Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.
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sábado, 15 de agosto de 2020

El obispo poeta Pedro Casaldáliga y la tradición de la mística poética española

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El obispo Pedro Casaldáliga (no le gustaba el título de Don) fue transfigurado el día 8 de agosto de 2020 a los 92 años de edad. Catalán, vino a Brasil y fue consagrado obispo en 1971 para la Prelacía de São Felix do Araguaia-MT. Fue pastor ejemplar, profeta valiente, poeta de gran altura y místico de ojos abiertos. Se hizo conocido por ponerse decididamente del lado de los indígenas y peones expulsados de sus tierras por el avance del latifundio. Su Carta Pastoral de 1971 “Una Iglesia de la Amazonia en Conflicto con el Latifundio y la Marginación Social” provocó varias amenazas de muerte y de expulsión del país por la dictadura militar.

Voy a exponer aquí solo algunos tópicos de su poesía y de su mística, que se alinean a la gran tradición española de poetas místicos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Algunos están en español, otros en portugués.

Vivió la pobreza evangélica en grado extremo: «No tener nada/no llevar nada/no poder nada/y de pasada, no matar nada/no callar nada./Solamente el Evangelio como una faca afilada/y el llanto y la risa en la mirada/Y la mano extendida y apretada/y la vida, a caballo, dada./Y este sol y estos ríos y esta tierra comprada/como testigos de la resurrección ya estallada./¡Y más nada!».

Valiente, dijo al enfrentarse a los opresores: «Donde tú dices ley, yo digo Dios./Donde tú dices paz, justicia, amor/yo digo Dios./Donde tú dices Dios/yo digo libertad, justicia, amor». Estos valores son los verdaderos nombres de Dios.

Amenazado de muerte, escribió una Cantiga a la muerte: «Ronda la muerte, ronda/ la muerte rondera ronda/ ya lo dijo Cristo antes que Lorca. Que me rondarás, morena,/vestida de miedo y sombra. Que te rondaré, morena,/vestido de espera y gloria. Tú me rondas en silencio/yo te rondo en la canción. Tú me rondas de aguijón, yo te rondo de laurel./Que me rondarás/que te rondaré. Tú para matar/yo para nacer. Que te rondaré/que me rondarás. Tú con guerra a muerte/yo con guerra a Paz. Que me rondarás en mí o en los pobres de mi Pueblo, o en las hambres de los vivos/o en las cuentas de los muertos. Me rondarás bala/me rondarás noche/me rondarás ala/me rondarás coche. Me rondarás puente/me rondarás río/secuestro, accidente/tortura, martirio,/temida. Llamada/vendida/comprada/mentida/sentida/callada/cantada. Que me rondarás/que te rondaré que te rondaremos todos/yo y Él/. Si con Él morimos/con Él viviremos/Con Él muero vivo/por Él vivo muerto/¡Tú nos rondarás/pero te podremos!»

Pero no teme a nada: Lleva tranquilo sus visitas a los pobres. «Y llegaré de noche/con el gozoso espanto/de ver/por fin/que anduve/día tras día; /sobre la misma palma de Tu Mano».

Este poema nos remite a san Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual, uno de los más bellos de la lengua española. “Por aquí ya no hay camino”./¿Hasta dónde no lo habrá?/Si no tenemos su vino/¿la chicha no servirá?

¿Llegarán a ver el día/cuantos con nosotros van?/¿Cómo haremos compañía/si no tenemos ni pan?

¿Por dónde iréis hasta el cielo/si por la tierra no vais?/¿Para quién vais al Carmelo/si subís y no bajáis?”

¿Sanarán viejas heridas/las alcuzas de la ley?/Son banderas o son vidas/las batallas de este Rey?/

¿Es la curia o es la calle/donde grana la misión?/Si dejáis que el Viento calle/¿qué oiréis en la oración?

Si no oís la voz del Viento/¿qué palabra llevaréis?/¿Que daréis por sacramento/si no os dais en lo que deis?/

Si cedéis ante el imperio, la Esperanza y la Verdad/ ¿Quién proclamará el misterio/ de la entera Libertad?

Si el Señor es Pan y Vino/ y el Camino por do andáis, si al andar se hace camino,/ ¿qué caminos esperáis?

Vivía en un “palacio” de madera de tercera calidad, totalmente desnudado. Estaba tan identificado con los indígenas y los peones asesinados, que quiso ser enterrado en el “Cementerio do Sertão” donde ellos, anónimos, yacen :

“Para descansar/ quiero sólo esta cruz de palo/como lluvia y sol;/estos siete palmos y la Resurrección”.

Y así imaginó el Gran Encuentro con el Amado al que sirvió en los condenados de la tierra:

«Al final del camino me dirá

Y tú, ¿viviste? ¿Amaste?

Y yo, sin decir nada,

Abriré el corazón lleno de nombres»

El clamor de su profecía, la total entrega de Pastor a los más oprimidos, la poesía que nutre nuestra belleza y su mística de ojos abiertos y manos trabajadoras, permanecerán como un legado perenne para las comunidades cristianas, para nuestro país indio y caboclo que él tanto amó y para toda la humanidad.

- Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y viejo amigo de Pedro Casaldáliga.

Traducción de Mª José Gavito Milano

11/08/2020



https://www.alainet.org/es/articulo/208395    

sábado, 25 de julio de 2020

El principio de autodestrucción y el combate contra la Covid-19

    Leonardo Boff
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tangerinas do meu jardim
Desde que se lanzaron dos bombas atómicas primarias en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, la humanidad ha creado para sí una pesadilla de la que no ha podido liberarse. Por el contrario, se ha transformado en una realidad que amenaza la vida sobre este planeta y la destrucción de gran parte del sistema-vida. Se han creado armas nucleares mucho más destructivas, químicas y biológicas que pueden acabar con nuestra civilización y afectan profundamente a la Tierra viva.

Aún peor, hemos diseñado la inteligencia artificial autónoma. Con su algoritmo que combina miles de millones de informaciones recogidas en todos los países, puede tomar decisiones sin que nosotros lo sepamos. Eventualmente puede, en una combinación enloquecida, como hemos señalado anteriormente, penetrar en los arsenales de armas nucleares o en otros de igual o mayor poder letal y lanzar una guerra total de destrucción de todo lo que existe, incluso de sí misma. Es el principio de autodestrucción. Es decir, está en manos del ser humano poner fin a la vida visible que conocemos (ella es solo el 5%, el 95% son vidas microscópicas invisibles).

Debemos enseñorearnos de la muerte. Ella puede ocurrir en cualquier momento.

Se ha creado ya una expresión para nombrar esta fase nueva de la historia humana, una verdadera era geológica: el antropoceno, es decir, el ser humano como la gran amenaza al sistema-vida y al sistema-Tierra. El ser humano es el gran satán de la Tierra, que puede diezmar, como un anticristo, a sí mismo y a los otros, a sus semejantes, y liquidar los fundamentos que sostienen la vida.

La intensidad del proceso letal es tan grande que ya se habla de la era del necroceno, es decir, la era de la producción en masa de la muerte. Ya estamos dentro de la sexta extinción masiva. Ahora se ha acelerado irrevocablemente, dada la voluntad de dominación de la naturaleza y de sus mecanismos de agresión directa a la vida y a Gaia, la Tierra viva, en función de un crecimiento ilimitado, de una acumulación absurda de bienes materiales hasta el punto de crear la sobrecarga de la Tierra.

En otras palabras, hemos llegado a un punto en el que la Tierra no consigue reponer los bienes y servicios naturales que le fueron extraídos y comienza a mostrar un proceso avanzado de degeneración a través de tsunamis, tifones, descongelación de los casquetes polares y del permafrost, sequías prolongadas,tormentas de nieve aterradoras y la aparición de bacterias y virus difíciles de controlar. Algunos de ellos como el coronavirus actual pueden llevar a la muerte a millones de personas.

Tales eventos son reacciones y puede que represalias de la Tierra ante la guerra que realizamos contra ella en todos sus frentes. Esa muerte en masa ocurre en la naturaleza, millares de especies vivas desaparecen definitivamente cada año, y en las sociedades humanas, donde millones pasan hambre sed y toda suerte de enfermedades mortales.

Crece cada vez más la percepción general de que la situación de la humanidad no es sostenible. De continuar con esta lógica perversa se va a construir un camino que lleva a nuestra propia sepultura. Demos un ejemplo: en Brasil vivimos bajo la dictadura de la economía ultra neoliberal, con una política de extrema derecha, violenta y cruel para las grandes mayorías pobres

Perplejos, hemos visto las maldades que se han hecho, anulando los derechos de los trabajadores e internacionalizando riquezas nacionales que sostienen nuestra soberanía como pueblo.

Los que en 2016 dieron el golpe contra la presidenta Dilma Rousseff aceptaron la recolonización del país, convertido en vasallo del poder dominante, Estados Unidos, condenado a ser solo un exportador de commodities y un aliado menor y subordinado del proyecto imperial.

Lo que se está haciendo en Europa contra los refugiados, rechazando su presencia en Italia e Inglaterra y peor aún en Hungría y en la muy católica Polonia, alcanza niveles de inhumanidad de gran crueldad. Las medidas del presidente de Estados Unidos, Trump, arrancando a los hijos de sus padres inmigrantes y colocándolos en jaulas, denotan barbarie y ausencia de todo sentido humanitario.

Ya se ha dicho, “ningún ser humano es una isla… no preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti, por mí, por toda la humanidad“. Si grandes son las tinieblas que abaten nuestros espíritus, aún mayores son nuestras ansias de luz. No dejemos que la demencia antes mencionada tenga la última palabra.

La palabra mayor y última que grita en nosotros y nos une a toda la humanidad es de solidaridad y compasión por las víctimas, es por paz y sensatez en las relaciones entre los pueblos. Las tragedias nos dan la dimensión de la inhumanidad de la que somos capaces, pero también dejan surgir lo verdaderamente humano que habita en nosotros, más allá de las diferencias de etnia, ideología y religión. Lo humano en nosotros hace que nos cuidemos juntos, nos solidaricemos juntos, lloremos juntos, nos enjuguemos las lágrimas juntos, recemos juntos, busquemos juntos la justicia social mundial, construyamos juntos la paz y renunciemos juntos a la venganza y a todo tipo de violencia y guerra.

La sabiduría de los pueblos y la voz de nuestros corazones lo confirman: no es un estado convertido en terrorista, como los Estados Unidos bajo el presidente estadounidense Bush, el que vencerá el terrorismo. Ni el odio a los inmigrantes latinos, difundido por Trump, el que traerá la paz. El dialogo incansable, la negociación abierta y el trato justo eliminan las bases de cualquier terrorismo y fundan la paz. Las tragedias que nos golpearon en lo más hondo de nuestros corazones, particularmente la pandemia viral que ha afectado a todo el planeta, nos invita a repensar los fundamentos de la convivencia humana en la nueva fase planetaria, y cómo cuidar la Casa Común, la Tierra, como pide el Papa Francisco en su encíclica sobre ecología integral “sobre el cuidado de la Casa Común” (2015).

El tiempo apremia. Y esta vez no hay un plan B que pueda salvarnos. Tenemos que salvarnos todos, pues formamos una comunidad de destino Tierra-Humanidad. Para eso necesitamos abolir la palabra enemigo. El miedo crea al enemigo. Exorcizamos miedo cuando hacemos del distante un próximo y del próximo, un hermano y una hermana. Alejamos el miedo y al enemigo cuando comenzamos a dialogar, a conocernos, a aceptarnos, a respetarnos, a amarnos, en una palabra, a cuidarnos.

Cuidar nuestras formas de convivir en paz, solidaridad y justicia; cuidar nuestro medio ambiente para que sea un ambiente completo, sin destruir los hábitats de los virus que provienen de animales o de los arborovirus que se sitúan en los bosques, un ambiente en el que sea posible el reconocimiento del valor intrínseco de cada ser; cuidar de nuestra querida y generosa Madre Tierra.

Si nos cuidamos como hermanos y hermanas, las causas del miedo desaparecen. Nadie necesita amenazar a nadie. Podemos caminar de noche por nuestras calles sin miedo a ser asaltados y robados. Este cuidado solo será efectivo si viene acompañado de la justicia necesaria para satisfacer las necesidades de los más vulnerables, si el Estado está presente con medidas sanitarias (lo importante que fue el SUS frente a la Covid-19), con escuelas, con seguridad y con espacios de convivencia, cultura y ocio.

Sólo así disfrutaremos de una paz posible de ser alcanzada cuando hay un mínimo de buena voluntad general y un sentido de solidaridad y benevolencia en las relaciones humanas. Ese es el deseo inquebrantable de la mayoría de los humanos. Esta es la lección que la intrusión de la Covid-19 en nosotros nos está dando y que tenemos que incorporar en nuestros hábitos en los tiempos pos-coronavirus.

- Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y ha escrito La Madre Tierra contraataca a la humanidad: advertencias de la Covid-19, que saldrá publicado en breve por la Editorial Vozes.

Traducción de Mª José Gavito Milano

19/07/2020



https://www.alainet.org/es/articulo/207961    

sábado, 11 de julio de 2020

El coronavirus: un ataque de la Tierra contra nosotros

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Terra na mao
Hasta el día de hoy la preocupación sobre la Covid-19 se centra en la medicina, la técnica y todos los insumos que eviten la contaminación de los trabajadores de la salud. Se busca urgentemente una vacuna eficaz. En la sociedad, el aislamiento social y evitar la aglomeración de personas. Todo esto es fundamental. Sin embargo, no podemos considerar el coronavirus como un dato aislado. Debe ser visto dentro del contexto que permitió su irrupción.

El virus vino de la naturaleza. Pues bien, como dice el Papa Francisco en su encíclica “sobre el cuidado de la Casa Común”: «Nunca hemos maltratado y herido a nuestra Casa Común como en los dos últimos siglos» (n. 53). Quien la hirió fue el proceso industrial: el socialismo real (mientras existió) y sobre todo el sistema capitalista hoy globalizado. Este es el Satán de la Tierra que la está devastando y la está llevando a todo tipo de desequilibrios.

Es el principal (no el único) responsable de las diversas amenazas que se ciernen sobre el sistema-vida y el sistema-Tierra: desde el posible holocausto nuclear, el calentamiento global, la escasez de agua potable hasta la erosión de la biodiversidad. Me hago eco de las palabras del conocido geógrafo estadounidense David Harley: «COVID-19 es la venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de maltrato y abuso a manos de un extractivismo neoliberal violento y no regulado».

Isabelle Stengers, química y filósofa de la ciencia que ha trabajado mucho en asociación con el Premio Nobel Ilya Prigogine, sostiene la tesis que yo también subscribo: «el coronavirus sería una intrusión de la Tierra-Gaia en nuestras sociedades, una respuesta al antropoceno».

Sabíamos de otras intrusiones: la peste negra (la peste bubónica) que venida de Eurasia diezmó a un total estimado en 75-200 millones de personas. En Europa, entre 1346 y 1353, causó la muerte de gran parte de su población, que pasó de 475 a 350 millones de habitantes. Necesitó 200 años para recuperarse. Fue la más devastadora que se haya conocido en la historia. También fue notable la gripe española. Oriunda posiblemente de Estados Unidos, entre 1918-1920 infectó a 500 millones de personas y causó 50 millones de muertes, incluyendo al presidente electo Rodrigues Alves en 1919.

Ahora, por primera vez, un virus ha atacado a todo el planeta, causando miles de muertes sin poder detenerlo debido a su rápida propagación, ya que vivimos en una cultura globalizada con un gran desplazamiento de personas que viajan a través de todos los continentes y pueden ser portadores de la epidemia.

La Tierra ya ha perdido su equilibrio y está buscando uno nuevo. Y este nuevo podría significar la devastación de importantes porciones de la biosfera y de una parte significativa de la especie humana.

Esto sucederá, aunque no sabemos ni cuándo ni cómo, dicen biólogos notables. Si llegase el temido NBO (The Next Big One), el próximo gran virus devastador, podría, según el investigador de la USP Prof. Eduardo Massad, llevar a la muerte a alrededor de 2.000 millones de personas, reduciendo la esperanza de vida general de 72 a 58 años. Otros temen incluso el fin de la especie humana.

El hecho es que ya estamos dentro de la sexta extinción en masa. Según algunos científicos, hemos inaugurado una nueva era geológica, la del antropoceno y su más dañina expresión, el necroceno. La actividad humana (antropoceno) es responsable de la producción masiva de muerte (necroceno) de seres vivos.

Los diferentes centros científicos que vigilan sistemáticamente el estado de la Tierra confirman que, año tras año, los principales elementos que perpetúan la vida (agua, suelos, aire limpio, semillas, fertilidad, climas y otros) se están deteriorando cada día más. ¿Cuándo va a parar esto?

El día de la Sobrecarga de la Tierra (The Earth Overshoot day) ocurrió el día 29 de julio de 2019. Esto significa que en esa fecha se habían consumido todos los recursos naturales disponibles y renovables para ese año. La Tierra entró en números rojos, tenía un cheque sin fondos.

¿Cómo detener este agotamiento? Si insistimos en mantener el consumo actual, especialmente el consumo suntuoso, tenemos que aplicar más violencia contra la Tierra obligándola a darnos lo que ya no tiene o ya no puede reemplazar. Su reacción se expresa por eventos extremos, como el vendaval bomba de Santa Catarina a fines de junio y por los ataques de varios tipos de virus conocidos: zika, chicungunya, ébola, Sars, el coronavirus actual y otros. Hay que incluir el crecimiento de la violencia social, ya que la Tierra y la Humanidad constituyen una sola entidad relacional.

O cambiamos nuestra relación con la Tierra viva y con la naturaleza o tendremos que contar con virus nuevos y más potentes que podrían aniquilar millones de vidas humanas. Nuestro amor a la vida, la sabiduría humana de los pueblos y la necesidad del cuidado nunca han sido tan urgentes.

- Leonardo Boff es ecoteólogo y escritor. Acaba de escribir este libro “O Covid-19: A Mãe Terra contra-ataca a Humanidade”, que saldrá publicado por la Editora Vozes este año.

Traducción de Mª José Gavito Milano

07/07/2020
Hasta el día de hoy la preocupación sobre la Covid-19 se centra en la medicina, la técnica y todos los insumos que eviten la contaminación de los trabajadores de la salud. Se busca urgentemente una vacuna eficaz. En la sociedad, el aislamiento social y evitar la aglomeración de personas. Todo esto es fundamental. Sin embargo, no podemos considerar el coronavirus como un dato aislado. Debe ser visto dentro del contexto que permitió su irrupción.

El virus vino de la naturaleza. Pues bien, como dice el Papa Francisco en su encíclica “sobre el cuidado de la Casa Común”: «Nunca hemos maltratado y herido a nuestra Casa Común como en los dos últimos siglos» (n. 53). Quien la hirió fue el proceso industrial: el socialismo real (mientras existió) y sobre todo el sistema capitalista hoy globalizado. Este es el Satán de la Tierra que la está devastando y la está llevando a todo tipo de desequilibrios.

Es el principal (no el único) responsable de las diversas amenazas que se ciernen sobre el sistema-vida y el sistema-Tierra: desde el posible holocausto nuclear, el calentamiento global, la escasez de agua potable hasta la erosión de la biodiversidad. Me hago eco de las palabras del conocido geógrafo estadounidense David Harley: «COVID-19 es la venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de maltrato y abuso a manos de un extractivismo neoliberal violento y no regulado».

Isabelle Stengers, química y filósofa de la ciencia que ha trabajado mucho en asociación con el Premio Nobel Ilya Prigogine, sostiene la tesis que yo también subscribo: «el coronavirus sería una intrusión de la Tierra-Gaia en nuestras sociedades, una respuesta al antropoceno».

Sabíamos de otras intrusiones: la peste negra (la peste bubónica) que venida de Eurasia diezmó a un total estimado en 75-200 millones de personas. En Europa, entre 1346 y 1353, causó la muerte de gran parte de su población, que pasó de 475 a 350 millones de habitantes. Necesitó 200 años para recuperarse. Fue la más devastadora que se haya conocido en la historia. También fue notable la gripe española. Oriunda posiblemente de Estados Unidos, entre 1918-1920 infectó a 500 millones de personas y causó 50 millones de muertes, incluyendo al presidente electo Rodrigues Alves en 1919.

Ahora, por primera vez, un virus ha atacado a todo el planeta, causando miles de muertes sin poder detenerlo debido a su rápida propagación, ya que vivimos en una cultura globalizada con un gran desplazamiento de personas que viajan a través de todos los continentes y pueden ser portadores de la epidemia.

La Tierra ya ha perdido su equilibrio y está buscando uno nuevo. Y este nuevo podría significar la devastación de importantes porciones de la biosfera y de una parte significativa de la especie humana.

Esto sucederá, aunque no sabemos ni cuándo ni cómo, dicen biólogos notables. Si llegase el temido NBO (The Next Big One), el próximo gran virus devastador, podría, según el investigador de la USP Prof. Eduardo Massad, llevar a la muerte a alrededor de 2.000 millones de personas, reduciendo la esperanza de vida general de 72 a 58 años. Otros temen incluso el fin de la especie humana.

El hecho es que ya estamos dentro de la sexta extinción en masa. Según algunos científicos, hemos inaugurado una nueva era geológica, la del antropoceno y su más dañina expresión, el necroceno. La actividad humana (antropoceno) es responsable de la producción masiva de muerte (necroceno) de seres vivos.

Los diferentes centros científicos que vigilan sistemáticamente el estado de la Tierra confirman que, año tras año, los principales elementos que perpetúan la vida (agua, suelos, aire limpio, semillas, fertilidad, climas y otros) se están deteriorando cada día más. ¿Cuándo va a parar esto?

El día de la Sobrecarga de la Tierra (The Earth Overshoot day) ocurrió el día 29 de julio de 2019. Esto significa que en esa fecha se habían consumido todos los recursos naturales disponibles y renovables para ese año. La Tierra entró en números rojos, tenía un cheque sin fondos.

¿Cómo detener este agotamiento? Si insistimos en mantener el consumo actual, especialmente el consumo suntuoso, tenemos que aplicar más violencia contra la Tierra obligándola a darnos lo que ya no tiene o ya no puede reemplazar. Su reacción se expresa por eventos extremos, como el vendaval bomba de Santa Catarina a fines de junio y por los ataques de varios tipos de virus conocidos: zika, chicungunya, ébola, Sars, el coronavirus actual y otros. Hay que incluir el crecimiento de la violencia social, ya que la Tierra y la Humanidad constituyen una sola entidad relacional.

O cambiamos nuestra relación con la Tierra viva y con la naturaleza o tendremos que contar con virus nuevos y más potentes que podrían aniquilar millones de vidas humanas. Nuestro amor a la vida, la sabiduría humana de los pueblos y la necesidad del cuidado nunca han sido tan urgentes.

- Leonardo Boff es ecoteólogo y escritor. Acaba de escribir este libro “O Covid-19: A Mãe Terra contra-ataca a Humanidade”, que saldrá publicado por la Editora Vozes este año.

Traducción de Mª José Gavito Milano

07/07/2020


https://www.alainet.org/es/articulo/207729    

sábado, 23 de mayo de 2020

El post-covid-19: ¿qué cosmología y qué ética incorporar?


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Hay un hecho terrible que es el ataque sistémico que la naturaleza está realizando contra la humanidad con un virus diminuto e invisible está causando una grave preocupación y llevando a muchos miles de personas a la muerte. Frente a esta verdadera desgracia humana importante cuál es nuestra reacción a la pandemia? Cuál es la resonancia en nosotros de esta pandemia?. ¿Qué lección nos enseña? ¿Qué cosmología (visión de mundo) y qué tipo de ética (valores y principios) nos llevan a desarrollar? Seguramente deberemos aprender todo lo que deberíamos haber aprendido antes y no aprendimos. Deberíamos haber aprendido que somos parte de la naturaleza y no sus “señores y dueños” (Descartes). Hay una conexión umbilical entre el ser humano y la naturaleza. Venimos del mismo polvo cósmico como todos los demás seres y somos el eslabón consciente de la cadena de la vida.

La erosión de la imagen del “pequeño dios en la tierra”

El mito moderno de que somos “el pequeño dios” en la Tierra y que podemos disponer de ella a nuestro antojo porque es inerte y sin propósito ha sido destruido. Uno de los padres del método científico moderno, Francis Bacon, dijo que deberíamos tratar a la naturaleza como los esbirros de la inquisición trataban a sus víctimas, torturándolas hasta que entreguen todos sus secretos.

A través de la tecnociencia hemos llevado este método al extremo, llegando al corazón de la materia y la vida. Esto se ha llevado a cabo con un furor sin precedentes hasta el punto de haber destruido la sostenibilidad de la naturaleza y por lo tanto del planeta y de la vida. De esta manera hemos roto el pacto natural que existe con la Tierra viva: ella nos da todo lo que necesitamos para vivir y en contrapartida debemos cuidarla, preservar sus bienes y servicios y darle descanso para restaurar todo lo que tomamos de ella para nuestra vida y progreso. No hemos hecho nada de eso.

Por no haber observado el precepto bíblico de “proteger y cuidar el Jardín del Edén (de la Tierra: Gn 2,15)” y por amenazar las bases ecológicas que sostienen toda la vida, ella nos ha contraatacado con un arma poderosa, el coronavirus 19. Para enfrentarlo, hemos vuelto al método de la Edad Media, que superó sus pandemias a través del estricto aislamiento social. Para que el pueblo, asustado, saliera a la calle, en el ayuntamiento de Múnich (Marienplatz) se construyó un ingenioso reloj con bailarines y cucos para que todos acudieran a apreciarlo, lo que se viene haciendo hasta hoy.

La pandemia, que más que una crisis es la exigencia de un cambio de cosmología ( de visión del mundo) y de la incorporación de una ética con nuevos valores, nos plantea esta pregunta: ¿realmente queremos evitar que la naturaleza nos envíe virus aún más letales que pueden diezmar incluso la especie humana? Esta sería una de las diez que desaparecen definitivamente cada día. ¿Queremos correr ese riesgo?

Inconsciencia generalizada del factor ecológico

Ya en 1962, la bióloga y escritora estadounidense Rachel Carson, autora de Primavera Silenciosa (Silent Spring), advirtió: “Es poco probable que las generaciones futuras toleren nuestra falta de preocupación prudente por la integridad del mundo natural que sustenta toda la vida… La pregunta es si alguna civilización puede continuar una guerra sin tregua contra la vida sin destruirse a sí misma y sin perder el derecho a ser llamada civilización “.

Parece una profecía de la situación que estamos viviendo a nivel planetario. Tenemos la impresión de que la mayoría de la humanidad e incluso los líderes políticos no demuestran una conciencia suficiente de los peligros que enfrentamos con el calentamiento global, con la excesiva proximidad de nuestras ciudades y especialmente del agronegocio masivo que avanza sobre a la naturaleza virgen y a los bosques que están deforestando. De esta manera destruimos los hábitats de millones de virus y bacterias que terminan siendo transferidos a los seres humanos. Según científicos serios, el coronavirus no habría venido a través de un murciélago del mercado de China, sino simplemente de la naturaleza.

En la mejor de las hipótesis, el coronavirus nos obligará a reinventarnos como humanidad y a remodelar de forma sostenible e inclusiva la única Casa Común que tenemos. Si prevaleciera lo que dominaba antes, exacerbado hasta el extremo, entonces podremos prepararnos para lo peor.

Muchos están anunciando una nueva era de austeridad destructiva en el pos-coronavirus. Los buitres del pasado ya se están articulando para volver a la perspectiva de antes y impedir cambios significativos. Los intereses del capital financiero, y la falta de una consciencia por parte de los que están en el poder y aún de gran parte de los saberes académicos acerca de de la gravedad de la degradación de la naturaleza, no los llevan a aprender nada de millares y millares de muertos por el coronavirus a nivel mundial.

Quieren volver a la austeridad que es una política de oportunistas, ejecutada por oportunistas para oportunistas. Según CEPAL calculase que el covid-19, en razón de tales políticas de austeridad peores que antes, dejarán 215 millones de nuevos pobres en América Latina (cf. Carta Maior 13/05/2020) Sin embargo, cabe recordar que el sistema-vida ha pasado por varias extinciones importantes (estamos dentro de la sexta) pero siempre ha sobrevivido.

La vida parecería –me permito una metáfora singular– una “plaga” que nadie hasta hoy ha logrado exterminar. Porque es una “plaga” bendita, ligada al misterio de la cosmogénesis y a aquella Energía de Fondo, misteriosa y amorosa que preside todos los procesos cósmicos y también los nuestros.

Es imperativo que abandonemos el viejo paradigma de la voluntad de poder y dominación sobre todo (el puño cerrado) hacia un paradigma de cuidar todo lo que existe y vive (la mano extendida) y de la corresponsabilidad colectiva.

En el último párrafo de su libro La era de los extremos (1995) escribió Eric Hobsbawn: Una cosa está clara. Si la humanidad quiere tener un futuro reconocible, no puede ser prolongando el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, fracasaremos. El precio del fracaso, es decir, la alternativa al cambio de la sociedad es la oscuridad (p.506).

Esto significa que no podemos simplemente volver a la situación anterior al coronavirus, ni siquiera podemos pensar en un regreso al pasado pre-iluminista como quiere el actual gobierno brasileño y otros de extrema derecha.

Post-pandemia: ¿lo nuevo o la radicalización de lo anterior?

Hay muchos analistas que predicen que la post-pandemia podría significar una radicalización extrema de la situación anterior, un retorno al sistema de capital y al neoliberalismo, buscando dominar el mundo con el uso de la vigilancia digital (big data) sobre cada persona del planeta, algo que ya está en marcha en China y en Estados Unidos. Ahí entraríamos en la era de las tinieblas, con el riesgo, sugerido por Raquel Carson, en su famoso libro “La primavera silenciosa” de nuestra autodestrucción. De ahí la exigencia de una conversión ecológica radical, cuya centralidad debe ser ocupada por la Tierra, por la vida y por la civilización humana: una biocivilización.

Los posibles riesgos en el post-covid-19

No debemos sin embargo subestimar la fuerza de la violencia sistémica. Sigmund Freud, al contestar una carta de Albert Einstein de 1932 en la que le preguntaba si era posible superar la violencia y la guerra, dejaba una aporía. Respondió, considerando que no podía decir qué instinto podría prevalecer: si el instinto de muerte (thánatos) o el instinto de vida (eros). Están siempre en tensión y no podemos estar seguros de cual triunfará al final. Terminaba resignado: “Hambrientos, pensamos en el molino que muele tan lentamente que podemos morir de hambre antes de recibir la harina”.

Hay una opinión nada optimista de uno de los más grandes intelectuales estadounidenses, crítico severo del sistema imperialista, Noam Chomsky, que dice: «El coronavirus es suficientemente grave, pero vale la pena recordar que se está acercando algo mucho más terrible, estamos corriendo hacia el desastre, hacia algo mucho peor que cualquier otra cosa que haya sucedido en la historia humana y Trump y sus lacayos están al frente de esto, en la carrera hacia el abismo. Hay dos amenazas inmensas que estamos encarando. Una es la creciente amenaza de la guerra nuclear, exacerbada por la tensión de los regímenes militares, y la otra, por supuesto, es el calentamiento global. Las dos pueden resolverse, pero no hay mucho tiempo; el coronavirus es terrible y puede tener terribles consecuencias, pero será superado, mientras que las otras no lo serán. Si no resolvemos esto, estaremos condenados».

Chomsky ha afirmado que el presidente Trump está lo suficientemente demente como para desatar una guerra nuclear, sin importarle lo que le pueda pasar a toda la humanidad.

No obstante esta visión dramática del prestigioso lingüista y pensador, nuestra esperanza es que si la humanidad corriera un grave peligro de destruirse realmente, prevalecerá el instinto de vida. Pero a condición de que hayamos construido una forma diferente de habitar la Casa Común, sobre otras bases que no sean ni las del pasado ni las del presente.

Algunas buenas lecciones de la pandemia de Covid-19

De todos modos, el coronavirus nos ha mostrado que no somos “pequeños dioses” que pretenden poder todo; que somos frágiles y limitados; que la acumulación de bienes materiales no salva la vida; que la globalización financiera sola, en el molde competitivo del capitalismo, impide crear, como proponen los chinos, “una comunidad de destino común para toda la humanidad”; que tenemos que crear un centro global y plural para gestionar los problemas mundiales; que la cooperación y la solidaridad de todos con todos y no el individualismo son los valores centrales de una geosociedad.

Que se deben reconocer y respetar los límites del sistema-Tierra que no tolera un proyecto de crecimiento ilimitado; que debemos cuidar la naturaleza como nos cuidamos a nosotros mismos, porque somos parte de ella y nos proporciona todos los bienes y servicios necesarios para la vida; que debemos buscar una economía circular que cumpla las famosas tres erres (R): reducir, reutilizar y reciclar todo lo que ha entrado en el proceso de producción.

Que la economía ha de ser de subsistencia digna y universal y no de acumulación de algunos a expensas de todos los demás y de la naturaleza; que este tipo de economía de subsistencia disminuye las necesidades para dar lugar a la sobriedad y reducir así en gran medida las desigualdades sociales; que el nuevo orden económico no habría de regirse por las ganancias sino por la racionalidad económica con un sentido social y ecológico.

Que sería altamente racional y humanitario crear un renta mínima universal; que la atención médica es un derecho humano universal (One World-One Health) que no podemos desatander; que es importante garantizar un estado que regule el mercado, que promueva el desarrollo necesario y esté equipado para satisfacer las demandas colectivas, ya sean de salud o desastres naturales.

Que debemos incentivar el capital humano-espiritual, siempre ilimitado, basado en el amor, la solidaridad, la búsqueda de la justa medida, la fraternidad, la compasión, el sentir el encanto del mundo y en la búsqueda incansable de la paz.

Un mapa para rescatar la vida: la Carta de la Tierra

Estas son, entre otras, algunas de las lecciones que podemos sacar del coronavirus. Citando la Carta de la Tierra (UNESCO), uno de los documentos oficiales más inspiradores para la transformación de nuestra forma de estar en el planeta Tierra, «se necesitan cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y formas de vida… Nuestros desafíos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales están interconectados y juntos podemos forjar soluciones inclusivas» (Preámbulo c).

¿Qué visión del mundo y qué valores incluir?

Saber y tener conocimiento de los datos de la realidad no es todavía hacer. ¿Qué nos impulsa a actuar? ¿Qué visión del mundo (cosmología) y qué valores (ética) deberíamos incluir? Nos orienta un texto importante de la parte final de la Carta de la Tierra, en cuya redacción también participé.

Como nunca antes en la historia, el destino común nos llama a buscar un nuevo comienzo. Esto requiere un cambio de mente y de corazón. Exige un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal. Debemos desarrollar y aplicar con imaginación la visión de un modo de vida sostenible a nivel local, nacional, regional y mundial” (El camino por delante).

Observemos que no se trata sólo de mejorar el camino andado. Este nos llevará a las crisis cíclicas que ya conocemos y eventualmente al desastre. Se trata de “buscar un nuevo comienzo”. Se nos reta a reconstruir la “Tierra, nuestro hogar, que está viva con una comunidad de vida única” (CT, Preámbulo a). Sería engañoso cubrir las heridas de la Tierra con venditas, pensando que podemos curarla. Tenemos que revitalizarla y rehacerla para que sea la Casa Común.

“Esto requiere un cambio de mente”. Un cambio de mente significa una nueva mirada sobre la Tierra, tal como la nueva cosmología y biología la presentan. Ella es un momento del proceso evolutivo que tiene ya 13.700 millones de años y la Tierra 4.300 millones de años. Después del big bang, todos los elementos físico-químicos se forjaron durante más de tres mil millones de años en el corazón de las grandes estrellas rojas. Al explotar, lanzaron en todas las direcciones estos elementos que formaron la galaxia, las estrellas como el Sol, los planetas y la Tierra.

Ella está viva con una vida que irrumpió hace 3.800 millones de años, un super-organismo sistémico que se auto-organiza y se auto-crea continuamente. En un momento avanzado de su complejidad, hace unos 8-10 millones de años, una parte de ella comenzó a sentir, pensar, amar y adorar. Surgió el ser humano, hombre y mujer. Él es Tierra consciente e inteligente, por eso se llama homo, hecho de humus.

Esta cosmovisión cambia nuestra concepción de la Tierra. La ONU, el 22 de abril de 2009, la reconoció oficialmente como la Madre Tierra porque genera y nos da todo. Por eso la Carta de la Tierra dice: “Respetar la Tierra y la vida en toda su diversidad y cuidar de la comunidad de la vida con comprensión, compasión y amor” (CT 1 y 2). La Tierra como suelo la podemos comprar y vender. A la Madre, sin embargo, no la compramos ni vendemos; la amamos y la veneramos. Tales actitudes deben ser transferidas a la Tierra, nuestra Madre. Esta es la nueva mente que tenemos que hacer nuestra.

“Requiere un cambio de corazón”. El corazón es la dimensión del sentimiento profundo (pathos), de la sensibilidad, el amor, la compasión y los valores que guían nuestra vida. Especialmente en el corazón se encuentra el cuidado, que es una forma amistosa y afectuosa de relacionarse con la naturaleza y sus seres. Tiene que ver con la razón sensible o cordial, con el cerebro límbico, que surgió hace 220 millones de años cuando los mamíferos irrumpieron en la evolución. Todos ellos, como el ser humano, tienen sentimientos, amor y cuidado a sus crías. Eso es el pathos, la capacidad de afectar y ser afectado, la dimensión más profunda del ser humano.

La razón (logos), la mente a la cual nos hemos referido anteriormente, apareció hace sólo 8-10 millones de años con el cerebro neocortical y en la forma avanzada como homo sapiens (el hombre actual) hace unos cien mil años. Este, en la modernidad, se ha desarrollado exponencialmente, dominando nuestras sociedades y creando la tecnociencia, los grandes instrumentos de dominación y transformación de la faz de la Tierra, creando inclusive una máquina de muerte con armas nucleares y otras que pueden acabar con la vida humana y la de la naturaleza.

La inflación de la razón, el racionalismo, ha creado una especie de lobotomía: el ser humano tiene dificultad para sentir al otro y su sufrimiento. Necesitamos completar la inteligencia racional, necesaria para resolver las necesidades de supervivencia de nuestra vida, pero hay que completarla con inteligencia emocional y sensible para que seamos más completos y asumamos con pasión la defensa de la Tierra y de la vida.

Necesitamos el corazón para que nos lleve a escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito del pobre, y a forjar como dice el Primer Ministro chino Xi Jinping: “una sociedad moderadamente abastecida” o como decimos nosotros: una sociedad con un consumo sobrio, frugal y solidario.

Completemos el comentario del sugerente texto de la Carta de la Tierra que afirma que tenemos que buscar un nuevo comienzo para forjar un modo sostenible de vivir en el planeta Tierra.

Para eso “se requiere un nuevo sentido de interdependencia global”. La relación de todos con todos y por lo tanto la interdependencia global representa una constante cosmológica. Todo en el universo es relación. Nada ni nadie está fuera de la relación. Es también un axioma de la física cuántica según el cual todos los seres están inter-retro-relacionados. Nosotros mismos, los seres humanos, somos un rizoma (bulbo de raíces) de relaciones dirigidas en todas las direcciones. Esto implica entender que todos los problemas ecológicos, económicos, políticos y espirituales tienen que ver unos con otros. Solo salvaremos la vida sinos alineamos con esta lógica universal que es la lógica del universo y de la naturaleza.

Continúa el texto de la Carta de la Tierra: “se requiere una responsabilidad universal”. Responsabilidad significa darse cuenta de las consecuencias de nuestras acciones, si son beneficiosas o perjudiciales para todos los seres. Hans Jonas escribió un libro clásico sobre el Principio de Responsabilidad, que incluye el principio de prevención y el de precaución. Mediante la prevención podemos calcular los efectos cuando intervenimos en la naturaleza. El principio de precaución nos dice que si no podemos medir las consecuencias, no debemos correr riesgos con ciertas acciones e intervenciones porque pueden producir efectos altamente perjudiciales para la vida.

Esta falta de responsabilidad colectiva la constatamos en la presente pandemia que exige un aislamiento social estricto para evitar la contaminación y la gran mayoría no lo asume. Debe ser para todos, sino sigue la contaminación.

La Carta de la Tierra dice además: “desarrollar y aplicar con invención la visión” (de un modo de vida sostenible). Nada grande en este mundo se hace sin la invención del imaginario que proyecta nuevos mundos y nuevas formas de ser. Este es el lugar de las utopías viables. Toda utopía amplía el horizonte y nos hace inventivos. La utopía nos lleva de horizonte en horizonte, haciéndonos siempre caminar, en la feliz expresión de Eduardo Galeano.

Para superar la forma habitual de habitar la Casa Común, una relación utilitarista, sin respectar el valor intrínseco de cada ser, independiente de uso humano, tenemos que soñar con el planeta como la gran Madre, “La Tierra de la Buena Esperanza” (Ignace Sachs, Dowbor). Esta utopía puede ser realizada por la humanidad cuando despierte para la urgencia de otro mundo necesario.

Un modo de vida sostenible

La Carta de la Tierra afirma todavía: “una visión de un modo de vida sostenible”. Estamos acostumbrados a la expresión “desarrollo sostenible”, que está en todos los documentos oficiales y en la boca de la ecología dominante. Todos los análisis serios han demostrado que nuestra forma de producir, distribuir y consumir es insostenible. Es necesario decir que no puede mantenerse el equilibrio entre lo que tomamos de la naturaleza y lo que le dejamos para que se reproduzca y co-evolucione siempre. Nuestra voracidad ha hecho insostenible el planeta, porque si los países ricos quisieran universalizar su bienestar a toda la humanidad, necesitaríamos al menos tres Tierras como esta, lo cual es absolutamente imposible.

El desarrollo actual que significa crecimiento económico medido por el Producto Interior Bruto (PIB) revela desigualdades asombrosas hasta el punto de que la ONG Oxfam en su informe de 2019 revela que el 1% de la humanidad posee la mitad de la riqueza mundial y que el 20% controla el 95% de esta riqueza mientras que el 80% restante tiene que conformarse con sólo el 5% de la riqueza. Estos datos revelan una profunda injusticia social y la completa insostenibilidad del mundo en el que vivimos.

La Carta de la Tierra no se rige por el lucro sino por la vida. De ahí que el gran reto sea crear un modo de vida sostenible en todos los ámbitos, personal, familiar, social, nacional e internacional.

La importancia del biorregionalismo

Por último, este modo de vida sostenible debe realizarse a nivel local, nacional, regional y mundial. Por supuesto, se trata de un proyecto mundial que debe realizarse procesualmente. Hoy en día, el punto más avanzado de esta búsqueda tiene lugar a nivel local y regional. Se habla entonces de biorregionalismo como la forma verdaderamente viable de concretar la sostenibilidad. Tomando como referencia la región, no según las divisiones arbitrarias que aún persisten, sino las que la propia naturaleza ha hecho con los ríos, montañas, selvas, bosques y otras que configuran un ecosistema regional. En este marco se puede lograr una auténtica sostenibilidad, incluyendo los bienes naturales, la cultura y las tradiciones locales, las personalidades que han marcado esa historia, favoreciendo a las pequeñas empresas y a la agricultura orgánica, con la mayor participación posible, en un espíritu democrático. De esta manera se proporcionará un “buen vivir y convivir” (el ideal ecológico andino) suficiente, decente y sostenible con la disminución de las desigualdades.

Esta visión formulada por la Carta de la Tierra es grandiosa y factible. Lo que más necesitamos es buena voluntad, la única virtud que para Kant no tiene defectos ni limitaciones, porque si los tuviera, ya no sería buena. Esta buena voluntad impulsaría a las comunidades y, en el límite, a toda la humanidad para conseguir realmente “un nuevo comienzo”.

Este modo de vida sostenible propuesto por la Carta de la Tierra se traduce en prácticas virtuosas que hacen real este propósito. Son muchas las virtudes para otro mundo posible. Seré breve, ya que publiqué tres volúmenes con este mismo título “Virtudes para otro mundo posible” (Sal Terrae 2005-2006). Enumero 10 sin detallar su contenido, lo que nos llevaría lejos.

Virtudes de otro mundo posible y necesario

La primera es el cuidado esencial. Lo llamo esencial porque, según una tradición filosófica que proviene de los romanos, cruzó los siglos y adquirió su mejor forma con varios autores, especialmente en el núcleo central de Ser y Tiempo de Heidegger. En él se considera el cuidado como la esencia del ser humano. Es la condición previa para el conjunto de factores que permiten el surgimiento de la vida. Sin cuidado, la vida nunca irrumpiría ni podría sobrevivir. Algunos cosmólogos como Brian Swimme y Stephan Hawking vieron el cuidado como la dinámica misma del universo. Si las cuatro energías fundamentales no tuvieran el cuidado sutil de actuar sinérgicamente, no tendríamos el mundo que tenemos. Todo ser vivo depende del cuidado. Si no hubiésemos tenido el cuidado infinito de nuestras madres, no sabríamos cómo salir de la cuna y buscar nuestro alimento, ya que somos seres biológicamente carentes, sin ningún órgano especializado. Necesitamos el cuidado de otros. Todo lo que amamos también lo cuidamos y todo lo que cuidamos, lo amamos. Con respecto a la naturaleza significa una relación amistosa, no agresiva y respetuosa de sus límites.

La segunda virtud es el sentimiento de pertenencia a la naturaleza, a la Tierra y al universo. Somos parte de un gran Todo que nos desborda por todos los lados. Somos la parte consciente e inteligente de la naturaleza, somos esa parte de la Tierra que siente, piensa, ama y venera. Este sentimiento de pertenencia nos llena de respeto, de asombro maravillado y de acogida.

La tercera virtud es la solidaridad y la cooperación. Somos seres sociales que no sólo viven, sino que conviven con otros. Sabemos por la bioantropología que fue la solidaridad y la cooperación de nuestros antepasados antropoides la que, al buscar alimentos y traerlos para el consumo colectivo, les permitió dejar atrás la animalidad e inaugurar el mundo humano. Las varias ciencias de la vida, la psicología evolutiva, las neurociencias, la cosmogénesis, la ecología y otras han confirmado el carácter esencial de la cooperación y de la solidaridad. Hoy, en el caso del coronavirus, lo que nos está salvando es la solidaridad y la cooperación de todos con todos. No son los valores axiales del capitalismo: la competencia y el individualismo. Esta solidaridad debe comenzar por los últimos e invisibles, sin los cuales deja de ser inclusiva de todos.

La cuarta virtud es la responsabilidad colectiva. Ya hemos expuesto su significado más arriba. Es el momento de la conciencia en el que cada uno y toda la sociedad se dan cuenta de los efectos buenos o malos de sus decisiones y actos. Sería absolutamente irresponsable la deforestación descontrolada de la Amazonia porque desequilibraría el régimen de lluvias de vastas regiones y eliminaría la biodiversidad indispensable para el futuro de la vida. No necesitamos referirnos a una guerra nuclear cuya letalidad eliminaría toda la vida, especialmente la humana.

La quinta virtud es la hospitalidad como deber y como derecho. El primero en presentar la hospitalidad como un deber y un derecho fue Immanuel Kant en su famoso texto “En vista de la paz perpetua” (1795). Entendía que la Tierra es de todos, porque Dios no le dio la propiedad de ninguna parte de ella a nadie. Ella pertenece a todos los habitantes, que pueden caminar por todas partes. Cuando se encuentra a alguien, es el deber de todos ofrecer hospitalidad, como signo de pertenencia común a la Tierra, y todos tenemos derecho a ser acogidos, sin distinción alguna. Para Kant, la hospitalidad junto con el respeto de los derechos humanos constituirían los pilares de una república mundial (Weltrepublik). Este tema es de mucha actualidad dado el número de refugiados y las muchas discriminaciones de diferentes clases. Tal vez sea una de las virtudes más urgentes en el proceso de planetización, aunque una de las menos vividas.

La sexta virtud es la convivencia de todos con todos. La convivencia es un hecho primario porque todos venimos de la convivencia que tuvieron nuestros padres. Somos seres de relación, que es lo mismo que decir, no vivimos simplemente, sino que convivimos a lo largo del tiempo. Participamos de la vida de los demás, de sus alegrías y angustias. Sin embargo es difícil para muchos convivir con aquellos que son diferentes, ya sea de etnia, de religión, de partido político. Lo importante es estar abierto al intercambio. Lo diferente siempre nos trae algo nuevo que nos enriquece o nos desafía. Lo que nunca podemos hacer es convertir la diferencia en desigualdad. Podemos ser humanos de muchas maneras diferentes, a la manera brasileña, italiana, japonesa, yanomami. Cada manera es humana y tiene su dignidad. Hoy, a través de los medios de comunicación cibernéticos, abrimos ventanas a todos los pueblos y culturas. Saber convivir con estas diferencias abre nuevos horizontes y entramos en una especie de comunión con todos. Esta convivencia implica también a la naturaleza, convivir con los paisajes, con los bosques, con los pájaros y los animales. No sólo para mirar el cielo estrellado, sino para entrar en comunión con las estrellas, porque de ellas venimos y formamos un gran Todo. En definitiva, formamos una comunidad de destino común con toda la creación.

La séptima virtud es el respeto incondicional. Cada ser, por pequeño que sea, tiene valor en sí mismo, independientemente del uso humano. Albert Schweitzer, gran médico suizo que fue a Gabón, en África, para atender a los hansenianos, desarrolló el tema en profundidad. Para él el respeto es la base más importante de la ética, porque incluye la acogida, la solidaridad y el amor. Debemos empezar por el respeto a nosotros mismos, manteniendo actitudes dignas y formas que despierten el respeto de los demás. Es importante respetar a todos los seres de la creación, porque ellos valen por sí mismos; existen o viven y merecen existir o vivir. Es especialmente valioso el respeto ante toda persona humana, pues es portadora de dignidad, de sacralidad y de derechos inalienables, sin importar de dónde provenga. Debemos un respeto supremo a lo sagrado y a Dios, el misterio íntimo de todas las cosas. Sólo ante Él podemos arrodillarnos y venerar, pues sólo ante Él cabe esta actitud.

La octava virtud es la justicia social y la igualdad fundamental de todos. Justicia es más que dar a cada uno lo que es suyo; entre los humanos, la justicia es el amor y el mínimo respeto que debemos dedicar a los demás. La justicia social es garantizar lo mínimo a todas las personas, no crear privilegios, y respetar sus derechos en pie de igualdad, porque todos somos humanos y merecemos ser tratados humanamente. La desigualdad social significa injusticia social y, teológicamente, es una ofensa al Creador y a sus hijos e hijas. Tal vez la mayor perversidad que existe hoy en día sea la que deja a millones de personas en la miseria, condenadas a morir antes de tiempo. En este tiempo de coronavirus, se ha demostrado la violencia de la desigualdad social y la injusticia. Mientras algunos pueden vivir en cuarentena en casas o apartamentos adecuados, la gran mayoría de los pobres están expuestos a la contaminación y a menudo a la muerte.

La novena virtud es la búsqueda incansable de la paz. La paz es uno de los bienes más ansiados, porque, por el tipo de sociedad que construimos, vivimos en permanente competencia, con llamadas al consumo y a la exaltación de la productividad. La paz no existe en sí misma, es la consecuencia de valores que deben ser vividos previamente y que dan como resultado la paz. Uno de las formas más acertadas de comprender la paz nos viene de la Carta de la Tierra, donde se dice: «La paz es la plenitud que resulta de las relaciones correctas con uno mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Gran Todo del cual somos parte» (n.16 f). Como se puede ver, la paz es la consecuencia de relaciones adecuadas y el fruto de la justicia social. Sin estas relaciones y esta justicia sólo conoceremos una tregua, nunca una paz permanente.

La décima virtud es el cultivo del sentido espiritual de la vida. El ser humano tiene una exterioridad corporal mediante la cual nos relacionamos con el mundo y con las personas y tenemos también una interioridad psíquica donde se anidan, en la estructura del deseo, nuestras pasiones, los grandes sueños, y nuestros ángeles y demonios. Debemos controlar estos últimos y cultivar amorosamente los primeros. Sólo así podremos disfrutar del equilibrio necesario para la vida.

Pero también poseemos una profundidad, esa dimensión en la que residen los grandes interrogantes de la vida: ¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, qué podemos esperar después de esta vida terrenal? ¿Cuál es la Energía Suprema que sostiene el firmamento y mantiene nuestra Casa Común alrededor del Sol y la mantiene siempre viva para permitirnos vivir? Es la dimensión espiritual del ser humano, hecha de valores intangibles como el amor incondicional, la confianza en la vida, el coraje para enfrentar las inevitables dificultades. Nos damos cuenta de que el mundo está lleno de sentidos, que las cosas son más que cosas, son mensajes y tienen otro lado invisible. Intuimos que hay una Presencia misteriosa que impregna todas las cosas. Las tradiciones religiosas y espirituales han llamado a esta Presencia con mil nombres, sin poder, sin embargo, descifrarla totalmente. Es el misterio del mundo que se remite al Misterio Abisal que hace que sea todo lo que es. Cultivar este espacio nos humaniza, nos hace más humildes y nos arraiga en una realidad trascendente, adecuada a nuestro deseo infinito.

Conclusión: ser simplemente humanos

La conclusión que sacamos de estas largas reflexiones sobre el coronavirus 19 es: debemos ser simplemente humanos, vulnerables, humildes, conectados entre sí, solidarios y cooperativos, parte de la naturaleza y la porción consciente y espiritual de la Tierra con la misión de cuidar la herencia sagrada que hemos recibido, la Madre Tierra, para nosotros y para las generaciones futuras.

Son inspiradoras las últimas frases de la Carta de la Tierra: «Que nuestro tiempo sea recordado por el despertar de una nueva reverencia ante la vida, por el firme compromiso de alcanzar la sostenibilidad e intensificar la lucha por la justicia y la paz, y por la alegre celebración de la vida».

- Leonardo Boff es ecoteólogo y ha escrito Virtudes para otro mundo posible (3 vol.), Sal Terrae, 2005-2006.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 https://www.alainet.org/es/articulo/206686

sábado, 28 de marzo de 2020

Coronavirus: autodefensa de la propia Tierra


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La pandemia del coronavirus nos revela que el modo como habitamos la Casa Común es perniciosos para su naturaleza. La lección que nos transmite suena así: es imperativo reformatear nuestra forma de vivir en ella como planeta vivo. Ella nos avisando de que así como nos estamos comportando no podemos continuar. En caso contrario la propia Tierra se librará de nosotros, seres excesivamente agresivos y maléficos para el sistema-vida.

En este momento, ante el hecho de estar en medio de una guerra global, es importante que seamos conscientes de nuestra relación hacia ella y de la responsabilidad que tenemos en el destino común Tierra viva-humanidad.

Acompáñenme en este razonamiento: el universo existe desde hace ya 13,7 mil millones de años cuando ocurrió el big bang. La Tierra hace 4,4 mil millones. La vida hace 3,8 mil millones. El ser humano hace 7-8 millones. Nosotros, el homo sapiens/demens actual hace 100 mil años. Todos, el universo, la Tierra y nosotros mismos, estamos formados con los mismos elementos físico-químicos (cerca de 100) que se forjaron, como en un horno, en el interior de las grandes estrellas rojas durante 2-3 mil millones de años (por lo tanto hace 10-12 mil millones años).

La vida, probablemente, comenzó a partir de una bacteria originaria, madre de todos los vivientes. La acompañó un número inimaginable de microorganismos. Nos dice Edward O. Wilson, tal vez el mayor biólogo vivo: solo en un gramo de tierra viven cerca de 10 mil millones de bacterias de hasta 6 mil especies diferentes (La creación: cómo salvar la vida en la Tierra, 2008, p. 26). Imaginemos la cantidad incontable de esos microorganismos en toda la Tierra, siendo que solamente el 5% de la vida es visible y el 95%, invisible: el reino de las bacterias, hongos y virus.

Sigan acompañándome en mi razonamiento: hoy es considerado un dato científico, desde 2002, cuando James Lovelock y su equipo demostraron ante una comunidad científica de miles de especialistas en Holanda que la Tierra no sólo tiene vida sobre ella, ella misma está viva. Emerge como un Ente vivo, no como un animal, sino como un sistema que regula los elementos físico-químicos y ecológicos, como hacen los demás organismos vivos, de tal forma que se mantiene vivo y continúa produciendo una miríada de formas de vida. La llamaron Gaia.

Otro dato que cambia nuestra percepción de la realidad: En la perspectiva de los astronautas, ya sea desde la Luna o desde las naves espaciales, así lo testimoniaron muchos de ellos, no existe distinción entre Tierra y humanidad. Ambas forman una entidad única y compleja. Se consiguió hacer una foto de la Tierra antes de penetrar en el espacio sideral, fuera del sistema solar: en ella aparece, en palabras del cosmólogo Carl Sagan, como “un pálido punto azul”. Nosotros estamos, pues, dentro de ese pálido punto azul, como aquella porción de la Tierra que, en un momento de alta complejidad, empezó a sentir, a pensar, a amar y a percibirse parte de un Todo mayor. Por lo tanto, nosotros, hombres y mujeres, somos Tierra, que se deriva de húmus (tierra fértil), o del Adam bíblico (tierra arable).

Sucede que nosotros, olvidando que somos una porción de la propia Tierra, comenzamos a saquear sus riquezas en el suelo, en el subsuelo, en el aire, en el mar y en todas partes. Se buscaba realizar un osado proyecto de acumular lo más posible bienes materiales para el disfrute humano, en realidad para el de la sub-porción poderosa y ya rica de la humanidad. En función de ese propósito se ha orientado la ciencia y la técnica. Atacando a la Tierra, nos atacamos a nosotros mismos que somos Tierra pensante. Tan lejos ha llegado la codicia de este pequeño grupo voraz que ella actualmente se siente agotada hasta el punto de haber sido alcanzados sus límites infranqueables. Es lo que técnicamente llamamos la Sobrecarga de la Tierra (the Earth overshoot). Sacamos de ella más de lo que puede dar. Ahora no consigue reponer lo que le quitamos. Entonces da señales de que está enferma, de que ha perdido su equilibrio dinámico, calentándose de manera creciente, formando huracanes y terremotos, nevadas antes nuca vistas, sequías prolongadas e inundaciones devastadoras. Y más aún: ha liberado microorganismos como el sars, el ébola, el dengue, la chikungunya y ahora el coronavirus. Son formas de vida de las más primitivas, casi al nivel de nanopartículas, sólo detectables bajo potentes microscopios electrónicos. Y pueden diezmar al ser más complejo que ella ha producido y que es parte de sí misma, el ser humano, hombre y mujer, poco importa su nivel social.

Hasta ahora el coronavirus no puede ser destruido, solo le impedimos propagarse. Pero ahí está produciendo una desestabilización general en la sociedad, en la economía, en la política, en la salud, en las costumbres, en la escala de valores establecidos.

De repente hemos despertado asustados y perplejos: esta porción de la Tierra que somos nosotros puede desaparecer. En otras palabras, la propia Tierra se defiende contra la parte rebelada y enferma de ella misma. Puede sentirse obligada a hacer una amputación como hacemos con una pierna necrosada. Sólo que esta vez es toda esa porción tenida por inteligente y amante, que la Tierra no quiere como suya y acabe eliminándola.

Y así será el fin de esta especie de vida que, con su singularidad de autoconciencia, es una entre millones de otras existentes, también partes de la Tierra. Esta continuará girando alrededor del sol, empobrecida, hasta que haga surgir otro ser que sea también expresión de ella, capaz de sensibilidad, de inteligencia y de amor. De nuevo recorrerá un largo camino para modelar la Casa Común, con otras formas de convivencia, esperamos, mejores que la que nosotros hemos modelado.

¿Seremos capaces de captar la señal que el coronavirus nos está enviando o seguiremos haciendo más de lo mismo, hiriendo a la Tierra autohiriéndonos en el afán de enriquecer?

- Leonardo Boff ha escrito: Cuidar la Tierra – proteger la vida: cómo escapar del fin del mundo, Record 2010, Trotta y Dabar 2011.

Traducción de Mª José Gavito Milano

27/03/2020
https://leonardoboff.wordpress.com/
 https://www.alainet.org/es/articulo/205521

miércoles, 25 de marzo de 2020

El desastre perfecto para el capitalismo de desastre



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Foto: movimentorevista.com.br
La pandemia actual de coronavirus representa una oportunidad única para repensar la forma en que habitamos la Casa Común, la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos con la naturaleza. Ha llegado el momento de cuestionar las virtudes del orden del capital: acumulación ilimitada, competencia, individualismo, indiferencia ante la miseria de millones, la reducción del Estado y la exaltación del lema de Wallstreet: "la codicia es buena" (greed is good). Todo esto ahora está en jaque. Tiene los días contados.
Lo que puede salvarnos ahora no son las empresas privadas, sino el Estado, con sus políticas generales de salud, siempre atacadas por el sistema de "mercado libre" y serán las virtudes del nuevo paradigma –defendido por muchos, y por mí–, del cuidado, de la atención, de la solidaridad social, la corresponsabilidad y la compasión.
El primero en ver la urgencia de este cambio fue el presidente francés, neoliberal y del mundo financiero, Emmanuel Macron. Habló claramente: “Queridos compatriotas, necesitamos sacar lecciones del momento en que estamos pasando, cuestionar el modelo de desarrollo que nuestro mundo eligió hace décadas, que muestra sus fallas a la luz del día, y cuestionar las debilidades de nuestras democracias. Lo que revela esta pandemia es que la salud gratuita sin condiciones de ingresos, historial personal o profesión, y nuestro Estado de Bienestar Social, no son costos, ni cargas, sino bienes preciosos, ventajas indispensables cuando el destino llama a la puerta. Lo que revela esta pandemia es que hay bienes y servicios que deben estar fuera de las leyes del mercado”.
Aquí muestra su plena conciencia de que una economía de mercado, que todo lo comercializa, y su expresión política, el neoliberalismo, son perjudiciales para la sociedad y para el futuro de la vida.
Aún más sorprendente fue la periodista Naomi Klein, una de las críticas más perspicaces del sistema mundial, y que sirvió como título de mi artículo: "El coronavirus es el desastre perfecto para el capitalismo de desastre". Esta pandemia produjo el colapso del mercado de valores (intercambios), el corazón de este sistema especulativo, individualista y anti-vida, como lo llama el Papa Francisco. Este sistema viola la ley más universal del cosmos, de la naturaleza y el ser humano: la interdependencia de todos con todos; que no hay ser, mucho menos nosotros los humanos, como una isla desconectada de todo lo demás. Además, no reconoce que somos parte de la naturaleza y que la Tierra no nos pertenece para explotarla a voluntad, sino que pertenecemos a la Tierra. En opinión de los mejores cosmólogos y astronautas, que ven la unidad de la Tierra y la Humanidad, somos esa parte de la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y adora. Sobreexplotando la naturaleza y la Tierra, como lo estamos haciendo en todo el mundo, nos estamos dañando, y nos estamos exponiendo a sus reacciones, incluso a los castigos que nos impone. Es una madre generosa, pero puede enfadarse y enviarnos un virus devastador.
Apoyo la tesis de que esta pandemia no puede combatirse sólo por medios económicos y sanitarios –que siempre serán indispensables–. Lo que nos exige es cambiar el tipo de reacción que tenemos con la naturaleza y la Tierra. Si, después de que la crisis ha pasado y no hacemos los cambios necesarios, la próxima vez, puede ser que sea la última, ya que nos convertimos en enemigos de la Tierra, y puede que ya no nos quiera aquí.
El informe del profesor Neil Ferguson en el Imperial College de Londres declaró: "este es el virus más peligroso desde la gripe H1N1 de 1918. Si no hay una respuesta inmediata, habría 2’2 millones de muertos en Estados Unidos y 510.000 en Reino Unido". Esta declaración fue suficiente para que Trump y Johnson cambiaran de posición de inmediato, comprometiendo tardíamente grandes sumas para fortalecer a la población. Mientras, en Brasil, al Presidente no le importa, trata el asunto como una "histeria" colectiva, y en palabras de un periodista alemán de la Deutsche Welle: "Actúa criminalmente. Brasil está dirigido por un psicópata, y el país haría bien en deponerlo tan pronto como sea posible. Habría muchas razones para ello”. Esto es lo que el Parlamento y el STF, por amor a la población, deberían hacer sin demora.
La hiper-información y las apelaciones en los medios no son suficientes. Eso no nos mueve a cambiar  el comportamiento requerido. Tenemos que despertar nuestra razón sensible y cordial. Superar la indiferencia y sentir el dolor de los demás con el corazón. Nadie es inmune al virus. Ricos y pobres, tenemos que mostrar solidaridad entre nosotros, cuidarnos personalmente y cuidar a los demás, y asumir la responsabilidad colectiva. No hay puerto de salvación. O nos sentimos humanos, co-iguales, en la misma Casa Común, o nos hundiremos todos.
Las mujeres, como nunca antes en la historia, tienen una misión especial: ellas saben sobre la vida y los cuidados necesarios; pueden ayudarnos a despertar nuestra sensibilidad, hacia los demás y hacia nosotros mismos. Ellas, junto con los operadores de salud (personal médico y de enfermería) merecen nuestro apoyo sin restricciones. Cuidar a quien nos cuida, para minimizar los males de este terrible asalto a la vida humana.
2020-03-21

sábado, 8 de febrero de 2020

El ecoceno como alternativa al antropoceno

Entrevista a Leonardo Boff, exponente destacado de la teología de la liberación

Corriere della Sera

Annachiara Sacchi.- ¿Profesor Boff, está usted optimista o no?

Leonardo Boff.- En realidad, estoy preocupado. La situación en Brasil es trágica: el ultraliberalismo de Jair Bolsonaro, la extrema derecha política que hace apología de la violencia y de los regímenes dictatoriales, que exalta a los torturadores como héroes nacionales… Nunca vivimos nada semejante.
Annachiara Sacchi.- ¿Cuál es la explicación?
Leonardo Boff.- Detrás de eso, está el proyecto de recolonizar América Latina y obligarla a ser solamente exportadora de commodities (carne, alimentos, minerales…). Y, en esa estrategia perversa, Brasil es central.
Annachiara Sacchi.- ¿Por qué?

Leonardo Boff.- Porque es un país riquísimo, una reserva de bienes naturales que faltan en el mundo. Como dijo varias veces el premio Nobel Joseph Stiglitz, en los próximos años toda la economía dependerá de la ecología. Y Brasil tendrá un papel primordial en ese juego.

Annachiara Sacchi.- ¿Es difícil vivir en Brasil hoy?


Leonardo Boff.- Mucho. El ministro de Economía, Paulo Guedes, es uno de los “Chicago Boys”, formados en la Universidad de Chicago, que trabajaron en el Chile de Pinochet. El ultraliberalismo de derecha está haciendo una política de los ricos para los ricos, está privatizando todo. Guedes está trayendo la política de Pinochet a Brasil. ¿Y sabes por qué nadie protesta, por qué la gente no sale a la calle como está pasando ahora en Chile?

Annachiara Sacchi.- No.

Leonardo Boff.- ¡Porque el gobierno anunció que reprimirá cualquier protesta con el ejército! Aquí todos tienen miedo, aunque el descontento crezca. Pero dentro de las paredes de casa. Asistimos a una triste forma de inercia popular.
Annachiara Sacchi.- En América Latina presidentes como Evo Morales y Lula cerraron su era. Ahora, nuevas fuerzas orientan la opinión pública. ¿El impulso reformista acabó?

Leonardo Boff.- Tuvimos gobiernos que hicieron mucho por los pobres. En Brasil, 36 millones de personas fueron incluidas en el welfare. Pero el año pasado, un millón de familias pasaron de la pobreza a la miseria. El gobierno está desmontando las políticas sociales de Lula. Estamos tratando con una élite reaccionaria y esclavista que nunca aceptó que un obrero – en el caso de Brasil, Lula, o un indígena en el caso de Bolivia, Evo Morales – llegase a la presidencia del país. Esa élite ha hecho de todo con los medios más brutales. Pero a esta ola de violencia se le está oponiendo un movimiento de grupos progresistas, de afro-latino-americanos, de indígenas. Son los brotes de una realidad que veremos. Esa es la esperanza que nutrimos.

Annachiara Sacchi.- ¿Ve usted algún nuevo líder político?

Leonardo Boff.- Lamentablemente no. Estamos en un momento de vacío, faltan figuras carismáticas, principalmente en Brasil. Tal vez también por culpa de Lula, gran carismático, pero que no supo formar una clase dirigente con nuevos carismas.
Annachiara Sacchi.- Su nuevo libro en italiano, “Soffia dove vuole” (Sopla donde quiere) habla del Espíritu Santo. ¿Por qué?
Leonardo Boff.- Los tiempos inquietantes que estamos viviendo exigen una reflexión seria sobre el Spiritus Creator.
Annachiara Sacchi.- Que quedó al margen de la teología

Leonardo Boff.- Eso no es cierto. Existen estudios grandiosos sobre el Espíritu, desde el de Yves Congar hasta el de Jürgen Moltmann, en diálogo con el nuevo paradigma cosmológico. Pero lo que podemos decir es esto: el Espíritu Santo ha estado casi siempre al margen de la jerarquía eclesiástica. Y con razón.

Annachiara Sacchi.- ¿Cómo es eso?


Leonardo Boff.- La jerarquía está orientada hacia “áreas” como el poder, el orden, los dogmas, el derecho canónico, en una condición constante de autorreferencia. Son todos aspectos que sirven para mantener el statu quo y que tienen su razón de ser, no niego eso. Del mismo modo, sin embargo, ellos no pueden ser predominantes. El Espíritu es más carisma que poder, más movimiento que estabilidad, más innovación que permanencia. Él sigue una lógica diferente a la de la jerarquía de la Iglesia. Por eso, casi todos los predicadores del Espíritu Santo fueron marginados o perseguidos. Los hechos confirman eso. Mi libro juzgado en 1985 por la Congregación para la Doctrina de la Fe (cuyo prefecto era Joseph Ratzinger), se titulaba Iglesia: carisma y poder. En Roma sin embargo lo leyeron como “Iglesia: carisma o poder”. Por esa confusión, me condenaron.

Annachiara Sacchi.- ¿En vez de eso, qué es lo que usted quería decir?

Leonardo Boff.- Yo quería crear un equilibrio entre carisma y poder. Pero ese equilibrio debe comenzar por el carisma. Si se comienza con el poder, se corre el riesgo de que este sofoque al carisma. En vez de eso, si se comienza con el carisma se impide que el poder sea ejercido de forma autoritaria, se le imponen límites, y se le obliga a ser poder-servicio y ponerse al servicio de la comunidad.
Annachiara Sacchi.- ¿Cuál es el papel del Espíritu Santo hoy?
Leonardo Boff.- Estamos en un momento histórico, el Antropoceno, en el que las bases que sustentan la vida y la Tierra han sido profundamente atacadas. O cambiamos o morimos. El Espíritu es Spiritus Creator, Spiritus Vivificans. Sólo el Espíritu puede restaurar el equilibrio destruido por la voracidad del hombre. Sólo con el Espíritu es posible superar el Antropoceno y llegar al Ecoceno, a una sociedad sostenible, vital, abierta a la convivencia de todos con todos donde lo ecológico ocupará la centralidad. De ahí, ecoceno.
Annachiara Sacchi.- ¿Por qué, en su elaboración teológica, usted insiste en enfatizar el papel de la ciencia?
Leonardo Boff.- No es posible hacer una teología actualizada sin un diálogo profundo con la nueva visión del mundo proveniente de las ciencias de la vida, de la Tierra, del cosmos. Esa lectura tiene ya un siglo, pero no es hegemónica. Son pocos los teólogos que han aceptado este desafío.
Annachiara Sacchi.- ¿Por qué?
Leonardo Boff.- Porque obliga a estudiar ciencias diferentes: la física cuántica, la nueva biología, la astrofísica, la teoría del caos y de la complejidad. Después de tal camino, digo esto por experiencia, es más fácil hacer teología, porque con esos datos, Dios aparece inmediatamente como la energía misteriosa y amorosa que sustenta todo y que lleva adelante todo el proceso cosmogénico. La categoría teológica del Espíritu Santo es más adecuada para esa nueva forma de teología.
Annachiara Sacchi.- ¿La conciencia ecológica qué tiene que ver con el Espíritu Santo?
Leonardo Boff.- El principal objetivo de mi libro es afirmar que el diálogo con la ecología y con la nueva cosmología nos obliga a cambiar de paradigma. El paradigma de la filosofía y de la teología occidentales es de raíz griega, esencialista, basado en naturaleza, sustancia, esencia y otros términos semejantes que pertenecen al área de la permanencia, de la estabilidad. En vez de eso, cuando se habla de Espíritu, todo es dinamismo, innovación. Hay que cambiar la forma de pensar a Dios, la historia, la Iglesia. Dios es dinamismo de tres personas divinas en comunicación entre sí y con la creación.
Annachiara Sacchi.- ¿Teología de la ecología, entonces?
Leonardo Boff.- Yo he tratado de hacer una teología con un nuevo horizonte de comprensión. El mismo que el Papa Francisco indica en la encíclica Laudato si’: todo es relación; nada existe fuera de la relación. Poéticamente Francisco escribe: “El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión: el espectáculo de sus incontables diversidades y desigualdades significa que ninguna criatura se basta a sí misma. Ellas existen solo en dependencia unas de otras, para completarse mutuamente en el servicio de unas a otras”. La tesis de la ecología es precisamente esta: todo está conectado para formar la gran comunidad de vida, el todo de la naturaleza y del universo. Y este modo de pensar corresponde a la naturaleza del Espíritu Santo.
Annachiara Sacchi.- ¿Le parece a usted que la Iglesia católica está lista para aceptar estas reflexiones suyas?

Leonardo Boff.- La situación es diferente en cada país, pero en todas partes faltan profetas. Con Wojtyla y Ratzinger asistimos al retorno de la gran disciplina, vimos una Iglesia cerrada en sí misma, preocupada con la ortodoxia, atenta a combatir enemigos como la modernidad, las nuevas libertades. Y, sobre todo distante del pueblo, con una teología erudita pero pobre en innovación y una liturgia ajena a la sensibilidad moderna.

Annachiara Sacchi.- Mientras que ahora….

Leonardo Boff.- Con el Papa Francisco surge otro tipo de Iglesia, abierta como un hospital de campaña, donde la centralidad no es tanto la ortodoxia, sino la pastoral del encuentro, de la ternura, de la convivencia. Para el Papa Francisco las doctrinas son importantes, pero lo más importante es entender que Cristo vino para enseñarnos a vivir los bienes del reino como el amor incondicional, la misericordia, la solidaridad, la compasión por quien sufre, por los últimos en total apertura al Padre de bondad y misericordia.
Annachiara Sacchi.- ¿Mensaje recibido?

Leonardo Boff.- No siempre. Muchos católicos tradicionalistas no se han dado cuenta de que estamos ante otro tipo de papa, menos doctor y más pastor en medio de su pueblo. Un papa que lleva menos los símbolos paganos de los emperadores romanos y más la sencillez de un párroco de aldea, sencillo humilde, amigo de todos. Un hombre que viene de lejos, por eso es libre. Si no fuese así, ¿por qué el nombre de Francisco? Sería una contradicción pensar en San Francisco de Asís en un palacio pontificio. Pero tenemos a Francisco de Roma que vive y come con todos los demás, no él solo.

Annachiara Sacchi.- ¿El aumento de las protestas públicas en la Iglesia contra el Papa Francisco le preocupa?

Leonardo Boff.- No me preocupa, porque no le preocupa. ¿Cómo sé esto? Un amigo suyo Carlo Petrini, con el cual el Papa le gusta dialogar porque es agnóstico y me visitó aquí en Petrópolis-Rio, reveló que el papa duerme desde las 21:30 hasta las 5:30 como un tronco, bebe su mate y lleva adelante, franciscanamente, su misión, con una irradiación mundial en sentido religioso, ético y político. Nos conocemos desde 1972. Intercambié con él algunas cartas sobre temas de ecología y sobre el Sínodo para la Amazonia de octubre pasado.
Annachiara Sacchi.- ¿A propósito, qué espera usted de la exhortación apostólica pos-sinodal de Francisco, que se espera en breve?
Leonardo Boff.- Algo bueno. Sobre todo sobre la defensa del rostro indígena de la Iglesia y sobre las mujeres. En mis cartas le pedí que hiciese un gesto profético sin pedir nada a nadie, como hizo Juan XXIII cuando convocó el Concilio Vaticano II.
Annachiara Sacchi.- ¿Qué gesto?
Leonardo Boff.- Ordenar a las mujeres.
Annachiara Sacchi.- ¿Y le respondió?
Leonardo Boff.- Me agradeció la carta.
Annachiara Sacchi.- Usted dedica su libro a las mujeres
Leonardo Boff.- Yo digo que la primera Persona divina en entrar en este mundo, o en irrumpir en el proceso de la evolución, no fue el Hijo, como dice la Iglesia. Fue el Espíritu Santo. Esto está muy claro en el texto de Lucas: “El Espírito vendrá sobre ti… y te cubrirá con su sombra”. Hice una búsqueda de meses en patrología: no hay ningún rastro de la centralidad del Espíritu. Ni siquiera en los grandes teólogos. De acuerdo con una lectura predominantemente masculina, prevalece el Hijo. Pero el Hijo vino después de la aceptación (“fiat”) de María, por lo tanto después del Espíritu. Y digo más aún: el Espíritu asumió a María, la divinizó. En el proyecto del Altísimo, hombre y mujer son igualmente divinizados. Forman parte de Dios.

Hoy la teología de la liberación es ecoteología, teología feminista, teología afro. Los pobres siguen siendo muchos y oprimidos.

Annachiara Sacchi.- ¿La teología de la liberación tiene todavía un largo camino por delante?

Leonardo Boff.- La existencia de los pobres, de los oprimidos me hace pensar siempre en Jesús, en San Francisco y en tantos otros que tuvieron misericordia de ellos. Mientras existan pobres especialmente en la medida en que su número aumenta, más necesaria se hace una teología de liberación. Es la situación actual en todo el mundo.
Annachiara Sacchi.- Le acusaron de ser pro-marxista.
Leonardo Boff.- Marx nunca fue padre ni padrino de la teología de la Liberación, como insinuaban los dictadores latinoamericanos. Pero hoy, más que nunca, la teología de la liberación es urgente. El ejército de los pobres ha aumentado terriblemente. Si la teología, sea la que sea, no toma en serio la situación actual difícilmente se librará de la crítica de cinismo y de irrelevancia histórica. Es preciso leer los signos de los tiempos. El Espíritu nos invita a tomar una posición del lado de las víctimas, de aquellos que el sistema imperante ha hecho invisibles.
Traducción: IHU.