Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.
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lunes, 31 de agosto de 2020

Hannover tiene semáforos que muestran la tolerancia hacia las parejas del mismo sexo

Desde otras ciudades

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▲ En las ciudades alemanas se impulsa la idea de tolerancia sexual con estos semáforos amistosos, los cuales empezaron a cobrar notoriedad en Europa.Foto Alia Lira Hartmann

Hannover, capital del estado de Baja Sajonia, al noreste de Alemania, con una población de casi 550 mil habitantes, se ha unido recientemente a otras ciudades de este país en la instalación de semáforos peatonales que lucen motivos de parejas del mismo sexo, como una clara señal de aceptación y tolerancia.
Los íconos de un peatón en color verde o rojo en los semáforos son sustituidos por parejas del mismo sexo con un pequeño corazón en medio que simboliza la aceptación del amor en parejas homosexuales.
Este tipo de transformaciones en las señales de tráfico en varias ciudades europeas van encaminadas a fomentar valores de igualdad social y promover un contexto antidiscriminatorio.
Otras ciudades como Berlín, Frankfurt, Hamburgo o Munich cuentan con ellas desde hace algunos años. La capital de Austria, Viena, marcó la pauta en 2015, con los primeros semáforos llamados gay friendly.
La instalación debe ser aprobada por el parlamento local de cada ciudad, el mensaje político detrás pretende hacer visible en espacios convencionales lo que aún se considera no convencional, como una pareja de dos mujeres o de dos hombres.
Hannover se ha visto gravemente afectada por los efectos del Covid-19. La ciudad cuenta con el recinto ferial más extenso en todo el país, lo cual le imprime el carácter de plataforma mundial de negocios y exposiciones en los más diversos rubros.
Con alrededor de un millón de metros cuadrados disponibles entre espacios abiertos y salas de exposiciones distribuidas en 27 naves, esta inmensa área fue planificada bajo modernos estándares urbano-arquitectónicos para echar a andar una maquinaria logística de una gran variedad de eventos masivos a nivel internacional.
Aquí se lleva a cabo la feria industrial más grande del mundo: la CeBIT, la cita anual más importante de la industria de la informática, con conciertos de figuras destacadas en el mundo de la música o encuentros internacionales de pirotecnia en donde México ha tenido durante varios años un papel destacado.
Todos los eventos programados para este año fueron cancelados y la denominada Deutsche Messe Hannover se ha convertido en un inmenso escenario de naves industriales desoladas.
Alia Lira Hartmann, corresponsal

lunes, 25 de mayo de 2020

Inicio de la desglobalización, según Der Spiegel: el Estado (sic) salvador en Alemania

Bajo la lupa

domingo, 12 de abril de 2020

Alemania rescata a la cultura con 54 mmdd


Para los alemanes, la cultura es un artículo de primera necesidad; por eso se le asignó un presupuesto considerable dentro del plan económico de rescate frente a la pandemia por el nuevo coronavirus.
En ese país la diversidad cultural será apoyada con vales y parte del presupuesto de estímulos económicos previstos por el gobierno federal de 50 mil millones de euros, unos 54.5 mil millones de dólares.
El diario Süddeutsche Zeitung reportó que la sobrevivencia de este sector se debe a los ciudadanos, para quienes es una parte indispensable de sus vidas, dice Monika Grütters, ministra de Cultura alemana.
La funcionaria sostuvo: por eso confío en que seremos capaces de mantener la diversidad y calidad de nuestro paisaje cultural más allá de esta situación.
Grütters mencionó que “el papel de la cultura como estabilizador de la democracia, como correctivo crítico necesario, es reconocido por el Estado y sus ciudadanos. Es en la actual situación excepcional que se experimenta una solidaridad sin precedente en la política con las industrias culturales y creativas.
Los artistas y creativos fueron de los primeros en ser considerados en los paquetes de rescate. Si no hubiéramos dejado que la cultura compartiera el gran presupuesto de 50 mil millones de euros, habríamos obtenido mucho menos dinero. Hay una gran ambición de asegurar que el medio cultural no salga dañado de esta crisis, dijo Gruttërs.
Durante el periodo de confinamiento, agrega, algunas instituciones proponen formas originales de mediación. Lo que se ofrece en Internet puede despertar el apetito de muchos usuarios por la experiencia en vivo, aunque antes apenas se dieran cuenta de ello.
Destacó Carmen, de la Ópera Estatal de Berlín, oferta de streaming del teatro Berlín Schaubühne o la Sala de Conciertos Digital de la Filarmónica de Berlín. Me preocupa la pérdida de ingresos, que siempre forma parte del presupuesto anual de estas casas. Sólo para los museos nacionales de Berlín, con sus 15 recintos, hay una pérdida de ingresos de hasta 2 millones de euros al mes.
Concluyó: “Cuando la cultura compite con las necesidades elementales: salud, refugio, comida, ¿es la cultura también una necesidad elemental? Esa es una consideración filosófica emocionante. Personalmente respondo a esta pregunta inequívocamente con un ‘sí’.
El sitio en línea del medio Regio-Journal, reportó que el gobierno federal alemán decidió una solución de vales para remplazar entradas de actividades culturales canceladas.

 
Periódico La Jornada

miércoles, 8 de enero de 2020

Alemania, España, Canadá y GB sacarán a parte de sus soldados de Irak

Crisis Irán-Irak

Bagdad. Alemania, España, Canadá y Reino Unido anunciaron ayer que retirarán parte de sus soldados de Irak, al tiempo que miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se replegaron de la misión de entrenamiento que tenían en territorio iraquí debido a las tensiones Teherán-Washington.
La OTAN anunció: tomamos todas las precauciones necesarias para proteger a nuestra gente. Esto incluye la reubicación temporal de parte del personal en diferentes lugares tanto dentro como fuera de Irak, informó un funcionario de la alianza atlántica.
El gobierno de Reino Unido prepara un plan de emergencia para sacar a civiles y militares británicos de Irak, publicó el diario The Times. Londres mantiene unos mil 400 operativos en el país.
Canadá enviará temporalmente a Kuwait a parte de los 500 soldados que tiene desplegados en Irak, en los próximos días.
Alemania anunció la retirada de 35 de sus 120 soldados y su traslado a Jordania y Kuwait. El contingente alemán basado en Bagdad y en Taji, al norte de la capital iraquí, compuesto por 35 personas, ya dejó Irak, anunció el ejército alemán.
España informó que 10 de sus casi 550 militares que forman parte de la misión de la OTAN en Irak salieron el lunes por la noche de Bagdad rumbo a Kuwait.
Italia mantendrá a su millar de soldados presentes en Irak y en la región, dio a conocer el Ministerio de Defensa.
Francia no tiene intención de retirar a los 200 militares que tiene desplegados en Irak para realizar misiones de formación, declaró a la agencia de noticias Afp una fuente gubernamental.
En este contexto, el presidente francés, Emmanuel Macron, pidió en una conversación telefónica a su homólogo iraní, Hassan Rouhani, abstenerse de cualquier medida que pueda provocar una escalada de violencia.

Periódico La Jornada

domingo, 15 de diciembre de 2019

Otoño de 1941, Pearl Harbor y las guerras del Estados Unidos empresarial

Global Research

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos


Mito y realidad del ataque de Japón a Pearl Harbor hace 78 años, el 7 de diciembre de 1941
Mito: Estados Unidos se vio obligado a declarar la guerra a Japón tras un ataque japonés totalmente inesperado a la base naval estadounidense en Hawai el 7 de diciembre de 1941. Como Japón era aliado de la Alemania nazi, esta agresión hizo que automáticamente Estados Unidos entrara en guerra contra Alemania.
Realidad: hacía tiempo que el gobierno Roosevelt deseaba entrar en guerra contra Japón y trató de desencadenarla por medio de un embargo al petróleo y otras provocaciones. Como Washington había descifrado los códigos [secretos] japoneses, sabía que la flota japonesa se dirigía a Pearl Harbor, pero se alegró del ataque porque la agresión japonesa iba a hacer posible “vender” la guerra a la opinión pública estadounidense, la inmensa mayoría   de la cual se oponía a   ella.
También se suponía que un ataque por parte de Japón, a diferencia de un ataque estadounidense a Japón, evitaría una declaración de guerra por parte del aliado de Japón, Alemania, que estaba obligado por un tratado a ayudar solo en caso de que Japón fuera atacado. Sin embargo, por razones que nada tienen que ver con Japón o Estados Unidos, sino con el fracaso de la “guerra relámpago” de Alemania contra la Unión Soviética, el propio Hitler declaró la guerra a Estados Unidos pocos días después de [el ataque a] Pearl Harbor, el 11 de diciembre de 1941.
Otoño de 1941 . Tanto entonces como ahora, Estados Unidos estaba gobernado por una “élite de l poder” formada por industriales, propietarios y gerentes de las principales empresas y bancos del paí s , que no suponían sino una pequeña parte de su población . Tanto entonces como ahora, estos industriales y financieros (el “Estados Unidos empresarial”) tenía estrechas relaciones con los más rangos altos del ejército, los “señores de la guerra” ( como los ha denominado el sociólogo de la Universidad de Columbia C. Wright Mills, que acuñó el término “élite de l poder” [1] ) y para quienes años más tarde se erigiría un gran cuartel general, conocido como el Pentágono, a orillas del río Potomac.
En efecto, hacía décadas que existía el “complejo militar-industrial” cuando Eisenhower le dio ese nombre al final de su carrera como presidente y tras haberlo servido muy diligentemente. Hablando de presidentes: en las décadas de 1939 y 1940, de nuevo tanto entonces como ahora, la élite de l poder permitió amablemente al pueblo estadounidense elegir cada cuatro años entre dos miembros de su propia élite (uno calificado de “republicano” y otro de “demócrata”, aunque pocas personas sepan cuál es la diferencia) para residir en la Casa Blanca con el fin de formular y administrar las políticas nacionales e internacionales. Estas políticas servían (y siguen sirviendo) a los intereses de la élite de l poder , es decir, servían sistemáticamente para promover “los negocios”, una palabra en clave utilizada para designar la maximización de los beneficios de las grandes empresas y bancos que son miembros de la élite de l poder.
Como dijo francamente el presidente Calvin Coolidge en una ocasión durante la década de 1920, “ el negocio de Estados Unidos [quería decir del gobierno estadounidense] son los negocios”.   E n 1941 el inquilino de la Casa Blanca era un miembro bona fide de la élite de l poder , un vástago de una familia rica, privilegiada y poderosa : Franklin D. Roosevelt, al que se suele denominar “FDR” ( por cierto , la riqueza de la familia Roosevelt se creó, al menos en parte, gracias al comercio de opio con China. Como escribió Balzac, “ detrás de cada gran fortuna se oculta un crimen ”).
Parece que Roosevelt sirvió bastante bien a la élite del poder puesto que se las arregló para ser nominado (¡difícil!) y elegido (¡relativamente fácil!) en 1932, 1936, y de nuevo en 1940. Fue un logro notable ya que los “sucios años treinta” fue una época difícil, marcada tanto por la “Gran Depresión” como por grandes tensiones internacionales que llevaron a la erupción de la guerra en Europa en 1939. El trabajo de Roosevelt (servir a los intereses de la élite de l poder ) estuvo lejos de ser fácil porque entre las filas de esa élite las opiniones diferían acerca de cómo podía servir mejor el presidente a los intereses empresariales. Por lo que se refiere a la crisis económica, algunos industriales y bancos estaban bastante contentos con el enfoque keynesiano del presiente, lo que se conocía como el “New Deal” y que suponía mucha intervención del Estado en la economía, mientras que otros se oponían firmemente a ese enfoque y pedían a gritos volver a la ortodoxia del laissez-faire. La élite de l poder también estaba dividida respecto a cómo gestionar las relaciones exteriores.
A los propietarios y altos directivos de muchas empresas estadounidenses (como Ford, General Motors, IBM, ITT, y la Standard Oil de Rockefeller en Nueva Jersey, ahora conocida como Exxon) les gustaba mucho Hitler. Uno de ellos, William Knudsen de General Motors, incluso calificó elogiosamente al Führer alemán de “milagro del siglo XX” [2]. La razón de ello era que el Führer había armado a Alemania hasta los dientes para prepararse para la guerra y muchas sucursales alemanas de empresas estadounidenses se habían beneficiado generosamente del “boom del armamento” de ese país produciendo camiones, tanques y aviones en lugares como la fábrica Opel de GM en Rüsselsheim y la gran planta de Ford en Colonia, el Ford-Werke; y empresas como Exxon y Texaco habían ganado mucho dinero suministrando el combustible que los tanques de Hitler iban a necesitar para circular hasta Varsovia en 1939, hasta París en 1940 y (casi) hasta Moscú en 1941. ¡No es de extrañar que los directivos y dueños de estas empresas contribuyeran a la celebración de las victorias de Alemania contra Polonia y Francia en una gran fiesta en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York el 26 de junio de 1940!
A los “capitanes de la industria” estadounidenses, como Henry Ford, también les gustaba cómo Hitler había cerrado los sindicatos alemanes, prohibido todos los partidos obreros y enviado a las personas comunistas y a muchas socialistas a campos de concentración. Querían que Roosevelt tratara de la misma manera a los molestos líderes sindicales y a las personas “rojas” estadounidenses, que todavía eran numerosas en la década de 1930 y principios de la de 1940. Lo último que aquellos hombres querían era que Roosevelt implicara a Estados Unidos en una guerra al lado de los enemigos de Alemania, eran “aislacionistas” (o “no intervencionistas”) lo mismo que la gran mayoría de la opinión pública estadounidense en el verano de 1940: una encuesta de Gallup de septiembre de 1940 demostraba que el 88 % de la población estadounidense quería permanecer al margen de la guerra que asolaba Europa [3]. Así que no es de extrañar que no hubiera indicio alguno de que Roosevelt quisiera restringir el comercio con Alemania y mucho menos embarcarse en una cruzada contra Hitler. De hecho, en la campaña para las elecciones presidenciales de otoño de 1940 prometió solemnemente que “[nuestros] muchachos no van a ser enviados a ninguna guerra extranjera” [4].
El hecho de que Hitler hubiera aplastado Francia y otros países democráticos no preocupaba a los empresarios estadounidenses que hacían negocios con Hitler. De hecho, les parecía que el futuro de Europa pertenecía al fascismo, especialmente a la variedad alemana de fascismo, el nazismo, más que a la democracia (para variar, el presidente de General Motors, Alfred P. Sloan, declaró entonces que era bueno que en Europa las democracias dieran paso “a un sistema alternativo [es decir, fascista] con líderes fuertes, inteligentes y agresivos que hacían que la gente trabajara más tiempo y más duro, y que tenían instinto de gángsteres, ¡todo buenas cualidades!”) [5]. Y como sin lugar a dudas los industriales estadounidenses no querían que el futuro de Europa perteneciera al socialismo en su variedad evolutiva, y mucho menos revolucionaria (es decir, comunista), se iban a alegrar especialmente cuando aproximadamente un año después Hitler hizo lo que habían esperado mucho tiempo que hiciera, es decir, atacó a la Unión Soviética para destruir la patria de las personas comunistas y fuente de inspiración y apoyo para las personas “rojas” del mundo entero, incluido Estados Unidos.
Mientras que muchas grandes empresas habían hecho jugosos negocios con la Alemania nazi, resultaba que otras ganaban mucho dinero en ese momento haciendo negocios con Gran Bretaña. Ese país, además de, por supuesto, Canadá y otros países miembros del Imperio Británico, era el único enemigo que le quedó a Alemania desde el otoño de 1940 hasta junio de 1941, cuando el ataque de Hitler contra la Unión Soviética hizo que Gran Bretaña y la Unión Soviética se convirtieran en aliados. Gran Bretaña necesitaba desesperadamente todo tipo de equipamiento para continuar su lucha contra la Alemania nazi, quería comprar la mayoría de este material a Estados Unidos, pero no podía hacer los pagos en metálico que exigía la legislación estadounidense “Cash-and-Carry” [pagar y llevar]. Sin embargo, Roosevelt hizo posible que las empresas estadounidenses aprovecharan esta inmensa “oportunidad” cuando el 11 de marzo de 1941 introdujo su famoso programa “Lend-Lease” [préstamo-arriendo] que proporcionaba a Gran Bretaña un crédito prácticamente ilimitado para comprar en Estados Unidos camiones, aviones y otros equipamientos de guerra. Las exportaciones “Lend-Lease” a Gran Bretaña iban a generar unos beneficios inesperados, no sólo debido al enorme volumen de negocios que implicaban, sino también porque estas exportaciones se caracterizaron por unos precios inflados y unas prácticas fraudulentas como la doble facturación.
Así pues, una parte del Estados Unidos empresarial empezó a simpatizar con Gran Bretaña, un fenómeno menos “natural” de lo que ahora podríamos creer (en efecto, después de la independencia de Estados Unidos la antigua madre patria había seguido siendo durante mucho tiempo el archienemigo del Tío Sam y todavía en la década de 1930 el ejército estadounidense tenía planes de guerra contra Gran Bretaña y de una invasión del Dominio Canadiense, planes en los que se incluía bombardear ciudades y el uso de gases venenosos) [6]. Algunos portavoces de estos potenciales votantes pertenecientes al mundo industrial, aunque no muchos, incluso empezaron a apoyar la entrada de Estados Unidos en la guerra al lado de los británicos y se les empezó a conocer como “intervencionistas”. Por supuesto, muchas, si no la mayoría, de las grandes empresas estadounidenses habían hecho dinero gracias a sus negocios tanto con la Alemania nazi como con Gran Bretaña y puesto que el propio gobierno Roosevelt se estaba empezando a preparar para una posible guerra multiplicando los gastos militares y encargando todo tipo de equipamiento, también las grandes empresas estadounidenses empezaron a ganar cada vez más dinero suministrando a las propias fuerzas armadas de Estados Unidos todo tipo de material de guerra [7].
Si había una cosa en la que podían estar de acuerdo todos los líderes del Estados Unidos empresarial, con independencia de sus simpatías individuales por Hitler o Churchill, era lo siguiente: la guerra en Europa en 1939 era buena, incluso magnífica, para los negocios. También estaban de acuerdo en que cuanto más durara la guerra mejor sería para todos ellos. Con excepción de los más fervientes intervencionistas pro-Gran Bretaña, también estaban de acuerdo en que no había ninguna prisa en que Estados Unidos interviniera activamente en esa guerra y desde luego tampoco en entrar en guerra con Alemania. Lo más ventajoso para el Estados Unidos empresarial era un escenario en el que la guerra en Europa durara lo más posible de modo que las grandes empresas pudieran seguir beneficiándose de suministrar equipamiento a los alemanes, a los británicos, a sus respectivos aliados y al propio Estados Unidos. Así, Henry Ford “expresó su esperanza de que ni los Aliados ni el Eje ganara [la guerra]” y sugirió que Estados Unidos suministrara a ambos bandos “las herramientas para seguir peleando hasta que ambos colapsaran”. Ford puso en práctica lo que predicaba y dispuso que sus fábricas en Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y la Francia ocupada produjeran en serie equipamientos para todos los contendientes [8]. Puede que la guerra fuera un infierno para la mayoría de la gente, pero para los “capitanes de la industria” estadounidenses, como Ford, era el paraíso.
Se suele creer que el propio Roosevelt era intervencionista, pero sin lugar a dudas los aislacionistas eran mayoría en el Congreso y no parecía que Estados Unidos fuera a entrar pronto en la guerra, si es que entraba alguna vez. No obstante, debido a las exportaciones Lend-Lease a Gran Bretaña las relaciones entre Washington y Berlín se estaban deteriorando definitivamente, y en otoño de 1941 una serie de incidentes entre submarinos alemanes y destructores de la armada estadounidense que escoltaban buques de carga con destino a Gran Bretaña llevó a una crisis conocida como la “guerra naval no declarada”. Pero ni siquiera este episodio provocó la implicación de Estados Unidos en la guerra en Europa. El Estados Unidos empresarial se estaba beneficiando espléndidamente del status quo y simplemente no le interesaba una cruzada contra la Alemania nazi. A la inversa, la Alemania nazi estaba muy implicada en el gran proyecto de la vida de Hitler: su misión de destruir la Unión Soviética. Las cosas no habían ido como estaba previsto en esa guerra. Se suponía que el Blitzkrieg [ataque relámpago] lanzado en el este en junio de 1941 iba a “aplastar como un huevo a la Unión Soviética” en un plazo de 4 a 6 semanas, o así lo creían los expertos militares no solo de Berlín sino también de Washington. Sin embargo, a principios de diciembre Hitler todavía esperaba que los soviéticos ondearan la bandera blanca. Bien al contrario, el 5 de diciembre el Ejército Rojo emprendió repentinamente una contraofensiva frente a Moscú y de pronto los alemanes se vieron en un verdadero atolladero. Lo último que Hitler necesitaba en aquel momento era una guerra contra Estados Unidos [9].
En la década de 1930 el ejército estadounidense no tenía planes, ni los preparó, de luchar una guerra contra la Alemania nazi. Por otra parte, sí tenía planes de guerra contra Gran Bretaña, Canadá, México y Japón [10]. ¿Por qué Japón? En la década de 1930 Estados Unidos era una de las principales potencias industriales del mundo y como todas las potencias industriales buscaba constantemente fuentes de materias primas baratas como caucho y petróleo, y mercados para sus productos acabados. Ya a finales del siglo XIX Estados Unidos había luchado constantemente por sus intereses a este respecto extendiendo su influencia económica e incluso a veces su influencia política directa por océanos y continentes. Esta política agresiva e “imperialista” (que defendieron incansablemente presidentes como Theodore Roosevelt, primo de FDR) había hecho que Estados Unidos controlara antiguas colonias españolas como Puerto Rico, Cuba y Filipinas, e incluso la hasta entonces independiente isla nación de Hawaii. También se había convertido en una gran potencia en el océano Pacífico e incluso en Lejano Oriente [11].
Las tierras de las costas lejanas del océano Pacífico desempeñaron un papel cada vez más importante como mercados para los productos de exportación estadounidenses y como fuentes de materias primas baratas. Pero en la década de 1930 afectada por la Depresión, cuando se hacía más feroz la competencia por los mercados y los recursos, Estados Unidos se enfrentó a la competencia ahí de una agresiva potencia industrial rival, una potencia que necesitaba aún más petróleo y materias primas similares, además de mercados para sus productos acabados. Ese competidor era Japón, la tierra del sol naciente. Japón trataba de hacer realidad sus propias ambiciones imperialistas en China y en el sudeste asiático rico en recursos y, al igual que Estados Unidos, no dudó en utilizar la violencia para lograrlo, por ejemplo, librando una guerra despiadada contra China y creando un Estado cliente en la parte norte de ese país grande aunque débil. Lo que molestaba a Estados Unidos no era que los japoneses trataran a sus vecinos chinos y coreanos como Untermenschen [infrahumanos] sino que convirtieran esa parte del mundo en lo que ellos llamaban la Esfera de Co-Prosperidad de la Gran Asia Oriental, es decir, en un dominio económico propio, una “economía cerrada” en la que no había lugar para la competencia estadounidense. Lo que en realidad hacían los japoneses era seguir el ejemplo de Estados Unidos, que anteriormente habían transformado América Latina y gran parte del Caribe en el patio trasero económico exclusivo del Tío Sam [12].
El Estados Unidos empresarial estaba muy frustrado por haber sido expulsado del lucrativo mercado del Lejano Oriente por los “japos”, una “raza amarilla” a la que los estadounidenses en general habían empezado a despreciar ya en el siglo XIX [13]. Se consideraba a Japón un país arrogante aunque esencialmente débil y advenedizo al que el poderoso Estados Unidos podía “borrar fácilmente del mapa en tres meses”, como afirmó en una ocasión el secretario de la Armada Frank Knox [14]. Y así ocurrió que durante la década de 1930 y principios de la de 1940 mientras que la mayoría de la élite del poder de Estados Unidos se oponía a la guerra contra Alemania, apoyaba casi unánimemente la guerra contra Japón, a menos que, por supuesto, Japón estuviera dispuesto a hacer concesiones importantes, como “compartir” China con Estados Unidos. El presidente Roosevelt ( que al igual que Woodrow Wilson no era en absoluto el pacifista que muchos historiadores afirman que era) estaba ansioso por librar esa “espléndida pequeña guerra” (una expresión que había acuñado el Secretario de Estado estadounidense, John Hay, en referencia a la guerra hispano-estadounidense de 1898, que era “espléndida” porque permitió a Estados Unidos apoderarse de Filipinas, Puerto Rico, etc.). El verano de 1941, después de que Tokio hubiera aumentado aún más su zona de influencia en el Lejano Oriente al ocupar la colonia francesa de Indochina rica en caucho y, como estaba desesperado sobre todo por conseguir petróleo, obviamente había empezado a codiciar la rica en petróleo colonia holandesa de Indonesia, al parecer FDR había decidido que era el momento oportuno para una guerra contra Japón, pero se enfrentaba a dos problemas. En primer lugar, la opinión pública se oponía firmemente a que Estados Unidos se implicara en ninguna guerra extranjera. En segundo lugar, la mayoría aislacionista en el Congreso podía no apoyar esa guerra por temor a que eso llevara automáticamente a Estados Unidos a la guerra contra Alemania.
Según el autor de un detallado y muy bien documentado estudio reciente, Robert B. Stinnett, la solución de Roosevelt a este problema doble fue “provocar a Japón a cometer un acto manifiesto de guerra contra Estados Unidos” [15]. En efecto, en caso de un ataque japonés la opinión pública estadounidense no tendrá más opción que unirse tras la bandera (antes ya se había hecho que la opinión pública estadounidense se uniera de forma similar detrás de la bandera de las Barras y Estrellas, en concreto al inicio de la guerra hispano-estadounidense, cuando el barco de guerra estadounidense Maine que estaba de visita en La Habana se hundió misteriosamente en el puerto de esta ciudad, un acto del que inmediatamente se culpó a los españoles; después de la Segunda Guerra Mundial se volvería a condicionar al pueblo estadounidense para que aprobara guerras, deseadas y aprobadas por su gobierno, por medio de provocaciones artificiosas, como el incidente del golfo de Tonkin en 1964). Por otra parte, según estipulaba el Tratado Tripartito firmado por Japón, Alemania e Italia el 27 de septiembre de 1940 en Berlín, los tres países se comprometían a ayudarse entre sí cuando una de las tres potencias fuera atacada por otro país, pero no cuando una de ellas atacara a otro país. Por consiguiente, en caso de un ataque japonés a Estados Unidos los aislacionistas, que eran no intervencionistas respecto a Alemania pero no respecto a Japón, no tenían que temer que un conflicto con Japón significara también la guerra contra Alemania.
Y así, después de que el presidente Roosevelt decidiera que “se debe ver que Japón hace el primer movimiento abierto” convirtió “el provocar a Japón a realizar un acto de guerra abierto en la principal política que guió sus acciones respecto Japón a lo largo del año 1941”, como escribió Stinnett. Entre las estratagemas utilizadas se incluía el despliegue de buques de guerra cerca de las aguas territoriales japonesas, e incluso dentro de ellas, aparentemente con la esperanza de desencadenar un incidente al estilo del Golfo de Tonkin que pudiera interpretarse como un casus belli. Sin embargo, fue más eficaz la implacable presión económica que se ejerció sobre el Japón, un país que necesita desesperadamente materias primas como el petróleo y el caucho y que, por lo tanto, probablemente considerara que esos métodos eran singularmente provocativos. En el verano de 1941 el gobierno de Roosevelt congeló todos los activos japoneses en Estados Unidos y emprendió una “estrategia encaminada a frustrar la adquisición por parte de Japón de productos petroleros”. En colaboración con los británicos y los holandeses, antijaponeses por sus propios motivos, Estados Unidos impuso unas severas sanciones económicas a Japón, incluido un embargo de productos petroleros vitales. La situación se deterioró aún más en otoño de 1941. Con la esperanza de evitar la guerra con el poderoso Estados Unidos, el 7 de noviembre Tokio ofreció aplicar en China el principio de relaciones comerciales no discriminatorias a condición de que los estadounidenses hicieran lo mismo en su propia esfera de influencia en América Latina. Sin embargo, Washington quería reciprocidad únicamente en la esfera de influencia de otras potencias imperialistas y no en su propio patio trasero, así que la oferta japonesa fue rechazada.
El objetivo de las continuas provocaciones estadounidenses a Japón era hacerle entrar en guerra y, de hecho, cada vez era más probable que lo hiciera. FDR confió más tarde a sus amigos que “este continuo clavar alfileres a serpientes de cascabel consiguió finalmente que este país mordiera”. El 26 de noviembre, cuando Washington exigió que Japón se retirara de China, las “serpientes de cascabel” de Tokio decidieron que ya tenían bastante y se prepararon para “morder”. Se ordenó a una flota japonesa partir hacia Hawaii para atacar a los buques de guerra estadounidenses que en 1940 FDR había decidido estacionar allí de forma bastante provocativa y tentadora para los japoneses. Como habían logrado descifrar los códigos [secretos] japoneses, el gobierno y los altos mandos del ejército estadounidenses sabían exactamente lo que la armada japonesa estaba planeando, pero no avisaron a los comandantes en Hawaii así que permitieron que ocurriera el “ataque sorpresa” contra Pearl Harbor el domingo 7 de diciembre de 1941 [16].
Al día siguiente a FDR le resultó fácil convencer al Congreso de que declarara la guerra a Japón y, como era esperar, el pueblo estadounidense se unió tras la bandera, conmocionado por lo que al parecer era un cobarde ataque que él no podía saber había sido provocado, y esperado, por su propio gobierno. Estados Unidos estaba dispuesto a declarar la guerra a Japón y las perspectivas de una victoria relativamente fácil apenas se veían reducidas por las pérdidas sufridas en Pearl Harbour que, aunque aparentemente graves, distaban mucho de ser catastróficas. Los barcos hundidos eran viejos, “la mayoría de ellos reliquias de 27 años de la Primera Guerra Mundial” y estaban lejos de ser indispensables para una guerra contra Japón. Por otro lado, los modernos barcos de guerra, incluidos los portaaviones, cuyo papel en la guerra iba a resultar crucial, no habían sufrido daños ya que por casualidad (¿?) habían sido enviados a otra parte por órdenes de Washington y estuvieron a salvo en el mar cuando se produjo el ataque [17]. Con todo, las cosas no salieron exactamente como se esperaba ya que unos días después, el 11 de diciembre, la Alemania nazi declaró inesperadamente la guerra lo que obligó a Estados Unidos a hacer frente a dos enemigos y a luchar una guerra mucho mayor de lo esperado, una guerra en dos frentes, una guerra mundial.
En la Casa Blanca no fue una sorpresa la noticia del ataque japonés a Pearl Harbor, pero la declaración alemana de guerra cayó allí como una bomba. Alemania no había tenido nada que ver con el ataque en Hawaii y ni siquiera conocía los planes japoneses, así que FDR no consideró pedir al Congreso que declarara la guerra a la Alemania nazi al mismo tiempo que a Japón. Es cierto que las relaciones de Estados Unidos con Alemania se habían deteriorado durante algún tiempo debido al apoyo activo de Estados Unidos a Gran Bretaña y el deterioro había llegado hasta la guerra naval no declarada del otoño de 1941. Sin embargo, como ya hemos visto, la élite del poder estadounidense no sentía la necesidad de intervenir en la guerra en Europa. Fue el propio Hitler quien declaró al guerra a Estados Unidos el 11 de diciembre de 1941 para gran sorpresa de Roosevelt. ¿Por qué? Solo unos días antes, el 5 de diciembre de 1941, el Ejército Rojo había emprendido una contraofensiva frente a Moscú, lo que provocó el fracaso del Blitzkrieg en la Unión Soviética. Ese mismo día Hitler y sus generales se dieron cuenta de que ya no podían ganar la guerra. Pero cuando solo unos pocos días después el dictador alemán se enteró del ataque japonés a Pearl Harbor, parece que consideró que una declaración de guerra alemana al enemigo estadounidense de sus amigos japoneses llevaría a Tokio a corresponder con una declaración de guerra contra el enemigo soviético de Alemania, aunque no lo exigiera el Tratado Tripartito.
Con el grueso del ejército japonés estacionado en el norte de China y, por lo tanto, capaz de atacar inmediatamente a la Unión Soviética en la zona de Vladivostok, un conflicto con Japón habría obligado a los soviéticos a estar en la extremadamente peligrosa situación de una guerra en dos frentes, lo que abriría la posibilidad de que Alemania todavía pudiera ganar su “cruzada” antisoviética. Hitler creyó entonces que podría exorcizar el espectro de la derrota llamando a una especie de deus ex machina japonés a acudir a la vulnerable frontera siberiana de la Unión Soviética. Pero Japón no cayó en la trampa de Hitler. Tokio también despreciaba al Estado soviético, pero como ya estaba en guerra contra Estados Unidos no se podía permitir el lujo de una guerra en dos frentes y prefirió poner todo su dinero en una estrategia “meridional” con la esperanza de ganar el gran premio del rico en recursos sudeste de Asia en vez de embarcarse en una aventura en los inhóspitos confines de Siberia. Sólo muy al final de la guerra, tras la rendición de la Alemania nazi, se iban a producir hostilidades entre la Unión Soviética y Japón. En todo caso, debido a la innecesaria declaración de guerra de Hitler, a partir de entonces Estados Unidos también fue un participante activo en la guerra en Europa, con Gran Bretaña y la Unión Soviética como aliados [18].
En los últimos años el Tío Sam ha ido a la guerra con bastante frecuencia, pero invariablemente se nos pide que creamos que lo hace por razones puramente humanitarias, esto es, para prevenir holocaustos, para impedir que los terroristas cometan todo tipo de maldades, para deshacerse de malvados dictadores, para promover la democracia, etc. [19]
Al parecer, los intereses económicos de Estados Unidos o, más exactamente, de las grandes empresas estadounidenses nunca están implicados en esas guerras. A menudo se comparan estas guerras con la “guerra buena” arquetípica de Estados Unidos, la Segunda Guerra Mundial, en la que se supone que el Tío Sam fue a la guerra sin más razón que defender la libertad y la democracia, y luchar contra la dictadura y la injusticia (por ejemplo, en un intento de justificar su “guerra contra el terrorismo” y “vendérsela” a la opinión pública estadounidense George W. Bush comparó rápidamente los atentados del 11 de septiembre con el ataque a Pearl Harbor). Sin embargo, este breve examen de las circunstancias de la entrada de Estados Unidos en la guerra en diciembre de 1941 revela un panorama muy diferente. La élite del poder estadounidense quería la guerra contra Japón y hacía tiempo que estaban preparados los planes para esa guerra. En 1941 Roosevelt organizó diligentemente esa guerra, no debido a una agresión no provocada de Tokio y sus horribles crímenes de guerra en China, sino porque las empresas estadounidenses querían una parte de la exquisita gran “tarta” de los recursos y mercados del Lejano Oriente. Por otro lado, como las principales empresas estadounidenses estaban haciendo negocios maravillosos en y con la Alemania nazi, se beneficiaban generosamente de la guerra que había provocado Hitler y, por cierto, le proporcionaban el equipamiento y el combustible necesarios para su Blitzkrieg, definitivamente la élite del poder de Estados Unidos no quería la guerra contra la Alemania nazi, a pesar de que había muchas razones humanitarias de peso para emprender una cruzada contra el verdaderamente malvado “Tercer Reich”. Antes de 1941 no había ningún plan de guerra contra Alemania y en diciembre de 1941 Estados Unidos no fue voluntariamente a la guerra contra Alemania, sino que “se vio empujado” a esa guerra por culpa del propio Hitler.
Las consideraciones humanitarias no desempeñaron papel alguno en los cálculos que llevaron a Estados Unidos a participar en la Segunda Guerra Mundial, la “guerra buena” original de este país. Y no hay razón para creer que lo hicieran según los cálculos que, más recientemente, llevaron a Estados Unidos a librar supuestas “guerras buenas” en tierras desdichadas como Irak, Afganistán y Libia, o que lo harán en la guerra que se avecina contra Irán.
El Estados Unidos empresarial desea ansiosamente una guerra contra Irán ya que alberga la promesa de un vasto mercado y gran cantidad de materias primas, especialmente petróleo. Como en el caso de la guerra contra Japón, están preparados los planes para esa guerra y el actual inquilino de la Casa Blanca parece igual de ansioso que FDR de hacer que ocurra. Además, de nuevo como en el caso de la guerra contra Japón, ha habido provocaciones, esta vez en forma de sabotaje e intrusiones por medio de drones, así como por medio del despliegue a la vieja usanza de barcos de guerra justo al límite de las aguas territoriales de Irán. Washington está otra vez “clavando alfileres a serpientes de cascabel”, al parecer con la esperanza de que la “serpiente de cascabel” iraní devuelva el mordisco y justifique así una “espléndida pequeña guerra”. Sin embargo, como en el caso de Pearl Harbor, la guerra que salga de ahí puede resultar ser otra vez mucho más grande, larga y desagradable de lo esperado.
Jacques R. Pauwels   es autor de   El mito de la guerra buena: EE.UU en la Segunda Guerra Mundial, Hondarribia, Hiru, 2002, traducción de José Sastre.
Notas:
[1] C. Wright Mills, The Power Elite, Nueva York, 1956.
[2] Citado en Charles Higham, Trading with the Enemy: An Exposé of The Nazi-American Money Plot 1933-1949, Nueva York, 1983, p. 163.
[3] Robert B. Stinnett, Day of Deceit: The Truth about FDR and Pearl Harbor, Nueva York, 2001, p. 17.
[4] Citado en Sean Dennis Cashman, America, Roosevelt, and World War II, Nueva York y Londres, 1989, p. 56; .
[5] Edwin Black, Nazi Nexus: America’s Corporate Connections to Hitler’s Holocaust, Washington/DC, 2009, p. 115.
[6] Floyd Rudmin, “Secret War Plans and the Malady of American Militarism”, Counterpunch, 13:1, 17-19 de febrero de 2006. pp. 4-6, http://www.counterpunch.org/2006/02/17/secret-war-plans-and-the-malady-of-american-militarism
[7] Jacques R. Pauwels, The Myth of the Good War : America in the Second World War, Toronto, 2002, pp. 50-56 [ El mito de la guerra buena: EE.UU en la Segunda Guerra Mundial , Hondarribia, Hiru, 2002, traducción de José Sastre ] . Las fraudulentas prácticas del “ Lend-Lease” se describen en Kim Gold, “The mother of all frauds: How the United States swindled Britain as it faced Nazi Invasion”, Morning Star, 10 de abril de 2003.
[8] Citado en David Lanier Lewis, The public image of Henry Ford: an American folk hero and his company, Detroit, 1976, pp. 222, 270.
[9] Jacques R. Pauwels, “70 Years Ago, December 1941: Turning Point of World War II”, Global Research, 6 de diciembre de 2011, http://globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=28059.
[10] Rudmin, op. cit.
[11] Véase Howard Zinn, A People’s History of the United States, s.l., 1980, p. 305 ff. [La otra historia de los Estados Unidos, ed. rev. y corr. por el autor, Hondarribia, Hiru, 2005, traducción de Toni Strubel].
[12] Patrick J. Hearden, Roosevelt confronts Hitler: America’s Entry into World War II, Dekalb/IL, 1987, p. 105.
[13] “Anti-Japanese sentiment”, http://en.wikipedia.org/wiki/Anti-Japanese_sentiment
[14] Patrick J. Buchanan, “Did FDR Provoke Pearl Harbor?”, Global Research, 7 de diciembre de 2011, http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=28088 . Buchanan se refiere a un libro nuevo de George H. Nash, Freedom Betrayed: Herbert Hoover’s Secret History of the Second World War and its Aftermath, Stanford/CA, 2011.
[15] Stinnett, op. cit., p. 6.
[16] Stinnett, op. cit., pp. 5, 9-10, 17-19, 39-43; Buchanan, op. cit.; Pauwels, The Myth…, pp. 67-68. Para la intercepción por parte de Estados Unidos de mensajes cifrados japoneses véase Stinnett, op. cit., pp. 60-82. La cita sobre las “ serpientes de cascabel ” proviene de Buchanan, op. cit.
[17] Stinnett, op. cit., pp. 152-154. [18] Pauwels, “70 Years Ago…”
[19] Véase Jean Bricmont, Humanitarian imperialism: Using Human Rights to Sell War, Nueva York, 2006.
Fuente: http://www.globalresearch.ca/fall-1941-pearl-harbor-and-the-wars-of-corporate-america/28159

martes, 12 de noviembre de 2019

Berlín 1989-2019



La caída del muro de Berlín fue un momento emblemático del profundo cambio en la estructura del poder a escala mundial. Treinta años después, las repercusiones son todavía notorias.
Entre agosto de 1961 y noviembre de 1989, el muro representó la pugna entre dos sistemas opuestos de organización social emanados de periodos revolucionarios y dos guerras mundiales. El muro expresó, de modo literalmente concreto, el significado histórico de lo que se llamó la guerra fría.
El muro cruzaba primero Berlín y fue extendiéndose hasta conformar un sistema de fortificaciones que, a lo largo de 45 kilómetros, separó las dos partes de la ciudad y más tarde rodeó la parte occidental, por 120 kilómetros, convirtiéndola en un enclave en el territorio de Alemania oriental.
Antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial, Churchill pronunció un famoso discurso, el 5 de marzo de 1946, en Fulton, Misuri, adonde asistió con el presidente Truman.
El discurso se titulaba Los tendones de la paz, y ahí reconocía la primacía que había adquirido Estados Unidos.
Churchill describió así la nueva configuración de Europa: De Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, una cortina de hierro ha descendido a lo largo del continente.
Con esto se considera que empezaba la guerra fría entre los dos grandes bloques políticos. Así se entendió, en buena medida, tanto política como popularmente, la historia de las siguientes cuatro décadas. Era un mundo bipolar.
Una de las imágenes literarias perdurables de ese periodo la proporcionó la notable novela de John le Carré: El espía que salió del frío, publicada en 1963, en la cual el agente británico Alec Leamas es enviado a Berlín oriental para averiguar acerca del poderoso sistema de seguridad del Estado.
La fuerte pugna entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) ordenaba las coordenadas de lo que sucedía en gran parte del mundo. En la región que habitamos hubo sucesos muy relevantes. Uno de ellos, muy tempranamente, fue el derrocamiento del gobierno de Arbenz en Guatemala. Otro fue la crisis cubana de los misiles, en 1962, que exhibió la abierta confrontación entre las dos potencias y fue uno de los episodios más relevantes de la guerra fría.
En 1990, John J. Mearsheimer publicó un artículo titulado “Por qué pronto extrañaremos la guerra fría”, en el cual apuntaba a la configuración de un mundo unipolar surgido de la debacle de la URSS.
En todo caso, el escenario se armaba para el diseño e implementación de la fase actual del proceso de globalización económica y financiera. Una de las expresiones más influyentes de este modelo de acumulación, que se imponía con gran decisión, fue la elaboración del Consenso de Washington, presentado por John Williamson en 1990 y alentado sin cortapisas por los organismos financieros internacionales. Todo corría muy de prisa.
Para ubicar los principios de dicho armazón de políticas públicas, aplicado de modo generalizado en las llamadas economías en desarrollo, conviene recordar el decálogo que lo constituía: reducir la deuda del gobierno; eliminar los subsidios públicos; aplicar reformas tributarias; determinar tasas de interés mediante mecanismos del mercado; fijar tipos de cambio flexibles; adoptar políticas de libre comercio; relajar las reglas de la inversión extranjera directa; privatizar empresas públicas; erradicar las regulaciones que limitan la competencia, y ampliar los derechos de propiedad.
Ese esquema es el que tres décadas después está sumido en una profunda crisis económica, expuesta principalmente por la financiera de 2008 y sus secuelas. Además, generadora de una honda crisis social, de la que hoy no faltan ejemplos en América Latina. Uno de los casos más manidos de este modelo y expuesto como éxito de las políticas neoliberales es el chileno, que tiene desde hace semanas a la gente en la calle protestando sus onerosas consecuencias sociales.
Los acontecimientos históricos de mayor relevancia, como la caída del muro de Berlín, provocan una serie de interrelaciones complejas y distinto calado. El impacto de ese hecho ha sido realmente global.
Alexander Herzen escribió en su texto Desde la otra orilla acerca de la viuda preñada, con lo que aludía a la situación en la que el viejo orden ha sucumbido, pero aún no ha nacido uno nuevo. En 1989, el nuevo orden sucedió al viejo orden de manera casi súbita y global. En tres décadas de predominio se ha desgastado.

viernes, 8 de marzo de 2019

Venezuela expulsa al embajador de Alemania por su respaldo a Guaidó

EU revoca visas a 77 allegados de Maduro

“El Ejecutivo no tiene cualidades para disponer la salida del país del diplomático” dice el líder opositor


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Es inaceptable que un diplomático extranjero ejerza un papel propio de dirigente político, aseguró ayer la cancillería de Venezuela, luego de expulsar del país a Daniel Martin Kriener (en imagen de archivo), embajador de Alemania.

Caracas. El gobierno de Venezuela ordenó este miércoles la expulsión del embajador alemán en esta capital, Daniel Martin Kriener, por su respaldo al líder opositor Juan Guaidó, autoproclamado presidente encargado, quien a su vez dijo que el Poder Ejecutivo, que encabeza Nicolás Maduro, no tiene cualidades para disponer la salida del diplomático.
Kriener fue declarado persona no grata y se le dieron 48 horas para salir del país, informó la cancillería, que consideró inaceptable que un representante diplomático extranjero ejerza un papel más propio de un dirigente político, en clara alineación con la agenda de conspiración de sectores extremistas de la oposición venezolana.
El diplomático europeo fue expulsado dos días después de que acudió –junto con embajadores y encargados de negocios de Estados Unidos, Chile, Argentina, Canadá, Brasil, Perú, Ecuador, Francia, España, Países Bajos, Portugal y Rumania– al aeropuerto internacional Simón Bolívar, en Caracas, para recibir a Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional (AN, declarada en desacato), quien volvía de una gira por Sudamérica.
El asambleísta burló una prohibición de salida para tratar de ingresar ayuda humanitaria proveniente de Estados Unidos a Venezuela el pasado 23 de febrero –a lo que Alemania contribuyó– a través de las fronteras con Colombia y Brasil. Guaidó fracasó y el gobierno consideró ese acto como una amenaza para invadir militarmente al país.
Heiko Maas, ministro del Exterior de Alemania, llamó a Kriener a consultas, ratificó el apoyo inquebrantable de su gobierno a Guaidó y declaró: expulsar a nuestro embajador de Venezuela es una decisión incomprensible que agrava la situación y no contribuye a la distensión.
La embajada alemana en Caracas tuiteó que el regreso del líder opositor, quien goza de inmunidad por ser presidente de la AN, era un paso hacia un proceso político y pacífico para superar la crisis del país sudamericano.
Guaidó escribió en Twitter: esta amenaza verbal al embajador de Alemania no tiene ningún tipo de cualidad. Sabemos quién es el único no grato. Durante una sesión de la AN el asambleísta reiteró que el régimen, quien usurpa funciones, quien no tiene cualidades para declarar persona no grata a nadie, simplemente ejerce coacción, simplemente es una amenaza.
En tanto, el gobierno de Estados Unidos anunció que revocó las visas de 77 venezolanos allegados a Maduro, y advirtió a las instituciones financieras extranjeras que enfrentarán sanciones si facilitan transacciones ilegítimas que beneficien al gobierno bolivariano.
Continuaremos haciendo rendir cuentas al régimen hasta que la libertad se restablezca en Venezuela. Lo único que sostiene a Maduro en el poder es la brutalidad de sus seguidores y la ayuda que recibe de Cuba, afirmó el vicepresidente estadunidense, Mike Pence, al anunciar el retiro de visas durante una reunión del grupo de empresarios Latino Coalition.
El Departamento de Estado revocó la semana pasada las visas de 49 funcionarios venezolanos.
Washington aplica sanciones a servidores públicos y ex funcionarios venezolanos a los que acusa, sin pruebas, de corrupción, narcotráfico y violaciones a los derechos humanos desde 2015, cuando el entonces presidente, Barack Obama, declaró al país petrolero amenaza para la seguridad nacional.
A su vez, John Bolton, asesor de Seguridad Nacional, advirtió a instituciones financieras extranjeras que enfrentarán sanciones por estar involucradas en facilitar transacciones ilegítimas que beneficien a Maduro y su red corrupta.
William Castillo, viceministro de Comunicación de la cancillería venezolana, rechazó en Twitter la nueva medida: “Bolton anuncia más ‘sanciones’ a Venezuela. Léase medidas de robo, confiscación, bloqueo y saqueo de recursos que son de los venezolanos”.
En este contexto, el periodista estadunidense Cody Weddle y su colaborador venezolano Carlos Camacho fueron liberados tras ser retenidos en Caracas desde las ocho de la mañana (hora local) por presuntos agentes de la Dirección General de Contrainteligencia Militar, reportaron los familiares del comunicador free lance.
Se espera que Weddle llegue este jueves a Miami. El gobierno de Donald Trump, la Organización de los Estados Americanos y Guaidó habían exigido su liberación.
Michelle Bachelet, alta comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, afirmó que la crisis política, económica y social en Venezuela es exacerbada por las sanciones internacionales, y dijo que aceptó una invitación de Maduro para visitar el país.

Foto Afp
Periódico La Jornada

domingo, 24 de junio de 2018

El G–7: un deceso que hay que celebrar


Immanuel Wallerstein

Una institución conocida como G-7 sostuvo su reunión anual entre el 12 y el 13 de junio de 2018 en Charlesvoix, Quebec, Canadá. El presidente Donald Trump asistió al principio, pero se fue pronto. Debido a que los puntos de vista en ambos lados eran tan incompatibles, el Grupo de los Seis miembros restantes negoció con Trump la publicación de su acostumbrada declaración conjunta, que resultó bastante anodina. Trump se arrepintió y se negó a firmar cualquier declaración. Entonces, los Seis redactaron una declaración que reflejara sus puntos de vista. Trump se enojó e insultó a los protagonistas de la firma del documento.
La prensa mundial interpretó esto como un desaire político recíproco por parte de Trump y de los otros seis jefes de Estado que asistieron. Casi todos los comentaristas argumentaron también que esta batalla política indicaba el fin del G-7 como actor significativo en la política mundial.
Pero, ¿qué es el G-7? ¿Quién inventó la idea y con qué propósito? Nada es menos claro. El nombre de la institución misma ha cambiado constantemente, conforme el número de los miembros varía. Y muchos argumentan que han emergido agrupaciones más importantes, como aquella del G-20 o el G-2. También está la Organización de Cooperación de Shangai, que se fundó en oposición al G-7 y excluye tanto a Estados Unidos como a los países de Europa occidental.
La primera clave de los orígenes del G-7 como concepto es la fecha del nacimiento de la idea del G-7. Fue a principios de la década de 1970. Antes de ese tiempo no había institución alguna en la que Estados Unidos jugara un papel de participante al parejo que las otras naciones.
Recuerden que al final de la Segunda Guerra Mundial y hasta los años 60, Estados Unidos había sido la potencia hegemónica del moderno sistema-mundo. Invitó a reuniones internacionales a quien quiso, por sus propias razones. El propósito de tales reuniones fue primordialmente implementar políticas que Estados Unidos pensaba eran útiles o acertadas –para sí mismo.
Hacia la década de 1960, Estados Unidos ya no pudo actuar de ese modo tan arbitrario. Comenzó a haber resistencia a sus arreglos unilaterales. Esta resistencia fue la evidencia de que había comenzado la decadencia de Estados Unidos como potencia hegemónica.
Por tanto, para retener su papel central, Estados Unidos cambió su estrategia. Buscó modos en que pudiera ralentizar esta decadencia. Uno de los modos fue ofrecer a ciertas potencias industrializadas importantes el estatus de socio en la toma de decisiones mundiales. Esto tendría que negociarse. A cambio de la promoción del estatus de los socios, éstos accederían a limitar el grado en que pudieran alejarse de las políticas que Estados Unidos prefería.
Se podría argumentar, por tanto, que la idea del G-7 fue algo inventado por Estados Unidos como parte de su nuevo arreglo de asociaciones. Por otra parte, un momento clave en el desarrollo histórico de la idea del G-7 fue el momento de la primera cumbre anual de los líderes máximos, a diferencia de las reuniones de figuras de menor categoría como los ministros de Finanzas. Esta iniciativa no vino de Estados Unidos, sino de Francia.
Fue Valéry Giscard d’Estaing, entonces presidente francés, quien convino la primera reunión anual de líderes máximos en Rambouillet, Francia, en 1975. ¿Por qué pensó él que fuera tan importante una reunión de líderes máximos? Una posible explicación fue que él se percató de que éste era un modo de limitar aún más el poder de Estados Unidos. Enfrentado con otros líderes, cada uno con diferentes prioridades, Estados Unidos tendría que constreñirse a negociar. Y dado que eran los líderes principales quienes firmaban el acuerdo, sería más difícil para alguno de ellos repudiarlo después.
Rambouillet fue el inicio de una lucha entre Estados Unidos y varias potencias europeas (pero en especial Francia) respecto de todos los asuntos importantes del mundo. Fue una lucha en la que Estados Unidos hizo menos y lo hizo menos bien. Tuvo un rechazo serio en 2003 cuando no pudo, por primera vez en la historia, obtener siquiera una mayoría de votos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas cuando ocurrió la votación en torno a la invasión de Irak por parte de Estados Unidos. Y este año en Charlesvoix fue incapaz siquiera de acordar una declaración conjunta banal con los otros seis miembros del G-7.
Para todo propósito e intenciones, el G-7 está acabado. Pero ¿debemos lamentarnos? La lucha por el poder entre Estados Unidos y los otros era básicamente una lucha por la primacía de la opresión hacia el resto de las naciones del mundo. ¿Estarían mejor estos poderes más pequeños si ganara el modo europeo? ¿Acaso los animales pequeños se preocupan por elegir qué elefante los va a atropellar? Creo que no.
¡Todos alaban Charlevoix! Trump tal vez nos hizo a todos el favor de destruir este importante último remanente de la era de la dominación occidental del sistema-mundo. Por supuesto, el deceso del G-7 no significará que la lucha por un mundo mejor haya terminado. Para nada. Aquellos que respaldan un sistema de explotación y jerarquía simplemente buscarán otras formas de seguir haciéndolo.
Esto me retorna a lo que hoy es un asunto central. Estamos en una crisis estructural del sistema-mundo moderno. Una batalla que está en curso por ver qué versión de un sistema sucesor habremos de atestiguar. Todo es muy volátil por el momento. Cada lado está arriba un día, y abajo el siguiente día. En algún sentido somos afortunados de que Donald Trump sea tan necio como para herir a su propio bando con tal golpe masivo. Pero no vitoreemos a Justin Trudeau o a Emmanuel Macron, cuya versión más inteligente de la opresión combate a Trump.
Traducción: Ramón Vera-Herrera
© Immanuel Wallerstein

lunes, 18 de junio de 2018

La foto

León Bendesky

Un acertado compendio de lo que fue la reunión de hace una semana del Grupo de los Siete (G-7) en Quebec, Canadá, es la fotografía de los líderes de los países miembros enfrentando al presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Se trata de cómo se plantan, respectivamente, sus semblantes y la posición de sus cuerpos. Todo el conjunto manifiesta el tenso estado de las relaciones entre esas naciones con una alta cuota de poder político y económico en el mundo.
Trump es el único sentado, contra una pared, los demás pendientes de él. Tiene los brazos cruzados desafiante, con expresión de desdén por los que contrarían su visión del poder de Estados Unidos; le importa poco lo que le dicen. Va a restablecer ese poder que, asegura, ha sido debilitado por los gobiernos de su país, especialmente por Barack Obama y los políticos del partido demócrata.
Si la postura trumpiana quedó muy clara desde la campaña para la presidencia en 2016, la ha ido conformando como nueva política, tanto interna como exterior. Aquí lo sabemos.
Frente a él hay una mesa sobre la que Angela Merkel recarga los brazos y se inclina enfrentándolo atónita, como si el guión al que estaba acostumbrada se hubiera borrado y fuese incapaz siquiera de entablar un diálogo.
En la foto junto a Merkel se advierten las figuras de la británica Theresa May y el francés Macron; pero resalta la imagen de Shinzo Abe, de Japón, con la cara desencajada, los brazos también cruzados y, en su caso, abatidos. A su lado el muy duro John Bolton, consejero de Seguridad Nacional, siempre desafiante.
La presencia de Bolton es un señalamiento preciso de cómo Trump va recreando la política exterior. Es considerado como un halcón guerrero de corte nacionalista y si de etiquetas se trata: neoconservador, que aboga por las posiciones más radicales e intervencionistas donde ve la oportunidad.
Para la Unión Europea se abre un conflicto ubicado entre dos extremos: subordinarse ante Trump o generar un espacio propio de acción. Esto ocurre en el marco de una Unión muy debilitada internamente, más aún con un nuevo gobierno italiano que va a contracorriente. En el otro confín está el férreo control de Putin en Rusia y su cada vez mayor influencia en esa zona del continente. Las relaciones de poder cambian de forma rápida y decisiva con otros actores relevantes que quieren una cuota más grande, como China e India.
Hoy, Trump cuenta con el regreso de la gestión monetaria del dólar, luego de casi una década de expansión de la liquidez y de mínimas tasas de interés. Impone tarifas en el comercio internacional con América del Norte, Europa y ahora China. En éste último caso Trump arguye que se ha aprovechado por más de dos decenios de la apropiación de patentes y tecnologías, además de manipular el valor de yuan y que debe pagar.
Trump va implantando el escenario que prometió dentro y fuera, un nuevo tipo de hegemonía, muy distinta a la que ejerció Estados Unidos desde mediados del siglo pasado.
Aquel orden ya no puede sostenerse aunque Trump fracasara en su plan de dominio económico, político y militar. Es como la famosa rima de Humpty Dompty que se cayó de la barda y ya nadie puede devolverlo a como era antes.
Un factor que puede ser determinante para el modelo que quiere imponer Trump es la distribución de las pérdidas y ganancias entre las grandes empresas productivas y financieras de su país. En el caso de los votantes, depende de si hay un efecto adverso en su nivel de bienestar.
En otra toma de la misma escena se ve a Trudeau junto a Trump, consternado y recargado en la pared. Lo dice todo.

domingo, 17 de junio de 2018

Proteger sin proteccionismo


Ilán semo

Todo el espectáculo de Donald Trump en la reciente cumbre del G-7 –los desplantes, las miradas machinas y, finalmente, el rechazo a firmar el acuerdo– tienen su base en una aritmética severa: Estados Unidos es, probablemente, la sociedad más desprotegida del orbe. En una era de globalización, Alemania, Francia, Canadá, Japón …y, por supuesto, China (que no pertenece al G-7) han encontrado formas singulares para proteger a sus sociedades sin caer en la paradoja del proteccionismo.
Para entender el estado de mueca permanente que acompaña al inquilino actual de la Casa Blanca, basta con echar un vistazo a la balanza comercial de estos países. Aquí los números (en exportaciones netas): Alemania, 210 mil millones de dólares; China, 189 mil millones; Japón, 6 mil millones. Todos ellos, en saldos positivos. Estados Unidos: ¡-803 mil millones de dólares! Léase: en saldos negativos. El mercado global está virtualmente devorando a la economía estadunidense.
En el lenguaje tecnocrático, las economías de Alemania, China y Japón no sólo son ostensiblemente más eficientes que las de nuestro vecino, sino que los números de esta última muestran, como lo ha sostenido Immanuel Wallerstein, ya una suerte de decadencia –sobre todo si se piensa que los saldos negativos se han prolongado durante más de dos décadas–. Y lo esencial: detrás de la máscara de las cifras, lo que se exhibe en realidad son sociedades de muy diversa índole.
¿Cómo explicar estas cifras?
Los alemanes consumen básicamente lo que ellos mismos producen. El prestigio de sus propios bienes los alienta a ello. Tienen un ingreso considerable para hacerlo. Setenta por ciento de la población gana aproximadamente lo mismo. Además cuentan con un Estado de bienestar que garantiza la mínima seguridad en la vida y para las familias. Y aunque es una economía abierta, si Videgaray se diera una vuelta por Berlín o Hannover seguramente acusaría de populista a Angela Merkel.
China se protege de una manera muy distinta. Un Estado ostensiblemente autoritario, que ha promovido una economía a tal grado productiva, que es inútil competir con cualquier de los productos que ahí se producen. Importan sólo lo que no tienen. También es una economía abierta.
En cambio, los dilemas actuales de Estados Unidos son tan profundos como su déficit. En los últimos 20 años, su productividad se ha reducido prácticamente a la mitad. La desigualdad en la distribución de la riqueza ha abatido a su antiguo y poderosos mercado interno. No cuentan con un Estado de bienestar que garantice los mínimos en la calidad de vida. La vida misma es cada día una aventura de individuos más individualizados, más competitiva, más expuesta a los golpes del destino.
Estos tres casos emblemáticos de por sí, ponen a su manera en tela de juicio la doxa esencial del discurso actual de los mercados. Paradigmáticamente, las sociedades (no sólo europeas) con tejidos de protección social, con distribución equitativa de la riqueza, como Irlanda y Nueva Zelanda por ejemplo, parecen ser las más aptas para lidiar con los avatares de la globalización. Estados Unidos, una sociedad que heredó la insularización clásica del individuo del siglo XIX, a la que Bolívar Echeverría llamó acertadamente la otra cara del americanismo, parece destinada a enfrentar tiempos severamente difíciles. Es precisamente este americanismo el que la tecnocracia mexicana impulso al país desde los años 90, que hoy parece haber colmado los (de por sí extensos) límites de la resignación del electorado del país.
Hace algunos años, Jürgen Habermas y el cardenal Ratzinger (cuando todavía no era Papa) sostuvieron un debate en torno a los estragos causados por esta peculiar forma de la modernidad que se inscribe en los paradigmas del americanismo. Habermas sostenía que había dos tipos de democracia: la liberal y la social. La segunda contenía muchos elementos de la primera, pero se distanciaba de ella por una diferencia central: la misma que separaba las visiones de Locke y de Rousseau. La democracia liberal se sostenía en el principio de maximización individual: cada quien es responsable de lo que le pasa. La democracia social incorporaba a la sociedad como corresponsable de la condición individual. La tesis de Habermas: la democracia liberal muestra una tendencia a regirse por el antiguo principio de que el hombre es el lobo del hombre. La democracia social sería una opción para, al menos, atenuar ese dilema.
Si se sigue la historia mexicana a partir de los años 90, es muy evidente que hubo un intento por instaurar una democracia liberal. El dilema es que los lobos la empezaron a devorar desde el principio o nunca la dejaron crecer. Es absurdo que 30 años después de 1988 se requiera todavía advertir que la democracia mexicana esta apenas en su infancia. Pero si lo que se avecina es la posibilidad de un cambio de régimen, la ecuación de la democracia social podría ser el programa para sacarla del marasmo.

lunes, 14 de agosto de 2017

Alemania financia desinformación sobre Cuba


taz-die-tageszeitung
El Gobierno Federal de Alemania financia desde hace tres años con el presupuesto nacional, un proyecto para influir en los medios de comunicación en Cuba. Como el secretario del gobierno, Dr. Marcus Ederer, ha declarado oficialmente el 25 de julio del 2017 (Drucksache 18/13202, pagina 4), el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania ha pagado desde 2015 un total de 60.000 euros para un taller de «TAZ-Panter-Stiftung» para jóvenes periodistas cubanos (1).
El secretario del gobierno respondió este día a una pregunta de la diputada Heike Hänsel por el partido «Die Linke» (La Izquierda) que el objetivo de este taller es «la intensificación de los intercambios culturales y educativos con Cuba». Ederer, quien desde 2002 hasta 2005 ha trabajado para el Servicio Federal de Inteligencia (2), tiene la función de uno de los viceministros de Asuntos Exteriores de la RFA. Pero el político, dijo, sin embargo, sólo la mitad de la verdad. En realidad, el Gobierno alemán se propone influir en forma sutil en el desarrollo de los medios de comunicación de Cuba y para inmiscuirse en sus asuntos internos. Solo cuatro meses antes de la declaración de Markus Ederer el gobierno lo ha reconocido abiertamente.
Según el informe número 20 del Gobierno Federal para el Trabajo Político Cultural en el Exterior con fecha 16 de marzo del 2017 (Drucksache 18/11550), en su inciso (C) bajo el título: «Abrir espacios para el trabajo político», en su página 14 dice: «El Ministerio de Relaciones Exteriores a través de la intensificación de las relaciones culturales contribuye a lograr una apertura progresiva en Cuba. En este sentido el desarrollo de proyectos ayuda a preparar el terreno: por ejemplo estan apoyando en conjunto con el Cuban-European Youth Academy de la Fundación Neueman la realización de exposiciones de artistas cubanos en Alemania. Un Workshop organizado por la Fundación Panter y financiado por nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores contribuye también a lograr una apertura en los medios de información, un sector estrictamente reglamentado en Cuba». El real objetivo del gobierno detrás del citado taller de periodismo para los jóvenes cubanos es, según este documento, «la progresiva apertura de Cuba» y en especial «la apertura del estrictamente reglamentado sector de información» en la isla socialista (3). Está claro que para lograr sus objetivos están utilizando al periódico TAZ y a su Fundación Panter.
Después de la salida del grupo para Cuba publicó el TAZ con fecha 4 de agosto del 2017 algunos artículos de los participantes del Workshop, quienes según el TAZ todos trabajan «para medios de comunicación cubanos». Pero en la misma edición el TAZ ha publicado un artículo por Maykel González Vivero, quien se presentó como corresponsal del «Diario de Cuba» en Santa Clara (4). Todo el mundo sabe que el «Diario de Cuba» no es ningun medio de comunicación cubano. Sino el portal Online «Diario de Cuba» fue fundada en Madrid en el año 2009 de un grupo contrarevolucionarios con el apoyo financiero de la «Fundación Nacional para la Democracia» (en inglés: NED) del gobierno de los Estados Unidos. El periodista estadounidense Tracey Eaton declaró el 27 de septiembre del 2016 en su Blog «Along the Malecón», que «Diario de Cuba» recibió sólo en el año 2015 un total de 283.869 dólares (241.000 euros) de la NED (5). ¿Por qué oculta el periodico TAZ esta información? – ¿Y por qué silencia este periodico que el mismo autor también colabora con el medio de comunicación estatal de EE.UU. «Martí Noticias», un arma propagandistica del gobierno de Estados Unidos contra la Revolución Cubana? (6) Al final, el Gobierno alemán ha pagado también por la formación de un autor, quien no se ha presentado como colaborador de los medios de comunicación cubano, sino como colaborador de unos medios de comunicación en los Estados Unidos y España, quienes intentan suprimir la Constitución de la República de Cuba.
(2): El Servicio Federal de Inteligencia (en alemán: Bundesnachrichtendienst, abreviado BND) es la agencia de inteligencia extranjera del gobierno alemán.
(4):https://www.taz.de/Archiv-Suche/!5437297&s=kuba&SuchRahmen=Print/
(Tomado de Cubainformación)

lunes, 20 de marzo de 2017

Decesos del ATP y el TLCAN; auge del RCEP chino: el mayor tratado comercial global


Bajo la lupa
Alfredo Jalife-Rahme
La Jornada 

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Hillary Clinton, ex candidata presidencial demócrata, saluda al llegar a la Sociedad de Mujeres Irlandesas para la celebración anual por el Día de San Patricio, el viernes en Scranton, PensilvaniaFoto Ap

Para intentar paliar su tremendo déficit comercial global de bienes sin servicios de 750 mil millones de dólares al año, la trumponomics permuta el multilateralismo por el bilateralismo mediante el cual EU impone su voluntad militar/atómica (https://goo.gl/6ny8Fz).
Los cuatro principales déficits comerciales en bienes de EU son con China (347 mil millones de dólares: 40 por ciento), Japón (69 mil millones de dólares), Alemania (65 mil millones de dólares) y México (63 mil millones de dólares).
Todos los secretos proyectos multilaterales con enfoque geopolítico de los Bush, Clinton y Obama están siendo enterradas por la trumponomics: ATP, contra China; TTIP, contra Rusia, y TISA, contra el mundo (https://goo.gl/rrLhRQ).
No haré leña del árbol caído de los aniquilados ALCA y el Plan Puebla-Panamá (PPP), a los que se adhirió en forma grotesca la dupla Fox/Castañeda Gutman, que preservó más los intereses de EU e Israel que los de México.
Por cierto, 15 años antes de que apareciera Trump, el desastre de la migración mexicana en EU se debió en gran medida a la insolencia infatuada de la dupla Fox/Castañeda Gutman, que rechazó un acuerdo bajo el inigualable concepto diplomático de la enchilada completa. ¡Qué nivelucho!
Se han desgajado todos los proyectos y tratados de EU para dominar las regiones y el mundo –ALCA, PPP, ATP, TTIP, TISA, y ahora el agónico TLCAN–, mientras China ha acelerado sin mucho ruido desde hace más de cuatro años la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés) con el fin de contrarrestar el irredentismo mercantilista geopolítico de Obama.
El núcleo del RCEP-16 lo constituyen los 10 miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean, por sus siglas en inglés), con tres superpotencias neoeconómicas –China, India y Japón–, dos países de la anglósfera –Australia y Nueva Zelanda– y Sudcorea, que representan en su conjunto la mitad de la población mundial y 30 por ciento del PIB global: 21.4 billones de dólares.
Los tratados mercantilistas de Occidente fenecen, incluida la sitiada Unión Europea, mientras el poco publicitado RCEP-16 se posiciona como el mayor tratado de libre comercio del planeta, pero con un nítido enfoque regional donde China nolens volens se ha erigido en su líder conceptual.
Aquí los matices son seminales: la globalización anglosajona es financierista, mientras la globalización que pregona China es economicista.
Una civilización milenaria como China no se cuece al primer hervor, por lo que ha sido muy precavida para liderar el libre comercio a escala regional y global.
El primer ministro chino, Li Keqiang, arrojó un balde de agua helada a los novatos mercantilistas de América Latina (AL), inseminados por el fallido neoliberalismo, quienes alucinan permutar al ATP-12 por el RCEP-16 y a EU por China: no excederemos nuestro alcance para hacer cosas que China no debe hacer (https://goo.gl/Y1O8DY).
El grave problema de los reduccionistas mercantilistas es que carecen de cultura geopolítica e ignoran los límites que impone la realidad cuando China desea afianzar su posicionamiento regional, mientras rechaza imitar el irredentismo de EU en AL, cuyos regímenes neoliberales fracasados han quedado huérfanos después del desprecio supremacista de Trump.
Una cosa es que China haya asistido a las exequias del ATP en Viña del Mar (Chile) –adonde incluso llegó el representante de EU a supervisar el desasosiego neoliberal de AL– y otra es clavarse a un esquema que colisiona con la cosmogonía y los intereses de China que no va abandonar a sus aliados asiáticos para complacer a los saltimbanquis del México neoliberal itamita que andan más desbrujulados que de costumbre.
Bai Ming, investigador de la Academia China de Comercio Internacional y Cooperación Económica, desechó la exuberancia retórica de que China sustituirá a EU para convertirse en el líder del libre comercio.
China deberá concluir las negociaciones del RCEP-16 antes de lanzarse a aventuras de sueño guajiro, como el sepultado ATP (https://goo.gl/fVF0Jd).
Las prioridades comerciales de China comportan acuerdos de libre comercio con el Asean-10, al unísono de un acuerdo trilateral con Sudcorea y Japón, países con los cuales Pekín tiene problemas geopolíticos delicados debido al injerencismo de Trump.
Más allá de su región afín, enfocada al RCEP-16, la prioridad de China no está en el ATP, sepultado por Trump, sino en la ruta de la seda terrestre/marítima, cuyo proyecto y trayecto peligran, a mi juicio, por la inminente manipulación del yihadismo por la CIA en Xinjiang (China), India e Irán.
Mei Xinyu, investigador del Instituto de Comercio Internacional y Cooperación Económica en el Ministerio de Comercio, sentencia que China y el ATP son incompatibles: No está en línea con sus intereses cuando China es ya el máximo exportador global y el segundo mayor importador y no espera ganar mucho adhiriéndose al ATP, cocinado por Obama contra China, que está lleno de contenido que viola las básicas reglas económicas, además de reflejar valores (sic) occidentales que socavan la equidad económica (https://goo.gl/HU2FKH).
Entiendo que los ignaros negociadores mexicanos, que padecen una anacrónica adicción neoliberal mercantilista sin rumbo, no lean la prensa china, pero asombra que tampoco sigan a sus mentores de EU, en  específico, al Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés).
Shiro Armstrong, del CFR, expone que el ATP, proyecto estadunicéntrico, está muerto y es fútil esperar su resurrección cuando sin la participación de EU, la mayoría de los otros países tendrán poco incentivo para continuar, como el premier nipón, Shinzo Abe, quien admitió que “un ATP sin EU carece de sentido (https://goo.gl/fJxQUm)”: EU y Japón cuentan con 79 por ciento del total del PIB del fallecido ATP.
Armstrong comenta que la oportunidad más promisoria para fortalecer el orden económico asiático basado en reglas puede ser el RCEP-16.
En forma correcta, Armstrong aduce que el RCEP-16 difiere del sepultado ATP-12, absolutamente estadunicentrista, al promover una agenda de cooperación en la que los países desarrollados se espera ayuden a los menos desarrollados. ¡Todo lo contrario del avasallador ATP de Obama a cuyo esquema se sometió sin resguardos el México neoliberal itamita!
Hasta la desangelada reciente reunión de los encargados de las Finanzas del G-20, en Baden-Baden (Alemania), reflejó el proteccionismo del trumpismo y su corolario del nacionalismo económico.
En el seno del disfuncional G-20 se notó la fractura mercantil del trumpismo, aliado con Japón, frente Alemania y China.
Desde el Brexit hasta el trumpismo, la grave crisis de la globalización financierista ha acentuado la dinámica de la desglobalización y el renacimiento de los nacionalismos económicos.
China, en forma prudente, recoge los escombros del desastre mercantilista occidental al que se clavó en forma insensata el México neoliberal itamita, que ignoró el significado de seguridad nacional al regalar su petróleo por presiones de Hillary Clinton y hoy paga muy caro sus dramáticas consecuencias.
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