20 años de búsqueda: Liga Guatemalteca de Higiene Menta
"La
guerra terminó, pero quienes tenemos un familiar desaparecido seguimos
llevando la guerra en el corazón".Jorge, familiar de desaparecido,
Ixcán, Quiché
Guatemala, en el marco de la Guerra
Fría, sufrió el conflicto armado interno más encarnizado de
Latinoamérica. Como es un pequeño país "marginal", productor de economía
"de postre" (café, azúcar, banano), no ocupa la atención de los medios
de comunicación, no es particularmente "importante" en la arquitectura
global del mundo. Sólo es noticia ante alguna catástrofe. Pero hay mucho
que decir sobre la guerra que allí se vivió, y más aún, sobre el
trabajo que se está realizando en relación a las secuelas de esa
monstruosidad, de esa terrible catástrofe social. Del Holocausto judío
se han hecho innumerables películas y recordatorios, y eso está muy bien
(olvidar es repetir); del holocausto guatemalteco jamás se habla, mucha
gente en el mundo ni siquiera sabe que ocurrió, y proporcionalmente fue
igual o peor que aquél.
Para fines de los 70 del pasado siglo,
en América Latina se vivía un clima de alza en las luchas populares. La
revolución cubana era una fuente de inspiración, diversos movimientos
revolucionarios habían optado por la vía armada en casi todos los
países, y en 1979 Nicaragua producía su fenomenal transformación con la
revolución sandinista. Para la geoestrategia hemisférica de la Casa
Blanca eso fue el punto de inflexión: había que detener "el avance del
comunismo" a toda costa. Guatemala lo ejemplarizó.
Siguiendo el
modelo de lo hecho en Vietnam, el gobierno de Estados Unidos impulsó una
guerra total, feroz, que sirviera como escarmiento a cualquier intento
antisistémico. Guatemala pagó con sangre, ¡con muchísima sangre!, la
"osadía" de querer aspirar a una sociedad más justa. El ejército,
equipado y entrenado por Washington en las estrategias
contrainsurgentes, desató una guerra de castigo en aquel lugar donde la
guerrilla se movía "como pez en el agua", es decir: en el movimiento
campesino, de composición indígena maya.
La guerra directa entre
fuerzas del Estado y movimiento insurgente en realidad se cobró
relativamente pocas víctimas. El grueso de las consecuencias fatales
estuvo en la población civil no combatiente: campesinos indígenas pobres
del Altiplano Occidental. 200,000 muertos, 45,000 desaparecidos, 669
aldeas arrasadas, torturas, violaciones sexuales fueron las secuelas de
las estrategias contrarrevolucionarias. Y, para su beneplácito, el haber
"detenido el comunismo". Todo esos vejámenes, toda esa furiosa
represión, están científicamente sistematizados en dos rigurosos
estudios: uno que produjera Naciones Unidas a través de la Comisión para
el Esclarecimiento Histórico ("Memorias del silencio") y otro impulsado
por la Iglesia Católica ("Guatemala: nunca más"). Se estima, incluso,
que fue más la población que no rindió su testimonio para las
investigaciones que la que sí lo hizo, por miedo. La pedagogía del
terror instaurada en la guerra dejó profundas marcas, que aún se viven
al día de hoy.
A partir de esas reconstrucciones históricas, se
ha podido establecer que durante la guerra desaparecieron alrededor de
5,000 niñas y niños. "En el contexto de la guerra interna hubo muchos
niños y niñas que fueron llevados por fuerzas de seguridad del Estado a
diversos hogares, estatales y religiosos, luego de ser capturados o
separados de sus familias. Esta situación llevó a que se estructurara
una red que vio la oportunidad de hacer de la adopción de niños/as a
otros países un gran negocio. En esta red, según lo que ahora se conoce
con amplitud, estuvieron involucrados tanto civiles como militares que,
aprovechándose de la estructura del Estado manejaron en grandes
volúmenes la adopción hacia países de Europa, Estados Unidos y Canadá",
dice la Liga Guatemalteca de Higiene Mental. Para entender el fenómeno
en su complejidad, es imprescindible no olvidar que Guatemala, junto con
Tailandia, por muchos años fue uno de los dos principales países
"exportadores" de niñas y niños. De hecho, por adopciones ilegales,
familias del Norte llegaron a pagar hasta 30,000 dólares. De más está
decir que ninguna madre biológica recibió un centavo por esas
transacciones. Y las adopciones se cubrieron siempre de una disfrazada
legalidad.
Es sabido que la desaparición forzada de personas
constituyó una estrategia militar bien pensada. Una perversa estrategia,
por cierto: quitar el control de la propia vida a la gente. Desaparecer
niñas y niños (en general, sobrevivientes de las masacres) con
distintos fines: apropiación como entenados por parte de miembros del
propio ejército, para entregarlos a otras familias, para
"comercializarlos" a través de esas oscuras adopciones, fue una profunda
herida que al día de hoy sigue abierta. Y si no se trabaja
adecuadamente, esa herida permanecerá por siempre abierta, ocasionando
dolor. La desaparición forzada de personas es una de las más deleznables
prácticas de la guerra sucia. El dolor que instaura permanece
infinitamente, porque no se sabe el destino corrido por la persona
desaparecida, lo cual eterniza la espera, el duelo no resuelto, el
sufrimiento.
"Buscar a la niñez desaparecida por
circunstancias de la guerra no es sólo, ni mucho menos, un esfuerzo de
investigación, sino sobre todo de acompañamiento de los sobrevivientes, a
efecto de que ese proceso de búsqueda se convierta en el inverso de la
estrategia militar, cual es: ¿Cómo hacer para devolver el control de la
vida a desaparecidos y familiares?", comenta la Liga de Higiene Mental. El trabajo de acompañamiento psicológico es vital en esto.
Reconociendo la importancia de todo ello, luego de la Firma de la Paz
en 1996, con apoyo de fondos de la cooperación internacional, distintas
organizaciones no gubernamentales de Guatemala se avocaron al trabajo de
búsqueda de niñas y niños desaparecidos durante la guerra, apuntando a
reunirlos nuevamente con sus familias de origen. Ello sirve como
reparación psicológica del daño sufrido con la separación, así como
aporta un elemento que posibilita la búsqueda de justicia, castigando a
los culpables en cada caso.
No puede omitirse decir que el Estado
guatemalteco permaneció completamente ausente en esta iniciativa de
búsqueda. Solo algunas ONG's emprendieron la tarea. Fueron 11 en un
inicio. Pero pasando el tiempo, solo la Liga Guatemalteca de Higiene Mental,
a través de su Programa "Todos por el Reencuentro" permaneció firme en
esa tarea, habiendo logrado a la fecha casi 500 reencuentros de
niñas/niños desaparecidos con sus familias biológicas. "A lo largo de
20 años, el Programa "Todos por el Reencuentro" ha contribuido de forma
permanente a la preservación de la memoria histórica de lo ocurrido,
así como ha servido de medio para que las nuevas generaciones conozcan
de forma sana no sólo lo ocurrido, sino la lucha que llevan las familias
de niñez desaparecida por dignificar la memoria tanto de aquellos que
hoy día aún se buscan, como de las propias familias. ¡No olvidar es una
manera de reparar el dolor de las pérdidas!"
Dicho programa
de esta institución, que obtuvo varios reconocimientos nacionales e
internacionales y forma parte de la Coalición Internacional en Contra de
la Desaparición Forzada -ICAED- acaba de cumplir sus 20 años de labor
ininterrumpida. Para festejarlo, los días 25 y 26 de mayo se realizó una
asamblea de familiares de niñez desaparecida con la asistencia de
alrededor de 150 personas, en Santa Cruz Verapaz, cerca de la ciudad de
Cobán. Allí, masivamente los asistentes, por unanimidad solicitaron
seguir adelante con la iniciativa. Como dato importante a mencionar,
para dicho evento se recibieron distintos saludos: de las Madres de
Plaza de Mayo de Argentina, de organizaciones de familiares de
desaparecidos de Asia, de Europa, pero ni una sola mención por parte de
autoridades guatemaltecas.
El pedido de los familiares de
continuar incansablemente la búsqueda significa algo muy importante: que
de los 5,000 niñas y niños desaparecidos, visto que sólo se han
reencontrado alrededor de 1,000, es una imperiosa necesidad para seguir
reparando las heridas de la guerra continuar las averiguaciones hasta
encontrar respuestas. Lo patético es que el Estado, único responsable de
esas desapariciones, brilla por su ausencia en todo aspecto.
Definitivamente, la niñez desaparecida en Guatemala es una dolorosa y
mortificante herida abierta.

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