-El daño económico-estructural de EEUU no lo salva la pandemia
En
un mundo de conflictos, en un mundo de víctimas y verdugos, la tarea de
la gente pensante debe ser —como lo sugirió Albert Camus—, no situarse
en el bando de los verdugos. La otra historia de los Estados Unidos, Howard Zinn.
Cerrado el ciclo de la guerra fría
—período de 1947 a 1991, tras la demolición del Muro de Berlín y la
caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), “El gran
fracaso” calificado así por Zbigniew Brzezinski—, la historia del mundo
cambió de entonces. La guerra fría no existe más, el “equilibrio” está roto.
Pero
claro que la herencia “fría” sigue en pie. Es por ello que muchos
estudiosos quieren comprender el funcionamiento del mundo todavía bajo
el mismo esquema de equilibrios entre las potencias, y a cada paso
proponen el retorno de la “guerra fría”.
Pero
claro, quedará latente como ese pasado que alimenta las nuevas
realidades, también los nuevos enfoques desde la geopolítica y otras
ciencias, como reducto de un pasado presente. Posguerra fría si se
quiere, con otros elementos, en circunstancias nuevas.
Solo
digamos que no pocos dirigentes socialistas —rusos incluso—, añoran los
tiempos del viejo régimen. Qué decir de los obreros, los trabajadores
generadores de la riqueza, que legítimamente siguen aspirando a un
modelo distinto, más justo. Y la mejor muestra, así sea inacabado, no
deja de ser el llamado “socialismo real”.
El
equilibrio existente durante 44 años entre las grandes potencias no
desaparece por arte de magia. Dos sistemas económico-políticos
competitivos entre sí en un mundo dividido entre capitalismo y
socialismo. Los Estados Unidos de América (EE.UU.) de lado occidental
del Muro, y la URSS con sus países “satélites” del otro lado.
La
regencia de la “paz armada” se mantuvo por el potencial nuclear de las
partes, por la amenaza de la extinción del otro, el acicate para la
continuidad de los acuerdos de Breton Woods de finales de la Segunda
Guerra Mundial, hasta que cayó la URSS.
Pero
el mundo es otro ahora. Con los lastres de la guerra fría, y una
división entre países menos estable, pero libres cada vez más del cuello
de botella de dos sistemas distintos entre sí, y en donde ninguno podía
actual solo sin el consentimiento del poder central. De ahí la bipolaridad, porque EEUU y la URSS eran los ejes del mundo.
¿Cuál fin de qué historia?
Claro
que cuando se cayó la URSS los pregoneros del imperio se apresuraron a
declarar el “fin de la historia” —como Francis Fukuyama—, con la
pretensión única de resaltar la hegemonía, la supremacía y el poder
único de un único Estado triunfador dispuesto a regir los destinos del
mundo a su manera, vía la guerra para apoderarse de los recursos
naturales y humanos.
No a
la buena sino a la mala. La violencia armada contra la humanidad,
efectiva para ejercer el poder. “Las guerras de hoy parecen más una
forma de control imperial, donde la función bélica sigue siendo una
función de policía, para que el sistema se mantenga sustentando el juego
de poder de las entidades existentes. La «guerra» es actualmente un
estado de conflicto permanente, sin fronteras, ni vencimientos
territoriales; sin control por el derecho internacional.” Escribe Sara
Sangoi en: “Sobre el concepto de guerra en el mundo actual”.
A la caída del llamado “socialismo real”, vimos surgir la década del hegemón, como se conoce al llamado unilateralismo estadounidense, por el “fracaso socialista” gracias al complot occidental, como el boicot político y mediático bien orquestado donde hasta el Papa Juan Pablo II puso su parte.
El período del hegemón no duraría más porque el imperio fue incapaz de controlar sus ambiciones,
y nada hizo por evitar/contener y prever los atentados del 11 de
septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas. Quedó en evidencia el papelón
de la CIA, del FBI, del Departamento de Estado, claramente del
Departamento de Defensa, el Pentágono, que igual resultó presuntamente
víctima de un avionazo. Si no es que al final sepamos que fueron parte
del complot proimperial.
Así, el 11/S queda como un —digamos— primer estigma de la postguerra fría,
de un EE.UU. desafiante y abiertamente retador, una amenaza para el
mundo. Como el artilugio no le resultó del todo o fue insuficiente,
internamente la economía saltó por los aires con la crisis económica de
2008.
EE.UU. no se salvó
con la agitación “anti”-terrorista. Atacar a los “enemigos”, aquellos
poseedores de grandes reservas energéticas, petroleras y gasíferas en
Medio Oriente, no contuvo la válvula de presión económica.
La
crisis no se resolvió, solo se pospuso. Y todo indica que la economía
estadounidense continúa en el mismo bache, para un país y un sistema
entero que se hunde de la mano de la globalización, hoy convertida en
lastre neoliberal occidental donde, sin embargo, países como China
aprovecharon muy bien la tesis de “fronteras abiertas” para alcanzar las
altas tasas de crecimiento en una economía cuyo despegue ocurrió a
partir de los años 90 con libre competencia.
Por
motivos geopolíticos y la apropiación de las reservas de petróleo de la
región, la estrategia del entonces presidente George Bush fue avalada
y, convertida en propaganda por los grandes medios de comunicación,
cuando el uso y abuso de la información se corresponde con la
“manipulación” para “justificar ofensivas militares”, los señores de la
guerra se lanzaron contra los “enemigos” culpados de los atentados del
9/11.
EEUU, imperio de la guerra
Desde el 9/11, con el apoyo de los “aliados” en los tiempos de la guerra fría
—los agrupados en torno a la OTAN—, el presidente Bush y su “gabinete
de guerra” se lanzaron con todo para invadir Iraq. Iban por las
reservas, bajo el pretexto de llevar democracia y acabar con el
“dictador”.
Botón de
muestra. Nada extraño lo que la historia registra. EE.UU. y sus guerras.
Según datos recientes del Council on Foreign Relations (Igor Kuchama, https://tinyurl.com/yxjwvpbz,
4 de junio 2020), ese país ha estado en guerra el 91 por ciento del
tiempo (su tiempo), desde 1774 a la fecha. Tan solo actualmente “hay un
mínimo de 26 conflictos a nivel mundial, entre ellos: la guerra en
Afganistán, las disputas en el Mar Sur de China, la crisis en Corea del
Norte, el enfrentamiento con Irán.”
Con
el agregado siguiente: Los presidentes han recordado que tienen en sus
manos “una serie de armas mucho más mortíferas que las bazucas, los M16 o
los AK47, que son las sanciones arancelarias. A mediados de 2019 EE.UU.
tenía 7 mil 967 sanciones vigentes”. O sea, emplear otros medios, como
acciones igualmente de agresión contra otros países. Una actuación de
guerra permanente, no con balas sino por otros medios.
Las
mismas, como sabemos, incluyen a personajes, empresas, dirigentes,
inclusive gobiernos enteros, como Venezuela, Irán, Rusia y, sobre todo
—a quien Donald Trump tiene ahora en la mira—, contra China. Medios de
manipulación en acción, siempre fieles a sus criterios utilitarios con
el “sistema” de las desigualdades inocultables profundizados desde la
globalización.
Pronto, en Iraq, los estrategas
de la Casa Blanca, presionados por la economía y la unilateralidad, se
ensañaron con Hussein. EE.UU. necesitaba un pretexto para invadir, uno
creíble, y las Torres Gemelas dieron la pauta.
La
“venganza” desató una invasión contra el país poseedor de “armas de
destrucción masiva”, y su presidente hasta que fue asesinado por una
horda atizada y financiada desde la CIA. El “enemigo” era el que tenía
el petróleo en su propio suelo, perseguido a nombre de la “libertad” y
la “democracia” para robar la riqueza petrolera.
Ir
por los terroristas nunca se justificó claramente. Todavía no está
claro cómo fue que una veintena de extranjeros “talibanes”, con idioma,
aspecto y actividades “sospechosas”, fuera capaz de secuestrar aviones y
derribar los símbolos del país potencia, el “más seguro” del mundo.
Mucho menos con el mayor número de agencias destinadas al resguardo de
la “seguridad nacional” del país-imperio.
Solo
en el Pentágono, el presunto “avionazo” quedó en mentira. Pronto se
impuso la tesis del misilazo, como lo denunció Thierry Meyssan en su
libro La gran impostura. Y la Comisión creada para investigar dichos atentados tampoco encontró evidencias.
Valga
citar algunos otros “inexplicables” hechos del 11/S. Por ejemplo: 1)
Los cortes transversales en las viguetas de acero de los castillos de la
estructura de las Torres; 2) Que la CIA —también el FBI— nunca encontró
evidencias del peligro para evitar el posible atentado; 3) Increíble
que el antiguo “socio” de la CIA, Osama bin Laden, sería capaz de
planear y ejecutar un plan de tamaño alcance. No importa, el pretexto se
generó.
Claramente, y el
tiempo es la mejor prueba, EE.UU. fue a una guerra con fines
geoeconómicos y para controlar Irak. Geopolíticamente también, para
asentar militares en la zona, a punta de perpetuar crímenes contra la
población civil. El ardid para permanecer en Medio Oriente.
Acciones desesperadas
Imperio
hoy en vías de extinción que lucha por sobrevivir, por la supremacía,
por el poder y el dinero, en plena situación amenazante de recesión
profunda, ese es EE.UU. A Bush le siguió un Obama quien, presionado,
tampoco paró las guerras.
Solo
ahora, con el presidente Donald Trump, quien presume rescatar a su
país, las cosas parecen peores; para el mundo, pero también para los
propios EE.UU., ahora peor posicionado internacionalmente, como vemos en
cualquier escenario geopolítico.
Incluso
cabe la posibilidad que Trump no sea reelecto este 3 de noviembre de
2020, pues parece tener tanto a demócratas como republicanos en su
contra, y su permanencia en el poder está en veremos.
Incomprendido,
el “revisionismo” de Trump que está por “América primero”, ha tirado
por la borda tanto las políticas de los últimos gobiernos como casi
todos los preceptos imperiales, aquellos vigentes desde la guerra fría. Pero no es solo por eso que la misma se terminó.
Pero
el cambio no les cuadra a los poderes reales: a los mil billonarios que
pagan las campañas políticas; a los dueños de las empresas
multinacionales estadounidenses que cabildean fuerte en el Congreso; a
los grupos del poder judío, los poseedores de muy fuertes capitales; al
sector financiero y especulativo; a los agentes de la industria de
guerra, la conocida maquinaria militar-industrial desde los años 80 —por
no hablar de los generales del Pentágono.
Inclusive esa puede ser la razón por la que se desató el otro estigma
de la debacle, nuestro siguiente tema: la pandemia provocada por el
Covid-19, o la guerra por otras vías, la llamada bacteriológica. Cuando
nada indica que sea un virus “natural” sino producto de laboratorio.
Luego entonces. Primero fue la guerra fría.
Luego los atentados del 11/S. Ahora la guerra del coronavirus, esta
otra guerra no declarada contra el mundo, pero clara amenaza contra la
vida, guerra bacteriológica.
La utilidad del coronavirus
Este es en nuestra propuesta el segundo estigma,
lo menos “novedoso” creado/alentado o difundido por el imperio y sus
“aliados”, por su gran utilidad. Otro gran pretexto para el ajuste
estructural de la economía estadounidense.
Y
para los otros países capitalistas desarrollados, con EE.UU. en primera
fila, para una salida pretendidamente “controlada” de una crisis tan
profunda cuya solución se ha pospuesto desde el 2008.
Porque
la salida no llega, ni vendrá al haberse extendido o generalizado hasta
la fecha. Tampoco porque las leyes del capitalismo son inevitables,
irreversibles; a lo más se pueden “posponer” con paliativos, pero no
evitar. Las crisis tienen un carácter estructural.
Es
claro que la pandemia no ha provocado la parálisis económica, ese es el
escudo, la “alfombra china” bajo la cual se pretende esconder toda la
basura de la decadencia y las secuelas de la crisis capitalista, con
EE.UU. por delante.
Antes bien, parte cierto que ha sido Trump quien ha asumido el trastocamiento del viejo orden institucional —la herencia de la guerra fría—
de enraizamiento mundial, con los efectos desastrosos en materia de
política exterior que está cosechando ya. Es decir, parece más
deliberado que Trump se propuso meter en jaque la hegemonía de su país,
junto con la globalización.
Con
secuelas en la geoeconomía para EE.UU. donde está perdiendo la batalla
con China; en la “superioridad” militar donde está quedando atrás por
las modernas armas hipersónicas de Rusia; en la geopolítica mundial
donde ha perdido batallas en regiones del mundo clave para el control y
disputa con la competencia, para sus empresas en todas las regiones:
Medio Oriente, Asia o incluso en Europa, donde ha perdido aliados.
Qué
decir de las secuelas tradicionales —mayores: desigualdad, pobreza,
destrucción, enfermedades, muerte, etcétera—, más las acumuladas por la
guerra.
El
multilateralismo llegó para quedarse y formar parte del nuevo orden
mundial, no el de George Bush padre. Claro que no solo es China, también
Rusia y el resto de país que conforman la variedad de países que juegan
ya un rol en esta nueva realidad, como: Irán, India, Turquía ¿Gran
Bretaña, Alemania y Francia también? No sería de esperar otros
escenarios de guerra, menos fría, pero tampoco “caliente”, esperemos no
nuclear.
Nada garantiza la supremacía
Finalmente, EEUU terminó perdiendo la batalla tras la guerra fría. Ante el mundo, el descrédito es mayúsculo, pese a la mediatización de sus instrumentos de comunicación de masas.
Así
como se le acabó pronto el pretexto de los atentados a las Torres
Gemelas, las secuelas del impacto del covid-19 no le alcanzarán tampoco
para su intentona de controlar el mundo, en esta nueva fase de la
historia ciertamente más compleja y complicada para todos. Un reto para
la geopolítica.
Más
cuando, llegada la crisis, EE.UU. perderá en todos los terrenos. La
contención vendrá desde los otros aliados, de los opositores al imperio.
Pronto se presionará para el cambio de instituciones internacionales
como Naciones Unidas, por el respeto a la Naturaleza al cambio
climático, por el retiro de las 800 bases militares de países
extranjeros.
Se propondrán cambios a todos los reductos heredados por la guerra fría. Se impedirá el robo de los energéticos de terceros países, a beneficio de las petroleras estadounidenses. Bueno, prohibir el mercenariato.
Nuevos acuerdos nucleares, para meter en cintura a los poseedores de
armas atómicas (EE.UU. va en reversa, al salir Trump de los acuerdos:
START, IMF con Rusia y el de Irán).
Serán
por sus propios pilares, los castillos en que se cimenta como las
Torres Gemelas, los causales del derrumbe. La lógica interna se
impondrá. Y así como el “derrumbe” de la URSS no garantizó la supremacía
de EE.UU., tampoco la tuvo con el 11/S y no la conseguirá con el
covid-19. El hundimiento de EE.UU. como potencia hegemónica y agente
geopolítico en el orden mundial es inevitable.
Ciertamente
los imperios se imponen con las guerras, los crímenes y el terror en su
máxima expresión, la política del miedo y la muerte. Pero el fin llega.
Ni el poder ni la dominación son para siempre. Es la historia de los
imperios, de todos. Crecen, declinan y caen.
20-21 de septiembre de 2020.
Salvador González Briceño
Director de geopolítica.com, @sal_briceo.
https://www.alainet.org/es/articulo/209002