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viernes, 28 de julio de 2017

Trump, Polonia y las guerras de la historia



Maciek Wisniewski* / I
Si alguien (todavía) piensa que la historia es sólo la cuestión del pasado (por decirlo así...) y no una poderosa herramienta para organizar el presente, la reciente visita de Trump a Varsovia (goo.gl/uYRbPv) y el caso de la derecha nacionalista polaca deberían hacerlo reconsiderar su postura:
a) fue esta visita y el discurso lleno de referencias históricas pronunciado frente al monumento al Alzamiento de Varsovia (1944) que reivindicando en los ojos del partido gobernante Ley y Justicia (PiS) todo en lo que creemos lo alentó a pasar unas reformas judiciales (goo.gl/r8bPYr) para asegurarse el control sobre los cortes, un intento parcialmente frustrado (goo.gl/tirLxz), pero que marca la lenta deriva de Polonia hacia el autoritarismo;
b) fue la historia –o su hábil reinterpretación– que catapultó el PiS al poder en primer lugar.
Si bien se suele subrayar que PiS ganó las elecciones en 2015 (goo.gl/7ofbkf) entre otros gracias a la incansable promoción de una (alucinatoria) tesis del atentado de Smolensk –el accidente aéreo en Rusia (2010) en que perecieron casi 100 personas, la mayoría altos funcionarios del Estado, incluido Lech Kaczynski, el entonces presidente de Polonia y hermano gemelo de Jaroslaw, jefe de PiS, cuando se dirigían a las tumbas de los oficiales polacos apresados por Stalin durante la compartida con Hitler invasión al país (el pacto Ribbentrop-Molotov) y ejecutados en 1940 (Katyn)– organizado, supuestamente, por Putin (sic) y en conspiración con las apátridas élites liberales polacas (sic) –cuando durante el debate sobre el sistema judicial un parlamentario opositor dijo que Lech, una vez ministro de Justicia, estaría en contra de los cambios actuales, Jaroslaw espetó ¡Vendepatrias! y ¡Ustedes lo mataron! (sic) (goo.gl/Mi4Wht)–, algo que les pareció atractivo y creíble a mucha gente (“Lech era un ‘gran enemigo de Rusia’ y Rusia siempre nos quería subyugar, así que...”), la larga marcha de este partido al poder empezó mucho antes con el trabajo orgánico sobre la consciencia histórica y colectiva de los polacos.
Los historiadores y publicistas afines a PiS por años iban diseminando su nueva política histórica que seguía las coordenadas básicas del revisionismo y la narrativa de dos totalitarismos (véase: M. Haynes, J. Wolfreys (ed.), History and revolution. Refuting revisionism, Verso 2007, p. 15), pero que llevaba las cosas aún más al extremo en cuanto a la exaltación del sufrimiento nacional.
Sin ella toda la “tesis del ‘atentado’” hubiera sido sólo lo que es: un absurdo (Le Monde diplomatique ed. polaca, 3/16).
La piedra angular de esta nueva narrativa fue la idealización del Alzamiento de Varsovia (el más importante evento en la historia polaca) y la erección de su faraónico museo, la única obra pública de L. Kaczynski como jefe del gobierno capitalino.
El hecho de que el Alzamiento desde el principio era una empresa controvertida, destinada a fracasar y que al final costó la vida de más de 200 mil civiles y acabó en la destrucción de la ciudad fue sepultado bajo los cuentos del martirio.
Siguió la rehabilitación de los llamados soldados malditos –grupúsculos de partisanos de ultraderecha antisemita que no depusieron las armas después de 1945– y la hegemonía del Instituto de Memoria Nacional (IPN) encargado de promover la “versión ‘correcta’ de la historia”, patriótica y anticomunista.
Así la explicación de PiS de por qué los cambios sobre los cortes –“para ‘descomunizar’ al sistema judicial” (goo.gl/p6TV2Q): ¿...28 años después de la caída del comunismo?, ¡¿pasándolo bajo el control de un solo partido?!–, resulta típica y se sitúa típicamente al margen de la realidad.
Pero toda la historia según PiS es una historia à rebours.
En ella “los que luchaban por la liberación de Polonia [de los nazis] y su reconstrucción después de la guerra son condenados y los ‘soldados malditos’ que mataban a judíos [sobrevivientes del Holocausto], campesinos y a todos los que trataban a levantar el país de los escombros, enaltecidos” ( Le Monde..., Ibíd.).
Al final según la nueva versión de la historia –compartida grosso modo también por los liberales– en los años 1944-45 no hubo ninguna liberación; un ocupante (los nazis) fue sustituido sólo por otro, incluso más nefasto (los soviéticos).
Así que cuando Trump daba su discurso en Varsovia (goo.gl/5q5NHx) parecía leer el manual histórico de PiS.
Hubo el año 1920 (cuando Polonia derrotó el Ejército Rojo que quería conquistar a Europa), el 1939 (y la doble invasión Tercer Reich/URSS), Katyn, Holocausto y desde luego el Alzamiento de Varsovia (1944) al cual –cierto– Stalin decidió de no ayudar y sólo esperar [en la ribera del Vístula].
Los soviéticos trataron de destruir a esta nación para siempre... ¡Pero no pudieron! [aplausos].
Luego se empezó a perder en la topografía de la ciudad tratando de describir las luchas en las barricadas varsovianas (sic), pero los oyentes –incluidos muchos veteranos– estaban encantados y sólo se escuchaba esto: [aplausos].
Los que aparecieron divididos eran los publicistas conservadores estadunidenses.
Para Anne Applebuam –que igual suele ver el lastre de la sovietización y la mano de Putin” en (casi) todo– invocar el Alzamiento abandonado no sólo por Stalin, sino por... Churchill y Roosevelt (justo cuando Trump invocaba el artículo 5 de la Carta Atlántica...), no era buena idea, encima legitimaba al impresentable gobierno de PiS (goo.gl/fmRcZK) y lo envalentaba en su curso autoritario (goo.gl/z3KjbB).
Pero Marc A. Thiessen –un ex speech writer de G.W. Bush (sic) e hijo de una combatiente de 1944– lo aplaudió entusiásticamente –corrige las injusticias pasadas– y siguiendo el hilo desenvuelto por Trump acabó repintando la Solidaridad como “movimiento patriótico, heredero directo de la resistencia antinazi, que luego se volvió antisoviética, pasó a la clandestinidad y triunfó en 1989” (goo.gl/vYCSUg), ignorando por completo su genealogía real, la lucha por los derechos sindicales y –en principio– por el socialismo con la cara humana.
Esta maniobra es un resumen perfecto de los principales objetivos revisionistas:
• igualar los dos totalitarismos;
• rescribir el pasado –sobre todo el siglo XX– según las líneas nacionales/particularistas;
• y borrar la experiencia y la memoria de las luchas emancipadoras.
*Periodista polaco
Twitter: @MaciekWizz

martes, 16 de junio de 2015

La protesta contra los partidos predominantes



Immanuel Wallerstein
En los países donde existen elecciones impugnadas, comúnmente hay dos partidos predominantes que se consideran cercanos al centro o en los alrededores de la visión de los votantes en dicho país. En los últimos años ha habido un número relativamente grande de elecciones donde un movimiento de protesta gana la elección o por lo menos gana los suficientes escaños como para que deba conseguirse su respaldo de modo que pueda gobernar un partido predominante.

El ejemplo más reciente de esto es Alberta, en Canadá, donde el Nuevo Partido Democrático (NPD), compitiendo en una plataforma razonablemente hacia la izquierda, de un modo inesperado y sorprendente, desbancó del poder a los Conservadores Progresistas, partido de ala derecha que había gobernado la provincia sin dificultad por muy largo tiempo. Lo que hizo de este hecho algo más sorprendente fue que Alberta tiene la reputación de ser la más conservadora provincia de Canadá, y es la base del primer ministro canadiense, Stephen Harper, en el cargo desde 2006. El NPD ganó inclusive 14 de 25 escaños en Calgary, la residencia y bastión del propio Harper.

Alberta no es el único caso. El Partido Nacional Escocés (PNE) arrasó en las elecciones en Escocia, tras una historia de ser un partido marginal. El ultraderechista partido polaco Justicia y Ley derrotó al candidato de lo que se había considerado un partido conservador pro-negocios, la Plataforma Cívica. Syriza, en Grecia, haciendo campaña con una plataforma anti-austeridad, está ahora en el poder, y el primer ministro, Alexis Tsipras, lucha por alcanzar sus objetivos. En España, Podemos, otro partido que combate la austeridad, de manera constante sube en las encuestas y parece empeñado en dificultar –si no es que impedir– que permanezca en el poder el gobierno del partido conservador, el Partido Popular. India está celebrando un año en el poder de Narendra Modi, que compitió en una plataforma que se dedicó a desbancar del poder a los partidos y las dinastías del establishment.

Estas plataformas de protesta, todas, tienen algo en común. Todas utilizaron una retórica de campaña que podríamos llamar populista. Esto significa que aseguraron estar luchando contra las élites del país, aquellas con demasiado poder que ignoran las necesidades de una vasta mayoría de la población. Estas plataformas enfatizaban las brechas (en salud y bienestar) entre las élites y todos los demás. Deploraban la caída del salario real de los estratos medios. Enfatizaron la necesidad de proporcionar empleos, usualmente en instancias en las que ocurría un aumento significativo del desempleo.

Además, estos movimientos de protesta siempre señalaron la corrupción en los partidos en el poder y prometieron ponerle un freno, o al menos reducirlo. Y todo esto, junto, lo presentaron como un llamado al cambio, a un real cambio.

No obstante, tenemos que mirar más de cerca estas protestas. No son, de ningún modo, parecidas. De hecho, hay una división fundamental entre ellas, algo que notamos tan pronto como miramos el resto de su retórica. Algunos de estos movimientos de protesta se sitúan a la izquierda –el NPD en Alberta, Syriza en Grecia, Podemos en España, el PNE en Escocia. Y algunos están claramente a la derecha: Modi en India, el Partido Justicia y Ley en Polonia.

Quienes se sitúan a la izquierda enfocan sus críticas, centralmente, en torno a aspectos económicos. Los situados a la derecha primordialmente hacen aseveraciones nacionalistas, por lo común con énfasis xenófobo. Aquellos a la izquierda quieren combatir el desempleo con políticas gubernamentales que promuevan la creación de empleos, incluida, por su puesto, una mayor colecta fiscal entre los más acaudalados. Quienes se sitúan a la derecha quieren combatir el desempleo evitando la migración, aun al punto de expulsar a los migrantes.

Una vez en el poder, a estos movimientos de protesta –sean de izquierda o derecha– les resulta muy difícil cumplir las promesas populistas que hicieron para resultar electos. Las grandes corporaciones tienen instrumentos importantes con los cuales limitar las medidas que se tomen contra ellas. Actúan a través de esta entidad mítica llamada mercado, auxiliadas e instigadas por otros gobiernos e instituciones internacionales. Los movimientos de protesta encuentran que, si empujan muy duro, el ingreso del gobierno se reduce, por lo menos en el corto plazo. Pero para quienes votaron por ellos, el corto plazo es la medida de su aprobación continua. El día de gloria de los movimientos de protesta corre el riesgo de estar muy limitado. Así que entran en arreglos, lo que enoja a la mayoría militante de sus simpatizantes.

Uno debe recordar siempre que los simpatizantes de un cambio en el gobierno son siempre una multitud abigarrada. Algunos son militantes que buscan un extenso cambio en el sistema-mundo y en el papel que su país juega en éste. Algunos sólo están hartos de los partidos predominantes tradicionales, que son vistos como que se cansaron y dejaron de ser responsivos. Algunos dicen que un nuevo grupo en el poder no puede hacer nada peor que quienes estaban antes. En resumen, estos movimientos de protesta no son un ejército organizado, sino una inestable alianza flotante de muchos grupos diferentes.

Son tres las conclusiones que podemos extraer de esta situación. La primera es que los gobiernos nacionales no tienen un poder ilimitado para hacer lo que quieren. Están en extremo constreñidos por la operación del sistema-mundo en su totalidad.

La segunda conclusión es que, no obstante, pueden hacer algo para aliviar los pesares de las personas ordinarias. Pueden hacerlo, precisamente mediante reasignaciones del ingreso vía impuestos y otros mecanismos. Tales medidas minimizarán las penurias de quienes son los beneficiarios. Los resultados pueden solamente ser temporales. Pero de nuevo les recuerdo que vivimos todos en el corto plazo y que cualquier ayuda que podamos obtener en el corto plazo es un avance, no un retroceso.

La tercera conclusión es que si un movimiento de protesta va a ser un participante serio en el cambio del sistema-mundo no debe limitarse a un populismo cortoplacista, sino que debe involucrarse en una organización de mediano plazo que afecte la lucha mundial en este periodo de lucha sistémica y de transición a un sistema-mundo alternativo, uno que ya comenzó y está en curso.

Es solamente cuando los movimientos de protesta de izquierda aprenden cómo combinar las medidas de corto plazo, que minimizan las penurias, con los esfuerzos de mediano plazo por inclinar la lucha bifurcada en pos de un nuevo sistema, que podremos tener la esperanza de arribar al resultado que deseamos: un sistema-mundo relativamente democrático y relativamente igualitario.
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein

sábado, 17 de septiembre de 2011

Miles de trabajadores europeos marchan contra la austeridad

Sindicales de toda Europa marcha para protestar contra los bajos salarios y los despidos en la zona del euro en Wroclaw, Polonia. (AP)
Miles de trabajadores europeos se manifestaron este sábado en la ciudad polaca de Breslavia para protestar por las medidas de austeridad adoptadas por los Gobiernos de los países de la UE para hacer frente a la crisis.

La manifestación, convocada por la Confederación Europea de Sindicatos (CES) , debía celebrarse en paralelo con un consejo informal de ministros de Finanzas y Economía de la UE (ECOFIN) en Breslavia, pero estos adelantaron la clausura de su reunión.

La marcha estaba encabezada por el presidente de la CES y secretario general del sindicato CCOO de España, Ignacio Fernández Toxo.

Alrededor de 12.000 personas participaron en la manifestación, de acuerdo con las autoridades locales, y cerca de 50.000 según aseguraron a Efe los organizadores, que calificaron de “éxito” la convocatoria.

La CES convocó la protesta para exigir a los Veintisiete más solidaridad frente a una crisis que, dicen sus responsables, se agrava con las políticas de austeridad puestas en marcha por los gobiernos comunitarios.

“En Wroclaw (nombre de Breslavia en polaco) reunieron los ministros de Finanzas, en realidad la gente que nos llevó a esta crisis, por eso yo les llamo vampiros” , afirmó el presidente del sindicato polaco Solidaridad, Piotr Duda, poco después de que el ECOFIN diese por terminada anticipadamente su segunda jornada de reunión.

Al frente de los trabajadores se situó el secretario general de la CCOO y presidente de la CES, el español Ignacio Fernández Toxo, quien recordó en declaraciones a Efe que las malas políticas desarrolladas por la UE para combatir la crisis, centradas especialmente en la reducción del déficit, han tenido efectos negativos y generan un aumento del desempleo.

Para Fernández Toxo es preciso resolver de forma urgente el segundo rescate griego y enviar un mensaje urgente a los mercados para dejar claro que Europa está dispuesta a sostener la moneda única, algo necesario para enfrentar ataques especulativos como los vividos durante el pasado mes de agosto.