Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.
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viernes, 17 de julio de 2020

Anexión o no anexión: ¿he ahí la cuestión?




Fuentes: Palestina en el corazón - Rebelión

En los últimos dos meses Palestina ha vuelto a estar presente en las noticias internacionales al acercarse el 1° de julio, fecha anunciada por el Primer Ministro israelí para la anexión oficial de una tercera parte del territorio cisjordano que ocupa desde 1967.
La idea de que la actual anexión de facto podría volverse de jure desató una ola de indignación en todo el mundo. En este tiempo han circulado mapas que ilustran y análisis que especulan sobre qué significaría –en la teoría y en la  práctica− la concreción de ese anuncio.
Como siempre en relación a la cuestión palestina, hay en esto una buena dosis de hipocresía, ya que la misma comunidad internacional que con su inacción y tolerancia hacia Israel ha llevado al actual estado de cosas, ahora parece ‘despertar’ y descubrir que la anexión de jure será una cosa grave. Más aún, el peligro es que se ha pasado de exigir terminar con la ocupación colonial a pedir simplemente que no se concrete la anexión.

¿Qué cambia realmente?

Según el Derecho Internacional Humanitario, la anexión supone la adquisición permanente de un territorio ajeno, mientras que la ocupación se asume que es temporal (aunque como en este caso dure ya 53 años[1]); el territorio anexado pasa a ser parte del Estado anexionista con todo lo que contiene (población, recursos naturales) y por lo tanto a estar bajo su legislación, mientras que en el territorio ocupado (¡siempre en teoría!) el Estado ocupante no puede aplicar sus leyes, ni alterar su infraestructura, ni trasladar o desplazar población, ni destruir propiedades, ni apropiarse recursos naturales de ningún tipo.
La cuestión es que el Estado de Israel viene haciendo todas esas cosas desde el comienzo de la ocupación: robo de tierras y expulsión de sus dueños palestinos para construir en ellas colonias exclusivamente judías (e ilegales en el Derecho Internacional); alteración de la infraestructura mediante la construcción de zonas industriales, muros y carreteras segregadas −también de uso exclusivo judío−; demoliciones permanentes de viviendas y medios de vida palestinos; decretos y autoridades militares para gobernar a la población ocupada; traslado de población judía al territorio ocupado y consiguiente desplazamiento de la población palestina, y un largo etcétera.
Por eso afirmar que la anexión de facto ya existe no es una consigna, sino una realidad incuestionable; particularmente en el Valle del Jordán, las Colinas al Sur de Hebrón y otras partes de Cisjordania designadas como “Área C” en los Acuerdos de Oslo (destinadas a las colonias y bajo exclusivo control del ejército israelí). No obstante, muchas voces advierten que esas políticas nefastas se agudizarían. Y para ilustrarlo no hay más que mirar a Jerusalén.
En efecto, la parte oriental de la ciudad donde reside la población palestina (y destinada en los ficticios planes de Oslo a ser la futura capital del Estado palestino) fue ocupada por Israel en 1967 y oficialmente anexada en 1980 (anexión unilateral e ilegal que ningún país reconoció hasta que Trump llegó al poder). Allí la única autoridad y ley es la israelí, y la población palestina carece de derechos civiles y políticos: no tiene ciudadanía, no puede votar, no recibe servicios públicos ni permisos de construcción, ni nada de lo que goza la población judía en el oeste de la ciudad; solo tiene un ‘permiso de residencia’ (en su ciudad natal) que no puede extender a sus cónyuges o descendientes[2], y que puede perder en cualquier momento. Si alguien quiere conocer el rostro más duro del apartheid israelí, no tiene que desplazarse mucho: basta con moverse entre el este y el oeste de Jerusalén. La segregación, la discriminación y la exclusión están a la vista.


El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el ministro de Defensa (y primer ministro alterno) Benny Gantz en una reunión semanal de gabinete en Jerusalén. (Marc Israel Sellem/POOL).


¿Sí o no?

Netanyahu usó los anuncios de anexión como una zanahoria durante las tres rondas electorales en un año (hasta que por fin consiguió la mayoría para quedarse por un período más), tanto para atraer el voto de colonos y ultraderechistas como para distraer de los juicios que enfrenta por corrupción −y más recientemente de su errática gestión de la pandemia−.
El mandatario israelí tuvo su momento de éxtasis en enero, cuando el yerno de Trump Jared Kushner presentó su tan pomposo como inadmisible “Plan de Paz para Medio Oriente”, diseñado por la derecha israelí para legitimar la colonización y enterrar definitivamente toda aspiración palestina de soberanía. Pero las cosas han cambiado desde entonces, debido en parte a los nuevos escenarios creados por la pandemia en ambos países. En particular la adminstración Trump tiene asuntos más apremiantes en su agenda: la desastrosa gestión de la crisis de Covid-19, que ha puesto en evidencia las dramáticas consecuencias de no tener un sistema de salud pública; la recesión económica resultante de la pandemia; y la creciente y masiva revuelta antirracista disparada por el asesinato de George Floyd. Como resultado de todo esto, las encuestas indican que su reelección en septiembre estaría seriamente comprometida[3].
Es posible que, con su habitual narcisismo endogámico, Netanyahu no haya previsto la magnitud del rechazo global al anuncio de anexión, principalmente en la Unión Europea (donde miles de parlamentarios exigieron una respuesta firme) y los países árabes (donde los gobiernos, aunque hayan normalizado sus relaciones con Israel, temen la indignación popular, pues saben que las calles son incondicionalmente palestinas). Y es que entre los países occidentales hay un consenso hipócrita: mientras el discurso oficial se mantenga dentro del marco de ‘los dos estados’, a Israel se le permite todo; aun convertir esa ‘solución’ en una quimera. Pero cuando ese acuerdo tácito es violado, los gobiernos europeos no pueden menos que amenazar con actuar; por eso la tan temida y nunca pronunciada palabra ‘sanciones’ se escuchó en algunos gabinetes del bloque.
Lo cierto es que la situación cambió mucho desde los fulgores de enero. Incluso en la coalición de gobierno israelí no parece haber un consenso claro, pues Benny Gantz no estaría decidido a dar el paso ahora. Pero Netanyahu apostó fuerte a la carta de la anexión durante la campaña electoral; y sabe que, si Trump no consigue la reelección, podría perder una oportunidad única de contar con un gobierno estadounidense dispuesto como ninguno anterior a saltarse todas las formalidades del orden internacional para avalar la anexión del territorio ocupado. De modo que no se descarta que pueda aventurarse a dar el paso antes de las elecciones estadounidenses.  Se cree que una opción ‘prudente’ podría ser no anexar de una vez todo el territorio, sino solo una parte: las colonias alrededor de Jerusalén Este (de paso separándola definitivamente de Cisjordania); y dejar el Valle del Jordán para después de las elecciones en EE.UU..


Protesta palestina con aliadxs israelíes en Jericó (Valle del Jordán) el 1° de julio, Día de Ira.


Que se vayan todos

El irrelevante Presidente de la Autoridad Palestina (AP) respondió al anuncio de anexión con su habitual amenaza de poner fin a toda forma de coordinación con Israel (una misión que ha cumplido con particular celo durante 15 años). Pero al parecer esta vez Mahmoud Abbas viene cumpliendo su palabra.
Hay que entender lo que implica esta decisión: según el esquema de Oslo, la AP tiene que pedir permiso a Israel para todas las actividades relativas al funcionamiento de la sociedad: movimiento de personas, entrada y salida de mercancías y medicamentos, finanzas, comunicaciones, etc. Incluso los fondos internacionales que recibe la AP (y en especial los salarios públicos de los que dependen miles de familias en una economía secuestrada), así como los impuestos que debe recaudar, son controlados por Israel. Por eso las medidas anunciadas por Abbas ya están perjudicando más a su pueblo que al gobierno israelí (entre otras cosas, la ANP dejó de recaudar los impuestos y de coordinar los permisos para atender a pacientes graves de Gaza en hospitales de Cisjordania).
Precisamente las encuestas revelan que la población palestina, si bien está harta del colaboracionismo, la corrupción y el autoritarismo de la AP, también teme las consecuencias en caso de cesar su papel de intermediación y proveedor de servicios. La disolución de la AP que muchos reclaman (y que sería la consecuencia lógica de dar por terminado el esquema de Oslo) significa que las fuerzas israelíes vuelvan a ocupar todas las ciudades palestinas y a ser responsables directas de la suerte de la población ocupada en materia de salud, educación, administración, economía (tal como obliga el Derecho Internacional Humanitario). Y hay que ver si el ejército israelí está dispuesto a asumir el costo (en todos los sentidos) de volver a esa situación; especialmente en caso de producirse otra intifada –que hasta ahora no se dio no por falta de motivos, sino por el rol represivo de la AP al servicio de la ocupación−.
El hecho es que esta crisis hace más evidente que nunca el vacío de liderazgo político, tras un cuarto de siglo perdido jugando al autogobierno (y 13 años de división entre Fatah y Hamas, cada uno ejerciendo una pseudo autoridad en Cisjordania y Gaza, respectivamente). Ahora ya es tarde para que la AP llame a la unidad y lidere la resistencia, porque el pueblo no confía en ella. Y los mejores líderes, ya sabemos, están tras las rejas o bajo tierra.


En medio de una nueva ola virulenta de Covid-19 en Cisjordania, las manifestaciones contra las pretensiones anexionistas –reprimidas por el ejército de ocupación con su ferocidad habitual− se multiplican dentro y fuera del territorio ocupado, mientras los colonos −envalentonados por la coyuntura anexionista propiciada por Trump− intensifican sus ataques y robos de tierras palestinas. Y en la bloqueada Gaza –donde al parecer Hamas está endureciendo la mano para mantener el control en una situación imposible− asisten a una insólita sucesión de suicidios de jóvenes, producto de la desesperación ante la falta de horizontes.
Por otro lado, palestinos/as de distintas procedencias geográficas y partidarias –sobre todo en la diáspora− están reclamando realizar elecciones para formar un nuevo Consejo Legislativo Palestino de donde resurja una OLP democrática y verdaderamente representativa de los 13 millones de palestinas y palestinos, en los territorios ocupados (incluyendo Israel) y en el exilio. Este impulso viene sobre todo de las nuevas generaciones; su espíritu es salir del fiasco de Oslo, que desplazó el liderazgo de la OLP hacia la AP y convirtió la lucha de liberación nacional en una simple ‘gestión de la ocupación’ en un ínfimo territorio, bajo la fachada de ‘construcción estatal’, mientras continuaba la ocupación colonial.
El movimiento BDS, que hoy es la expresión más dinámica y plural de la sociedad civil palestina, llamó a intensificar las medidas de presión en todo el mundo, especialmente el embargo militar. Un logro llamativo es haber conseguido, con la firma de decenas de organizaciones sociales palestinas, que siete ex presidentes latinoamericanos (Lula, Dilma, Correa, Morales, Lugo, Samper y Mujica) y más de 500 ex ministros/as, legisladoras/es, intelectuales y personalidades de Asia, África y América Latina suscribieran un manifiesto apoyando «el llamado del pueblo palestino a prohibir el comercio de armas y la cooperación en los ámbitos militares y de seguridad con Israel; suspender los acuerdos de libre comercio con Israel; prohibir el comercio con colonias ilegales israelíes y exigir responsabilidad de parte de personas físicas y actores corporativos cómplices en el régimen de ocupación y apartheid de Israel.»
Y si bien los firmantes afirman: «Nos comprometemos a trabajar dentro del marco de nuestras respectivas estructuras nacionales para abogar por la implementación de estas medidas», el pueblo palestino sabe que poco puede esperar de los centros de poder mundial, y solo le queda seguir apostando a la movilización internacional, que en estas semanas ha mostrado su músculo. Por eso, haya o no anexión formal, activistas dentro y fuera de Palestina llaman a aprovechar este momento de indignación mundial como una oportunidad para exigir sanciones y aislar al último régimen colonial y de apartheid que persiste en el siglo XXI. Como dijo la refugiada Rima Najjar, exiliada en Estados Unidos: «¡Hagamos del anuncio de anexión el ‘momento George Floyd’ de Palestina!».
NOTAS:
[1] Aquí me limito a describir la posición oficial de la ONU y del Derecho Internacional Humanitario que aplica en los territorios palestinos, considerados “bajo ocupación beligerante” de Israel. No obstante, muchas personas (palestinas e internacionales) consideramos que toda la Palestina histórica está sometida a una ocupación colonial desde 1948, y cuestionamos la legitimidad del Estado de Israel.
[2] Por eso las solicitudes de unificación familiar de palestinos/as de Jerusalén para traer a su cónyuge de Cisjordania son sistemáticamente rechazadas, y los hijos o hijas de esas parejas no adquieren el permiso de residencia en la ciudad. Detrás de todas estas políticas hay una sola explicación: la obsesión del régimen por judaizar toda Jerusalén.
[3] Además, un grupo creciente de congresistas democrátas liderados/as por Alexandria Ocasio-Cortez está impulsando una moción para condicionar la multimillonaria ayuda militar a Israel a la decisión de anexión.
Publicado (con otro título y ligeras variantes) en el semanario Brecha el 10/7/20.
Fuente: https://mariaenpalestina.wordpress.com/2020/07/13/anexion-o-no-anexion-he-ahi-la-cuestion/

viernes, 3 de julio de 2020

Presidente palestino rechaza invitación de Trump a la Casa Blanca

La visita legitimaría el plan de anexión, explica
Respeto, esencial para la paz y la seguridad, dice Raíces, colectivo de israelíes y árabes


Foto
▲ Jaled Abu Awad (izquierda), un palestino de Belén, y Shaul Judelman, un colono israelí del cercano asentamiento de Tekoa, quienes encabezan el movimiento Shorashim-Judur, publicaron una petición contra la intención de Israel de anexar partes de Cisjordania ocupada.
Jerusalén. El presidente palestino, Mahmoud Abbas, declinó recientemente una invitación personal del presidente Donald Trump para visitar la Casa Blanca y discutir el controvertido acuerdo del siglo, anunciado por el magnate y el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, el pasado 27 de enero en Washington, y que prevé la anexión a Israel de 30 por ciento del territorio de la Cisjordania ocupada.
Según el periódico Yediot Ahronot, Abbas declinó la invitación de Trump al considerar que los palestinos interpretarían que un viaje de su presidente a Washington legitimaría el acuerdo del siglo.
Los palestinos interrumpieron los contactos oficiales con Estados Unidos en 2017, cuando el presidente Trump ordenó el traslado de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén.
El periódico de Tel Aviv señala que, a pesar de las apariencias, existen vías de comunicación entre la dirección palestina y Washington mediante el consulado de Estados Unidos en Jerusalén.
En Cisjordania, algunos colonos se unen a los palestinos a la hora de criticar el proyecto de Israel de anexionar zonas de este territorio ocupado, que según ellos amenaza la reconciliación por la que militan desde hace años.
Jaled Abu Awad y Shaul Judelman viven a pocos kilómetros de distancia, al sur de Cisjordania, un territorio palestino ocupado por Israel desde hace 53 años.
El primero es un palestino de Belén, el otro un israelí de la colonia judía de Tekoa, considerada ilegal por el derecho internacional, igual que los demás asentamientos israelíes. Ambos dirigen el movimiento Shorashim-Judur (Raíces, en hebreo y árabe), fundado en 2014 con la ambición de propiciar el diálogo entre israelíes y palestinos en Cisjordania.
Según ellos, la anexión deseada por Israel de partes del territorio palestino y de colonias israelíes sería una agresión (...) contraria al principio del respeto mutuo que consideran esencial para garantizar la paz y la seguridad en esta tierra y en la región, según un comunicado conjunto.

Vinculados a la tierra
El local de Shorashim-Judur está ubicado en el Gush Etzion, un bloque de 25 colonias israelíes establecido cerca de la ciudad palestina de Belén. Según algunos observadores, este bloque de colonias podría estar entre las primeras en ser anexionadas por Israel.
Abu Awad considera que la anexión sería una declaración de guerra que podría conllevar violencia. Sería un gesto unilateral, que agravaría el conflicto.
Sentado junto a él, en una silla de plástico, Shaul Judelman estima que hay que cesar de impulsar hacia la separación.
Tenemos una generación de israelíes que jamás ha conocido a palestinos, y a una generación de palestinos que solamente ha visto a soldados israelíes, se lamenta este rabino.
Para este colono, los acuerdos de paz de Oslo (firmados en 1993) han separado a israelíes y a palestinos, al decidir que unos estarían aquí y otros allá.
Dichos acuerdos dividieron Cisjordania entre tres zonas: A, B y C.
Las dos primeras representan 40 por ciento del territorio y están principalmente bajo control palestino, mientras la zona C (60 por ciento) se halla bajo control militar y civil israelí.
Las cosas no pueden funcionar así ya que según Judelman, tanto los israelíes como los palestinos están vinculados a la totalidad de esta tierra.
En su comunicado, los dos hombres critican la posición de Netanyahu, quien descartó la opción de otorgar la ciudadanía israelí a los palestinos que estén en las tierras anexionadas.
Un proyecto que no hace primar la igualdad de derechos que merecen cada palestino y cada israelí no nos acercará, sino que nos alejará, escriben ambos.
Según el acuerdo de gobierno de unión, firmado esta primavera boreal, Israel debía pronunciarse a partir del primero de julio sobre la aplicación del proyecto de anexión de las colonias israelíes y del valle del Jordán.

Foto Afp
Periódico La Jornada

Hamas y Fatah se unen para enfrentar la iniciativa anexionista de Israel



Ramalá. Fatah, el partido del presidente palestino Mahmoud Abbas, y el movimiento islamita Hamas, que controla la franja de Gaza, prometieron ayer unidad contra el proyecto de anexión israelí de zonas de Cisjordania, en una inusual rueda de prensa conjunta.
Vamos a utilizar todos los mecanismos para garantizar la unidad nacional contra el proyecto israelí, afirmó el secretario general de Fatah, Jibril Rajub, en una rueda de prensa conjunta con Saleh Al Aruri, un dirigente de Hamas, que habló desde Beirut.
Rajub dijo expresarse con una sola y única voz.
El último encuentro conocido entre Hamas y Fatah fue en enero de 2020.
La anexión de partes de Cisjordania está prevista en el plan estadunidense para Medio Oriente, rechazado en bloque por los palestinos desde su presentación a finales de enero. El texto prevé también la creación de un Estado palestino desmilitarizado en un territorio restringido con Cisjordania y la franja de Gaza, a unos 50 kilómetros, unidos por un corredor.
No sólo los palestinos rechazan el plan anexionista. El primer ministro de Gran Bretaña, Boris Johnson, advirtió que no reconocerá la anexión y llamó a su par israelí Benjamin Netanyahu a hacer de lado el llamado acuerdo del siglo planteado por Donald Trump.

Periódico La Jornada

jueves, 2 de julio de 2020

Sobreviviendo a las monstruosidades

Entrevista con el escritor sirio Yassin al-Haj Saleh

Fuentes: Al-Jumhuriya English

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
El escritor sirio y expreso de conciencia Yassin al-Haj Saleh dialoga con la activista bielorrusa Marina Naprushkina sobre el auge global de los autoritarismos, la “plaga” del putinismo y por qué ha llegado el momento de nuevos movimientos políticos.
La entrevista que se expone a continuación con el escritor sirio y cofundador de Al-Jumhuriya, Yassin al-Haj Saleh, fue llevada a cabo por Marina Naprushkina, artista bielorrusa y activista por la democracia, y se celebró  en Berlín, en abril de 2020.
Marina Naprushkina (MN): Yassin, me gustaría preguntarte sobre la revolución siria, la guerra y el asedio, tus dieciséis años en prisión, el tiempo que viviste después en Turquía y ahora en Berlín; también sobre el amor. En las cartas que escribiste a tu esposa Samira al-Khalil (secuestrada en Duma, Siria, en 2013, fecha desde la que no se sabe nada de ella) le dices: “Tu esposo sigue siendo el mismo escritor que no dispone más de un ‘arma’: sus palabras”. ¿Qué es lo que piensas? ¿Hacia dónde tenemos que dirigir hoy nuestras “armas”?
Yassin al-Haj Saleh (YHS): La conexión entre las palabras y la revolución siria es absolutamente fundamental. La revolución intentó acceder a las capacidades políticas; es decir, se trataba de poder hablar de temas públicos, de poder reunirse y de poder protestar en la esfera pública. Partiendo de esto, creo que es bastante justo decir que nuestra lucha tuvo que ver esencialmente con las palabras: con poder usarlas, interpretarlas y protestar con ellas. Tanto la revolución como las palabras han sido aplastadas a lo largo de nueve años troyanos, durante los cuales Siria ha sido reducida al campo de batalla de unos poderes inhumanos, mientras a los sirios se les hacía replegarse al silencio y la ausencia; dispersos, empobrecidos, “subalternizados”, se les ha negado tener voz sobre su destino.
Por ello, creo que nuestras palabras deben estar dirigidas contra aquellos que generan ausencia, o cuya presencia se basa en producir y consolidar nuestra ausencia. Eso implica, en primer lugar, un régimen dinástico genocida, cuyo objetivo principal es permanecer en el poder para siempre, que entregó al país a las potencias extranjeras a cambio de que le protegieran. En segundo lugar, un régimen internacional jerárquico y racista, amparado por los Estados soberanos, que puede convertirse fácilmente en genocida, especialmente en esta era de la “Guerra contra el Terror”. En tercer lugar, en el contexto sirio, un islamismo nihilista que hizo mucho daño en los países musulmanes, aunque creo está ya en declive. Los tres monopolizan para sí mismos el derecho a hablar y a tener una presencia legítima. Nuestra lucha contra ellos tiene que ver con representarnos a nosotros mismos -con hablar por nosotros mismos como personas que tienen “derecho a tener derechos”, como expresó Hannah Arendt- y con el reconocimiento de nuestra presencia. En este contexto, la ausencia de Samira es para mí una causa, una motivación y un símbolo de una condición nacional y global.
MN: En el ensayo en el que criticas el concepto de solidaridad dices que la solidaridad es como una mercancía y que hoy existe un “mercado de la solidaridad”. En un debate manifestaste que, finalmente, no estamos dispuestos a luchar por nuestras convicciones como lo estás tú. Estuviste detenido durante dieciséis años por ser, en aquel momento, miembro de [un grupo disidente del] Partido Comunista. La artista Milica Tomić hace esta pregunta en una de sus obras: “¿Hay algo por lo que estés dispuesto a dar tu vida?” ¿Vivimos en una época de oportunistas? ¿Qué es lo que explica este desarrollo?
YHS: Bien, no pretendía culpar a la gente por no luchar por sus convicciones “como yo”. Y eso ha sucedido, en parte, porque no he podido evitarlo. Hubiera preferido una lucha menos cruel y desesperada.
Es solo que pensé que la solidaridad se estaba convirtiendo en una alternativa pasiva a un compromiso más activo en la lucha por un mundo mejor. Sirve para aliviar muchas conciencias en Occidente al seleccionar una lucha y patrocinar a sus agentes. Lejos de ser una actividad para cambiarnos a nosotros mismos y al mundo, la solidaridad entendida de esa forma es compatible con no cambiar nada. Cuando las personas se solidarizan con esta u otra causa que seleccionan en el mercado solidario, tienden más bien a desarrollar una especie de conciencia de autocomplacencia que anula la necesidad de cambiarte a ti mismo y luchar contra la autosatisfacción.
La derrota del comunismo en la década de 1980 tuvo el efecto de normalizar el orden capitalista neoliberal, incluso entre aquellos que están en contra y que parecen haber aceptado la famosa afirmación de Margaret Thatcher de que “no hay otra alternativa”. Llevamos más de tres décadas en esta etapa, eso es mucho tiempo. La solidaridad con las ONG pertenece a este orden. Ahora, después de Siria y en medio de la actual crisis del coronavirus, creo que la necesidad de otras formas de compromiso común y lucha común es extrema. Estamos en una encrucijada que conducirá a formas renovadas de fascismo y racismo en nombre de lazos orgánicos y de la tradición, como pronostica el ideólogo de Putin, Aleksander Dugin, o a formas más militantes y emancipadoras de lucha por la igualdad, la dignidad humana y la vida en el planeta. Deseo ver a muchas personas desaprender las prácticas condescendientes, complacientes y selectivas de solidaridad y, en cambio, conectar con las luchas por la igualdad y la libertad.
MN: Después de la Segunda Guerra Mundial, las poblaciones de los países afectados ​​trabajaron para reconstruir sus hogares, escuelas y ciudades. Creo que esto le sirvió de ayuda a esa generación para sobrevivir a los acontecimientos tan crueles por los que pasaron durante la guerra. Ese no es el caso en Siria. En el propio país, la guerra y la dictadura no han terminado. Las personas que dejaron Siria viven en diferentes países, y pocas son capaces de participar en la vida social en el exilio. ¿Qué experiencias tienes tú y tus compatriotas aquí, en Berlín? ¿Cómo puede Berlín convertirse en un nuevo hogar?
YHS: Permíteme decir primero por qué este no es el caso en Siria. A diferencia de Ruanda en 1994 y Camboya en la segunda mitad de la década de 1970, e incluso de la Alemania nazi, el régimen genocida en Siria ha sido de nuevo instalado en el poder. Ni siquiera se ha logrado un mínimo de justicia: no hay transición política; no se reconoce el sufrimiento del pueblo sirio; no hay nada. Esto equivale a la promesa de un genocidio aún mayor en perspectiva. ¿Por qué? En esencia, nuestra lucha es una lucha contra el racismo, aunque sin razas. Según Frantz Fanon, las razas se construyen en todas partes mediante el racismo y la discriminación. Lo que sucede es que nuestras “razas” se llaman sectas, y el orden mundial islamofóbico de hoy construye una profundidad estratégica para este tipo específico de racismo. A este orden le resulta beneficioso que haya una agencia llamada “Estado soberano” que se esté ocupando de matar negros sirios. Por este motivo no vas a escuchar protestas contra las salvajadas rusas en Siria. Se trata solo de una nueva ronda de la antigua mission civilisatrice.
Junto a amigos y colegas, continuamos produciendo ideas y análisis para una mejor comprensión de nuestra lucha, de nuestros exilios y del mundo. Defendemos nuestra capacidad y voluntad de actuar, ya sea política, ética o epistemológica, como individuos y como personas. Nos resistimos a ser reducidos a casos humanitarios o víctimas pasivas. Como te puedes imaginar, es muy difícil seguir luchando, y sucede que a veces nos sentimos extremadamente exhaustos, pero somos conscientes de lo crucial que es la sostenibilidad de nuestra lucha. Supongo que muchos de nosotros estamos tratando de conseguir una vida lo más normal posible y de seguir representando a nuestro desamparado país. Además, somos conscientes de la necesidad de vincular nuestra causa con otras causas en el mundo y con la causa mundial: salud, humanidad y planeta. Creo que algo vamos avanzando a este nivel.
MN: Hoy tenemos muchas mejores oportunidades para intercambiar información a nivel mundial, tomar fotos para documentar la guerra y el crimen, comunicarnos y establecer contactos. Pero, ¿qué es entonces lo que frustra la solidaridad, la solidaridad que también se convierte en acción?
YHS: Si mi análisis sobre la solidaridad es correcto, su incapacidad para traducirse en acción es parte integral de la misma. Está diseñada para que aporte buenos sentimientos, no para hacer bien las cosas.
Además, hoy no hay mucha solidaridad en nuestro mundo. En Occidente (y la solidaridad, con sus características de mercado y paternalismo, es una mercancía producida principalmente en Occidente), la solidaridad se destina solo a aquellos que comparten nuestros valores, que no son diferentes de nosotros, que en realidad son como nosotros. Por lo tanto, es algo narcisista, una especie de sentimiento de “yo me amo”. Lo que quiero decir es que, además de ser una relación de poder, carente de igualdad y reciprocidad, la solidaridad como se practica hoy es también narcisista y exclusivista.
Soy plenamente consciente de que hay muchas personas maravillosas que están completamente fuera de ese molde de “yo me amo” y piensan en su activismo solidario como un componente de una lucha más amplia para desafiar y cambiar un mundo lleno de racismo, discriminación y persecución. Quizás sea ahora el momento adecuado para nuevos movimientos y comunidades basados ​​en la igualdad, el respeto, la diversidad y el coraje.
MN: Vengo de Bielorrusia, donde nuestro primer presidente lleva en el poder desde 1994. Las dictaduras de hoy son más estables que nunca. ¿Cómo puede explicarse esto?
YHS: ¿26 años? ¿Está preparando tu presidente a su hijo para heredar el poder de él, como hizo el nuestro? Llevamos 50 años bajo el dominio de la familia Asad. Debido a los tres yugos -el geopolítico (Israel, seguridad y superioridad); el geoeconómico (mercados de consumidores de petróleo y del Golfo); y el geocultural (Islam, etc.); un triple yugo llamado Oriente Medio-, decenas de miles de seres fueron asesinados en Siria, con cifras similares de encarcelados y torturados cuando era joven, y ahora, cuando he llegado a mi sexta década, cientos de miles han sido asesinados y millones desplazados. Nuestra primera guerra de tortura fue durante la última década de la era de la Guerra Fría, mientras que la segunda nos sobrevino en la era de la Guerra contra el Terror, que es solo otra guerra de tortura global como muchas guerras coloniales del pasado (y presente: Palestina). Rusia es el principal protector hoy de nuestro régimen genocida. Supongo que tu país, Bielorrusia, es también un protectorado ruso, y tu Lukashenko está ampliando sus márgenes de libertad hacia su pueblo al haber sido elegido por Putin, un líder ultranacionalista que ahora se está preparando para cambiar la constitución y mantenerse en el poder dieciséis años más. Esto es una cadena perpetua para Rusia y, muy probablemente, también para la mucho más pequeña Bielorrusia.
La Rusia de Putin es nuestra plaga. Aunque dominan nuestro país, no se preocupan por la gente, ni muy probablemente por el inútil mismo de Asad; se trata de su grandeza y su arrogancia imperialista. Putin se jactó de haber probado más de 200 armas en Siria. Se felicitó a sí mismo de que Rusia haya conseguido 15.000 millones de dólares en ventas de armas, y de que tengan planes para vender 55.000 millones de dólares más.
MN: Tu esposa y tú habéis dejado claro que en Siria se está librando una guerra mundial, pero una guerra dirigida contra un pueblo. ¿Puedes profundizar en esto?
YHS: Samira dijo exactamente eso tras la masacre química de agosto de 2013 y el acuerdo químico del mes siguiente entre Estados Unidos y Rusia, que fue aún más criminal que la masacre misma. El significado de la masacre, seguida del acuerdo, fue: puedes matar a tu pueblo con armas químicas y así estarás aún más involucrado que antes en la política internacional, mientras que tus víctimas seguirán aún más excluidas de la política; que en aquel momento habían pagado ya el precio de la desaparición de 100.000 vidas. Los sirios fueron aún más “invisibles” después del año en que Samira desapareció. Solo puedo repetir que la «Guerra contra el Terror», que fue la justificación detrás de ese sórdido acuerdo que ayudó a cegar a muchos en el mundo sobre la victimización de los sirios, no es en modo alguno una guerra. Es una tortura, y lleva décadas debilitando la democracia en todo el mundo. Es trágico que muchos no encuentren nada más que el paradigma de la Guerra contra el Terror para formular la lucha contra la pandemia de la COVID-19.
MN: ¿Qué se puede aprender de la revolución siria? ¿Por qué no hablamos de ella ahora?
YHS: Creo que Siria fue victimizada en el altar de la apatía e indiferencia institucionalizadas, a largo plazo y a nivel global, hacia todo lo que suceda en Oriente Medio. Y en el arraigado racismo en las formas de islamofobia y apoyo ciego a una política racista como la de Israel, consolidada por los Estados rentistas del Golfo gobernados por dinastías extremadamente corruptas y patriarcales que Occidente ha patrocinado durante un siglo, cuando no más. Todo eso convergió para hacer que la lucha siria contra un régimen genocida y racista sea invisible y sin sentido. Oriente Medio es el nombre de un espacio de excepción donde el colonialismo no concluye nunca. Estados Unidos es una parte integral del sistema de Oriente Medio, aunque esté geográficamente fuera de la región. Europa también es parte del sistema, y ​​ahora Rusia se está afianzando allí.
Debemos aprender esto bien y desaprender las cosas culturalistas que reducen la política a la cultura y la cultura a la religión que todavía siguen dominando en Occidente (y en el mundo) en lo que se refiere a nuestra región. El Occidente “secular” debería secularizar su comprensión de la región para entenderla. Eso incluye el surgimiento del islamismo nihilista entre la década de 1980 y la Primavera Árabe.
Siria es un microcosmos fuera de mundo, y creo que ahora estamos viendo un mundo sirianizado que fracasa del mismo modo en que se hizo fracasar a los sirios, abandonándolos ante la masacre, deshumanizándolos, considerándolos superfluos, por usar la terminología de Arendt.
Ya no se habla de Siria porque el mundo de los gobiernos y los medios de comunicación tuvo mucho éxito al inhibir incluso un entendimiento aproximado de la mayor lucha de este siglo. Consideran que “todo allí es muy complicado” y dan la espalda a lo que está sucediendo. Es cierto que la situación en Siria es complicada, pero puede analizarse de forma que muestre a los “complicadores” en acción. Los principales son Rusia, Estados Unidos y sus satélites, Israel durante décadas. Debo añadir que comprender mejor Siria está volviéndose aún más importante precisamente ahora porque el mundo ha sido progresivamente sirianizado. Es aconsejable que los humanos se conozcan a sí mismos.
MN: Se considera que el escritor ruso Varlam Shalamov, que pasó más de quince años en la región ártica de Kolyma, es el cronista definitivo de los campos del Gulag. Dijo que las experiencias del campo no enseñan nada. Hoy, miles de personas están en las cárceles de Asad en Siria. ¿Hay esperanza de que estas personas regresen finalmente con sus familias? Y una pregunta personal, que no tienes por qué responderme: ¿cómo es pasar un día, un mes, diez años en prisión? ¿Qué te ayudó a superar ese tiempo?
YHS: Como “licenciado” en la cárcel, tiendo a estar en desacuerdo con Shalamov. Transformar nuestras experiencias, por crueles que sean, en ideas y significados es lo que nos ayuda a liberarnos de ellas y a dejar que se hundan en el pasado. Tomé consciencia de la obra de Viktor Frankel hace muy poco tiempo, pero mi trabajo se ha centrado en los significados de manera no muy diferente al psiquiatra austríaco y superviviente del Holocausto, comenzando por el vínculo etimológico entre significado y sufrimiento en árabe. Representar nuestras experiencias y producir significados a partir de ellas nos permite comunicarnos con los demás y construir una comunidad de significados- sufrimientos con ellos. La historia y la sociedad están hechas de estas experiencias.
No atribuyo valores creativos o positivos inevitables a estas experiencias que fueron destructivas para muchos. Solo quiero decir que podemos reducir la destrucción  representando nuestras experiencias y produciendo ideas e imágenes a partir de ellas. Por sí mismas no tienen sentido, y están destinadas a privarnos de sentido. Resistimos si las incorporamos a nuestras vidas y alcanzamos la emancipación superando la crueldad y la destrucción.
Sin embargo, ni siquiera esta emancipación es en modo alguno una compensación justa. No hay compensación posible. No hay repuestos para nuestros años veinte y treinta que fueron devorados por el monstruo de la cárcel. En mi caso personal, me devoraron la mayoría de esos años. Pero debemos domesticar al monstruo tanto como podamos para poder sobrevivir. Algunos de nosotros pudimos lograrlo. Y creo que ese es un acto genuino de resistencia.
A veces, especialmente después de la silenciosa ausencia de Samira, me pregunto si no me he transformado en un monstruo. ¿Sobrevive realmente uno a las monstruosidades?
Marina Naprushkina es una artista bielorrusa y activista por la democracia que vive en Berlín. Es la fundadora de Office for Anti-Propaganda
Fuente:
https://www.aljumhuriya.net/en/content/surviving-monstrosities-interview-yassin-al-haj-saleh
Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la misma.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Querido mundo confinado: ¿y Palestina?



Batú Kan, nieto de Gengis Kan y jefe de la Horda de Oro, fue el primer jefe militar en usar armas biológicas. Obviamente, el tártaro carecía de científicos y laboratorios. Ni tampoco sabía del método usado por el cartaginés Aníbal, quien arrojaba ánforas llenas de víboras venenosas contra los barcos enemigos (184 aC).
Batú Kan fue más ingenioso. En 1346, ordenó lanzar a sus propios soldados muertos por la peste, por encima de las murallas de Caffa. Táctica que causó un brote fatal en la antigua ciudad griega, y entonces colonia de la Serenísima República de Génova. Desde allí, se esparció la gran peste bubónica que diezmó a la población de Europa (1347-53).
Importante centro comercial de esclavos y estratégico puerto de Crimea en el mar Negro, Caffa cambió de nombre en 1802, recuperando el original: Teodosia o Feodosia (en ruso). Teodosia quiere decir dada por Dios.
Así empezó la guerra biológica moderna. Pero 677 años después, la táctica militar referida se actualizó en los territorios ocupados de Palestina, ya que para la potencia militar y neocolonial llamada Israel desde 1948 también habrían sido dados por Dios.
Eso es, para no ir lejos, lo que pudimos volver a convalidar tras la anexión de los altos del Golán (Palestina) por el régimen de Benjamin Netanyahu, en marzo de 2019. Anexión que el devoto cristiano renacido y secretario de Estado Mike Pompeo justificó, diciendo que Trump pudo haber sido enviado por Dios para salvar al pueblo judío.
Pero hoy, la pandemia global del Covid-19 nos obliga a echar una mirada (una miradita siquiera), a las tácticas que los soldados de Netanyahu emplean contra los palestinos contagiados por el virus.
Maren Mantovani, coordinadora de relaciones internacionales de la campaña Stop the Wall (Paren el muro), registró un meme con letras blancas sobre fondo negro que circula por las redes sociales: Querido mundo: ¿Qué tal el confinamiento? Gaza.
En un especioso artículo titulado Tres lecciones desde Palestina para vencer la pandemia, Maren señala que “la experiencia por la que están pasando la mayoría de las personas del Norte Global confinadas en sus casas, tiene poco en común con los 13 años de inhumano asedio militar impuesto por Israel a la ocupada franja de Gaza, y tampoco con la población palestina encerrada en guetos bajo el constante ataque del apartheid israelí”.
Destaca, asimismo, la táctica del régimen terrorista, cuando pide a la mayoría de las y los trabajadores israelíes que se queden en casa, mientras se pide a las y los trabajadores palestinos que permanezcan fuera de sus casas durante semanas, viviendo en condiciones inhumanas y sin equipos de protección para mantener a flote la economía de Israel.
Volvamos con el héroe de la sitiada ciudad de Caffa. ¿Qué hacen las autoridades de Tel Aviv cuando enferman los trabajadores palestinos? Bueno… así como los tártaros de mi general Batú Kan, los arrojan al otro lado del muro que asfixia a Cisjordania. Aunque no en lanzaderas, qué horror. Simplemente, que vuelvan a sus precarias aldeas y, de paso, contribuyan a su propia limpieza étnica, diseminando el coronavirus por doquier.
De los habitantes de Gaza (el campo de concentración a cielo abierto más grande del mundo), ni hablar. En el portal Al-Monitor, el periodista palestino Ahmad Abu Amer se pregunta si la gravísima situación obligará a Tel Aviv a levantar su bloqueo, luego de que Naciones Unidas afirmó en julio de 2017: Gaza no es un lugar donde se pueda vivir ya.
Con optimismo, Ahmad escribe: Los últimos esfuerzos de los países árabes, la comunidad internacional e Israel (sic), son preludio del final gradual del asedio. No suena mal. Aunque se contradiga con el recorte que el gobierno de Donald Trump aportaba a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos, hasta enero de 2018 (50 por ciento sobre 125 millones de dólares).
En febrero, Tel Aviv advirtió que cortará toda relación con la alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, tras la publicación de una lista de 112 compañías que hacen negocios en Cisjordania. Netanyahu respondió: Entidad sesgada y sin influencia (sic).
Y a inicios de mayo, la Corte Penal Internacional (CPI) confirmó tener jurisdicción sobre Cisjordania (incluidos Jerusalén Este y Gaza), anunciando una investigación completa sobre crímenes de guerra en los territorios palestinos.
El ministro de Energía Yuval Steinitz calificó a CPI como antisraelí, y acusó a la fiscal de ignorar el derecho internacional y de inventar (sic), un Estado palestino.
Bien. ¡Que viva el 75 aniversario de la victoria sobre el nazifascismo! Cuando nadie era tan estúpido como para preguntar si los nazis debían pertenecer (o no) a un Estado, para ser juzgados.

lunes, 13 de abril de 2020

“Hemos sobrevivido a varias guerras pero nunca nos enfrentamos a algo así”

                 En los campos de refugiados en el Líbano se preparan para el coronavirus
Fuentes: The Independent

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Si Fairuz, de 45 años, estira su brazo lo suficiente, puede tocar la tienda de su vecino. La distancia entre su maltrecho refugio y el adyacente es de solo 50 cm.
Esa es una cuarta parte de la distancia mínima a la que se supone deben estar unos de otros si las personas siguen las regulaciones de distanciamiento social del coronavirus.
Como la mayoría de las otras 30 familias en este campamento informal de refugiados sirios en Arsal, en el noreste de Líbano, Fairuz, madre de tres niños, vive con los cuatro miembros de su familia en una habitación y no disponen de suficiente agua para lavarse las manos siquiera someramente. Y tienen también racionada la comida.
Fairuz huyó de su casa en Qusayer, en el oeste de Siria, bajo el rugido del fuego de artillería, pensando que regresaría en unas pocas semanas cuando todo se hubiera calmado. Cuatro años y medio después, todavía vive en una tienda de campaña en Arsal, a pocos kilómetros de la frontera.
“Cada año es más difícil, pero nunca imaginamos que llegaríamos a tener que enfrentarnos a algo como esto”, dice en una llamada de video desde su casa.
“Mi mayor temor es que uno de mis hijos contraiga el virus, ya que no todos estamos registrados como refugiados y no tenemos acceso a la atención médica ni a dinero para pagar el tratamiento”.
Dijo que están intentando desinfectarlo todo pero que es muy complicado hacerlo en un campamento donde el acceso al agua es limitado.
“Sencillamente, no creo que los niños y yo podamos resistir esto”.
Las autoridades libanesas han impuesto un bloqueo estricto a los campos de refugiados para tratar de detener la devastadora propagación de la enfermedad.
En otro campamento, a pocos kilómetros de distancia, Jalid Malit, de 41 años, que huyó de Siria hace ocho años, usa su teléfono para llevar a The Independent por un recorrido virtual pixelado. (*)
“La distancia social es aquí imposible porque cada tienda está a menos de un metro de distancia”, dice deslizándose por entre los callejones de tiendas.
Señala una línea de tanques de agua y dice que los 40 litros por día que consiguen ahora no son suficientes para poder cumplir los requisitos de higiene para combatir la enfermedad.
Jalid señala que si bien las personas registradas en las Naciones Unidas reciben asistencia monetaria y paquetes de alimentos, no es suficiente para sobrevivir y ahora la gente no puede abandonar el campamento para ir a trabajar. “Los que no están registrados no tienen ningún tipo de apoyo y están desesperados”.
“La gente está racionando ya su comida, pero no dejaré que nadie muera de hambre, encontraremos comida para ellos”, agrega.
Los refugiados en el Líbano se encuentran entre las personas más vulnerables del mundo ante esta pandemia mortal. Muchos de ellos, como Fairuz y Jalid, viven en carpas rudimentarias o en barrios abarrotados en pésimas condiciones de vida.
Hasta ahora, el Ministerio de Sanidad libanés ha anunciado 500 casos de Covid-19 y 15 muertes en todo el país, aunque la cifra real puede ser mucho mayor. No se han registrado casos entre la población de refugiados.
Las autoridades se han apresurado a tratar de frenar la propagación de la enfermedad imponiendo algunas de las medidas más estrictas en la región, incluido un confinamiento nacional total y toque de queda nocturno. También han cerrado las fronteras terrestres y marítimas, así como los aeropuertos.
Soldados libaneses patrullan por la barriada de Sabra, en Beirut, donde siguen viviendo muchos refugiados palestinos
El potencial para el desastre está bien servido. El Líbano tiene el mayor número de refugiados per cápita del mundo: según la ONU, una de cada cuatro personas en el Líbano es un refugiado.
Entre ellos se estima que hay 1,5 millones de sirios, el 40% de los cuales no está registrados en la agencia de la ONU y, por lo tanto, no son aptos para recibir asistencia en efectivo, paquetes de alimentos o, hasta hace poco, atención médica.
Hay otros 470.000 refugiados palestinos registrados por la ONU en el Líbano, incluidos los 30.000 que han huido de Siria desde el comienzo de la guerra civil. Tienen asimismo que enfrentarse a la carencia de permisos de trabajo y restricciones de atención médica que los hacen también vulnerables.
Antes de que esta pandemia global llegara a las costas del Líbano, el país estaba ya intentando recuperarse de una crisis financiera sin precedentes y de los últimos  momentos revolucionarios.
Antes del coronavirus, el Banco Mundial estimó que para fines de 2020 un 40% del país iba a estar por debajo del umbral de la pobreza.
Los economistas libaneses piensan ahora que esa estimación es optimista. Con el bloqueo cerrando empresas y empleos, la tasa de pobreza real será mucho más alta.
Ese porcentaje es ya mayor entre la población de refugiados. La agencia de la ONU para los refugiados, ACNUR, dijo que al menos las tres cuartas partes de la comunidad siria en el Líbano viven bajo el umbral de la pobreza.
“El mundo entero está en crisis por vez primera y hay pocos que puedan ayudarnos”, dijo Mohamed, un refugiado palestino.
En el campamento de Shatila, en el sur de Beirut, la refugiada palestina Iman Husein, de 29 años, que huyó del campamento de refugiados de Yarmuk en Siria, dijo que tiene miedo de que los nuevos bloqueos de coronavirus impidan que pueda alimentar a su nuevo bebé.
“Ni yo ni mi esposo tenemos documentación de la ONU para permitirnos trabajar o movernos por el país, ni siquiera para obtener ayuda alimentaria”, dice ella.
“Luchamos mucho antes de que todo esto sucediera, pero ahora estamos realmente asustados. Mi bebé solo tiene siete meses de edad, no sabemos cómo sobreviviremos a este período”.
Abdel-Mayid Ayub, de Siria, que ayuda a administrar dos campamentos informales en la zona norte de Akkar, dijo que quienes tenían ahorros estaban ahora alimentando a los que no disponían de nada.
“Al menos el 80% de las personas que están aquí estaban ya desempleadas antes de la pandemia”, dice por teléfono. “Hemos creado un grupo de cinco personas que salen a buscar suministros. La gente está utilizando todos sus ahorros para apoyarse mutuamente”.
El trabajo ha sido durante mucho tiempo un problema para los refugiados en el Líbano.
El año pasado, los refugiados palestinos, que por ley no pueden buscar empleo en 39 profesiones en el Líbano, estuvieron protestando contra la nueva legislación del Ministerio de Trabajo libanés que les exige permisos especiales de trabajo.
El Consejo Superior de Defensa de Líbano ese mismo año tomó medidas enérgicas contra los sirios que trabajaban sin autorización, según Human Rights Watch.
Ahora, Abdel-Mayid dice que una de las principales preocupaciones era el coste del tratamiento si se contrae el coronavirus. Hace tres años, su propio cuñado murió de cáncer porque la familia no podía pagar las facturas médicas.
“Nos preocupa que las personas no declaren su enfermedad por temor a los costes sanitarios”, dice.
Representantes del ACNUR y de la Agencia de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (UNRWA, por sus siglas en inglés) dicen que cubrirán la mayoría, si no todos, los costes médicos de los refugiados con Covid-19 y han comenzado una campaña de sensibilización en los diferentes campamentos y áreas de asentamiento informales para explicarlo e informar de que hay una línea directa a la que los refugiados pueden llamar si experimentan síntomas.
Pero hay un signo de interrogación para las decenas de miles que no son refugiados registrados.
“Estamos trabajando en la construcción de unidades de autoaislamiento en los campamentos o asentamientos informales para refugiados”, dijo Lisa Abu Jaled, del ACNUR. Agregó que buscaban fondos para poder proporcionar más ayuda en efectivo.
La UNRWA, que se enfrenta a la peor crisis de financiación de su historia, también está buscando donaciones adicionales para aumentar la asistencia en efectivo y alimentos a los palestinos en el Líbano. Pero están bajo una presión extrema: el próximo mes se   quedarán sin dinero.
Claudio Cordone, director de la UNRWA en el Líbano, dijo que estaban trabajando con la organización benéfica médica Médicos Sin Fronteras para convertir uno de los centros de la UNRWA en un centro dedicado al aislamiento de refugiados para tratar los casos leves y aliviar la carga del sistema de salud libanés, que afronta ya bastantes dificultades.
“Las autoridades libanesas nos han asegurado que todos los residentes en el Líbano serían tratados en los hospitales”, dijo Cordone.
“El problema se producirá cuando el sistema de salud esté desbordado y haya que elegir entre un paciente palestino y uno libanés”, agregó.
También preocupan otras prácticas discriminatorias contra los refugiados.
Human Rights Watch declaró el jueves que 21 municipios libaneses han introducido medidas más duras para la población de refugiados que para los ciudadanos libaneses, incluidos toques de queda más estrictos.
En otras partes del país, como el municipio norteño de Darbaashtar, a los sirios se les prohibió salir por completo de sus hogares, por lo que preocupa que no puedan acceder a la ayuda médica.
“El coronavirus no hace discriminaciones y para limitar la propagación y el impacto de Covid-19 en el Líbano hay que garantizar que todos puedan acceder a los centros de pruebas y tratamiento”, dijo Nadia Hardman, investigadora y defensora de los derechos de los refugiados de HRW.
Los trabajadores municipales libaneses a cargo del mantenimiento de los campamentos dicen que están trabajando las 24 horas y que cuentan con un personal mínimo para poder ayudar.
“El problema es que los libaneses se están enfrentando ya a graves problemas, por eso nos resulta difícil ayudar a los refugiados”, dijo Jaled Isultan, del municipio de Arsal.
“La realidad es deprimente, los refugiados van a sufrir más problemas aún este año”, dijo. Debido a las restricciones de coronavirus, sus empleados y los voluntarios no pueden trabajar en el campamento.
Se están realizando campañas de desinfección para tratar de mantener a las personas seguras, pero muchos refugiados temen no poder seguir las pautas de la Organización Mundial de la Salud en medio de la escasez de agua limpia.
“He sobrevivido a tres guerras, pero incluso en 2006 siempre podíamos salir y encontrar comida, obtener apoyo”, dice Mohamed Kasem, de 40 años, del campamento palestino de Nahr al-Bared, en el sur del Líbano, que estuvo bajo asedio y fue parcialmente destruido en 2007.
“Observamos con horror la situación que atraviesan Italia, Francia y España. Por primera vez, el mundo entero está en crisis. Por tanto, sabemos que hay pocos que puedan ayudarnos. Y esto lo complica todo aún más”.
(*) Véase video en fuente original.
(Se han cambiado los nombres de algunos de los refugiados para proteger su identidad.)
Bel Trew es corresponsal de The Independent en Oriente Medio, donde vive. Bel ha cubierto la región desde el comienzo de la Primavera Árabe en 2011 y ha informado sobre los levantamientos y conflictos posteriores en Egipto, Libia y Yemen. También ha cubierto las dos últimas guerras de agresión de Israel contra Gaza, y siguió también la aparición del Daesh en Túnez.
Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a las autoras, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la misma.

viernes, 3 de abril de 2020

Palestina: palabras y narrativas



Pellízquenme una vez porque no me lo estoy creyendo. Cuando por años uno mostraba el mapa de Palestina, toda comida respecto al plan de partición de la ONU (1947), un surreal archipiélago de islas fragmentado por colonias, caminos exclusivos, muros y retenes militares, fruto de décadas de colonización e imparable crecimiento de asentamientos ilegales –y muestra visual que la solución de Dos Estados (Oslo, 1993) era una quimera para ir acaparando más tierra palestina−, le decían que estaba exagerando, boicoteando el proceso de paz (sic), y que al final esto no se iba a ver así. Todo a pesar de que las ofertas israelíes –sean de derecha o de izquierda− a los palestinos siempre contemplaban algo menos que un Estado (bit.ly/2w5mFoQ) muy al estilo de los bantustanes ( homelands) sudafricanos diseñados por el régimen de apartheid para fragmentar e ir marginando a la población negra desposeída de derechos políticos (bit.ly/2Utsjdw). Ahora que el Acuerdo del Siglo de Trump y Netanyahu presenta el mismo mapa, una verdadera cartografía de la opresión sazonada con patéticas proyecciones y anotaciones (bit.ly/3bFLGpQ) virtualmente indistinguible del mapa de los bantustanes (bit.ly/2wNn13H) como logro, progreso y parte del cambio de narrativa para resolver el conflicto, uno no sabe si reírse o llorar. Pellízquenme otra vez porque no me lo estoy creyendo. Cuando por años uno usaba la palabra apartheid para describir la realidad que vivían los palestinos bajo la ocupación israelí (bit.ly/2xyVXp0) se le decía no sólo que exageraba, sino que dicha analogía era inaceptable (bit.ly/2WUMxys). Ahora que el plan de Trump-Netanyahu con su visión de Palestina como un no-Estado basado en segregación y control racial calculado para sofocar la liberación palestina y el derecho a la autodeterminación (bit.ly/2UuqQ72) y el término apartheid irrumpió en el mainstream –desde un ex embajador israelí en Pretoria usando la paralela para advertir correctamente “que intentos de crear estados ficticios para ‘lavar’ un régimen opresivo no funcionaron en Sudáfrica y no funcionarán en ningún lugar” (bit.ly/2URsPRz) hasta un grupo de políticos europeos que antes jamás se atrevieron a decirle algo a Israel alertando hoy que el Acuerdo “es el camino recto al apartheid” (bit.ly/2UWAHBE)− uno no sabe si seguir riendo o limpiarse las lágrimas.
Tal vez más vale tarde que nunca.
Pero para que todo no sea tan simple, N. Chomsky –al final un lingüista que trabaja con palabras− desde hace años suele alertar “que la situación en Palestina es mucho peor que el apartheid”; J. Dugard un jurista sudafricano y autor de un reporte sobre los territorios ocupados (ONU, 2004) enfatizaba que “el régimen israelí de apartheid es peor que el sudafricano”; también A. Mbembe, el filósofo camerunés afincado en Sudá-frica, afirmando que la situación en Palestina evoca a bantustanes, subraya que “la metáfora de apartheid no alcanza a reflejar la especificad del proyecto israelí de separación” y que “dado su carácter high-tech, los efectos en el cuerpo palestino son mucho más graves que las del sistema relativamente primitivo sudafricano”: la dialéctica de proximidad-distancia y el control nunca alcanzaron allí niveles tan paroxísticos como en Palestina (bit.ly/36UNR5N).
He aquí la paradoja: la analogía del apartheid −sin dejar de ser correcta− se queda a la vez corta y demasiado optimista. Si bien refleja bien el componente racial de la ocupación y la colonización israelí –los mitos raciales, como bien apunta J. Massad son fundamentales para todos proyectos de colonialismo de asentamientos (bit.ly/2wJjCmB)−, contiene una falacia que nos lleva a asumir el mismo desenlace: que igual la combinación de presiones internas y externas (p.ej. la campaña BDS modelada en Sudáfrica) hará que esta injusticia implosionará –como insiste p.ej. R. Kasrils un ex combatiente antiapartheid que ve el Acuerdo como “un clon del apartheid” (bit.ly/2Jturf7)– mientras las dos situaciones no son iguales (¡Mbembe!). Tampoco los contextos internacionales: si bien la cuestión palestina no es tan passé como quieren algunos (bit.ly/2P3ces7) y mantiene su relevancia universalista (bit.ly/3cv9YnJ), Sudáfrica nunca estuvo tan sola como hoy lo parece Palestina (bit.ly/39zncwI).
Y finalmente esto:coronavirus”, una nueva palabra que está poseyendo al mundo mientras nos pellizcamos tratando de comprender lo que está pasando. Como bien recuerda M. Davis el impacto de la epidemia de la gripe española (1918-1919) en India −que registró 60 por ciento de muertos a escala mundial− fue agravado por la mezcla de la huella del colonialismo británico (requisiciones de granos, etcétera) y la sequía (bit.ly/341QYt1); igualmente, en el caso de Cisjordania y Gaza, el impacto del colonialismo israelí –al final los bantustanes fueron modelados en colonialismo británico y reservaciones indígenas en Canadá− hace a la población palestina sumamente vulnerable, si no indefensa frente a la epidemia (bit.ly/3bRUOb1). El otro día, siguiendo con la política de ir comiendo más tierra palestina, el ejército israelí demolió un hospital de campo para los palestinos afectados por el Covid-19 en Izbiq, en el Valle de Jordán, que el Acuerdo del siglo le permite anexar y deshacerse de la población sobrante. ¿Será porque para Israel los palestinos siempre serán una especie de plaga?

sábado, 21 de marzo de 2020

Palestina: palabras y narrativas



Cuando, después de varios retrasos, Donald Trump y Benjamin Netanyahu anunciaron finalmente el “acuerdo del siglo ( The deal of the century”), un supuesto plan de paz para Medio Oriente, yo me imaginé al viejo Uri Avnery (1923-2018), el decano del periodismo israelí, saltando en la silla, agarrándose la cabeza y gritando: “¡ Chutzpa, chutzpa...!” (descaro/insolencia, del hebreo/yiddish, un vocablo que se pasó al polaco, inglés y como una de las pocas palabras judías también al alemán). Avnery –que hasta el final de sus días contrario p.ej. a E. W. Said o I. Pappe creía en la solución de dos estados, que el Acuerdo desnudó demostrando que la imparable colonización israelí lo volvió imposible− se deleitaba de describir y/o caricaturizar los múltiples descaros del eterno líder de Israel (bit.ly/38C8JQo). El Acuerdo parece el último clavo al ataúd de su visión. Pero lo que más lo desesperaría sería su descaro. La chutzpa de Netanyahu, desde luego, no es la misma chutzpaesta vieja cualidad judía− de tintes emancipatorias que Michael Löwy identificaba en las palabras de Ernst Bloch, el gran filósofo de la esperanza y uno de los más eminentes representantes de la simbiosis judeo-alemana −otra vez de vuelta a Avnery, al cual siempre le gustaba recordar que nació como Helmut Ostermann− cuando con una característica mezcla de mística cristiana, mesianismo judío y política revolucionaria aseguraba que “este mundo no es ‘verdadero’, en sentido que va más allá de la facticidad... Y si algo no corresponde a los hechos −y para nosotros, los marxistas, los hechos son sólo momentos reificados de un proceso y nada más−, pues tanto peor para los hechos ( umso schlimmer für die Tatsachen), como decía el viejo Hegel” ( Judíos heterodoxos. Romanticismo, mesianismo, utopía, Siglo XXI/UAM, 2015, p. 165-166).
La chutzpa de Israel −el truco que este tradicionalmente empleó no sólo hacia los palestinos, sino también a sus aliados estadunidenses, en un intento de sincronizar (¿ Gleichschaltung?) las políticas de Washington con las de Tel Aviv hasta el punto desesperar una vez al pobre Bill Clinton: ¡¿Quién carajos es la superpotencia aquí...?! (bit.ly/2TCn0Z4)– es la chutzpa desde el punto de vista del poder y de la fuerza nuda bien encarnada en el propio Acuerdo que con su unilateralismo (Oslo al menos creaba una ilusión de negociaciones y diálogo) está basado en la realidad ya existente forjada por la ocupación –una palabra que desapareció por completo del documento (¡sic!)− buscando codificar únicamente la realidad cruel de los hechos ( facts on the ground) y transformando en efecto todo el lenguaje, términos y reglas de la solución de conflictos: aquí sólo la parte dominante moldea a la otra a su antojo y de acuerdo con sus intereses (bit.ly/2PZOwxi). Es una “ chutzpa de hierro” –tratar con los árabes solamente desde la posición de la fuerza, como insistía Jabotinsky− en la que los israelíes, bien apunta J. Ofir, acostumbran gritar ¡me pegan, me pegan! mientras pegan y castigan a los palestinos (bit.ly/3aGuuQn).
Una vez Netanyahu –estableciendo una suerte de “récord Guinness de la chutzpa” (bit.ly/3aLGksi)− después de batallar por años al término limpieza étnica evocado a menudo por los críticos de Israel (véase: I. Pappe, The ethnic cleansing of Palestine, Oxford 2006) de repente lo abrazó tildando a los llamados de retirar los asentamientos ilegales israelíes de las tierras palestinas... una limpieza étnica (¡sic!) acusándolos a los palestinos –¡el mundo patas arriba!− de perseguir este tipo de políticas y querer su futuro Estado limpio de los judíos, siendo más bien Israel fundado en ella y determinado siempre con quedarse con la mayor cantidad de tierra palestina con la menor cantidad de los palestinos posible (e idealmente libre de los árabes ( Arabrein). El ladrón denunciando el robo. Así no era una casualidad que N. Finkelstein titulase: Más allá de la chutzpa uno de sus libros iconoclastas que apuntaba a aquellas infames raíces de Israel y criticaba la “corrupta manera en que se habla del ‘conflicto israelí-palestino’” junto con el abuso de la acusación de (nuevo) antisemitismo hacia los críticos de Israel ( Beyond chutzpah, California 2005). Respecto al Acuerdo, en otro lugar, Finkelstein subrayaba: “hay que poner la atención a su lenguaje. Ellos lo llaman The Deal of the Century. Trump, Jared e Ivanka son empresarios y la política no les importa, excepto cuando es vía al enriquecimiento personal (bit.ly/2xkTIVY). Bueno, Netanyahu está interesado en los dos.
Sea como fuere, frente a esta chutzpa −“Este Acuerdo no es ‘verdadero’...”, diría uno siguiendo a Bloch: aquí sólo una parte desde la posición de la fuerza demanda la incondicional rendición de la otra– lo único que les queda a los palestinos es “ sumud” (firmeza/resistencia, del árabe).
Y si bien ya hace un par de décadas E. W. Said apuntaba que la esperanza ha sido eliminada del vocabulario palestino (bit.ly/3ck4pZ7), en un buen estilo mesiánico blochiano o benjaminiano y en un espíritu de esta ya extinta cepa del pensamiento mitteleuropeo (nyti.ms/3aUOEX3) dejaba una puerta abierta para que esta pudiera regresar en forma de la visión de un sólo Estado binacional basado en derechos iguales y sufragio universal (nyti.ms/2TYYznG). ¿Utopía? Bloch estaría encantado.

martes, 10 de marzo de 2020

Farmacéuticas israelíes prueban medicamentos en prisioneros palestinos


Fuentes: Global Research

Traducido del inglés para Rebelión por J. M.
La profesora israelí Nadera Shalhoub-Kevorkian reveló ayer que las autoridades de ocupación israelíes otorgan permisos a grandes empresas farmacéuticas para realizar pruebas en prisioneros palestinos y árabes, informó Felesteen.ps.
Times of Israel también informó de que en una grabación del evento la profesora de la Universidad Hebrea también reveló que las firmas militares israelíes están probando armas en niños palestinos y llevan a cabo estas pruebas en los barrios palestinos de la Jerusalén ocupada.
En la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York, Shalhoub-Kevorkian dijo que recopiló los datos mientras realizaba un proyecto de investigación para la Universidad Hebrea.
«Los espacios palestinos son laboratorios», dijo. «Los toques de queda a largo plazo y la opresión palestina por parte del ejército israelí propician la invención de productos y servicios de corporaciones de seguridad patrocinadas por el Estado».
En su charla, titulada “Espacios agitados – Tecnologías violentas en la Jerusalén palestina”, la profesora agregó: “Ellos verifican qué bombas usar, bombas de gas o bombas de olor. Ya sea para poner sacos de plástico o sacos de tela. Para golpearnos con sus rifles o patearnos con sus botas”.
La semana pasada las autoridades israelíes se negaron a entregar el cuerpo de Fares Baroud, quien falleció en una cárcel israelí después de sufrir una serie de enfermedades. Su familia piensa que pueden haberlo utilizado para tales pruebas e Israel teme que esto pueda revelarse a través de investigaciones forenses.
5.000 pruebas en prisioneros
En julio de 1997 el periódico israelí Yedioth Ahronoth informó de  comentarios de Dalia Itzik, presidente de un comité parlamentario, que reconoció que el Ministerio de Salud de Israel había otorgado permisos a las empresas farmacéuticas para probar sus nuevos medicamentos en los reclusos, señalando que ya se habían realizado 5.000 pruebas.
Robrecht Vanderbeeken, secretario cultural del sindicato belga ACOD, advirtió en agosto de 2018 que la población de la Franja de Gaza está «muerta de hambre, envenenada y los niños son secuestrados y asesinados para utilizar sus órganos».
Esto sigue a las advertencias anteriores del embajador palestino ante las Naciones Unidas, Riyad Mansour, quien dijo que los cuerpos de palestinos asesinados por las fuerzas de seguridad israelíes «fueron devueltos con córneas y otros órganos desaparecidos, lo que confirma aún más los informes anteriores sobre la sustracción de órganos por parte de la potencia ocupante».
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión.org como fuente de la traducción.

sábado, 15 de febrero de 2020

Cuerpos, piernas, ojos



¿Será una casualidad que los soldados israelíes les disparan a las piernas a los manifestantes palestinos en Gaza –descendientes de refugiados, víctimas de una limpieza étnica expulsadas durante el Nakba, hoy presos en una prisión al aire abierto más grande del mundo− que en el contexto de la Gran Marcha del Retorno (bit.ly/2SCAMJj) pretenden regresar (simbólicamente) a sus casas denunciando las inhumanas condiciones del bloqueo israelí y las periódicas incursiones punitivas? Ya casi 300 gazaítes han sido asesinados –una verdadera masacre− y 30 mil quedaron heridos, muchos con balas vivas, balas de acero cubiertas de goma o recipientes de gases lacrimógenos, sobre todo en las piernas, también con la prohibida munición de fragmentación: más de 120 manifestantes tuvieron que sufrir una posterior amputación (bit.ly/2NKV4Pn). ¿Será una casualidad que los carabineros chilenos les disparan a los ojos a los manifestantes que se rebelan en contra del saldo del modelo neoliberal –creciente costo de vida, sueldos bajos, pensiones, salud y educación ultraprivatizados, etcétera−, un sistema que los tiene precarizados y endeudados y quienes –después de una dosis de sedantes y calmantes (bit.ly/2RgQSc9)− finalmente despiertan y abren ojos a las injusticias? Ya casi tres mil personas quedaron heridas –y hubo unos 30 muertos− en una brutal y totalmente desproporcionada respuesta gubernamental al estallido social muy en sintonía con las mejores tradiciones de la dictadura pinochetista, incluidos más de 400 que perdieron un ojo por disparos adrede en la cara con perdigones y balas de goma con centro metálico (bit.ly/2Nyv21t), algunos incluso ambos (bit.ly/3ajNKUj).
No. No es ninguna casualidad.
A medida que el cuerpo tiende a ocupar el centro de la política –un paso de la economía política a la biopolítica que aún no hemos reflexionado lo suficiente (bit.ly/2ujlW2j)−, y la creciente politicidad se manifiesta cada vez más y más en él, el control y la represión se enfocan más y más en contenerlo −el proceso marcado a su vez por el auge de necropolítica (A. Mbembe, Necropolitics, 2019) y securocratismo (J. Halper, War against the people, 2015)− apuntando también a sus determinadas y sintomáticas partes: piernas para caminar/ojos para ver.
Por donde sea –en contexto de la guerra global desde arriba a los migrantes o la revuelta antineoliberal global desde abajo (bit.ly/2GC5Bbx)− el mundo está lleno de cuerpos reprimidos, heridos, detenidos, cercados, golpeados, apaleados, gaseados, mutilados, quebrados, atropellados, masacrados, violados, encarcelados, desaparecidos.
Quizás nunca como ahora la mutilación se vislumbraba tanto como una oficial y legítima herramienta del control público y política del Estado (bit.ly/35JsPGU). Quizás nunca como ahora la tortura de un cuerpo particular equivalía tanto a la tortura de un cuerpo social en su totalidad y nunca ha sido tan globalizada (los generales latinoamericanos del Plan Cóndor igual han sido precursores tempranos de esta trasnacionalización).
Según la Sociedad Chilena de Oftalmología el número de heridos con lesiones oculares es totalmente inusual para la historia del país y del mundo y si a algo se asemeja es a lo que pasa en Palestina (bit.ly/35VQpAd); pero mientras allí −según un estudio 1990-2017 de la revista médica BMJ Open− se han reportado 300 lesiones en los ojos por balas de goma, en Chile sólo en tres semanas tuvimos más de estas que en tres décadas del conflicto israelí-palestino ( bbc.in/2RnauKr ).
Como subraya A. Mbembe, la ocupación israelí de Palestina es un gran laboratorio de técnicas de represión, control, vigilancia y separación. Incluso un paradigma de lo que viene para nuestro planeta regido ya por una arquitectura de contención de la que Gaza es un modelo: un territorio encarcelado, sujeto a periódicas incursiones militares y asesinatos masivos, donde una peculiar y particular forma del control biopolítico consiste en abdicar de responsabilidad por la suerte de los encarcelados, algo “que se vuelve central para nuestros tiempos y ya está integrado en nuestras ‘democracias’” (bit.ly/36UNR5N).
Lo que vemos en las calles chilenas donde los manifestantes, que a pesar de que pueden perder un ojo, −igual que los palestinos que se manifiestan a pesar de que pueden perder una pierna− dejan el miedo encarnado en los cuerpos que dejó la dictadura militar (el choque con el que el modelo chileno fue implantado por Pinochet) frente a las fuerzas del orden que, en sus ojos, son verdaderas fuerzas de ocupación extranjeras que consideran su ciudadanía enemiga (bit.ly/3bbf87k), es igualmente paradigmático: por un lado, dada la historia y el presente de cooperación militar entre Israel y Chile (bit.ly/2SlI4m2), es una creativa –más violenta/más brutal− realización del modelo Gaza exportado (“la ‘exportación de la ocupación’ es la base de la economía israelí”, bit.ly/2Hd74Fp); por otro, una muestra de cómo las tecnologías israelíes de contención de cuerpos –fuerza letal, fronteras, vigilancia− resultan útiles para ir manteniendo al militarizado y excluyente orden neoliberal global (véase: T. Miller, Empire of borders, 2019), siendo el propio Israel su producto perfecto, indistinguible de Chile: una sociedad profundamente neoliberalizada, marcada por abismales desigualdades, creciente costo de vida, vivienda, etcétera. (bit.ly/379jAAh).

*Periodista polaco

martes, 11 de febrero de 2020

Palestina: un bloqueo inhumano


Editorial La Jornada

Por orden del ministro de Defensa de Israel, Naftali Bennett, el ejército de ese país empezó ayer a bloquear las exportaciones agrícolas de Palestina e impedir que transiten de los territorios cisjordanos ocupados por el paso fronterizo hacia Jordania, única vía que pueden utilizar los palestinos para enviar sus mercancías al mundo exterior.
De esta manera, la nación ocupada enfrenta una grave afectación económica que empeorará las perspectivas de una economía de por sí arrasada por los efectos del robo, por parte de Israel, de las tierras palestinas más fértiles, las murallas que ha construido para aislar a las poblaciones cisjordanas y la violencia militar contra la población –asesinatos selectivos o masivos, encarcelamientos sin juicio, demolición arbitraria de casas– imperante desde hace décadas.
Podría pensarse que este bloqueo forma parte de una mera disputa comercial, en la medida en que es respuesta a la decisión de las autoridades palestinas de suspender las compras de carne de ternera a Israel, país que a su vez importaba ese producto y lo revendía a los palestinos con un margen de utilidad. Al descubrir esa situación, el gobierno que encabeza Mahmoud Abbas ordenó adquirir de manera directa la ternera a los países productores, y el régimen de Tel Aviv respondió con otras medidas de represalia, de las que forma parte el bloqueo a las exportaciones palestinas de verduras.
Sin embargo, sería ingenuo y superficial hablar de guerras comerciales en una relación bilateral tan rotundamente desequilibrada, injusta y asimétrica, como lo es la palestino-israelí, en la que uno de los participantes tiene el control militar que le permite cerrar la puerta a voluntad a los intercambios comerciales de la contraparte, e incluso de descarrilar su economía por medio de acciones que pueden ir del embargo al bombardeo.
Así pues, el cierre del único punto que tenían los palestinos para sacar sus exportaciones debe verse como una agresión pura y dura en contra de la población y un intento de reducir por hambre a una nación que durante siete décadas ha luchado por su derecho a existir.
No debe soslayarse que ese derecho recibió en días pasados un duro golpe cuando el presidente estadunidense, Donald Trump, anunció un plan de paz que consiste lisa y llanamente en reducir a la población palestina a un conjunto de enclaves o reservas territoriales, negarle el derecho a construir un Estado soberano, arrebatarle el margen del río Jordán y cambiarle tierras fértiles por pedazos aislados de desierto.
En suma, la medida comentada no puede considerarse un episodio de guerra comercial sino un acto de guerra a secas que contraviene el derecho internacional, el cual prohíbe, en muchos de sus instrumentos, que una potencia haga padecer hambre a la población civil de un adversario.
Resulta desoladora la agresión en sí, pero también lo es la indiferencia de la comunidad internacional ante el sufrimiento palestino causado por la criminal e ilegal ocupación israelí en Cisjordania y el cerco militar de Gaza.
La opinión pública internacional debe clamar por el fin inmediato de esa opresión y presionar a sus gobiernos para que contribuyan a poner freno al militarismo expansionista de Tel Aviv.