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martes, 14 de abril de 2020

Pánico y absurdo político ante ‎la pandemia


 Thierry Meyssan
Thierry Meyssan,Red Voltaire
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Las calles desiertas de Nueva York, cuya población se halla bajo confinamiento por la crisis del ‎coronavirus. ‎
A través de la Historia, las grandes epidemias que destruyeron economías de países enteros ‎se vieron a menudo seguidas de derrocamientos de gobiernos. La epidemia de Covid-19 ‎no debería ser la excepción, independientemente de la cifra total de decesos que llegue a provocar. ‎Es por eso que, prácticamente en todo el mundo, los dirigentes políticos están aplicando ‎medidas cuya inutilidad conocen, sólo para mostrar a sus conciudadanos que hacen todo ‎lo posible por protegerlos. ‎
La sicología social nos muestra que el miedo no es directamente proporcional al nivel de peligro ‎sino a la imposibilidad de evaluar ese peligro y a la incapacidad para controlar sus causas. ‎
Cuando aparece una enfermedad desconocida, la Ciencia trata de estudiarla dudando de todo. ‎Pero los responsables políticos, con mucho menos conocimiento de la enfermedad que los ‎hombres de ciencia, se ven empujados a tomar decisiones rápidas. Algunos se rodean entonces de ‎personalidades que en algún momento ‎se destacaron en el campo de la ciencia, califican a esas ‎personalidades de «expertos» –aun tratándose de un problema que esas personalidades todavía ‎no conocen– y utilizan a esos «expertos» para justificar sus decisiones políticas. El objetivo de ‎esos políticos no es salvar vidas sino garantizar la continuación de su propio poder. ‎

Confinamiento(s)

Los medios de difusión tratan de convencer a sus conciudadanos de que «su» gobierno ha ‎adoptado las mismas medidas que otros gobiernos y de que por esa razón no puede ser acusado ‎de laxismo. Esos medios oscurecen el debate al afirmar injustificadamente que 3 000 millones ‎de personas están confinadas simultáneamente en todo el mundo por razones médicas, ‎afirmación que es simplemente una mentira ya que los medios mezclan de forma indiscriminada ‎situaciones muy diferentes. ‎

El término «confinamiento» está siendo utilizado hoy para designar indiferenciadamente: 
- Una cuarentena, que en realidad es una medida de encerramiento o retención en un espacio ‎controlado, generalmente a bordo de un barco y por decisión de autoridades aduanales, durante ‎el tiempo suficiente para garantizar que personas, objetos o sustancias que deberían entrar en un ‎país o territorio no son portadores de alguna enfermedad. Esta medida fue inventada en 1374 ‎por el duque de Milán. Fue la medida que el gobierno de Japón aplicó en febrero de 2020 al ‎crucero británico Diamond Princess
- Un cordón sanitario, o sea la medida de aislamiento aplicada a un país vecino o un grupo ‎poblacional afectado por alguna enfermedad para evitar que la enfermedad se transmita a otras ‎poblaciones. Esta fue la medida aplicada por las autoridades chinas para la provincia de Hubei. En ‎el siglo XVII, Italia y España recurrieron a la imposición de cordones sanitarios utilizando ‎para ello el ejército, que incluso tenía órdenes de disparar a matar contra los pobladores que ‎violaran la medida. 
- El encierro de personas pertenecientes a grupos de riesgo. Se trata de la designación de una ‎categoría de la población cuyas características la hacen más vulnerable a la enfermedad o que ‎puede ser considerada como potencialmente enferma por lo cual se prohíbe a esa población el ‎contacto con otras personas, tanto para no exponerla al riesgo de infección como para evitar ‎que infecten a los demás. Eso es lo que se está haciendo en Francia, donde se prohíbe ‎el acceso a las instituciones dedicadas al cuidado de personas de la tercera edad y estas últimas ‎no tienen derecho a salir de dichas instituciones. 
- El encierro a domicilio de toda una población, sin distinción de personas. Los médicos ‎especializados en epidemiología o virología no han solicitado esta medida. Los solicitantes son los ‎especialistas en estadísticas sobre epidemias y su objetivo es evitar que los hospitales lleguen a verse desbordados por una afluencia masiva de enfermos en un corto plazo de tiempo. ‎Esta medida no tiene precedente histórico. ‎

Históricamente, las únicas medidas que han dado a veces resultados positivos han sido las ‎tendientes a impedir que una enfermedad llegue a infectar un territorio, como en 1919, cuando ‎la Samoa estadounidense logró protegerse eficazmente de la gripe española, que sin embargo ‎asoló la vecina Samoa Occidental (el hoy Estado Independiente de Samoa). Sin embargo, ‎el cierre de una frontera es inútil cuando la enfermedad ya ha penetrado en el país. ‎
Lo que sí está demostrado es que las medidas que buscan frenar temporalmente una epidemia ‎nunca han logrado disminuir la mortalidad. Peor aún, al prolongar en el tiempo el periodo de ‎propagación de la enfermedad, esas medidas hacen que la población sea más vulnerable a una ‎segunda y a una tercera ola de contaminación, hasta la eventual aparición de una vacuna y su ‎producción masiva –lo cual requiere como mínimo 18 meses de preparación. ‎
Mientras tanto, las poblaciones que rechazan el encierro a domicilio van adquiriendo una ‎inmunidad de grupo que las protege ante las nuevas olas de contaminación. Contrariamente a ‎lo que afirma el discurso dominante, las formas actuales de confinamiento favorecen ‎considerablemente la cantidad de decesos. Dado el hecho que algunos países –como Corea ‎del Sur y Suecia– no practican tales medidas, en el futuro será posible comparar los resultados ‎ante nuevas olas de contaminación. La política de híper precaución de los dirigentes políticos ‎puede entonces volverse contra ellos. ‎
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Las videoconferencias surgieron como una manera de acercar a las ‎personas geográficamente distantes. Hoy sirven para evitar el contacto físico. ‎

Decadencia de la civilización

No es posible vivir juntos si tenemos miedo unos de otros. La civilización no puede basarse en la ‎desconfianza. Eso implica que no es humanamente aceptable, por ejemplo, prohibir el acompañamiento de los enfermos en su lecho de muerte. No podemos aceptar que nos priven de ‎nuestra libertad sin razones válidas. ‎
La Convención Europea de Derechos Humanos del 4 de noviembre de 1950, firmada por todos ‎los Estados del continente europeo –desde el Reino Unido hasta Rusia– autoriza en su Artículo 5 ‎‎«la detención regular de una persona susceptible de propagar una enfermedad contagiosa», ‎pero no para manejar la afluencia de pacientes a los hospitales. ‎
Los Tratados de la Unión Europea ponen la barra más alto aún al afirmar que el «derecho de ‎circulación de las personas» es parte de la identidad misma de la Unión Europea. De hecho, ‎varios Estados miembros de la Unión Europea se han puesto al margen de esa regla fundamental, ‎iniciando así la desagregación del Estado supranacional. ‎
Varios gobiernos han optado por convertir a los ciudadanos en enemigos. Al hacerlo, privan ‎al Estado de su legitimidad ya que lo convierten en enemigo de la población. ‎
En Francia, el prefecto de policía de París, Didier Lallement, declaró públicamente que ‎los enfermos que hoy se encuentran en unidades de cuidados intensivos son personas que ‎violaron las medidas de confinamiento. ‎
En otras latitudes, el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, ordenó inicialmente a la policía ‎‎«tirar a matar» contra todo ciudadano que intentara violar las reglas de confinamiento, orden ‎que luego modificó. ‎
Si bien todos parecen conscientes del costo económico exorbitante de la política actual y de su ‎impacto psicológicamente destructivo en las personas vulnerables, pocos tienen conciencia del ‎precio político futuro. ‎
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Uso de trajes herméticos para evitar el contagio con el Covid-19 ‎en Wuhan. ¿Cuándo tendremos algo que nos proteja contra la NBC y CNN?‎

Medidas de tipo placebo

Sin saber nada de la nueva enfermedad, las autoridades médicas y políticas aplican medidas que ‎no pasan de ser simples placebos, para mantener alta la moral de sus conciudadanos. ‎
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Traje utilizado por los médicos en tiempos de la peste. La máscara llegó ‎hasta nuestra época como un elemento tradicional del carnaval de Venecia.
En el siglo XVII, los médicos que luchaban contra la peste portaban una especie de traje ‎confeccionado con lino, cuero o tejido encerado y una máscara con un pico alargado en el que ponían esencias de menta, de alcanfor u otras para purificar el aire que respiraban. El uso de esa indumentaria, inventada por el médico del rey de Francia, se extendió por toda Europa. Hoy en día, ante el ‎coronavirus, el personal sanitario recurre al uso de trajes herméticos de plástico o de goma y de ‎máscaras, tapabocas o nasobucos quirúrgicos. El uso de este último accesorio sanitario por parte ‎de la población se inició en tiempos de la epidemia de gripe española, en 1918, en Japón e ‎infundió cierta confianza a la población japonesa al equiparla con un accesorio similar al que ‎usaban los cirujanos occidentales. El uso del nasobuco se extendió paulatinamente por Asia y ‎ahora se expande mundialmente, incentivado por la epidemia de coronavirus. ‎
En realidad, la eficacia de la indumentaria que usaban los médicos contra la peste nunca llegó a ‎demostrarse, como tampoco se ha demostrado ahora la eficacia del uso masivo de máscaras ‎quirúrgicas ante la actual epidemia de coronavirus. Pero al recomendar el uso de ese accesorio, ‎las autoridades chinas, y posteriormente los dirigentes políticos de casi todo el mundo, proponen ‎una “solución” para un problema que de hecho nadie puede resolver en este momento. ‎Lo esencial no es prevenir y mucho menos curar, sino hacer ver que algo hacen. ‎

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