Rolando Cordera Campos
No es cuestión de negar el
impacto de la mala vecindad, pero sí de asumir que para México puede
resultar altamente corrosivo moverse al son que el vecino toque. Lo peor
es que parece que de eso se trata, según el discurso cotidiano de los
personeros y de su presidente instalados en el disfrute del poder
imperial alimentado por el recuerdo del desembarco en Normandía.
Qué bueno que el presidente López Obrador promueva la templanza y la
prudencia como divisas de la política mexicana frente a Estados Unidos y
su presidente. Bien que su secretario de Relaciones Exteriores se
empeñe en convencer a sus difíciles interlocutores de que es
indispensable ampliar la mirada para comprender lo que ocurre en
Centroamérica y actuar en consecuencia, para superar o al menos modular
una crisis social y humanitaria que hoy parece imbatible.
Pero mal, muy mal, que el gobierno no convoque al concurso formal del
Senado ni asuma explícitamente el peso demoledor que la dimensión
migratoria tiene en la definición y dinámica del embrollo presente.
Aunque hoy, en medio o debajo de la tormenta suene utópico, hay que
intentar algo de formalidad institucional y republicana.
No son las mañaneras el mejor vehículo para comunicar y comunicarse
con los ciudadanos y sus fuerzas sociales, y las buenas disposiciones de
los capitanes de la riqueza para apoyar al Presidente pueden probarse
efímeras si el nublado se torna en abierta tempestad financiera y
estampida cambiaria.
La conversación con las multinacionales requiere algo más que el
encuentro casual, de aeropuerto o restaurante, y reclama planteamientos
rigurosos de largo alcance, sobre el comercio internacional y,
principalmente, la industrialización renovada de nuestro país. En ambos
planos, esas formaciones tienen mucho que planear sin duda, pero,
también, mucho que comunicar. Es importante que todos podamos enterarnos
qué dicen y hacia dónde se dirigen sus estrategias y percepciones de
esta alterada realidad binacional, precipitada por la ambición
incontrolable del presidente Trump.
En lo inmediato, poco puede esperarse de la propuesta racional y
sensata hecha por México del Plan de Desarrollo Integral para
Centroamérica que ha sido ignorado majaderamente por el gobierno
estadunidense y sus compromisos iniciales sepultados. Con lo grave que
es esto, mal haríamos en olvidarlo nosotros también. Por el contrario,
debemos ampliar la convocatoria, llamar a la Unión Europea y a las
naciones latinoamericanas a participar y cooperar para echar a andar el
proyecto.
Sin proyecto ni plan estamos fuera. En el corto plazo, ¡ Pace Keynes! Estamos muertos. Tristes Trópicos diría el sabio...
Urge reinventar nuestro vecindario antes de que el temporal nos arrastre.
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