Aniceta: Estos días leí una carta publicada en uno de estos medios electrónicos que ahora usamos tanto, y me dejó pensando.
Esculapio: ¿Qué decía la carta?
Aniceta:
Una mujer que, supongo, es más o menos de nuestra edad, de nuestra
generación, mexicana ella. Se trata de una historia increíble: era una
militante de izquierda, obrera, y estuvo en coma durante muchos años.
Cuando despertó, totalmente lúcida, se encontró con un mundo que no
entendía. ¡Las cosas cambiaron tanto que no podía creerlo!
Esculapio: Bueno…, creo que a nosotros, sin haber estado en coma, nos pasa más o menos lo mismo, ¿no?
Aniceta: Sí, es así, es cierto. Quienes teníamos claras ciertas cosas y levantábamos principios, hoy estamos sorprendidos.
Esculapio: Sorprendidos…y sorprendidas, habría que decir, ¿no? Por equidad de género. Así lo impone la llamada corrección política.
Aniceta:
Exacto. Corrección política…, pero, ¿de qué corrección hablamos? ¿Se
logró real equidad con este cambio en el lenguaje? Ahora se dice patria y
matria, fraternidad y sororidad… ¿No es un poco artificioso todo eso?
Es cierto que las mujeres hemos avanzado mucho, pero no se trata solo de
cambiar palabras y poner una arroba o una equis. Esos son cambios que
no son cambios.
Esculapio: Sí, sin dudas. Tiene algo de gatopardismo, de cosmético.
Aniceta:
Con lo cual no hay que olvidarse de la lucha contra el patriarcado.
Aunque haya excesos y modas en juego, el machismo monstruoso sigue
estando, y hay que combatirlo. Las mujeres siguen siendo las golpeadas, y
el trabajo doméstico, en general hecho por las mujeres, no se reconoce,
es gratis. La lucha por la igualdad de género sigue, y no se arregla
diciendo sororidad.
Esculapio:
¡Por supuesto! Claro que sí. Es real que existe una tendencia a
disfrazar las cosas, a dividir luchas. Poner la arroba en los finales de
las palabras no cambia las cosas. El machismo está instalado, igual que
el racismo. Y eso es difícil de combatir. Es algo más que palabras. Son
relaciones de poder.
Aniceta:
Así es, mi amigo. Incluso en los sectores de izquierda se da el
machismo. ¡Y mucho! Se habla de una cosa, se lanzan bonitas proclamas, y
en la práctica, a veces, se hace lo contrario.
Esculapio: ¿Habrá vacuna contra eso? Está difícil cambiarlo… ¡pero es imperativo hacerlo!
Aniceta:
Definitivamente. Bueno…, pero lo que yo te quería decir es que en la
carta de marras, donde habla de la corrección política de moda, se
plantean cosas que son inquietantes.
Esculapio: ¿Cómo cuáles?
Aniceta:
Estas cosas que se han venido imponiendo, justamente como la dichosa
“corrección política”, estas cosas que terminan funcionando como modas.
Esculapio:
El sistema capitalista sabe hacer modas de todo. Todo lo sabe
comercializar, y con eso lo termina haciendo una mercadería más que,
como tal, se consume un tiempo y luego pasa de moda.
Aniceta: Como hicieron con el Che Guevara y su rostro estampado en una camiseta.
Esculapio: Exacto. O como han hecho con tantas cosas: el movimiento hippie en su momento, por ejemplo.
Aniceta:
Sí, sin dudas: de una protesta antisistémica con su llamado al no
consumismo -algo fatal para el sistema-, terminaron transformándolo en
una moda más, aguada, pasajera, banal. Y le quitaron toda su carga
crítica, contestataria. ¡Se la pensaron bien!
Esculapio:
Es que el sistema sabe muy bien lo que hace. Los que detentan el poder
tienen mucho, muchísimo que perder. Por eso lo cuidan tanto.
Aniceta:
A mí no deja de sorprenderme eso de las modas, de como todo lo pueden
transformar en algo casi banal, pasajero, que “queda bien”, con lo que
le quitan el peso de lo contundente. El Che Guevara en una camiseta… ¿no
es hasta irrespetuoso?
Esculapio: Sí, es realmente notorio cómo lo hacen: al volverlo mercadería de consumo, lo aguadan, lo rebajan.
Aniceta:
Lo que pasó con el movimiento hippie, tal como decías. Se popularizaron
sus insignias, sus íconos culturales, y el pelo largo de los varones o
los pantalones acampanados pasaron a ser una moda ya domesticada. Si
bien no tenía un espíritu revolucionario en sus raíces, el llamado a la
paz en plena guerra de Vietnam y al no-consumo, eran una afrenta para el
sistema.
Esculapio: Y esa mercantilización la diluyó.
Aniceta: Cabal, mi amigo. Cabal. El sistema sabe defenderse. Estos días leí algo de un estratega militar yanki que me pareció genial: “La victoria moderna no se obtiene en un campo de batalla sino en la conciencia de una sociedad”.
Esculapio: ¿Quién dijo eso?
Aniceta:
Un tal Sean McFate, un mercenario norteamericano, ahora dueño de una
empresa de “contratistas”, es decir: un ejército de mercenarios.
Esculapio: ¡Terrible! Pero…, bueno: es así. La guerra, cada vez más, es ideológica, cultural. ¡Saben lo que hacen!
Aniceta: ¡Por supuesto que lo saben! Y lo hacen muy bien.
Esculapio:
Controlan, se adelantan a los acontecimientos. Como dijo este dizque
militar: saben golpear en las cabezas y en los corazones de la gente.
Allí es donde el sistema nos domina.
Aniceta:
Algo así, en otros términos, decía Gramsci a principios del siglo
pasado: la superestructura ideológico-cultural es básica. Gracias a eso
se mantiene el sistema, mucho más que por el peso de las armas, de la
represión brutal.
Esculapio:
Sí, hay una represión diaria, minuto a minuto, silenciosa. Eso es lo
que solidifica el edificio social. Si no, no se podría explicar cómo una
mayoría tan abrumadora de gente no saca a las patadas de una buena vez a
un minúsculo grupo que controla todo.
Aniceta:
¡Eso es la ideología!, mi estimado. El esclavo piensa con la cabeza del
amo. El trabajo está bien hecho. El sistema nos controla en todo, en lo
que pensamos, en lo que sentimos, en lo que consumimos cada día.
Esculapio:
Noam Chomsky, leí vez pasada, cita a un tal Charles Bergquist que
escribió un libro: “Violencia en Colombia 1990-2000” donde afirma -y
cito de memoria lo que me acuerdo-: “La política antidrogas de
Estados Unidos contribuye de manera efectiva al control de un sustrato
social étnicamente definido y económicamente desposeído dentro de la
nación, a la par que sirve a sus intereses económicos y de seguridad en
el exterior”.
Aniceta:
Definitivamente con la droga, la Casa Blanca, es decir: la clase
dominante gringa, controla a la población negra dentro de su país. Y
habría que agregar: a la juventud en su conjunto.
Esculapio:
De paso, con sus políticas de supuesto combate al narcotráfico, hacen
buen negocio vendiendo armas e invadiendo donde quieren. En ese libro se
cuenta cómo el famoso Plan Colombia, con 20,000 millones de dólares
invertidos, no paró la producción de cocaína colombiana, pero sí
permitió grandes ganancias a empresas yankis…y dejar 7 bases militares
en ese país latinoamericano.
Aniceta:
Bueno, el tema de las drogas da para mucho. No solo Estados Unidos
controla; yo diría que el sistema en su conjunto encontró en eso una
buena forma de controlar. Básicamente, de manejar a la población
juvenil.
Esculapio:
Sí, es así. Como todas las cosas, tal como decíamos, la convierten en
moda, en mercancía vendible, y con esa mercancía, te neutralizan.
Aniceta:
Con la droga han hecho eso. Colombia, por ejemplo, actualmente el
principal productor mundial de cocaína, para la década de los 60 del
siglo pasado no producía planta de coca, no existía en su territorio,
porque no es originaria de allí. Es decir: la introdujeron, traída del
Altiplano andino -Bolivia y Perú-, con el objeto de empezar a producir
la droga.
Esculapio:
Así es, camarada. Lo que hoy día llamamos drogas, es decir: de cannabis
hasta las nuevas drogas químicas peligrosísimas, tremendamente letales,
como las sales de baño, el krokodil (la droga caníbal), el éxtasis
líquido, las metanfetaminas, todas son una mercadería que la saben
manejar muy bien. Dan plata, y no solo a las mafias de narcotraficantes,
sino al circuito financiero mundial, y sirven como soporífero social,
de las juventudes en especial.
Aniceta: ¡Por supuesto! Hay que ver todo el negocio este como un gran edificio muy bien construido.
Esculapio: Da muchas ganancias a algunos, y junto a eso -quizá lo fundamental- es un mecanismo de contención social.
Aniceta:
Coincidimos plenamente, Esculapín. Hay quien dice que la droga
simplemente creció porque los jóvenes empezaron a sentirse más libres,
más dueños de sí, y aumentaron el consumo.
Esculapio:
¡En absoluto! Eso es una tontera total… Cada vez más, lamentablemente,
lo que hacemos, pensamos, creemos decidir, incluso sentir… cada vez más
es un producto digitado, pensado, manejado por los poderes que dominan
el mundo.
Aniceta: Hay que ser cuidadoso con esto, para no caer en teorías conspirativas.
Esculapio: Sí, claro. Hay que tener cuidado: “de lo sublime a lo ridículo hay solo un paso”, dice el refrán.
Aniceta:
Por supuesto…, pero claro que sí: sin caer en esas visiones
conspirativas, casi apocalípticas, sin dudas hay manejos maquiavélicos. “Todo poder es una conspiración permanente”,
dijo Honorato de Balzac. ¿O acaso nos podríamos creer la tamaña
estupidez esa de que el pueblo manda con su voto? El mundo lo manejan
descomunales poderes, de los que los mortales de a pie ni sabemos nada, a
los que no podemos acceder.
Esculapio:
Ejemplos de esos manejos secretos, maquiavélicos, a lo largo de la
historia reciente sobran: Pearl Harbor, las Torres Gemelas, las
revoluciones de colores en las ex repúblicas soviéticas, la Primavera
Árabe, los grupos nada secretos que manejan las cosas, como la Comisión
Trilateral, o el Grupo Bilderberg, o el Club de París… En fin: la lista
es interminable.
Aniceta:
Exacto. Y esto no es apelar a fuerzas ocultas, grupos esotéricos como
los Illuminati, los judíos, la masonería, los Rosacruces o los marcianos
que estarían de incógnito en la Tierra.
Esculapio:
Comparto al cien por ciento. Nos han hecho creer últimamente que si
alguien es crítico, si alguien es contestatario -por ejemplo:
preguntarse por el manejo de la pandemia de coronavirus y los ribetes
novelescos que aquí se dan- pasa a ser un paranoico.
Aniceta: ¡Hasta culpable te hacen sentir! O enfermo mental. Y te tapan la boca.
Esculapio:
Lo saben hacer, sin dudas. No en vano el sistema capitalista maneja el
mundo desde hace varios siglos. Y el socialismo, seamos francos, hoy no
se ve muy cercano como opción.
Aniceta:
Lo que veo, no sin consternación, es lo que están haciendo estas
últimas décadas con las drogas. Y en eso comparto con lo que decía esta
carta a la que hacía mención hace un rato.
Esculapio: ¿La de la trabajadora mexicana?
Aniceta:
Así es. Una tal Arnulfa. Te la recomiendo; creo que no tiene
desperdicios. Ahí decía cosas de las que ahora estamos hablando. Por
ejemplo, que a la juventud se la ha intentado adormecer de un modo
terrible.
Esculapio: ¿Adormecer? Eso suena a desmovilizar, ¿verdad?
Aniceta: Exacto: de eso se trata. Desmovilización, adormecimiento, anestesia…
Esculapio: Recuerdo cuando Salvador Allende, en el Chile socialista de los 70, decía que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica”. ¡Cómo cambió eso!
Aniceta:
¡Demasiado! Sin dudas, este asalto de la pelea lo han ganado. Y lo
ganaron con fuerza. Nos desmovilizaron, nos anestesiaron, nos dejaron
sin proyecto…
Esculapio:
Cada vez nos manejan más y más. Lo que decía este militar yanki es así:
nos golpean en los pensamientos, en la cabeza. Nos inmovilizan con
armas que no sacan sangre. Pero que, a la larga, pueden ser peores.
Aniceta:
Me atrevo a decir que donde más se ve eso es en la juventud. Si es
cierto lo que decía Allende -y por supuesto es cierto-, se han encargado
muy bien de neutralizarla.
Esculapio: Es ahí donde se ve claramente el papel que juegan las drogas. Las llamadas drogas ilegales, claro.
Aniceta:
Y también las legales. Porque los niveles de consumo de alcohol etílico
aumentan cada vez. ¿No te parece significativo esa apología que se da,
en forma creciente, del consumo de alcohol? Parece que hoy día “queda
bien” emborracharse. Es como tatuarse, o usar aretes los varones: “queda
bien”, te hace “estar en onda”.
Esculapio: ¡Totalmente! Emborracharse hasta caer…, eso va de la mano de las drogas.
Aniceta:
Lo que en un tiempo era una excentricidad de artistas de la farándula
de Hollywood, ahora se consigue en cada esquina, en cualquier lado.
Esculapio: Eso no es casual: ahí hay planes perfectamente trazados, bien diseñados. Hay mucha, pero mucha bibliografía
que trata el tema. Hay grandes, serios, profundos estudios que muestran
cómo ha ido creciendo el consumo de las llamadas drogas ilegales en
todo el mundo, como gran negocio, por supuesto, pero fundamentalmente
como arma de control social.
Aniceta:
Mucha gente no lo cree, pero es así. Eso que antes era un producto
raro, excéntrico, sirve para embobar. ¿Por qué ahora es tan pero tan
común encontrar un vendedor de marihuana en cada esquina?
Esculapio:
Por supuesto, no es cierto que cada consumidor se vuelve forzosamente
un adicto perdido. Creo, según lo que escuché alguna vez, que solo el 1%
de quienes alguna vez tienen contacto con una droga, se hace
drogadicto.
Aniceta:
Es cierto. Pero la entrada en escena de toda esa parafernalia sirve
como distractor. ¿Por qué ahora “queda bien” echarse el purito, o un
lineazo? ¿Por qué eso pasa a ser cada vez más tolerado en la sociedad? Y
te ofrecen droga en todos lados.
Esculapio: Pasa porque hay una agenda que así lo establece.
Aniceta: ¡No puede ser de otra manera!
Esculapio:
Es como lo que pasó en China en el siglo XIX. O, mejor dicho, como lo
que hicieron los imperialistas británicos en China: introdujeron el opio
para dominar al país. Volvieron opiómanos a grandes cantidades de
chinos, y así los dominaron.
Aniceta:
Pensar, ver, denunciar esas cosas… ¡no es ser paranoico! Eso es lo que
el sistema quiere hacernos creer. Pero el tema de las llamadas drogas
ilegales es algo bien estructurado, que además de acumular fortunas
fabulosas, sirve para dominar. Lucy in the Sky with Diamonds…; Lucy en
el cielo con diamantes, la famosa canción de Los Beatles: apología del
LSD. No los prohibieron: su majestad real -es decir: esa inmunda
parásita de la realeza imperial británica que vive de nuestro sudor- los
premió nombrándolos Sir. Si la droga crece más que ningún negocio en el
mundo…
Esculapio: A razón de un 40% interanual en estas últimas décadas.
Aniceta:
Algo increíble. Ningún negocio capitalista crece así, ni la telefonía
celular, ni las agencias privadas de seguridad. Llamativo, ¿verdad?
Esculapio:
En la Nicaragua sandinista prácticamente no había droga. Perdió las
elecciones Daniel Ortega en 1990, y al día siguiente el país se llenó de
droga. Curioso, ¿no? ¿O se es conspiranoico si se dice eso?
Aniceta:
¡Claro que no! Ejemplos que evidencian cómo el sistema, cómo los
grandes poderes usan la droga para adormecer, sobran. Durante la
Revolución socialista de Afganistán -cosa de la que no se habla nunca,
solo se conocen los talibanes-, bueno… durante el proceso socialista
apoyado por la Unión Soviética, desapareció la producción de amapola, la
materia prima para elaborar la heroína. Cae el gobierno socialista y
llegan los fundamentalistas musulmanes, apoyados por la CIA, y se
disparó exponencialmente la producción de esa planta. ¿Conspiranoicos
entonces?
Esculapio:
No, claro que no. No somos conspiranoicos. Se sabe que Afganistán es el
primer productor mundial de heroína, pese a las fuerzas invasoras
yankis en su territorio. ¿No se darán cuenta que se produce? Tal vez es
muy difícil de demostrar con un documento, pero si analizamos la
dinámica de las cosas, cómo se hace la política, cómo se controla el
mundo -sin apelar a explicaciones rayanas con la paranoia- está más que
claro que grandes poderes globales deciden qué pasa y qué no debe pasar.
Aniceta:
Tenía razón Balzac en esa cita que recién hicimos. Aunque haya quien
diga que pensamos como fósiles dinosaurios, me parece que no puede haber
otra explicación para entender mucho de lo que sucede que ver que,
efectivamente, el mundo no lo dirige la masa, sino enormes poderes
intocables. Las modas, las tendencias, las formas de pensar y actuar, en
muy buena medida, se digitan.
Esculapio: ¡Por supuesto! ¡¡No tengamos miedo a expresarlo, Aniceta!! Las modas no surgen por casualidad: alguien las pone en marcha.
Aniceta:
Antes solo un grupo marginal se tatuaba: hampones, trabajadoras
sexuales, marineros quizá. Ahí está Popeye. Hoy día pasó a ser una
mercadería de ultra consumo. ¿Cómo se dan esos fenómenos?
Esculapio: Uy…, el tema de la moda da para muchísimo. No hay dudas que, en un nivel, somos masa manipulable.
Aniceta:
Sí, somos manipulables, por supuesto. Si no, no se explica cómo, siendo
tantos y tantos los explotados, no salimos todos juntos y les cortamos
la cabeza a los explotadores.
Esculapio:
Completamente de acuerdo. Nos manejan… ¡y nos manejan mucho! ¿Para qué
están los medios masivos de comunicación y las redes sociales si no es
para eso?
Aniceta: Y habría que agregar también las drogas.
Esculapio:
Sin caer en esta estupidez de “todo tiempo pasado fue mejor”,
convengamos que el sistema, desde que prendió sus alarmas viendo que
había demasiada agitación a partir de los 60 del siglo pasado
-guerrillas, hippies, Teología de la Liberación, movimientos
libertarios, avance del socialismo, mística guevarista, sindicatos
fuertes, universitarios muy críticos- dio un manotazo en la mesa.
Aniceta: Y, entre otras cosas, junto a la represión monstruosa que tuvimos en Latinoamérica, surge la droga.
Esculapio:
Hay planes trazados, así como el Plan Cóndor. Planes que nunca se hacen
públicos. No es casual que luego de las llamadas “guerras sucias” en
toda América Latina, surgen al mismo tiempo las situaciones de violencia
callejera extrema: pandillas, maras, ladrones, las ciudades se hacen
peligrosas, se hace necesaria la policía privada y cámaras de vigilancia
por todas partes…
Aniceta:
¡Definitivamente! Claro que hay planes, bien estructuraditos, por
cierto: violencia callejera desatada, drogas por todos lados. ¿Cómo
explicar el auge de la droga al mismo tiempo en todo el continente, con
juventudes cada vez más consumidoras?
Esculapio:
La entronizaron, le fueron quitando, al menos relativamente, su aureola
de “mensaje diabólico”, y la fueron esparciendo por todos lados.
Aniceta:
Recuerdo haber leído que hubo campañas promocionales en muchos lados
para introducirla, igual que cualquier campaña mediática de cualquier
mercadería.
Esculapio:
Es que ¡es así! La convirtieron en una mercadería más, la hicieron
apetecible, y eso funciona, en los jóvenes básicamente, como un
mecanismo de control. Un elemento para adormecer.
Aniceta: Si “la religión es el opio de los pueblos”, la droga es el opio de las juventudes.
Esculapio:
¿No llama la atención que ahora, en plena pandemia, uno de los pocos
negocios que no se detuvo en todo el mundo fue, justamente, la
narcoactividad?
Aniceta: ¡Hasta te la llevaban a domicilio, como la pizza!
Esculapio:
Es así, mi querida amiga Aniceta: se popularizó un modelo, y la moda se
impone, más que nada entre jóvenes. Hay que chupar alcohol hasta
caerse, eso queda bien. Y la droga no se legaliza, ni la van a
legalizar, porque, además de dar mucho dinero a ciertos grupos, sirve
para domesticar. Se impuso consumirla.
Aniceta:
¡La impusieron!, digamos más concretamente. Si la legalizaran, pierde
el atractivo de la fruta prohibida, y muchos jóvenes ya no la verían
como tan seductora. El sistema las necesita, por eso en cada esquina hay
un pusher listo para venderla. Y la policía, en general, mira para otro lado, aunque detengan a alguno de vez en cuando.
Esculapio:
Si al sistema le preocupara realmente tanto, tanto como dice el
presunto “flagelo” de las drogas…, ¿por qué en vez de poner ejércitos
con bombas y artillería pesada para “combatir” narcotraficantes no pone
ejércitos de psicólogos, médicos, enfermeras y trabajadoras sociales
para combatir el consumo?
Aniceta: Porque no hay la más mínima intención de combatirlo en realidad.
Esculapio: Drogas para todo el mundo, y cierre la boca.
https://www.alainet.org/es/articulo/208761
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