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domingo, 6 de noviembre de 2016

Derrotar a Trump, derrotar la política del resentimiento


Gustavo Gordillo
La Jornada 
La alternativa no es entre lo menos malo y lo más malo, sino entre la derrota civilizatoria de la democracia en Estados Unidos y el espacio mínimo para reconstruir instituciones, pulsaciones y espejismos culturales en una sociedad sumamente desigual y dividida.
Trump no es un cierto tipo de derecha y Hillary otro cierto tipo de derecha. Trump es la bribonería, el racismo y todas las formas de discriminación imaginables.
Es necesario, sobre todo si gana Hillary, entender a Trump y al trumpismo.
Lo primero es consecuencia directa de la manipulación oportunista del establishment republicano respecto del sector más extremo de la derecha no incluida en la tradicional coalición conservadora. Le dieron alas al Tea Party a pesar de la extravagancia de muchos de sus candidatos y líderes –entre brujas, sanadores, lectores de cartas, truhanes y gamberros. Crearon el ambiente propicio para que a partir de la campaña profundamente racista que ponía en duda si el presidente Obama era ciudadano de Estados Unidos o no, se alzara Trump como campeón de todas las formas de racismo y discriminación. Después soltaron unas cuantas lágrimas de cocodrilo al ver al Partido Republicano en calidad de fierros viejos; antes de constatar que la caída de Trump se los llevaría entre las patas. Por ello ahora se reagrupan alrededor de Trump suponiendo ingenuamente que podrán controlar al maniático, así como creyeron los conservadores alemanes o italianos que iban a poder controlar a Hitler o al Duce. Ellos serían las primera víctimas si ganara Trump.
El trumpismo se cuece aparte.
Ya en 1993 Hans George Betz (Comparative Politics 1993 The new politics of resentment) hablaba de un espacio social en las sociedades avanzadas post-industriales caracterizado por la emergencia de una sociedad de dos tercios. De un lado una nueva clase media bien educada y con futuro y una fuerza de trabajo polivalente empleada en las empresas, frente a un sector paulatinamente marginalizado de trabajadores no calificados o semi-calificados más una masa de desempleados permanentes que integran el espacio de la informalidad. Estos últimos son los perdedores de la globalización y el desempleo.
Estas expresiones tienen una base económica en la desigualdad y la pobreza extrema. Pero se trata más que nada de un fenómeno cultural que tiene dos vertientes convergentes.
Por una parte esta resaca conservadora desarrolló ciertas formas de códigos o fórmulas ideológicas entre las capas más influyentes de la sociedad, etiquetando a los pobres y a otros beneficiarios de servicios sociales como personas moralmente desprovistas de valor y merecimiento, con lo cual los grupos gobernantes y los contribuyentes, en general, quedaban relativamente liberados de sus compromisos con los grupos excluidos de los procesos de modernización. De esos códigos spencerianos hablan, la descalificación de las corporaciones como formas modernas de representación de intereses; la impugnación de la idea de justicia al vincularla con la ineficiencia del Estado, y la separación del combate a la pobreza del fomento productivo para convertirlo en un tema de asistencialismo público y privado.
Pero en su otra vertiente es útil recurrir a Kari Mannheim(1973), quien discurrió sobre un el tipo ideal de una utopía que denominó quiliaismo. En ese tipo de utopía se trata de reflejar la mentalidad de sociedades tradicionales caracterizadas por una pérdida total de las certidumbres simbólicas y valorativas. Este proceso las lleva a recrear una visión polar del mundo con cierta orientación iconoclasta. “La violencia adquiere una sobrestimación como un medio valioso e insustituible para superar la incertidumbre, y puede llevar a conflictos de larga duración… donde privilegian el aquí y el ahora muy por encima de la perspectiva del mediano y del largo plazo”.
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