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domingo, 6 de noviembre de 2016

Bolivia: una economía eficazmente precavida



Alfredo Serrano Mancilla*
La Jornada 
Bolivia camina por su propio carril. Este año acabará con un crecimiento del PIB por encima de 4.5 por ciento. En un momento de contracción económica mundial, de vientos en contra, el país andino crece sostenidamente. ¿Por qué? La razón es bien sencilla: Evo Morales no confió jamás en los ciclos de la economía mundial.
Desde el inicio de su mandato en 2006, Bolivia construyó un orden económico propio. En absoluto, autárquico ni desconectado del mundo. Todo lo contrario: un modelo económico vinculado con el exterior, pero en forma soberana e inteligente. Lo primero fue la nacionalización de los hidrocarburos, fundamental para edificar una casa propia. Justa en clave social y eficaz en materia económica. Se rompe así el mito de que cualquier nacionalización merma la capacidad de crecimiento. Bolivia multiplicó su PIB nominal por cuatro en este tiempo, y continúa en su ciclo largo de crecimiento, pese a la coyuntura internacional.
A medida que el gobierno de Evo fue repotenciando el papel del Estado en la economía, tampoco huyeron las inversiones extranjeras directas ni hubo fuga de capitales. El ahorro interno creció a niveles históricos. Hoy día Bolivia presume de tener reservas (38 por ciento del PIB) para afrontar efectivamente el actual shock externo negativo. Pero no es únicamente ahorro público; también hay un significativo crecimiento del privado. En total, incluyendo todas las fuentes, Bolivia posee un ahorro de 48 mil millones de dólares, muy por encima de su PIB (38 mil millones de dólares), lo que le permite apalancar inversiones productivas para los próximos años. Tiene colchón suficiente para sortear la restricción externa.
Bolivia optó por una economía eficazmente precavida. No arrastrada por los vaivenes de los precios de las materias primas. Supo construir su cinturón de seguridad sin necesidad de sacrificar derechos sociales. Lo hizo gracias a una deliberada intención de formar un mercado interno. La redistribución de la riqueza, además de satisfacer principios de justicia social, fue indispensable como método para ampliar la demanda interna. El consumo creció gracias a un incremento de los ingresos a lo largo de toda la distribución. Las políticas activas de empleo y los programas sociales para niños (bono Juancito Pinto), mayores (Renta Dignidad) y embarazadas (bono Juana Azurduy) fueron cruciales para este logro. Según el propio Banco Mundial, Bolivia es campeón planetario en mejorar los ingresos para 40 por ciento de la población más pobre. El país se fue desendeudando socialmente sin mayor endeudamiento financiero; la deuda pública actualmente es de 19 por ciento del PIB, y además, la inversión pública no paró de crecer, pasando de 879 millones de dólares en 2006 a 6 mil 396 millones de dólares proyectados en los Presupuestos Generales del Estado para 2016. Este aumento de la inversión pública ha llegado hasta el punto de que la formación bruta de capital fijo es mayor hoy día que el volumen destinado a los salarios públicos.
La política económica boliviana no obedece a ningún manual. Tomó su propio camino mezclando un poco de todo con muy buenos resultados macroeconómicos. Tras ello, existe una indudable explicación: la política. Este éxito económico es fruto de una buena gestión técnica sometida a criterios políticos acertados e innegociables. Ejemplo de esto fue la serie de nacionalizaciones que Evo decidió a lo largo de esta década. En el sector minero, el Estado, en promedio, se queda con 50-55 por ciento del excedente generado; en el sector hidrocarburífero, con 85-93 por ciento. Se demuestra así que las decisiones políticas en favor de las mayorías no están reñidas con la eficacia económica. En el caso boliviano, la bonanza macroeconómica no viene acompañada de malestar microeconómico ni de austeridad social. Se impone la evoconomía: llegar a la meta pero sin rezagados ni excluidos.
Director del Celag y doctor en Economía