The Conversation
El café sabía
mal. Agrio y con un olor dulce y pegajoso. La clase de café que resulta
de llenar demasiado el filtro de la máquina y luego dejarlo
recociéndose al calor durante varias horas. La clase de café que yo
bebía continuamente durante el día para mantener funcionando los
engranajes que me quedan en la cabeza.
Los olores están
poderosamente asociados a los recuerdos. Y así es que el olor a café
malo se ha entrelazado con el recuerdo del momento en el que de repente
comprendí que nos estamos enfrentando a la ruina total.
Fue en la
primavera de 2011, y había conseguido acorralar a un miembro de alto
rango del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático
(IPCC) durante el descanso de un taller. El IPCC se creó en 1988 como
respuesta a la creciente preocupación sobre como los cambios observados
en el clima de la Tierra estaban causados en su mayor parte por los
humanos
El IPCC revisa las grandes cantidades de ciencia que se
generan sobre el cambio climático y emite informes de evaluación cada
cuatro años. Teniendo en cuenta el efecto que las conclusiones del IPCC
tienen en la política y en la industria, su presentación y comunicación
se hacen con un enorme cuidado. Así que no esperaba mucho cuando le
pregunté directamente qué grado de calentamiento creía él que íbamos a
alcanzar antes de que fuésemos capaces de hacer los recortes necesarios
en las emisiones de gases de efecto invernadero.
“Oh, creo que nos dirigimos hacia un calentamiento de 3ºC por lo menos” dijo.
“Ah, sí, pero nos dirigimos,”
contesté: “No llegaremos a los 3ºC, ¿verdad?” (Porque sea lo que sea
que pienses del umbral de 2ºC que separa un cambio climático “seguro” de
uno “peligroso”, 3ºC es muchísimo más de lo que gran parte del mundo
podría soportar)
“No es así,” contestó
Eso no era una
evasiva, sino su mejor valoración de dónde terminaremos después de todas
las disputas políticas, económicas y sociales.
“Pero, ¿qué pasa
con los muchos millones de personas que están amenazadas directamente?,”
continué. “¿Aquellas que viven en naciones a nivel del mar, los
agricultores afectados por los cambios de tiempo abruptos, los niños
expuestos a nuevas enfermedades?”
Suspiró, se quedó en silencio
unos segundos, y una sonrisa triste y resignada se dibujó en su cara.
Entonces dijo simplemente: “Morirán.”
Ese episodio marcó un antes y
un después en mi carrera académica. En ese momento, era un profesor
numerario nuevo en el área de sistemas complejos y ciencias del sistema
terrestre. Anteriormente había trabajado como investigador en un
proyecto internacional de astrobiología con sede en Alemania.
En
muchos aspectos, ese había sido el trabajo de mis sueños. Cuando era
joven, me tumbaba en la hierba en las noches despejadas de verano y
miraba a uno de los puntos del cielo nocturno y me preguntaba si
alrededor de esa estrella orbitaba un planeta con seres que podrían
mirar desde la superficie de su mundo, y de manera similar preguntarse
sobre las posibilidades de encontrar vida dentro de este sistema solar
común y corriente al que llamamos casa en el universo. Años más tarde,
mi investigación implica pensar en cómo la vida de la superficie puede
afectar a la atmosfera, a los océanos e incluso a las rocas del planeta
en la que habita.
Ese es ciertamente el caso con la vida en la
Tierra. A una escala mundial, el aire que respiramos contiene oxígeno
principalmente como resultado de la vida fotosintética, mientras que los
acantilados blancos de Dover, para algunos una parte importante de la
identidad nacional en Gran Bretaña, están compuestos de incontables
organismos marinos minúsculos que vivieron hace más de 70 millones de
años.
Así que no había más que un paso entre pensar como la vida
ha alterado radicalmente la Tierra durante miles de millones de años y
mi nuevo estudio que analiza como una especie en particular ha provocado
cambios importantes durante los últimos siglos. Sin tener en cuenta
otros atributos que el Homo sapiens pueda tener, nuestros pulgares
oponibles, postura erguida y grandes cerebros; nuestra capacidad de
afectar el medioambiente en todos los aspectos puede que quizá no tenga
precedentes en toda la historia de la vida. Cuando menos, los humanos
somos capaces de preparar un lio tremendo.
Cambio a lo largo de una vida
Nací
a principios de los años 70. Desde entonces, el número de personas que
habita la tierra se ha duplicado mientras que el número de poblaciones
de animales salvajes ha caído un 60%. La humanidad ha lanzado una bola
de demolición contra la biosfera. Hemos cortado más de la mitad de
selvas del mundo y para mitad de siglo no quedará mucho más que un
cuarto. Esto ha ido acompañado de una pérdida masiva de biodiversidad,
tal es así, que la biosfera puede estar entrando en uno de los grandes
eventos de extinción masiva de la historia de la vida en la Tierra.
Lo
que hace que esto sea mucho más preocupante es que estos impactos
todavía no se han visto muy afectados por el cambio climático. El cambio
climático es el fantasma de los impactos futuros. Tiene el potencial de
intensificar a niveles incluso mayores lo que hemos hecho los humanos.
Existen evaluaciones fiables que concluyen que una de cada seis especies
está amenazada de extinción si continúa el cambio climático.
La
comunidad científica lleva dando la voz de alarma sobre el cambio
climático durante décadas. La respuesta política y económica ha sido, en
el mejor de los casos, indolente. Sabemos que para evitar los peores
efectos del cambio climático necesitamos reducir las emisiones
rápidamente, ahora.
El repentino aumento de cobertura sobre el
cambio climático en los medios de comunicación, como resultado de las
acciones de Extinction Rebellion y de la pionera de las huelgas
escolares por el clima Greta Thunburg, demuestran que hay un amplio
segmento de la sociedad que está despertando a la necesidad de acciones
urgentes. ¿Por qué se ha tenido que llegar a ocupar la Plaza del
Parlamento en Londres o a que niños por todo el mundo salgan de las
escuelas para conseguir que se escuche este mensaje?
Hay otra
manera de considerar como hemos estado reaccionando al cambio climático y
a otros retos medioambientales. Es emocionante y terrorífico a la vez.
Es emocionante porque ofrece una nueva perspectiva de cómo podríamos
evitar la inacción. Terrorífico porque, si no tenemos cuidado, podría
llevarnos a la resignación y al parálisis.
Porqué una explicación a
nuestro fracaso colectivo contra el cambio climático es que dicha
acción colectiva sea quizá imposible. No es que no queramos cambiar, es
que no podemos. Estamos encerrados en un sistema a escala planetaria que
aunque esté construido por humanos, esta mayormente fuera de nuestro
control. Este sistema se denomina la tecnosfera.
La tecnosfera
Término
acuñado por el geocientífico estadounidense Perter Haff en 2014, la
tecnosfera es el sistema formado por individuos humanos, sociedades
humanas, y cosas. Desde el punto de vista de las cosas, los humanos
hemos producido 30 billones de toneladas métricas de cosas. Desde
rascacielos a CDs, desde fuentes a juegos de fondue. Gran parte son
infraestructuras, como carreteras y ferrocarril, que conectan a los
humanos entre ellos.
Junto con el transporte físico de los
humanos y los bienes que consumen, esta la transferencia de información
entre los humanos y sus máquinas. Primero a través de la palabra, luego
en pergamino y en documentos de papel, luego en ondas de radio
convertidas en sonido e imágenes y más tarde la información digital
enviada por internet. Estas redes facilitan la creación de comunidades
humanas. Desde las bandas errantes de cazadores-recolectores y pequeñas
tribus agrícolas, hasta los habitantes de una mega ciudad que aglutina a
más de 10 millones de habitantes, el Homo sapiens es una especie
fundamentalmente social.
Tan importante, pero menos tangible, es
la sociedad y la cultura. El reino de las ideas y las creencias, de los
hábitos y las normas. Los humanos hacen muchísimas cosas diferentes
porque en asuntos importantes ven el mundo de maneras diferentes. A
menudo se cree que estas diferencias son la causa de nuestra incapacidad
de actuar efectivamente a nivel mundial. Para empezar, no existe un
gobierno mundial.
Pero a pesar de lo diferentes que podamos ser,
la gran mayoría de la humanidad se comporta ahora de maneras
fundamentalmente similares. Sí, todavía hay nómadas que deambulan por
las selvas tropicales, y gitanos marineros errantes. Pero más de la
mitad de la población mundial vive ahora en ambientes urbanos y casi
todos están conectados de alguna manera a actividades industriales. La
mayor parte de la humanidad está fuertemente involucrada en el complejo
sistema industrial globalizado que es la tecnosfera.
Sobre todo,
el tamaño, la escala y el poder de la tecnosfera ha crecido de forma
dramática desde la Segunda Guerra Mundial. Este enorme aumento del
número de humanos, de su consumo de energía y materiales, de la
producción de alimentos y del impacto medioambiental se conoce como la Gran Aceleración.
La tiranía del crecimiento
Parece
sensato asumir que la razón por la que se crean los productos y
servicios es para que se puedan comprar y vender y para que quienes los
fabrican puedan tener un beneficio. Por esto es que el deseo por la
innovación, por teléfonos más pequeños y más rápidos por ejemplo, está
motivado por el ser capaz de ganar más dinero vendiendo más teléfonos.
En línea con esto, el escritor medioambientalista George Monbiot
argumento que la causa principal del cambio climático y de otras
catástrofes medioambientales es el capitalismo y como consecuencia,
cualquier intento de reducir las emisiones de gases de efecto
invernadero fracasará si permitimos que el capitalismo continué.
Pero
dejando de lado el esfuerzo de productores individuales, e incluso a la
humanidad, permítannos utilizar una perspectiva completamente
diferente, una que trasciende a las críticas al capitalismo y a otras
formas de gobierno.
Los humanos consumen. Primeramente, debemos
comer y beber para mantener nuestro metabolismo y continuar vivos. Más
allá de eso, necesitamos cobijo y protección de los elementos físicos.
También
están las cosas que necesitamos para funcionar en nuestros diferentes
trabajos y actividades y para viajar desde y hasta esos trabajos y
actividades. Y después de eso está el consumo más discrecional:
Televisores, consolas de videojuegos, joyas, moda.
El objetivo de
los humanos en este contexto es consumir productos y servicios. Cuanto
más consumimos, más materiales se extraen de la Tierra, más recursos
energéticos se consumen, y más fabricas e infraestructuras se
construyen. Y finalmente, más crece la tecnosfera.
El surgimiento y
el desarrollo del capitalismo, obviamente llevó al crecimiento de la
tecnosfera: la aplicación de mercados y de sistemas legales, permite un
aumento del consumo y por ende el crecimiento. Pero otros sistemas
políticos pueden servir al mismo objetivo, con distintos grados de
éxito. Recuerden la producción industrial y la contaminación ambiental
de la antigua Unión Soviética. En el mundo moderno, todo lo que importa
es el crecimiento.
La idea de que el crecimiento está detrás de
nuestra civilización insostenible no es un concepto nuevo. Como es
sabido, Thomas Malthus argumentaba que existían límites al crecimiento
de población humana, mientras que el libro del Club de Roma de 1972,
Limites al Crecimiento (Limits to Growth), presentó resultados simulados que apuntaban al colapso de la civilización mundial.
Hoy
en día, las narrativas alternativas a la agenda del crecimiento están
ganando tracción política con un Grupo Parlamentario de Todos los
Partidos convocando reuniones y actividades que se toman en serio las
políticas de decrecimiento. Y frenar el crecimiento dentro de los
límites medioambientales es de suma importancia para la idea de un Green
New Deal, que ahora se está debatiendo con seriedad en EE.UU, Gran
Bretaña y otras naciones.
Si el crecimiento es el problema,
entonces solo tenemos que ponernos a trabajar en ello, ¿no? No será
fácil, ya que el crecimiento está integrado en cada aspecto de la
política y la economía. Pero al menos, podemos imaginarnos como sería
una economía de decrecimiento.
Mi miedo, sin embargo, es que no
seremos capaces de frenar el crecimiento de la tecnosfera incluso si lo
intentamos, porque en realidad no lo controlamos.
Límites a la libertad
Puede
parecer un sinsentido que los humanos sean incapaces de realizar
cambios importantes en un sistema que ellos mismos han construido. Pero
¿qué libertad tenemos? En lugar de ser los amos de nuestro propio
destino, puede que tengamos nuestra capacidad de actuar bastante
restringida.
Como las células sanguíneas individuales fluyendo a
través de los capilares, los humanos son parte de un sistema a escala
mundial que cubre todas sus necesidades y del que han llegado a depender
completamente.
Si te montas en el coche para ir a un lugar en
particular, no puedes viajar en línea recta directa a tu destino, como
haría un pájaro. Usarás carreteras que en algunos casos son más antiguas
que tu coche, que tú, o incluso que tu nación. Una parte significativa
del trabajo y del esfuerzo humano está dedicado a mantener este tejido
de la tecnosfera: arreglando carreteras, líneas de ferrocarril, y
edificios, por ejemplo.
En ese sentido, cualquier cambio debe ser
incremental porque debe usar lo que las generaciones actuales y pasadas
han construido. Encauzar a la gente a través de redes de carreteras
parece una forma trivial de demostrar que lo que pasó en el pasado puede
constreñir el presente, pero el camino de la humanidad hacía la
descarbonización no va a ser directo. Debe comenzar desde aquí y, al
menos al principio, usar las rutas de desarrollo existentes.
Esto
no tiene la intención de excusar a los políticos por su falta de
ambición, y su cobardía. Pero indica que hay razones más profundas por
las que las emisiones de carbono no están disminuyendo incluso cuando
parece que hay noticias cada vez más halagüeñas sobre alternativas a los
combustibles fósiles.
Piénsalo: a escala mundial, hemos sido
testigos de un rápido desarrollo en la generación de energía solar,
eólica y otras fuentes de energía renovable. Pero las emisiones de gases
de efecto invernadero continúan subiendo. Esto es porque las renovables
promueven crecimiento, simplemente representan otra manera de extraer
energía, en lugar de reemplazar una existente.
La relación entre
el tamaño de la economía mundial y las emisiones de carbono es tan
fuerte que el físico estadounidense Tim Garret ha propuesto una formula
muy simple que une ambos conceptos con una exactitud asombrosa.
Utilizando este método, un científico atmosférico puede predecir el
tamaño de la economía mundial durante los últimos 60 años con una
precisión enorme.
Pero correlación no implica necesariamente
causalidad. Que haya habido una relación estrecha entre el crecimiento
económico y las emisiones de carbono no significa que ha de continuar
indefinidamente. La explicación tentadoramente simple de esta relación
es que la tecnosfera puede verse como un motor: uno que funciona para
hacer coches, carreteras, ropa, y cosas, incluso personas, usando la
energía disponible.
La tecnosfera todavía tiene acceso a
suministros abundantes de combustibles fósiles de alta densidad
energética. Y por tanto, la separación absoluta entre las emisiones
mundiales de carbono y el crecimiento económico no tendrá lugar hasta
que estos no se acaben, o hasta que la tecnosfera haga finalmente la
transición a una generación de energía alternativa. Eso bien puede
quedar pasada la zona de peligro para los humanos.
Una conclusión repugnante
Acabamos
de empezar a apreciar que nuestra influencia en el sistema terrestre es
tan grande que posiblemente hayamos dado lugar a una época geológica
nueva: el Antropoceno. Las rocas de la tierra serán testigos del impacto
de los humanos mucho después de que desaparezcamos. La tecnosfera puede
considerarse el motor del Antropoceno. Pero eso no significa que lo
estemos impulsando. Puede que hayamos creado este sistema, pero no está
construido para nuestro beneficio común. Esto va totalmente en contra de
como vemos nuestra relación con el sistema terrestre.
Consideremos
el concepto de límites planetarios, que ha generado mucho interés
científico, económico y político. Esta idea describe al desarrollo
humano impactando en nueve límites planetarios, que incluyen el cambio
climático, la pérdida de biodiversidad y la acidificación de los mares.
Si traspasamos estos límites, el sistema terrestre cambiara en maneras
que harán que sea muy difícil, sino imposible, que se mantenga la
civilización humana. El valor de la biosfera aquí, por ejemplo, es que
nos suministra bienes y servicios. Esto es, lo que literalmente podemos
obtener del sistema.
Este mismo enfoque centrado en el individuo
debería llevar a un desarrollo más sostenible. Debería restringir el
crecimiento. Pero el sistema tecnológico mundial que hemos construido es
hábil esquivando esas restricciones. Usa la ingenuidad humana para
construir nuevas tecnologías, como la geoingeniería, para reducir la
temperatura de la superficie. Eso no detendrá la acidificación de los
mares y podría causar el colapso potencial de los ecosistemas marinos.
No importa. La limitación climática se habrá evitado y la tecnosfera
podrá ponerse a trabajar para superar cualquier efecto secundario de la
pérdida de biodiversidad. ¿Se agotan las reservas de pescado? Cambiamos a
la piscicultura o al cultivo intensivo de algas.
Como hemos
explicado hasta ahora, no hay nada que evite que la tecnosfera liquide
la mayor parte de la biosfera de la tierra para satisfacer su
crecimiento. Mientras haya bienes y servicios que consumir, la
tecnosfera podrá seguir creciendo.
Y así que puede que tanto
aquellos que temen el colapso de la civilización como aquellos que
tienen una fe permanente en que la innovación humana será capaz de
solucionar todos los problemas de sostenibilidad, estén equivocados.
Después
de todo, una población mucho más pequeña y mucho más rica, del orden de
cientos de millones, podría consumir más que la actual población de 7,6
miles de millones o la población estimada de nueve mil millones para
mitad de siglo. Aunque habrá disturbios generalizados, la tecnosfera
puede que sea capaz de capear un cambio climático más allá de los 3ºC.
No le importa, no le puede importar, que miles de millones de personas
hayan muerto.
Y en algún momento del futuro, la tecnosfera podría
incluso funcionar sin humanos. Nos preocupa que los robots nos quiten el
trabajo. Quizá debería preocuparnos más que nos quiten el papel de
consumidores alfa.
Plan de escape
La situación
puede parecer bastante desesperada. Sea mi argumento una representación
acertada o no de nuestra civilización, existe el riesgo de que se
produzca una profecía autocumplida. Porque si creemos que no podemos
ralentizar el crecimiento de la tecnosfera, ¿para qué vamos a
preocuparnos?
Esto lleva la cuestión de “¿qué puedo hacer yo?” a
la de “¿qué puede hacer nadie?” Mientras que volar menos, comer menos
carne y productos lácteos e ir en bici a trabajar son iniciativas
loables, no suponen vivir fuera de la tecnosfera.
No es que demos
un consentimiento tácito a la tecnosfera al usar sus carreteras,
ordenadores o alimentos cultivados de manera intensiva. Es que al ser
miembros productivos de la sociedad, al ganar y gastar, y sobre todo al
consumir, estamos ayudando a su crecimiento.
Quizá la mejor manera
de evitar el fatalismo y el desastre sea la aceptación de que los
humanos no controlamos realmente nuestro planeta. Este sería un paso
vital que podría darnos una perspectiva más amplia que no solo incluya a
los humanos.
Por ejemplo, la actitud económica generalizada hacia
los árboles, las ranas, las montañas y los lagos es que solamente
tienen valor si nos proporcionan algo. Esta visión los clasifica como
meras materias primas para explotar y depósitos para desechos.
¿Y
si pensásemos en ellos como componentes o incluso como nuestros
compañeros en el complejo sistema terrestre? Las cuestiones sobre
desarrollo sostenible se transforman en cuestiones sobre como el
crecimiento de la tecnosfera puede acomodar sus problemas, intereses y
bienestar además de los nuestros.
Esto puede generar cuestiones
que parecen absurdas. ¿Cuáles son los problemas o intereses de una
montaña? ¿Los de una pulga? Pero si continuamos enmarcando la situación
en términos de “nosotros contra ellos”, del bienestar humano por encima
de todo en el sistema terrestre, entonces puede que estemos amputando la
mejor manera de protección contra una tecnosfera peligrosamente
incontrolada.
Así que la protección más efectiva contra el colapso
del clima puede que no sean las soluciones tecnológicas, sino volver a
imaginar de una manera más fundamental lo que supone vivir bien en este
planeta en particular. Puede que estemos gravemente restringidos en
nuestra capacidad de cambiar y refundir la tecnosfera, pero deberíamos
ser libres para concebir futuros alternativos. Hasta ahora nuestra
respuesta al reto del cambio climático muestra un fallo fundamental en
nuestra imaginación colectiva.
Para entender que estas en una
cárcel, antes debes de ser capaz de ver los barrotes. Que esta cárcel
fue creada por humanos durante muchas generaciones no cambia el
resultado de que actualmente estamos estrechamente ligados a un sistema
que podría, si no actuamos, llevarnos a la pobreza e incluso a la muerte
de miles de millones de personas.
Hace ocho años, desperté a la
posibilidad real de que la humanidad se esté enfrentando al desastre.
Todavía puedo oler el café malo, todavía puedo recordar mi intento
desesperado de encontrar sentido a las palabras que estaba escuchando.
Aceptar la realidad de la tecnosfera no significa rendirse, o volver a
nuestras celdas con resignación. Significa conseguir una nueva pieza
vital del mapa y planear nuestro escape.
James Dyke, profesor asociado en Sistemas Globales, Universidad de Exeter, para The Conversation

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