Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.
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viernes, 25 de septiembre de 2020

Zeitgeist


1.Si hay algún espíritu del tiempo ( Zeitgeist) rondando por el mundo es el espíritu de –sobre todo hechas apresuradamente− las analogías históricas: a los años 20/30 en Alemania, Europa Central, la Segunda Guerra Mundial. Un proceso en curso, paralelo al auge de la extrema derecha –o el posfascismo (Traverso)– que tuvo su explosión con la victoria de Trump (bit.ly/2RqDt0v). Según sus proponentes, buscar lecciones de la historia, sobre todo de aquellos tiempos negros (Arendt), es crucial para evitar la repetición de tragedias y errores del pasado (bit.ly/3iKgtpe); para otros, el problema con este afán es que más que alumbrar, oscurece el presente, lleva a tomar las decisiones/posiciones equivocadas y deforma la anatomía de los actores políticos de hoy entendibles bien sin las analogías históricas (bit.ly/3izbZBC).

2. No sólo ya hemos visto a este espíritu, sino entre sus idas y vueltas éste actúa en una suerte de doble movimiento entre relativización y unicidad. Si durante Historikerstreit –el gran deba-te de historiadores alemanes en la década de los 80 (bit.ly/32s1RFl)− las comparaciones les servían a los historiadores conservadores ( Nolte, Hillgruber et al.) para tratar de normalizar a Hitler y al régimen nazi, hoy, en manos de historiadores liberales (Snyder, Stanley et al.), las comparaciones sirven para ab-normalizar a Trump y al trumpismo (y sus regímenes gemelos).

3. Entre algunas confusiones, usos y abusos de la historia y sus malas lecturas/relecturas ocasionadas por el espíritu del tiempo (bit.ly/33vh7AB), apuntemos a un beneficio: la vuelta del fascismo como una unidad de análisis relegada hasta hace poco a la historia, pero que en realidad: a) nunca ha dejadode ser una amenaza y un proceso vivo (Sternhell); b) permea inexorablemente toda la política (bit.ly/35bPGhG ); c) tiene una forma permanente/aspiracional ( bit.ly/3ki1X8B); d) niega la tesis del excepcionalismo estadunidense: ¡esto ya pasó aquí! (bit.ly/2FkCFrH), y e) trasciende el eurocentrismo (el fascismo en Brasil, India, Israel et al.).

4. Algunas analogías iluminan igual que las resistencias a ellas. Cuando tras la controversia de comparar los centros de detención de Trump para los migrantes con los campos de concentración (bit.ly/3hwBdzj) –un afán de desafiar su cruel, nativista y supremacista política migratoria− algunos se opusieron a esta minimización de los verdaderos campos y del Holocausto mismo pretendiendo decretar una prohibición al uso de este tipo de paralelas (bit.ly/3hJ8VSi), en efecto sólo minimizaban y normalizaban el sufrimiento actual. Atentaban en contra de la historia misma. Ya que si ésta no sirve para defender a los más débiles (migrantes, minorías, etcétera), entonces, ¿para qué sirve? Las prohibiciones la cancelan y vuelven irrelevante para las futuras generaciones ( bit.ly/3hAQi30, bit.ly/3hAXnjS), dejadas con la falsa impresión de que las cosas ya no pueden ser tan malas como eran ( bit.ly/3kbgnXY).

5. El espíritu del tiempo se manifiesta también en el lenguaje. Los posfascistas de hoy –o los nuevos autoritarios (Trump, Bolsonaro, Johnson, Orbán, Kaczyński, Modi et al.)– con su lingua franca todos los días parecen ir reciclando la lingüística del régimen nazi (bit.ly/2Zi9vjJ). Politizan el vocabulario que permea la vida cotidiana de modo mecánico e inconsciente (Klemperer). No sólo tuercen la realidad ( fake news), sino las palabras mismas. Llevan una verdadera guerra semántica a fin de ganar la batalla de ideas (bit.ly/3bFBQW8). Pero la incontrolada irrupción de analogías históricas igual representa una amenaza de destrucción y relativización del significado en la medida en que la historia también se materializa en el lenguaje (y, a la vez, lo desborda).

6. En medio de la ola −¿la epidemia? (sic)− de analogías, la historia parece regresar con la venganza tras la apresurada declaración de su fin (Fukuyama). Nos agarra desprevenidos, ignorantes p.ej: de las trampas del presentismo (bit.ly/3kfyWKH), e incapaces de evitar puntos ciegos de la comparativitis. Si nuestros tiempos y su espíritu son del eterno retorno (Nietzsche), tal vez necesitamos repensar no sólo el uso de comparaciones (bit.ly/2FE0hHF), sino también la historia misma, viéndola más bien como la ciencia de la experiencia: la historia como tal no enseña nada, pero la experiencia sí (Kosseleck). Abrirnos a sus repeticiones, pero también a sus rupturas (bit.ly/2RnU1pS).

7. A pesar de que las democracias en el siglo XXI fallan de otras maneras y en vano es esperar una repetición directa de Weimar (bit.ly/2ZDnzV1) –una archianalogía y una comparación debatible en sí misma (bit.ly/3htduQr)– las próximas elecciones Donald Trump-Joe Biden se vislumbran, nuevamente y muy de acuerdo con el Zeitgeist, como la lucha por parar la (segunda) llegada de un nuevo Hitler. Los rasgos fascistas del trumpismo son innegables. Pero abracemos esta analogía con todas sus consecuencias: ¿no son los Obama, los Clinton y los Biden de hoy, los Hindenburg, los Müller y los Brünning de ayer? Los políticos que representaban el mal menor, la salvación, pero que al final habilitaron y le abrieron el camino al verdadero Mal (así, con mayúsculas). ¿No será que aún con Trump fuera, apenas estaremos de vuelta al mismo Weimar? La historia no dejará de repetirse hasta que exorcicemos su fantasma.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Bolsonaro reitera su negacionismo en la ONU

 Emir Sader

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Queimadas e Jair Bolsonaro discursando na ONU
Foto: Reprodução | Reuters | Marcos Corrêa/PR

Entre las tradiciones que Naciones Unidas mantiene, está la de que a Brasil le corresponde el discurso inaugural en la Asamblea General (AG) de la ONU. Este ano, por primera vez, la AG se hace de forma virtual. 

Bolsonaro hizo su segundo discurso, valiéndose esta vez de dos situaciones especiales. Una, al ser virtual, no tuvo las reacciones negativas de los representantes de los países, que el año pasado manifestaron su rechazo al discurso del presidente brasileño, dándole las espaldas o incluso retirándose del recinto. 

La otra es que, a lo mejor si retorna el año próximo Bolsonaro, pueda que no cuente con su gran aliado e inspirador, Donald Trump, representando a los EEUU, en caso de que sea derrotado en las elecciones de noviembre. 

El Secretario General de la ONU abrió la Asamblea conmemorando los 75 años de las Naciones Unidas, con un discurso de elogio al multilateralismo, antes del discurso del presidente de esta AG, el representante de Turquía. Guterres puso énfasis en la necesidad de seguir lo que la ciencia dice – un recado expreso para Trump y Bolsonaro. 

Bolsonaro tenía la posibilidad de hacer un discurso que disminuyera los roces con la comunidad internacional, pero ha optado por el camino opuesto. Siguió rigorosamente los planteamientos de su canciller, Ernesto Araujo, adepto fervoroso de la guerra contra el marxismo cultural, que supuestamente controlaría el mundo, a través del multilateralismo. 

El presidente brasileño sabía que los temas de la pandemia y del medio ambiente serian inevitables y optó por reiterar lo que ya había manifestado los últimos días: que Brasil sería un ejemplo de cuidados con el medio ambiente, al igual que en el combate a la pandemia. Todo lo contrario del consenso internacional sobre el gobierno brasileño. 

Respecto al medio ambiente, el escenario de fondo del discurso de Bolsonaro son los incendios en la Amazonia y en el Pantanal, que ya han destruido, de forma irreversible, una parte considerable de esos territorios. Respecto a la pandemia, Brasil se mantiene como uno de los países con mayor cantidad de víctimas en el mundo. 

Bolsonaro ha escogido la vía de reafirmar su negacionismo, tanto del calentamiento global, cuanto de la gravedad de la pandemia. Fue un discurso más para su público interno, sus fanáticos adeptos de esas posiciones, dado que, para la comunidad internacional, sus palabras solo confirman la imagen negativa del presidente brasileño. 

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ). 

https://www.alainet.org/es/articulo/209006    

domingo, 20 de septiembre de 2020

Brasil, modelo de destrucción

Eric Nepomuceno

El ultraderechista presidente Jair Bolsonaro asegura que Brasil es un modelo de preservación ambiental y que los incendios forestales ocurren comúnmente en esta época del año.

Para el vicepresidente, el muy reaccionario (no confundir con conservador) general retirado Hamilton Mourão, hay una campaña de desinformación cuyo objetivo es perjudicar las exportazciones brasileñas del agronegocio a Europa y manchar la imagen de Brasil en el mundo.

Para el general –de igual modo retirado y en especial reaccionario– Augusto Heleno, ministro del Gabinete de Seguridad Institucional, lo que sí existe es una campaña lanzada por la organización Articulación de los Pueblos Indígenas, controlada por izquierdistas y vinculada al actor estadunidense Leonardo di Caprio, que funciona 24 horas al día para ensuciar la imagen de Brasil en el exterior.

Mientras, en lo que va del mes, incendios –en su inmensa mayoría intencionales, o sea, criminales– ya consumieron más de 2,5 millones de hectáreas, haciendo desaparecer al menos 12 por ciento de la región conocida como Pantanal, parte de la llamada Amazonia Legal brasileña.

Se trata de la mayor área inundada del planeta y abriga (o abrigaba) una formidable e incomparable variedad de fauna y flora.

La humareda provocada por los miles de focos de incendio hizo que en Porto Alegre, en el extremo sur del país, cayera lluvia negra. El mismo fenómeno era esperado en Sao Paulo y Río este fin de semana.

A lo largo de septiembre del año pasado se registraron 2 mil 887 focos de incendio en el Pantanal. En los primeros 14 días del mismo mes de 2020 fueron casi el doble: 5 mil 300.

De parte del gobierno nacional no existe propiamente inercia: su acción consistió en enviar unos 90 soldados para dar combate al fuego y liberar un presupuesto de emergencia de escasos 650 mil dólares. Otra acción, adoptada desde comienzos del año, ha sido reducir a menos de 2 por ciento el presupuesto anual de prevención y control del medioambiente.

Especialistas en el tema aseguran que la inactividad gubernamental –para no mencionar la reiterada aversión de Bolsonaro a la legislación que impide la minería en áreas protegidas y en reservas indígenas– favorece, cuando no incentiva, la acción de productores rurales dispuestos a multiplicar las áreas de sus plantaciones, principalmente de soya, destinada a las exportaciones.

En el palacio presidencial se asegura que el intento de actuar de manera diplomática ha fracasado y que a partir de ahora habrá una nueva política: confrontar abiertamente las ONG que no hacen más que atacar al gobierno brasileño bajo el argumento de denunciar falsos e inexistentes crímenes ambientales.

Sin embargo, hay los que creen exactamente lo contrario, dentro y fuera de Brasil.

Por estos días se registró lo que el diario derechista O Globo denominó presión histórica, uniendo empresas y los mayores bancos brasileños, organizaciones no-gubernamentales globales y países europeos en un enérgico llamado al gobierno de Bolsonaro para reducir de inmediato la devasta-ción forestal.

Nunca antes, ni siquiera en tiempos de la dictadura militar de 1964 a 1985 (y que Bolsonaro dice que no existió), el país sufrió semejante ola de presión interna y externa.

Si desde principios del pasado mes de junio embajadas brasileñas, principalmente las ubicadas en Europa, recibían reiteradas cartas con la advertencia de grave preocupación por lo que ocurría en Brasil, ahora las amenazas se hicieron más claras y concretas.

El gobierno francés, por ejemplo, ya anunció que no acudirá a la firma del acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur debido a la devastación ambiental que ocurre en Brasil.

Un grupo de países (Alemania, Bélgica, Dinamarca, Italia, Holanda, Francia, Noruega y Gran Bretaña) envió al vicepresidente Mourão un oficio afirmando que el aumento de la deforestación está haciendo cada vez más difícil a las empresas e inversionistas atender a sus criterios ambientales, sociales y de gobernanza.

O sea, aumentó, y mucho, el riesgo de que se suspendan inversiones e importaciones en el agro-negocio del país.

La reacción de Mourão ha sido típica del gobierno de Bolsonaro: anunció que invitará a los embajadores de esos países para visitar la Amazonia y constatar que no ocurre lo que sí está pasando.

martes, 15 de septiembre de 2020

Evo, Correa, Lula, la prisa de Trump y la dicotomía pasado-futuro


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Todo hace pensar que hay prisa para ejecutar las tareas de desarme popular en Latinoamérica antes del 3 de noviembre, fecha de las elecciones presidenciales estadounidenses, en las que Donald Trump pareciera naufragar en sus intentos por reelegirse como presidente.

 Las formas es lo que menos interesa para satisfacer los intereses de Washington y de sus socios de las elites nacionales: bien puede ser por la fuerza como por la injusta y perniciosa aplicación de la justicia.

Para eso se cuenta con sectores de las fuerzas armadas y de la Justicia, los medios hegemónicos de comunicación, las fake-news diseminados por los trolls de las redes sociales, y la fuerza de tareas de la Organización de Estados Americanos (OEA), entre otras instituciones. Y ahora EEUU, con el apoyo de los gobiernos títere en la región, quiere apoderarse de los recursos de la región, en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Por si alguien tuviera dudas, Jan Schakowsky, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, señaló públicamente que Donald Trump y los directivos de la Organización de Estados Americanos, la OEA, tienen una alianza que ‘parece coincidir con algo siniestro’. Recordó que las misiones de observación electoral en varias ocasiones se han inclinado ante la presión política. Citó los comicios de 2000 y 2011 en Haití y las de Bolivia, donde alentó el golpe.

Y aún faltan más de 50 días para las elecciones estadounidenses, y Trump sigue seduciendo a los presidentes ultraderechistas de Brasil y Colombia para lograr su máximo y postgergado anhelo, la invasión a Venezuela, para apoderarse de las riquezas del país y terminar de una vez por todas con ese fantasma que sigue recorriendo la región, la Revolución Bolivariana.

Casuales causalidades

Por casuales casualidades, a la misma hora, los expresidentes progresistas de Ecuador y Bolivia, Rafael Correa y Evo Morales fueron inhabilitados por la “justicia” de sus países para participar en las próximas elecciones presidenciales. Correa fue postulado como candidato a vicepresidente, Morales a senador.

 Usted dirá que no es lo mismo Ecuador que Bolivia. Es cierto, el gobierno de Lenín Moreno, surgido de las urnas, traicionó los postulados de la Revolución Ciudadana de su antecesor, Rafael Correa, mientras que Morales fue depuesto por un cruento golpe civil-militar donde la OEA jugó un rol estelar.

Y súmele el caso de Luiz Inacio Lula da Silva, quien gobernó por dos períodos a Brasil y que fue preso por el lawfare de una justicia más corrupta que la trasnacional Oderbrecht –sin prueba alguna, como se verifica ahora- con el solo fin de impedirle participar en las elecciones y dejar el camino libre al neofascista Jair Bolsonaro. Claro, antes de produjo el golpe parlamentario contra la presidente Dilma Rousseff.
  
Varias cosas unen a Correa, Morales y Lula: a) los tres transformaron sus países dando prioridad a las necesidades postergadas de las mayorías oprimidas y explotadas; b) los tres fueron proscritos por una derecha que, desde el poder asaltado, los exilió o encarceló, sacándolos del escenario político-electoral. c) padecieron intentos de golpe o desestabilización durante sus gestiones; d) ninguno de ellos gobierna su país, pero su influencia sigue siendo muy grande.

 Todo esto se hace en  nombre de la santa (y tan manoseada) democracia. Brasil, Bolivia y Ecuador –junto a Perú, que tendrá elecciones el año próximo- son los países más golpeados por el Covid-19 en América Latina.

Inhabilitados y/o proscriptos, la tarea de Lula, Evo y Correa, como líderes progresistas de sus países, debiera ser la de propiciar una redemocratización de sus países., donde el pueblo sea el verdadero protagonista (y no ellos). Es difícil vender pasado: los pueblos quieren saber de sus futuros, de los proyectos, de los planes, de las formas que podrán salir de la inopia.

Em su mensaje a los brasileños. Lula los llama a encolumnarse detrás: “Sé, ya sabes, que podemos, nuevamente, hacer de Brasil el país de nuestros sueños. Y decir, desde el fondo de mi corazón: estoy aquí. Reconstruyamos Brasil juntos. Aún nos queda un largo camino por recorrer juntos. Mantente firme, porque juntos somos fuertes. Viviremos y ganaremos ".

El exgobernador de Paraná, Roberto Requiao fue más allá y, propuso retomar algunos temas esenciales como la nacionalidad y la soberanía, y manifestarse contra la privatización y entrega de las empresas estratégicas, la recolocación del Banco Central al servicio del desarrollo del país y no de la especulación financiera y, sobre todo, la propuesta de un plan de acción mínimo que una a todos los brasileños.

Un plan que incluya un referendo revocatorio de todas las medidas antinacionales, antipopulares y antidmocráticas aprobadas desde el golpe de 2016, medidas de emergencia para la creación a corto plazo de millones de empleos, salarios y pensiones dignas, recuperación de los presupuestos para la salud, educación, vivienda popular, saneamiento básico e infraestructura, y una política en defensa de la Amazonia.

Todo cambia, nada cambia

Es triste que en dos décadas de gobiernos progresistas no hayan surgido (o no han dejado surgir) liderazgos en las nuevas generaciones, con una visión de la actualidad y, sobre todo, del mundo que sobrevendrá a las dos pandemias: la neoliberal y la del coronavirus.

Todo hace pensar que las candidaturas “muleto” de Luis Arce en Bolivia y Andrés Arauz en Ecuador (coincidentemente ambos son economistas) no responden a liderazgos propios sino a haber sido ungidos por los expresidentes y/o las dirigencias de los partidos.

Nuestra América Lapobre será muy distinta de la de los “años dorados” del progresismo, porque a la crisis actual habrá que sumarles decenas de millones de desocupados, hambre generalizada, educación y salud en emergencia, que exige la elaboración de un nuevo modelo de desarrollo –donde la tecnología deberá ser parte importante- pensando en los pueblos y no en los mercados.

Nuestros países necesitan crecer, soberanamente, pero sobre todo comenzar a distribuir la riqueza, en un mundo en recesión económica, un modelo que no termina de morir. Y para lograr esos cambios hay que lograr el apoyo del pueblo, de la ciudadanía, hoy inmovilizada y reprimida.

Se necesitan nuevo pensamiento crítico y nuevos liderazgos, jóvenes, dinámicos, que hablen de futuro y no de pasado, porque si no, cuando despertemos, el dinosaurio seguirá ahí.

Aram Aharonian
Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la) y susrysurtv.




https://www.alainet.org/es/articulo/208876    

sábado, 12 de septiembre de 2020

“Ninguna solución sin la participación efectiva de los trabajadores”

Pronunciamiento de Lula:

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Lula Foto: Ricardo Stuckert
“Mis amigas y mis amigos.

En los últimos meses una tristeza infinita ha estado oprimiendo mi corazón. Brasil atraviesa uno de los peores períodos de su historia.

Con 130 mil muertos y cuatro millones de infectados, nos hundimos en una crisis sanitaria, social, económica y medioambiental nunca antes vista.

Más de doscientos millones de brasileños se despiertan todos los días sin saber si sus familiares, amigos o ellos mismos estarán sanos y vivos por la noche.

La abrumadora mayoría de los muertos por el coronavirus son personas pobres, negras y vulnerables que el estado ha abandonado.

En la ciudad más grande y rica del país, las muertes por Covid-19 son un 60% más altas entre los negros y pardos de la periferia, según datos de las autoridades sanitarias.

Cada uno de estos muertos que el gobierno federal trata con desdén tenía nombre, apellido, dirección. Tenía padre, madre, hermano, hijo, marido, mujer, amigos. Duele saber que decenas de miles de brasileños no pudieron despedirse de sus seres queridos. Sé lo que es este dolor.

Sí, hubiera sido posible prevenir tantas muertes.

Estamos confiados a un gobierno que no valora la vida y banaliza la muerte. Un gobierno insensible, irresponsable e incompetente que rompió las reglas de la Organización Mundial de la Salud y convirtió al Coronavirus en un arma de destrucción masiva.

Los gobiernos que emergieron del golpe congelaron recursos y desecharon el Sistema Único de Salud, SUS, que es respetado mundialmente como modelo para otras naciones en desarrollo. Y el colapso no fue aún mayor gracias a los héroes anónimos, los trabajadores y los trabajadores de la salud.

Los fondos que podrían utilizarse para salvar vidas se utilizaron para pagar intereses al sistema financiero.

El Consejo Monetario Nacional acaba de anunciar que retirará más de 300 mil millones de reales de las ganancias de las reservas que les quedan a nuestros gobiernos.

Sería comprensible que esa fortuna se destinara a ayudar al trabajador desocupado o a mantener una ayuda de emergencia de 600 reales mientras dure la pandemia.

Pero eso no pasa por la mente de los economistas gubernamentales. ¡Ya han anunciado que este dinero se utilizará para pagar intereses de la deuda pública!

En manos de estas personas se maltrata la salud pública en todos sus aspectos.

La sustitución de la dirección del Ministerio de Salud por personal militar sin experiencia médica o sanitaria es solo la punta de un iceberg. En una escalada autoritaria, el gobierno trasladó a cientos de militares del activo y en reserva a la administración federal, incluso en muchos puestos clave, que recuerdan los tiempos oscuros de la dictadura.

El más grave de todos es que Bolsonaro se aprovecha del sufrimiento colectivo para cometer subrepticiamente un crimen contra la Patria.

Un crimen políticamente imperecedero, el mayor crimen que un funcionario de gobierno puede cometer contra su país y su pueblo: renunciar a la soberanía nacional.

No fue por casualidad que elegí hablar con ustedes este 7 de septiembre, Día de la Independencia de Brasil, cuando celebramos el nacimiento de nuestro país como nación soberana.

La soberanía significa independencia, autonomía, libertad. Lo contrario de esto es la dependencia, la servidumbre, la sumisión.

A lo largo de mi vida siempre he luchado por la libertad.

Libertad de prensa, libertad de opinión, libertad de expresión y organización, libertad de asociación, libertad de iniciativa.

Es importante recordar que no habrá libertad si el país mismo no es libre.

Renunciar a la soberanía es subordinar el bienestar y la seguridad de nuestro pueblo a los intereses de otros países.

La garantía de la soberanía nacional no se limita a la importantísima misión de salvaguardar nuestras fronteras terrestres y marítimas y nuestro espacio aéreo. También significa defender a nuestra gente, nuestra riqueza mineral, cuidar nuestros bosques, nuestros ríos, nuestra agua.

En la Amazonía debemos estar presentes con científicos, antropólogos e investigadores dedicados al estudio de la fauna y la flora y a utilizar este conocimiento en farmacología, nutrición y en todos los campos de la ciencia, respetando la cultura y organización social de los pueblos indígenas.

El gobierno actual subordina a Brasil a los Estados Unidos de manera humillante y somete a nuestros soldados y diplomáticos a situaciones desconcertantes. Y todavía amenaza con involucrar al país en aventuras militares contra nuestros vecinos, contrariamente a la Constitución misma, para servir a los intereses económicos y estratégicos-militares estadounidenses.

La sumisión de Brasil a los intereses militares de Washington fue abierta por el propio presidente cuando nombró a un oficial general de las Fuerzas Armadas brasileñas para servir en el Comando Militar Sur de los Estados Unidos, bajo las órdenes de un oficial estadounidense.

En otro ataque a la soberanía nacional, el actual gobierno firmó un acuerdo con Estados Unidos que coloca la Base Aeroespacial Alcântara bajo el control de funcionarios estadounidenses y priva a Brasil del acceso a tecnología, incluso de terceros países.

Quien quiera conocer los verdaderos objetivos del gobierno no necesita consultar manuales secretos de Abin o del servicio de inteligencia del Ejército.

La respuesta se encuentra todos los días en el Boletín Oficial, en cada acto, en cada decisión, en cada iniciativa del presidente y sus asesores, banqueros y especuladores que llamó para dirigir nuestra economía.

Instituciones centenarias como Banco do Brasil, Caixa Econômica Federal y BNDES, que se confunden con la historia de desarrollo del país, están siendo descuartizadas y cortadas o simplemente vendidas a bajo precio.

Los bancos públicos no se crearon para enriquecer a las familias. Son instrumentos de progreso. Financian la casa del pobre, la agricultura familiar, las obras de saneamiento, la infraestructura esencial para el desarrollo.

Si miramos al sector energético, veremos una política de tierra arrasada igualmente depredadora.

Después de poner a la venta las reservas del pre-sal por cantidades ridículas, el gobierno desmantela Petrobras. Vendieron la distribuidora y se vendieron los gasoductos. Las refinerías están siendo cuarteadas. Cuando solo queden las piezas, llegarán las grandes multinacionales para rematar lo que queda de una empresa estratégica para la soberanía de Brasil.

Media docena de multinacionales amenazan los ingresos de cientos de miles de millones de reales del petróleo presal, recursos que constituirían un fondo soberano para financiar una revolución educativa y científica.

Embraer, uno de los mayores activos de nuestro desarrollo tecnológico, solo ha escapado a la vergüenza de la rendición por las dificultades de la empresa que lo adquiriría, Boeing, profundamente ligada al complejo industrial militar de Estados Unidos.

El corte no termina ahí.

El furor privatista del gobierno pretende vender, en la cuenca de las almas, la mayor empresa de generación de energía de América Latina, Eletrobrás, un gigante con 164 plantas -dos de ellas termonucleares- responsables de casi el 40% de la energía consumida en Brasil.

La demolición de universidades, la educación y el desmantelamiento de instituciones de apoyo a la ciencia y la tecnología, promovido por el gobierno, son una amenaza real y concreta a nuestra soberanía.

Un país que no produce conocimiento, que persigue a sus profesores e investigadores, que recorta becas de investigación y niega la educación superior a la mayoría de su población, está condenado a la pobreza y la sumisión eterna.

La obsesión destructiva del gobierno dejó la cultura nacional a una sucesión de aventureros. Artistas e intelectuales piden la salvación de la Casa de Ruy Barbosa, Funarte, Ancine. La Cinemateca Brasileira, donde se deposita un siglo de memoria del cine nacional, corre grave peligro de correr la misma trágica suerte que el Museo Nacional.

Mis amigos y mis amigos.

En el aislamiento de la cuarentena, he reflexionado mucho sobre Brasil y sobre mí mismo, sobre mis errores y aciertos y sobre el papel que aún me puede encajar en la lucha de nuestro pueblo por mejores condiciones de vida.

Decidí centrarme, junto a usted, en la reconstrucción de Brasil como una nación independiente, con instituciones democráticas, sin privilegios oligárquicos y autoritarios. Una verdadera democracia y Estado de derecho, basada en la soberanía popular. Una Nación enfocada en la igualdad y el pluralismo. Una Nación insertada en un nuevo orden internacional basado en el multilateralismo, la cooperación y la democracia, integrada en América del Sur y solidaria con otras naciones en desarrollo.

El Brasil que quiero reconstruir con ustedes es una nación comprometida con la liberación de nuestro pueblo, trabajadores y excluidos.

En un mes cumpliré 75 años.

Mirando hacia atrás, solo puedo agradecer a Dios, quien fue muy generoso conmigo. Tengo que agradecer a mi madre, doña Lindu, por convertir en un palo a una orgullosa trabajadora sin diploma, que algún día llegaría a ser Presidente de la República. Por hacerme un hombre sin amargura, sin odio.

Soy el chico que contradecía la lógica, que salió del sótano social y llegó al último piso sin pedir permiso a nadie, solo a la gente.

No pasé por la puerta trasera, pasé por la rampa principal. Y que los poderosos nunca perdonaron.

Se reservaron el papel de extras, pero yo me convertí en protagonista de la mano de los trabajadores brasileños.

Supuse que el gobierno estaba dispuesto a demostrar que la gente sí encajaba en el presupuesto. Más que eso, probé que la gente es un activo extraordinario, una riqueza enorme. Con el pueblo Brasil avanza, se enriquece, se fortalece, se convierte en un país soberano y justo.

Un país en el que la riqueza producida por todos se distribuya entre todos, pero sobre todo entre los explotados, los oprimidos, los excluidos.

Todos los avances que hemos logrado han sido ferozmente opuestos por fuerzas conservadoras, aliadas a los intereses de otras potencias.

Nunca se contentaron con ver a Brasil como un país independiente y solidario con sus vecinos de América Latina y el Caribe, con países africanos, con naciones en desarrollo.

Es ahí, en estos logros de los trabajadores, en este progreso de los pobres, en el final del servilismo, que es donde está en la raíz el golpe de 2016.

Ahí está la raíz de los casos armados en mi contra, de mi encarcelamiento ilegal y de la prohibición de mi candidatura en 2018. Procesos que - ahora todo el mundo lo sabe - se basaron en la colaboración criminal secreta de las agencias de inteligencia estadounidenses.

Al sacar a 40 millones de brasileños de la pobreza, hicimos una revolución en este país. Una revolución pacífica, sin disparos ni detenciones.

Viendo que este proceso de ascenso social de los pobres continuaría, que la afirmación de nuestra soberanía no se revertiría, los que se creen dueños de Brasil, dentro y fuera, decidieron detenerlo.

Aquí es donde nace el apoyo de las élites conservadoras a Bolsonaro.

Aceptaron su escape de los debates como algo natural. Vertieron ríos de dinero en la industria de las noticias falsas. Cerraron los ojos a su aterrador pasado. Fingieron ignorar su discurso en defensa de la tortura y su disculpa pública por violación.

Las elecciones de 2018 arrojaron a Brasil a una pesadilla que parece no tener fin.

Con el ascenso de Bolsonaro, milicianos, intermediarios comerciales y sicarios abandonaron las páginas policiales y aparecieron en columnas políticas.

Como en las películas de terror, las oligarquías brasileñas han dado a luz a un monstruo que ahora no pueden controlar, pero que seguirán apoyando mientras se sirvan sus intereses.

Datos escandalosos ilustran esta connivencia: en los primeros cuatro meses de la pandemia, cuarenta multimillonarios brasileños aumentaron sus fortunas en 170.000 millones de reales.

Mientras tanto, la masa salarial de los empleados cayó un 15% en un año, la mayor caída jamás registrada por el IBGE. Para evitar que los trabajadores se defiendan de este saqueo, el gobierno ahoga a los sindicatos, debilita las centrales sindicales y amenaza con cerrar las puertas del Tribunal Laboral. Quieren romper la espina dorsal del movimiento sindical, que ni siquiera la dictadura logró.

Violaron la Constitución de 1988. Repudiaron las prácticas democráticas. Implantaron un autoritarismo oscurantista, que destruyó las conquistas sociales logradas en décadas de luchas. Abandonaron una política exterior altiva y activa, en favor de una sumisión vergonzosa y humillante.

Este es el retrato verdadero y amenazador del Brasil actual.

Tal calamidad tendrá que enfrentarse con un nuevo contrato social que defienda los derechos y los ingresos de los trabajadores.

Querida mía y querido mío.

Mi larga vida, incluidos los casi dos años que pasé en una prisión injusta e ilegal, me ha enseñado mucho.

Pero todo lo que fui, todo lo que aprendí cabe en un grano de maíz si esa experiencia no se pone al servicio de los trabajadores.

Es inaceptable que el 10% de la población viva a expensas de la miseria del 90% de la población.

Nunca habrá crecimiento y paz social en nuestro país mientras la riqueza producida por todos acabe en las cuentas bancarias de un puñado de privilegiados.

Nunca habrá crecimiento y paz social si las políticas e instituciones públicas no tratan a todos los brasileños de manera justa.

Es inaceptable que los trabajadores brasileños sigan sufriendo los efectos perversos de la desigualdad social. No podemos admitir que nuestra juventud negra tenga sus vidas marcadas por una violencia que raya en el genocidio.

Desde que vi, en ese terrible video, los 8 minutos y 43 segundos de agonía de George Floyd, me sigo preguntando: ¿cuántos George Floyd teníamos en Brasil? ¿Cuántos brasileños perdieron la vida por no ser blancos? Las vidas negras sí importan. Pero esto es cierto para el mundo, para Estados Unidos y para Brasil.

Es intolerable que las naciones indígenas tengan sus tierras invadidas y saqueadas y sus culturas destruidas. El Brasil que queremos es el del mariscal Rondon y los hermanos Villas-Boas, no el de los acaparadores de tierras y los devastadores de bosques.

Tenemos un gobierno que quiere acabar con las virtudes más hermosas de nuestro pueblo, como la generosidad, el amor a la paz y la tolerancia.

La gente no quiere comprar revólveres o cartuchos de carabina. La gente quiere comprar comida.

Debemos combatir con firmeza la violencia impune contra la mujer. No podemos aceptar que un ser humano sea estigmatizado por su género. Rechazamos el desprecio público hacia los quilombolas. Condenamos el prejuicio que trata como pobres seres inferiores que viven en las afueras de las grandes ciudades.

¿Cuánto tiempo viviremos con tanta discriminación, tanta intolerancia, tanto odio?

Mis amigas y mis amigos

Para reconstruir el Brasil pospandémico, necesitamos un nuevo contrato social entre todos los brasileños.

Un contrato social que garantiza a todos el derecho a vivir en paz y armonía. En el que todos tengamos las mismas posibilidades de crecer, donde nuestra economía esté al servicio de todos y no de una pequeña minoría. Y en el que se respeten nuestros tesoros naturales, como el Cerrado, el Pantanal, la Amazonia Azul y la Mata Atlántica.

La base de este contrato social tiene que ser el símbolo y la base del régimen democrático: el voto. Es a través del ejercicio del voto, libre de manipulaciones y noticias falsas, que deben formarse gobiernos y deben tomarse las grandes decisiones y elecciones fundamentales de la sociedad.

A través de esta reconstrucción, respaldada por el voto, tendremos un Brasil democrático, soberano, que respete los derechos humanos y las diferencias de opinión, proteja el medio ambiente y las minorías y defienda su propia soberanía.

Un Brasil para todas y para todos.

Si estamos unidos en torno a eso, podemos superar este momento dramático.

Lo fundamental hoy es superar la pandemia, defender la vida y la salud de las personas. Es poner fin a esta mala gestión y acabar con el techo de gasto que pone de rodillas al Estado brasileño ante el capital financiero nacional e internacional.

En esta labor ardua pero esencial, me pongo a disposición del pueblo brasileño, especialmente de los trabajadores y excluidos.

Mis amigas y mis amigos.

Queremos un Brasil donde haya trabajo para todos.

Estamos hablando de construir un estado del bienestar que promueva la igualdad de derechos, en el que la riqueza producida por el trabajo colectivo se devuelva a la población según las necesidades de cada uno.

Un estado justo, igualitario e independiente que brinde oportunidades a los trabajadores, los más pobres y los más excluidos.

Este Brasil de nuestros sueños puede estar más cerca de lo que parece.

Incluso los profetas de Wall Street y la City de Londres ya han decretado que el capitalismo, como el mundo lo conoce, tiene los días contados. Les tomó siglos descubrir una verdad incuestionable que los pobres conocen desde que nacieron: lo que sostiene al capitalismo no es el capital. Somos nosotros, los trabajadores.

Es en estos momentos que me viene a la mente esta frase que leí en un libro de Víctor Hugo, escrito hace siglo y medio, y que todo trabajador debe llevar en el bolsillo, escrito en un papel, para no olvidar nunca:

"Es del infierno de los pobres que se hace el paraíso de los ricos ..."

Sin embargo, ninguna solución tendrá sentido sin los trabajadores como protagonistas. Como la mayoría de los brasileños, no creo y no acepto los llamados pactos “over the top” con las élites. Aquellos que viven de su propio trabajo no quieren pagar la factura de los arreglos políticos hechos arriba.

Por eso quiero reafirmar algunas certezas personales:

No apoyo, no acepto y no me suscribo a ninguna solución que no cuente con la participación efectiva de los trabajadores.

No cuente conmigo para ningún acuerdo en el que la gente simplemente esté apoyando.

Más que nunca, estoy convencido de que la lucha por la igualdad social pasa por un proceso que obliga a los ricos a pagar impuestos proporcionales a sus ingresos y fortunas.

Y este Brasil, mis amigos y mis amigos, está al alcance de nuestra mano.

Puedo decir esto mirando a los ojos a todos y cada uno de ustedes. Demostramos al mundo que el sueño de un país justo y soberano puede hacerse realidad.

Sé, ya sabes, que podemos, nuevamente, hacer de Brasil el país de nuestros sueños.

Y decir, desde el fondo de mi corazón: estoy aquí. Reconstruyamos Brasil juntos.

Aún nos queda un largo camino por recorrer juntos.

Mantente firme, porque juntos somos fuertes.

Viviremos y ganaremos ".

Luiz Inácio Lula da Silva
 https://www.alainet.org/es/articulo/208821    

viernes, 11 de septiembre de 2020

Brasil 2020: una política exterior en transición


Amílcar Salas Oroño
Son varios los expertos que vienen advirtiendo sobre un cambio cualitativo en lo que significa Itamaraty (Ministerio de Relaciones Exteriores) como estructura del poder político del país; una especie de impasse. La redefinición en curso del perfil de la diplomacia brasileña tuvo un punto de inflexión bien claro a partir de la llegada de Michel Temer a la Presidencia (agosto 2016), al margen de que algunos indicios previos ya llamaran la atención. Por ejemplo, a partir del 2015, en relación con los debates parlamentarios referidos a la designación de los diplomáticos, se evidencia un aumento del tiempo de tramitación de esas designaciones, lo que muestra el carácter más discutido que asume la materia en cuestión. Hoy en día, y al margen de las características de la política exterior del Gobierno de Jair Bolsonaro que aquí será descrita, hay datos elocuentes de este impasse.
En un sentido más estructural, puede verse que la distribución del cuerpo diplomático brasileño no se corresponde con la naturaleza de sus intercambios y vínculos comerciales (lo que suele destacarse actualmente muchas veces como criterio): Brasil tiene cuatro veces más personal desplegado en EE. UU. que en China, siendo que China representa el 20% del comercio exterior del país, y EE. UU. tan sólo el 12%. Esta aparente incoherencia vale también para el caso europeo, donde la tendencia es hacia una disminución de la presencia diplomática, justo al momento en que se firma un acuerdo con la UE (2019). Por otro lado, y como marca de los tiempos “bolsonaristas”, es importante advertir el despliegue de “otras voces” sustitutas de Itamaraty, en lo que ya comienza a prefigurar (habrá que ver qué profundidad tiene la tendencia) una situación “postdiplomática”. Si el impasse se prolonga o si hay una metamorfosis más abrupta se verá en los próximos tiempos; lo que sí está claro es que en esta trayectoria en lugar de Brasil en el contexto internacional es cada vez más reducido y menos autónomo.

La construcción de una perspectiva brasileña en política exterior

Si bien la organización de una política exterior (y un cuerpo diplomático respectivo) es una cuestión que comienza ya en el siglo XIX, principalmente en relación con una redefinición del vínculo con Portugal, una vez dimensionada su estructura económico-social durante mediados del siglo XX se instalan dos aspectos que irán a moldear los parámetros sobre los cuales se edifica la política exterior: de un lado, la potencialidad nacional, la de su propio desarrollo y, del otro, su singularidad como espacio territorial (por fronteras, biodiversidad, etc.). Estos elementos configurarán visiones donde el reconocimiento externo oscilaría entre: a) obtenerlo a partir de las relaciones prioritarias con EE. UU.; y b) obtenerlo a partir de relaciones con el “Tercer Mundo”. Si bien hubo propuestas en ambas direcciones (y hasta podrían reconocerse períodos diplomáticos característicos) como síntesis se fue construyendo como posibilidad de actuación el ejercer un rol mediador entre el Norte y el Sur, en torno a la idea de una “agenda del desarrollo”.
Dicha noción “de desarrollo” desplaza hacia otro plano los objetivos de naturaleza política y militar, edificando una propia visión geopolítica (brasileña) para los principios del multilateralismo (sobre la autodeterminación, la no intervención y en relación con el derecho internacional), convirtiéndose en una guía político-operativa para Itamaraty y delineando una orientación proactiva en materia de política exterior, esto es, procurando modificar los ámbitos institucionales. Una visión diplomática de pensar el mundo “desde adentro hacia afuera”. Esta línea recorre varias décadas de la historia nacional, pero durante los gobiernos del PT pudo expresarse de una forma más nítida: la conformación del G20, la participación en los BRICS, los acuerdos sobre el cambio climático, etc.. No hay casualidades: fue justamente durante los gobiernos de Lula cuando se dieron los principales avances en la materia, efecto de la mayor estabilidad en el cargo para el canciller de aquel momento (Celso Amorim). Estos hechos no se verificarían durante los años subsiguientes, incluso durante el Gobierno de Dilma Rousseff.
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Hoy, la política exterior brasileña se ha alejado enormemente de lo que supo construir en el pasado, tanto como perspectiva normativa y aporte (geopolítico) para los posicionamientos en materia de relaciones internacionales de los países periféricos, como desde el punto de vista de los recursos burocráticos que hoy estructuran Itamaraty. En la gestión del actual canciller, Ernesto Araujo –un funcionario de carrera que saltó a la fama a partir de un escrito interno sobre lo que él mismo (siguiendo a Trump) llama “globalismo”-, se han emprendido una serie de notables retrocesos, entre ellos, cambios curriculares regresivos en el propio Instituto Rio Branco, la escuela de formación del cuerpo diplomático. Por eso es que el 8 de mayo de este año, los anteriores cancilleres (Fernando Henrique Cardoso, Aloysio Nunes Ferreira, Celso Amorim, Celso Lafer, Francisco Rezek, José Serra, Rubens Ricupero y Hussein Kalout) publicaron en varios medios al mismo tiempo una serie de consideraciones alertando sobre estos rumbos para la política exterior del país, contrarios a “los principios rectores de las relaciones internacionales del Brasil, definidos en el artículo 4 de la Constitución de 1988”. En los dos años de mandato de Bolsonaro se han incumplido varios de estos principios, además de la vocación (también constitucional) de “establecer una comunidad latinoamericana de naciones”. Todo aquél legado multilateral, aquella impronta y mecánica negociadora para el orden global o regional, esa proposición activa por intervenir “desde el Sur” en el complejo mapa de los equilibrios internacionales (lo que en algún momento motivó también la caracterización del “subimperialismo brasileño”) se redefine hoy en día como un retroceso. Como emblema de la regresión: la despreocupada garantía que sea hace sobre el Amazonia.

Las nuevas dimensiones de la política exterior brasileña

La política exterior y las posiciones de Brasil en el mundo se modificaron fuertemente a partir del golpe parlamentario a Dilma Rousseff. Con Temer se inicia otro período cualitativamente diferente en la dirección de lo que algunos analistas denominan “post-diplomacia”. Está claro que estamos ante un nuevo tiempo político, donde lo “externo” se convierte en “interno”, esto es, las características de la política exterior pasan ahora a estar a disposición del lenguaje circulante para su debate mediático-social.
Allí estará Bolsonaro, entre otros, criticando la “ideología” de la política exterior de los gobiernos del Partido dos Trabalhadores con relación a Venezuela, a la participación del Banco de los BRICS, el Programa de fortalecimiento de las industrias de Defensa, o bien el Programa Médicos sin Fronteras. Cualquier iniciativa “externa” es tildada de “ideológica” y se convierte en objeto de impugnación, aún cuando vaya en contra de los propios intereses nacionales –como el caso del intercambio comercial con Venezuela, que para Brasil significaba un superávit de más de 5000 millones de dólares, y así y todo era discursivamente presentado como una concesión al “chavismo”-. La política externa “petista” pasó a ser mediáticamente banalizada para emprender, con José Serra y Aloysio. Nunes (los cancilleres de Temer, provenientes ambos del PSDB) un giro inaudito en la materia.
Con Temer, Brasil se unió a la Alianza del Pacífico y al Grupo de Lima contra Venezuela; decidió retirarse de UNASUR (cuya creación promovió, sobre todo el Consejo de Defensa, foro exclusivamente sudamericano pensado para la resolución de divergencias entre los estados y para la cooperación en la materia, como el proyecto del avión de transporte KC 390), privilegiando a la OEA. Promovió la venta de Embraer a Boeing, el fin del monopolio de Petrobras en los campos de Pre-Sal, y se redujeron los recursos para programas estratégicos militares (cibernética, espacial y nuclear). Respecto del Mercosur desestimó la importancia que con Lula se le había dado al Fondo de Convergencia Estructural del Mercosur (FOCEM), impulsando la salida de Venezuela. En el período, se estrechan las relaciones con EE. UU.; tal como lo han evidenciado varios documentos y análisis específicos, sea por la vía de la colaboración explícita, la presión judicial internacional o la interferencia (legal e ilegal) en asuntos internos del país, lo cierto es que EE. UU. asume una presencia que pocas veces había logrado (tan sólo comparable con el período preparatorio y postgolpe militar de abril de 1964, y ciertos momentos de los gobiernos de Fernando Collor de Mello y Cardoso). En este período del Gobierno de M. Temer, el paso siguiente a la estigmatización y crítica de la política exterior “lulista” fue la anulación de cualquier orientación “autonómica” para los asuntos externos, quedando a merced de la promoción de los intereses estadounidenses. En este contexto, la misma polarización de la campaña presidencial del 2018 tendrá a uno de los candidatos, Bolsonaro, reafirmando este carácter “pro-EE. UU.” de los nuevos tiempos.
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Con Bolsonaro en el Gobierno, Brasil se ha convertido en un aliado extra-OTAN, miembro de la OCDE y sus militares se han integrado –entrega formal de actuación sobre la base de Alcántara mediante- al Comando Sur. Más allá de haber instigado un choque con Venezuela, reconociendo a Juan Guaidó y contribuyendo a la desestabilización interna del país vecino, Bolsonaro ha generado varias situaciones tensas con algunos países en particular: con China, en varias ocasiones –antes y durante la pandemia-, con Francia por los incendios de la Amazonia, con Alemania, con varios países de Medio Oriente (especialmente Egipto) a propósito de la idea de trasladar la sede diplomática brasileña a Jerusalén (para congraciarse con Trump), con Argentina -por sus dichos sobre el presidente Alberto Fernández-, entre otras rispideces o frases inoportunas. En casi todos los casos, fue la consecuencia de un alineamiento estricto a las posiciones internacionales de EE. UU., utilizando (el canciller Araujo o el propio Bolsonaro) los mismos argumentos de Trump de “climatismo”, “globalismo” o “marxismo cultural”, etc. para justificar sus posturas. Como circunstancia que excede a su gestión, en junio del 2019 se terminó un acuerdo con la UE: reducción de tarifas de importación de autos y autopiezas, ropas, textiles, bebidas y chocolates, y una cláusula con referencia a la preservación de la Amazonia en relación con el “Acuerdo de Paris”, y algunos detalles para el Mercosur. Sin embargo, más allá de las posiciones y los acuerdos firmados durante el 2019 y durante la pandemia, lo que hay que tener en cuenta es la dinámica postdiplomática que intenta imponer el Gobierno actual: con nuevos actores, no siempre autorizados para la tarea, se ha fragmentado y dispersado el manejo diplomático de las cuestiones externas, licuando la consistencia de un proyecto “de adentro hacia afuera”.

La política exterior y la geopolítica latinoamericana

La imagen internacional de Brasil está en uno de sus peores momentos, inducida en cierta medida por esa coordinación postdiplomática de los asuntos externos: Amazonia, pandemia o derechos humanos y civiles. Es sólo enfocar sobre los personajes que están a cargo que la imagen se oscurece aún más: como la confesión (pública) del ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, que insinuó lo beneficioso que resulta la pandemia para poder (“aprovechando la distracción mediática”) desregular ambientalmente la Amazonia. Más allá de que el presupuesto de Itamaraty continua en el mismo nivel que en el segundo Gobierno de Lula (el momento más intenso de esa tradición diplomática brasileña referida), el protagonismo de la Institución se ha reducido notablemente. Ya no comporta la misma función mediadora entre Estado, elites y proyectos políticos.
Ahora hay una multiplicación de voces y actuaciones que se hacen cargo de la política exterior y que asumen su participación como central para una protagonismo en la materia: i) un primer grupo, más “ideológico” -y fuertemente pro EE. UU.-, compuesto por el presidente, el canciller, el presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de Diputados (Eduardo Bolsonaro), el  exministro de Educación (Abraham Weintraub), el asesor Olavo de Carvalho y otros mediadores socioculturales (redes sociales y otros dispositivos comunicacionales); ii) un segundo grupo, más “institucionalista”, que aglutinaría a algunos miembros de la Corte Suprema como Gilmar Mendes o Luis Barroso (muy activos a propósito de la situación respecto de Venezuela), el presidente de la Cámara de Diputados (Rodrigo Maia) y el propio vicepresidente Hamilton Mourao, según el tema en cuestión; iii) un tercer grupo – a su vez dividido en subgrupos, según las regiones- conformado en la actual pandemia, el de los gobernadores, que han dado sus puntos de vista respecto de líneas sanitarias a seguir, las alianzas internacionales a emprender, y han establecido contactos con otros países, por fuera de la indicación federal; por ejemplo, para la compra y provisión de insumos sanitarios; iv) los militares “generales”, que no siempre encuentran la misma posición que Bolsonaro sobre los temas de injerencia y/o cooperación internacional; v) finalmente, la posición menos geopolíticamente tensa con China y más “comercial” de la ministra de Agricultura, Ganadería y Abastecimiento (Teresa Cristina), representante de los intereses del agronegocio encargados de cerrar la balanza comercial del país y actor económico de relevancia; junto con otros sectores económicos, como los bancos, tratan de imponer cierto “pragmatismo” a las definiciones en materia de política exterior, sumando a veces a los grupos b) y d) para su causa.
Así, sobre todo entre “ideológicos” y “pragmáticos” es que discurre la regresión en curso en política exterior. Más allá de si Brasil prohibirá o no a Huawei y el 5G en el país, si consolidará el mercado cárnico musulmán de Medio Oriente o si se aproximará a sus vecinos del Cono Sur, este “coro de voces” o dinámica postdiplomática está conciliando de un modo muy defectuoso el pretendido alineamiento geopolítico unilateral con EE. UU. (quizás también como efecto que desde 2009 China es el principal socio comercial brasileño, con saldo positivo para el país). El dilema externo manifiesta el interno: es la ausencia de un proyecto de adentro lo que se proyecta hacia afuera.

lunes, 24 de agosto de 2020

¿Cómo explicar todo eso?



Hay cosas que ocurren en mi destrozada y devastada nación que no logro entender, y mucho menos explicar a mis amigos extranjeros, siquiera a los de estas comarcas de América Latina, acostumbradas a ser barridas por turbulencias y tragedias.
Menciono algunas, pero advirtiendo que dejo otras tantas en suspenso para no angustiarme aún más.
A estas alturas, el número de víctimas fatales del Covid-19 en Brasil se acerca a 115 mil y el de infectados supera la marca de los 3 millones y medio. Más que la población de Uruguay y casi la mitad de El Salvador.
Las medidas de contención fueron flexibilizadas por gobernadores y alcaldes, sin ninguna coordinación y bajo la presión de empresarios y comerciantes, contrariando lo que recomiendan los médicos.
El gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro alardea un día sí y otro también sobre los miles de millones de reales destinados a ayudar estados y municipios a enfrentar la pandemia, además de otras medidas de emergencia.
Nunca será demasiado reiterar el negacionismo del presidente desequilibrado en relación con la pandemia.
Quizá por eso se constate que sigue mintiendo como quien respira: de los recursos anunciados con pompa y circunstancia poco más de la mitad llegó efectivamente a ser liberado, y de medidas de emergencia nadie sabe, nadie supo.
La economía, que ya andaba a los tropiezos antes de la pandemia, enfrenta turbulencias, dando tenues señales de mejoría para alegría del gobierno. Esa recuperación, sin embargo, no alcanza para cubrir la quinta parte de lo que se perdió. Y lo que se ve en el horizonte es la peor crisis económica en la historia de la república. ¿Programa de gobierno para hacerle frente y evitar el naufragio absoluto? Ninguno.
Por todo el país, pero con énfasis en las dos mayores ciudades –São Paulo y Río de Janeiro– la violencia asesina de la Policía Militar se extiende sin control, teniendo como blanco preferente a pobres y negros. Bolsonaro no hace más que elogiar a los bravos defensores del orden y la seguridad.
Una niña negra y pobre de 10 años, violada por un tío desde los seis, quedó embarazada. Siguiendo la legislación, la abuela pidió que se le hiciera un aborto. Una seguidora fanática de Bolsonaro expuso en las redes sociales el nombre de la niña y el hospital en que estaba internada para el procedimiento. Los médicos fueron amenazados por fanáticos religiosos.
La ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos negó que los datos personales de la víctima hayan sido filtrados por funcionarios de la dependencia. Y aprovechó para recordar que el aborto es pecado. Para la niña, ninguna palabra de consuelo.
La Amazonia es devastada por incendios criminales, por taladores ilegales, por invasores de reservas indígenas. El presidente dice que es mentira, pese a las claras evidencias.
El vicepresidente, el muy truculento y reaccionario general reformado, Hamilton Mourão, prefirió desafiar al actor estadunidense Leonardo DiCaprio, feroz crítico de lo que ocurre en Brasil: que venga a hacer conmigo una caminata de ocho kilómetros por la selva, para que vea que lo que dice no es verdad.
La canciller alemana Angela Merkel no ha sido invitada a nada. Pero no habrá sido esa la razón de haber anunciado que su gobierno difícilmente irá adherir se sumará al tratado comercial entre Unión Europea y el Mercosur a raíz de la situación vivida en la Amazonia.
Antes de Alemania, otros países europeos como Francia, Bélgica, Austria, Holanda e Irlanda habían manifestado resistencia a firmar el acuerdo por la misma razón.
Además de la salud pública y el medio-ambiente, también el sector educativo es blanco de los ataques destructores de Bolsonaro. Ahora se supo que en la propuesta de presupuesto para 2021, que será enviada al Congreso para análisis y votación, están previstos profundos cortes en la partida destinada a Educación. Lo que será sustraído ya tiene nuevo destino: el Ministerio de Defensa. Las universidades públicas advirtieron que no lograrán sobrevivir.
El asunto dependerá del Congreso, pero Bolsonaro ya logró comprar –literalmente– una buena cantidad de diputados. Primero, para impedir que se le abra un juicio (hay 53 solicitudes formalizadas y oficializadas durmiendo en el cajón del presidente de la Cámara), y listas para lo que sea.
Pese a todo eso (y mucho más) los sondeos de opinión pública indican que la popularidad del candidato a genocida aumentó, mientras que su rechazo bajó. Y, peor: eso se registró entre las estratos más pobres del país, los más desiguales de América, tradicional electorado de Lula da Silva.
A primera vista, el motor de esa inversión sería el auxilio-emergencia determinado no por el gobierno, sino por el Congreso. Fueron cinco cuotas de unos 120 dólares mensuales por familia (la propuesta original enviada por Bolsonaro era de 37 dólares, elevada por los diputados).
Habrá otras tres, pero de menos. Y no hay recursos para más.
¿Qué pasará cuando la ayuda transformada en tesoro se acabe?

viernes, 31 de julio de 2020

Jair Bolsonaro fingió estar enfermo, sospecha Lula

Pandemia


Sao Paulo., El ex presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), cree que el presidente Jair Bolsonaro fingió estar enfermo de Covid-19 para promover la cloroquina en momentos en que el país superó las 91 mil muertes, después de que se registraron más de mil fallecimientos en 24 horas.
Creo que Bolsonaro inventó que estaba contaminado para hacer propaganda del remedio. No sé si es socio, pero se comporta como si fuese el dueño de la fábrica que produce ese remedio e intenta venderlo, dijo Lula en una rueda de prensa virtual con corresponsales extranjeros en Sao Paulo.
Lula calificó de irresponsable al neofascista por su gestión de la pandemia. Por eso estamos viviendo esta situación, de la que no veo una salida a corto plazo, afirmó.
Bolsonaro anunció el 7 de julio que fue diagnosticado con Covid-19 y cumplió su agenda desde su residencia oficial en Brasilia hasta el día 25, cuando dijo que resultó negativo para la enfermedad. En ese período hizo apariciones públicas en las que mostró una caja de hidroxicloroquina, un medicamento cuya eficacia contra el coronavirus no está científicamente demostrada.
Por lo pronto, Michelle Bolsonaro, esposa del mandatario, y el ministro de Ciencia y Tecnología, Marcos Pontes dieron positivo a coronavirus, mientras la pandemia no muestra señales de desaceleración en el país con el segundo peor brote del mundo después de Estados Unidos
Jair Bolsonaro, por su parte, aseguró que tiene moho en los pulmones, por lo que toma antibióticos.
América Latina tiene 191 mil 827 decesos y 4 millones 63 mil 894 infectados, según Afp.
En Haití se informó que una veintena de especialistas de la brigada médica cubana Henry Reeve se insertaron en el combate al Covid-19, poco después de que fueron detectados los primeros casos en marzo pasado para trabajar en el hospital IPEC en Puerto Príncipe, principal centro de tratamiento del coronavirus del sistema de salud haitiano.
La violación de las medidas de protección contra el Covid-19 están generando en algunos territorios cubanos un repunte de casos, según el gobierno, informó ayer Francisco Durán, director nacional de Epidemiología del ministerio de Salud Pública.
Paraguay autorizó la actividad comercial en Ciudad del Este, en la triple frontera con Brasil y Argentina, luego de una noche de disturbios que dejó decenas de detenidos por el anuncio del retorno a la fase más restrictiva del confinamiento.
En Lima, decenas hicieron ayer filas afuera un distrito populoso de Villa María del Triunfo, al sur de la capital peruana, para conseguir gratuitamente una recarga de oxígeno para familiares graves.
Perú es el tercer país de América Latina con más contagios y decesos por Covid-19, detrás de Brasil y México.
En Estados Unidos, el gobernador de Virginia, Ralph Northam, y los senadores demócratas Tim Kaine y Mark Warner, además de defensores de los inmigrantes exhortaron al presidente Donald Trump a responder al brote más grave de Covid-19 que se haya registrado en el interior de un centro de detención de migrantes, situación que calificaron de calamitosa

Afp, Reuters, Prensa Latina, Sputnik y Ap
Periódico La Jornada
Viernes 31 de julio de 2020, p. 2

miércoles, 22 de julio de 2020

Militares brasileños fracasan en su prueba de fuego


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Foto: https://www.tudooknoticias.com.br
Después de la dictadura, los militares brasileños quedaron aislados en la transición a la democracia. En ese momento, la dictadura fue rechazada por lo que todas las acciones militares fueron rechazadas, consideradas negativas. Era como si Brasil se reencontrara con la democracia, abandonada por los militares con el golpe de 1964 y la dictadura militar de 21 años.

Hubo un proceso de desmilitarización del Estado, el sistema político retomó sus criterios liberales: separación de los tres poderes de la república, elecciones periódicas, pluralidad de partidos, prensa libre (que, en el liberalismo, significa prensa privada). Brasil incluso contó con una Asamblea Constituyente, para dotarse de una Constitución democrática y para erradicar las normas que la dictadura, a través de sus actos institucionales, había impuesto.

Sin embargo, los militares nunca han asumido una posición oficial sobre el golpe y la dictadura. El silencio fue como si continuaran creyendo que habrían salvado a Brasil de los riesgos del comunismo con el golpe de estado de 1964. Según ellos, la dictadura militar habría puesto al país nuevamente en el camino del desarrollo económico, convirtiéndolo en una potencia, estrechamente aliada a los Estados Unidos en la guerra fría, contra el comunismo.

La FFAA no han vuelto a comentar sobre su trayectoria. Se han retirado en silencio a los cuarteles. Siempre han participado en los gobiernos, en el marco de los ministerios reservados para ellos. Los gobiernos del PT les propiciaron condiciones para modernizar sus equipos.

La Comisión de la Verdad volvió a revisar el desempeño de la FFAA, revelando el desempeño de los militares durante la dictadura, incluida la tortura como método sistemático de interrogatorio, así como actualizando el número y los nombres de las víctimas, asesinadas, desaparecidas y torturadas por ellas. Los militares no tenían forma de contestar, incapaces de impugnar las graves acusaciones, que actualizaban el papel extremadamente negativo del golpe, la dictadura, la tortura, la responsabilidad de la FFAA.

Los resentidos militares han encontrado la posibilidad de venganza en el discurso de Bolsonaro. Fue alguien que públicamente reclama el papel de la FFAA en el golpe militar de 1964, la dictadura militar, la tortura. Quien los llamó a gobernar, con la ideología anticomunista de la guerra fría, que atribuye a los militares el papel de garantizar el orden, luchar contra la subversión y el comunismo.

Los militares han comenzado a ingresar al gobierno de buena gana, ocupando más y más cargos y de mayor importancia, y se han comprometido con todo lo que hace el gobierno. Con la corrupción, con la incapacidad de gobernar el país, con la falta de prestigio de Brasil en el mundo. Hasta que decidieron entrometerse en el Ministerio de Salud. Confiados en su supuesta capacidad para resolver problemas, se ponen en una situación de riesgo total para su imagen.

Sin tener experiencia, ni condiciones para enfrentar problemas de salud pública, han desplazado a todo el personal de salud pública en Brasil, con amplia experiencia y prestigio, para correr el riesgo de enfrentar una situación que mata a miles de brasileños todos los días, uno cada minuto.

El ejército falla abiertamente en el Ministerio de Salud, explicitando públicamente su incompetencia y su responsabilidad por las miles de muertes diarias en Brasil. Es evidente, con resultados escandalosos, la incapacidad de los militares para dirigir el Ministerio de Salud en medio de una pandemia. La imagen de competencia que los militares tenían la intención de promover desde la dictadura militar y que ahora querían actualizar, se deshace por completo.

Si continúan dirigiendo el Ministerio de Salud, pasarán a la historia por sus responsabilidades en el manejo criminal, responsables de decenas de miles de muertes. Si se van, se irán como fracasados, incompetentes.

En cualquier caso, los militares tendrán la imagen de estar asociados con la imagen del gobierno de Bolsonaro, el más corrupto, más incompetente y con el imagen de Brasil más degradada del mundo, más comprometida por la muerte de un brasileño cada minuto. Fallan en su prueba de fuego.

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

https://www.alainet.org/es/articulo/207985

lunes, 13 de julio de 2020

Brasil: ¿un hitlerismo tropical?


Michael Löwy, el filósofo marxista brasileño, hijo de migrantes judío-austriacos que en la década de los 30 huyeron del hitlerismo, discutiendo el auge de la extrema derecha en Brasil y en el mundo –un proceso con raíces en la crisis neoliberal y en la debilidad de la izquierda− apuntaba a ciertas semejanzas entre Bolsonaro y el clásico fascismo europeo de los años 20-30: a) sus facetas autoritarias mezcladas con apariencias republicanas (como en los primeros años del régimen de Mussolini); b) su estigmatización de los enemigos (la izquierda, PT, las feministas, los ecologistas, los indígenas, MST, et al.), y c) su compulsivo anticomunismo. “La historia obviamente no se repite −subrayaba Löwy−, pero estas semejanzas son muy preocupantes” bit.ly/35m3oey). Enzo Traverso, por su parte, rehuyéndose a hablar del fascismo en caso de Trump, Orbán o Modi y prefiriendo el término de posfascismo −Löwy empleaba el prefijo semi y/o neo− destacaba la antropología neoliberal de los nuevos hombres fuertes que suelen denunciar a las élites financieras, pero con las cuales mantienen lazos muy cercanos, como p.ej. Trump, un líder posfascista sin fascismoThe new faces of fascism. Populism and the far-right, 2019, p. 34). Este análisis podría aplicar también a Bolsonaro sobre todo a la luz de la traversiana dialéctica de continuidades y discontinuidades entre los fascismos de ayer y hoy, que permite ver cómo el bolsonarismo intenta ponerle una nueva cara a la derecha brasileña (bit.ly/2Chzejj) reorganizando el campo de sus continuidades y discontinuidades (la dictadura, et al.) en un plano material de los intereses capitalistas.
En este sentido –y a pesar de que, como subraya Federico Finchelstein, él es uno de los líderes populistas que más se acerca al fascismo (bit.ly/2Z6pmlt) o de que la pandemia del Covid-19 en Brasil dio a luz una verdadera política fascista de la enfermedad(bit.ly/2Dg6gRD , bit.ly/3hTiQWB)− Bolsonaro, juzgando por sus propias declaraciones en las que reivindicaba la dictadura pinochetista (bit.ly/31Tqr1W), mirando las filas del propio equipo (el pinochetista Paulo Guedes) y los planes de su radical ajuste neoliberal (bit.ly/2O3AKs7), se parece, igual de acuerdo con el análisis de Traverso, más a un nuevo Pinochet (bit.ly/3gz3vJs) que a un nuevo Hitler y ésta sería su analogía histórica más adecuada, una que reflejaría mejor su lugar y papel en el sistema capitalista mundial (bit.ly/31Y3quQ). No sólo que la proliferación del neofascismo hoy se entiende mejor como un proyecto de defensa del libre mercado y el laissez-faire −como es el caso del bolsonarismo o el trumpismo, proyectos procapitalistas tan reaccionarios que hasta hace poco parecía imposible que llegasen al poder por la vía electoral y uno que en Chile subió al poder sólo gracias a las bayonetas−, sino que todo su arsenal retórico del viejo anticomunismo con Bolsonaro asegurando haber salvado la nación que estuvo al borde del socialismo (bit.ly/3gC3cxz) parece ser recortado y pegado de aquella época junto con todo su balbuceo y pifias (Pinochet aseguraba que “Allende llevó al país al borde del abismo y que ‘nosotros hicimos un gran paso adelante’”, mientras para el almirante Merino los bolivianos y... los brasileños eran unos auquénidos metamorfoseados y seres primitivos).
Muy en este tenor, Ernesto Araujo, canciller de Bolsonaro, reseñando (sic) el libro de S. Zizek sobre la pandemia ( Pandemic!: Covid-19 shakes the world, 2020, p. 140), tildó las medidas de contener el virus, junto con la nueva ola de solidaridad global vaticinada por Zizek como un complot comunista −la lucha global contra el Covid-19 quiere instaurar un mundo sin fronteras y sin libertad auspiciado por la Organización Mundial de la Salud− y comparó el distanciamiento social a... los campos de concentración nazis, subrayando que ahora serán los comunistas que nos querrán encerrar en ellos y que el lema de este aprisionamiento será igual Arbeit Macht Frei (bit.ly/2Ve8aZb) −Zizek analiza de paso este lema colocado cínicamente en las puertas de varios campos de concentración y/o exterminación− sólo para luego decir que fue malentendido, pintarse como el más grande amigo de Israel (bit.ly/37XlSEE) y acusar al autor de Pandemic... de… antisemitismo (bit.ly/3du0qs4).
Si al lector ya le dio un vértigo intelectual es pertinente recordar que el propio Bolsonaro, que acaba de contraer este virus comunista (sic), dijo que Hitler era de izquierda (bit.ly/2C8pSqb), en sí misma una expresión del negacionismo del Holocausto (sic) y una fake news calculada para alejar las acusaciones de que él mismo fuera un fascista o que el mencionado lema nazi ( O trabalho libertará) acabó siendo usado por su administración en los anuncios gubernamentales para la campaña de reabrir la economía (bit.ly/2VTjTwr). Si usted todavía siente fiebre, vértigo, náuseas, todos los síntomas del coronavirus, no es necesario reportarlos a su centro de salud más cercano. Es una reacción natural y pasajera: el neolenguaje hitleriano (¡Klemperer!) reciclado hoy por los nuevos autoritarios, junto con su retórica divisiva y antagonista convertida en su nueva lingua franca (bit.ly/2ByDQSt) –todo de lo que Jair Bolsonaro es un verdadero campeón–, son sólo los viejos delirios verbales de siempre.