Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.
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martes, 13 de octubre de 2020

La tercera década latinoamericana

 


Emir Sader

El siglo XXI comenzaba en un marco de viraje conservador en el mundo, con sus reflejos en América Latina (AL), área de la más grande cantidad de gobiernos neoliberales, en sus modalidades más radicales. La última década del siglo XX fue del auge neoliberal en el continente, que se imponía, en el marco internacional del Consenso de Washington y del pensamiento único. El canciller de Brasil que aceptó quitarse los zapatos para ingresar a un aeropuerto de EU y el deseo de Carlos Menem de estabelecer relaciones carnales con EU son símbolos de la total subordinación de los gobiernos del continente con Washington en esa década.

Pero la primera década del siglo XXI en la región sorprendió, con una ola de reacción a los gobiernos neoliberales, cambiando el escenario político y constituyéndose, otra vez, en el epicentro de las luchas en el plano internacional. Al solitario triunfo electoral de Hugo Chávez (Venezuela), a fines del siglo, vio sumarse la victoria de Lula (Brasil). Chávez acudió a la asunción del brasileño, manifestando que, finalmente, dejaría de estar solo en la lucha.

El abrazo de Lula a Néstor Kirchner, en la asunción de éste, en el primer año del gobierno brasileño fue un marco que sellaría la primera década del siglo en la zona. Los dos gobiernos se constituirían en eje de los procesos de integración regional que nacían. Cuando los dos fueron a la toma de posesión de Tabaré Vázquez (Uruguay) tenían claro que nacía un proyecto de dimensiones estratégicas para la zona. A ello se han sumado Bolivia, con el triunfo de Evo Morales, y Ecuador, con el de Rafael Correa, quien expresó que no se trataba de una nueva época de cambios, sino de un cambio de época.

Esos seis gobiernos protagonizaron, en la primera década del siglo, la lucha contra el neoliberalismo y la construcción de gobiernos posneoliberales. A contramano del capitalismo mundial, disminuyeron las desigualdades en esos países, fortalecieron la presencia del Estado y desarrollaron la integración e intercambio Sur-Sur. Han tenido extraordinario éxito, haciendo de la década la más importante de la historia de esos países.

Hacia la segunda década del siglo XXI ya se notaban elementos de recomposición de la derecha y debilidades de esos gobiernos, que han hecho que el periodo fuera marcado por una contraofensiva de la derecha, que ha restabelecido el neoliberalismo en Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia y Uruguay, desarticulando lo hecho la primera década.

En ese decenio, el neoliberalismo mostró el aliento corto que tienen sus políticas. En Argentina, en la primera elección presidencial a que se han sometido, han sido desplazados de nuevo del gobierno. En Ecuador y Brasil se ha confirmado que la derecha sólo dispone del modelo neoliberal que los llevan al fracaso, que tienden a ser derrotados en elecciones democráticas, frente a lo cual han puesto en práctica su estrategia de judicialización de la política, aplicando nuevas formas de golpes, como en Brasil y de Bolivia, que demuestran más bien la debilidad de la derecha, no su fuerza.

Al final de la segunda década, hay una disputa abierta sobre el carácter que tendrá la tercera década en la región. Los comicios en Bolivia y Ecuador, así como el desenlace de la crisis brasileña, definirán los rasgos del periodo. Si la izquierda triunfa, los nuevos gobiernos se sumarán al de Argentina, contando, en parte con el de México –limitado por los tratados de libre comercio que tiene con EU–, así como el de Venezuela, para recomponer el eje de gobiernos antineoliberales. Como la derecha mantiene el neoliberalismo como su bandera, esos gobiernos tienen que caracterizarse por su antineoliberalismo. Cuando surgía la crisis de esos gobiernos, Rafael Correa convocó a una reunión en Guayaquil, cita de balance sobre los cambios que venían. Participaron, entre otros, Pepe Mujica y representantes de Bolivia, Brasil, Argentina y Uruguay. Se decidió publicar un libro con el balance de la situación y perspectivas de los seis gobiernos. Yo coordiné la publicación del libro Las vías abiertas de América Latina, publicado en Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador y Bolivia.

En el libro, Álvaro García Linera, René Ramírez, Ricardo Forster, Constanza Moreira, Alfredo Serrano, Manuel Canelas, Juan Guijaro y yo dimos nuestras visiones de cada país, introducidos por un análisis de las tendencias en el continente. Es momento de algo similar, con un proyecto de investigación ambicioso, que haga el balance de la primera y la segunda décadas en esos países y proyecte la tercera.

Es hora de convocar a los intelectuales latinoamericanos críticos para sumarse a ese proyecto, que apoye a las fuerzas políticas antineoliberales en la reconstrucción del eje de gobiernos con esa orientación, y analice las debilidades que permitieron la recomposición de la derecha y los reveses de la izquierda, para retomar el proyecto antineoliberal con más profundidad y ampliación de sus plataformas de trasformación económica, política, social y cultural de la zona.

Un proyecto que puede tomar Las vías abiertas... como referencia inicial, pero con más amplitud de análisis hacia atrás y adelante. Que puede ser uno de los más importantes ejes de investigación en la era pospandemia, más allá de iniciativas puntuales, que permita recomponer un eje del pensamiento crítico latinoamericano, que hace tanta falta hoy. Un proyecto que puede desembocar en un seminario –virtual o quizás presencial– y en un libro, publicado en AL y en otras regiones, dado que tenemos las experiencias más importantes de lucha antineoliberal. La tercera década latinoamericana puede ser el título que defina los marcos de ese proyecto, condición esencial para que volvamos a avanzar en esta parte del orbe.

sábado, 26 de septiembre de 2020

¿Otro mundo todavía es posible?

 Emir Sader


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FSM
En plena década de 1990, momento de auge del neoliberalismo en escala mundial, se desarrollaron formas de resistencia a ese modelo. En EEUU, en Europa, en América Latina, movimientos , aislados algunos, coordinados otros, locales o nacionales, seguían el grito de Chiapas, de resistencia a la ola neoliberal. 

 Ese conjunto de movimientos y fuerzas reunieron, finamente, en 2001, en Porto Alegre, en el primer Foro Social Mundial. La ciudad sureña de Brasil fue la escogida, antes que todo por las movilizaciones antineoliberales en varios países de Latinoamérica. Pero la opción recayó en Brasil, por ser la sede de organizaciones como el Partido de los Trabajadores, la CUT (Central Única de los Trabajadores), el MST (Movimiento de los Sin Tierra), entre otros.  La ciudad de Porto Alegre fue escogida como sede, por las innovadoras experiencias del presupuesto participativo. 

Contrariando la ola del pensamiento único y del Consenso de Washington, se definió como lema del evento: Otro mundo es posible. Se reunieron movimientos sociales, ONGs, intelectuales, militantes antineoliberales, entre tantos otros, en una sorprendente convergencia, que daría inicio al movimiento organizado de lucha en contra del modelo predominante en el capitalismo. 

Casi 20 años después, ¿cómo está la lucha en contra el neoliberalismo, que ha pasado con el FSM y todavía se puede decir que Otro mundo es posible? 

Muchas cosas han pasado desde entonces, tanto en el mundo, como en la lucha por el otro mundo posible. Donde más se ha avanzado ha sido precisamente en América Latina, donde seis gobiernos – en Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador – avanzaron en la superación del neoliberalismo. Y lo hicieron asimilando planteamientos del FSM. 

Esos gobiernos tuvieron en común la prioridad de las políticas sociales, en la lucha en contra el hambre, la miseria, la exclusión social y las desigualdades. Logaron, a contramano del resto del mundo, en el continente más desigual del mundo, disminuir de forma significativa las desigualdades y todos los otros rasgos negativos de las sociedades de esos países. 

Ello se dio de tal forma que los líderes de esos gobierno – Hugo Chávez, Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales y Rafael Correa – se transformaron en los principales líderes de la izquierda en todo el mundo. Esos gobiernos, además, se convirtieron en referentes fundamentales en la lucha por el otro mundo posible – que asumieron la forma de la construcción de gobiernos posneoliberales. 

¿Qué ha pasado mientras tanto con el FSM? Basta con decir que en el Foro Social Mundial de Belem do Pará, en 2009, algunos de esos líderes – Chávez, Lula, Evo Morales, Rafael Correa – tuvieron que reunirse afuera de la programación oficial del FSM, donde no cabrían gobiernos que, obviamente, estaban de lado de los debates del FSM, y del Estado como organizador de la sociedad y corrector de las injusticias. 

Este rasgo es una debilidad que el FSM ha arrastrado desde su Carta original, la concepción, importada del liberalismo clásico, de la oposición entre sociedad civil y Estado, con la descalificación de éste, como autoritario, ineficiente,  superado históricamente. Visiones de varias ONGs y de algunos intelectuales, como John Holloway, en su libro “Cambiar el mundo, sin tomar el poder”, así como en obras de otros pensadores europeos.  

Cuando esos gobiernos representan lo más avanzado que se ha tenido en la lucha en contra del neoliberalismo, el FSM se automarginaba de esos procesos y se aislaba de las nuevas generaciones de militantes. ¿Como se podría implementar políticas sociales si no a través del Estado? ¿Como sería posible implementar políticas de soberanía política que no fuera mediante el Estado? ¿Cómo desarrollar procesos de integración regional y de intercambio Sur-Sur, si no a través de Estados nacionales? La pandemia ha vuelto a recordar el papel insustituible del Estado. El drama de centenares de miles de muertos en los países donde se ha resuelto debilitarlo, como em Brasil y Estados Unidos, es un trágico llamado a esta realidad. 

En lugar de actualizar su Carta original y abrir espacio para esta nueva realidad en camino, transformándose en el espacio de intercambio y debate entre los gobiernos de cambio y los movimientos sociales, el FSM quedó congelado en su formulación original, y más bien aislado a la sociedad civil que se encontraba en el FSM. Los gobiernos que dieron importantes pasos en la dirección de la construcción del otro mundo posible, no tenían cabida en una concepción superada por las condiciones concretas de lucha en contra del neoliberalismo. 

En un momento en que, después de los avances de la primera década del siglo y los retrocesos de la segunda, y justo cuando está en discusión la vía que va a asumir la tercera década – especialmente a partir de Argentina y México y del desenlace de las situaciones en Brasil, Bolivia y Ecuador - , es fundamental disponer de un espacio como el FSM. Tanto para hacer el balance de las experiencias vividas, como para discutir la situación de la lucha por otro mundo posible en otras regiones del mundo y constituir formas de coordinación entre todas las luchas. 

Un documento lanzado recientemente apunta hacia ello, con la proposición de abrir el FSM a una acción concreta, como actor con identidad,  en la lucha por el mundo posible. Se apunta incluso a la idea de convocar un nuevo FSM en México, en tanto las condiciones permitan desplazamientos y reunión de personas y de movimientos. 

Solamente así será posible rescatar el FSM e insertarlo en las luchas contemporáneas en contra del neoliberalismo. Solamente así podremos recuperar la posibilidad de construcción de otro mundo posible.  

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ). 

https://www.alainet.org/es/articulo/209067    

jueves, 24 de septiembre de 2020

Bolsonaro reitera su negacionismo en la ONU

 Emir Sader

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Queimadas e Jair Bolsonaro discursando na ONU
Foto: Reprodução | Reuters | Marcos Corrêa/PR

Entre las tradiciones que Naciones Unidas mantiene, está la de que a Brasil le corresponde el discurso inaugural en la Asamblea General (AG) de la ONU. Este ano, por primera vez, la AG se hace de forma virtual. 

Bolsonaro hizo su segundo discurso, valiéndose esta vez de dos situaciones especiales. Una, al ser virtual, no tuvo las reacciones negativas de los representantes de los países, que el año pasado manifestaron su rechazo al discurso del presidente brasileño, dándole las espaldas o incluso retirándose del recinto. 

La otra es que, a lo mejor si retorna el año próximo Bolsonaro, pueda que no cuente con su gran aliado e inspirador, Donald Trump, representando a los EEUU, en caso de que sea derrotado en las elecciones de noviembre. 

El Secretario General de la ONU abrió la Asamblea conmemorando los 75 años de las Naciones Unidas, con un discurso de elogio al multilateralismo, antes del discurso del presidente de esta AG, el representante de Turquía. Guterres puso énfasis en la necesidad de seguir lo que la ciencia dice – un recado expreso para Trump y Bolsonaro. 

Bolsonaro tenía la posibilidad de hacer un discurso que disminuyera los roces con la comunidad internacional, pero ha optado por el camino opuesto. Siguió rigorosamente los planteamientos de su canciller, Ernesto Araujo, adepto fervoroso de la guerra contra el marxismo cultural, que supuestamente controlaría el mundo, a través del multilateralismo. 

El presidente brasileño sabía que los temas de la pandemia y del medio ambiente serian inevitables y optó por reiterar lo que ya había manifestado los últimos días: que Brasil sería un ejemplo de cuidados con el medio ambiente, al igual que en el combate a la pandemia. Todo lo contrario del consenso internacional sobre el gobierno brasileño. 

Respecto al medio ambiente, el escenario de fondo del discurso de Bolsonaro son los incendios en la Amazonia y en el Pantanal, que ya han destruido, de forma irreversible, una parte considerable de esos territorios. Respecto a la pandemia, Brasil se mantiene como uno de los países con mayor cantidad de víctimas en el mundo. 

Bolsonaro ha escogido la vía de reafirmar su negacionismo, tanto del calentamiento global, cuanto de la gravedad de la pandemia. Fue un discurso más para su público interno, sus fanáticos adeptos de esas posiciones, dado que, para la comunidad internacional, sus palabras solo confirman la imagen negativa del presidente brasileño. 

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ). 

https://www.alainet.org/es/articulo/209006    

jueves, 27 de agosto de 2020

Bolsonaro se da cuenta de que el neoliberalismo no gana elecciones



Entregar la economía a Paulo Guedes fue la forma en que Jair Bolsonaro promovió la centralidad del mercado, un supuesto fundamental del neoliberalismo. El nombramiento de Paulo Guedes, un ultraneoliberal, fue la forma de garantizar el apoyo de las grandes empresas y los medios de comunicación.
Pero Bolsonaro sabe que ganó las elecciones con operaciones de fake news y su estilo truculento, y no con sus propuestas de gobierno. Esta fue la diferencia entre él y, por ejemplo, Geraldo Alckmin, que no tenía posibilidad de competir con el Partido de los Trabajadores (PT), aun con operaciones de fake news.
El modelo neoliberal se enfoca en el ajuste fiscal, no incorpora políticas sociales, ni ninguna otra forma de distribución del ingreso. El proceso de privatización es parte del ajuste.
Luego de tres victorias electorales –una con Fernando Collor de Mello, dos con Fernando Henrique Cardoso–, el neoliberalismo fue derrotado cuatro veces seguidas, cuando los candidatos del PSDB simplemente propusieron la reanudación del modelo de gobierno de Cardoso.
El PT fue expulsado del gobierno por el golpe de 2016, no por una disputa electoral democrática, como había sido el caso en 2002, 2006, 2010 y 2014. La derecha logró desplazar los temas sociales, cuya centralidad había permitido las victorias del PT, a sus temas: corrupción, seguridad, antipolítica y antiestatal, con el rechazo al PT impregnando todo.
Mientras el gobierno perdía apoyos, Bolsonaro frenaba algunas iniciativas que considera antipopulares, como la reforma administrativa y el fin de las ayudas de 600 reales. Con la salida de Moro y el acuerdo con el grupo de partidos Centrão, se introducen nuevos conflictos con la política económica, dado que los cargos asignados al Centrão salen del control del Ministerio de Economía, además de que la alianza en el Parlamento siempre supone dificultades en las medidas de recorte de recursos, debido a la necesidad de cumplir con las bases de Centrão.
La crisis pandémica ha agravado el problema, porque los créditos para minimizar la recesión y las ayudas de emergencia afectan la política de ajuste fiscal y el propio techo de gasto. Bolsonaro se mostró entusiasmado con el apoyo que ganó con los 600 reales y se dio cuenta de que, si seguía la línea de Paulo Guedes, no podría continuar con esta ayuda.
Cuando Bolsonaro comienza a centrar su atención en la posibilidad de relección, y la salida de Moro acelera la atención en la disputa presidencial, se da cuenta de cómo la política ultraneoliberal de Paulo Guedes se está convirtiendo en un obstáculo para la popularidad del gobierno.
La crisis del equipo de Guedes, con reclamos sobre las dificultades de seguir recortando recursos, profundiza las contradicciones internas al gobierno. ¿Quiere decir que se acabó la etapa de Paulo Guedes? No necesariamente. Bolsonaro reafirmó el techo de gasto y las privatizaciones. ¿Respetará el techo? Ya veremos. ¿Renunciará Paulo Guedes? No está claro.
Es posible que estas contradicciones continúen en el tiempo, con Bolsonaro restringiendo cada vez más los poderes de Guedes, por la conciencia del carácter antipopular –y, por tanto, limitante– del modelo neoliberal; más aún en su versión ultra de Guedes, choca con las bases de apoyo popular que tanto alimentan a Bolsonaro en su proyecto de relección.
El modelo neoliberal es, en esencia, antipopular y, por tanto, tiende a ser derrotado electoralmente. Incluso cuando salió victorioso, como en las elecciones de Macri en Argentina, es efímero. Un dilema para el gobierno de Bolsonaro, quien, en sus posiciones aventureras, puede incluso atentar contra este modelo, con el riesgo de perder el apoyo de las grandes empresas y los medios económicos. Un dilema que, ante la posibilidad de que Bolsonaro llegue al final de su mandato, allí lo acompañará.

jueves, 20 de agosto de 2020

Sólo Lula puede salvar a Brasil de su peor crisis




Brasil entró en su peor crisis desde el momento en que la derecha rompió con la democracia y luego impidió que Luiz Inácio Lula da Silva fuera elegido presidente de Brasil en la primera vuelta, como indicaban las encuestas. El país habría recuperado su economía, retomado las políticas sociales que reducen las desigualdades, estaría enfrentando la pandemia en mucho mejores condiciones, morirían mucho menos brasileños, todos sufrirían menos.
Brasil vive el peor momento de su historia, una cruel combinación de crisis económica, política, social y de salud pública, en las peores condiciones. Sin un gobierno legítimo, elegido democráticamente por el pueblo –como sucedió durante los gobiernos del PT, el momento más virtuoso de la historia brasileña, que el pueblo eligió continuar, democráticamente, por su voto, cuatro veces seguidas–, sin tener un estado democrático y fuerte, sin tener un sistema de salud como primera prioridad nacional para enfrentar la pandemia.
Es como si el equipo nacional de Brasil estuviera perdiendo el partido más importante de su vida, con Pelé en el banquillo, sin contar con lo mejor que tiene el país. Lula dejó la presidencia con un 87 por ciento de apoyo, el mayor que haya tenido un presidente, a pesar de que tenía más de 80 por ciento de referencias mediáticas en su contra, habiendo hecho el mejor gobierno que ha tenido el país.
Porque Lula gobernaba para todos, privilegiando a los más necesitados. Por eso fue reconocido por todos, con este apoyo sin precedentes a un presidente. Como Lula se ocupó de la gente, dedicó la mayor parte de sus energías a servir a los más frágiles, a los más necesitados. Porque Lula empezó a representar a Brasil de la mejor manera en el mundo, proyectó al país como el más grande prestigio en todo el mundo. Porque Lula escuchó a todos, organizó un gobierno que respondió a lo que necesitaba Brasil, recuperó la imagen del país, el Estado, el gobierno. Habló con todos, oyó a todos.
Porque Lula reunió al equipo que mejor atendía a las necesidades del país, en todos los planes, para poder hacer crecer nuevamente la economía, con políticas sociales para atender a los más necesitados. En la economía, en la educación, en la salud, en la cultura, en las relaciones exteriores, el país se había recuperado de la recesión más prolongada y profunda, con inclusión social.
Porque Lula hablaba y escuchaba como nadie. No sólo hizo el mejor gobierno, sino que también trató de ayudar a la gente a ser consciente de sus derechos, de cómo el abastecimiento de sus necesidades es responsabilidad del gobierno. A todos les enseñó que gobernar es cuidar a la población, y no dejar a nadie abandonado, es incluir a todos, es luchar contra las desigualdades, como la marra negativa que tiene Brasil.
Lula podría haber sido elegido democráticamente en 2018, sería presidente de Brasil hoy y todos pueden imaginarse cómo sería el pais con él en la presidencia. Una colusión entre las grandes empresas, los medios de comunicación, el Poder Judicial, cometió el brutal crimen contra la democracia y contra Brasil –por el cual se paga un precio muy alto– para evitar que el presidente del país hoy sea Lula.
Muchos sectores se están dando cuenta de esto. Su mejor forma de corregir el grave crimen que cometieron contra Brasil, contra la democracia y contra el pueblo brasileño, es permitir que Lula recupere plenamente sus derechos políticos, sea el candidato de la democracia para recuperar al país de su peor crisis y apoyarlo en las elecciones y en el gobierno.
La magnitud de la crisis que vive Brasil sólo se puede afrontar con lo mejor que tiene el país. Tener en salud pública a las mejores personas que se tienen, el mejor personal en salud pública. Tener en educación el mejor personal que ya ha demostrado que puede democratizar y expandir la educación pública brasileña.
Brasil no puede darse el lujo de tener el mejor presidente que el país ha tenido, para salvar a la nación de la crisis, para salvar la democracia, para salvar al pueblo de la miseria, para salvar la vida de los brasileños. Sólo Lula puede salvar al país de su peor crisis. La nación tendría que tenerlo nuevamente como presidente, para dirigir una inmensa movilización que pueda salvar a Brasil.

miércoles, 22 de julio de 2020

Militares brasileños fracasan en su prueba de fuego


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Foto: https://www.tudooknoticias.com.br
Después de la dictadura, los militares brasileños quedaron aislados en la transición a la democracia. En ese momento, la dictadura fue rechazada por lo que todas las acciones militares fueron rechazadas, consideradas negativas. Era como si Brasil se reencontrara con la democracia, abandonada por los militares con el golpe de 1964 y la dictadura militar de 21 años.

Hubo un proceso de desmilitarización del Estado, el sistema político retomó sus criterios liberales: separación de los tres poderes de la república, elecciones periódicas, pluralidad de partidos, prensa libre (que, en el liberalismo, significa prensa privada). Brasil incluso contó con una Asamblea Constituyente, para dotarse de una Constitución democrática y para erradicar las normas que la dictadura, a través de sus actos institucionales, había impuesto.

Sin embargo, los militares nunca han asumido una posición oficial sobre el golpe y la dictadura. El silencio fue como si continuaran creyendo que habrían salvado a Brasil de los riesgos del comunismo con el golpe de estado de 1964. Según ellos, la dictadura militar habría puesto al país nuevamente en el camino del desarrollo económico, convirtiéndolo en una potencia, estrechamente aliada a los Estados Unidos en la guerra fría, contra el comunismo.

La FFAA no han vuelto a comentar sobre su trayectoria. Se han retirado en silencio a los cuarteles. Siempre han participado en los gobiernos, en el marco de los ministerios reservados para ellos. Los gobiernos del PT les propiciaron condiciones para modernizar sus equipos.

La Comisión de la Verdad volvió a revisar el desempeño de la FFAA, revelando el desempeño de los militares durante la dictadura, incluida la tortura como método sistemático de interrogatorio, así como actualizando el número y los nombres de las víctimas, asesinadas, desaparecidas y torturadas por ellas. Los militares no tenían forma de contestar, incapaces de impugnar las graves acusaciones, que actualizaban el papel extremadamente negativo del golpe, la dictadura, la tortura, la responsabilidad de la FFAA.

Los resentidos militares han encontrado la posibilidad de venganza en el discurso de Bolsonaro. Fue alguien que públicamente reclama el papel de la FFAA en el golpe militar de 1964, la dictadura militar, la tortura. Quien los llamó a gobernar, con la ideología anticomunista de la guerra fría, que atribuye a los militares el papel de garantizar el orden, luchar contra la subversión y el comunismo.

Los militares han comenzado a ingresar al gobierno de buena gana, ocupando más y más cargos y de mayor importancia, y se han comprometido con todo lo que hace el gobierno. Con la corrupción, con la incapacidad de gobernar el país, con la falta de prestigio de Brasil en el mundo. Hasta que decidieron entrometerse en el Ministerio de Salud. Confiados en su supuesta capacidad para resolver problemas, se ponen en una situación de riesgo total para su imagen.

Sin tener experiencia, ni condiciones para enfrentar problemas de salud pública, han desplazado a todo el personal de salud pública en Brasil, con amplia experiencia y prestigio, para correr el riesgo de enfrentar una situación que mata a miles de brasileños todos los días, uno cada minuto.

El ejército falla abiertamente en el Ministerio de Salud, explicitando públicamente su incompetencia y su responsabilidad por las miles de muertes diarias en Brasil. Es evidente, con resultados escandalosos, la incapacidad de los militares para dirigir el Ministerio de Salud en medio de una pandemia. La imagen de competencia que los militares tenían la intención de promover desde la dictadura militar y que ahora querían actualizar, se deshace por completo.

Si continúan dirigiendo el Ministerio de Salud, pasarán a la historia por sus responsabilidades en el manejo criminal, responsables de decenas de miles de muertes. Si se van, se irán como fracasados, incompetentes.

En cualquier caso, los militares tendrán la imagen de estar asociados con la imagen del gobierno de Bolsonaro, el más corrupto, más incompetente y con el imagen de Brasil más degradada del mundo, más comprometida por la muerte de un brasileño cada minuto. Fallan en su prueba de fuego.

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

https://www.alainet.org/es/articulo/207985

viernes, 10 de julio de 2020

El positivo de Jair Bolsonaro




La broma en Brasil es que, finalmente, salió algo positivo en Jair Bolsonaro. Su examen en el hospital de las fuerzas armadas dio positivo para el coronavirus.
Sus antecedentes sobre la pandemia vienen de lejos. Cuando viajó a Estados Unidos, en marzo, y estuvo con Donald Trump, la mayoría de las personas que lo acompañó en el viaje tuvo el virus. Se alardeó que Jair Bolsonaro lo había contraído. Hasta Trump y su vicepresidente se hicieron exámenes por temor a que les hubiera contagiado el virus algún integrante de la delegación brasileña.
A partir de aquel momento se decía que el piso del Palacio del Planalto, donde está la oficina de Bolsonaro, se había vuelto un foco de difusión del Covid-19.
Desde entonces, las versiones que Jair Bolsonaro ha dado han sido misteriosas y contradictorias. Ha dicho que se había realizado tres tests y que ninguno dio positivo, pero se negaba a mostrar los resultados en público.
Hasta que el periódico O Estado de Sao Paulo logró, en el Poder Judicial, que lo obligaran a presentar los resultados de los exámenes. Jair Bolsonaro alegó que su salud era un tema privado. Pero las autoridades judiciales afirmaron que la salud del presidente es un tema público.
Cuando tuvo que mostrarlos, presentó exámenes en nombre de otras personas, como si tuviera que hacerlo para proteger su privacidad. En algunos momentos, cuando salía en las mañanas a saludar a sus seguidores –muy pocos– frente al Palacio del Planalto, expresó que a lo mejor ya había tenido el coronavirus, por lo cual salía sin cubrebocas y sin mantener sana distancia con las personas.
Fue hasta esta semana que Bolsonaro reconoció que había amanecido con fiebre de 38 grados. Aun así se ha reunido con ministros y diversos auxiliares, incluso se reunió con el embajador de Estados Unidos por su feriado del 4 de julio. Hasta que el mandatario se tuvo que dirigir al hospital de las fuerzas armadas, el resultado del examen fue programado para las 12 horas del día siguiente.
Ayer, finalmente, Jair Bolsonaro afirmó, con cubrebocas, frente al Palacio del Planalto, que su examen había dado positivo. Informó que estaba tomando cloroquinay que ya se sentía mejor. Reiteró su argumento de que la gran mayoría de la población podría contagiarse, para intentar disminuir la impor-tancia de que él, un militante negacionista, haya dado positivo al nuevo coronavirus.
Volvió a salir del Palacio poco tiempo después, esta vez sin cubrebocas, diciendo que tiene síntomas livianos, sin presentar públicamente el examen, que va a tomar precauciones, sólo haría reuniones virtuales, pero que no dejaría la presidencia. Habrá que ver cómo evoluciona su salud, dado que por la edad que tiene, 65 años, está en el grupo de riesgo.
Como aún no ha presentado el nuevo examen, y dados sus antecedentes misteriosos, nadie tiene certeza sobre la situación real de la salud el presidente, menos todavía sobre cómo va a evolucionar y si, como él siempre ha reiterado, la cloroquina es su medicamento para enfrentar el virus.
Ese episodio, tras prácticamente dos semanas de silencio casi absoluto, como postura política defensiva, ha dejado las amenazas al Poder Judicial, a los medios, al Congreso, a la izquierda; probablemente porque se siente amenazado por los procesos contra sus tres hijos mayores y contra él. Menos todavía ha reiterado las amenazas de golpe, alegando que los militares lo acompañarían en ese intento de ruptura abierta de la democracia brasileña.
Por su parte, la oposición no logra un consenso amplio alrededor del impeachment de Bolsonaro. Ni el PSDB, ni el mismo Cardoso, se suman a esa posición, además de otros políticos de la oposición. Así, se alejan las posibilidades tanto del golpe como del impeachment.
El gobierno se mantiene por inercia, así como por la inexistencia de otro líder de la derecha. Las encuestas dan a Jair Bolsonaro el apoyo de un núcleo duro de 12 por ciento de apoyo con reticencias de otro grupo que permite que disponga de un apoyo de alrededor de 25 por ciento, con un rechazo cercano a 70 por ciento.
Habrá que ver cómo evoluciona la salud de Jair Bolsonaro, en medio de un clima de desconfianza sobre su estado real de la evolución de la pandemia en él, así como de las otras incertidumbres políticas. Entre ellas, qué pasará con las declaraciones del principal agente negociador del presidente y sus hijos, Fabricio Queiroz, preso desde hace dos semanas.
Como si no faltaran temas de inceridumbre en Brasil, se suma ahora el virus. El examen de Bolsonaro, finalmente, dio positivo, en medio de un gran conjunto de hechos negativos que caracterizan a su gobierno.

sábado, 13 de junio de 2020

La derecha brasileña ha fracasado nuevamente



La historia de la derecha brasileña es de sucesivos fracasos. El país fue liderado por la derecha hasta la crisis de 1929. La responsabilidad de ésta cayó unánimemente en la derecha, porque era liberal y el liberalismo permitió que la crisis se extendiera, con su opinión de que el mercado produce periódicamente una crisis, pero el mismo reconstruye a la economía; algunas empresas más frágiles quiebran, mientras las más sólidas saldrían más fuertes y la economía seguiría adelante. Pero esa vez la recesión fue más profunda que nunca, el desempleo en Estados Unidos e Inglaterra alcanzó 30 por ciento y el mercado no pudo restaurar la economía y el empleo.
Todas las reacciones fueron antineoliberales, ya sea el fascismo, la URSS o el estado de bienestar. Esto, con Roosevelt, se convirtió en el modelo de gobierno hegemónico durante décadas. Europa tuvo 30 años de pleno empleo. Un presidente de derecha en Estados Unidos, como Richard Nixon, llegó a decir: todos somos keynesianos. Quien implementó el estado de bienestar en Europa no fue predominantemente la socialdemocracia, sino la derecha, en Alemania, Italia, Francia, Inglaterra, por lo que este tipo de estado fue consensuado. No se habló de educación privada, sino pública. El liberalismo desapareció de la escena política, considerada una ideología exótica, que defendía posiciones antiestatales, completamente contrarias al consenso mayoritario.
En Brasil, la derecha fue derrotada sucesivamente desde que cayó por la revolución de Getulio Vargas, en 1930. Su último presidente, Washington Luís, se destacó por la declaración de que el problema social es un asunto de la policía. La caída de Getulio, en 1945, no representó el fin del getulismo, que continuó con el propio Getulio en 1950.
La derecha se concentró en las ofensivas golpistas, coordinadas por la Escuela Superior de Guerra, fundada por Golbery do Couto e Silva y Castelo Branco, los mismos que lideraron el golpe de 1964. El suicidio de Vargas, en 1954, pospuso la dictadura durante 10 años, pero antes, el gobierno de Kubitschek representó un cambio estructural importante, con la llegada de inversiones masivas desde EU, con la industria automotriz como el punto más avanzado, que cambió la dirección del desarrollismo brasileño, ahora bajo la hegemonía del capital extranjero. Goulart fue vicepresidente de Kubitschek, mostrando cómo los sectores populares estaban subordinados en el nuevo gobierno.
La mayor victoria de la derecha en la historia de Brasil no ocurrió de manera democrática, sino a causa del golpe de Estado de 1964, que terminó con un periodo de inestabilidad política y afirmó un modelo económico eficiente para el capitalismo brasileño. Afirmó el camino brasileño como una alternativa en América Latina, allanando el camino para otras dictaduras, en Uruguay, Chile y Argentina que, sin embargo, no tuvieron éxito porque perdieron el final del ciclo expansivo del capitalismo, utilizado por Brasil. La dictadura militar fue el periodo más exitoso para la derecha brasileña. En la democratización, logró derrotar una salida de amplia redemocratización y puso en práctica un modelo económico distinto. El gobierno de Sarney evitó una salida a la izquierda de la dictadura, pero fue un fracaso político como gobierno.
La otra gran victoria de la derecha se dio en el periodo neoliberal, con los gobiernos de Collor y Cardoso. Derrotaron a Lula y al PT tres veces seguidas, dos en la primera ronda. Parecía que enterrarían a la izquierda y consagrarían al neoliberalismo, con la condena del Estado, del gasto público, de los derechos de los trabajadores, con el ajuste fiscal como un valor absoluto. El giro de la página del getulismo, anunciado por FHC, tenía la intención de pasar la página de la división derecha-izquierda, de las alternativas de izquierda al neoliberalismo, del liderazgo de Lula, de los sindicatos y de todos los movimientos sociales.
Fue una victoria cambiar la centralidad de los problemas sociales, en el país más desigual del continente, a la agenda neoliberal: inflación, gasto excesivo e ineficiente del Estado, el mercado como el mejor asignador de recursos, que han permanecido en la opinión pública hasta hoy, excepto en los años de los gobiernos del PT. La inflación fue contenida pero, sin políticas sociales, la desigualdad social aumentó, la recesión tuvo lugar, junto con el desempleo. La victoria se convirtió en una derrota.
Los años de los gobiernos del PT fueron la mayor derrota de la derecha en Brasil, donde se vivió con desarrollo económico, distribución del ingreso, reducción de las desigualdades y mayor inclusión social, además de la creación de más de 20 millones de empleos formales. El sueldo mínimo subió 70 por ciento por encima de la inflación. La democracia política se mantuvo, al igual que la libertad de prensa. La imagen de Brasil en el mundo nunca fue tan buena, el país proyectó a Lula como el líder político mundial más importante.
Derrotada en cuatro elecciones seguidas, la derecha buscó sabotear a los gobiernos del PT. Acusaciones de corrupción, apoyadas por acciones ilegales de sectores del Poder Judicial, campañas en los medios para desestabilizar a los gobiernos y movilizaciones para generar el clima que hizo posible el golpe de 2016 en contra de Dilma Rousseff.
Nueva y abrumadora victoria para la derecha. ¿Qué pasó? Hace cuatro años, podemos darnos cuenta del desastre en el que tuvo lugar la acción concertada de la derecha: medios de comunicación, empresas, Poder Judicial: en el mayor desastre de la historia de Brasil, con una recesión y desempleo récord, con un descrédito mundial sin precedente, con más de mil brasileños asesinados por día, sin ninguna acción efectiva por parte del gobierno. Brasil se encuentra sin gobierno, sin presidente, generando la peor crisis de su historia, en manos de la derecha.
Una vez más, ésta ha fallado; mostrando lo que tiene para ofrecer a la nación. Bolsonaro es el resultado de la acción de la derecha. El Brasil de hoy es el producto de lo que la derecha tiene para ofrecer al país. La izquierda ha mostrado, con los gobiernos del PT, su propuesta para Brasil y la validez de la polarización entre derecha e izquierda, con proyectos radicalmente contradictorios para nuestra nación.

jueves, 14 de mayo de 2020

Brasil: ¿De un impeachment a otro?


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Brasil vivió el período más virtuoso de su historia desde 2003 hasta 2014. Desarrollo económico con democracia y distribución del ingreso, liderazgo popular, prestigio internacional, extensión de la red de educación pública, fortalecimiento de los servicios de salud pública. Un período especial, en el que la izquierda logró imponer su hegemonía a la sociedad en su conjunto, hasta el punto de que Lula dejó su segundo mandato con un 87% de apoyo. Un período en el que el modelo propuesto por el PT fue aprobado cuatro veces en elecciones democráticas.

Derrotada cuatro veces a través de disputas democráticas, la derecha busco él atajo del golpe, un juicio político sin ningún fundamento legal. La derecha realizó, por medios antidemocráticos, su sueño de sacar el PT del gobierno. Y el país se vio sumido en un período trágico, del cual aún no  logra salir. El golpe, que cumple exactamente cuatro años ahora,  tuvo como objetivo restablecer el modelo neoliberal, vigente en los gobiernos de derecha de Collor y de derecha, desde 1990 hasta 2002. Su reanudación significó cortar el ciclo expansivo de la economía y la reanudación del desempleo, que había llegado por primera vez en Brasil,  al  desempleo cero, en diciembre de 2014. Además del establecimiento de un gobierno ilegítimo, se reanudó el modelo económico derrotado en las elecciones cuatro veces seguidas. Brasil entró en un período de retrocesos políticos, económicos y sociales, con recesión, desempleo y un gobierno sin legitimidad.

La estrategia de guerra híbrida, que distorsiona la democracia liberal desde adentro, supone el mantenimiento del proceso electoral. De ahí las nuevas operaciones golpistas, contra la candidatura de Lula y Haddad, que condujeron, a través de monstruosas manipulaciones, a la elección de Bolsonaro. El impeachment en contra de Dilma Rousseff, de hecho, un golpe de estado, dio origen al gobierno ilegítimo y la restauración neoliberal de Temer, y al gobierno trágico de Bolsonaro, que profundiza este modelo, además de otras políticas desastrosas. Brasil pasó del momento más virtuoso de su historia al más catastrófico, con el golpe de estado de hace cuatro años.

Desde hace varios meses, el tema del juicio político de Bolsonaro ha estado en el centro de la política y es tema en los medios de los grandes empresarios. La presentación de la grabación de la reunión del 22 de abril agrega algo que todos sabían, pero que ni siquiera Moro había mencionado. Preocupado por controlar a la Policía Federal en Río de Janeiro, se sabía que era para proteger a su familia de todos los procesos que corren en su contra y comprometen al propio presidente. La grabación de la reunión gubernamental,  es una prueba evidente de que este es el interés de Bolsonaro: aprovechar su posición como presidente para renunciar y nombrar, de acuerdo con sus intereses personales, con la intención de desviar las condiciones para investigar procesos en contra de sus hijos. Bolsonaro quería destruir la grabación, no pudo y hoy se ha revelado la conversación de él con Moro. Además de otras partes donde él y algunos ministros suyos profieren malas palabras en contra de China, del Poder Judicial, de gobernadores y de alcaldes, basta ese tramo, para dejar al presidente en situación muy difícil

¿Qué puede pasar a partir de ahora? Bolsonaro tiene la intención de protegerse con el Fiscal General de la República, para no caer directamente en manos del Supremo Tribunal Federal.  La difusión del video, con voz e imagen, será devastadora para la imagen de Bolsonaro. Agréguese a eso la situación completamente descontrolada de la pandemia, con la ausencia total del gobierno para tomar medidas para enfrentar los sufrimientos de los brasileños. Además del desastre económico que existió antes de la pandemia, agravada por la imagen de Brasil como el nuevo epicentro de la epidemia en el mundo, que hará que cualquier tipo de llegada de inversiones sea aún menos posible, en contra de las vanas palabras de Paulo Guedes.

Una tormenta perfecta, que carecía del clima favorable para la impeachment. A ver en qué medida estas nuevas circunstancias acelerarán la pérdida de apoyo del Bolsonaro, que aún goza de un apoyo ahora más bajo del 30%. Pero estas declaraciones en la grabación podrían ser el desencadenante de todo lo que se ha estado acumulando contra Bolsonaro, haciendo que una nueva acusación, exactamente cuatro años después de la otra, sirva para cerrar este terrible período de la historia brasileña.

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).
  https://www.alainet.org/es/articulo/206533

miércoles, 29 de abril de 2020

Bolsonaro pierde sus torres gemelas



Jair Bolsonaro llegó al gobierno con la promesa de mantener y profundizar el modelo neoliberal y de intensificar la lucha contra la corrupción. Con la primera ha ganado el apoyo del gran empresariado y de los medios. Con los segundos dio el pretexto para quienes, en verdad, lo que querían, era un pretexto para impedir que el Partido de los Trabajadores (PT) volviera al gobierno.
Esta semana las dos promesas se han diluido. Frente a la profunda recesión y el aumento del desempleo –que ya existían antes de la pandemia, pero que se han multiplicado–, un grupo de ministros, coordinado por el militar que aparece como sustituto, en la práctica, del presidente Bolsonaro, el general Walter Souza Braga Neto, ha presentado un plan de recuperación económica, en la dirección opuesta a la política de Paulo Guedes, aún ministro de Economía.
Ese plan atiende una necesidad evidente de que inversiones estatales sean las decisivas para contrarrestar la recesión y apuntan a una recuperación de la economía en la dirección opuesta a la de Guedes. Éste considera que deben ser inversiones privadas más la utilización de las enormes reservas que los gobiernos de PT acumularon. Paulo Guedes ha manifestado su contrariedad, por el carácter de ese plan, así como por su ausencia en la presentación del plan. Ello es señal clara de que uno de los pilares del gobierno, la política neoliberal y el ministro que la encarna, ya son cosa del pasado. Todos los indicios apuntan a que la trayectoria de Guedes en el gobierno llega a su final, junto con su política.
El enfrentamiento que ha llevado a la dimisión de Sergio Moro del Ministerio de Justicia, coloca en jaque el otro pilar del gobierno –la lucha contra la corrupción. Más allá de que tantos otros fenómenos ya habían denunciado la falsedad del compromiso de Bolsonaro en la lucha en contra la corrupción, Moro representaba en el gobierno esa lucha. Su salida significa que ese compromisso formalmente deja de existir.
Aún más por las causas de la dimisión y por las revelaciones de Moro sobre comportamientos de Bolsonaro. Él ha alegado varias causas para salir; primero el no cumplimiento de dar carta blanca para nombrar los cargos vinculados al Ministerio de Justicia, entre ellos, antes de todo el de director de la Policía Federal, ahora destituido por Bolsonaro sin consulta a Moro. En segundo lugar, los criterios políticos para destituir y nombrar un cargo tan importante. Tercero y, tal vez, más importante, la confesión de Bolsonaro a Moro de que anda muy preocupado por procesos en el Supremo Tribunal Federal, en particular ha mencionado un proceso directamente en contra de su hijo. Asimismo, señaló a Moro que necesita un director de la Policía Federal con el cual pueda hablar directamente por teléfono, obtener informaciones, tener acceso a procesos, una actitud que hiere directamente la autonomía de la Policía Federal.
Detrás de la dimisión del director de la Policía Federal está la preocupación de Bolsonaro con procesos contra sus hijos, en distintos ámbitos. La actitud de Bolsonaro, nombrando para director de la Policía Federal a una persona directamente vinculada a él, confirma a intervención política.
Bolsonaro pasó a ser acusado de falsedad ideológica (firmó como si Moro hubiera firmado la destitución del director de la Policía Federal, desmentido por Moro), de obstrucción de justicia (al querer nombrar directos de la Policía Federal sometido a él), y de crímenes de responsabilidad (por el conjunto de irregularidades).
Bolsonaro ha hecho un movimiento de reacercamiento con partidos de la derecha tradicional en el Congreso, para ganar votos e impedir que sea posible la aprobación de un voto de impeachment en contra de él, que necesitaría dos tercios de votos. De ahí que necesitaría sacar a Moro y al director de la Policía Federal, para poder prometer a aquellos partidos de que los procesos de corrupción en contra de ellos –así como en contra de los hijos de Bolsonaro– no avancen.
Pero los pronunciamientos de personas del Poder Judicial revelan que esa puede ser la vía para un proceso por crímenes de responsabilidad en contra de Bolsonaro. El clima de revuelta en contra del presidente se hace más fuerte porque él provoca crisis políticas en el país, en un momento especialmente difícil de los efectos graves de la pandemia en Brasil.
Bolsonaro se cree fuerte, porque tiene el poder de destituir y de nombrar, aun a los ministros de más popularidad de su gobierno, como el de Salud y el de Justicia. Pero si ello demuestra fuerza respecto a esos ministros, su gobierno se debilita. La misma ala militar del gobierno discute si sigue con él o si se sale. El gobierno de Bolsonaro pasa a otra fase, en que, a lo mejor, será su fase final.

sábado, 25 de abril de 2020

Sin comando, Brasil pierde la lucha contra la pandemia



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Foto: https://www.diariocolatino.com

La lucha contra la pandemia, como cualquier gran lucha, es una lucha política. No en el sentido de disputa política, de partido o electoral o de una disputa menor entre supuestos líderes políticos.

Es una lucha política en el sentido de que, en primer lugar, solo movilizando a todas las fuerzas del país, se podrá enfrentarla con éxito. Política, porque para eso necesita un comando fuerte, claro, respetado por el país. Política, en el sentido de definir su máxima prioridad en relación a todas las demás actividades nacionales, que necesita los recursos, la atención, el personal, las condiciones de acción, la movilización de la voluntad nacional para enfrentar y triunfar en esta lucha.

Antes de la pandemia, el gobierno de Bolsonaro ya había fracasado. El saldo del primer año a nivel económico, una prioridad para el gobierno, había sido desastroso. A pesar de la creación de las mejores condiciones para que los empresarios inviertan, con desregulación, con ricos recursos económicos, con una violación brutal de los derechos de los trabajadores, con una prioridad escandalosa a favor del capital especulativo, contra el productivo y los trabajadores, el saldo del primer año fue catastrófico. Crecimiento cero, desempleo de 12 millones de personas, 38 millones en precariedad, hambre, miseria, personas abandonadas en las calles en aumento exponencial. Nadie previó nada mejor para el segundo año.

El estilo de acción totalmente inadecuado para el puesto, la incapacidad de unir incluso a aquellos que lo apoyaron y lo eligieron, la incapacidad de mantener una mayoría en el Congreso, los ataques al Poder Judicial, el Parlamento, los medios de comunicación, a la oposición, a países fundamentales para Brasil, como China, la mala relación con los países vecinos, la vergonzosa adhesión subordinada a los Estados Unidos -  todo lleva a la condena al presidente por su incapacidad para gobernar el país.

 La llegada de la pandemia encuentra al país sin comando político, con el Estado debilitado, junto con todos los servicios de salud, con el gobierno desmoralizado frente a la población, en las peores condiciones para enfrentar un desafío como el que plantea la pandemia. Una batalla en sí misma difícil, que necesita luchar con todo lo que el país tiene, para superarla. Las debilidades de Bolsonaro y su gobierno amenazan con ser fatales para el resultado de esta batalla. Los servicios médicos brasileños se comportan de manera heroica y ejemplar, sacrificándose en condiciones de trabajo difíciles e imprudentes, los programas públicos de salud se imponen una vez más como el mejor instrumento para combatir las amenazas que sufren los brasileños.

Pero Brasil está perdiendo la lucha contra la pandemia, debido a la falta de comando político. En lugar de priorizar esta lucha sobre cualquier otra cosa, Bolsonaro se dedica a debilitar la voluntad nacional para resistir la pandemia, con comportamientos irresponsables, con llamados contra el aislamiento social, con desvío de acción a disputas menores, que en lugar de fortalecer el comando político, lo debilita, en medio de la batalla, demostrando que incluso como militar, que él  dice está orgulloso de ser, es un militar incompetente, que no se impone a sus propias tropas, que  divide en lugar de unir, que desmoraliza en lugar de fortalecer moralmente a los brasileños, lo que desvía la atención de la más alta prioridad a cuestiones menores, que le interesan como político de quinta categoría, que no sabe qué es gobernar, mandar, presidir Brasil.

Bolsonaro no está a la altura del desafío que Brasil enfrenta y, por esta sola razón, ya merecería ser removido de la presidencia del país. Porque sabotea en lugar de fortalecer la lucha contra la pandemia. Porque, cínicamente, él, que produjo y mantuvo el desempleo y la precariedad, temas que nunca antes había mencionado, trata de apelar a este problema, que nunca enfrentó, para alentar a las personas a salir a la calle a buscar el sustento del que dependen para sobrevivir. La ayuda ridícula, que llega a los necesitados tarde, mal y nunca, es el gran incentivo para que las personas no obedezcan el aislamiento social y prefieran asumir riesgos de salud en lugar del sufrimiento del hambre diario. Cuanto peor vive la población, más sabotea el gobierno el aislamiento y aún quiere usarlo para obtener ganancias políticas inmediatas.

Brasil enfrenta una lucha que definirá el destino del país para la primera mitad del siglo, con la falta de comando político. La gente sufre mucho más de lo necesario, las muertes se multiplican más de lo inevitable, debido a la falta de comando. El mes de mayo se anuncia como catastrófico para el país, sin que exista un plan extraordinario de recursos para enfrentar el caos que se anuncia.

Sería una derrota que condenara Brasil a problemas difíciles de superar en el futuro, debido a la incapacidad, la irresponsabilidad, la falta de carácter de quien están en la presidencia de la república y demuestra, incompetencia para liderar al país en un momento decisivo.  No tiene sentido hacer que la pandemia se convierta en el principal responsable de esta derrota y de las duras consecuencias que Brasil y su gente ya pagan y pagarán aún más en el futuro. ¡Las ollas que suenan todas las noches a las 20,30 horas son un grito desesperado de Fuera Bolsonaro! Las fuerzas políticas tienen que encontrar la manera de llevar a cabo este deseo nacional y organizar un comando político en línea con los enfrentamientos decisivos actuales. Todavía es hora de revertir esta pelea, en la que todos los brasileños están perdiendo. No habrá perdón si el país deja pasar el tiempo, con más vidas humanas perdidas, más sufrimiento para los brasileños, más desmoralización, depresión y desánimo para todos.

Brasil aún puede revertir esta batalla de la que dependen su presente y su futuro. Con la actual falta de comando, está condenado a la derrota. Y Brasil no merece esa derrota, el país tiene los recursos para revertir esta lucha y triunfar sobre ella.

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).



https://www.alainet.org/es/articulo/206045  

sábado, 11 de abril de 2020

Bolsonaro, debilitado, permite la militarización del gobierno


Fuentes: Rebelión

No hay vacío en la política. Siempre que hay vacío, hay instituciones que tratan de llenarlo. Cómo las FFAA brasileñas lo hicieron en 1964 y se proponen hacerlo de nuevo.
En 1964 las FFAA crearon ese vacío para poder intervenir, actuando fuertemente para erosionar al ya débil gobierno de João Goulart. Apoyados en la Doctrina Seguridad Nacional, han erosionado la legitimidad del gobierno y dieron el golpe, en sustitución de los ineptos políticos tradicionales y sus partidos.
Ahora, de nuevo, los partidos tradicionales entraron en crisis, derrotados sistemáticamente por el PT. Bolsonaro se há aprovechado de la nueva crisis de los partidos tradicionales para proponerse como alternativa Fue un buen candidato para la derecha, el único que tenía un fuerte apoyo en las encuestas, gracias al apoyo de las bases tradicionales del PSDB, que se habían radicalizado hacia posiciones de extrema derecha. Con eso, Bolsonaro era la única apuesta posible de la derecha para establecer una maniobra monstruosa, que terminó llevándolo a ganar las elecciones, aunque de forma fraudulenta.
Su estilo salvaje y agresivo, grosero, proyectó una imagen de líder popular. Designó a un ultraneoliberal en economía para garantizar el apoyo de los grandes empresarios Se presentó como la única posibilidad de evitar que el PT volviera al gobierno. Articuló manipulaciones gigantescas, ante la complicidad del poder judicial y los medios de comunicación, logrando de ese modo dar el salto al gobierno.
Fue un buen candidato para la derecha, pero no es un buen presidente. No suma, al contrario, se está mostrando como un elemento clave en la descomposición del gobierno.
Se acercó al ejército para contar con su apoyo y con personal para ocupar puestos estatales. También para contar con una institución comprometida con la represión y la defensa del orden. Conforme Bolsonaro fue perdiendo apoyo, incluso entre los suyos, el gobierno fue llenándose cada vez más de militares, tanto en activo como en la reserva. Hoy componen el gobierno, mientras que Bolsonaro se vacía, pierde apoyo y pierde capacidad de acción, situación aún más grave por la pandemia que se extiende por todo el país. El vacío de la capacidad de gobernar de Bolsonaro ya ha sido cubierto por los militares, cada vez más comprometidos, incluso como institución, con ese gobierno.
Para evitar la delicada operación de sustitución de Bolsonaro por su vice, Mourão, el gobierno se militariza cada vez más. Los militares ejercen su poder de veto de acciones gubernamentales y son el único núcleo capaz de dar un cierto grado de cohesión y acción al gobierno, un gobierno completamente perdido por la misma acción disgregadora de Bolsonaro.
No es la mejor alternativa para las FFAA, pero fue lo que les tocó y no van a desaprovecharla, teniendo como objetivo mantener al gobierno, modificado o no, y la construcción de una institucionalidad que trata de prevenir el regreso del PT al gobierno. Con el colapso del gobierno de Bolsonaro, que pierde no solo apoyo popular, sino que también perdió el apoyo de los medios de comunicación y de grandes sectores de la clase media, los militares se vuelven estratégicos, una condición de gobierno, al convertirse en su columna vertebral.
Un proceso que choca frontalmente con la restauración de la democracia. La militarización del gobierno es el principal obstáculo para el regreso de la democracia al Brasil. Un gobierno sin legitimidad, sin capacidad de gobernar, que se desintegra cuando debería dirigir el país en una crisis tan grave como esta, abre el camino a la instauración del poder militar dentro del Estado.
Si hay ya un comando establecido para sustituir en la práctica a Bolsonaro, son especulaciones; pero como se dice en italiano: ‘Si non è vero, è bene trovatto’.

sábado, 22 de febrero de 2020

El neoliberalismo necesita militarización


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En el estado liberal clásico, la FFAA tenían la función de garantizar la soberanía nacional, proteger sus fronteras y liderar posibles guerras contra otros países. La representación política estaba reservada a los partidos.

Pero, con el tiempo, la FFAA se han convertido en una reserva de agente político para las clases dominantes. El caso del golpe de estado en Brasil, en 1964, se volvió típico, en el marco de la guerra fría y la Doctrina de Seguridad Nacional, asumida por la FFAA, a través de la Escuela Superior de Guerra, desde su fundación a fines de la década de 1940. A medida que el campo popular ascendía, a lo largo de la década de 1950 y principios de la década de 1960, la capacidad de la derecha de actuar a través de sus partidos tradicionales se debilitó - especialmente después del fracaso del gobierno de Jânio Quadros -, se pidió a la FFAA que intervinieran, rompieran con el proceso democrático y establecieran una dictadura militar que duraría más de dos décadas.

Después de agotar este régimen, el proceso de transición democrática en Brasil no representó una derrota política abierta para las FFAA en nuestro país, al contrario de lo que sucedió en Argentina, Uruguay y Chile. Las FFAA han tenido que retirarse de la militarización del Estado con el que habían desempeñado un papel destacado en la historia política brasileña. Pero nunca asimilaron la democratización del país, la han tolerado impotentes para evitarlo, y, sobre todo, nunca han hecho autocrítica de todo lo que habían hecho durante la dictadura.

No fue casualidad que la Comisión de la Verdad representara un duro golpe para la imagen de la institución. En la transición democrática, las FFAA habían logrado imponer su amnistía, que incluía el crimen de tortura que no prescribe.

El carácter negociado de la transición, reflejado en la derrota de la campaña por elecciones directas para presidente de Brasil y en el papel central del Colegio Electoral, que produjo la fusión entre lo viejo y lo nuevo, con la elección de Tancredo-Sarney, conservó la amnistía impuesta por la FFAA.

La Comisión de la Verdad se volvió inaceptable para la FFAA, porque se abrió ampliamente a toda la sociedad, la represión sistemática puesta en práctica por la dictadura, incluida la tortura como un método reiterado de acción por parte de los militares.

Los testigos de sus víctimas revelaron a la sociedad, con nombres y rostros, las monstruosidades cometidas por las FFAA. Varios oficiales de alto rango revelaron su incomodidad, nunca pudieron contrarrestar las denuncias incuestionables. Las persecuciones políticas y legales que lanzó la derecha para tratar de desalojar al PT del gobierno, después de haber agotado los intentos de hacerlo democráticamente, con las repetidas derrotas electorales de los tucanes, fueron acompañadas por declaraciones con el tono de amenazas por parte de oficiales de la FFAA.

En vísperas del juicio de hábeas corpus a Lula por parte del STF, el jefe del Ejército hizo una declaración amenazante, que tuvo un efecto en la decisión negativa del Poder Judicial. Más tarde justificaría esa declaración, alegando que, sin ella, "el proceso se habría salido de control". Se refería, por supuesto, a la libertad de Lula y su papel en el control del proceso político hasta los límites que consideren convenientes.

El gobierno de Temer, establecido por el golpe de estado de 2016, retomó de inmediato lo fundamental a la derecha, el modelo neoliberal, pero gobernó con los partidos tradicionales de la derecha. El gobierno de Bolsonaro tenía la intención de presentar una imagen de independencia de estos partidos. Inicialmente, su gobierno estaba respaldado por tres ejes: la política económica ultraliberal (que garantiza, hasta hoy, el apoyo de los grandes empresarios), la del estado policial de Moro (que tenía la intención de transformar Lava Jato en una política estatal, un proyecto debilitado hoy) y miembros de la FFAA. Estos eran indispensables porque, a diferencia de Temer, Bolsonaro no tenía un partido sólido, que se ha desmantelado con el tiempo. Luego, los militares asumieron una gran cantidad de cargos gubernamentales, incluso en el Palacio do Planalto. Asumieron con los rasgos de una corporación, pero no de cualquier corporación, sino de una que concentra el uso de la fuerza militar, y que representa los valores del orden y la jerarquía. Su discurso siempre ha seguido garantizando la lucha contra la "subversión", identificada en los movimientos sociales y los partidos de izquierda.

El personal militar perteneciente a unas FFAA desmoralizado por la democratización del país, el éxito de los gobiernos de izquierda y las revelaciones de la Comisión de la Verdad, se ha unido cada vez más a un gobierno elegido por la judicialización de la política y la manipulación del proceso electoral. Sin ideología o un proyecto político, aparte del control del proceso político en manos de la oligarquía, no dudaron en unirse al gobierno, individualmente. A medida que el presidente se debilitaba, debido a su incapacidad innata para agregar, priorizar y gobernar, surgió la opción del derecho de sustituir al presidente por el vicepresidente, Bolsonaro decidió dar una demostración de fortaleza, que él es el jefe del gobierno, y despidió a varios militares. Los que quedaron fueron debilitados.

Pero a medida que el gobierno perdió el apoyo de muchos de sus promotores y el apoyo popular, a medida que el desgaste de las acciones del presidente y sus hijos, involucrados en la corrupción y otros crímenes, se intensificó, el presidente decidió reanudar el proceso de militarización del gobierno.

El modelo neoliberal ha perdido capacidad hegemónica, es incapaz de obtener bases de apoyo social que le den estabilidad, como lo demuestra el desgaste acelerado del gobierno de Macri en Argentina. Gobierna de acuerdo con los intereses del capital financiero. Una política que promueve la especulación financiera, sin favorecer ni la producción ni la creación de empleo. Es una política que reproduce sistemáticamente la exclusión social y que, por lo tanto, requiere represión, políticas de dominación, ya que no tiene capacidad de persuasión y conquista estable de las bases de apoyo popular.

Los FFAA son una garantía de resistencia contra el retorno del PT al gobierno, contra el protagonismo de los movimientos sociales. Representan una reserva de cuadros para un gobierno que no tiene partido y como reserva para la represión. Pero el ejército no está hecho para gobernar, en el sentido de convencer, dialogar, vivir con diferencias, discutir ideas. Están hechos para mandar (como las escuelas militares deben entrenar a los jóvenes para la guerra, a diferencia de otras escuelas, que sirven para formar a los jóvenes para la libertad, la democracia, la convivencia con la diversidad, el aprendizaje con el conocimiento). Tendrán dificultades para dialogar con el Congreso, enfrentar críticas, vivir con movilizaciones populares.

Pueden representar una mayor dosis de pragmatismo en el gobierno, reemplazando o silenciando a los ministros habladores, incompetentes y mediocres, buscando una mayor efectividad, tal vez incluso del ministerio de economía, educación y asuntos exteriores. Pero tendrán que vivir con el comportamiento intransigente del presidente y las acciones de las milicias de sus hijos. Tienen una dura prueba política. Quizás sea la última carta de ese gobierno. Que necesita militarización, pero que pierde aún más capacidad política de dirección. Nadie puede extraer agua de la piedra y, al sentarse en las bayonetas, también corre el riesgo de ser víctima de ellas.

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).
 https://www.alainet.org/es/articulo/204818

martes, 18 de febrero de 2020

¿Por qué Davos ha sobrevivido a Porto Alegre?



El Foro Económico Mundial de Davos reinaba soberano en los años de predominancia eufórica del neoliberalismo en el mundo. Era la expresión del impresionante éxito con que surgía el modelo neoliberal en todo el mundo.
Fue escenario previo a la vuelta de página más impresionante en el mundo, desde las reacciones a la crisis de 1929. Pero, a diferencia de aquel momento, que decretaba el funeral del liberalismo, considerado responsable por la crisis, esta vez era el renacimiento del liberalismo, bajo nueva forma, pero reafirmando sus principios básicos.
La emergencia espectacular del neoliberalismo, cargando consigo no solamente a la derecha conservadora tradicional, sino también a las corrientes socialdemócratas e incluso a fuerzas nacionalistas. La tan pregonada superación de la polarización entre derecha e izquierda parecía concretarse, así como el fin de la historia y la imposición transversal del Consenso de Washington.
En aquel momento, lo máximo que se lograba era hacer manifestaciones frente al Foro de Davos, que era la vidriera mundial de las grandes personalidades globales. Máximo se lograba reunir un cierto número de personas abajo, mientras los otros subían hacia Davos y ocupaban los grandes espacios de los medios del mundo.
De repente, conforme fueron surgiendo crisis en gobiernos neoliberales –México, Brasil, Argentina y Corea del Sur, entre otros– se hizo posible levantar, modestamente, banderas alternativas. El mismo lema con que lanzamos el Foro Social Mundial (FSM) de Porto Alegre, apenas apuntaba a que Otro mundo es posible, simplemente contradiciendo la idea de que la historia tendría un solo cauce. No se decía qué mundo era posible, a pesar de que se anunciaba que otro mundo, distinto al del neoliberalismo, era posible.
Convocamos al Foro Social Mundial de Porto Alegre, para congregar a todos los que discrepaban del Foro Económico Mundial de Davos. La contraposición entre lo social y lo económico ya indicaba un horizonte distinto entre los dos Foros.
La ciudad de Porto Alegre fue escogida, en primer lugar, por estar en el sur del mundo. En segundo, porque Brasil era el país de una izquierda que resistía al neoliberalismo, con el PT, la CUT, el MST y Lula. En tercer lugar, porque Porto Alegre proponía una forma distinta de administración pública con los presupuestos participativos.
Cabían fuerzas distintas, de movimientos sociales a ONG, pasando por inteletuales europeos, estadunidenses, latinoamericanos, asiáticos y africanos. Pero la carta aprobada por el FSM ya enunciaba sus límites, expresos en la ausencia de partidos políticos. Era la influencia liberal, promovida por las ONG y por intelectuales del norte del mundo, que terminaría condenando el futuro del FSM.
Había una identificación con la sociedad civil, en contraposición al Estado, repitiendo lo esencial del pensamiento liberal. El antiestatismo era el responsable por la ausencia de partidos políticos y, más tarde, de los gobiernos antineoliberales latinoamericanos.
El pensamiento que proponía cambiar el mundo sin tomar el poder, de John Holloway, intelectual europeo identificado con el zapatismo; las tesis de Toni Negri que condenaban al Estado como fuerza conservadora; las posiciones de algunos intelectuales europeos, como Boaventura de Sousa Santos, entre otros, que proponían la centralidad de la sociedad civil en contra del Estado, asumidos por gran parte de las ONG, se han impuesto y condenado el FSM a la intrascendencia y a la impotencia.
Fuerzas políticas que se han adherido a la polarización sociedad civil/Estado, que la han propugnado mediante las tesis de la autonomía de los movimientos sociales, renunciando a la disputa hegemónica en la sociedad, como los piqueteros argentinos y el zapatismo mexicano, han desaparecido o han perdido fuerza.
Pero la lucha antineoliberal avanzaba y seguía por otras vías. La elección de gobiernos como los de Hugo Chávez, Lula, Néstor Kirncher, el Frente Amplio, Evo Morales y Rafael Correa, apuntaba cómo la superación del neoliberalismo necesitaba del Estado. ¿Cómo promover la centralidad de las políticas sociales, sin gobiernos que se valieran del Estado para ponerlas en práctica? ¿Cómo afirmar la solidaridad internacional entre esos gobiernos, sin un Estado fuerte? ¿Cómo financiar las políticas sociales sin bancos estatales fuertes?
Mientras las corrientes predominantes en el FSM se confundían con las tesis del Estado mínimo del mismo neoliberalismo, gobiernos antineoliberales fortalecían al Estado y avanzaban en la construcción de políticas sociales, de desarrollo económico y distribución de renta, de soberanía externa.
En un mundo en que el neoliberalismo se ha agotado, se podría esperar que el FSM de Porto Alegre representara el antineoliberalismo. Pero el FSM ha prácticamente desaparecido, por las posiciones políticas equivocadas que han predominado, mientras el FEM de Davos se flexibilizaba, para incorporar temas ecológicos y hasta de lucha en contra la desigualdad. Las fuerzas que representan el proyecto original de Porto Alegre son partidos políticos, gobiernos y Estados democráticos y populares.