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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Rebelión



Luis Linares Zapata
La Jornada 
Fue necesario que gran parte de los votantes estadunidenses manifestaran en las urnas su descontento para empezar a escudriñar y aceptar las causas: una masiva afectación impuesta a su bienestar. De inicios de los años 70 al pasado 2012, el deterioro de los ingresos de los trabajadores en el PIB de ese país alcanza un grotesco 10 por ciento. Toda una tragedia impensable para legos y entendidos del ancho mundo. Pocos han sido los analistas que han penetrado los significados y consecuencias en tan severo castigo social. Un denso manto ideológico, manejado desde las altas esferas, (políticas, empresariales, académicas y mediáticas) oscurece tan cruda y dañina evidencia. La décima parte del PIB de ese rico país implica un Everest de riqueza trasladada, año con año, de un vasto grupo social a sólo un puñado de beneficiados en extremo. Para hacer posible este fenómeno de expoliación ha sido necesario todo un entramado de severos ordenamientos legales y descarnadas maneras de hacer negocios. Tal situación es, en efecto, el real cometido del modelo económico, cultural y político neoliberal vigente, no sólo en EU, sino casi en todo el mundo.
La rebelión que se alberga en buena parte de las actuales sociedades, a pesar de sus algaradas a veces cruentas, todavía pasa desapercibida para el ancho público. Las cubre un denso disfraz de competencia por  mercados y, sobre todo, de ser la única ruta. Poco importa que ocurra en no pocos países centrales: España, Grecia, Reino Unido, Francia, Alemania, Austria, por citar algunos en los cuales erupciones populares (de izquierda o derecha) contra lo establecido han sido notables. Mucho antes que en aquellas, drásticos cambios de humor, actuar y pensar tomaron cuerpo en varias naciones de Sudamérica. En estos escenarios las rebeliones lograron hacerse del poder e iniciar los cambios ambicionados. Pero el ninguneo mediático hacia estas últimas ha desviado la atención y no se ha escudriñado el fenómeno como fuera debido. Incluso protestas airadas en Wall Street pudieron ser recluidas bajo la etiqueta de caso aislado, desconectado de la normalidad imperante. Ya no es posible ni conveniente seguir la ruta de expoliación, impuesta sobre el factor trabajo, sin pagar altísimos costos en violencia, corrupción integrada al poder y desilusión por la democracia.
En el caso mexicano la erosión en los ingresos de los trabajadores ha sido bastante mayor que lo sucedido en Estados Unidos. Aquí, de haber llegado a representar cerca de 40 por ciento del PIB durante los años 70, se ha caído en la actualidad a niveles inhumanos, por decir lo menos. La participación del trabajo ronda 20 por ciento bajos. La pérdida queda, sin eufemismos, fuera de cualquier consideración ética. A diferencia de los gringos, aquí se navega, de partida, sobre una enorme masa de clasemedieros plagados de estrecheces, acompañados por crecientes turbas de excluidos. Suponiendo un PIB mexicano del orden de 15 billones de pesos, la exacción de riqueza será del orden del billón y medio en favor del capital. Riqueza que se va a la especulación o, peor aún, es exportada para no retornar, dejando un océano de estrecheces a  diestra y siniestra.
Las cifras duras anteriores explican, en buena parte, el descontento que prevalece en México. Se le suman, por más de cuatro décadas, afrentas a derechos seguidos de impunes latrocinios. El descontento resultante se ha expresado en rebeliones contra lo que se denomina lo establecido. En el año de 1988 se dio la primera revuelta a gran escala, aunque en ese entonces pretendía una incipiente modernización y no un cambio de modelo. El monumental fraude que llevó a la Presidencia a Carlos Salinas de Gortari logró, sin embargo, mantener al PRI 12 años más. Pero el tinglado se desquebrajó por fastidio con ese partido, símbolo de omisiones, errores e ineficacia en sus modos autoritarios, rituales gastados y sus documentados apañes. La docena panista que sobrevino se montó sobre una doble rebelión popular: la primera contra el priísmo (año 2000) y la otra contra el mismo modelo (2006) Al ahogar, fraudulentamente, esta última rebelión, ciertamente popular y masiva, se incurrió en enormes costos. El deterioro económico se profundizó, al restaurar el añejo quehacer de complicidades desató la violencia y resintieron las tropelías del crimen organizado. La promesa de un renovado PRI (2012) no pudo sosegar el descontento acumulado. Después de cuatro años de nuevos errores, dispendios sin mesura, nulo crecimiento económico y trampas cómplices por doquier, se llega a esta actualidad con un fardo inmenso de reclamos insatisfechos en los ánimos, el decoro, la dignidad y los bolsillos colectivos.
Los empeñados en la continuidad del modelo se apresuran, en pleno descampado, a montar tinglados emergentes ante los crecientes temores de venidera derrota. Por un lado escenifican una parodia de unidad partidaria alrededor de una Presidencia desfondada que pretende controlar su sucesión. Y, por otro, los panistas, empujan a una mujer, con imagen decente y buena (Margarita), pero a toda vista inviable. Para no sucumbir ante la testaruda rebelión en marcha, el continuismo prefigura, de nueva cuenta, un acuerdo cupular de sus remanentes y menguadas fuerzas partidarias.