmemoraba el quinto aniversario de la revuelta popular que expulsó a Slodovan Milosevic del poder. Serbia era un país sumido en una grave crisis económica, estaba fuera de las listas de aspirantes a la adhesión con la Unión Europea y como siempre era presa de su peculiar fatalismo histórico. El 5 de octubre de 2005, Vladeta Jankovich, asesor del primer ministro, Vorislav Kostunica, el político serbio que encabezó la revuelta contra Milosovic, declaró: Cinco años después seguimos lejos de las aguas tranquilas que le prometimos entonces al pueblo. Dos problemas quedaban en octubre de 2005, como rescoldos de las guerras balcánicas de la década de los años 90 del siglo pasado: Kosovo y Montenegro y el estatuto final de Kosovo, provincia serbia administrada por la ONU, que aspiraba a la independencia.

El miércoles 5 de julio de 2005 comenzó en La Haya el juicio contra Dragan Obrenovic, acusado de ser uno de los genocidas y de haber participado en la masacre de Srebrenica, la peor matanza de la guerra de Bosnia. Las fuerzas de paz de la ONU, que había declarado el poblado como un enclave o zona segura, no pudieron evitar la matanza. Entre el 6 y el 8 de julio de 1995, las fuerzas militares serbiobosnias sitiaron el enclave de Srebrenica, donde decenas de miles de civiles se habían refugiado; los 600 cascos azules holandeses mal armados se encontraban a cargo de su protección. El combustible estaba agotado y no habían ingresado víveres desde mayo.

Las fuerzas militares serbias comenzaron el bombardeo sistemático sobre Srebrenica. Los musulmanes imploraron que les fueran devueltas las armas que les habían entregado a los cuerpos de paz, pero la solicitud fue denegada. El comandante holandés pidió a sus superiores en Sarajevo apoyo aéreo cercano de los F-16 de la OTAN, luego de que los misiles y bombas serbias cayeran junto a centros de refugiados y puestos de observación de sus tropas. El poderío aéreo de la ONU no pudo impedir la masacre. El 9 de julio los serbios redoblaron su bombardeo y miles de refugiados huyeron hacia la ciudad de Srebrenica ante el avance sobre sus campos en el sur. Los serbiobosnios ocuparon un puesto de observación holandés y tomaron a 30 cascos azules como rehenes. Un soldado holandés fue herido mortalmente cuando los musulmanes dispararon contra tropas holandesas en retirada.

El comandante holandés, teniente coronel Thomas Karremans, un cómplice por omisión, solicitó el apoyo aéreo de la ONU tras el bombardeo serbio de sus propias líneas de fuego que se hallaban en posiciones peligrosísimas. El comandante general de la ONU, general Bertrand Janvier, se negó en principio pero luego aceptó tras una renovada solicitud del coronel. Los ataques serbios se detuvieron antes de la llegada de los aviones por lo que su incursión fue postergada. Unos 4 mil refugiados estaban en la ciudad esa noche y cundía el pánico. Multitudes se aglomeraban en torno a las posiciones holandesas. Karremans dijo a los líderes políticos de Srebrenica que los aviones de la OTAN al servicio de la ONU atacarían a los serbios si no se retiraban antes de las 6 de la mañana del día siguiente.

El 11 de julio las fuerzas militares serbias no llamaron a retirada. A las 9 de la mañana, Karremans recibió un reporte desde Sarajevo indicando que su solicitud de apoyo aéreo fue hecha en un documento equivocado. La nueva solicitud llegó al escritorio de Janvier una hora y media más tarde, pero los aviones debieron regresar a sus bases en Italia para reabastecerse, tras permanecer en el aire desde las 6 de la mañana. Hacia el mediodía, más de 20 mil refugiados, mayormente mujeres, niños y enfermos, llegaron a la principal base holandesa en Potocari. Dos cazas F-16 de Holanda bombardearon trincheras serbias en los alrededores de Srebrenica. Los serbios respondieron con la amenaza de matar tanto a los cascos azules como a los refugiados y los ataques aéreos se suspendieron.

El comandante serbio Ratko Mladic jefaturaba las fuerzas militares serbiobosnias; entró en Srebrenica dos horas más tarde con un par de cámaras de la televisión de Serbia. En una reunión con el coronel holandés lanzó su ultimátum: los musulmanes debían entregar sus armas si querían vivir. El 12 de julio llegó un grupo de autobuses para sacar a las mujeres y llevarlas a territorio musulmán, en tanto los serbios comenzaron a separar a los hombres de entre 12 y 77 años de edad para interrogarlos sobre presuntos crímenes de guerra.

Más de 20 mil mujeres y niños fueron deportados en el siguiente día y medio. Cientos de hombres fueron encerrados en camiones y bodegas. Unos 15 mil milicianos musulmanes trataron de escapar durante la noche y fueron bombardeados a medida que huían por las montañas.

Ratko Mladic fue el carnicero de Srebrenica; el jueves 13 de julio de 1995 comenzaron las matanzas en el poblado vecino de Kravica. Los cuerpos de paz entregaron a 5 mil musulmanes que se habían refugiado en Potocari a cambio de 14 rehenes oficiales holandeses. Los serbios habían prometido a Karremans liberar a los civiles musulmanes en cuanto las tropas de los “cascos azules” se retiraran de Srebrenica y de la zona de seguridad.

Uno de los días más vergonzosos en la historia de Naciones Unidas fue el domingo 16 de julio, los primeros informes de la matanza se recibieron conforme llegaban los sobrevivientes a pie a territorio musulmán. Los cascos azules holandeses debieron dejar sus armas, alimentos y suministros médicos. Al menos 8 mil musulmanes fueron asesinados en los cinco días siguientes a la ocupación serbia. Algunos de ellos fueron arrastrados por los serbios frente a los cascos azules impotentes.