Por:
Atilio Borón
Foto: Archivo
Los cinco años transcurridos desde su siembra otorgan una perspectiva
suficiente como para evaluar los alcances de su frondoso y
multifacético legado. Los avances económicos y sociales experimentados
por el pueblo venezolano, hoy atacados con feroz salvajismo por el
desenfreno norteamericano y la infamia de sus lugartenientes locales,
son importantes pero no son lo esencial. A nuestro juicio lo
fundamental, lo esencial, es que Chávez produjo una revolución en las
conciencias, cambió para siempre la cabeza de nuestros pueblos, y esto
es un logro más significativo y perdurable que cualquier beneficio
económico. Gracias a Chávez, en su país natal y en toda América Latina y
el Caribe se hizo carne la idea de que los avances logrados en estos
últimos veinte años son irreversibles y que cualquier pretensión de
retornar al pasado tropezará con enormes resistencias populares. La
inmensa popularidad de Chávez en toda la región revela la profundidad de
esos cambios experimentados en el imaginario popular.
Algunos dicen, con evidente mala intención, que el “ciclo
progresista” ha concluido. Pero los ventrílocuos del imperialismo en
vano tratan de ocultar que la heroica resistencia de los venezolanos
ante las brutales agresiones y ataques lanzados por Washington revela,
por el contrario, que pese a las enormes dificultades y privaciones de
todo tipo a que está sometido el pueblo chavista, éste no tolerará un
retorno al pasado, a aquella “moribunda constitución” que Chávez
reemplazara con una pieza jurídica ejemplar. Y ese pueblo resiste, y lo
hace con tanta fuerza que la oposición que pedía elecciones para acabar
con el gobierno de Nicolás Maduro ahora ya no quiere competir porque
sabe que será arrasada por un tsunami chavista. Su opción ahora es
claramente extra institucional o, más claramente, insurreccional.
Resisten en Venezuela como lo hace y lucha con increíble heroísmo el
pueblo hondureño, ante la farsa electoral montada por “la embajada” en
Tegucigalpa. Pasaron ya tres meses desde que se proclamara el triunfo de
Juan O. Hernández y el pueblo sigue en las calles protestando por ese
obsceno atraco electoral. Como lo hicieron antes, durante meses, los
mexicanos a causa del robo perpetrado contra Andrés Manuel López Obrador
en las elecciones del 2012. Pueblos que se adhieren a las candidaturas
progresistas y de izquierda en México (otra vez con López Obrador) y en
Colombia (Gustavo Petro); o que con su abstención muestra su repulsa
ante la estafa electoral montada en las elecciones presidenciales de
Chile. Resiste también en Brasil, donde Michel Temer, es el presidente
más impopular de la historia reciente (con un nivel de aprobación del
3%, mientras que su imagen negativa se ubica en torno al 75 %) y lucha
por elecciones honestas con Lula como candidato. Y en Perú, donde el
gobierno de Pedro P. Kuczinski quedó lastrado por las evidencias del
caso Odebrecht y se tambalea ante la creciente ola de descontento que
recorre al país. Y resiste con determinación y coraje el pueblo en la
Argentina, colocando a la defensiva al gobierno de Mauricio Macri y
arrojando espesas sombras de duda sobre la posible continuidad del
gobierno de Cambiemos después de las elecciones de 2019.
He aquí el extraordinario legado de Chávez: cambió la conciencia de
los pueblos, triunfó en la “batalla de ideas” reclamada por Fidel y a
resultas de lo cual en América Latina y el Caribe la derecha ya no puede
ganar elecciones, con la solitaria –y seguramente temporaria- excepción
de la Argentina. En los demás países el imperio debe recurrir al “golpe
blando” como en Honduras, Paraguay, Brasil; o al fraude más descarado,
como en Honduras y México; o descargando su inmenso poder mediático para
atemorizar y confundir a la población, como en Bolivia, o para blindar
mediáticamente la corrupción del gobierno de Mauricio Macri en la
Argentina; o apelando al viejo expediente colombiano de asesinar a los
candidatos de las fuerzas opositoras, como hace apenas un par de días
intentaron hacerlo con Gustavo Petro, que encabeza la intención de voto
en la sufrida y entrañable Colombia. Y allí donde todavía no hay fuerzas
de izquierda o progresistas que se constituyan como verdaderas
alternativas, caso de Chile, la respuesta popular es el retraimiento y
el repudio a esa dirigencia política conservadora y neocolonial.
Conclusión: ningún “fin de ciclo”. La lucha continúa mientras la derecha
trata infructuosamente de estabilizar su proyecto restaurador, que
hasta ahora es sólo eso, un proyecto.
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