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jueves, 3 de noviembre de 2016

México y Brasil, futuro incierto



Napoleón Gómez Urrutia
La Jornada 
Los dos países más grandes de América Latina, Brasil y México, no sólo por el número de sus habitantes, sino por el tamaño de su producto interno bruto (PIB), se encuentran en una situación de incertidumbre generalizada, tanto por sus problemas internos como por el efecto que tendrá sobre sus economías el resultado de las elecciones en Estados Unidos de América. Por supuesto que en cualquiera de los dos casos es imprevisible el impacto del desenlace de la contienda electoral entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano. Sin duda que si Trump ganara las elecciones las cosas se complicarían más y el futuro sería más incierto.
México y Brasil tendremos elecciones en 2018 para renovar la Presidencia de la República. En ambos casos hay una crisis política de confianza y de legitimidad, aunada al comportamiento poco favorable con el que se observa el crecimiento económico, producto de la caída en los precios del petróleo y los energéticos en general, así como por la incompetencia y la superficialidad para gobernar, pero también por la pésima distribución del ingreso en las dos naciones y la cada vez más complicada estrategia para abrir nuevas oportunidades y fomentar más y mejores empleos.
Ambos gobiernos han decepcionado a nuestros países y a sus habitantes. La desigualdad social y económica se ha incrementado dramáticamente, y la endeble democracia se ha deformado a favor de los intereses concentrados de una élite que no cubre el complejo espectro de las fuerzas políticas, ni mucho menos las expectativas de alcanzar un mayor bienestar para la mayoría de sus habitantes. En lo internacional, el prestigio de Brasil y México que anteriormente eran observados con respeto, hoy se ve como la imagen degradada de dos gobiernos que no saben bien dónde están sus objetivos, mucho menos sus metas, y que carecen de la sensibilidad, la visión y el compromiso para hacer valer la soberanía, la justicia y la dignidad.
En el caso de Brasil, el primero de enero de 2003 por primera vez en la historia de ese país, un trabajador y líder sindical tomó posesión como presidente, Luiz Inácio Lula da Silva. Desde el primer día de su mandato, Lula decidió luchar contra el hambre y la miseria, y asumió la misión de dedicar su vida para asegurar que todos los brasileños pudieran comer tres veces al día. En octubre de 2006 fue reelecto para un segundo periodo como presidente. Dilma Rousseff, también miembro del Partido del Trabajo (PT), de Lula, continuó su lucha hasta que fue acusada con falsos cargos para destituirla el 31 de agosto de 2016.
Brasil tiene 208 millones de habitantes (la quinta población más grande del mundo) y México 120 millones (la décimo primera mundial). Brasil en la actualidad es la novena economía a escala internacional, al pasar durante la última década del lugar número 15 al nueve en orden de importancia. México por el contrario, durante esos mismos años pasó del lugar nueve al 14 hoy en día. Los dos países tenemos la peor distribución del ingreso en el mundo, Brasil ocupa el primer lugar y México el tercero. Los salarios mínimos durante los periodos de Lula y Dilma crecieron ocho veces, mientras en México ni siquiera se han podido duplicar y, en términos reales, una vez descontada la inflación, su valor es todavía muy inferior al nominal. De tal forma que aunque tenemos algunos problemas estructurales similares, otros son diferentes, particularmente por los resultados.
En el balance final, la frustración y la decepción para los habitantes de ambas naciones es evidente y los riesgos políticos y sociales son también de alta peligrosidad para la estabilidad de estos dos gigantes de América Latina. Por eso los derechos humanos y laborales están en riesgo, y muy en especial los de libertad, justicia, democracia y una prosperidad compartida que no parece estar en la mente ni en los programas de gobierno de los políticos y sus grupos que hoy dominan en los dos casos.
En estas condiciones, el resultado de las elecciones en Estados Unidos entre Hillary Clinton y Donald Trump aumenta la incertidumbre que se extiende a toda la región latinoamericana y al mundo entero. De hecho, los problemas comienzan a surgir con mayor fuerza en algunos países como Argentina, Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia, entre otros más. Hoy es fundamental la unidad y la solidaridad de todo el continente para enfrentar juntos esos problemas que amenazan la seguridad, la paz, la aplicación correcta de la justicia y la equidad entre nuestros pueblos, los cuales pueden agravarse después del 8 de noviembre.