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miércoles, 2 de octubre de 2019

Neuromarketing y oxidación emocional



José Steinsleger


Nuevo vecino. Un joven profesor de inglés de Arizona que en los tres primeros días se la pasó taladrando la pared contigua a mi estudio. Afortunadamente, y a pesar del muro, nos entendimos (“ Jai, Pepe”. “ Jai, Thomas”).


Días después, el 15 de septiembre, luego de leer una investigación acerca de la utilización de avatares (personajes virtuales) en los sistemas de interacción multimodal (que combinan gráficos en 3D, visión artificial, reconocedores de voz), me dispuse a ver un filme acorde con el asunto: Her (2013), dirigido por Spike Jonze. Pero alguien tocó a mi puerta.

Tequila en mano, el vecino exclamó ¡Viva México! En fin… lo invité a ver la película y sólo, que conste, para cultivar la buena vecindad que a diario nos recomienda AMLO. Sin embargo, el filme nos dejó con inquietudes distintas.

El vecino sólo dijo: ¡amazing!, agradeció, y se fue a su casa. Y yo quedé insomne con el descojonante argumento de Ella. Que incomprensiblemente, la útil, livianita y sesgada Wikipedia califica de película romántica (sic). ¿Será que en la Wiki son millennials? Uhm…posiblemente, y hasta más chavos aún.

En todo caso, algo me dice que hay que estar de la cabeza para enamorarse de un sistema operativo informático. Y es que así estaba el personaje de Her, un hombre abrumado emocionalmente después que su gran amor lo abandonó, sin anestesia… (¿o fue él quien la dejó?)

Antivalores agregados: el personaje trabaja en una plataforma digital, escribiendo cartas íntimas para seres queridos, de personas que no pueden hacerlo por sí mismas. Un negocio que tal como anda el mundo, debe ser muy rentable. Y desde ahí, descubre un nuevo y avanzado sistema operativo, que pone a disposición del usuario una voz femenina sensual, atractiva y linda como para enamorar.

En 2014, el director y guionista Jonze, ganó un Óscar como mejor guión original. Pero al parecer, su imaginación ya se remonta a un pasado remoto. Porque, mire usted: según Jaime Durán Barba, el amoral y talentoso asesor en marketing electoral del presidente Mauricio Macri, “… en los últimos 20 años ocurrieron transformaciones más radicales que todas las acontecidas desde el origen de nuestra especie. Y entre 2014 y 2016, la humanidad creó tanta información como la acumulada desde la prehistoria hasta 2014… ( La política en el siglo XXI. Arte, mito o ciencia, Penguin Random House, 2017, p. 36).

Creo que así expuestos, tales datos consiguen enroscarle la víbora a políticos como Macri, y tantos otros. Resultando similares a los que sin contexto o autoridad que los acredite, circulan por Internet. V. gr.: “a) el idioma español tiene 300 mil palabras (sin contar variaciones o regionalismos); b) el diccionario de la RAE contiene 88 mil (americanismos: 70 mil); c) Cervantes usó cerca de 23 mil en El Quijote; d) un erudito emplea algo más de 500; e) un escritor o periodista 300 y e) un perro entrenado entiende mil palabras”.

Innegablemente, ambos conjuntos de datos son periodísticamente atractivos. Aunque vacíos de sentido. Pues si los del primero son imposibles de confirmar, los otros llevan a concluir, implícitamente, que mejor no pensar en el número de palabras que emplea el ciudadano de a pie. Seguramente, no tantas como las usadas por el manco de Lepanto. Que nadie sabe si fue manco. ¿Y con esto qué?

En todo caso, sistemas operativos como los de la película Her existen, se han perfeccionado, y son programados con criterio comercial (¡el neuromarketing!), sin importar las consecuencias en personajes angustiados, o listos para el suicidio.

Casi al final del filme, ella considera que su misión ha sido cumplida, y procede a despedirse. Entonces, él le pregunta: “Perdón… ¿con cuántas personas estás comunicándote ahorita?” La sensual voz de Her responde: Ahorita tengo 633 mil en línea.

¿Costos del progreso? Para nada. Sin darnos cuenta (¿o sí?), estamos todos atrapados en la telaraña de Gafam & hermanos (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft) y otras plataformas digitales. Neodeidades tecnológicas que día y noche nos sorben el seso, con actualizacionespermanentes y aplicaciones enloquecedoras.

Obviamente, a ninguna de ellas le interesa responder las preguntas de El principito: A los adultos les gustan los números. Cuando uno les habla de un nuevo amigo, nunca preguntan sobre lo esencial. Nunca te dicen: ¿Cómo es el sonido de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas? Te preguntan: ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?

Y es que los dioses siempre han temblado frente a la posibilidad de que la especie humana llegue a ser dueña de su propio destino. ¿O será que el vecino es un lúcido millennial y puede que me vea como un romántico baby boomer, esos niños viejos y oxidados de la posguerra?

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