EL ANALFABETA POLÌTICO
El peor analfabeta es el analfabeta polìtico èl no oye, no habla ni participa en los acontecimientos polìticos.
No sabe que el costo de la vida, el costo de los frijoles, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado y de las medicinas, dependen de las decisiones polìticas.
El analfabeta polìtico es tan animal que se enorgullece e hincha el pecho al decir que odia la polìtica.
No sabe el imbècil que de su ignorancia polìtica, proviene la prostituta, el menor abandonado, el asaltador y el peor de todos los bandidos que es el polìtico aprovechado, embaucador y corrompido lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.  Bertolt Brecht..

sábado, 31 de marzo de 2012

Joaquín Villalobos en México

Luis Armando González (*)

SAN SALVADOR - Al principio, cuando era apenas un rumor, la noticia de que Joaquín Villalobos se convertiría en asesor en materia de seguridad del gobierno mexicano no dejó de provocar, en muchos –en quienes la figura de Villalobos está desacreditada— un dejo de burla.

Ahora que el papel de Villalobos en México está claro, aquel inicial dejo de burla se ha convertido en estupor. En el caso de quien esto escribe, no se trata de nada personal en contra de Villalobos; tampoco se trata de envidia por lo bien que le va este ex líder guerrillero en México. Pero hay cosas que no cuadran. Veamos algunas de ellas, comenzando con la enorme cantidad de talento que tiene México en las diferentes esferas del quehacer académico e institucional.

No cuadra que ese país no haga uso de esos talentos y prefiera escuchar a alguien que, objetivamente, es una figura menor en el quehacer académico y que como estratega militar no está por encima de militares de carrera en América Latina ni por encima de los muchos ex guerrilleros –algunos con trayectorias militares superiores a las de Villalobos— que sobrevivieron a distintos conflictos armados en la región y que ahora se dedican a las más variadas actividades.

Ya va siendo tiempo que se supere el mito de Villalobos como el estratega guerrillero extraordinario y se le otorgue su dimensión real. Esto pasa por reconocer no sólo la audacia y creatividad de otros muchos combatientes en El Salvador, sino el apoyo que tuvo Villalobos de parte de militares profesionales como el capitán Francisco Emilio Mena Sandoval. Al erigir a Villalobos por encima de los demás, se comete una enorme injusticia con quienes, dando muestras de mayor audacia y determinación, se jugaron el todo por el todo en la guerra civil. No puede ser que Villalobos brille opacando los méritos de otros, sobre todo cuando hay aspectos de su trayectoria que desdicen de su coherencia militar, política e ideológica.

Veamos eso. Ahora mismo, en México se promociona como el estratega militar sin par en la época de la guerra. Es decir, Villalobos presume de su dureza y firmeza militar, alentando una estrategia de combate al crimen en México dura y frontal. Es claro que Villalobos está asesorando mal al gobierno mexicano, pero es asunto de ese gobierno si decide seguir los consejos de Villalobos. Lo que aquí se quiere destacar es que Villalobos está presumiendo ante los mexicanos de su trayectoria como guerrillero.

Y sí la tuvo, aunque no con la grandeza que él y sus aduladores suponen. Su organización de entonces –el ERP— profesó un marxismo-leninismo, teñido de maoísmo, fuertemente dogmático, privilegiando el quehacer militar por encime del debate y las soluciones políticas. Hasta aquí, si se resta la mitología, Villalobos está actuando en México como si estuviera en los años setenta, cuando el ERP estaba dispuesto a montar juicios y dictar condenas de muerte contra los “pequeños burgueses” que se pusieran en su camino.

Lo que sucede es que cuando la guerra estaba por finalizar –y más aún, cuando la misma terminó— Villalobos comenzó a decir que él nunca había sido un militarista; que el contrario, él había sido un socialdemócrata de toda la vida. La culminación de esta imagen fabricada fue la creación del Partido Demócrata (de corta existencia), con el cual Villalobos pretendía confirmar ante la opinión pública su identidad socialdemócrata. O sea, que Villalobos renegó de sus credenciales guerrilleras más propias –que lo presentaban con un estratega guerrillero sin par, audaz, lúcido, valiente y osado—, y las cambió por las de un pacificista nato que sólo por circunstancias de la vida había terminado empuñando un fusil.

Pero, ¿cómo un pacifista en esencia, un socialdemócrata de toda la vida, podía abrirse camino en el mundo de las asesorías internacionales en materia de seguridad y de lucha contra el crimen organizado? Estaba claro que eso no era posible. La imagen labrada en la postguerra por Villalobos era buena para el protagonismo partidario, para hacerse un espacio el mundo civil (político, académico y empresarial), pero no para asesorar a gobiernos en la lucha contra el crimen.

Aquel camino se le cerró a Villalobos. Y vaya que hizo lo propio para seguirlo y conquistar un sitial en las esferas en las que el pacifisimo, el diálogo y la negociación son monedas de uso corriente. Cerrado este camino, ¿qué hacer? Ni modo: dar un periplo por distintas ciudades fuera de El Salvador, es decir, salir de escena, y trabajar por labrarse una nueva imagen: la imagen del estratega militar. Y esta nueva imagen lo ha hecho volver a sus raíces y capitalizar su experiencia guerrillera, lo cual le ha permitido posicionarse, una vez desempolvadas la jerga y las actitudes militares de antaño, como un experto en cuestiones militares y de seguridad.

Tarde o temprano, los mexicanos se darán cuente de semejante juego de imágenes; se darán cuenta de que la tragedia humana que viven, con la violencia desbordada del crimen, es algo demasiado serio como para seguir los consejos de alguien para quien militarismo y pacificismo son dos trajes intercambiables según las circunstancias y la propia conveniencia.

Que se haya convertido en “una voz indispensable en el debate sobre la seguridad pública en México” (Alejandro Hope, “El mito de los mitos de Joaquín Villalobos”. Nexos, No. 410, febrero de 2012, pp.23-26) no dice nada sobre la calidad de su propuesta para combatir el crimen en México, sino que dice mucho sobre su capacidad para hacerse pasar por lo que no es. Incluso que en algunos círculos mexicanos se le llame simplemente “Joaquín” –como lo llaman muchos de sus aduladores en El Salvador: unas cuantas personas que se cuentan con los dedos de una mano, ciertamente)— habla más de la ingenuidad de quienes lo hacen que de la estatura intelectual o político-militar del ex comandante “Atilio”. Y que nadie venga con el cuento de que a él se le aplica aquello de que nadie es profeta en su tierra. Aquí, en El Salvador, ya lo quiso ser, y tuvo éxito (relativo) cuando lo intentó. Lo que sucede es que no convenció de sus dotes de profeta a ninguna persona seria. Y a quienes logró convencer, pronto fueron defraudados por su incoherencia.

O dicho de otro modo: su cuento de cómo combatir el crimen en México, si fuera dicho en El Salvador, no sería tomado en cuenta por nadie con la capacidad de análisis y la razón suficiente, no por incapacidad de reconocer los méritos de la propuesta, sino por su endeblez. Hay que ser medio torpe para aceptar como única salida para México la guerra frontal contra el crimen, sin importar los costos sociales –en muertes, especialmente—. Es el esquema del todo o nada que Joaquín Villalobos (no “Joaquín”) aplicó siendo líder guerrillero. Fue al todo o nada al que él renunció cuando se proclamó como socialdemócrata.
(*) Columnista de ContraPunto