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sábado, 24 de marzo de 2018

La caída de PPK

Perú
Gustavo Espinoza M.
Rebelión

Bien podría decirse que el derrumbe de PPK se afirmó el 24 de diciembre del 2017, cuando el país conoció el írrito indulto que concediera a Alberto Fujimori, el más importante reo en cárcel de la mafia que mantuviera cautivo al Perú en la última década del siglo pasado.

Esta aciaga acción tuvo un doble origen. Por un lado, respondió a la afinidad ideológica del mandatario con el accionar del “chinito de la yuca”, alentado en todo instante por el Fondo Monetario y el Banco Mundial para la aplicación del “ajuste” neoliberal. Por otro, fue la consecuencia de un cálculo político a todas luces errado: PPK pensó que liberando al genocida, se ganaría la estima de la influyente familia Fujimori que vive en los umbrales del poder desde el inicio de este siglo.

La identificación de PPK con el neoliberalismo, tiene larga data. Como Sánchez de Losada, Kuczynski nació erróneamente en esta parte de América. En realidad, correspondió siempre a otra. Fue un norteamericano neto y estuvo al servicio de la Casa Blanca en todas sus acciones. Como funcionario del Banco Central de Reserva, en los años 60, sirvió dócilmente los planes del Imperio beneficiando a la empresa norteamericana Internacional Petróleum Cómpany. En años posteriores, a disposición del gran capital desempeñó tareas de diverso orden. La suerte, le puso en el camino la función presidencial peruana, y a ella dedicó se dedicó en los recientes 17 meses, sin perder de vista su identificación con Wall Street y los mandatarios yanquis. Eso, le hizo mantener el cordón umbilical que lo ata al imperio.

Fue, en definitiva, ese rumbo el que lo llevó a indultar a Fujimori hace casi 90 días. La vida los había puesto a él y a Keiko en una circunstancia concreta, en lugares opuestos en la campaña electoral del 2016 y PPK, consciente de su necesidad de vencer, tomó distancia de ella, pero no cambio su visión estratégica ni política.

Los que votaron por Kuzcynski en los comicios pasados, lo hicieron rechazando a Keiko y a los suyos, considerados una mafia detestable. Vencedor, en junio de ese año, PPK inicio su gestión alcanzando en su mejor momento el 65 % de la adhesión ciudadana. Después echaría miserablemente por la borda ese porcentaje por su debilidad manifiesta ante el acoso de sus adversarios y su voluntad conciliadora con el keikismo. Por allí anduvo hacia su descalabro final.

Cuando suscribió el Indulto de diciembre pensó que estaría asegurando su estabilidad, que con la gratitud de los hijos del dictador podría gobernar sin apremios y concluir su gestión en la víspera del Bicentenario, coronando su esfuerzo. Craso error. La mafia nunca le perdonó el haber sido candidato contra Keiko, y haberla derrotado. De inicio a fin, le hizo la vida a cuadritos.

Es claro que si alguien hizo realmente meritos para ser “vacado” fue el propio PPK. Sus continuos desaciertos, su apego al lucro, su voracidad por acumular riqueza, unidos a su obsecuencia y servilismo ante el amo yanqui, lo desacreditaron definitivamente ante los ojos del pueblo y lo mostraron como un simple lacayo del imperio. Su obsesión con Venezuela y su afán de “guerrear” con del proceso emancipador latinoamericano, lo marcaron a fuego. Ambas políticas fueron suficientes para que en la más reciente encuesta de opinión, alcanzara apenas el 14 % de adhesión ciudadana. En otras palabras, el 86 % de los peruanos era partidario de su salida del escenario. Y ella se produjo en las últimas horas.

El texto de su renuncia tiene sabor a lamento y a denuncia. Se lamentó por los ataques recibidos y denunció el accionar avieso de sus adversarios. Pero estuvo lejos de reconocer su propio “aporte”. Soberbio al fin, no fue capaz de admitir que su más craso error, fue abrir las puertas del Fundo Barbadillo para que saliera Alberto Fujimori. Tampoco aceptó su compromiso en la tarea de manipular consciencias, ni comprar votos para evitar su “vacancia”. En el tema, como los antiguos griegos, hizo mutis por el foro.

Su caída era previsible y se hizo inevitable con los “Kenyivideos” mostrados la tarde del martes 20. Ellos eran “la prueba” de una corrupción asentada en las más altas esferas de la gestión gubernativa: la compra de congresistas a cambio de prebendas y de proyectos, una vieja práctica de la democracia burguesa que se convierte en delito cuando así conviene al juez de turno.

En este caso los “jueces” fueron los reos de ayer, la mafia fujimorista sancionada antes exactamente por los mismos -y peores- delitos. Ellos le ajustaron las clavijas y lo sometieron a su antojo hasta hacerlo caer. Y hoy lamentan apenas que no les pidiera perdón antes de expirar.

Nadie debiera sentir, por cierto, nostalgia por la caída de PPK. Ni alegrarse tampoco de ella. El hecho forma parte de la picaresca criolla. Es un acontecimiento más, en el drama de un país envilecido, que no habrá de recuperar su sitial en la vida, si no es capaz de librarse de las cadenas que lo tienen atado.

La lucha no termina, entonces. Debe seguir con la fuerza del pueblo hasta barrer definitivamente a la mafia apro-fujimorista que hoy pretende “cantar victoria”. No, ella no ha ganado. Hace falta un poco más de fuerza para hacer justicia. Nunca se sabe cuántas vueltas da la tuerca, pero todo indica que dará, por lo menos, una vuelta más.

Cuando el viernes 23 de marzo asuma la presidencia de la República Martin Vizcarra, no se habrá consumado un golpe de Estado, sino más bien un recambio en la estructura del poder. Es de esperar que este mandatario de modesto origen provinciano haga honor a sus ancestros y eluda las prácticas abyectas hoy en boga. Tiene al frente un reto: el éxito de la Cumbre de las Américas, que puede fracasar si se empeñan –como quiere la CIA- en excluir mandatarios que nos sean del gusto de Washington. También en el tema, los peruanos tenemos la palabra.


Gustavo Espinoza M., miembro del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera. http://nuestrabandera.lamula.pe 

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