Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.
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jueves, 5 de enero de 2017

Guatemala, Finlandia y el sentido de educar

  Image result for educacion en guatemalaCarolina Escobar Sarti
¿Hacer tareas hasta el agotamiento, luego de horas de clases, sirve para educar a alguien? ¿Que un niño de siete años se levante a las 4 de la mañana todo el año para ir a estudiar y regrese a casa a las 5 de la tarde, es educar? ¿Que se aprenda de memoria todos los accidentes geográficos, pero no sepa contar cuál ha sido la historia de su país, es educar? ¿Que su maestro lo ponga a hacer sus mandados o a limpiar la escuela y le deje las tareas para la casa, es educar? ¿Qué clase de país se forma cuando un 5 por ciento de su niñez tiene educación de buen nivel, mientras el 95% restante es formado para la mediocridad o menos que eso?
El sistema educativo de las últimas décadas en Guatemala ha fallado. Durante los últimos años he conocido niñas y adolescentes de toda Guatemala a, a quienes damos educación formal. He visto de frente la pésima educación de un amplio sector de la población. Que existan unos pocos colegios de buen nivel no significa que estemos bien. Hemos fallado, porque la educación no es la prolongación de un manual de urbanidad y buenas costumbres, ni la respuesta mercantilista para la competencia y el trabajo. La educación es para la vida.
La educación en Finlandia, considerada la mejor del mundo, se basa en: 1.) Los docentes son profesionales valorados y reconocidos socialmente, pero obtener el título es un proceso exigente y largo. 2.) La educación es gratuita, obligatoria y accesible a todos entre los 7 y 16 años, y debe ser impartida por centros públicos. No se paga por los libros ni por el material escolar, y todos los niños/as reciben una comida caliente al día, también gratuita. Si el niño vive a más de 5 km del centro escolar, el municipio organiza y paga el transporte. 3.) Se reparte el dinero público de forma equitativa; hay una base de subvención común para todos los centros educativos, pero la cifra final varía si hay alguno con más carencias que el resto. 4.) El currículo es común, pero cada escuela diseña y organiza la planificación según sus particulares objetivos. 5.) Desde los primeros cursos se interviene para apoyar a cada alumno/a según sus capacidades y ritmos de aprendizaje. Nada de pruebas y actividades estandarizadas. Los profesores conocen bien a sus alumnos. 6.) Los alumnos tienen tiempo para todo, también para el juego y el descanso. Los niños no comienzan el colegio hasta los 7 años, las jornadas lectivas son más cortas, los estudiantes de primaria tienen solo 3 - 4 clases por día, con descansos de 15 minutos entre cada una, a los que se suma el descanso para comer. Apenas hay deberes, y el trabajo se hace en clase, no en casa. 7.) El tiempo que los profesores pasan en el aula es más reducido y destinan más a prepararse, investigar, organizarse o trabajar con otros docentes. 8.) Se evita la competencia y las cifras; los estudiantes no hacen exámenes ni reciben calificaciones hasta 5º grado, y los informes que el profesor elabora para los padres son descriptivos, no numéricos. 9.) Se premia la curiosidad y la participación. Se fomentan la creatividad, la experimentación y la colaboración por encima de la memorización y las lecciones magistrales. 10.) La sociedad considera que la educación es fundamental y las familias la complementan con actividades culturales. Padres y madres reciben ayuda para que puedan disponer de más tiempo con sus hijos.
Educar no hace referencia a un manojo de contenidos entrando en la cabeza de alguien, como si esta fuera una pelota a la que se le abre un agujero y se le rellena de aserrín. Tampoco interesan las hedonistas enciclopedias ambulantes. Veo a la educación como el movimiento permanente que desafía a toda una sociedad, en la cual habrá siempre alguien que guía y nutre intelectual, moral y físicamente a otro ser humano, estimulándolo y desafiándolo constantemente a ser un protagonista de su propio proceso formativo. Y no, no me quiero ir a Finlandia. Quiero que en Guatemala se viva la educación de otra manera.


viernes, 9 de diciembre de 2016

La libertad no se alcanza en el mall

Image result for funeral fidel castro plaza de la revolucionCarolina Escobar Sarti
Ha muerto Fidel, y el tema de la libertad vuelve a la superficie del mundo. Frente a esto, y viviendo en Guatemala, hay preguntas que surgen, entre muchas más que quedan pendientes. ¿Cuán libre es una persona que no sabe ni siquiera escribir su nombre o leer el de otra? ¿Cuán esclavo es quien no puede salir de su país? ¿Cuán libre es quien no puede elegir a sus gobernantes o quien vota pero realmente no elige? ¿Cuán esclavo es quien camina con miedo por las calles de su ciudad o los caminos de su aldea? ¿Cuán libre es quien no tiene dinero para comprar la medicina que necesita, aunque tenga diez marcas entre las cuales elegir? ¿Cuán libre es quien nunca ha podido plantear, cuestionar o debatir una idea? ¿Cuán libre es quien vive en una ciudad donde hay cuatro centros comerciales en un radio de cinco kilómetros, pero no tiene cómo comprarse un pan o ir a un hospital donde le traten con dignidad?
A la palabra libertad la han convertido en una meretriz prisionera. Elegir una marca de jabón por encima de otra no nos hace libres; la libertad es otra cosa. Es, esencialmente, vivir sin miedo. Por eso, cuando se habla tan apasionada y estrechamente de las dictaduras, desde cualesquiera de las catedrales del pensamiento binario, queda una sensación de incomodidad. A mí no me gusta ninguna dictadura, ni las del capital, ni las mediáticas, ni las de facto. Tampoco soy adepta de ninguna orden religiosa, política o de otra índole, que me lleve al endiosamiento o satanización, a partir de dogmas que no pueden cuestionarse. Así que Fidel no es para mí ni Dios ni diablo. Reconocimiento no es idolatría. No es para mí el asesino que se ha vendido en los grandes medios de comunicación desde hace 50 años o el impoluto hombre que jamás cometió errores. Es un indiscutible estadista y líder de la historia política del mundo contemporáneo, a quien el poder también doblegó e hizo dictador. No soy tibia por no complacer a los reaccionarios de derecha e izquierda, y sé que sería más fácil meterme en gavetas donde las recetas ideológicas están ordenadas y listadas. Me considero, en primer lugar, una humanista y una mujer que piensa por sí misma, siempre escuchando las voces del mundo. Y desde allí leo lo que pasa.
Me llamó la atención que muchas estatuas de dictadores han sido derribadas por los pueblos sometidos, al momento que estos mueren o caen. A Fidel lo despidieron millones de personas al grito de ¡Yo soy Fidel! Esto tiene algo que decirnos, al mismo tiempo que afirma los resultados de las reconocidas políticas sociales implementadas en la isla y su solidaridad con otros países del mundo. En ese sentido, Cuba ha sido un país de vanguardia y ha ido moviéndose al ritmo de la gran historia desde que enfrentó, entre 1960 y 1962, a un Estados Unidos que le impuso el bloqueo comercial, económico y financiero. En todos estos años, Fidel fue convertido en una leyenda, para bien y para mal.
Es cierto, muchos cubanos se han ido a Estados Unidos buscando la “libertad”. Pero es insuficiente argumento para describir una dictadura. De Guatemala también se han ido casi dos millones de guatemaltecos buscando el sueño americano. Aunque no haya sido por razones estrictamente políticas, de acá se siguen yendo por todas las otras razones, como ahora huyen tantos de muchos países “democráticos”. Teóricamente, Guatemala es una democracia, pero estamos en los primeros lugares mundiales de violencia, desigualdad, impunidad, inseguridad, corrupción, desnutrición, falta de educación y salud. Podemos salir cuando querramos y tenemos “malls” hasta para tirar, pero a la mayoría no le sirve. Por otra parte, es innegable el control que el gobierno cubano tuvo y tiene sobre su ciudadanía, pero recuerdo que Snowden y Assange le mostraron al mundo cómo lo hace Estados Unidos. Y acá tampoco salimos inmunes de esa práctica de Estados totalitarios y policiales. En fin, la libertad sigue siendo para muchos el horizonte, así que nos corresponde entender qué significa, y sobre todo, entender que la libertad de pocos a costa de la esclavitud de muchos no es libertad.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Un himno no es la patria

 cescobarsarti@gmail.com
Escucho una versión reciente del himno nacional que circula en redes sociales y no puedo dejar de sentir que la música siempre toca emociones que tienen relación directa con la propia historia. Veo las antorchas en las manos jóvenes, y entiendo el sentido profundo del fuego en cada ritual que nos importa como humanos. Veo las banderas ondear en carros y edificios y entiendo el peso de lo simbólico. Pero veo este-que-aún-no-es-país y a sus millones de habitantes excluidos, y entiendo que la patria no es el lugar romántico de un día.
Un himno, una bandera y una antorcha son objetos neutros, y los cantan o usan por igual los corruptos, los opresores, los inocentes y los necios de la esperanza. Todos desde su propia intención. Amo y lucho en Guatemala porque estoy loca y soy masoquista, pero no me considero nacionalista ni patriota en el sentido tradicional. No mataría o daría la vida por símbolos vaciados de su contenido esencial. Sin embargo, por ejemplo, esos símbolos se llenaron de contenido en las manifestaciones de la plaza, a lo largo del 2015. Allí una bandera —junto a otras— significó para mí el país posible; un fuego encendido —junto a otros— fue interpretado como una luz que se colaba por la grieta de nuestra histórica oscuridad; y un himno —cantado junto a otros— se creció en expresiones como 
 “no profane jamás el verdugo;/ ni haya esclavos que laman el yugo/ 
ni tiranos que escupan tu faz”.
Lo simbólico es fundamental, y por eso en su momento señalé que haber elegido a Otto Pérez Molina tuvo no solo una implicación real de retroceso en nuestra historia política contemporánea, sino un peso simbólico innegable. Los símbolos son creados para promover identidad, en este caso, colectiva. Comenzaría por intentar repensar eso que algunos llaman “identidad nacional”.
Le pregunté en las elecciones pasadas a un señor de Huehuetenango por quién votaría; me respondió que le interesaba más la política de México que la de Guatemala. Así de lejos el Estado en tantos lugares del país donde la salud, la educación y el desarrollo no llegan. Así de ausente la conciencia de los grupos de poder que manejan los hilos de-este-que-aún-no-es-país. ¿Cómo hacemos, entonces, para generar una mayor identidad nacional sin acudir a campañas de bebidas carbonatadas ni a quinces de septiembre violentos pero con banderas?
Estamos en la intersección más sensible de nuestra historia contemporánea. Los caminos se abren por igual frente a nosotros, tanto los más oscuros como los posibles y luminosos, y el paso que demos definirá buena parte de nuestro futuro. El comisionado Iván Velásquez tuvo razón cuando dijo que Guatemala no ha llegado al punto de no-retorno; esto significa que no hemos alcanzado una práctica y un consenso social sobre el camino que debemos seguir para ser un país distinto. Y pocos creemos que si no comenzamos por la niñez, esto no irá a ninguna parte.
Seremos país algún día, pero hoy seguimos celebrando la emancipación económica de un pequeño grupo de guatemaltecos cansados de que la Madre Patria les cobrara impuestos. Nuestras cifras de desigualdad, desnutrición, impunidad, violencia, abuso sexual, inseguridad, muertes por causas prevenibles, falta de educación, y casos de corrupción, entre más, nos avergüenzan. Con todo, celebro a la juventud que levanta sus antorchas y cree, y a las personas que están sentando simbólica y formalmente, las bases de nuevos liderazgos éticos, sencillos, ilustrados y equilibrados. Caminando se hace país.
cescobarsarti@gmail.com

viernes, 15 de julio de 2016

ALEPH: Ese raro objeto llamado libro


Carolina Escobar Sarti

Siglo XXI. ¿Quién quiere leer libros en la era de la comida rápida y las ideas liposuccionadas? Consumir con gracia y rápidamente es lo propio de nuestro tiempo. La velocidad, la información y el espectáculo son lo primero, y nuestra prisa por vivir es nuestra misma prisa por morir. Somos tiempo. En un parpadeo, pasamos de la cuna al bastón sin darnos cuenta, por lo cual parecería un verdadero desperdicio pasar ese breve movimiento que es la vida leyendo libros de tiempos que ya fueron o no han sido, llenos de ideas que otras personas han pensado, sobre otros mundos que hasta tenemos que esforzarnos en sentir o imaginar.
Frente a la pantalla de una televisión de 52 pulgadas nos ahorramos el agotador ejercicio mental de imaginar la cara que puso Agustina cuando Daniel le contó que era su medio hermano. Vimos la gota rodar por su mejilla y hasta quisimos quitársela con nuestra mano, de tan real que se veía. La resolución de la imagen en las pantallas actuales es sencilla y maravillosamente fidedigna. En poco tiempo, incluso habitaremos un holograma y en él nos sumergiremos en el hermoso y calmado mar de una playa perfecta en un día soleado, sin siquiera mojarnos el cuerpo o quemarnos la piel. Y nos veremos leyendo un libro a la sombra de una palmera que jamás podremos abrazar. Así de maravilloso lo real-tecnológico.
Por su parte, ese raro objeto llamado libro puede llegar a ser un inquietante compañero en estos tiempos. En la mesa de noche, en el carro o la mochila, en una silente biblioteca, en cualquier anaquel o dentro de una tableta, los libros están allí para recordarnos que —ante ellos— somos una suerte de nómadas, siempre-extranjeros dispuestos al asombro, arqueólogos con ganas de desenterrar relatos. Hay miles de historias queriendo vaciarse, puertas queriendo abrirse, complicidades sin tiempo queriendo tocarnos, infinitos caminos intentando desandar los misterios del universo. El tema es que el trabajo lo tenemos que hacer nosotros; en el libro solo hay puntos, comas, letras, espacios, garabatos y silencios. Y aunque nos digan de qué color es la sangre que brotó de la herida que el cuchillo de Bruto hizo en el cuerpo de Julio César, yo la imaginaré más caliente y oscura que usted, y saldrá a borbotones o silenciosamente, según quién lea la historia. Tremendo esfuerzo ese de darle vida a los fantasmas de los libros, sobre todo si resulta que nos atrapan y nos volvemos inseparables.
Dicen que el tiempo pasa más lento cuando uno se aburre, y que en este tiempo no hay tiempo para perder el tiempo. Por ello suena aburrido eso de saborear libros enteros, cuando existen otras formas de más fácil y rápida digestión informativa. No hay vuelta atrás, hemos llegado a la era digital, y las redes nos regalan la ilusión de la satisfacción inmediata sin pedirnos piel, ni boca, ni demasiado análisis para compartirnos y vivir la ilusión de estar más cerca de los otros, en el menor tiempo posible. Hoy, el Facebook podría ser para algunos la novela donde todo cabe, el Twitter el lugar del cuento más corto, el Snapchat el nuevo arte efímero, y la metadata algo así como una especie de nueva poesía. Cabe no olvidar que, por siglos, los libros han hecho real la posibilidad de que las personas habitemos múltiples dimensiones, simultáneamente.
Nuestra intención humana de acercarnos a través del tiempo para hacernos especie va de las Cuevas de Altamira a las copias manuscritas de monjes y frailes en la Edad Media, hasta llegar a la imprenta de Gutenberg. Y del buen Gutenberg pasamos directo al formato digital. Aquí estamos, para constatar que la forma no importa tanto como nuestra determinación de nombrar el mundo y en él a nosotros mismos, con sentido de especie, de eternidad y de legado.
Así, llega a Guatemala una nueva versión de la Feria Internacional del Libro (http://www.filgua.com). Los protagonistas siguen siendo allí esos hospitalarios refugios de papel que cobijan personajes, narraciones y tiempos infinitos. Y nos esperan, porque sin nosotros no existen. Raros y cercanos amigos llamados libros. Cuestión de lanzarse al vacío y salirles al encuentro porque, como dijera alguna vez el poeta Paul Eluard, “hay otros mundos, pero están en éste.”
cescobarsarti@gmail.com

jueves, 30 de junio de 2016

Sin pacto, no hay futuro

Carolina Escobar Sarti
José es empleado de una empresa de seguridad privada. Como guardia recibe Q1,600 al mes, mientras que su empleador le cobra al cliente Q6,000 por cada guardia que le coloca. Cuando José sale del turno de 24 horas, va a trabajar como guardia de medio tiempo a un banco, para ajustar los centavos. Juana, su esposa, lava ropa ajena, oficio que se cuela entre su jornada de 18 horas diarias. Ninguno de los dos rebasa los 30 años de edad y tienen cuatro hijos.
José llegó a sexto primaria y Juana, a segundo. Su casa tiene paredes y techo de lámina y piso de tierra, como tenía la de sus abuelos y sus padres. Son la cuarta generación viviendo sin acceso real a oportunidades de desarrollo. Ellos quieren algo distinto para sus hijos e hijas, pero con tan malos trabajos, tan malos salarios, tan poca educación y familias sin pedigrí, la tienen difícil.
Todo este círculo de miseria e indignidad comienza en la niñez. Y los políticos de las últimas décadas no entienden que no han entendido. Creen que la niñez es una “cuestión de señoras”, un tema menor, una cosita sencilla que sirve bien para las fotos de campaña. Total, niños, niñas y adolescentes no votan; por lo tanto, no cuentan. El tema es que si el Estado de Guatemala, entendido como la integración de la sociedad civil y la sociedad política, no hace un pacto por la niñez y adolescencia del país, no tenemos futuro. Es simple, urgente e incuestionable.
“No puede haber una revelación má́s intensa del alma de una sociedad que la forma en la que trata a sus niños”, señaló Nelson Mandela. Guatemala estaba constituida en el 2014 (según Icefi) por cerca de 7.45 millones de niñ̃os, niñ̃as y adolescentes de entre 0 y 17 añ̃os. Esto significa casi la mitad de la població́n. Más de un tercio de ellos, menor de 6 años. Veamos cómo se fortalece un sistema de desigualdad y exclusión: según el mismo Icefi (2015), el 20% de los muchos millones que administran el Micivi, las municipalidades y los Consejos Departamentales de Desarrollo, tiene consecuencias sociales en la niñez (porque ese es el porcentaje tradicional de mordida). Solo esa corrupción hace que 2.6 millones de niñ̃os y niñ̃as de los niveles preprimario y primario no tengan acceso a la educación; que no se atienda como se debe la alimentación escolar ni haya ú́tiles escolares; que má́s de 400 mil niñ̃os y niñ̃as de 1 a 5 añ̃os no tengan acceso a vacunació́n, y que 1.2 millones de niñ̃os y niñ̃as menores de 5 añ̃os no reciban atención médica por infecciones respiratorias agudas.
No cabe duda de que el combate de la corrupción es determinante para cambiar esta situación, pero esto no le alcanza a un país que históricamente no ha sabido cuidar a su niñez y adolescencia, y normaliza el abandono al que la somete. La inversió́n en niñ̃ez y adolescencia, que en el 2014 representaba el 3.9% del PIB, bajó en el presupuesto 2015 a un 3.7%. Y hay una amenaza de que, sin recaudación y con corrupción, siga bajando. Traducido: el Estado de Guatemala pasó́ de invertir Q6.55 diarios por cada niñ̃o, niñ̃a o adolescente (NNA) a invertir Q6.30 diarios (US$0.87). Dinamarca destina un 8% del PIB a educación de sus NNA, y EE. UU. gasta US$15.171 por alumno.
Pero no es sólo una cuestión económica. ¿Cómo interpretamos que, según el Osar, queden embarazadas más de 200 niñas y adolescentes de entre 10 y 17 años cada día en Guatemala? ¿Cómo es que unos NNA reciben educación de primera y otros no tienen acceso a ella? ¿Por qué se mueren tantos niños y niñas por desnutrición o una simple diarrea?
No hemos entendido. Esto no es un tema menor, sino el centro de cualquier agenda política seria. Mientras no hagamos un pacto de Estado (no de partidos políticos) que se traduzca en acciones por la niñez y la adolescencia, estamos condenados a no ser país. Sin los niños, niñas y adolescentes no hay mañana, ni para ellos ni para Guatemala.
cescobarsarti@gmail.com

jueves, 26 de mayo de 2016

¿Fin de los “iluminados”?

http://d34nnaerbmnfhr.cloudfront.net/wp-content/uploads/2013/05/1369193799_el_expresidente_de_guatemala_jorge_serrano_elias._efe_archivo.jpg Carolina Escobar Sarti
La capital vivía gran tensión. Las calles estaban desiertas, y un despliegue militar podía percibirse en todas las salidas y puntos estratégicos. En cadena nacional, las radios de todo el país ponían marchas militares o música de marimba. La voz que se oía intentaba tranquilizar a la población, solicitándole permanecer en sus casas y obedecer las órdenes del Gobierno. Puedo estar hablando del golpe de Estado del 23 de marzo de 1982, en el cual el general Romeo Lucas fue depuesto por oficiales medios del Ejército guatemalteco, entre los cuales sobresale Efraín Ríos Montt. Pero también puedo estar describiendo lo sucedido 11 años después, un 25 de mayo de 1993, cuando Serrano Elías rompe el orden constitucional, apoyado por los militares de la Cofradía.
Recuerdo también, en el caso del golpe fallido de Serrano, aquel periódico que quebrara la censura y despertaba entonces a una nueva forma de hacer periodismo, colándose a hurtadillas en pocas casas y oficinas, con su portada completamente en negro, en señal de duelo. Al relacionar ambos golpes, estoy trazando una línea que permite leer coincidencias: en primer lugar, los protagonistas y las relaciones de poder alrededor de ambos hechos, y en segundo lugar, la lógica que subyace a estas violentas y autoritarias formas de ruptura.
Nada tan adictivo como el poder, y nada más nocivo que el poder absoluto en manos de caudillos que —además— se creen iluminados. Tanto Ríos Montt como Serrano Elías son parte de una casta patriarcal cuyos integrantes se suben a un podio, apuntan a la audiencia con el dedo índice y terminan su discurso político (que nadie sabe si es prédica) con los brazos abiertos y extendidos, diciendo algo así como: “Dios me quiso aquí y salvaré a mi pueblo”. Personajes cuya formación fundamentalista les lleva a creer que son mensajeros divinos y que su palabra actúa por sí misma, cambiando la realidad. Son los que se autodefinen, se presentan y se creen iluminados.
¿La palabra, por sí sola, cambia una realidad? El tema es que ahora Serrano Elías, quien en su discurso de toma de posesión dijo frases como “Estoy dispuesto a hacer cumplir la ley sin excepciones”, vuelve a la jugada política desde Panamá, junto a zombis de una izquierda y una derecha reaccionarias, apoyados por miembros de la Cofradía y ex patrulleros de autodefensa civil. Interesante cómo los extremos se tocan. Dicen que quieren refundar Guatemala. Pena que una palabra tan hermosa como refundación sea vaciada de esa manera de su gigante contenido, sobre todo en una época en que Guatemala atraviesa una de sus más profundas crisis a todo nivel.
Yo, señor Serrano, no le creo y no quiero a más hombrecitos “iluminados” como usted gobernando los destinos de mi país. Porque no importa cuán violento, cuán miserable, cuán desigual sea, este país es mío y lo quiero distinto. No sé quién está detrás de la conformación de este frente que usted ha constituido, pero la política criolla ya no responde a la Guatemala que muchos anhelamos. Y no es cuestión de edad. Los zombis pueden tener 20 años. Es una cuestión de visión, de enfoque, de principios, de lógica, de interpretación y lectura de mundo.
El frente (FAR) que usted impulsa nació muerto. Así fue dicho por varios de los colectivos que participaron en el ejercicio ciudadano del 2015, por el Consejo del Pueblo Maya, por varios grupos y organizaciones de mujeres, por diversas organizaciones de derechos humanos, y en las redes sociales. Si alguien quiso usar la conformación del FAR como un termómetro para medir a la sociedad guatemalteca de hoy, servido está. Esto más bien parece el principio del fin de una era política en Guatemala.

jueves, 5 de mayo de 2016

Desaparición y justicia

Carolina Escobar Sarti

¿Quién no quiere enterrar a sus muertos? En Guatemala, la gente vela a sus muertos, les pone una luz para alumbrar el camino que sigue, les canta, los llora, les reza junto a los familiares y amigos más cercanos para darle paz a su viaje, les pone flores y los viste y adorna con sus mejores galas. Después los deja ir. En todas las culturas, los ritos y rituales mortuorios son parte de los que vamos practicando a lo largo de la vida, y nos permiten celebrar nuestros mitos. Están cargados de símbolos que le dan sentido y significado a nuestra existencia, y en realidad, son para los vivos, no para los muertos, que ya no sienten nada.
Los deudos quieren asegurarse de que el cuerpo que yace frente a ellos está muerto, para que en las madrugadas no los despierten la incertidumbre y el rostro conocido preguntando “¿y si estuviera vivo?”. Pienso entonces en esa parte de nuestra historia que nos dejó 45 mil desaparecidos durante la guerra de 36 años, pienso en desapariciones como la de los 43 estudiantes de Ayotzinapa o la de Cristina Siekavizza. Pienso en los poderes que aún hoy quieren impedir que se haga justicia y en todas esas familias sin plena paz por no haber podido despedir y enterrar a los suyos, porque no saben dónde están. Imagino la zozobra de madres, abuelos, padres, abuelas, hermanos, tías, hijos e hijas que habrían querido saber la verdad y enterrar a sus muertos como se debe. Si la muerte duele una vez, la desaparición duele tres: una por la ausencia, otra por no haber podido vivir el instante de la despedida, y una más por la impotencia que se siente contra los poderes fácticos que impiden llegar a la verdad y la justicia.
Desaparecer quiere decir esconder algo, ocultarlo, encubrirlo, quitarlo de la vista de otros rápidamente. Pero también significa dejar de existir, de ser o de estar. Exactamente eso sucedió con muchas personas desaparecidas en Guatemala. En muchos casos, no solo desaparecieron sus cuerpos, sino hasta sus partidas de nacimiento y sus documentos de identificación. Fueron borradas de la faz de la tierra para que no existieran más que en la memoria de sus deudos. Y encima quieren borrar la posibilidad de justicia. Demasiada locura. A eso le llamo yo re-desaparición. Y no se explica una cómo pueden sentirse ganadores aquellos que lo mejor que supieron hacer fue torturar, violar, asesinar y desaparecer a otros seres humanos.
Es el caso de Alejandra Sánchez, Juana Osorio, Emil Bustamante y miles más. Es el caso de Marco Antonio Molina Theissen, un niño que en 1981 tenía 14 años (ver La niñez que no fue/PL/14/01/16). Por este caso están ligados a proceso cuatro militares de alto rango en 1981: Manuel Antonio Callejas y Callejas, Francisco Luis Gordillo, Ediberto Letona Linares y Hugo Ramiro Zaldaña. Recientemente, sus abogados solicitaron que les favorecieran con la Amnistía, figura contenida en la Ley de Reconciliación Nacional. No solo podrían ser los responsables de desaparecer a este niño, si así lo sentencia la justicia, sino que además intentan robarnos la memoria, porque amnistía es olvido. El juzgado que conoce del caso negó la petición, porque la misma ley “prohíbe en su artículo 8 amnistiar a responsables de desaparición forzada, tortura o genocidio”. Son delitos que no prescriben en el tiempo. Seguro recurrirán a otras tácticas dilatorias, como el famoso amparismo que tanto daño le ha hecho al sistema de justicia en el país, pero ese es otro tema.
Justicia y venganza no son lo mismo. La venganza sería hacer lo mismo que les hicieron; la justicia es poner a disposición de la ley una petición expresa. La justicia es una señora de ojos vendados, con una balanza en la mano y una espada en la otra, lo cual quiere decir que la ley debe ser aplicada para todos por igual.
cescobarsarti@gmail.com

jueves, 21 de abril de 2016

La piedra de Sísifo


Carolina Escobar Sarti

 “Me duelen las coyunturas”, decían algunos abuelos antes, refiriéndose con ello a las articulaciones que les iban fallando mientras su cuerpo envejecía poco a poco. Hoy, hablar de coyuntura nos remite al conjunto de circunstancias, hechos y situaciones que se dan en un determinado espacio y tiempo. Y se habla de coyuntura política, por ejemplo, para hablar de lo que está sucediendo en este preciso momento en nuestro país, cuando la coyuntura es ese algo que puede durar medio siglo y ser un continuum, solo interrumpido por momentos excepcionales.
Lo que hoy vivimos en Guatemala, es parte de una misma coyuntura de relaciones de poder cifradas históricamente alrededor del capital (como fin), la política (como medio), y el miedo (como método). Nunca nos fuimos realmente de allí, aunque en tres momentos hemos sentido que pequeñas (o no tan pequeñas) ráfagas de aire fresco han disipado el hedor a pudrición: cuando iniciaron los gobiernos civiles (1986), cuando se firmaron los acuerdos de paz (1996) y cuando se destapó la corrupción (2015).
El año pasado comenzamos a sentir que teníamos algo que decir de nuevo como ciudadanía, ingenuamente al inicio y luego tomando consciencia de que mover la piedra del sepulcro es una tarea titánica. Y vivimos todavía entre la tragedia y el engaño y, como Sísifo, seguimos empujando la piedra hacia arriba, una y otra vez. Entre los protagonistas de nuestro relato como sociedad seguimos contando con una clase política casi toda corrupta, y en buena parte heredera de las viejas prácticas que quedaron desnudas en casos como La Línea, IGSS-Pisa, Aceros de Guatemala, TCQ y tantos más. Pero como la corrupción no es la causa sino la consecuencia de este sistema putrefacto, no desconocemos como actores también a importantes personajes del capital tradicional y emergente que históricamente sobornan, corrompen y dirigen la jugada, incluso detrás de bambalinas.
Sigue entre nosotros la Embajada de Estados Unidos, como siempre, entrando y saliendo de nuestras salas, comedores, jardines y cuartos, y hasta de nuestras cocinas. Y sigue la hipocresía de quienes fingen que no lo sabían, de quienes fingen anhelos de soberanía cuando hace muchas décadas y siglos hemos sido intervenidos y nuestro país sigue siendo vendido por 30 denarios. Y los mismos que gritan soberanía cuando les tocan las cuentas bancarias o se ven próximos a ocupar las carceletas de la Torre de Tribunales por cuestiones de derechos humanos o de corrupción son los que han callado históricamente cuando entran al país inversiones que provocan mayor miseria, los que han callado cuando se desvían los ríos, cuando faltan los medicamentos en los hospitales, cuando la educación no llega a todas partes. Por favor.
No es mucho lo que ha cambiado a partir de este momento excepcional dentro de la gran coyuntura de las últimas décadas, y quizás solo sea una cuestión de percepción, pero los que mandaban ya no mandan igual (aunque quieran), los que no hablaban ya no callan igual, los que no sabían muchas cosas de Guatemala ya no están igual de desinformados, los intocables ya son menos intocables y hasta llevan esposas, la gente de Guatemala que vive en la ruralidad y exige sus derechos está un poco menos sola, como pasó por ejemplo con quienes fueron amenazados en el contexto de un reciente Festival Cultural de Solidaridad en Santo Domingo Xenacoj. Solo este cambio de percepción nos coloca en otra latitud, y dejamos de ser en nuestro imaginario un poco menos protectorado a merced de los de siempre (que no se irán). Ganamos un poco de humanidad y ciudadanía. Y claro que lo queremos todo. Pero para eso están los siguientes años y décadas. El imaginario de la derrota, que coloca siempre a unos en el escenario y a otros fuera del teatro, ha quedado un poco derrotado. Un poco.
cescobarsarti@gmail.com

viernes, 15 de abril de 2016

Un año del 25a: ¿carnaval, lotería o despertar?

Carolina Escobar Sarti
Estamos a un año de aquel histórico 25 de abril que nos puso a temblar la emoción y nos hizo hablar de la primavera posible. Parece mucho tiempo ya, pero realmente un año no es nada, menos aún cuando arrastramos décadas y siglos de daños estructurales que parecían (y aún parecen a veces) irremediables. Hoy seguimos en la coyuntura del 25A, porque una coyuntura no es solo un momento, sino una serie de hechos que pueden durar meses, años y hasta décadas.

Mucho se dice del 2015, en diversos sentidos: que fue un carnaval manipulado por los poderes de siempre, un despertar ciudadano que nos debíamos desde hace mucho, una lotería para algunos que jamás habrían saboreado las mieles del poder sin ese golpe de suerte, un remedo de revolución que nos tomó por sorpresa y que no logró nada de fondo, entre mucho más.

¿Qué pedimos entonces? Iniciar la lucha contra la corrupción a partir del caso La Línea, lograr la renuncia de la plana mayor del gobierno anterior, y las reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP). Al final del año se sumó también el tema de la depuración del Congreso. ¿Pudimos haber pedido más? ¿Debemos tener más cuidado con lo que pedimos? ¿Era eso lo posible? El caso es que la lucha contra la corrupción sigue, y aunque a los distintos grupos de poder no les gusta cuando les toca el turno de enfrentar la justicia, no podemos dejar solos ahora a la Cicig, al MP y al OJ frente a quienes lanzan tan fuertes patadas de ahogado, que hasta a Washington llegan. Por otra parte, las reformas a la LEPP se están dando a toda velocidad, y probablemente será una ley que cuando llegue a su aprobación final habrá perdido casi todos los dientes.

Sin embargo, siento que el 2015 nos dejó cuatro cosas que irán sedimentándose en el mediano y largo plazo: 1.) Un cambio de percepción, aunque sea de pocos grados (la impotencia que sentíamos frente a las acciones de los poderes de siempre dejó de ser menos impotencia, por ejemplo). 2.) Ciudadanía, porque pudimos intervenir en un momento político clave de nuestro país y ganamos confianza y músculo en el ejercicio mismo. 3.) Calle, porque retomamos colectivamente plazas y caminos, como los corazones y las arterias de un cuerpo social que no se había visto a sí mismo integrado, aunque sea por un breve instante. 4.) Juventud, porque recuperamos algo del aliento de generaciones anteriores que anhelaron una Guatemala distinta (consciencia histórica), y ahora tenemos jóvenes pensando, relacionándose y organizándose con fuerza en distintos espacios, tanto en lo urbano como en lo rural (presente posible).

Los más dogmáticos de todos los colores aluden a la soberanía queriendo quitarle fuerza al momento, en una intentona por mantener este perverso orden que no sobrevive sin la amenaza del otro. La soberanía puede ser parte de la utopía, pero hoy es un concepto vaciado y manoseado, sobre todo en un país que ni siquiera puede hablar de soberanía alimentaria. Muchos días termino sintiendo que Guatemala es un lugar sin horizonte, sin identidad ni futuro. Salgo de mi casa por las mañanas creyendo en el presente posible, y en el camino al trabajo se me cruza un bus accidentado con todos sus muertos, un juicio por genocidio, los ladrones de guante blanco que siguen drenando al país, el desvío de un río que sirve a toda una población para regar monocultivos de una sola persona, un niño desnutrido que muere en los brazos de su madre, la adolescente que vive a los 11 años una maternidad impuesta, y el caso de los Papeles de Panamá con todo y el abogado guatemalteco asesinado e implicado en él. Entonces recuerdo que en este momento también hay miles naciendo. Y que nosotros somos el 25 de abril.

cescobarsarti@gmail.com

viernes, 26 de febrero de 2016

ALEPH: Las mujeres de Sepur Zarco


Carolina Escobar Sarti
Entre las mujeres pobres, hay muchas que son violadas. Entre las mujeres de clase media, hay muchas que son violadas. Entre las mujeres de clase media alta o alta, hay muchas que son violadas. Las primeras casi siempre callan porque piensan que nadie las va a escuchar. Las segundas casi siempre callan porque son las llamadas a sostener el orden. Las terceras casi siempre callan porque la reputación, la apariencia y la vergüenza están primero.

En lo que todas coinciden es en un silencio sostenido que responde a algo que conciben como un destino predeterminado, en la sensación de que nadie les va a creer, en el sentimiento de culpa y en el asco que sienten en sus cuerpos. En sociedades como la nuestra, donde el machismo nos cruza a todos, hombres y mujeres, la violación se convierte en un hecho social consentido y callado. Hace un tiempo, una mujer policía me dijo: “en este país, sobre todo en el interior, a las niñas que llegan a los doce años sólo no las viola y no les pega quien no quiere”. Y aunque no son todas, y aunque debamos reconocer las distancias que se marcan entre los centros urbanos y el área rural, entre las niñas educadas y las que no, además de otros factores, es importante salir de esa negación que no reconoce la violencia sexual en los cuerpos de las mujeres.

Una mujer me dijo hace pocos días que las mujeres que estaban dando su testimonio en el juicio por violaciones a esclavas sexuales en el destacamento de Sepur Zarco (sucedidas hace tres décadas), estaban montando un “show” pagado por la cooperación internacional para perjudicar a Guatemala. Mientras la oía decir esa y otras afirmaciones intragables, me preguntaba si esa mujer había leído algún libro de historia de Guatemala en su vida, o si algo había leído más allá de las revistas que dan en los salones de belleza. Me preguntaba también a qué hombre de su entorno cercano le habría escuchado decir eso y cuánto necesitaba afirmarse frente a él, o a qué identidad de grupo respondía con afirmaciones tan simplistas y sin fundamento. O me preguntaba también por qué la cooperación internacional es amada o satanizada, como menú a la carta, sin historizar las relaciones que hemos tenido con el Norte y Europa en los últimos siglos. O por qué salir a las calles por Cristina Siekavizza puede ser más válido que hacerlo por las mujeres indígenas de Sepur Zarco que padecieron violencia en sus cuerpos y sus vidas, cuando ambos hechos responden a una misma lógica de dominación.

Entonces recordé un libro que leí hace años: Malas, de Carmen Alborch. Ella habla de la rivalidad que nos ha enfrentado históricamente a las mujeres desde que se establece el patriarcado; habla de esa presunción de maldad que viene con nosotras desde que nacemos, según varias tradiciones culturales (como la de Eva haciendo pecar a Adán). Pero la parte que más me gusta es la que habla de esa posible y hermosa complicidad entre mujeres distintas, que también es milenaria. Mujeres que, incluso en ámbitos como el de la política y la justicia, se han encontrado y respaldado para que sus voces fueran escuchadas, respetadas y tomadas en cuenta.

No cabe ya negar lo que han vivido millones de mujeres en este país desde hace siglos. No cabe negar la violación sexual en sus cuerpos. No cabe decir que no existe cuando a diario lo vemos. No cabe negar las cabezas cubiertas de las mujeres indígenas que, 30 años después, aún tienen vergüenza de nombrar lo vivido. No cabe negar sus manos sudorosas y sus pies agrietados mientras recuerdan. No cabe decir que porque uno no lo ha vivido, nadie lo ha vivido. Las mujeres de Sepur Zarco existen. Son reales. Sus cuerpos fueron ultrajados. Esa es la más irreductible evidencia.


cescobarsarti@gmail.com

viernes, 12 de febrero de 2016

ALEPH: El país que aún no es

 Carolina Escobar Sarti
¿Recordamos lo que vivimos como sociedad en un histórico 2015 que ahora parece ya lejano? ¿Recordamos que hay más de 40 personas de un gobierno corrupto en la cárcel, incluyendo un expresidente y una ex vicepresidenta? Ese gesto de primavera social nos dejó, sin duda, un sentido más profundo de ciudadanía y relación. Es incuestionable, también, que fue un proceso acelerado y generalizado de formación e historia política. Y, definitivamente, nos dejó una juventud que jamás será la misma.
Pero ese atisbo de revolución ciudadana no fue ningún tren fuera de control, como diría W. Benjamin, sino la aplicación de los frenos de emergencia. Si nos quedamos en donde estamos, corremos el riesgo de olvidar qué tan “posibles” podemos llegar a ser. Esto que llamamos Guatemala no es aún, ni por asomo, un país. Menos una democracia, que no se reduce solo a una forma de gobierno, sino a una experiencia de relación entre los habitantes de un territorio común.
No hemos ni llegado al primer mes de gobierno, y ya contamos con suficientes evidencias de un desgobierno acelerado y de viejas prácticas de corrupción en distintos niveles del Estado —en lo público y lo privado—. Cuatro iniciativas de ley se encuentran ancladas en un Congreso, donde 52 diputados han cambiado ya de partido. Entre las iniciativas se tocan temas de fondo como la arquitectura jurídico-agraria de un país caracterizado por despojos y desequilibrios, y el problema de la juventud en un marco de orfandad de parte de un Estado que no cuenta con políticas públicas que den una respuesta integral a esa problemática.
En un país donde el transfuguismo es una tradición más consensuada y practicada que las procesiones de Semana Santa, hay tres consideraciones de fondo: carecemos de una ley electoral y de partidos políticos que regule adecuadamente el sistema de partidos, somos una sociedad que ve la corrupción como parte de la cultura, y hay falta de transparencia alrededor de esta compra-venta de diputados —¿quién está dando el dinero para esa transacción?—
¿De qué democracia presumimos si los sistemas de salud y educación están colapsados? Esto me lleva al tema de las “donaciones” que está recibiendo el Ejecutivo para llenar los vacíos que el Estado supuestamente no puede suplir. Lo que no se hizo antes, recibiendo fondos de financistas de campaña, se está haciendo después. Es difícil creer que los donantes sean filántropos. Estos hechos, además, debilitan a un Estado famélico.
Luego resurge el tema de la pena de muerte, que se justifica por el sicariato. Estoy de acuerdo con la justicia pronta y cumplida, pero la pena de muerte jamás ha sido disuasivo probado ni práctica ejemplarizante para que el delito termine. Las sociedades cambian cuando hay educación, salud, justicia y dignidad para todos. Además, es paradójico que se pida la pena de muerte para sicarios, en un país donde los violadores dejan a más de 74 mil niñas de entre 10 y 17 años embarazadas cada año.
Una necesaria ley de juventud (dirigida a personas entre 18 y 30 años) no quiere pasar por el tema de la salud sexual y reproductiva, otra vez. Difícil entenderlo en el marco del juicio por violaciones en Sepur Zarco. Las iglesias y los libertarios dicen que el Estado no debe regular eso, pero la verdad es que todos se creen dueños de los cuerpos de una juventud que conoce mejor su realidad que nadie. Y el caballito de batalla para botar ley, vuelve a ser el aborto. Esto no es aún un país. Si nos pasara como a Sísifo, estaremos condenados a quedar ciegos y cumplir el castigo eterno de empujar la enorme piedra cuesta arriba en un peñasco, para verla caer una y otra vez, justo antes de llegar a la cima.

viernes, 8 de enero de 2016

ALEPH: Hambre de construir pueblo

Carolina Escobar Sarti

Un buen amigo me puso en contacto con un interesante diálogo entre la lúcida politóloga Chantal Mouffe, además esposa de Ernesto Laclau, e Íñigo Errejón, novísimo politólogo y secretario político de Podemos. Introducían ambos su libro Construir pueblo, y se percibe, escuchándolos, que ambos tienen hambre de mundos más justos, donde la fragmentación no sea lo que celebremos.
Comienzan hablando sobre los procesos de cambio político en el mundo, y particularmente en América Latina, ante lo cual anuncian que ya son insuficientes las categorías de análisis político tradicional. Oyéndoles, queda claro que el cambio de paradigmas está aquí. Por ello no extraña que se vislumbren en nuestro horizonte nuevas formas de leer y hacer política. “Grandes palabras como Estado, poder, democracia y soberanía, no son ya conceptos para llenarse la boca, sino que describen cosas que están sucediendo”, dice Errejón. Los procesos latinoamericanos están hablándole a la teoría y práctica políticas del viejo continente.

Hay oportunidades para una nueva voluntad popular, dicen. Hablan del pensamiento de Gramsci, que los más reaccionarios de izquierdas y derechas han cuestionado, y dicen que es fundamental para entender cómo se construye un pegamento social que sea capaz de poner en común un conjunto de colores que los poderosos trabajan permanentemente para dispersar. Y allí cita Íñigo la frase de Poulantzas: que el estado capitalista trabaja para unificar por arriba y dispersar lo de abajo. ¿Cómo se hace, entonces, para construir unidad abajo con lo que los poderes tradicionalmente fragmentan?, se preguntan.

Construir poder político para los poderes subalternos es lo que toca ahora. Yo, desde la filosofía nómada, digo que toca mover de lugar con ética y sentido de pertenencia lo que siempre estuvo en el centro y la periferia, o lo que siempre estuvo arriba y abajo. Hay que figurar desplazamientos permanentes, y relaciones de poder más móviles. No se celebra la fragmentación, no se celebra la dispersión y la unidad termina siendo el imposible al que hay que apuntar, no solo desde una construcción discursiva.

Va quedando, al escucharlos hablar de la experiencia de Grecia, de Brasil, de la fallida socialdemocracia en todo el mundo —con todo y la expectativa que abre la elección de Jeremy Corbyn—, de España y Latinoamérica, la sensación de que están iniciando importantes diálogos entre distintas generaciones de políticos de pensamiento abierto, universal, nuevo, no compartimentalizado.

Ser de izquierdas o de derechas no es repetirlo muchas veces, señalan, sino construir poder político para las expresiones tradicionalmente consideradas como subalternas. Y destierran la palabra “traición”, porque esto entraría en el marco de una dramática política que moraliza los problemas en vez de analizarlos y solucionarlos, donde los buenos siempre “somos” débiles y los malos siempre poderosos. Se plantean —y nos planteamos— como anhelo, que la acumulación de protestas y movilizaciones llegue a impactar nuestros Estados y a alterar significativamente el equilibrio de fuerzas y relaciones de poder que han venido configurándolos. No para que los arriba pasen abajo y los de abajo arriba, sino para que todos vivamos con dignidad.

En una semana habremos pasado del rancio conservadurismo al nacionalismo exacerbado, y lo que seguirá contando somos nosotros, nuestra hambre de ser ciudadanía, pueblo, país, continente, mundo para el cual la dignidad no sea un concepto, sino una forma de vivir.

viernes, 23 de octubre de 2015

ALEPH: ¿De la primavera a Xibalbá?

Carolina Escobar Sarti

A setenta años de la Revolución del 44, Guatemala es un Estado desfinanciado, corrupto, impune y desigual. Entendemos que, independientemente de quién llegue al poder, el ejercicio político y ciudadano será cuesta arriba en los años que vienen. Entendemos que vivimos en un país naturalmente bello y socialmente obsceno. Y también entendemos que no se sale de la crisis en un período de gobierno. Pero eso hemos venido diciendo los últimos 30 años antes de cada elección.
Siempre decimos que ya tocamos fondo, pero resulta que, cual infierno de Dante o Xibalbá del Popol Vuh, siempre hay un círculo más abajo. Sin queja, me pregunto ¿por qué descendemos al siguiente círculo y por qué seguimos votando, pero no eligiendo? ¿Qué forma de pensar no cambiamos, qué statu quo sostenemos, a qué símbolos les apostamos vez tras vez? ¿Qué relaciones de poder no cambian dentro de la sociedad guatemalteca? ¿Por qué a la política no se quiere meter gente honorable y capaz? ¿Qué salto no nos atrevemos a dar?

Basta ver lo que implicó poner en la Presidencia a un militar de cuestionada reputación, luego de 36 años de guerra y solo 15 años después de haber firmado la paz. Encima de todo, nos tardamos cinco meses tratando de hacerlo renunciar (cosa que no habría sucedido si los baldizónhaters no hubieran visto en ello su gran oportunidad para sacarlo de una vez por todas) para que, solo unas pocas semanas después, exista la posibilidad de que vayamos de la Línea a la Otra Línea y llegue a la Presidencia un clon sucesor en lo simbólico, en la visión de mundo, en las comunes fuentes de financiamiento y pensamiento, en las propuestas de nación. No está fácil porque ninguna de las opciones convence.

El tema, como decía Winston Churchill, es que el éxito no es final ni el fracaso es fatal; lo que cuenta es el coraje para continuar. Soy de las que le apuesta a seguir caminando e intentándolo hasta donde las fuerzas nos den, sabiendo que estamos asistiendo al cambio que queremos ser. Queremos levantar unas agendas de nación más incluyentes, queremos ya otras formas de hacer política. Es tiempo de girar 180 grados y poner la vista en otra dirección, porque en Guatemala muchos tenemos vértigo frente a la realidad que nos impone este país.

Alguien invitaba en Twitter a la juventud guatemalteca a no creer o escuchar a los mayores de 30 años. Creo que no es una cuestión solo de edad, sino de ideas, porque hay jóvenes muy conservadores y viejos con ideas muy avanzadas. Nos falta hacer un ejercicio intergeneracional con gente que se atreve a mover las ideas, a disentir y a hablar, gente que no le tenga miedo a los cambios que pueden perfilar un nuevo país. Gente que ya no hable en clave comunismo-neoliberalismo, aunque no desconozcamos su definición conceptual, su necesario paso por la justicia y su anchura histórica. La Guatemala de la sobrevivencia, el desamparo, la depredación y la violencia precisa nuevas maneras de pensar y relacionarse. Esto no tiene ideología, es una nueva. Yo ya tengo ganas de ir de una primavera a otra primavera, aunque tengamos que pasar por Xibalbá.

cescobarsarti@gmail.com

sábado, 26 de septiembre de 2015

ALEPH: La Guatemala sin niñas


Carolina Escobar Sarti

¿Qué debería estar haciendo una niña normal de 13 años en un día cualquiera de este siglo del conocimiento y la información? Estudiando, jugando, divirtiéndose, formándose, aprendiendo, relacionándose con otras niñas y niños, observando las estrellas por un telescopio, leyendo, nadando y tanto más. Sin embargo, Guatemala lleva generaciones tras generaciones de niñas y adolescentes sin niñez. Luego de la primera menstruación, e incluso antes, millones de niñas guatemaltecas son de cualquiera que se crea su dueño.

Y no se vale decir la frase simplona de quien no entiende que no entiende: “En este país eso no sucede porque yo fui una niña feliz y no me pasó nada malo.” Quienes trabajamos en ese campo, sabemos que en medio del 64 por ciento de pobreza que hay en Guatemala, las que la llevan peor son las niñas. Y eso que no hemos hablado del machismo que priva en nuestra sociedad. Podríamos comenzar por averiguar cuántas de ellas quieren tener un hijo a los 12 años, ser casadas a los 14 o fungir de esclavas sexuales y domésticas de un señor 40 años mayor que ellas desde los 13.

El año pasado, el Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva (OSAR) nos dio las cifras de solo 5 hospitales públicos del país: 74 mil niñas y adolescentes entre los 10 y los 17 años dieron a luz. El 89 por ciento de esos casos estaban relacionados con violaciones de hombres de su entorno cercano; una tercera parte de ese 89 por ciento, correspondía a los mismos padres biológicos. A estas alturas del año 2015, las cifras han crecido, mientras la edad de las jóvenes madres sigue disminuyendo. Y después la gente pregunta por qué ellas no quieren a sus hijos e hijas…

Desde pequeñas son las que ayudan a la madre en el cuidado de los hombres de la casa, las que se levantan más temprano y se acuestan de último, las que comen peor y después de todos. Son las que salen de la escuela cuando no alcanza el dinero y las que son vendidas, intercambiadas o regaladas más rápido, porque representan una carga. Allí, en el cuarto de atrás de nuestra historia, están los relatos de miles de niñas que, por generaciones, fueron robadas por el señor principal del pueblo, quien las montaba en su caballo y huía con ellas. En ese mismo cuarto están también el derecho de pernada y el silencio cómplice de quienes sostienen que eso es cultural y que, contra ello, no se puede hacer nada. Allí están los fundamentos de la violencia sexual actual y de muchas otras formas de violencia social.

Cuando escucho los relatos de adolescentes embarazadas con tan solo 15 años, escucho el eco de una sociedad derrotada, pero cuando escucho a las de tan solo 10 u 11 años siento, además de lo anterior, una profunda rabia. Y si no creemos que esto es parte de un sistema patriarcal, hace dos días los diputados guatemaltecos conocieron la iniciativa de ley que busca reformar el Código Civil y aumentar a 18 años la edad del matrimonio, que ahora se permite desde los 14 para las mujeres y desde los 16 para los hombres (hasta allí se nota quiénes hacen las leyes). La dejaron, de nuevo, fuera de la jugada, porque esos temas tienen que ver con la normalización cotidiana de la violencia sexual en los cuerpos de las niñas, fenómeno por demás “cultural” e intocable. Así, volvieron a normalizarlo y, tácitamente, se convirtieron en parte del problema porque ninguna tradición cultural puede ser permitida si su práctica viola los derechos humanos de la persona que la padece.

Guatemala lleva generaciones de mujeres que pasaron del vientre de sus madres a ser abuelas, sin saber que podían ser niñas. Millones de ellas se han quedado al margen de una educación en derechos sexuales y reproductivos, millones han nacido y muerto sin poder tomar decisiones sobre sus propios cuerpos, millones han traído al mundo a niños que no quieren. Y encima tienen que ser buenas madres, buenas mujeres, buenas esposas. Así, ¿qué Guatemala podemos ser?

cescobarsarti@gmail.com

jueves, 27 de agosto de 2015

ALEPH: Un país sin presidente


Carolina Escobar Sarti
Después del último discurso de Otto Pérez Molina, una cosa queda clara: antes teníamos un presidente sin país, ahora tenemos un país sin presidente. Hemos ganado conciencia ciudadana, lo cual nos permite afirmar que quien hoy ocupa la silla presidencial lo hace sin legitimidad y decencia alguna. Es más, es motivo de inestabilidad. Y si bien es en parte cierta la responsabilidad histórica de tantos empresarios en los ámbitos de la corrupción, la falta de transparencia y la injusticia social, como él mencionara en su discurso, tenemos que recordar que quien asume la responsabilidad constitucional de gobernar en representación de las mayorías es quien llega al Gobierno.
Son las personas que hacen gobierno, comenzando por presidentes y vicepresidentes, quienes tienen la primera responsabilidad de impedir que algunos corruptos les unten las manos. Porque yo lo que entiendo es que las empresas no son hermanas de la caridad ni organizaciones filantrópicas, sino expresiones del capitalismo más bestial que se vive hoy. Ojo, que esto no excusa a los empresarios y al hecho de que sean ellos quienes ponen y quitan presidentes, solo digo que quienes llegan al poder asumen, por ley, el compromiso del buen gobierno frente a la ciudadanía.

Hoy será otro día histórico para Guatemala. Estudiantes, grupos ciudadanos, organizaciones y personas de todo el país irán al paro para pedir la renuncia del presidente, para pedir justicia y que se suspendan las elecciones, entre otras demandas. Razones, nos sobran. Y mientras nosotros estamos dialogando, reuniéndonos y saliendo a las calles a exigir lo que cualquier ciudadano consciente pediría en cualquier país civilizado del mundo, hay cosas que se siguen moviendo en sentidos muy oscuros. En río revuelto...

Por ejemplo, hace poco recibí una resolución del Tribunal Supremo Electoral (la 185-2015) que dice literalmente en uno de sus párrafos: “… este Tribunal RESUELVE: I) Los ciudadanos que se encuentren empadronados al seis de junio del presente año y que por cualquier circunstancia, no cuenten con el Documento Personal de Identificación, podrán ejercer el sufragio presentando la constancia vigente de reposición de dicho documento, extendido por el Registro Nacional de las Personas (Renap)”. ¿Llegar con ese papelito a las elecciones no podría leerse como parte de un fraude, aquí y en la Patagonia? Si sumamos esta a tantas irregularidades más que hemos venido señalando, yo no entiendo cómo todavía hay quienes irán a votar.

Otro ejemplo de por qué ir al paro, además de los muchos que tenemos, es que llama la atención quiénes están ocupando (y con qué velocidad) los puestos que los funcionarios de este gobierno han dejado. El nuevo ministro de Economía y el nuevo titular del Pronacom están directamente relacionados con el mundo de las Telecomunicaciones en el país. ¿Si uno de ellos había hasta despotricado contra el presidente y pedido su renuncia, por qué la decisión de estar allí un tiempo? ¿Será que veremos novedades en el tema de la TV digital y la Banda Ancha, entre otras? Allí es donde tenía un pedacito de razón el señor Pérez Molina, pero ¿quién les abre la puerta y pone la mano? ¿Quién tiene que rendir cuentas primero?
 
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