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jueves, 3 de noviembre de 2016

EU: elecciones y desgaste institucional



La Jornada 
El presidente estadunidense, Barack Obama, criticó ayer al director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), James Comey, por haber divulgado indebidamente la reapertura de la investigación sobre la posible reponsabilidad judicial de la candidata presidencial demócrata, Hillary Clinton, quien como secretaria de Estado usó un servidor privado para operar su correspondencia electrónica oficial, lo que habría puesto en riesgo la confidencialidad de sus comunicaciones. La filtración, que viola las normas de operación de la FBI, se tradujo en una reducción del margen en favor de Clinton en las encuestas de intención de voto de cara a los comicios presidenciales del próximo martes 8 de noviembre y en un inesperado repunte del aspirante republicano, Donald Trump, quien hasta la semana pasada parecía condenado a una derrota en los comicios.
La acción de Comey (quien hasta este año estuvo afiliado al Partido Republicano) se traduce, en los hechos, en el uso faccioso de una institución pública en un proceso electoral caracterizado por su polarización, el escepticismo de la ciudadanía ante los candidatos y la emergencia de un individuo como Trump, quien ha basado su carrera hacia la Casa Blanca en un ataque abierto y sistemático a los principios básicos de la ética cívica y en un alarde de cinismo social sin precedente en la clase política del país vecino.
Pero el director de la FBI no es el único funcionario que ha recibido críticas por imprimir a su gestión un sesgo electorero. Meses atrás, Loretta Lynch, titular del Departamento de Justicia y jefa nominal de Comey, fue criticada por haberse reunido con Obama en momentos en que estaba pendiente la decisión oficial sobre si investigar o no a Clinton por el asunto del servidor de correos electrónicos. Con ello, la abogada general estadunidense dio la impresión de operar a favor de la aspirante presidencial demócrata.
En suma, el proceso electoral en curso en la nación vecina, lejos de consolidar y fortalecer a sus instituciones, las está contaminando. Ello se explica por la creciente erosión moral de un sistema político que se presenta a sí mismo como modelo para el mundo, pero que ha dejado de ser un mecanismo de solución a los problemas de la población para convertirse en un espacio en el que las distintas facciones de la oligarquía empresarial y financiera dirimen sus conflictos y concilian sus diferencias. Se deriva de ello una creciente insustancialidad de la política hasta el punto de que en el proceso actual los equipos demócrata y republicano de campaña están más ocupados en denostar al candidato contrario que en resaltar el programa del propio. En ese entorno, el debate político brilla por su ausencia y el intercambio de argumentos ha sido remplazado por una colosal lucha de lodo.
A la postre, tal escenario habría de llevar a un importante sector del electorado al grado de abatimiento y cinismo que se requiere para abrazar la causa de un aspirante presidencial como Donald Trump: un racista confeso, un hostigador sexual desembozado y un individuo que presenta como méritos su ignorancia, su prepotencia y su carencia de escrúpulos.