Las revelaciones de AP sobre el insistente programa de la USAID
contra Cuba están llenas de anécdotas, pero sobre todo dejan una clara
enseñanza de manipulación e injerencia. También abren incógnitas. Pero
la vida enseña que todo no se puede saber en un día.
En la entrevista
con la AP le comenté a los periodistas que las operaciones encubiertas
eran una práctica demasiado antigua para que desaparecieran. Lo dije
recordando que el finlandés Mika Waltari, en una de mis novelas
favoritas, contaba que en la era de los faraones el médico Sinuhé fue
enviado, si mal no recuerdo, a Siria, para indagar sobre los jefes de
aquel país, sus armas y las características de sus carros de guerra.
Como fue una lectura de adolescencia, no me extrañó lo que después
contaron Graham Greene y John Le Carré. También por eso reí cuando supe
que “servicios especiales” habían pinchado el teléfono de Angela
Merkel, quien seguramente protestó por política y no porque le
sorprendiera.
Es una verdad histórica que cada parte cuenta lo
que cree, como también que se suele contar hasta donde conviene. El
mundo es tan alucinante que puede haber hasta quien cuente por dinero.
Pero existe un mito absurdo sobre eso, porque más determinante que el
dinero es lo que se piensa.
Las truculencias reveladas por la AP
parecen haber comenzado entre 4 y 6 años atrás, con el Concierto por La
Paz organizado por Juanes en La Habana. De aquello recuerdo el impulso
que en todo momento tratábamos de darle Amaury Pérez y yo, pensando en
lo bueno que sería para la causa de Cuba, a pesar de que algunos
parecían tomar más en cuenta las intenciones enemigas. A la luz de
estas revelaciones pudiera parecer que los más desconfiados tenían la
razón y que los que defendíamos el concierto éramos ingenuos… Pero lo
cierto es que estábamos convencidos de que, fueran cuales fueran los
manejos foráneos, el pueblo cubano iba a dar la respuesta de altura y
solidez que dio.
La forma injusta de algunos titulares sobre los
raperos manipulados por la USAID me remontaron a mi mismo, hace muchos
años. Volví hasta la primera vez que supe que mi nombre había sido
pronunciado por Fidel. Esto ocurrió unos días antes del Congreso de
Educación y Cultura de 1968, en unas reuniones de alto nivel que fueron
conocidas como “el congresillo”. Participaron altos dirigentes de la
Dirección Revolucionaria, del Consejo Nacional de Cultura, el ICAIC,
Casa de las Américas, la UJC, el PCC y otros organismos. También estuvo
presente el por entonces director del Archivo Nacional de Cuba y del
Instituto de Historia, Julio Le Riverend, a quien tuve el honor de
conocer.
En aquellas citas se discutieron diferencias entre
organismos culturales y se trató de unificar criterios, de cara al
Congreso que venía. Entre los muchos asuntos tratados estuvo mi “caso”.
Fue entonces cuando Fidel reprobó que se me hubiera marginado del medio
donde trabajaba. Al menos dos personas de las presentes me contaron
exactamente lo mismo, a varios años de distancia. El argumento del Jefe
de la Revolución era que si un creador merecía ser sancionado, el
correctivo no debía separarlo de su razón de ser.
No dudo de que
a partir de aquel pronunciamiento empezara a germinar, en Haydeé
Santamaría y en Alfredo Guevara, la idea que un año más tarde se
convirtió en Grupo de Experimentación Sonora.
Pienso que a lo
mejor este recuerdo explica por qué ante una calificación o sanción
desmedida he saltado en defensa de un artista. ¿En nombre de qué se
puede privar a un creador de su razón de ser? ¿Qué tipo de falta puede
hacer que un artista merezca tal mutilación? Y asimismo: ¿Merece ser
automáticamente desacreditado el que no piense como uno?
Tanto
Aldo, amigo de mi hijo, como Silvio Liam, que cree en mi como yo en él,
son espíritus rebeldes, sin posesiones materiales. Salieron de Cuba,
como decimos aquí, “con una mano alante y la otra atrás”: ricos apenas
de sus sueños, arropados por aplausos de muchachos más bien
incomprendidos, a menudo abusados, hijos de desamparos e intemperies.
Ellos
saben que en muchas cosas no pienso como ellos, aunque me empeñe en
defender su derecho a pensar y a cantar como escojan. Como padre, y
también como artista, espero que aprendan de lo que les sucede y que
les aproveche, muy convencido de que “ser culto es el único modo de ser
libre”.
Y váyase la USAID para el carajo.
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