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viernes, 12 de junio de 2020

A punto de cantar victoria




Redacto estas líneas desde uno de los centros de aislamiento para quienes han estado en contacto con casos de Covid-19 que no presentan síntomas de la enfermedad. La prueba rápida ha dado negativa, pero aún así debo permanecer 14 días en cuarentena hasta que pase el PCR, examen que detecta y cuantifica el virus.
El balcón de la casa da al mar de la costa oeste de La Habana, con sus profundidades azules y la fresca brisa matinal que sopla, incluso, en los días más calurosos de estío sobre las colinas que rodean la ciudad. El lugar es espacioso y limpio. Somos 10 los albergados, entre ellos dos niños, atendidos por un grupo minúsculo de trabajadores que vive la cuarentena con nosotros y hace malabares para que brillen los suelos, se cambie regularmente la ropa y las mascarillas, y para que el arroz y los frijoles de cada día parezcan diferentes. No hay lujos, pero no falta lo imprescindible y eso incluye a un médico y a un enfermero intensivista que viven en el segundo piso de la casa y están pendientes, varias veces al día, de nuestra temperatura y presión arterial. Al más mínimo signo de alarma, se traslada al sospechoso a un hospital, algo que, afortunadamente, no ha ocurrido en nuestra casa con vista al mar.
Sólo en La Habana hay 26 centros de aislamiento como éste para aquellos que han tenido contacto directo con personas infectadas o han regresado al país en vuelos humanitarios, que se han mantenido, pese al cierre de las fronteras.
Aunque la OMS ha señalado que América Latina es el nuevo centro de la pandemia, los casos en la isla van en caída libre y en los últimos 12 días no se reportan fallecidos. Los cubanos tienen ahora 24 veces menos probabilidades de contraer el virus que los dominicanos, 27 veces menos que los mexicanos y más de 70 veces menos que los brasileños, reseñó esta semana el diario británico The Guardian.
Para Rubén González Duany, el médico que nos atiende y a quien sólo le he visto los ojos desde que estoy en cuarentena, el resultado no es obra de un milagro. Se debe a la detección temprana de los portadores, la hospitalización y la aplicación de tratamientos experimentales, la mayoría desarrollados por el propio sector biotecnológico de la nación. Ha funcionado la conjunción del método científico, la inversión durante décadas en un potente sistema de salud pública y el viejo remedio de la cuarentena social. Sin vacuna inmediata, el objetivo es regular de la mejor manera posible la tasa de variación de casos.
Podríamos estar acercándonos al final de la pandemia y entrando en la fase de recuperación de Covid-19, aseguró el presidente Miguel Díaz-Canel el pasado fin de semana, poco después de las declaraciones de Mike Pompeo. El secretario de Estado, fiel a su estilo de generar distracción internacional cada vez que Donald Trump se ve envuelto en un megaescándalo, anunció nuevas sanciones contra empresas cubanas, entre ellas Fincimex. Las tarjetas emitidas por esta casa financiera son utilizadas para hacer remesas a Cuba y otros servicios, como el pago a la plataforma online Airbnb, que emplean como forma de cobro muchos de los que rentan sus viviendas en la isla.
Ayer, Richard Scott, senador por Florida, ha instado a revisar a fondo no una, sino todas las empresas de EU que tienen algún tipo de relación con Cuba para revocar de inmediato sus licencias operativas.
Que los aprieten, hasta que se les salgan los ojos. Ahora sí vamos a acabar con el comunismo, reacciona a las palabras de Pompeo un migrante de Miami en Facebook y le siguen la rima decenas de vecinos de esa ciudad, que quizá tienen la mitad de su familia en Cuba y la otra en Florida, donde mueren cada dos horas más personas por el Covid-19 que en toda la isla durante tres meses de pandemia.
¿Cómo llegan al poder los desequilibrados como Trump y Pompeo? Con el voto de los chiflados que el sistema multiplica con la repetición de las mentiras, el odio y la cizaña. En eso se basan las expectativas electorales del Partido Republicano en Florida: en que un grupo de cubanos de la península justifique el sufrimiento de sus padres, hermanos, abuelos, hijos y primos que viven a 90 millas, y que se genere la falsa percepción de que esa es la voluntad de todos los migrantes. La Casa Blanca necesita que los sociópatas se reproduzcan, que los irracionales aumenten, que al miedo lo remplace el odio, para extraer de ahí alguna loca idea de libertad.
Escribo, como dije al principio, en un lugar de La Habana que media entre la línea del mar y el doctor Rubén enfundado en su bata, su gorro y su mascarilla verde. Sólo se ven sus ojos que en este mismo instante miran normales, serenos, como cualquiera que sienta que no hay por qué preocuparse. Estamos a punto de cantar victoria, dice.

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