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jueves, 24 de septiembre de 2020

Segundo tropiezo grave de la vacuna británica de AstraZeneca

  Bajo la lupa

Foto
▲ Aspecto de la sede de AstraZeneca en Liverpool, Inglaterra, el domingo pasado.Foto Afp
E

New YorkTimes (NYT) coloca en la picota la vacuna sueco-británica de AstraZeneca con la exhumación de un segundo caso neurológico grave (https://nyti.ms/3iUkJCt), de dos mujeres con mielitis transversa (inflamación de la médula espinal): los expertos están preocupados (sic) de que AstraZeneca no sea transparente con los casos aludidos.

La experimentación de las pruebas clínicas en la “fase 3 (https://bit.ly/301Yxiv)” ha desembocado en un enorme escepticismo en la opinión pública de EU, de acuerdo con recientes encuestas. Con el debido respeto a todas las vacunas, en particular a la polémica de AstraZeneca, un servidor había expuesto el fracaso en su fase de experimentación con monos (https://bit.ly/3ckYTWm). EU, que hubiese sido el principal consumidor de la fracasada vacuna, ha detenido su prueba clínica.

En su sofista protocolo de 111 páginas, AstraZeneca ha disminuido hasta “50 por ciento (sic) su efectividad (https://bit.ly/3mJKYOE)”. ¿Como está eso? La tambaleante vacuna sueco-británica se ha brincado todas las trancas, incluyendo el número mínimo de casos experimentales bajo la falacia de contar con una vacuna para uso de emergencia.

El doctor Eric Topol, experto de pruebas clínicas en Scripps Research (San Diego, EU), indicó que tanto la vacuna de AstraZeneca como las dos estadunidenses de Moderna y Pfizer exhiben una característica problemática: cuentan con casos relativamente leves (sic) de Covid-19 para medir su eficacia, lo cual puede obstaculizar los esfuerzos para determinar si la vacuna previene la enfermedad moderada o severa, cuyos planes no son compartidos por el público cuando los reguladores de Gran Bretaña no han sido transparentes en su decisión de reanudar las pruebas. ¿Y quién regula a sus seudorreguladores?

En forma inusitada, el portal ruso Sputnik coincide con NYT: “La prueba de la vacuna basada en adenovirus de chimpancés (sic) se había cuestionado repetidamente por la peligrosa falta de ensayos suficientes acerca de los virus de chimpancés, así como por las consecuencias poco claras de la nueva tecnología grave (https://bit.ly/32SsfYZ)”. Llama la atención que el adenovirus de chimpancé experimentado por AstraZeneca nunca se había utilizado antes en ninguna vacuna aprobada en el mundo, a diferencia del vector adenoviral humano, que ha sido ampliamente estudiado y utilizado. Los científicos rusos alegan que debido a la ausencia de estudios a largo plazo de estas vacunas, nadie sabe si presentan riesgo de cáncer o afectan la fertilidad.

Dato nodal: el adenovirus de chimpancés (sic) sólo lo usa AstraZeneca, mientras las otras vacunas de CanSino, de China, Johnson&Johnson, de EU, y la rusa Sputnik V (del Instituto de Investigación Gamaleya) usan adenovirus de humanos (sic).

La prestigiosa revista británica medica, quizá la mejor del planeta, The Lancet (https://bit.ly/2EsR18W) había aprobado los resultados de las fases 1 y 2 de los ensayos clínicos de Sputnik V, concluyendo que la vacuna rusa es segura, eficaz y no causa ningún efecto adverso. Ya había señalado en Bajo la Lupa que la muy controvertida vacuna de AstraZeneca era la vacuna electorera de Trump para ser usada antes del 3 de noviembre y ayudarle a su relección, además de haber demostrado su carácter eminentemente bursátil (https://bit.ly/32T5jcl).

En realidad, el momento Sputnik de la vacuna rusa (https://bit.ly/3hTvXWN) y el éxito de dos chinas (CanSino y Sinovac), además de tres de EU –la de Johnson&Johnson, la de Moderna (donde ostenta intereses el célebre infectólogo italoestadunidense Anthony Fauci) y la de Pfizer– no han mostrado hasta ahora ningún tropiezo antes de la otrora ineludible fase 3 que parece haber vivido sus mejores tiempos debido a la premura y a los alcances geopolíticos de (ob)tener el liderazgo global.

A Gran Bretaña se le está cayendo su control global de las vacunas mediante su monopólica alianza de vacunas y su perturbador GAVI: “llave médica para el gobierno mundial de Davos (https://bit.ly/32QCn4K)”.

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jueves, 17 de septiembre de 2020

La relevancia de la reflexión razonada y sistemática en torno a la pandemia



La sucesión acelerada y vertiginosa de acontecimientos a raíz de la pandemia obliga a pensar en tiempo real los alcances y las contradicciones de un fenómeno multidimensional y que hunde sus raíces en el proceso civilizatorio de los últimos dos siglos. Aún sin la maduración y consumación de los procesos y sin el reposo suficiente de las ideas, la humanidad se enfrenta al desafío de plantear cuestionamientos y de esbozar posibles respuestas de cara a la vorágine que desnuda la vulnerabilidad y fragilidad de las poblaciones.
Súbitamente, todo fue eclipsado y petrificado, y no precisamente por la presencia intempestiva de un agente patógeno. El coronavirus SARS-CoV-2 y el confinamiento global es la condensación de una crisis sistémica ecosocietal de larga duración entreverada con múltiples crisis precipitadas mediante las decisiones políticas y corporativas que aceleran la inviabilidad social del capitalismo en su faceta rentista, extractivista y regida por el fundamentalismo de mercado.
En esta crisis sistémica ecosocietal se entrecruzan o amalgaman el colapso climático con la acumulación por despojo y el extractivismo; la extrema riqueza con la extrema pobreza, la desigualdad, la marginación y la indigencia; la escasez inducida de alimentos y las posibilidades de hambruna; la vorágine de la alta tecnología con la exclusión y retención de los frutos del progreso técnico; y el declive de las hegemonías con la emergencia de renovados liderazgos en el sistema mundial.
Aunque reflexionar en torno a fenómenos emergentes supone desafíos relacionados con la sorpresa, el azoro y el desconcierto que éstos concitan entre los observadores y analistas; o bien, empañar la mirada con la tendenciosidad ideológica y las posturas ético/normativas, que anteponen preferencias, buenos deseos y hasta principios políticos absolutos e irrealizables. Se impone la confusión epocal y la incapacidad para fraguar nuevas significaciones en torno a la cambiante y vertiginosa realidad social y para imaginar escenarios alternativos de sociedad. Ello no es asunto menor porque, en última instancia, incide –para bien o para mal– en el proceso de toma de decisiones y en el diseño y ejercicio de las políticas públicas.
Pese al advenimiento e instauración de la era post-factual, con su consustancial pulsión del botón de las emociones y la visceralidad, tiende a trivializarse el ejercicio del razonamiento en la vida pública. La reflexión fundamentada y sistemática se torna fútil y se subordina a las pasiones exaltadas, al prejuicio y al negacionismo de los hechos. Con la crisis epidemiológica global, la primera víctima es la verdad. Lapidada por el miedo, el pánico, la discriminación y el fin de las certidumbres, la verdad en tiempos de pandemia es sustraída de los discursos; al tiempo que la reflexión –hecha desde el pensamiento crítico– es diezmada y hasta desterrada.
Con la post-verdad se pretende modelar la opinión pública; así como banalizar la importancia de los datos y los hechos en aras de convertir a las audiencias en seguidores de una causa ideológica. Es la exacerbación de los sentimientos y la supremacía de las emociones para subordinarlas al individualismo hedonista propio del fundamentalismo de mercado y del social-conformismo. 
Entonces, reflexionar –desde el pensamiento crítico– en torno a la pandemia no solo es un imperativo intelectual; un mero ornato para cultivar la vanidad del postureo academicista en medio del desamparo y la incertidumbre. El ejercicio de la reflexión razonada, sistemática y accesible para amplias audiencias y lectores es parte del uso público de la razón, que tiene como finalidad el crear posicionamientos que iluminen el comportamiento de la convulsa realidad social; al tiempo que ofrece referentes para incidir en las decisiones públicas, en los cursos de acción y en la posible solución de los problemas públicos.
Desatado el vendaval del riesgo y la incertidumbre; asediada la humanidad por la vulnerabilidad y el miedo; exacerbada la desigualdad social y la pauperización; asaltada la razón desde las entrañas y la emoción pulsiva; vilipendiada la verdad y entronizada la industria mediática de la mentira, no es una labor fácil detenerse en el camino, mantener la ecuanimidad y allegarse del lenguaje necesario, de los conceptos y de las categorías mínimas para comprender e interpretar fenómenos emergentes y que cimbran las estructuras mentales. Que en ese contexto la razón y el oficio de la reflexión salgan avantes, no es tarea sencilla; más porque como individuos somos parte de esos fenómenos estudiados y no estamos exentos de la ansiedad, la incertidumbre y la exposición al pánico de cara a eventuales riesgos a que se expone la salud física y mental.
En el ámbito del pensamiento y la reflexión, no solo incide el virus que origina la epidemia, sino también el virus ideológico que gesta la desinfodemia (https://bit.ly/31emwwl) que encubre o silencia las causas últimas de la crisis epidemiológica global, así como los flagelos sociales (https://bit.ly/39U4CkG) y los náufragos o víctimas de la pandemia (https://bit.ly/3h34gv7). Subyace en todo ello una construcción mediática del coronavirus (https://bit.ly/2VOOQSu) que entraña múltiples intereses creados detrás de la gran reclusión. De cara a ello, la palabra corre el riesgo de perder valor y de trivializarse en el proceso de construcción de significaciones y referentes conceptuales.
El tratamiento mediático de la pandemia contribuye a la perpetuación –y a la reconfiguración funcional– de las estructuras de poder, riqueza y dominación a partir de la instauración del virus del miedo. La “verdad” la construyen quienes controlan la comprensión de los fenómenos y quienes imponen ciertos puntos de vista –la mayoría de las veces sin argumentos fundamentados– entre las audiencias y lectores. De ahí la urgencia de anteponer la reflexión meditada, aunque persistan riesgos e insuficiencias al pensar en tiempo real de cara a un fenómeno escurridizo y multidimensional que posa ante nuestros ojos de manera desestructurada e inacabada. Se trata de procesos y fenómenos macroliminales que desbordan la mirada del observador y que –a su vez– marcan la pauta de una ruptura histórica que redunda en una crisis en las formas de pensar, concebir, representar, sentir e imaginar la realidad social.
Este carácter multidimensional de las manifestaciones e impactos de la pandemia se suscita en el conjunto de las sociedades e incide en sus estructuras, instituciones y estilos de vida. De ahí que sea posible concebir a la pandemia como un hecho social total (noción introducida desde la sociología y la antropología), que lo mismo tiene implicaciones sanitario/epidemiológicas, que políticas, institucionales, económicas, psicológicas, ecológicas, geopolíticas, mediáticas y semánticas. La misma intensificación de los procesos de globalización amplifica e irradia a escala planetaria, de manera sincronizada y en tiempo real los impactos de la pandemia. El carácter infeccioso del coronavirus SARS-CoV-2 no se comprende sin la transcontinentalización de las relaciones sociales y sin la irradiación de flujos globales de personas, mercancías, capitales, simbolismos, información, conocimientos, bienes ilícitos, y hasta riesgos de distinto tipo. Los viajes aéreos transcontinentales y la misma industria turística acelera esta irrestricta movilidad de individuos, y ello conlleva múltiples riesgos en las sociedades receptoras.
En lo político/institucional, con la pandemia las relaciones de poder y dominación se afianzan, continúan nutriéndose de la desigualdad, y construyen la forma de resarcir la legitimidad y el consentimiento entre los ciudadanos. Sembrado el miedo e incentivado el pánico entre la población, las tentaciones autoritarias y totalitarias afloran y se fundamentan en la mentira y en la necesidad de los ciudadanos de sentirse protegidos. El sector público, por su parte, no solo se muestra inoperante y postrado ante la pandemia (https://bit.ly/2BZBegv), sino que muestra las falencias de la retracción de sus funciones en materia de bienestar social –especialmente en el rubro de los servicios sanitarios y de los cuidados. Súbitamente y recurriendo al instinto de la reacción, del “Estado mínimo” se transitó al Estado sanitizante o higienista en aras de anteponer la protección de la integridad física respecto a las libertades fundamentales. La lapidación que sobre el Estado se cierne es la del hiper-endeudamiento y la de la transferencia de riquezas públicas a manos privadas de una clase empresarial y rentista. Serán motivo de reflexión minuciosa las nuevas funciones que desplieguen los Estados en el mundo de la post-pandemia.
En cuanto al proceso económico, la urgencia de ejercer la reflexión razonada y sistemática tiene que enfatizar en los orígenes y causalidades del vendaval que desató o está por desatar la crisis económica. Si esta reflexión no hunde su mirada en la crisis estructural y sistémica del capitalismo, será difícil comprender la génesis, alcances e impactos de la pandemia. La crisis epidemiológica global se incubó en la crisis ecosocietal del capitalismo y en la implantación y profundización del fundamentalismo de mercado como mantra incuestionable de las políticas públicas. La pandemia y su magnificación mediática funcionan como una excusa o una coartada que justifica la inducción de una crisis –y de una posible depresión– económica de gran alcance donde los principales náufragos serán los miembros de la clase trabajadora, que experimentarán un avasallamiento con el desempleo masivo, el colapso de sus salarios y la pauperización de los pobres y de las clases medias que laboran en el sector servicios. Esta macro crisis económica redundará en una re-concentración y re-centralización de la riqueza y los capitales, así como en una mayor polarización y asimetrías en las estructuras de poder y acumulación de capital.
Lo que exacerba la crisis económica de larga duración no es, en sí, la epidemia y un agente patógeno microscópico que invade –como muchos otros virus y bacterias lo hacen– a los organismos humanos, sino que es el confinamiento global lo que contrae la demanda agregada y rompe las cadenas de producción. Esto es, con la incertidumbre y el pánico sembrados, la praxis económica sale de su cauce hasta alcanzar niveles de colapso. Si los sistemas internacionales de producción integrada y sus cadenas globales de producción y suministros son frenados de golpe, la creación de valor se expone a mermas. Lo que ocurre en la economía mundial desde los meses de febrero/marzo del presente año es una suspensión de las actividades comerciales que reduce la demanda masiva de bienes y servicios. Si ello ocurre, entonces la producción se detiene y aumentan los niveles de desempleo; y con la clase trabajadora despojada de sus puestos de trabajo, el círculo vicioso se amplifica con la caída del consumo. De ahí el argumento nuestro respecto al carácter inducido –fruto de decisiones concretas, sean gubernamentales y/o corporativas– de esta nueva fase de la crisis económico/financiera mundial.
Los ajustes sociales se radicalizarán en este contexto de colapso económico, y el campo laboral será inundado por las aguas nocivas del hiper-desempleo, la mayor flexibilización y la precarización de las condiciones de trabajo. La robotización y la inteligencia artificial –con su consustancial trampa de la sobreproducción y la sobreacumulación– afianzará la noción de una sociedad de los prescindibles donde la clase trabajadora será –lo es ya– el principal náufrago.   
Tener un panorama completo sobre la esfera del proceso económico y las contradicciones radicalizadas en tiempos de pandemia, sería una labor de reflexión incompleta si no se toman en cuenta la cotidianidad de los ciudadanos y, particularmente, sus ansiedades, angustias, temores y demás trastornos mentales y emocionales. La fragilidad, la vulnerabilidad y el miedo, afloran como vendaval no solo por la presencia de un virus infeccioso, sino por la incertidumbre ante un panorama económico y laboral adverso que se dirige al precipicio del desempleo masivo y la suplantación de la fuerza de trabajo a través de una mayor tecnologización del proceso de producción. La sutileza de la reflexión precisa de una amplia valoración y estudio respecto a los impactos emocionales o psicológicos derivados de la pandemia.   
A su vez, la pandemia hace evidente la exacerbación del colapso climático y las contradicciones de la relación sociedad/naturaleza (https://bit.ly/3fCNJfz). El predominio de un patrón de producción y consumo extractivista y basado en la agricultura y ganadería extensivas, no solo devasta la naturaleza y los hábitats originarios de los animales, sino que borra las fronteras entre éstos y el ser humano. Rotas esas fronteras y alterados los hábitats, la migración de agentes patógenos es una constante, y la exposición de organismos humanos dotados de sistemas inmunitarios debilitados hace el resto. Solo un ejercicio de reflexión y estudio sistemático desde la ecología política y los saberes ambientales alternativos nos ayudarían a comprender estas complejas e intrincadas relaciones contradictorias. 
También es necesario no perder de vista la dimensión geopolítica (https://bit.ly/2Nqyc6X) en la reflexión sistemática relativa a la pandemia. Las relaciones económicas y políticas internacionales experimentan una aceleración con la crisis epidemiológica global. Tomar el pulso a esos acontecimientos es fundamental para comprender la correlación de fuerzas y las transformaciones del mundo contemporáneo. Entonces, se presenta la urgencia analítica de ir más allá de las posiciones maniqueistas que –a raíz de la diseminación global del virus– enuncian “Estados Unidos versus China”, o “China versus Estados Unidos”, según quien lo profiera. No existe tal lucha hegemónica frontal entre esas dos naciones –al menos mientras el señor Donald Trump ostente el cargo de Presidente y persistan sus posturas antibelicistas–; lo que se perfila es la creación de un abigarrado dispositivo de control geopolítico y geoeconómico regido por un triunvirato o una hegemonía tripolar compartida protagonizada por China, Estados Unidos y Rusia, con amplias alianzas estratégicas entre ellos y con naciones como la India, Israel, el Reino Unido, entre otras. En este escenario, las élites plutocráticas globales experimentaran reconfiguraciones y reacomodos profundos, a partir de la reestructuración del mercado mundial tras la consolidación de un nuevo patrón tecnológico basado en las llamadas “energías limpias” y en un Green New Deal, así como en la robotización, la inteligencia artificial, y en el Internet de las cosas movido por la llamada 5G.             
Como ya se introdujo en párrafos anteriores, la industria mediática de la mentira fundada en las pulsiones emocionales, el pánico y el negacionismo de las causas profundas de los fenómenos conduce a una tergiversación semántica que desdibuja la representación de la realidad y la gestación de significaciones apropiadas para la comprensión e interpretación de los problemas públicos. La construcción mediática del coronavirus está en función de las relaciones de poder y del patrón de acumulación que se perfila, pero –a su vez– es un dispositivo de control y disciplinamiento que pende sobre la mente, las conciencias, la intimidad y los cuerpos. Es, también, un mecanismo de simulación, encubrimiento, invisibilización y silenciamiento de los flagelos sociales que corren a la par de la pandemia, así como de sus potenciales víctimas y náufragos. Con la tergiversación semántica se perfila un destierro de los ciudadanos respecto al espacio público a medida que el confinamiento global recluyó a amplios segmentos de la población mundial y los inmovilizó respecto a su participación en las decisiones públicas.
Un tema delicado que no es viable desdeñar en la reflexión sobre el manejo de la pandemia se relaciona con la entronización de la comentocracia en los mass media como falsos especialistas sanitarios. Supuestos periodistas y analistas camuflados, suplantan y usurpan el ejercicio profesional de inmunólogos, virólogos, epidemiólogos, infectólogos, alergólogos y neumólogos; y hasta se atreven a realizar diagnósticos, prescripciones y recomendaciones médicas, en lo que sería una artera negligencia masiva de facto y una dictadura mediática de la simulación sanitaria.
Algunos especialistas en inmunología como Beda M. Stadler (https://bit.ly/2WqSUc7), en el contexto del consenso pandémico y refiriéndose a la lógica que sigue el Covid-19 exclusivamente en Suiza, señala que no se trata de un virus nuevo, pues guarda relación con el SARS-CoV-1 identificado en China en el 2002; que es infundado asegurar que las poblaciones humanas no cuentan con alguna inmunidad ante el coronavirus SARS-CoV-2; y que es desmesurado asegurar que las personas que adquiriesen el Covid-19 o que, incluso, infectasen a otros organismos, sean asintomáticos.
Aunado a lo anterior, la conspiranoía, que se hace pasar por supuestas teorías de la conspiración –pero que no son más que enunciados sobreideologizados–, genera –desde gobiernos, mass media y demás ideólogos y charlatanes que se asumen representantes de perspectivas progresistas– una epidemia desinformativa y tergiversadora sobre los fenómenos. “El virus chino”; “el coronavirus SARS-CoV-2 fue inventado –y escapó– en un laboratorio de Wuhan”; “el virus fue inoculado en China por militares estadounidenses que acudieron a un torneo deportivo en Wuhan”; “la red inalámbrica 5G se usa para propagar el virus”; “las campañas de vacunación son parte de una conspiración oculta para implantar microchips entre la población” y que “Bill Gates tiene intereses espurios en ello”, son solo algunos de esos enunciados falsos y sin sustento que circulan por la plaza pública digital y el ciberleviatán. Ignorancia, virus ideológicos, desinformación, desconfianza y negacionismo, se amalgaman para intentar explicar –con base en el prejuicio– problemas públicos que tienen causalidades profundas. Se remite con estos discursos ideológicos de la conspiración a fuerzas oscuras, ocultas y profundas que mueven los hilos del mundo. A partir de allí, se instalan actitudes de suspicacia y recelo respecto a las instituciones estatales, que tienen sus raíces en la era del desencanto y la desilusión (https://bit.ly/2ZKkZgg) que caracteriza a la crisis de la política (https://bit.ly/2OdSmBL) como praxis para la construcción de soluciones en torno a los problemas públicos.
Esta conspiranoía se funda en narrativas simples, digeribles y maniqueistas, que pretenden construir un sentido sobre los acontecimientos y encontrar responsables directos de sus efectos negativos (generalmente “seres tenebrosos y malvados” que “actúan en secreto” y tras el trono). Se asume, sin acierto, que las élites políticas y corporativas están dotadas de ultra poderes que no es posible cambiar porque debajo de ellos existen masas amorfas manipuladas, sin criterio y sin posibilidad de crítica. Estas ideologías de la conspiración contribuyen, en parte, a la autocomplacencia y al social-conformismo, tan arraigados en las sociedades contemporáneas. De ahí la urgencia de anteponer el pensamiento crítico ante un virus semántico e ideológico como éste.
En suma, apelar a la reflexión razonada y sistemática no es un ejercicio baladí, ni carente de sentido. Es una praxis que nos posiciona en el terreno respecto a la disputa por la palabra y la construcción de significaciones con miras a representar la realidad y sus problemáticas. Es una praxis que contribuye –directa o indirectamente– a la (de)construcción del poder y a erosionar las estructuras de dominación que, hay que decirlo, comienzan en el plano semántico y se extienden a las decisiones públicas, la modelación del comportamiento y a la apertura de cursos de acción. Desdeñar este potencial creador de la reflexión no solo pronuncia y perpetúa las cegueras, los prejuicios, el negacionismo y la instauración de una era post-factual, sino que también descarrila toda posibilidad de formación de una cultura ciudadana sustentada en información válida y fiable que contribuya a nuevas formas de organización de la sociedad.
Isaac Enríquez Pérez, Investigador, escritor y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos (de próxima aparición).

lunes, 14 de septiembre de 2020

La Agenda 2030 ante el coronavirus

Fuentes: Rebelión

No es casual que el informe de este año 2020 de Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) no haya contado, siquiera, con una nota de prensa mundial, algo insólito. Los ODS iban mal y la pandemia del covid-19 ha subrayado, con meridiana claridad, las enormes deficiencias y limitaciones de esta Agenda 2030. Hasta el punto que ya se está hablando en centros de investigación internacionales de otra nueva “Agenda 2050” o incluso de “ODS plus” para ampliar su contenido.
Y es que hablar de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) a la vista de la catástrofe ocasionada por el coronavirus resulta ilusorio, ante una situación que ha demostrado, de un plumazo, que eran una mera declaración de principios sin anclaje con la realidad.
¿Qué validez tiene una Agenda que se presenta como fundamental, transformadora y universal, que es incapaz, ya no de anticipar, sino siquiera de mencionar la posibilidad de una pandemia producida por un virus, cuando en los últimos años se han vivido otras graves emergencias sanitarias globales que no han sido mencionadas en los ODS? Claro que no es sorprendente cuando la meta 3.8, referida a la cobertura sanitaria universal incluye “la protección contra los riesgos financieros”, en el mismo objetivo 3 que se propone alcanzar una vida sana para todos.
Desde la epidemia de ébola de 1994 en África Occidental, la humanidad ha vivido otras cinco graves pandemias que, si bien, pudieron ser controladas, plantearon serios problemas globales de salud a la humanidad, sin mencionar otras muchas enfermedades víricas extraordinariamente graves surgidas en animales que también han sido una peligrosa amenaza para las personas: enfermedad de las vacas locas, gripe aviar, peste porcina, VIH/SIDA de los monos y el ébola del murciélago, entre otras. Sin embargo, unos ODS que se presentan como infalibles y globales hasta el año 2030 ni siquiera tenían en cuenta estas evidencias, planteando un mundo irreal de salud universal gratuita, medicinas fácilmente accesibles, junto a coberturas sanitarias y profesionales en todos los rincones del mundo y para todos.
Pocas cosas hacen más daño a la lucha contra la pobreza y la satisfacción de necesidades básicas que proyectar mundos inexistentes a base de escenarios que nada tienen que ver con la realidad que viven cientos de millones de desheredados en todo el mundo. A lo largo de estos meses hemos visto fosas comunes abiertas con rapidez en diferentes lugares, cadáveres abandonados en las calles de ciudades latinoamericanas, personas muriendo a las puertas de hospitales porque no tenían dinero para pagar el oxígeno que necesitaban en países africanos, profesionales sanitarios contagiados por la falta de equipos de protección y mascarillas, asilos de ancianos donde los abuelos han fallecidos por miles en diferentes países europeos o en Estados Unidos, incluso, camiones con cadáveres en descomposición en las calles de Nueva York. Frente a este panorama tan trágico, recordar algunos de los objetivos en salud recogidos en la Agenda 2030 parece, sencillamente, un insulto.
Todo ello deberían haberlo comprendido esos sacerdotes que, con altas dosis de oportunismo, se han lanzado en los últimos años a anunciar un nuevo paraíso en el año 2030, una tierra prometida contenida en los textos sagrados de los ODS, que, como los diez mandamientos, se reflejan en sus 17 objetivos, 169 metas y 230 indicadores, muchos de los cuales ni siquiera han leído y mucho menos comprenden. De hecho, si algunos de los que predican la felicidad contenida en los ODS hubieran dedicado antes un poco de tiempo a leer, estudiar y comprender su verdadero significado, no habrían publicitado tantos dogmas vacíos que ahora se derrumban, como un castillo de naipes. Y también, hubieran visto algo tan elemental como que, en el punto 55 de la resolución aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas, el 25 de septiembre de 2015, “Transformar nuestro mundo. La Agenda 2030 para el desarrollo sostenible” (A/Res/70/1), se señala con claridad que los objetivos y metas contenidos en esta declaración son simples “aspiraciones”, es decir, meros deseos.
Me temo que la resurrección no llegará en el año 2030, como anuncia en sus textos y ceremonias la curia de los ODS. El desarrollo tiene mucho de religión moderna repleta de arrogancia occidental, con sus rituales, creencias, sacerdotes y liturgias, anunciando un paraíso inalcanzable en el futuro hacia al que llegaremos algún día si aceptamos los dogmas incuestionables que se predican. Esa voluntad de esperanza colectiva para mejorar las condiciones de vida de la humanidad, que llamamos desarrollo, ha acabado por ser un lema, pervertido hasta extremos insospechados. Por ello, tenemos la obligación de repensar la teoría, la práctica y la propia narrativa del desarrollo que se basa en un crecimiento infinito en un planeta que tiene recursos limitados, sobre la base de muy pocos ganadores y muchos perdedores.
Unos pomposos Objetivos de Desarrollo Sostenible universales para el año 2030 que no han sido capaces de considerar el daño que estamos haciendo a la biosfera y al delicado equilibrio ecológico, que ignoran cómo estamos alterando profundamente nuestra relación con la naturaleza para mantener un sistema económico y productivo insostenible, llamado capitalismo, cuyo mantenimiento expansivo forma parte de los cimientos de los ODS, están abocados al fracaso y ponen en grave riesgo la humanidad misma, como estamos viendo. Además, diseñar una agenda global hasta el año 2030 que no tiene en cuenta las causas de la gigantesca crisis ecosocial causada por un sistema económico destructor que ha puesto a la sociedad, a las personas y al planeta a su servicio, está de espaldas a la realidad. Y ese sistema económico destructor, patriarcal y neofascista se llama capitalismo, con todos los adjetivos que queramos, necesitado de mantener un crecimiento económico que alimenta la crisis ecosocial que atravesamos. El mismo crecimiento económico por el que apuestan los ODS y la Agenda 2030.
La actual pandemia del coronavirus, en su origen, expansión y respuestas, se alimenta también de muchos de los elementos de este capitalismo crepuscular y ahí es donde tenemos que impulsar la verdadera transformación.
Carlos Gómez Gil es profesor titular en la Universidad de Alicante, donde imparte cooperación al desarrollo.
Blog del autor: www.carlosgomezgil.com

lunes, 31 de agosto de 2020

La normalidad del hambre

Mirar al sur

Pasqualina Curcio nos invita a reflexionar sobre lo que parece normal en el mundo, como que alrededor de 820 millones de personas se encuentran en situación de inseguridad alimentaria, de las que 150 millones sufren de hambruna, a pesar de que, según la FAO, todos los días se producen alimentos suficientes para todos los habitantes del planeta.

 En 2020 –continúa Curcio– unas 12 mil personas habrán muerto de hambre diariamente como consecuencia de la pandemia, número mayor de los que se estima fallecerán por el propio Covid-19. El hambre causa la muerte de 45 por ciento de niños menores de 5 años en el mundo. Esta es la normalidad, mientras ocho de las mayores empresas de alimentos y bebidas han repartido entre sus accionistas más de 18 mil millones de dólares desde enero de este año, cifra 10 veces superior a lo que la ONU estima necesario para evitar que la gente siga pasando hambre (véase https://www.alainet.org/es/articulo/208601 ).

Elecciones en Jamaica

El 11 de septiembre están convocadas en Jamaica elecciones parlamentarias, donde las encuestas dan ganador al gobernante Partido Laborista (JLP) sobre el Partido Nacional del Pueblo (PNP), aunque con muchos indecisos todavía. Ambas formaciones practican políticas de ajuste neoliberal, pero resulta interesante lo que apunta el periodista Trevor Brown: La distinción más clara entre ambos partidos está en el área de las relaciones exteriores, ya que la postura del PNP es progresista y no alineada, en contraste con el JLP, internacionalmente conocido como pro-Trump para cualquier tema que sea apoyado por el imperio, incluido el del estado de Israel. Sin embargo, resulta interesante destacar la posición del actual líder del PNP, Peter Phillips, quien, junto con otros integrantes de la dirección, ha estado impulsando una plataforma socialista democrática que contiene apoyo para el fortalecimiento de la clase trabajadora y de la clase baja.

Punto final

El 4 de septiembre se cumplen 50 años de la histórica victoria electoral de Salvador Allende. Su gobierno, derrocado por un golpe de Estado ordenado a la CIA por Richard Nixon, fue un ejemplo de soberanía nacional, latinoamericanismo y justicia social.

viernes, 28 de agosto de 2020

Movimientos sociales durante y después de la pandemia en Abya Yala


Fuentes: Rebelión

Las tres décadas anteriores a la pandemia global del COVID19, fue un tiempo “fecundo” para la emergencia y beligerancia propositiva de diferentes movimientos sociales, en diferentes países de Abya Yala.
Varios de dichos movimientos, incluso cuando el mundo occidental proclamaba el fin de la historia con la cúspide del sistema del libre mercado, se atrevieron, no únicamente posicionar una narrativa contra hegemónica en el imaginario colectivo de Abya Yala, sino mediante los llamados gobiernos “progresistas” lograron que cerca de 70 millones de personas en la región salieran de la situación de pobreza.
La inédita pandemia global del COVID19 encontró a varios de los movimientos sociales contemporáneos desconcertados por los últimos golpes de estado (Honduras, Paraguay, Brasil, Bolivia). Aunque desde Chile y Ecuador, justo al inicio de la pandemia, multitudes de insatisfechos con el sistema neoliberal mostraban su inconformidad con sus gobiernos desde las calles.
La pandemia, y el “obligatorio aislamiento social planetario”, puso un barbijo (tapaboca) obligatorio a todos los movimientos sociales. Aunque incluso con tapabocas, multitudes hambrientas y desempleadas, desafiaron y desafían al COVID19 y a los gobiernos en los EEUU., Bolivia, Honduras, Colombia.
¿Cuáles son los principales desafíos para los movimientos sociales en la post pandemia?
Construcción de un ideario compartido más allá del antropocentrismo. Se asume que los movimientos sociales se constituyen para la búsqueda del bienestar humano centrado en el reconocimiento y garantía de los derechos. En ese sentido, son voluntades centradas en el bienestar humano (antropocéntricos).
La pandemia nos devolvió a nuestra condición de seres dependientes de la comunidad cósmica, del sistema Tierra. Sin salud, sin alimentación, sin agua, sin oxígeno…, por más que tengamos dinero, no podemos subsistir. En este sentido, el horizonte teórico y conceptual de los movimientos sociales que sobrevivan a la pandemia debe cambiar.
Una perspectiva holística que supere la mirada fragmentada y sectorial de la realidad. Una concepción de la vida humana como parte del entramado de las diferentes formas de vida que conformamos la comunidad cósmica. Debemos educarnos que de la salud y derechos de la Madre Tierra dependen la salud y derechos humanos. Urge desoccidentalizar, decolonizar, despatriarcalizar, desbinarizar (izquierda/derecha), dehumanizar (superar el antropocentrismo)
Articulación continental y acciones simultáneas. La pandemia nos constata que las consecuencias nefastas del sistema neoliberal carecen de fronteras nacionales. Después de décadas de las democracias representativas y el libre mercado, los estados de Abya Yala no cuentan con básicos sistemas de salud. El libre mercado no salva vidas.
Además, se visualiza que, la pandemia, lejos de constituirse en un golpe de timón en el modelo hegemónico, será un motivo para recargar los procesos de incursión/saqueo de los territorios, disolución de los derechos, anulación de los Estados de Derecho.
Ante esta realidad, los movimientos sociales con identidad y raigambre territorial debemos conectar entre todos los movimientos a nivel de toda Abya Yala y constituirnos en un actor continental que se mueve de forma simultánea desde diferentes puntos del Continente. Ante enemigos comunes, amenazas simultáneas, y vulneración de derechos compartidos, la acción propositiva de los movimientos sociales debe de ser continental en la post pandemia.
Transitar de sujetos sociales a sujetos sociopolíticos. El sistema neoliberal florece, y el intervencionismo norteamericano es impune, en la medida que los movimientos sociales no logramos superar la protesta como nuestro horizonte beligerante. Urge transitar de la protesta a la propuesta.
En la post pandemia, la disputa por el control del Estado (como ente garante de derechos) debe ser una apuesta esencial de los movimientos sociales. Es decir, los movimientos sociales estamos llamados a transitar de ser sujetos sociales a sujetos sociopolíticos.
La apuesta por constituirnos en sujetos sociopolíticos inevitablemente conlleva la construcción ascendente de organizaciones políticas propias para disputar el poder desde las urnas, y así garantizar el cumplimiento de los derechos. De lo contrario, los agentes del libre mercado seguirán creando las condiciones para las nuevas pandemias letales.
Comunicadores en movimiento desde las calles y en la nube. En la post pandemia debe cambiar el tradicional modelo de organización social, y el modo tradicional de comunicación desde los movimientos sociales.
En las últimas acciones colectivas de los movimientos sociales se constata que todo actor movilizado es al mismo tiempo un comunicador en acción mediante sus dispositivos de telefonía celular. Un actor red que genera y/o distribuye contenidos para las redes socio digitales. Antes, en los movimientos sociales, el rol de la comunicación estaba asignado para una “secretaria/responsable”. Ahora, todos los y las integrantes de movimientos sociales nos constituimos en comunicador@s.
Quizás esta batalla comunicacional por la instalación de una determinada narrativa en el imaginario de los pueblos y sociedades de Abya Yala, desde la nube/internet, sea una de las trincheras más potentes en la guerra desigual entre los hidalgos de la muerte y los “guerreros del arcoíris”.
Consensuar un horizonte de luchas más allá de la modernidad y el desarrollo. Durante la pandemia la disputa por la narrativa post pandemia, a más de uno, hizo creer que la “nueva normalidad” sería un estilo de vida más amigable con el sistema Tierra, más centrado en el ethos del cuidado/cooperación que en la competencia/aniquilación…. Pero, los mensajes oficiales para la reactivación de las economías nos indican que la post pandemia no será más que la reactivación neoliberal con fondos públicos. Es decir, la post pandemia será la apuesta por más desarrollismo/extractivismo, más modernismo (sin ilustración).
En este panorama, los movimientos sociopolíticos en Abya Yala, desde los territorios, las calles y las redes socio digitales estamos llamados a pensar, consensuar y construir un mundo más allá de las ilusiones del desarrollo y de la modernidad, sin renunciar al legado benigno de la modernidad.
El desarrollo, como ese horizonte de acumulación de bienes y explotación de las diferentes formas de vida, no puede ser más un horizonte post pandemia desde los movimientos sociales. En coherencia y fidelidad a nuestra tradición histórica, los movimientos sociales estamos llamados a promover y cultivar un estilo de vida alternativo, centrado en el cuidado y la restauración de los equilibrios rotos en la comunidad cósmica. Y esta apuesta es enminentemente sociopolítica.
Ollantay Itzamná. Defensor latinoamericano de los Derechos de la Madre Tierra y Derechos Humanos
@JubenalQ

jueves, 27 de agosto de 2020

Coronavirus y globalización


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La globalización encadena al mundo
La gran paradoja que ha revelado la crisis del COVID-19 ha sido el hecho de que la globalización trajo consigo el germen de su propia destrucción. En efecto, la expansión de un virus que inició en las entrañas de China, rápidamente se instaló en lugares insospechados a causa de la velocidad de tránsito y comunicación. Para algunos analistas, la propagación de la enfermedad desnudó las desigualdades estructurales en el mundo, pues aquellos ciudadanos que pueden viajar libres -a causa de sus recursos y capital- fueron los que trajeron la enfermedad a sitios llenos de pobreza y sin margen de respuesta sanitaria u hospitalaria. En consecuencia, la “geografía del virus” se ha distribuido más en aquellos sitios sin mayores controles o herramientas de prevención. Esto sumado, por su puesto, a las respuestas llenas de ignorancia de líderes mundiales como Donald Trump, Boris Jhonson y Jair Bolsonaro que, en un primer momento, minimizaron la acción del virus y luego, lo concibieron como algo inevitable, cuando ya los muertos se contaban por miles.

Por esa razón, la promesa de la globalización de un mundo interconectado y liberal, luego de la caída del socialismo real a principios de los años noventa, se convirtió en la aparente panacea mundial. Incluso algunos autores hablaron del "fin de la historia", hecho que marcaba la victoria definitiva de los Estados Unidos y por extensión de su modelo económico. Y todo apuntaba a que era cierto: los procesos de integración en Europa, la conversión de China y el espacio post-soviético al modelo capitalista, la conectividad asegurada a través de internet y la entronización de los mercados bursátiles, por mencionar sólo algunos fenómenos. No obstante, muchos ignoraban las señales contrarias y las atribuían a pesimistas o resentidos, verbigracia, el aumento de los movimientos nacionalistas/secesionistas, el resurgimiento de partidos de ultraderecha con consignas xenófobas, los movimientos antiinmigración o políticos con discursos proteccionistas, ejemplos todos de un mundo que nunca se fue.

De ahí que la globalización tenga que ser leída como una estrategia propia del neoliberalismo que benefició a un segmento específico de la población: aquellos que cuentan con los recursos de movilización, pues los millones restantes son vistos con desconfianza y excluidos de los procesos de toma de decisiones. Sin embargo, dejando de lado la discusión sobre la aporofobia, el COVID-19 plantea una interesante reflexión sobre el futuro del fenómeno globalizador que será atendido y desarrollado en las siguientes líneas. Lo primero que hay que mencionar es la paradoja con la que inició este texto: la propagación del virus es una consecuencia inmediata de la globalización. Es decir que la promesa de un mundo unido e interconectado fue el caldo de cultivo ideal para la propagación acelerada de la enfermedad.

Dicho de otro modo, "el aumento de la movilidad de las personas que tantas bondades ha supuesto a la sociedad y a la economía en las últimas décadas se ha convertido en el mejor aliado del virus". La consecuencia inmediata no ha sido otra que el aislamiento de las personas sospechosas de contraer el virus, la cancelación de rutas comerciales y aéreas, el confinamiento de millones de individuos y, como no, el cierre de fronteras. Esto sin contar los innumerables problemas internos como la paranoia colectiva, las enormes desigualdades y la búsqueda de chivos expiatorios que se han centrado en los ciudadanos chinos e increíblemente, en los médicos. Todo ello lleva a preguntarse, ¿El mundo post-pandemia supondrá el fin de la globalización? La respuesta es compleja y requiere de múltiples aristas de análisis. En efecto, por una parte, podría considerarse que los movimientos antiglobalización tenían razón y que en aras de salvaguardar la humanidad de futuros brotes infecciosos es necesario desarrollar estrategias autárquicas y proteccionistas. Por otro lado, están los sectores reacios a perder la unión económica global y por eso le apuestan a la integración solidaria (la cual ha brillado por su ausencia) para superar este impase de la humanidad.

Aunque suele decirse que las grandes catástrofes son las parteras de soluciones y líderes de las mismas dimensiones, lo cierto es que la pandemia del COVID-19 puede transformar al mundo tal y como lo conocemos. Enfermedades y pestes estuvieron en el telón de fondo de la caida de grandes sociedades e imperios y que la debacle de los Estados Unidos no será la excepción. En esta misma línea se encuentra la opinión del filósofo político, John Gray, para quien “el apogeo de la globalización ha llegado a su fin”, éste estará caracterizado por la caída de gobiernos, una ruralización generalizada, la restricción de viajes comerciales, la desintegración de la Unión Europea al estilo del “Sacro Imperio Romano” y el ascenso de la extrema derecha; en una palabra estamos asistiendo al desmoronamiento del "orden mundial". Algunas voces han caracterizado este fenómeno como la “desglobalización”, un proceso consecuente que puede derivar en peligrosas circunstancias como el auge de nacionalismos xenófobos y el proteccionismo económico.

En relación con lo anterior, no debe perderse de vista que el período de entreguerras en Europa suscitó el desarrollo del fascismo y significó un fuerte retroceso al comercio internacional. Y aunque la pandemia no puede compararse con la carnicería de un conflicto bélico, sus consecuencias sí han sido alarmantes, por ejemplo, en tan solo 18 días del coronavirus se perdieron la misma cantidad de empleos que en el periodo posterior a la segunda guerra mundial, con la diferencia que esto se produjo 799 días después. Además, siguiendo a la teoría liberal en las Relaciones Internacionales, la interdependencia compleja asegura que dos Estados no entran en conflicto directo a causa de las consecuencias que se pueden derivar de esta decisión. En pocas palabras, si se decidiera atacar a otro país, esto provocaría un gran peligro, sería como una espada de Damocles. Por eso, de acuerdo con estos teóricos la cooperación y el diálogo resultan mucho más eficientes que el conflicto. No obstante, no debemos perder de vista que la globalización sólo beneficia a un sector social, aquel que cuenta con los recursos necesarios para viajar y negociar.

A pesar de no ser una de las voces autorizadas en el tema -y hasta en cierto sentido, uno de sus causantes-, el multimillonario Bill Gates trae a colación que el coronavirus "nos enseña que todos somos iguales (…) nos recuerda que las fronteras falsas que hemos puesto tienen poco valor ya que este virus no necesita pasaporte”. Resulta hipócrita, sin embargo, que el hombre más rico del mundo hable de “igualdad” cuando tiene asegurado el acceso básico a alimentos y otros bienes, en contraste a millones de personas que sobreviven en situaciones paupérrimas. Las desigualdades estaban antes del coronavirus y seguirán allí después de que pase la catástrofe. También debe destacarse que el período neoliberal de los años ochenta es sólo una fase más de la globalización, para algunos especialistas inició en el siglo XV con el llamado “descubrimiento de América” y la expansión del comercio mundial o incluso tiene sus orígenes en la Ruta de la Seda en la dinastía Han.

Otro de los escenarios que puede caracterizar la “nueva normalidad” será un aparente retorno a la integración económica mundial, donde los grandes triunfadores serán las multinacionales farmacéuticas que obtendrán jugosos dividendos a costa de la necesidad de la cura. Y aunque la Organización Mundial de la Salud ha insistido en la gratuidad del medicamento, no es descabellado pensar que nuevamente todo estará orientado por la oferta y la demanda. De hecho, al estilo de la carrera espacial en tiempos de la Guerra Fría, el país que primero obtenga una cura efectiva tendrá enormes ganancias en posicionamiento y prestigio, de ahí que Estados Unidos esté en una situación tan compleja, pues de no encontrar la vacuna, tendrá que entregar irremediablemente el estandarte de primera potencia mundial. Esta lectura, menos apocalíptica, se basará en un retorno paulatino a la integración económica global, aunque los Estados serán mucho más cautos a la hora de establecer relaciones comerciales.

De otro lado, es importante mencionar la perspectiva del filósofo coreano-alemán Byuung-Chul Han, quien en un texto revelador titulado “la emergencia viral y el mundo del mañana”, propone su interpretación del por qué en el oriente asiático parece haber una mejor gestión del coronavirus. Según Han, Estados como Japón, Corea, China, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria derivada de su tradición cultural (confucianismo), acompañada de sociedades menos renuentes y más obedientes que, por ejemplo, en Europa o América Latina. Otro de las ventajas, de acuerdo con el filósofo es la vigilancia digital, con lo cual, el big data encierra un potencial inimaginable para defenderse de la pandemia. En China, por ejemplo, hay 200 millones de cámaras de vigilancia con técnicas muy eficientes de reconocimiento facial, hecho que permitió controlar la propagación por medio de un cerco epidemiológico, avisado a través de mensajes de texto. La reflexión de fondo que orienta el artículo de Han es la consideración sobre el dilema entre democracia (libertad) y autoritarismo (eficiencia). Por supuesto que el control de la pandemia es mucho más efectivo en países cuyos índices de libertad están más restringidos, hecho que según el pensador coreano llevará a replantearse en occidente las formas de gobernar, razón por la cual, la tentación a los gobiernos populistas autoritarios no es una coincidencia.

Tomando en cuenta todos los elementos anteriormente mencionados, es posible concluir que la pandemia del COVID-19 está empujando a una reestructuración de las relaciones socioeconómicas mundiales. En el texto intentamos abordar varias perspectivas: desde una visión de la “desglobalización” caracterizada por el ascenso de gobiernos nacionalistas y de fronteras cerradas, hasta una postura mucho más morigerada en donde la integración económica seguirá siendo parte del panorama de países que le apostarán a una reconstrucción colectiva. Si bien, no podemos anticiparnos a lo que sucederá (y nadie, de hecho, puede hacerlo), lo cierto es que los cambios provocados generarán que estemos asistiendo a una transformación en el orden mundial donde se comience a explorar alternativas al extremo individualismo y el culto de mercado tan característicos en occidente y que tanto daño le han causado a millones de personas.


https://www.alainet.org/es/articulo/208600    

viernes, 14 de agosto de 2020

Producirán México y Argentina vacuna de Oxford; financia Slim

Pandemia
Prevén esté lista en el primer semestre de 2021
AztraZeneca la fabricará allá y aquí se envasará


Foto
▲ Bebés de mamás infectadas por Covid son aislados y protegidos con plásticos de colores para identificarlos en el Instituto Perinatal de Lima, Perú, donde 30 por ciento de embarazadas han dado positivo.
Buenos Aires. El presidente Alberto Fernández anunció anoche que Argentina y México producirán la vacuna contra el coronavirus desarrollada por la Universidad de Oxford, para distribuirla en América Latina –con excepción de Brasil–, la cual podría ser utilizada en el primer semestre de 2021, lo que creó grandes expectativas no sólo aquí, sino en los países del Cono Sur.
Fernández, quien luego de la presentación se comunicó con su par mexicano, Andrés Manuel López Obrador, destacó que el fabricar la vacuna en conjunto con México asegura que será distribuida equitativamente entre las naciones cuyos gobiernos la soliciten.
Explicó que “es un emprendimiento privado con la Universidad de Oxford, el cual contó con el respaldo financiero de la Fundación Slim, y lo convirtieron en un proyecto sin fines de lucro. Hay que celebrar la conducta de la empresa y de la universidad. No están buscando beneficios económicos con la vacuna, lo que la hace relativamente barata en comparación con otras.
“El objetivo –dijo– es fabricar entre 150 y 250 millones de dosis, que al poder cubrir a toda la región latinoamericana se dejan atrás la percepción y los augurios de algunos sectores que intentan manipular con la pandemia y advierten que nuestros países serían los últimos en recibir la inmunización”. También destacó la consolidación de la relación especial entre Argentina y México.
Resaltó que es importante conocer que el trabajo se realizará en el laboratorio AstraZeneca, de origen anglosueco y asentado hace muchos años en Argentina, el cual hizo un acuerdo con Oxford para desarrollar esta vacuna.
Los medios locales destacaron el financiamiento del empresario mexicano Carlos Slim, que firmó un acuerdo con la Universidad de Oxford y AstraZeneca para producir el biológico de manera local y en Argentina y México, como una iniciativa sin fines de lucro.
Dijo que el inmunizante llegará a precios más accesibles, con un costo estimado de entre tres y cuatro dólares por dosis.
AstraZeneca eligió al laboratorio Abxience en Argentina, que será el productor del reactivo de la vacuna y México se encargará de envasarla y completar el proceso de producción.
Por otra parte, Fernández felicitó a su colega ruso, Vladimir Putin, por el lanzamiento de Sputnik V, la vacuna contra el coronavirus que su país lanzó el martes. Le envió una carta donde lo felicita por el logro que quedará entre las páginas indelebles de la historia de la medicina mundial.

Foto Ap
Corresponsal
Periódico La Jornada

jueves, 13 de agosto de 2020

Las fisuras que la pandemia impone a los cuerpos

¿Podremos volver a abrazarnos en la multitud?
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Pandemia
Foto: Arabi21.com
Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 549: Las tramas que esconde la pandemia 14/07/2020
Una de las primeras voces que interpretó la pandemia como “un portal”, un pasaje por una experiencia de la cual no habría retorno a lo que antes era, fue Arundhati Roy. Su visión desde la India nos dejó conocer la exacerbación de lo que son los cuerpos “intocables” y la idea misma de la intocabilidad. Estos momentos donde la pandemia ha obligado al encierro, han sido y son momentos centrados en el cuerpo, de forma diversa: los cuerpos más vulnerables, los cuerpos que importan, los cuerpos que son “dispensables”. La centralidad del cuerpo en el tiempo suspendido de la pandemia nos deja ver la precariedad de su sostén material: su mala alimentación, su falta de salud, de fortaleza inmunitaria, como características generalizadas de gran parte de la población. La letalidad de esta pandemia, y de las que vengan, no puede entenderse sino a través de la precariedad de los cuerpos que la enfrentan y su vulnerabilidad. La verdadera pandemia llegó antes, y se acomodó en nuestros cuerpos, y no se irá con el fin del confinamiento y por supuesto, tampoco con la vacuna. El capitalismo del desastre (Naomi Klein) hará lo que sabe hacer: negocios con las crisis. Ya lo estamos viendo: la Unión Europea destinando enormes cantidades de recursos para la vacuna que será sólo para ellos. La carrera armamentista es hoy también la de las farmacéuticas. Pero ni un paso atrás en la depredación sistemática de los territorios y sus habitantes, en la precarización de la vida.

Así, sobre el cuerpo precarizado y vulnerable que produce el capitalismo y que rellena con el consumo de ilusiones y comida chatarra, ¿qué cuerpo oponemos? ¿qué cuerpos hacemos florecer?

Hoy no tenemos la cercanía física, el abrazo de las amigas que nos reconforta, ni siquiera podemos acompañar a nuestros muertos. Medidas todas traumáticas para las conexiones y costumbres del cuerpo colectivo que también somos. Paradójicamente, el efecto de distanciamiento y encierro de la pandemia también deja ver la ineludible interdependencia que habitamos, a una escala inédita. Todas y todos, naciones, comunidades, ciudades, municipios, han tenido que dar una respuesta frente al cuidado de la vida. Esas respuestas han sido disímbolas: ahí donde priva el autoritarismo y la vigilancia la respuesta ha sido brutalmente en contra de los cuerpos, de las poblaciones. Pero ahí donde se cultiva el cuerpo colectivo la respuesta ha sido el fortalecimiento de las redes, la gestión colectiva de las necesidades, el cuidado de sí y de los otros.

La situación extraordinaria que estamos habitando ha dejado ver de forma casi desnuda y cruda las estructuras de la desigualdad global en tanto estructuras del capitalismo, del racismo y del patriarcado. Es decir, los modelos fundantes atrás de los “eventos” se han vuelto más visibles y tienen un alcance mayor. La exacerbación de la violencia contra las mujeres que ocurre en el ámbito doméstico, el racismo en las calles manifiesto en la acción de la fuerza pública, la diferencia en la carga de morbilidad dependiendo de la clase y el color. Todo ello nos regresa una visión de “la humanidad” que no puede hablarse más en universales.

Conciencia ecológica

A esta radiografía que nos hace tan visibles las estructuras del despojo, de la impunidad, de la precarización de los cuerpos y de las vidas, se ha agregado la concientización intensa de la interdependencia como especie y con la naturaleza. Una conciencia ecológica en su sentido básico: las relaciones de los seres vivos entre sí y con la naturaleza. La pandemia de alguna forma está actuando pedagógicamente, con lecciones monumentales que develan la integralidad de la crisis que habitábamos antes de ella. La pandemia es un síntoma que devela la a-normalidad que vivimos. Un síntoma que deja ver las estructuras sociales que han generado la crisis subjetiva, social, política, económica, ambiental.

El abrazo, ese gesto vital que tenemos los humanos, reconfortante y dador de energía, es objeto ahora del escrutinio del protocolo: con mascarilla, mirando a lados opuestos, conteniendo la respiración y sólo por unos segundos. El abrazo como acto instintivo de afecto, es un gesto fundacional de la empatía y de la confianza entre (nos)otros. ¿Qué humanidad seremos sin los abrazos espontáneos? ¿Cómo sustituir la emoción que genera la cercanía deseada del otro(a)? La pandemia hace que el aparato sanitario intervenga las prácticas espontáneas frente al otro. ¿Aceptaremos esto como nueva normalidad? El rediseño y control de la espontaneidad de la vida cotidiana está en jaque. Nuestros lazos de afecto se ven intervenidos para controlar el contagio. Pero las bases mismas que han producido, y seguirán produciendo pandemias, quedan intocadas. ¿Permitiremos que el capital controle nuestras emociones y afectos, que siga haciendo negocio con las consecuencias que su mandato produce? ¿Cómo será para los niños y niñas asistir a una escuela donde los dos metros de distancia, la sanitización de las manos, el uso del tapabocas, sean los gestos cotidianos y reiterados de nuestro estar en el mundo? ¿Podrán jugar, ser creativos, desarrollar su imaginación en un espacio cuadriculado por la sana distancia? ¿Qué marcas, huellas y traumas quedarán en la experiencia vital de la distancia física? ¿Se traducirá irremediablemente en distanciamiento social, en potenciación segregativa?

El capitalismo, el patriarcado, el colonialismo, son estructuras que modelan y trabajan sobre el cuerpo, los cuerpos: el cuerpo dócil del proletario, la domesticación del cuerpo de la mujer, cuerpo reproductivo expropiado de decisión sobre sí mismo, la racialización / etnización de los no blancos, cuerpos carentes de humanidad, noción actualizada de distintas formas. Domesticar al cuerpo ha sido sin duda, una empresa histórica de la modernidad capitalista; separarlo del saber de sí. La quema de brujas forma parte de ese proceso como nos ha explicado S. Federici. El cuerpo medicalizado es también un cuerpo sin conocimiento de sí mismo, que se pone en manos del experto. Sin duda esto forma parte de la expropiación del gobierno de sí del que nos habla M. Foucault, y que también tematiza I. Illich en su análisis de las instituciones como des-habilitadoras de los saberes de los cuerpos colectivos. El cuerpo totalmente individualizado es también un cuerpo sin memoria, un cuerpo que transita, un cuerpo intercambiable. Sin duda, el cuerpo ideal para el capitalismo.

Rupturas

Pero hagamos un ejercicio de memoria: ¿dónde estábamos cuando entró la pandemia en escena? Andábamos en las calles. Éramos manada. Los movimientos de mujeres en el mundo, muy particularmente en Argentina, Chile, México, Uruguay, pero también Estados Unidos, España, Italia, desde al menos cinco años, han estado ocupando las calles, acuerpándose en torno a una crítica sistémica radical. La voz de esos cuerpos, algunas dirán esa cuerpa, ha ido tejiéndose interseccionalmente, ha participado también de muy diversos movimientos sociales que han marcado rupturas con lo que se ha entendido tradicionalmente como militancia. Piqueteras, zapatistas, feministas de todo tipo, mujeres de pueblos originarios, han estado hablando en una multitud de lenguas. El 8M fue masivo, y ya estábamos entrando a la pandemia. El 9M, un día sin mujeres, puso en el centro de otra manera lo que la pandemia amplificó: el trabajo de cuidados, el cuerpo de las desaparecidas, la violencia de género. Reconfigurando el mundo, proponiendo un modelo distinto de seguridad (a mi no me cuida la policía, me cuidan mis amigas); exigiendo la caída del patriarcado (no se va a caer, lo vamos a tirar); poniendo en el centro la sanación del cuerpo, los afectos, relevando la sororidad con todas sus complicaciones y desencuentros. Hacíamos estallar de colores los monumentos de las ciudades, los vidrios de los bancos, y seguimos diciendo, ¡será ley! Chile en sus calles enunció: por una vida digna de ser vivida. En otro registro de la misma voluntad encontramos en todo el mundo comunidades resistiendo a los grandes proyectos de despojo del capital global. Comunidades que actúan como cuerpos colectivos resistiendo y re-existiendo, es decir, actualizando sus mecanismos de autogestión, autocuidado y autodefensa. Tan sólo en México, en estos meses de pandemia ha habido seis defensores comunitarios asesinados. Los intereses que modelan el “desarrollo” no se detienen.

La nueva normalidad que gestiona el capital sin duda será a su favor: al estado se le pedirán los ajustes esperados, a la gente los sacrificios necesarios. El neoliberalismo no claudicará, y tampoco el patriarcado, al contrario, tensará todas sus anclas para seguir dominando. Y ahí están los cuerpos, nuestros cuerpos y sus subjetividades. ¿Seremos capaces de rebelarnos? ¿De instaurar una anti-normalidad?

Me parece que ya lo veníamos haciendo. Desde los lugares donde ya ocurre una política de lo cotidiano: redes de abasto, trueque, prácticas de sanación, redes de cuidado y de afecto, y también acciones de intervención política concertadas, como el paro feminista, los espacios de deliberación constante, la otra economía, la otra salud, la otra educación, las otras familias y parentescos elegidos, como lo han estado tejiendo colectivas y grupos en las urbes, comunidades y movimientos en sus espacios. Desde ahí se han ido transformando los cuerpos individuales y sociales, no sin problemas y conflictos internos. Muchas apostamos por esa lenta pero continua transformación / recuperación de un sentido común que es un sentido de lo común. Micropolítica de los cuerpos, que va asentando las bases materiales para la autonomía colectiva. ¿Apropiación de las tecnologías? Es sin duda un espacio: hackear las redes, seguir organizándonos. La puesta en común y la articulación a través de la web. El activismo y la protesta en redes y las manifestaciones en las calles, con y a pesar de la pandemia. Estamos frente a un cuerpo colectivo cyborg, translocal, que actúa por ejemplo, contra el racismo y el brutal actuar de la policía, pero también contra la violencia feminicida, y los megaproyectos que no se detienen.

Como dice Angela Davies, refiriéndose a las manifestaciones antiracistas en Estados Unidos y en varias ciudades del mundo:

“A menudo he dicho que uno nunca sabe cuándo las condiciones pueden dar lugar a una coyuntura como la actual, que cambia rápidamente la conciencia popular y de repente nos permite avanzar en la dirección del cambio radical. Si uno no se involucra en el trabajo en curso cuando surge tal momento, no podemos aprovechar las oportunidades para cambiar. Y, por supuesto, este momento pasará”.1

No sabemos aún que saldrá de todo esto, pero sabemos ya que lo que resulte tendrá que ver también con el grado en que la mayoría de las personas nos impliquemos y decidamos actuar.

Márgara Millán es socióloga y Doctora en Antropología, profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y parte de la Red de feminismos descoloniales y de la Red morelense de apoyo al CNI-CIG. 

1 Angela Davis en conversación con Amy Goodman en Democracy Now del 12 de Junio 2020, en https://www.democracynow.org/2020/6/12/angela_davis_historic_moment



https://www.alainet.org/es/articulo/208353    

miércoles, 12 de agosto de 2020

De la crisis del trabajo al camino que viene

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Foto: Tiempo digital
Al discutir la pandemia de Covid-19 y sus consecuencias, que tan rápidamente han agravado la crisis económica que ya estaba en ciernes, es común referirse a la situación de “la clase trabajadora”. Esta hace años venía sufriendo el incremento de la cesantía, el subempleo, el trabajo precario y el “autoempleo”. La creciente privatización de las economías y concentración del gran capital han incrementado la desigualdad, el deterioro de los servicios públicos, la vulnerabilidad de esa clase y el número de los que, de antemano, difícilmente podían satisfacer sus necesidades básicas.

Desde la pandemia, quienes no tienen más medio de vida que la posibilidad de trabajar han arribado a una situación extrema. Según la OIT, el 81% de la fuerza de trabajo mundial es quien ahora más padece el cierre total o parcial de las actividades económicas. Se perdieron 305 millones de empleos formales en el segundo trimestre de este año, y de los 2,000 millones que subsisten en la economía informal, al menos 1,600 millones pueden quedar sin nada, tras una reducción del 60% de sus ingresos en el primer mes de la pandemia.[1]

Con el auge del neoliberalismo, muchas empresas abandonaron la producción de bienes para optar por el lucro en los negocios financieros. Además, desde la tercera y cuarta revoluciones tecnológicas, el gran capital acomete reestructuraciones que sus empresas más potentes promueven, para ahorrar costos, reponer su tasa de ganancias y acumular excedentes. Se modifican así las condiciones del mercado, a lo que los demás actores ‑‑económicos y políticos‑‑ han tenido que readecuarse. Esto incluye al mercado laboral, dado que estos cambios redefinen los tipos y reducen la cantidad de los trabajadores que las compañías emplean, dejando fuera a los otros.

Entre los afectados por ello están las organizaciones sindicales, que con eso no solo pierden afiliados, sino peso social y político. Y aunque las causas de malestar y protesta sociales crecen, en América Latina las grandes confederaciones sindicales ‑‑que salvo contadas excepciones y momentos‑‑ ya no representan ni encabezan a las mayorías populares. Las grandes movilizaciones de protesta en los meses previos a la pandemia, en Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Haití, Honduras, Puerto Rico y hasta en Estados Unidos, hoy expresan a multitudes autoconvocadas, social y culturalmente plurales, sin organización estable ni duradera. Representan a la variopinta muchedumbre que los latinoamericanos llamamos “la gente”, la cual ya está cabreada.

Pasados esquematismos ideológicos implantaron nociones que seguido no se adecúan ‑‑verbal ni conceptualmente‑‑ a nuestras realidades. En la práctica, la que llamamos clase obrera, o clase trabajadora, en nuestra América envuelve diversas configuraciones. En las áreas urbanas ese sector se fragmenta entre el empleo precario, los trabajadores por cuenta propia, los subcontratistas, los trabajos tercerizados, y la creciente suma de los trabajadores excluidos o cesantes, además de quienes conservan empleos formales, más proclives a formas sindicatos, cuando la ley no se los prohíbe.

Aparte de la creciente cifra de parados, en el conglomerado laboral conviven trabajadores independientes, empleados del comercio y administrativos, pequeñas empresas, talleres artesanales, micronegocios sostenidos por el dueño y su familia, comerciantes callejeros y empleadas domésticas. Como además trabajadores de la enseñanza pública y privada, así como los profesionales y técnicos independientes, dotados de conocimientos y hasta de medios de trabajo especializados –con frecuencia hostigados por interminables deudas e incertidumbres‑‑, de donde surgen no pocos dirigentes políticos. Además, están quienes tienen el privilegio de servir a empresas de tecnología avanzada[2]. Hay que investigar y proponer modos adicionales de organización.

A la par, con referencia al país rural llamamos campesinos a cuantos viven en el campo, pero que en la vida concreta son precaristas o minifundistas, trabajadores sin tierra, trabajadores estacionarios, pequeños y medianos productores, latifundistas que explotan peones o empresas nacionales y compañías transnacionales que explotan a obreros agrícolas.

Esa polifacética realidad del trabajo debe comprenderse dentro de la naturaleza plural, ‑‑más frecuentemente estudiada‑‑ de la heterogénea vida étnico‑cultural, socioeconómica y pluri‑regional de nuestros países. Vida hace siglos sometida a un complejo régimen de discriminaciones y exclusiones, relativas al nivel de ingresos, la región de origen o residencia, los rasgos raciales, sexo, edad y creencias de las personas, que les abren o cierran su acceso a status, empleos y oportunidades.

Ahora los efectos de la pandemia y la cuarentena expanden la crisis general ‑‑económica, social, política y ética‑‑ iniciada antes del Covid que, al incidir en el enjambre de reclamos de las diversas fracciones sociales, agita a un tropel de luchas dispersas. Aunque, a su vez, los intereses plutocráticos obtienen y consolidan ventajas. La crisis, al avanzar, polariza: los grandes consorcios acopian y concentran capitales, mientras los actores menos fuertes quiebran, la masa trabajadora empobrece y las capas medias ven cercarse el abismo.

Cuando esta pandemia termine muchos patrimonios se habrán perdido y no pocas pequeñas y medianas empresas habrán cerrado para siempre. Pero aunque los grupos más castigados son mayoritarios, tienen menor presencia real ante los órganos del poder político. Esta desventaja agrava su subordinación a las entidades y la cultura dominantes. Tanto más cuando la crisis igualmente se manifiesta en la corrupción de las relaciones entre el gobierno y los negocios privados. Como también en la pérdida de representatividad y eficacia del sistema político y de los partidos ‑‑incluso muchos de izquierda trancados en pretéritas formas de organización y comunicación‑‑. Y asimismo en el descrédito de los Parlamentos y el extravío de su legitimidad. Todo lo cual impone una cerrazón del sistema, que ya no asume las nuevas situaciones, necesidades y demandas de la población mayoritaria.

Al estudiar los grandes movimientos nacional‑populares latinoamericanos de los años 30 y 40 del siglo pasado –como el getulismo, el peronismo y el cardenismo‑‑, Ernesto Laclau concluyó que ante la cerrazón política de su tiempo, esos movimientos habían generado las motivaciones, el discurso y el liderazgo necesarios para equiparar y reunir la pluralidad de intereses, reclamos y expectativas de múltiples colectividades descontentas. Un proyecto capaz de asumir sus indignaciones y demandas ‑‑de distintos orígenes, carácter y localización‑‑ de la clase media, del barrio y del asentamiento rural, de los pequeños comerciantes, junto a las de los trabajadores y los carentes de empleo.

A la visión política y la corriente histórica de juntar esa alianza de reivindicaciones insatisfechas, y conjugarlas para formar un sujeto colectivo opuesto al poder establecido, Laclau la denominó populismo. Este daba cuerpo a una contracultura, como antes la llamó Antonio Gramsci, capaz de confrontar al sistema de poder y al sentido común dominantes, y erigirse como su adversario en la confrontación entre “nosotros” el pueblo y “ellos” la oligarquía, así como en el enfrentamiento liberador de la nación frente al imperialismo. Esa comprensión gramsciana del populismo es, a su modo ‑‑como corriente transgeneracional‑‑, un precedente del progresismo de inicios del siglo XXI (aunque probablemente ni Hugo Chávez, Lula ni Evo Morales hayan sido lectores de Laclau).

En los tiempos que hoy se precipitan, esa alianza de reclamos y reivindicaciones incluye otros factores: mayor complejidad y apremio sociales, menor protagonismo de las organizaciones sindicales, creciente presión del proletariado informal, y alta capacidad de “la gente” para comunicarse entre sí y autoconvocarse, incluso sin ser parte de organizaciones constituidas. Así como otras formas de organización, centradas no solo donde los obreros trabajan, sino en las comunidades donde el pobretariado y su prole cohabitan con sus semejantes.

Vale anotar que estas son los espacios socio‑territoriales donde el general Omar Torrijos llamaba a constituir sus núcleos de militancia, donde combinar la discusión de los temas nacionales con la atención a los problemas locales.  

Al cabo, ¿quién es la materia de esa alianza plural de reclamos a quien se moviliza como nuevo sujeto político para trasformar la realidad, su propia realidad? Es “el pueblo”, ¿pero este quién es? No hay mejor respuesta ‑‑por su demostrado alcance como convocatoria masiva y su eficacia como proyecto para luchar juntos‑‑ que la del Fidel Castro en La historia me absolverá, publicada en 1953, unos 30 años antes de las primeras obras de Laclau.

Esa proclama, más allá de ser su alegato ante el tribunal tras el revés del asalto al cuartel Moncada, miraba al próximo futuro y fue su llamado al pueblo cubano a rebelarse. Allí dice:

“Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre”.[3]

Enseguida de lo cual Fidel describe ese complejo sujeto y lo convoca a protagonizar las siguientes etapas del acontecer nacional:

“Nosotros llamamos pueblo, si de lucha se trata, a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente […]; a los quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto compartiendo con sus hijos la miseria, que no tienen una pulgada de tierra para sembrar […]; a los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros […], cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del garrotero, cuyo futuro es la rebaja y el despido, cuya vida es el trabajo perenne y cuyo descanso es la tumba; a los cien mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya […], que no pueden amarla, ni […] plantar un cedro o un naranjo porque ignoran el día que vendrá […] la guardia rural a decirles que tienen que irse; a los treinta mil maestros y profesores tan abnegados, sacrificados y necesarios al destino mejor de las futuras generaciones y que tan mal se les trata y se les paga; a los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas, arruinados por la crisis y rematados por una plaga de funcionarios filibusteros y venales; a los diez mil profesionales jóvenes: médicos, ingenieros, abogados, veterinarios, pedagogos, dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores, etcétera, que salen de las aulas con sus títulos deseosos de lucha y llenos de esperanza para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica. ¡Ése es el pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas; no le íbamos a decir: "Te vamos a dar", sino: "¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad!"[4]

Algunos “politólogos” tal vez recuerdan La historia me absolverá como huella de un fallido intento, sin percatarse de cómo esa arenga tiende un arco que se proyecta desde aquel populismo, precursor de procesos de liberación nacional, hasta la recién pasada y la próxima marejadas del progresismo latinoamericano, para abrirle camino a un mundo mejor.

En medio de las incertidumbres y las perspectivas de lo que ahora sucede ‑‑la crisis de la economía y del trabajo, las consecuencias que seguirán a la pandemia‑‑, de nueva cuenta La historia me absolverá, con su penetrante lectura de la complejidad social, de la cerrazón política y de sus alternativas, es un grito sobre lo que hoy toca comprender y lo que mañana podrá acontecer (o debemos hacer).
 

[1]. Ver Simona Violett Yagnova, “Los desafíos del mundo del trabajo”, en Alai del 24 de julio de 2020.
[2]. Ver Manuel Barrera Moreno, “Sector informal de la economía: ¿Nuevo sector social para la reestructuración de Chile?”, en Alai del 18 de julio de 2020.
[3]. Ver Fidel Castro, La historia me absolverá, en http://www.radiorebelde.cu/26-julio-rebelde/lahistoriameabsolvera.html. Cursivas de NC.
[4]. Ídem.

https://www.alainet.org/es/articulo/208381