Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.
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sábado, 26 de septiembre de 2020

Brigada Médica Cubana: “indiscutible e irremplazable”

 El anticomunismo visceral quiere echarla

Marcelo Colussi


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Foto: http://www.radiorebelde.cu
Hacia fines de agosto circuló la noticia que la Brigada Médica Cubana en Guatemala debía irse del país. Ello causó las más diversas reacciones. No faltó quien apoyara la medida, amparándose en un malentendido nacionalismo y en un visceral anticomunismo heredado de la ya fenecida Guerra Fría. Pero, por otro lado, numerosas fueron las voces que salieron en defensa del personal sanitario caribeño. Hasta el mismo gobierno, para nada sospechoso de comunista, la ponderó muy satisfactoriamente. 

Dentro de la misma administración gobernante, encabezada por el presidente Alejandro Giammattei, no hubo consenso con relación a la medida. Luego de un primer momento de sorpresa, de estupor incluso, las cosas comenzaron a entenderse: quien propuso la acción fue el diputado Felipe Alejos, del partido TODOS, hasta ahora fiel aliado del gobierno de turno. La medida, en un primer momento, desconcertó a muchos dentro del elenco gobernante. 

Luego de algunos cabildeos, el propio Ejecutivo desestimó la propuesta del diputado Alejos. La propia ministra de Salud, Amelia Flores, declaró enfática que “La posición del gobierno no es expulsar a la brigada cubana; en ningún momento se mencionó esa aberración”, agregando que “Sería terrible para nosotros que la brigada cubana se fuera, mucho menos en este momento”, en plena pandemia de COVID-19. Enérgica, la ministra calificó el papel de la brigada como “indiscutible e irremplazable”. 

La Brigada Médica Cubana en Guatemala está a punto de cumplir 22 años de solidaria labor en las comunidades más remotas y humildes del país, justamente en las zonas donde casi no llega el ministerio de Salud Pública nacional, donde ningún médico guatemalteco quiere ir. Actualmente cuenta con 441 colaboradores, la mayoría asignados en este momento a la lucha contra la pandemia de coronavirus. Los compañeros cubanos prestan sus servicios en 16 de los 22 departamentos, en 16 hospitales nacionales y en más de 100 centros de salud. Su presencia está respaldada en un convenio de cooperación directa establecido entre los ministerios de Salud Pública de ambos países. Ofrece especialistas en oftalmología, pediatría, epidemiología, medicina interna, enfermería, y en menor medida, odontología. 

El programa de cooperación de Cuba no se contenta con prestar servicios, sino que desde 1999 abrió las puertas de una Escuela Latinoamericana de Medicina -ELAM- para formar los recursos humanos necesarios para la cobertura de salud de los pueblos que son destinatarios de la solidaridad de las brigadas médicas. En este momento, más de 1,000 médicos guatemaltecos han sido formados en dicha escuela, en forma totalmente gratuita para Guatemala. 

Si se tiene en cuenta que durante el período de permanencia de la Brigada Médica Cubana se han realizado más de 47 millones de consultas, esto representaría un valor de más de 7 mil millones de quetzales -estimando la consulta a Q. 100-, lo cual es posible que en el caso de las comunidades más inaccesibles representara un poco más por la necesidad de transportarse hasta los lugares de cobertura médica. A ello debería sumarse el costo de las innumerables operaciones de ojos realizadas y otras intervenciones quirúrgicas, así como los partos atendidos y todas las prácticas de enfermería. 

El impacto de esta cooperación ha representado miles de vidas salvadas (estimados en más de 330,000 personas) que no podrían contabilizarse como un valor monetario, pues la vida humana, sencillamente no tiene precio. Sin embargo, la mayoría de los servicios poseen un costo monetario en Guatemala, y es aquí donde el desempeño de la Brigada ha significado un considerable ahorro para la población, sobre todo para los más desposeídos (recordemos que el 70% de guatemaltecos y guatemaltecas está bajo la línea de pobreza, fundamentalmente en esas áreas más remotas donde no llega el Ministerio de Salud). Es cierto que el personal cubano cobra un salario de Q. 7,000 mensuales, pagado por el erario guatemalteco, según lo estipulado por el convenio de cooperación. Ello significa una erogación de alrededor de 3 millones de quetzales mensuales para el Ministerio de Salud del país; pero si se mide monetariamente la intervención, lo invertido por el gobierno de Guatemala rinde increíbles frutos, porque muchísima población, en forma gratuita, recibe una atención que de otra forma nunca tendría. 

En una Carta Abierta que circuló en diversos medios periodísticos dirigida por el Dr. Ricardo Arriaza, médico guatemalteco, al diputado Alejos, puede leerse que “si el Estado HA GASTADO Q. 510,300,000.00 y el pueblo de Guatemala deja de gastar Q. 7,489,717,650.00 en atención médica privada, sin duda es un gran negocio para nuestro país, porque mantener el convenio de cooperación médica con Cuba durante estos 22 años le ha significado a nuestra nación el ahorro de Q. 6,979,417,650.00 (seis mil novecientos setenta y nueve millones cuatrocientos diez y siete mil seiscientos cincuenta quetzales). A modo de ilustración, en relación a la propuesta de Presupuesto General de la Nación presentada por el Ministro de Finanzas el 2 de septiembre pasado para 2021 (Q. 99,700,000,000.00), y asumiendo que los ingresos totales, el gasto público, el balance fiscal, la deuda pública y los demás parámetros económicos se mantuvieran inamovibles, alcanzaría para financiar nuestro presupuesto nacional durante 70 años. ¿No le parece interesante? 

Si la intervención de los cooperantes solidarios cubanos es una buena noticia para Guatemala, si el mismo Ministerio de Salud terminó avalando a la Misión por considerarla “irremplazable” visto que, en términos de costo-beneficio, la inversión en sus salarios significa una gran ganancia para la salud de los guatemaltecos, ¿por qué esa propuesta del diputado Felipe Alejos? 

Los médicos cubanos de esa Brigada “Son una fachada” del gobierno castrista, porque “no se puede apoyar a ningún régimen totalitario”, expresó el referido padre de la patria. “Lo que más nos preocupa que parte del salario se lo entregan al gobierno de Cuba, el cual es un régimen dictatorial, comunista desde 1959, en donde no existen derechos civiles ni políticos, tampoco libertad de expresión”, dijo Felipe Alejos. “Eso es una aberración”, agregó contundente “y es vergonzoso para nuestra nación y tienen que tomar cartas en el asunto o nosotros lo vamos a tomar”, con lo que amenazó al ministro de Relaciones Exteriores, Pedro Brolo, de citarlo al Congreso para que comparezca del porqué relacionarse con “comunistas dictadores”, exigiendo que se desande en el convenio establecido. 

La racionalidad se impuso, y el gobierno central siguió en el apoyo a los compañeros cubanos, pues constituyen un invaluable aporte al país. La movida de Felipe Alejos -quien aparece en la lista de personas denunciadas por el ahora reo Alejandro Sinibaldi como una de quienes recibió sobornos de la empresa brasileña Odebrecht- hay que entenderla a la luz de su posicionamiento personal, no de otra manera, con lo que intenta congraciarse con el virtual amo de la región, el gobierno de Estados Unidos. 

Washington viene insistiendo claramente en la necesidad de que el Congreso de Guatemala deje de darle largas al asunto de la elección de los 13 magistrados de la Corte Suprema de Justicia y los 126 magistrados de las Cortes de Apelaciones y, fundamentalmente, acate los fallos de la Corte de Constitucionalidad. Como el mencionado diputado -parte fundamental de lo que se ha dado en llamar Pacto de Corruptos- se opone a todo lo anterior y está en la mira del gobierno de Estados Unidos, para buscar congraciarse con la administración de Donald Trump ha realizado “ingeniosos” movimientos políticos, mostrando que es un aliado incondicional de la Casa Blanca y un acérrimo anticomunista. Para ello, entre otras cosas, 1) dio su total apoyo al gobierno de Taiwán en su lucha contra China comunista, 2) mostró su decidida cercanía con el embajador de Israel en Guatemala, Mattanya Cohen, mandando así un mensaje de apoyo al Estado-gendarme de Medio Oriente financiado por la geopolítica de Washington, 3) salió en defensa del narcopolítico Álvaro Uribe, de Colombia, impresentable desde todo punto de vista, pero responsabilizando a “sectores de izquierda” de estar tras la jugada política, y 4) pidiendo el retiro de la misión sanitaria cubana, simplemente por “comunistas”, por pertenecer a un país históricamente enemigo de la potencia estadounidense.

Más allá del papel político que juega y/o pueda seguir jugando Felipe Alejos en la política guatemalteca, su maniobra -felizmente desestimada por el mismo gobierno nacional- muestra cómo está hundido hasta los tuétanos el anticomunismo en todo el mundo capitalista. La sola apelación al mote “comunista” (reemplazable por “dictadura castrista” o “Venezuela chavista castro-comunista”) enciende alarmas. “Los comunistas se comen a los niños”, “te ponen a vivir otra familia en la sala de tu casa”, “te secuestran los hijos para mandarlos a Cuba a recibir adoctrinamiento marxista”, “las lámparas ahorradas cubanas instaladas en Venezuela sirven para espiar a cada habitante”, y otras tantas patrañas por el estilo no sorprenden, y aunque racionalmente nadie las pueda creer, la ideología ultra anticomunista que algunos siguen teniendo -e intentando imponer- les da cabida.

 Es hora que miremos el comunismo con otros ojos, ¿no? La comunista Cuba, por ejemplo, presenta los mejores índices socio-económicos de toda Latinoamérica, iguales o incluso superiores en muchos casos a muchos países “desarrollados” del Norte. Si se usa como argumento que “la población huye despavorida de la dictadura castro-comunista”, debe recordarse que mientras de Cuba salen, en promedio, 11 personas diarias, de Guatemala migran más de 200 en condiciones de absoluta precariedad. En la atención sanitaria, ese satanizado comunismo parece ser impecable: mientras Guatemala, con 16 millones de población tiene más de 3,000 muertos por el COVID-19, Cuba, con 12 millones, apenas tiene 111 fallecidos. No hay que olvidar nunca esas históricas palabras de Fidel Castro: “En el mundo hay 200 millones de niños en la calle; ni uno solo de ellos está en Cuba”.

 Marcelo Colussi es analista político e investigador social, autor del libro Ensayos

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domingo, 13 de septiembre de 2020

¿Vicios en la izquierda? El problema de la ética revolucionaria

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Imagen: tiempolatino.wordpress.com
Partamos por decir que al utilizar la designación “izquierda” estamos ante un muy amplio abanico de posibilidades; entran allí innumerables posiciones, desde tibios reformismos hasta perspectivas radicales que echan mano de la violencia armada. De todos modos, todas ellas tienen, al menos en términos generales, un común denominador: constituyen una crítica al sistema dominante. En tal sentido, se alzan como voces contestatarias, como propuestas de cambio. No importa precisar aquí si ese cambio se piensa en forma gradual, pacífico, por vía electoral o como resultado de estallidos violentos, con grandes movimientos de masas, con vanguardias que conducen o todo se deja librado al espontaneísmo.

No es intención de este breve texto analizar en detalle cada una de esas posiciones, y mucho menos su grado de impacto en ese proyecto transformador. Lo que está claro es que todas esas expresiones de “izquierda” se distancian de la derecha, la cual, presentando igualmente muy diversos matices y variantes, tiene un común denominador: busca mantener lo dado, es conservadora. Como rasgo distintivo y aglutinador de todas estas posiciones de derecha puede indicarse la voluntad de mantener los beneficios detentados: eso les une, sin dudas es lo único que les une (lo cual ya es más que suficiente para transformarla en un bloque monolítico). La derecha, en el más amplio sentido, tiene algo, o mucho, que perder: privilegios, prebendas, prerrogativas varias. En tal sentido, las posiciones de izquierda expresan el sentir de aquellos que, como dice el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, “no tienen nada que perder, más que sus cadenas”.

Dicho esto, puede intentarse entender qué es eso de “los vicios” que se critican en el campo de la izquierda. O, para ser más precisos, de las izquierdas.

Habría así un extenso listado de “incorrecciones” en el campo de las izquierdas que, vistas desde una posición clásica, ortodoxa, podrían considerarse “vicios” (del latín vitium: falla o defecto), conductas cuestionables que merecen corrección. Es ya clásico, al menos en la ortodoxia de izquierda, hablar de “desviaciones” (lo que supone, por tanto, que habría un camino recto del que no se debería desviar). Entran allí, entre otras, el protagonismo, el mesianismo, la avidez de poder, el autoritarismo, lo que se llamó “comandantismo”, el culto a la personalidad, el machismo, el racismo. La lista es larga y admite muchas otras categorías más.

Quienes levantan esa idea, parten de la base que, en el ámbito de la derecha, todo esto es moneda corriente, lo normal, lo ya establecido, institucionalizado incluso. Por lo que, en el bando contrario, en el campo de las izquierdas, esto no debería pasar. Y si pasa, es un “vicio”, una incorrección que debe ser subsanada. Más aún: con todo el peso del cuestionamiento moral, debe ser castigado, fuertemente fustigado, sometido al escarnio para que no se repita.

Lo patético es que todo esto pasa, y pasa mucho, tanto como en el campo de la derecha. Ejemplos al respecto sobran. La izquierda intenta levantar un mundo nuevo, más justo y solidario, no basado en la explotación de unos sobre otros. Idea encomiable, absolutamente plausible. De hecho, las experiencias socialistas que se dieron a lo largo del siglo XX intentaron poner en marcha un nuevo ideario, una nueva ética superadora de esos “vicios”. Sucede, sin embargo, que más allá de extraordinarios logros en el campo socio-económico que obtuvieron estos proyectos (se terminó con la miseria crónica, con el hambre, con la marginación, se redujo considerablemente o se abolieron distintas formas de explotación, se redujeron tasas de morbi-mortalidad, la noche oscura de la postración y la ignorancia secular se iluminó), más allá de todo ello, la construcción del “Hombre nuevo” siguió siendo una agenda pendiente. ¿Por qué?

Porque la ética -es decir: la tabla de valores que rige la vida, la normativa social, la moral dominante en un momento histórico determinado- no se puede fijar por decreto, no cambia por un acto de voluntad. Es decir: no se puede ser “buena” o “mala” gente por decisión simplemente porque…. no hay “buena” o “mala” gente.

En tal sentido, entonces, debe reconsiderarse esto de “los vicios”. La gente de izquierda o de derecha es, ante todo, gente. O sea: seres humanos cortados por similar tijera, con análogas constituciones psicológicas, formados por historias previas que nos moldean, que nos hacen participar por igual a todo el mundo en el mismo maremágnum de símbolos que organizan nuestras vidas. Si somos consecuentes con lo que nos enseña el psicoanálisis, podemos afirmar que los sujetos humanos no presentamos mayores diferencias estructurales unos de otros, por lo que la “normalidad” es la forma en que la amplia mayoría, la casi totalidad de mortales compartimos los códigos que nos humanizan. Es decir: lo que llamaremos “normales adaptados”, o sea, neuróticos: gente que se humanizó dentro de los cánones impuestos por cada cultura particular en cada momento histórico determinado (con un resto mínimo que no entra ahí: los psicóticos -locos-, o entra a medias: los psicópatas -transgresores-).

De tal forma que los comportamientos que se podrán juzgar “inapropiados”, no pertenecen a la derecha: son patrimonio de la totalidad, del colectivo. La gente que se enrola en ese complejo campo llamado las izquierdas está conformada igualmente por las mismas prácticas. Las luchas de poder, el machismo o el protagonismo individualista, por poner algunos ejemplos, ¿son acaso patrimonio de derechas o de izquierdas?

Está claro que cuando surge la teoría revolucionaria del socialismo científico a mediados del siglo XIX de la mano de Marx y Engels, no se conocía nada aún de las “profundidades” psicológicas de lo humano, lo cual se desarrolla ya entrado el siglo siguiente. Había en ese decimonónico momento fundacional una confianza casi absoluta en la buena fe, en la voluntad humana. La idea de “Hombre nuevo” que se fue forjando en el socialismo de las experiencias reales habidas en el siglo XX se inspira en ese voluntarismo, a veces con ribetes casi mesiánicos. Y los “vicios”, por supuesto, son denostados como “elemento perturbador”, cuerpo extraño que debe ser abolido, anatematizado. “El hombre es un ser lleno de instintos, de egoísmos, nace egoísta; pero por otro lado, la conciencia lo puede conducir a los más grandes actos de heroísmo”, pudo decir Fidel Castro.

Sin dudas, es necesaria una cuota de “voluntad”, de decisión consciente para plantearse cambios sociales. O, si se quiere ser más claro aún: de pasión (el psicoanálisis dirá de deseo). “Nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”, dirá Hegel.

La experiencia humana en su conjunto, la experiencia de estos primeros pasos dado por las primeras revoluciones socialistas, nos muestran con descarnada evidencia que esos “vicios” son el pan nuestro de cada día, nos construyen, son lo que nos funda como humanos. Entre los animales no hay juegos de poder: el macho alfa de la manada cumple con un instinto al servicio del mantenimiento de la especie; allí no hay machismo patriarcal, ni racismo, ni discriminación por diversidad sexual, ni revista Forbes que indica quiénes son los más “exitosos”. Entre los humanos sí. Si hay mandamientos (“No codiciar la mujer de tu prójimo”, por ejemplo) es porque no existen mecanismos biológicos de autorregulación: somos todos -derecha e izquierda- producto de una construcción social, histórica, por tanto cambiante.

Ahí se plantea el problema crucial: ¿cómo cambiar la sociedad?, ¿cómo sentar los cimientos de un nuevo orden social justo y solidario con este elemento que somos, llenos de “vicios”? Hablando de la naturaleza humana, Voltaire se preguntaba: “¿Creéis que en todo tiempo los hombres se han matado unos a otros como lo hacen actualmente? ¿Que siempre han sido mentirosos, bellacos, pérfidos, ingratos, ladrones, débiles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, desenfrenados, fanáticos, hipócritas y necios?” La respuesta, sin dudas, es afirmativa.

El campo de la izquierda tradicionalmente fue optimista en relación a la ética: hay que construir un mundo de equidades, y ello sí es posible. Lo que muestra la experiencia es que, luego de las revoluciones -que efectivamente mejoran condiciones objetivas de las grandes mayorías- también se construyeron grupos privilegiados, burocracias con dachas y prebendas, a veces insultantes para el pueblo, llegándose a excesos increíbles como lo sucedido en algunos movimientos guerrilleros latinoamericanos donde problemas entre “comandantes” se dirimían a balazos: ¿quién es el más revolucionario?, mandándose a matar al “menos” revolucionario.

Entonces, si eso somos, si en las izquierdas también encontramos todo eso, más allá de una declaración de principios altruista y generosa, la cuestión se abre en relación a cómo es posible dar ese cambio social. Si no somos tan solidarios y, pese a las declaraciones de principios, en lo individual seguimos siendo protagonistas, egoístas, machistas, alcohólicos o racistas, ¿cómo construir un mundo de solidaridades donde se superen todos esos “vicios”?

No hay “vicios” de la derecha que se puedan “corregir” en la izquierda. Somos lo que somos (¿la caracterización de Voltaire?) en primer término; secundariamente podemos desarrollar un ideario de cambio, abrazar ideas transformadoras, revolucionarias, pero siempre sobre la base de cómo fuimos moldeados. En nombre de las ideas de cambio se puede estar dispuesto a los más grandes sacrificios, pero la plataforma de partida es lo que somos: es decir, sujetos construidos en todos esos “vicios”. El desafío es grande, pero vale la pena.

Entonces queda la pregunta: ¿qué hay que construir primero: el “Hombre nuevo” o la sociedad nueva? El solo hecho de preguntarlo así ya da la respuesta: ¿“Hombre” nuevo? ¿“Hombre” como sinónimo de Humanidad? El machismo patriarcal se nos filtra indefectiblemente a todos, comandantes y comunes de a pie. No es una cuestión de “buena” o “mala” voluntad: estamos armados sobre esa matriz social, y se hace imposible salirse totalmente de ella, por más “buena” voluntad que haya. Los actos de voluntarismo no pueden dejar de ser eso: actos de voluntarismo. Por tanto, habrá que construir otra matriz, otro código global que dé como resultado nuevos sujetos. De aquí, con el tiempo, quizá surja otro ser humano distinto, con otros “vicios” tal vez, no los ya conocidos. Dinámica compleja, por cierto, que remite a la eterna aporía de qué es primero, si el huevo o la gallina.

Esto no debe llevarnos a la desesperanza, al pesimismo y la resignación. Quizá no hay “progreso” en términos subjetivos, pero sí en términos sociales, macros, que son los que construyen la subjetividad. Sin dudas, la dialéctica del cambio regulará las cuotas de voluntarismo -que tiene límites, por cierto, pero que es necesario en un momento- y la edificación de un nuevo tejido social, moldeador de nuevos sujetos. Valga esta cita de Freud -que no era un marxista precisamente, pero que entendió muy cabalmente lo humano- para llenarnos de esperanza: “Hoy día los nazis queman mis libros; en la Edad Media me hubieran quemado a mí. ¡Hemos progresado!

- Marcelo Colussi



https://www.alainet.org/es/articulo/208844    

viernes, 11 de septiembre de 2020

Juventud, modas y desmovilización

Grafico: OtraMirada drogas otra mirada

Aniceta: Estos días leí una carta publicada en uno de estos medios electrónicos que ahora usamos tanto, y me dejó pensando.

Esculapio: ¿Qué decía la carta?

Aniceta: Una mujer que, supongo, es más o menos de nuestra edad, de nuestra generación, mexicana ella. Se trata de una historia increíble: era una militante de izquierda, obrera, y estuvo en coma durante muchos años. Cuando despertó, totalmente lúcida, se encontró con un mundo que no entendía. ¡Las cosas cambiaron tanto que no podía creerlo!

Esculapio: Bueno…, creo que a nosotros, sin haber estado en coma, nos pasa más o menos lo mismo, ¿no?

Aniceta: Sí, es así, es cierto. Quienes teníamos claras ciertas cosas y levantábamos principios, hoy estamos sorprendidos.

Esculapio: Sorprendidos…y sorprendidas, habría que decir, ¿no? Por equidad de género. Así lo impone la llamada corrección política.

Aniceta: Exacto. Corrección política…, pero, ¿de qué corrección hablamos? ¿Se logró real equidad con este cambio en el lenguaje? Ahora se dice patria y matria, fraternidad y sororidad… ¿No es un poco artificioso todo eso? Es cierto que las mujeres hemos avanzado mucho, pero no se trata solo de cambiar palabras y poner una arroba o una equis. Esos son cambios que no son cambios.

Esculapio: Sí, sin dudas. Tiene algo de gatopardismo, de cosmético.

Aniceta: Con lo cual no hay que olvidarse de la lucha contra el patriarcado. Aunque haya excesos y modas en juego, el machismo monstruoso sigue estando, y hay que combatirlo. Las mujeres siguen siendo las golpeadas, y el trabajo doméstico, en general hecho por las mujeres, no se reconoce, es gratis. La lucha por la igualdad de género sigue, y no se arregla diciendo sororidad.

Esculapio: ¡Por supuesto! Claro que sí. Es real que existe una tendencia a disfrazar las cosas, a dividir luchas. Poner la arroba en los finales de las palabras no cambia las cosas. El machismo está instalado, igual que el racismo. Y eso es difícil de combatir. Es algo más que palabras. Son relaciones de poder.

Aniceta: Así es, mi amigo. Incluso en los sectores de izquierda se da el machismo. ¡Y mucho! Se habla de una cosa, se lanzan bonitas proclamas, y en la práctica, a veces, se hace lo contrario.

Esculapio: ¿Habrá vacuna contra eso? Está difícil cambiarlo… ¡pero es imperativo hacerlo!

Aniceta: Definitivamente. Bueno…, pero lo que yo te quería decir es que en la carta de marras, donde habla de la corrección política de moda, se plantean cosas que son inquietantes.

Esculapio: ¿Cómo cuáles?

Aniceta: Estas cosas que se han venido imponiendo, justamente como la dichosa “corrección política”, estas cosas que terminan funcionando como modas.

Esculapio: El sistema capitalista sabe hacer modas de todo. Todo lo sabe comercializar, y con eso lo termina haciendo una mercadería más que, como tal, se consume un tiempo y luego pasa de moda.

Aniceta: Como hicieron con el Che Guevara y su rostro estampado en una camiseta.

Esculapio: Exacto. O como han hecho con tantas cosas: el movimiento hippie en su momento, por ejemplo.

Aniceta: Sí, sin dudas: de una protesta antisistémica con su llamado al no consumismo -algo fatal para el sistema-, terminaron transformándolo en una moda más, aguada, pasajera, banal. Y le quitaron toda su carga crítica, contestataria. ¡Se la pensaron bien!

Esculapio: Es que el sistema sabe muy bien lo que hace. Los que detentan el poder tienen mucho, muchísimo que perder. Por eso lo cuidan tanto.

Aniceta: A mí no deja de sorprenderme eso de las modas, de como todo lo pueden transformar en algo casi banal, pasajero, que “queda bien”, con lo que le quitan el peso de lo contundente. El Che Guevara en una camiseta… ¿no es hasta irrespetuoso?

Esculapio: Sí, es realmente notorio cómo lo hacen: al volverlo mercadería de consumo, lo aguadan, lo rebajan.

Aniceta: Lo que pasó con el movimiento hippie, tal como decías. Se popularizaron sus insignias, sus íconos culturales, y el pelo largo de los varones o los pantalones acampanados pasaron a ser una moda ya domesticada. Si bien no tenía un espíritu revolucionario en sus raíces, el llamado a la paz en plena guerra de Vietnam y al no-consumo, eran una afrenta para el sistema.

Esculapio: Y esa mercantilización la diluyó.

Aniceta: Cabal, mi amigo. Cabal. El sistema sabe defenderse. Estos días leí algo de un estratega militar yanki que me pareció genial: “La victoria moderna no se obtiene en un campo de batalla sino en la conciencia de una sociedad”.

Esculapio: ¿Quién dijo eso?

Aniceta: Un tal Sean McFate, un mercenario norteamericano, ahora dueño de una empresa de “contratistas”, es decir: un ejército de mercenarios.

Esculapio: ¡Terrible! Pero…, bueno: es así. La guerra, cada vez más, es ideológica, cultural. ¡Saben lo que hacen!

Aniceta: ¡Por supuesto que lo saben! Y lo hacen muy bien.

Esculapio: Controlan, se adelantan a los acontecimientos. Como dijo este dizque militar: saben golpear en las cabezas y en los corazones de la gente. Allí es donde el sistema nos domina.

Aniceta: Algo así, en otros términos, decía Gramsci a principios del siglo pasado: la superestructura ideológico-cultural es básica. Gracias a eso se mantiene el sistema, mucho más que por el peso de las armas, de la represión brutal.

Esculapio: Sí, hay una represión diaria, minuto a minuto, silenciosa. Eso es lo que solidifica el edificio social. Si no, no se podría explicar cómo una mayoría tan abrumadora de gente no saca a las patadas de una buena vez a un minúsculo grupo que controla todo.

Aniceta: ¡Eso es la ideología!, mi estimado. El esclavo piensa con la cabeza del amo. El trabajo está bien hecho. El sistema nos controla en todo, en lo que pensamos, en lo que sentimos, en lo que consumimos cada día.

Esculapio: Noam Chomsky, leí vez pasada, cita a un tal Charles Bergquist que escribió un libro: “Violencia en Colombia 1990-2000” donde afirma -y cito de memoria lo que me acuerdo-: “La política antidrogas de Estados Unidos contribuye de manera efectiva al control de un sustrato social étnicamente definido y económicamente desposeído dentro de la nación, a la par que sirve a sus intereses económicos y de seguridad en el exterior”.

Aniceta: Definitivamente con la droga, la Casa Blanca, es decir: la clase dominante gringa, controla a la población negra dentro de su país. Y habría que agregar: a la juventud en su conjunto.

Esculapio: De paso, con sus políticas de supuesto combate al narcotráfico, hacen buen negocio vendiendo armas e invadiendo donde quieren. En ese libro se cuenta cómo el famoso Plan Colombia, con 20,000 millones de dólares invertidos, no paró la producción de cocaína colombiana, pero sí permitió grandes ganancias a empresas yankis…y dejar 7 bases militares en ese país latinoamericano.

Aniceta: Bueno, el tema de las drogas da para mucho. No solo Estados Unidos controla; yo diría que el sistema en su conjunto encontró en eso una buena forma de controlar. Básicamente, de manejar a la población juvenil.

Esculapio: Sí, es así. Como todas las cosas, tal como decíamos, la convierten en moda, en mercancía vendible, y con esa mercancía, te neutralizan.

Aniceta: Con la droga han hecho eso. Colombia, por ejemplo, actualmente el principal productor mundial de cocaína, para la década de los 60 del siglo pasado no producía planta de coca, no existía en su territorio, porque no es originaria de allí. Es decir: la introdujeron, traída del Altiplano andino -Bolivia y Perú-, con el objeto de empezar a producir la droga.

Esculapio: Así es, camarada. Lo que hoy día llamamos drogas, es decir: de cannabis hasta las nuevas drogas químicas peligrosísimas, tremendamente letales, como las sales de baño, el krokodil (la droga caníbal), el éxtasis líquido, las metanfetaminas, todas son una mercadería que la saben manejar muy bien. Dan plata, y no solo a las mafias de narcotraficantes, sino al circuito financiero mundial, y sirven como soporífero social, de las juventudes en especial.

Aniceta: ¡Por supuesto! Hay que ver todo el negocio este como un gran edificio muy bien construido.

Esculapio: Da muchas ganancias a algunos, y junto a eso -quizá lo fundamental- es un mecanismo de contención social.

Aniceta: Coincidimos plenamente, Esculapín. Hay quien dice que la droga simplemente creció porque los jóvenes empezaron a sentirse más libres, más dueños de sí, y aumentaron el consumo.

Esculapio: ¡En absoluto! Eso es una tontera total… Cada vez más, lamentablemente, lo que hacemos, pensamos, creemos decidir, incluso sentir… cada vez más es un producto digitado, pensado, manejado por los poderes que dominan el mundo.

Aniceta: Hay que ser cuidadoso con esto, para no caer en teorías conspirativas.

Esculapio: Sí, claro. Hay que tener cuidado: “de lo sublime a lo ridículo hay solo un paso”, dice el refrán.

Aniceta: Por supuesto…, pero claro que sí: sin caer en esas visiones conspirativas, casi apocalípticas, sin dudas hay manejos maquiavélicos. “Todo poder es una conspiración permanente”, dijo Honorato de Balzac. ¿O acaso nos podríamos creer la tamaña estupidez esa de que el pueblo manda con su voto? El mundo lo manejan descomunales poderes, de los que los mortales de a pie ni sabemos nada, a los que no podemos acceder.

Esculapio: Ejemplos de esos manejos secretos, maquiavélicos, a lo largo de la historia reciente sobran: Pearl Harbor, las Torres Gemelas, las revoluciones de colores en las ex repúblicas soviéticas, la Primavera Árabe, los grupos nada secretos que manejan las cosas, como la Comisión Trilateral, o el Grupo Bilderberg, o el Club de París… En fin: la lista es interminable.

Aniceta: Exacto. Y esto no es apelar a fuerzas ocultas, grupos esotéricos como los Illuminati, los judíos, la masonería, los Rosacruces o los marcianos que estarían de incógnito en la Tierra.

Esculapio: Comparto al cien por ciento. Nos han hecho creer últimamente que si alguien es crítico, si alguien es contestatario -por ejemplo: preguntarse por el manejo de la pandemia de coronavirus y los ribetes novelescos que aquí se dan- pasa a ser un paranoico.

Aniceta: ¡Hasta culpable te hacen sentir! O enfermo mental. Y te tapan la boca.

Esculapio: Lo saben hacer, sin dudas. No en vano el sistema capitalista maneja el mundo desde hace varios siglos. Y el socialismo, seamos francos, hoy no se ve muy cercano como opción.

Aniceta: Lo que veo, no sin consternación, es lo que están haciendo estas últimas décadas con las drogas. Y en eso comparto con lo que decía esta carta a la que hacía mención hace un rato.

Esculapio: ¿La de la trabajadora mexicana?

Aniceta: Así es. Una tal Arnulfa. Te la recomiendo; creo que no tiene desperdicios. Ahí decía cosas de las que ahora estamos hablando. Por ejemplo, que a la juventud se la ha intentado adormecer de un modo terrible.

Esculapio: ¿Adormecer? Eso suena a desmovilizar, ¿verdad?

Aniceta: Exacto: de eso se trata. Desmovilización, adormecimiento, anestesia…

Esculapio: Recuerdo cuando Salvador Allende, en el Chile socialista de los 70, decía que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica”. ¡Cómo cambió eso!

Aniceta: ¡Demasiado! Sin dudas, este asalto de la pelea lo han ganado. Y lo ganaron con fuerza. Nos desmovilizaron, nos anestesiaron, nos dejaron sin proyecto…

Esculapio: Cada vez nos manejan más y más. Lo que decía este militar yanki es así: nos golpean en los pensamientos, en la cabeza. Nos inmovilizan con armas que no sacan sangre. Pero que, a la larga, pueden ser peores.

Aniceta: Me atrevo a decir que donde más se ve eso es en la juventud. Si es cierto lo que decía Allende -y por supuesto es cierto-, se han encargado muy bien de neutralizarla.

Esculapio: Es ahí donde se ve claramente el papel que juegan las drogas. Las llamadas drogas ilegales, claro.

Aniceta: Y también las legales. Porque los niveles de consumo de alcohol etílico aumentan cada vez. ¿No te parece significativo esa apología que se da, en forma creciente, del consumo de alcohol? Parece que hoy día “queda bien” emborracharse. Es como tatuarse, o usar aretes los varones: “queda bien”, te hace “estar en onda”.

Esculapio: ¡Totalmente! Emborracharse hasta caer…, eso va de la mano de las drogas.

Aniceta: Lo que en un tiempo era una excentricidad de artistas de la farándula de Hollywood, ahora se consigue en cada esquina, en cualquier lado.

Esculapio: Eso no es casual: ahí hay planes perfectamente trazados, bien diseñados. Hay mucha, pero mucha bibliografía que trata el tema. Hay grandes, serios, profundos estudios que muestran cómo ha ido creciendo el consumo de las llamadas drogas ilegales en todo el mundo, como gran negocio, por supuesto, pero fundamentalmente como arma de control social.

Aniceta: Mucha gente no lo cree, pero es así. Eso que antes era un producto raro, excéntrico, sirve para embobar. ¿Por qué ahora es tan pero tan común encontrar un vendedor de marihuana en cada esquina?

Esculapio: Por supuesto, no es cierto que cada consumidor se vuelve forzosamente un adicto perdido. Creo, según lo que escuché alguna vez, que solo el 1% de quienes alguna vez tienen contacto con una droga, se hace drogadicto.

Aniceta: Es cierto. Pero la entrada en escena de toda esa parafernalia sirve como distractor. ¿Por qué ahora “queda bien” echarse el purito, o un lineazo? ¿Por qué eso pasa a ser cada vez más tolerado en la sociedad? Y te ofrecen droga en todos lados.

Esculapio: Pasa porque hay una agenda que así lo establece.

Aniceta: ¡No puede ser de otra manera!

Esculapio: Es como lo que pasó en China en el siglo XIX. O, mejor dicho, como lo que hicieron los imperialistas británicos en China: introdujeron el opio para dominar al país. Volvieron opiómanos a grandes cantidades de chinos, y así los dominaron.

Aniceta: Pensar, ver, denunciar esas cosas… ¡no es ser paranoico! Eso es lo que el sistema quiere hacernos creer. Pero el tema de las llamadas drogas ilegales es algo bien estructurado, que además de acumular fortunas fabulosas, sirve para dominar. Lucy in the Sky with Diamonds…; Lucy en el cielo con diamantes, la famosa canción de Los Beatles: apología del LSD. No los prohibieron: su majestad real -es decir: esa inmunda parásita de la realeza imperial británica que vive de nuestro sudor- los premió nombrándolos Sir. Si la droga crece más que ningún negocio en el mundo…

Esculapio: A razón de un 40% interanual en estas últimas décadas.

Aniceta: Algo increíble. Ningún negocio capitalista crece así, ni la telefonía celular, ni las agencias privadas de seguridad. Llamativo, ¿verdad?

Esculapio: En la Nicaragua sandinista prácticamente no había droga. Perdió las elecciones Daniel Ortega en 1990, y al día siguiente el país se llenó de droga. Curioso, ¿no? ¿O se es conspiranoico si se dice eso?

Aniceta: ¡Claro que no! Ejemplos que evidencian cómo el sistema, cómo los grandes poderes usan la droga para adormecer, sobran. Durante la Revolución socialista de Afganistán -cosa de la que no se habla nunca, solo se conocen los talibanes-, bueno… durante el proceso socialista apoyado por la Unión Soviética, desapareció la producción de amapola, la materia prima para elaborar la heroína. Cae el gobierno socialista y llegan los fundamentalistas musulmanes, apoyados por la CIA, y se disparó exponencialmente la producción de esa planta. ¿Conspiranoicos entonces?

Esculapio: No, claro que no. No somos conspiranoicos. Se sabe que Afganistán es el primer productor mundial de heroína, pese a las fuerzas invasoras yankis en su territorio. ¿No se darán cuenta que se produce? Tal vez es muy difícil de demostrar con un documento, pero si analizamos la dinámica de las cosas, cómo se hace la política, cómo se controla el mundo -sin apelar a explicaciones rayanas con la paranoia- está más que claro que grandes poderes globales deciden qué pasa y qué no debe pasar.

Aniceta: Tenía razón Balzac en esa cita que recién hicimos. Aunque haya quien diga que pensamos como fósiles dinosaurios, me parece que no puede haber otra explicación para entender mucho de lo que sucede que ver que, efectivamente, el mundo no lo dirige la masa, sino enormes poderes intocables. Las modas, las tendencias, las formas de pensar y actuar, en muy buena medida, se digitan.

Esculapio: ¡Por supuesto! ¡¡No tengamos miedo a expresarlo, Aniceta!! Las modas no surgen por casualidad: alguien las pone en marcha.

Aniceta: Antes solo un grupo marginal se tatuaba: hampones, trabajadoras sexuales, marineros quizá. Ahí está Popeye. Hoy día pasó a ser una mercadería de ultra consumo. ¿Cómo se dan esos fenómenos?

Esculapio: Uy…, el tema de la moda da para muchísimo. No hay dudas que, en un nivel, somos masa manipulable.

Aniceta: Sí, somos manipulables, por supuesto. Si no, no se explica cómo, siendo tantos y tantos los explotados, no salimos todos juntos y les cortamos la cabeza a los explotadores.

Esculapio: Completamente de acuerdo. Nos manejan… ¡y nos manejan mucho! ¿Para qué están los medios masivos de comunicación y las redes sociales si no es para eso?

Aniceta: Y habría que agregar también las drogas.

Esculapio: Sin caer en esta estupidez de “todo tiempo pasado fue mejor”, convengamos que el sistema, desde que prendió sus alarmas viendo que había demasiada agitación a partir de los 60 del siglo pasado -guerrillas, hippies, Teología de la Liberación, movimientos libertarios, avance del socialismo, mística guevarista, sindicatos fuertes, universitarios muy críticos- dio un manotazo en la mesa.

Aniceta: Y, entre otras cosas, junto a la represión monstruosa que tuvimos en Latinoamérica, surge la droga.

Esculapio: Hay planes trazados, así como el Plan Cóndor. Planes que nunca se hacen públicos. No es casual que luego de las llamadas “guerras sucias” en toda América Latina, surgen al mismo tiempo las situaciones de violencia callejera extrema: pandillas, maras, ladrones, las ciudades se hacen peligrosas, se hace necesaria la policía privada y cámaras de vigilancia por todas partes…

Aniceta: ¡Definitivamente! Claro que hay planes, bien estructuraditos, por cierto: violencia callejera desatada, drogas por todos lados. ¿Cómo explicar el auge de la droga al mismo tiempo en todo el continente, con juventudes cada vez más consumidoras?

Esculapio: La entronizaron, le fueron quitando, al menos relativamente, su aureola de “mensaje diabólico”, y la fueron esparciendo por todos lados.

Aniceta: Recuerdo haber leído que hubo campañas promocionales en muchos lados para introducirla, igual que cualquier campaña mediática de cualquier mercadería.

Esculapio: Es que ¡es así! La convirtieron en una mercadería más, la hicieron apetecible, y eso funciona, en los jóvenes básicamente, como un mecanismo de control. Un elemento para adormecer.

Aniceta: Si “la religión es el opio de los pueblos”, la droga es el opio de las juventudes.

Esculapio: ¿No llama la atención que ahora, en plena pandemia, uno de los pocos negocios que no se detuvo en todo el mundo fue, justamente, la narcoactividad?

Aniceta: ¡Hasta te la llevaban a domicilio, como la pizza!

Esculapio: Es así, mi querida amiga Aniceta: se popularizó un modelo, y la moda se impone, más que nada entre jóvenes. Hay que chupar alcohol hasta caerse, eso queda bien. Y la droga no se legaliza, ni la van a legalizar, porque, además de dar mucho dinero a ciertos grupos, sirve para domesticar. Se impuso consumirla.

Aniceta: ¡La impusieron!, digamos más concretamente. Si la legalizaran, pierde el atractivo de la fruta prohibida, y muchos jóvenes ya no la verían como tan seductora. El sistema las necesita, por eso en cada esquina hay un pusher listo para venderla. Y la policía, en general, mira para otro lado, aunque detengan a alguno de vez en cuando.

Esculapio: Si al sistema le preocupara realmente tanto, tanto como dice el presunto “flagelo” de las drogas…, ¿por qué en vez de poner ejércitos con bombas y artillería pesada para “combatir” narcotraficantes no pone ejércitos de psicólogos, médicos, enfermeras y trabajadoras sociales para combatir el consumo?

Aniceta: Porque no hay la más mínima intención de combatirlo en realidad.

Esculapio: Drogas para todo el mundo, y cierre la boca.




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sábado, 25 de julio de 2020

La nueva normalidad: ¿más de lo mismo o lo mismo con más?


Foto: https://www.cronista.com
Actuar con el optimismo del corazón y con el pesimismo de la razón
Antonio Gramsci
La pandemia de COVID-19 que se desplegó por todo el mundo nos ha dejado o sin palabras, por un lado, o con la imperiosa necesidad de hablar y hablar para encontrarle sentido, por otro. Ambas reacciones son tan normales como esperables: no sabemos bien qué decir, o hablamos infinitamente para tratar de entender lo que está sucediendo. ¿Qué debemos hacer entonces? ¿Qué es lo “correcto”? No hay corrección a la vista. Hay preguntas abiertas, solo eso. Y bastante ansiedad.
En medio de ese cúmulo infinito de preguntas y decires surge de todo un poco: desde intentos serios y profundos de escudriñar la situación a repeticiones mecánicas de lo dicho desde el discurso oficial dominante, desde visiones apocalípticas a lecturas en clave de conspiración, desde memes y chistes para descomprimir la angustia a lúgubres percepciones agoreras. En verdad, nadie tiene “la” explicación, simplemente porque no la hay. Estamos ante un sinnúmero de factores complejos que muestran lo tremendamente intrincado del mundo actual (¿presencia y efectividad del “efecto mariposa”?)
Con un mínimo de seriedad y aplomo científico, es imposible decir que todo esto estuvo pergeñado por alguien, el cual se beneficiará a mediano plazo. Lo que sí es cierto, es que habrá quien sí saque más provecho de la situación, y quien se verá más perjudicado. Como van las cosas de momento, asumiendo que esto es un fenómeno natural que tocó a toda la Humanidad y que no hay mano criminal en el asunto, ciertos grupos de poder (digamos: muchos de los de siempre) saldrán ampliamente beneficiados. En términos generales, desde una lectura clasista del proceso en juego, está más que claro que pequeños grupos de poder harán su negocio, mientras que las grandes masas populares de todo el planeta retrocederán. Eso ya está sucediendo.
Algunos grandes conglomerados económicos (aquellos ligados a las tecnologías digitales, la gran banca internacional, las farmacéuticas, la narcoactividad) siguen intocables sus negocios. En este nuevo capitalismo renovado que estamos viviendo, cada vez más centrado en lo que ahora se llama “cuarta revolución industrial” (primera revolución: máquina a vapor, luego la electricidad, posteriormente computación, ahora la digitalización), nos todos pierden. Al contrario: la pandemia está sirviendo para expandir ciertas actividades comerciales al máximo, de un modo superlativo. No todos se perjudican con el cierre de la economía. Por ejemplo: mientras las empresas petroleras están trabajando a pérdida, las empresas ligadas al mundo digital están más robustas que nunca. Para la clase trabajadora mundial, para los pueblos de a pie que no tienen cómo responder a la crisis socio-económica, sí es pura pérdida.
Si bien estamos aún en medio de la pandemia con más de 600,000 muertos en todo el planeta, la misma terminará en algún momento. En algunos lugares, la curva se aplanó en parte. Solo Cuba socialista, con un modelo de salud realmente centrado en la población, pudo salir airosa de la situación (¡cosa que jamás menciona la prensa comercial!). La crisis sanitaria golpea duro. Los confinamientos no terminan, y los sistemas de salud, debilitados al máximo por los programas de privatización neoliberal habidos en las últimas décadas, están colapsados en prácticamente todos los países. Todo el mundo está esperando ansioso la post pandemia. ¿Y qué sucederá cuando salgamos de esta sombría noche y aparezca nuevamente el sol?
Las opiniones se dividen. Insistamos en esto: nadie sabe con seguridad qué pasará, pero sí se pueden ver tendencias, y en muchos casos, esas tendencias ya son realidades concretas que han tomado forma y no parecen poder desactivarse. ¿Será un mundo mejor? La pregunta puede ser ingenua, o mal formulada. ¿Por qué sería “mejor”? No falta quien, desde un optimismo desbordante, así lo cree: “Otro mundo emergerá de los escombros que deja la pandemia. Tenemos que trabajar para que sea un mundo no solamente otro, sino un mundo donde quepamos todos, sin exclusiones, con dignidad, sin injusticias, con igualdad, sin opresores, con libertad, sin egoísmos, con convivencia en comunidad, sin una voz única, con coros plurilingües de esperanzadora utopía. Está en nuestros corazones concebirlo y en nuestras manos diseñarlo, construirlo y habitarlo. (…) Los siglos contados del capitalismo parecen estar abriendo las compuertas de otro modo de producción y de vida, en la conclusión inexcusable de su fase neoliberal”, como, por ejemplo, puede expresar Adalid Contreras. O, como dice un comunicado de la Conferencia Episcopal de Guatemala: “Contemplar esta realidad [patética del país, profundizada ahora por la crisis sanitaria] puede desanimarnos, pero al mismo tiempo nos ofrece la oportunidad de vivir una real y genuina solidaridad”.
Por supuesto que sería deseable un mundo más equitativo, más balanceado y solidario, libre de tantas injusticias y asimetrías indefendibles (24,000 muertos de hambre DIARIOS en un mundo donde sobran alimentos), pero sabemos que las cosas no son simplemente como las deseamos. Los paraísos son siempre “paraísos perdidos” (a no ser los paraísos fiscales, donde los humanos de a pie no cabemos, donde solo caben dineros de dudosa procedencia, y para algunos “elegidos” no están perdidos). ¿No es un tanto quimérico pensar que terminada una enfermedad la realidad social mundial va a cambiar como por arte de magia? Las luchas de clases, la extracción de plusvalor, la guerra como negocio de algunos… ¿terminarán porque se extinga ese agente etiopatogénico surgido en China?
Otros, por el contrario, con un análisis más exhaustivo del panorama, con un criterio más crítico, pueden entrever otra realidad post pandemia como, por ejemplo, el economista William Robinson: “Estimulado por la pandemia de coronavirus, el capitalismo global está al borde de una nueva ronda de reestructuración a nivel mundial basándose en una digitalización mucho mayor de toda la economía y sociedad global. Esta reestructuración empezó tras la Gran Recesión de 2008 pero las condiciones sociales y económicas cambiantes propiciadas por la pandemia acelerarán enormemente el proceso. Probablemente aumentará la concentración del capital a nivel mundial y empeorará la desigualdad social. Habilitados por las aplicaciones digitales, los grupos dominantes -a menos que sean obligados a cambiar de rumbo por la presión de masas desde abajo- recurrirán al aumento del Estado policial global para contener los próximos levantamientos sociales”. O Santiago Alba, quien considera que (El) “estado superior del capitalismo es el feudalismo mafioso tecnologizado. Este es el peligro que nos espera en ese planeta desconocido, frente al cual tenemos pocos recursos”.
Hoy día, hablando de lo que vendrá luego de la pandemia de coronavirus, se ha popularizado el término “la nueva normalidad”. ¿Qué significa eso exactamente? Entra a tallar aquí, de un modo decisorio, la nueva modalidad productiva y de relacionamiento social dada por la tecnología dominante: la revolución digital, la que dio un salto impresionante en estos últimos años, pero que con la pandemia se profundizó en forma espectacular. Definitivamente, estamos ante un hecho civilizatorio de proporciones gigantescas, quizá aún no considerado en toda su dimensión. “Nunca ha habido un momento de mayor promesa, o mayor peligro”, lo define Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial. ¿Qué mundo sigue entonces, teniendo en cuanta que la vida de todo el planeta se va “digitalizando”? ¿Qué es esa “nueva normalidad” de la que tanto se habla? ¿Es una promesa de cambio o, por el contrario, es más de lo mismo, o peor aún: lo mismo con más?
Según la UNESCO, el órgano especializado del Sistema de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura -organización que promociona la campaña “La nueva normalidad”-, lo que vendrá cuando se haya aplanado completamente la curva epidemiológica del COVID-19 (la de los muertos por inanición no se aplana nunca, ¡no olvidarlo!), invita “a reflexionar sobre lo que es normal, sugiriendo que hemos aceptado lo inaceptable durante demasiado tiempo. Nuestra realidad anterior ya no puede ser aceptada como normal. Ahora es el momento de cambiar.
¿La “hemos aceptado”, o se nos ha impuesto? “Los desastres y las emergencias no solo arrojan luz sobre el mundo tal como es. También abren el tejido de la normalidad. A través del agujero que se abre, vislumbramos las posibilidades de otros mundos”, agrega Peter Baker en el marco de la referida campaña. Las cosas no surgen simplemente porque las deseemos, por un acto de buena voluntad, por apelación a un “abracadabra” fantástico y todopoderoso. Tal como va el mundo, todo indica que la normalidad a la que volveremos luego de la pandemia podrá ser distinta en determinados puntos: habrá que usar mascarillas, lavarse continuamente las manos, distanciarse del prójimo, no darse un beso en la mejilla, desinfectar la suela de los zapatos. Pero en cuanto a lo que decide nuestras vidas (que tiene que ver más que nada con los paraísos fiscales, que no con nuestras muy honestas y apreciables apetencias): ¿más de lo mismo o lo mismo con más?
Trabajar por un mundo donde quepamos todos, tal como lo pide el arriba citado Adalid Contreras, y tantos otros también, es algo que va más allá de la pandemia. ¿Solo una enfermedad esparcida globalmente nos puede movilizar en tal sentido? Suena raro. Quizá ante el trauma de un evento con algo de catastrófico por lo ahora vivido (en muy buena medida, exagerado convenientemente por los medios comerciales de comunicación), puedan surgir estas aspiraciones “bondadosas”, de llamados a un nuevo modo de relacionamiento. Pero siendo crudamente realistas, todo indica que quienes marcan el rumbo no son los “empleados asalariados” sino sus jefes: “Hay mucha gente que ya le encontró el gusto por trabajar desde la casa, y las empresas ya se encontraron el gusto de que la totalidad de la gente no vaya a las oficinas”, como dijo Franco Uccelli, alto directivo del JPMorgan Chase & Co, uno de los bancos más grandes del mundo (estadounidense), de esos que sí, efectivamente, marcan lo que es “normal”.
¿Hemos “aceptado” la normalidad donde mueren diariamente 24,000 personas por hambre o por causas ligadas a la desnutrición? Si es cierto que “Ahora es el momento de cambiar”, como pide muy esperanzadoramente la UNESCO, queda por verse cómo hacer ese cambio. ¿Es un acto de corazón? ¿Se “abuenarán” los malos que nos matan de hambre? Todo indica que lo dicho por este funcionario de uno de los bancos más poderosos del mundo marca la “nueva normalidad”. El mundo digital que ya se abrió, de momento no parece favorecer a las grandes mayorías. Trabajar desde casa ¿es un triunfo popular? ¿Cómo se formarán los sindicatos entonces? ¿O en la “nueva normalidad” eso ya no cabe?
El capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer”, dijo certeramente Vladimir Lenin. Y reafirmó el Che Guevara años después: “La revolución no es una manzana que cae cuando está podrida. La tienes que hacer caer”.
Marcelo Colussi
Analista político e investigador social, autor del libro Ensayos

jueves, 16 de julio de 2020

Pandemia y salud mental en Guatemala


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Imagen: https://www.marescalaura.it
“Yo no estoy loco”

Cuando se habla de Salud Mental se piensa inmediatamente en algo que nos asusta, nos incomoda profundamente: “Yo no estoy loco” es la respuesta casi obligada ligada al tema. La posibilidad de estar “loco”, de no ser normal, nos atemoriza. Esa “enfermedad” -siempre imprecisamente definida- aterra más que un padecimiento físico. ¿Por qué? Porque la ilusión que nos hace vivir es que somos enteramente dueños de nosotros mismos, que decidimos nuestras vidas, que somos completamente racionales. Sin decirlo en voz alta, pero sabiendo que “así debe ser”, nos sentimos seguros, “sanos” e integrados si nos reconocemos como uno más del grupo, haciendo las cosas “normales” que todos hacen.

Salirse del rebaño se paga caro: a quien lo hace, se le estigmatiza, se le aparta, se le señala. Para decirlo claramente: “locura” no es un término científico, ni médico ni psicológico. Pero es lo más usual para referirnos al campo de la Salud Mental: sería algo así como la negación de la salud. Lo curioso es que se utiliza continuamente esa palabra -de hecho, el hospital para supuestamente atender “enfermos mentales” es llamado loquero- sin definirla nunca con precisión. Es, en todo caso, una referencia más de corte social, ético o cultural que psicopatológico. Proviene del latín locus: “lugar”; algo así como “el que ocupa un lugar «incorrecto»”, el lugar de lo que se sale de la norma. ¿Y quién ocupa ese incómodo lugar? Aquel que se salió del rebaño.

Ahí comienza el problema: ¿qué significa “salirse del rebaño”? ¿Quién califica esa salida? Se ve rápidamente que no estamos ante un problema biomédico sino ante una cuestión eminentemente político-social. El loco (psicótico esquizofrénico, por ejemplo) que anda delirando por la calle, o come sus propias heces, definitivamente se “salió” de las normas, está en bastante precariedad para sumarse al colectivo, producir y reproducir el todo social. Pero ¿y la angustia cotidiana? ¿El miedo? (en Guatemala no sabemos si volvemos al hogar a la noche cuando salimos de casa cada mañana; se vive con miedo). ¿La homosexualidad? (¿qué hacemos si nuestra hija o hijo nos dice que es lesbiana u homosexual?) ¿El consumo de estupefacientes? ¿El repugnante racismo monumental que campea? (se mata a un supuesto “brujo” por practicar tradiciones mayas; se utiliza la palabra “indio”, ¡y no “canche”! (rubio), como sinónimo de bruto -¡¡sic!!-). El medieval machismo patriarcal en que vivimos parece “sano”, normal, aceptado; “locas” son aquellas (y también algunos ‘aquellos’) que osan criticarlo. Es sano y normal proteger la “sagrada” familia, pero los moteles están siempre completos. ¡Qué locura todo esto!

Una vez más: ¿quién define la “locura”, quién la certifica? No queda claro si son “enfermedades mentales” entonces, la angustia, el miedo, la homosexualidad y/o la homofobia, el racismo, el machismo. ¿Cuándo son “normales” (cuestión complicada, por cierto) y cuándo no? Es evidente que los manuales de Psiquiatría no tienen la respuesta…, aunque, de hecho, en nuestra sociedad moderna, sí la dan. Y las empresas farmacéuticas se llenas los bolsillos gracias a eso (los psicofármacos son uno de los rubros más consumidos mundialmente). Con todo esto, por supuesto, así están las cosas: la locura es un estigma que se resuelve con manicomio, o con pastillas. Si surgió el Psicoanálisis con Sigmund Freud a principios del siglo XX, es justamente por el fracaso de este discurso biomédico para entender el sufrimiento humano.

En otros términos: el tema de la locura es claramente una cuestión social, no un padecimiento de la salud. Ahora bien: como quien rige la ideología en el campo sanitario es la visión médico-biológica, el que se sale de la norma, el que ocupa ese incómodo y molesto “lugar” de la oveja negra, es anatematizado. Entonces, ahí está la figura del médico psiquiatra como su Torquemada condenándolo a la hoguera.

Suele tomarse la Salud Mental como el complemento de la salud física, dando a entender que el estado de “equilibrio” deseable debería implicar un adecuado ajuste al medio circundante, a la realidad social. De ese modo, la angustia, las preocupaciones del diario vivir, lo que con un término que hace años se hizo moda como el de “estrés”, aparecen como cuerpos extraños. ¿Lo son? ¿Se pueden prevenir? O, en todo caso, la cuestión es cómo abordarlos: ¿libros de autoayuda, religiones, psicofármacos, electroshock, psicoterapia, un poco de guaro? “En Guatemala solo borracho se puede vivir”, decía el Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias.

En ese sentido el trabajo de los “especialistas” de Salud Mental (médicos psiquiatras y psicólogos) sería mantener el sano equilibrio, la adecuada adaptación, consistente en funcionar apropiadamente. Dato curioso: Sigmund Freud, fundador del Psicoanálisis –“padre de la Psicología moderna”, como se le suele decir-, en su vasta y compleja producción teórica, nunca dio una definición de “normalidad”. Ya en su avanzada senectud, poco antes de morir, se le pidió que la precisara: “capacidad de amar y trabajar satisfactoriamente” fueron sus escuetas (pero muy profundas) palabras.

De eso se trata: ser uno más de la serie sin salirse del rebaño, encontrando cuotas de bienestar en lo que se hace, amando (a quien se pueda y como se pueda) y ganándose productivamente la vida (la transgresión se castiga. Eso abre la pregunta: los corruptos, de los que aquí abundan en cantidad, en muchos casos ejerciendo cargos públicos, ¿son enfermos mentales?).

¿Salud o enfermedad mental?

Entonces, ¿qué significa la “enfermedad mental”? Noción difícil, sin dudas. ¿Se emparenta con locura? Pareciera que sí. Es decir: con aquello que nos saca de “lo aceptado” (la homosexualidad se consideraba psicopatológica hasta 1990 según la Organización Mundial de la Salud -OMS-, mientras que en Guatemala la violación sexual era perdonada si la víctima mujer aceptaba casarse con su violador, hasta el año 2005 en que se modificó la ley). No hay en todo esto explicación biológica sino marco político-social que lo explique. Como se ve, la idea de “rareza” es algo muy volátil, cambiante, ligado a procesos histórico-sociales y no a degeneraciones celulares o a fallas en los neurotransmisores. El Psicoanálisis, por ejemplo, se le consideró -y se le sigue considerando- una “rareza” para explicar el sufrimiento humano, ponderándose en un grado superlativo lo que ahora se llaman Neurociencias. ¿Lo es? ¿Con qué criterio juzgarlo así?

También hablamos de “trastorno psíquico” en relación a aquello que no podemos dominar en el ámbito de lo que es llamado, algo imprecisamente, “mental”. Dicho de otro modo: ansiedad, inhibiciones, rasgos “raros” de nuestra personalidad, tics, “mañas” varias, ciertos rituales que podemos tener todos, los celos, las dudas que nos carcomen, miedos... Ahora bien, ¿cuándo eso pasa a ser “enfermedad”? Menudo problema: según la visión biomédica de la Psiquiatría tradicional, siempre. Obviamente, la vara con que se pretende medir esa normalidad no concuerda con lo pensado por Freud. De ahí que asuste tanto el campo de la Salud Mental, porque se une inmediatamente a la idea de “discapacidad”, de pérdida de la razón. Y de ahí a hospital psiquiátrico o chaleco de fuerza, un paso. ¿Cómo se desautoriza a una persona? Pues… tratándola de loca.

Pero sucede algo “raro” en esto (como vemos, “rarezas” hay en todos lados). En 1952, cuando apareció la primera de edición del Manual de Psiquiatría en Estados Unidos (el que habitualmente se utiliza en Guatemala, conocido por sus siglas en inglés: DSM, prácticamente “libro sagrado” de quienes se dedican al campo de la Salud Mental), había 106 “trastornos mentales”. Para el 2013, cuando aparece la quinta edición, había 216. ¿Creció el número de “enfermedades psiquiátricas” (es decir: ¿estamos cada vez más locos?) o creció la avidez de las empresas farmacológicas por vender sus productos? También podría preguntarse de otra manera: ¿quién maneja ese confuso campo de la salud/enfermedad mental? parece que unos cuantos oligopolios farmacéuticos.

Ejemplos de esta labilidad de la normalidad sobran: en nuestro mundo occidental encerramos en un manicomio a quien alucina, pero se acepta normalmente que una mujer virgen pudo concebir un hijo hace 2,000 años atrás. El tatuaje, hace un tiempo, era monopolio de población considerada marginal (hampones, trabajadoras sexuales); hoy es una moda generalizada. Hablamos de la no violencia, pero persisten las corridas de toros, las riñas de gallo, las peleas de box…, todo con mucha sangre, y nadie se considera un enfermo sádico por eso. ¿Y la homosexualidad? Se la fustiga, pero las calles están repletas de mujeres transgénero ofreciendo sus servicios para “machos heterosexuales”. ¿Entonces?... Ahí está la cuestión: la valoración de nuestros comportamientos es siempre relativa. Y siempre la ilusión de base es que somos cada uno de nosotros, en primera persona, quienes conscientemente decidimos qué hacer. Aunque la realidad, siempre tozuda, por cierto, nos muestra que esas conductas son relativas, que no hay una “normalidad” instintiva, fuera de la historia y la cultura. Si así lo fuera, ¿por qué se pasa hambre, o hay obesidad, o anorexia, siendo que sobra comida en el mundo para alimentar a toda la población planetaria? Y ni hablar de la sexualidad, talón de Aquiles por excelencia de la humanidad. Hoy, la homosexualidad dejó de ser “enfermedad” psíquica; en la Grecia clásica era un privilegio de los aristócratas varones. Definitivamente: son entramados histórico-sociales lo que deciden nuestra vida “psicológica”.

Dicho esto, entonces ¿no hay enfermedad mental? Es siempre relativa; la visión eminentemente médico-curativa no alcanza para abarcarla (y es la que prima, no solo en los planes de salud del Ministerio, sino en la población). La cuestión estriba en cómo nos adaptamos al medio, cómo somos parte del colectivo. La enorme mayoría, aún con resignación, lo hace, aun soportando y pudiendo manejar satisfactoriamente niveles de angustia, algún que otro síntoma, inhibiciones varias. Eso es estar sano (“neuróticos”, diríamos en términos estructurales -99% de la población-, que no psicópatas ni psicóticos. He ahí las tres categorías que podemos ser los humanos, y no las 216 que propone el Manual de Psiquiatría). La clásica definición de salud de la OMS nos la plantea como “estado de bienestar físico, psíquico y social y no solo la ausencia de enfermedad”. Es decir, una combinación de factores, complejos, muy complicados en Guatemala.

Vivimos en un clima que no favorece la salud, en ninguno de sus componentes. Los satisfactores básicos están por el suelo, siempre fallados: hay hambre, falta acceso a agua potable, a vivienda confortable, a ingresos dignos, los sistemas públicos son deficientes en todos los campos. También convivimos con invalidantes prejuicios, a partir de groseras manipulaciones sociales con grados de escolarización muy bajos (recordemos una vez más que se quemó a un ser humano por considerarlo “brujo” en pleno siglo XXI, y fueron religiosos los que promovieron ese linchamiento). Hay un clima de violencia generalizado, herencia histórica de siglos de racismo y miseria, fortalecida por una guerra interna que la potenció a niveles supremos. La impunidad reina soberana; el ícono por antonomasia de la guerra civil, un militar condenado a 80 años de prisión inconmutable, pasó solo una noche en la cárcel, y luego, merced a maniobras palaciegas, quedó libre. El mensaje que cunde es “haga lo que quiera: si tiene poder, no pasará nada”. Por eso la impunidad sigue intocable (se encarcela a “pobres de a pie” por no usar mascarillas, mientras se deja pasar una fiesta hecha en horas de toque de queda de “gente bien”. Se vive en el medio de un patriarcado violento, un racismo denigrante, una miseria ética que premia la corrupción y la impunidad. A todo lo cual se suma un sistema nacional de salud muy frágil, absolutamente colapsado en este momento ante la actual pandemia, con un sector público y un seguro social tremendamente deteriorados, y un sector privado casi inaccesible para la gran mayoría.

Todo lo anterior no favorece -al contrario: excluye totalmente- un ambiente de “buena salud”, de equilibrio, de “bienestar”, como reclama la OMS. Más aún: promueve enfermedad. ¿Estamos todos locos entonces? ¿Nos enloquecemos por todo lo anterior? No, pero se vive mal, muy mal. Las condiciones generales de vida son altamente dañinas. La actual situación que trajo la pandemia de COVID-19 viene a potenciar todo ello.

Pandemia y Salud Mental

Los momentos especiales, las situaciones límites (desastres naturales, crisis sociales, las guerras, una pandemia como la actual) plantean circunstancias críticas. Ante ellas se producen modificaciones subjetivas que sacan de la normalidad, obligando a forzosos, y a veces penosos, reacomodos. La pandemia, definitivamente, trajo una serie enorme de transformaciones en nuestras vidas cotidianas. Ante todo, en las condiciones materiales, porque infinidad de población está sufriendo terribles penurias, sin ingresos, o con ingresos recortados. El hambre arrecia por todo el país, y si, coherente con la clásica definición de salud de la OMS, no se aseguran los satisfactores mínimos, el estado general sanitario se ve alterado. El hambre, la incertidumbre en el futuro, el miedo con que estamos viviendo son una pésima noticia.

Sin dudas, la actual pandemia es un evento de tremenda importancia -nacional y global-, no solo en el campo de la salud sino, a mediano y largo plazo, fundamentalmente en lo socio-político, económico y cultural. ¿Cómo nos afecta? ¿Qué mundo sobrevendrá en la post pandemia? Claramente, golpea nuestra calidad de vida. ¿Nos está “enloqueciendo”? Es difícil, cuando no imposible, determinar con exactitud la cantidad de nuevos “enfermos mentales” que todo esto ha creado, pero sí está dando lugar a una serie de trastornos y a una nueva modalidad de vida que, todo indica, se perpetuará: la desconfianza con el otro. La ansiedad se puede haber disparado, pero sin aseverar que se haya registrado un crecimiento exponencial de suicidios, depresiones, crisis alcohólicas (pues no se dispone de datos ciertos; de violencia intrafamiliar sí hay indicadores de aumento), la mínima constatación empírica muestra que todo esto acompaña la sensación de impotencia, temor e incertidumbre que reina por doquier. Un abordaje serio de todo lo referido a la pandemia, además de criterios biomédicos epidemiológicos (absolutamente imprescindibles) debería contemplar estos aspectos de la subjetividad, del ámbito psicológico. Y, lamentablemente, todo ello brilla por su ausencia.

¿Qué hacer entonces en este problemático campo de la Salud Mental? De lo que se trata, con pandemia o en cualquier momento, es de evitar que el abordaje del malestar psíquico se estigmatice, excluya. La cuestión es: ¿cómo abordarlo? La psiquiatrización (manicomio incluido) no es la mejor salida. Tampoco el consumo abusivo de psicofármacos -tal como efectivamente se da en la práctica- es el camino idóneo para afrontar el malestar. Además, esto último no está recomendado en los protocolos de afrontamiento de los desastres. Una respuesta a través de una política pública de Salud Mental a nivel nacional -en tiempos de pandemia o en cualquier momento- debe impulsar la palabra, combatir la estigmatización y el silencio.

Hoy día vivimos una pandemia que nos tiene confinados. Se la ha sobredimensionado de un modo llamativo: una enfermedad que, siendo de temer, pero no especialmente mortífera (con una tasa de letalidad del 4%), paralizó virtualmente el mundo, y por supuesto también Guatemala. La crisis pone en evidencia la estructura real del país, haciendo descarnadamente patente la infraestructura sanitaria y la inversión real que se da en ese campo -no solo en este gobierno, por supuesto, sino en todas las administraciones pasadas-, con un atraso de largos años en la atención, sin ninguna política que priorice lo preventivo, como es lo recomendado desde hace largo tiempo. Ahora el miedo manda. La Salud Mental, en este caso, no puede ser “dar buenos consejos para paliar la angustia de la situación”: “sepa manejar su estrés”, “no vea noticias sensacionalistas”, “practique yoga”, “construya ambientes familiares de armonía”. Eso no es sino una peligrosa caricatura de nuestras posibilidades como trabajadores de este campo.

Salud Mental es devolver la palabra a la gente, justamente ahora en que es obligatorio andar con tapa-bocas. Para hablar de la actual pandemia se debería hablar no solo de la crisis sanitaria, sino de la crisis social que hay en juego, tanto a nivel global como nacional. No es lo mismo el coronavirus según el bolsillo, el lugar de residencia, el color de piel. En los centros hospitalarios privados -con altísimos costos monetarios- la atención de emergencia es buena; en el ámbito público, mejor ni hablar.

Guatemala continúa siendo una sociedad tremendamente problemática, atravesada por un sinnúmero de dramas, similares o peores que el COVID-19. Pobreza, violencia, patriarcado, racismo, corrupción, impunidad, manipulación de las grandes mayorías (por medios de comunicación, iglesias, clientelismo político) continúan siendo la constante cotidiana. No se está “enfermo mental” por vivir en esas condiciones, pero esas condiciones no son sanas. La epidemia viene a complicar las cosas.

No hay recetas específicas para paliar la crisis en términos de intervención en Salud Mental. Se debería promover la información veraz, rápida, no interesada. Justamente todo eso es lo que menos se da. Nadie se “enloqueció” clínicamente hablando por el encierro (en todo caso, eso puede haber sido un disparador de procesos ya en curso), pero sí se intensificaron situaciones absolutamente insanas: la pobreza, la falta de proyecto, el hambre lisa y llanamente, la violencia hogareña, la desesperanza. Ningún psicólogo ni psiquiatra puede (¡ni debe!) pretender curar eso, porque esos no son problemas “mentales”: son problemas sociales. Y eso no se arregla ni con medicamentos ni con buenos consejos. Se arregla políticamente.

La Salud Mental, en cualquier momento, con o sin catástrofes es, en definitiva, el propiciar los espacios de diálogo, de palabra y de simbolización para que el malestar no nos inunde, no nos inmovilice ni tampoco para que sea motivo de estigmatización de nadie. En ese sentido “espacios de palabra” significa lugares donde se pueda hablar libremente. Eso pueden ser grupos, dispositivos que faciliten abordajes individuales sin estigmatizar, trabajo con parejas, charlas, espacios comunitarios, talleres sobre temas que nos aquejan: sexualidad, violencia, drogas, alcoholismo, incertidumbres. Hay que hablar de nuestros prejuicios, nuestros temores, no silenciar lo que se hace a escondidas, acostumbrarse a poner palabra allí donde había silencio, despejar mitos, no temerles a las diferencias. La Salud Mental no está encerrada en un consultorio, y mucho menos en el manicomio: está en la palabra que permite conocerse a sí mismo. Eso, en definitiva, se puede dar en cualquier lado, en las calles, en las plazas públicas, en la comunidad toda.

Si hablamos de “prevención” en este difuso, complejo y resbaladizo campo de lo psicológico, de lo “mental”, no podemos utilizar los mismos criterios que en Medicina. En lo Psi no se puede prevenir que aparezca la ansiedad, un ritual obsesivo, un delirio paranoico, una persona tóxico-dependiente, un suicidio: pero sí se puede prevenir que todo ello quede encapsulado en la aberrante noción de “locura”, se la estigmatice y, llegado el caso, se la mande al loquero. Hoy por hoy, el 90% del presupuesto del Departamento de Salud Mental del Ministerio de Salud está destinado al Hospital Psiquiátrico. ¿Qué tal si, mejor, empezamos a hablar de los problemas en la comunidad? Esa es la única prevención posible.

Marcelo Colussi
Analista político e investigador social, autor del libro Ensayos
  

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