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viernes, 20 de diciembre de 2019

Una heroína de la Little Hiroshima

30 años de la invasión a Panamá



Era el 19 de diciembre de 1989. Luego de cenar, la pareja se había dedicado a construir el pesebre. Habían colocado casi todo: la Virgen María, San José, los pastores, la vaca, el asno y una buena cantidad de figuritas plásticas. Ella había tenido que explicar veinte veces a Jorge, el menor de cuatro años, por qué se debía esperar hasta el 25 de diciembre para poner al niño Jesús: ese día nacía. 
A la hora de irse a dormir, los bebes se opusieron de hacerlo en sus camas. Querían dormir cerca del pesebre. Ana, la madre, aceptó con la condición de que estuvieran al lado opuesto, cerca del ventanal. Ahí les pusieron un colchón.
Había música en algunos lugares cercanos. El ambiente festivo estaba en aumento porque ya se olía a navidad, particularmente en este barrio panameño del Chorrillo. Su marido se fue a la cama. Ella se sentía extraña. Aunque estaba cansada prefirió sentarse en el piso a leer un libro. A momentos observaba con ternura a sus dos varoncitos. El tiempo fue pasando.
Miro el viejo reloj que estaba sobre el televisor y se dio cuenta que faltaba poco para que una manecilla tapara la otra: era casi media noche. Entonces el aparato comenzó a vibrar. Ella miró las paredes, el techo y puso los ojos en las figuritas que cambiaban de lugar. ¡Todo temblaba! Escuchó un terrible estruendo, luego otro y otros. Por unos segundos creyó que era otra maniobra del Ejército estadounidense, acantonado a los alrededores del Canal.
Se levantó como un resorte y se lanzó a la habitación, donde su marido ya estaba parado en calzoncillos. Ambos fueron a la ventana y con temor se asomaron. Vivían en un cuarto piso. Resplandores y explosiones por todas partes: “¡la invasión, la invasión!” Fueron los gritos angustiados que escucharon casi a coro. Los helicópteros disparaban cohetes contra el Cuartel del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa Panameña, no muy lejos de ahí.
Corrieron a la sala. Ella abrió la puerta, saliendo al balcón para presenciar el inicio del apocalipsis. Los gritos de terror aumentaban por todas partes, tanto como las explosiones y las ráfagas de tiros. Ella entró y se lanzó sobre los niños, que ya estaban sentados llorando asustados. Los abrazó. Levantó los ojos y vio a su marido parado en la mitad de la sala sin saber qué hacer. “¡Trae un colchón! ¡Trae un colchón!”, le gritó. El hombre reaccionó, pero para gritarle que debían poner los niños al lado del pesebre para que la Virgen María los protegiera.
“¡Trae un colchón, por Dios, tráelo!”, le gritó desesperada. “¡La virgen no protege ahora!”, le precisó. Al no verlo reaccionar, con resplandores entrando por el ventanal y el terremoto a sus pies, corrió hasta la habitación de los niños, agarró el colchón que sobraba y lo levantó como si fuera pluma. Se los puso encima a los bebes que no paraban de llorar en pánico.
Los aviones supersónicos surcaban, dejando su ruido que reventaba los oídos y los vidrios. El cielo estaba rojizo debido al reflejo de las explosiones y los incendios. El ruido de las aspas de los helicópteros estaba por todas partes. Los cohetes también venían desde la bahía tan próxima: los barcos cañoneaban.
De repente, por la puerta entró una especie de rayo enceguecedor. Cuando abrió los ojos todo seguía iluminado y temblando, pero había una especie de humo con olor imposible a saber. En el lugar del pesebre y el televisor solo había una mancha como de aceite negro y cenizas. Ni la virgen se había salvado.
Su marido, aterrado y mudo, miraba aquello y miraba a donde estaban los bebes. Si no hubiera sido por ella…
Ana recordó que era dirigente comunal, por eso debía calmarse y tratar de ayudar. Fue a la puerta de salida, encontrando a todo el vecindario en caos, sin saber qué hacer.
Le dijo al marido que había que irse de ahí con los niños, pues una bomba podía acabar con el edificio de siete pisos. Se debía buscar refugio. El salió cargando los bebes, y ella se fue gradas arriba para exigir que se desalojara la edificación. Entonces vio, en el último piso, a dos viejitos que lloraban y gritaban, pidiéndole al nieto que se quitara del balcón de enfrente. El joven amenazaba a un helicóptero con un revolver que ya no tenía balas. Ana le gritó que por su culpa iban a bombardear el edificio. El, como enloquecido, exclamaba a todo pulmón: “¡yanquis asesinos!”, “¡yanquis hijosdeputas!”.
Los tres vieron cuando una especie de rayo laser partió en dos, por la cintura, al joven. Ni una maquina aserradora lo hubiera hecho con tanta facilidad. Gritos y más gritos de pánico e impotencia ante ese horror. Ana empujó a los abuelos, obligándolos a bajar, aunque ya no querían ni vivir.
Abajo se encontró con su marido. Todos los niños que ahí había estaban en pánico total. Ella, con cautela, abrió el portón y fue saliendo. Su marido ni se atrevió a detenerla. Ella era así. En diagonal ardían varias edificaciones. Con cada estallido de las bombas los gritos eran generales, pues se creía que caían sobre sus cabezas.
Mujeres y hombres que corrían en cualquier dirección, llevando en brazos hasta tres niños. Niños que cargaban niños. Ancianos arrodillados en los quicios de las puertas orando.
En la esquina, a unos cien metros vio a tres hombres de civil que disparaban contra los helicópteros. Corrió hasta ellos y pidió un arma. No había.
Regresó desilusionada. Propuso de quedarse ahí porque no había a donde ir. Se acurrucaron, al interior del edificio. Unos se abrazaron. Llorando, hombres y mujeres, se pusieron a esperar que llegara la luz del día, quizás sería menos espantosa aquella horrible pesadilla.
A las 6h15 las explosiones continuaban. Ella abrió el portón lentamente, asomó la cabeza y se encontró con varios hombres con el rostro pintado. Se sintió muerta cuando le apuntaron con sus inmensas armas. Ellos empezaron a gritarle varias cosas, de las que solo entendió “go, go, go”, fuera, fuera, fuera. Hicieron señas para que salieran con las manos en alto. Los invasores ya se habían apoderado de casi todas las casas y edificios. Uno, con cara de latino, les dijo en español que debían ir hacia Balboa, un puerto que queda en la desembocadura del canal de Panamá, por el Océano Pacífico. Como a 5 kilómetros de ahí.
Los tanques estaban entrando al Chorrillo masivamente. De ellos se fueron bajando invasores que, a gritos en inglés, pedían que desocuparan las casas y edificios. Entonces empezaron a tirarles adentro un pequeño dispositivo que las incendiaba. Era una espeluznante magia. Igual estaban haciendo en San Miguelito, otro barrio de gentes humildes.
Ana quiso ayudar a una mujer herida que apenas podía caminar, y que tenía al pequeño hijo en los brazos. Los soldados apuntaban amenazantes. Otra mujer vino en apoyo, a sabiendas que podían ser asesinadas por no levantar los brazos.
Había muchos muertos en las calles, todos civiles. Un niño de unos diez años señaló, horrorizado, los cuerpos de dos compañeritas de estudio en medio de un gran charco de sangre. Ana sintió que se le partía el alma cuando reconoció a su vecina abrazada a sus dos hijos, los tres casi calcinados.
Nunca se había escuchado gritos más desgarradores: un tanque pasó sobre dos hombres, aunque uno de ellos estaba sentado en la calle herido. Las orugas los dejaron como papilla. Los sesos volaron a varios metros. Varias personas vomitaron o cayeron arrodilladas al presenciarlo. Esto se repitió varias veces durante el trayecto.
Se caminaba entre cadáveres. Los invasores tenían libertad para asesinar. Ejecutaban a civiles en plena calle por el tan solo hecho de haberles gritado “Yankee go home”, ¡Yanqui, fuera!
No se permitió que se auxiliara a los heridos, ni que los familiares tocaran a sus muertos. Los camiones de los invasores venían a buscarlos y se los llevaban. Muchos capitalinos vieron cuando los incineraban con lanzallamas en las playas. Otros cientos de cuerpos fueron lanzados a fosas comunes.
Aunque en los barrios de los ricos salieron a tomarse fotos con los invasores, portando la bandera estadounidense. Esas mujeres querían hasta besarlos. En algunos lugares del campo también se les ofreció Coca-Cola y cigarrillos.
Fue la invasión estadounidense llamada “Causa Justa”: el desembarco aéreo más grande después de la Segunda Guerra Mundial. Sobre este pequeño país de tres millones de habitantes, cayó todo el poder militar de la primera potencia mundial: 26.000 soldados que parecían sedientos de sangre.
La invasión se convirtió en un campo experimental de la tecnología bélica más avanzada, la que luego se utilizaría contra Irak en 1991. Por ejemplo, el rayo que acabó con el pesebre y el televisor de Ana, y que partió al nieto. El avión bombardero invisible “Stealth” tuvo ahí su bautizo.
Las Fuerzas de Defensa de Panamá no tenían ni 3000 hombres de combate. No contaba con defensa aérea. Civiles y militares dieron su vida por la soberanía y la patria, no por el general Manuel Antonio Noriega.
Porque fueron más de 4000 los asesinados bajo el pretexto de capturar al dictador por represor y narcotraficante. Militar que hasta pocos meses antes había sido uno de los preferidos de Estados Unidos en América Latina. Asalariado de la CIA, y gran amigo de George Bush padre, fue el puente entre la mafia colombiana y la CIA para el tráfico de cocaína que financió la guerra contrainsurgente en Centroamérica, en los años ochenta. Pero en un arranque de soberanía, quiso que Estados Unidos no tuviera el mínimo control sobre Panamá, empezando por el Canal. Y los pecados que nunca le habían visto al general, fueron noticia mundial
Cuando invadieron, no lo pudieron encontrar. La CIA quedó ridiculizada. Tuvieron que ofrecer dinero por su captura. El se entregó el 3 de enero de 1990.
Los invasores se ensañaron contra el Chorrillo y San Miguelito porque sabían que ahí ellos no eran bienvenidos. De esos barrios apenas quedaron algunas columnas de hormigón. Los mismos soldados estadounidenses empezaron a llamar al Chorrillo su “Little Hiroshima”. La “pequeña Hiroshima”, comparándolo con la bomba atómica soltada por Estados Unidos sobre la ciudad japonesa el 6 de agosto de 1945. La gran mayoría de panameños lo reconocen como el “Barrio Mártir”.
Heroína y mártir fue Ana. Ella dejó a su marido con los niños y se fugó del campo de concentración donde los habían metido en Balboa. Se unió a quienes combatían las tropas invasoras. Les hizo varias bajas y averió un helicóptero. La mujer que disparaba a su lado vio cuando Ana recibió la bala en el pecho. Agonizante, le dijo: “cuéntale a mis hijos de mí”. Por poco no le logran abrir la mano para recuperar el fusil.
• Este texto hace parte del libro Latinas de Falda y Pantalón, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona 2015.
Algunas fuentes:
⁃ Méndez, Roberto. Panamá, 20 de diciembre de 1989: ¿Liberación... O crimen de guerra?
⁃ Calloni, Stella. “Panamá: El Día del Lobo”. Revista América: la Patria Grande. N° 8°. México. Julio-Septiembre de 1990.
⁃ Rodríguez, Mario. La Operación Just Cause en Panamá. Fundación Omar Torrijos. Panamá, 1991.

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