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viernes, 21 de junio de 2019

Entrevista a María de Lourdes Santiago Negrón


Entrevista a María de Lourdes Santiago Negrón, vicepresidenta del Partido Independentista Puertorriqueño
"Revolucionar al país"



María de Lourdes Santiago Negrón, foto: Ernesto Robles.
Conversamos de manera franca con María de Lourdes Santiago Negrón, vicepresidenta del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), acerca de temas amplios que nos revelan su personalidad y las raíces profundas de su compromiso con la libertad de Puerto Rico. Exploramos su conexión con la cultura puertorriqueña; lo que la inspira; su visión del feminismo y las luchas de la mujer boricua; el impacto personal del huracán María; la temática étnica y racial de Puerto Rico; la necesaria unidad del independentismo y la importancia de las consignas.
Conexión con la cultura boricua:
Eres oriunda de Adjuntas, un pueblo de mucha tradición agrícola, de una belleza natural cautivante y considerado por alguna gente como la cuna del modernismo literario puertorriqueño. ¿Cómo se refleja todo eso en tu personalidad?
Es distinta la crianza de pueblo pequeño, y con la adultez va llegando una nostalgia de ese sentido de comunidad, tan ajeno al área metropolitana. Y te digo en la adultez porque de jóvenes todos —o casi todos— queríamos salir de lo que en la adolescencia a una le parece una pequeñez que asfixia. Hace poco murió mi mamá, que fue una maestra queridísima en el pueblo, y en esos días hablé con tanta gente a la que hacía tiempo no veía, me enteré de noticias buenas y malas, y, de verdad, aunque suene medio cursi, hay algo reconfortante en regresar a ese sentido de origen, de relación única con el lugar de donde se salió. Esa sensación de que en cada esquina hay un recuerdo, una conexión con algo. Qué sé yo, entrar a la farmacia que ahora pertenece a una amiga de la infancia, cuya familia queremos mucho en casa, y recordar que en esa farmacia, cuando era de los Figueroa —también amigos— era en la que me compraban los paquines (ya nadie les dice así, ahora son comics), no se sé si te acuerdas, que venían tamaño Avestruz, Águila y Colibrí. Los publicaba en México la editorial Novaro, Sociedad Anónima. De chiquita, yo me preguntaba cómo era eso de una sociedad en que no se sabía quién era quién, porque era anónima... Cosas así.
¿Podrías compartir algunas anécdotas poco conocidas de tu infancia o juventud en el pueblo de Adjuntas?
Resulta que desde pequeña, yo declamaba. Me aprendía los poemas de aquellas publicaciones de Educación para la Comunidad y de los Cuadernos de Poesía del Instituto de Cultura, ilustrados tan maravillosamente por los grandes artistas gráficos de la época, y de los libros de la Editorial Salvat, que se compraban con ofertas de los Supermercados Grand Union. Y algunos libros que compraba mi papá, como La Juventud de Luis Muñoz Marín. Porque mis papás son populares, pero lo que se dice del corazón del rollo. Mami sufrió la muerte de Luis Muñoz Marín como quien pierde a un padre. Así que imagínate, ¿cómo no poner a la nena a recitar Panfleto de Muñoz Marín cuando Miguel Hernández Agosto está de visita en casa de la familia Panelli? Y ahí estaba yo, como con diez años: «He roto el arcoriris contra mi corazón / como se rompe una espada inútil contra una rodilla». ¡Y esa espada inútil que decía Muñoz es la causa por la independencia a la que he dedicado mi vida!
¿Cuándo te sentiste independentista por primera vez? ¿Cuál fue la reacción de tu familia?
Creo que soy independentista desde que tengo algo de conciencia política, a principios de la adolescencia. Yo siempre he tenido mucha influencia de mi hermana Carmen, y estaba en octavo grado cuando ella fue a la UPR, justo para la huelga estudiantil del 1981. Una tarde, están mis papás viendo las noticias y ahí aparece mi hermana, corriendo por las calles de Río Piedras con sus compañeros y la policía detrás de ellos. ¡Aquello fue terrible en casa! Así que cuando poco tiempo después, a mí se me cae el bulto de la escuela y, casi en cámara lenta, como en las películas, cae en primer plano El Diario del Che en Bolivia, que yo escondía con tanto cuidado, para mis papás fue como si les dijera que dejaba la escuela para fugarme con el circo o algo así. Cuando Carmen y yo fuimos por primera vez funcionarias de colegio del Partido Independentista, mami estuvo días sin hablarnos.
Y no podía ser de otra manera. Mis papás fueron criados por sus madres —no existía pensión alimentaria ni nada de eso— en condiciones de gran pobreza. Mi abuela paterna, Fina, fue de las fundadoras en Adjuntas del Partido Popular. Ella era costurera en una de las fábricas de Fomento. Mi abuela materna, que nunca aprendió a leer, pero realizaba operaciones matemáticas a la perfección, tenía un colmadito. Papi y mami fueron los primeros de sus familias en ir a la Universidad. Para ellos, la salida de la pobreza fue gracias a Muñoz. Son populares porque sienten esa gratitud, esa deuda, y eso yo lo respeto. Y porque vivieron los tiempos de la gran persecución contra los independentistas. Mi mamá me contaba, como si lo hubiera visto, cómo se llevaron presos a todos los independentistas de Adjuntas cuando ocurrió la Revolución Nacionalista de 1950. Con el tiempo, me han apoyado enormemente, y sé que se sienten orgullosos… Y sigo hablando de ellos en plural y en presente, porque me cuesta lo que sería la admisión gramatical de que mi madre ya no está.
Fuentes de inspiración: ¿Quisiste ser siempre abogada o contemplaste alguna vez otra profesión?
¡Para nada! Yo lo que siempre quise ser fue maestra, como mi mamá. Me gradué del Departamento de Drama de la UPR, con créditos en Educación. Entré a la Escuela de Derecho porque pensaba que era la única opción que tenía en ese momento. Para mí fue un gran choque. En Humanidades, donde había gente de todos lados, no era tan evidente la distinción de clases.
Aun así, ha sido el grado en Derecho el que en buena medida ha dirigido mi vida —para bien, creo. Por ejemplo, para mí fue determinante mi primer trabajo como oficial jurídico del juez Jorge Segarra. Era un hombre extraordinario, con un auténtico sentido de justicia; el único independentista nombrado por Hernández Colón al Tribunal Apelativo que, una vez llega Pedro Rosselló a la gobernación, fue convertido en una «Unidad Especial» que básicamente atendía los casos administrativos que sobrecargaban al Tribunal Superior. Pero eso nunca pesó en el ánimo del juez Segarra. Trabajábamos cada caso como si el balance cósmico dependiera de cada sentencia. Y ser abogada ha sido importantísimo en mi desarrollo político. Hay temas, como el de educación especial —que me toca de cerca como madre—, que he podido entender más cabalmente llevando o asistiendo en litigios. Cuando Vieques, podía visitar a nuestros desobedientes presos porque era una de sus abogadas. Pero me quedé con esa espinita de no haber sido maestra. Creo que por eso disfruto tanto el visitar escuelas y el recibir estudiantes.
¿Cómo compaginas tu vida personal, particularmente de madre, con tus numerosos compromisos políticos?

No se puede cumplir con todo. Siempre algo sufre. Me ha costado mucho admitirlo porque nuestra generación está programada para asumir todas las responsabilidades, para ser supermujeres. Pero no hay día en que no sienta el agobio, la angustia, de tener que escoger entre una u otra responsabilidad. Mi hijo nació en febrero de 2004, cuando me postulé por primera vez para el Senado. Estuve haciendo campaña por toda la isla hasta dos semanas antes de parir, y a las seis semanas, justo el día que me reintegraba, hubo que hospitalizar a mi hijo, y se trastocó todo el calendario de campaña. Una vez, antes de una caravana en Mayagüez, me eché a llorar en pleno comité porque José Julián, que tendría unos seis meses, estaba con un ataque de asma y yo no podía estar con él. Aún hoy, que ya tiene quince años, me pesa mucho no poder dedicarle tanto tiempo, como lo hacen otras madres, porque siempre hay alguna reunión, una actividad, un trabajo que terminar, algún lugar en el que hay que estar. Creo que es algo que sufren todas las madres trabajadoras en alguna medida, no solo las que estamos en política. Una trata de consolarse pensado en que lo que cuenta es el quality time o que las cosas que hacemos las hacemos por ellos. Pero el cálculo no es tan sencillo. Y claro, también pasa a la inversa. Si cancelo una reunión o no llego a una vista pública, o falto a una actividad porque necesito estar con mi hijo, quedo mal yo, queda mal el Partido. Así que esa compaginación, me parece que no es plenamente alcanzable. Todos los días se escoge. Todos los días se paga un precio de uno u otro lado.
Eso sí, estoy muy clara. Para mí la política es un imperativo moral. Creo que no podría no estar en política. Hay días grises, claro. Pero eso no dura. Lo que persiste es la convicción de que hay que hacer cosas para mejorar el reino de este mundo. Y para mí, eso es mi trabajo desde el Partido Independentista.
De todos los problemas que se viven en Puerto Rico, ¿hay alguno que te mueva más que los demás, que sea, por alguna razón, tu mayor inspiración para luchar?
La educación pública. Estudié toda la vida, desde kinder hasta Derecho, en el sistema público, que es —o debe ser— el gran democratizador de una sociedad. Y en particular, la educación especial. Una sociedad se mide por la forma en que trata a sus más vulnerables, y en Puerto Rico, esos son nuestras niñas y niños con diversidad funcional. Pero a la gente en el poder, sencillamente, no les importa. Lo que tienen de humanidad no les da para entender lo que significa diversidad, integración. La estrategia es tirar a los niños a pérdida. Y, claro, el sector de las familias con niños de educación especial es uno difícil de movilizar para reclamos políticos. Por el miedo, por lo abrumadoras que son sus vidas, por la falta de esperanza. Hace un tiempo, ayudamos a una niña que estaba en salón a tiempo completo, donde se segrega a los niños con diagnósticos más severos, solo porque era sorda. No tenía ninguna deficiencia intelectual, nada. Y allí estaba, contando del uno al diez porque es lo único que le enseñaban. En otra ocasión, conocí a una adolescente ubicada también en salón a tiempo completo porque no aprendía a leer. Llegó a una maestra que le enseñó a leer en par de meses, y ya la niña estaban tan adelantada que tomaba preálgebra con la corriente regular. Quería entrar a la vocacional para estudiar cosmetología, pero el Departamento no la dejaba porque en salón a tiempo completo no se dan notas y, claro, no tenía promedio para entrar. Son cosas absurdas. Crueles. No se necesita reinventar la rueda para que eso cambie. Pero se necesita sensibilidad, capacidad; y esos son bienes escasos en los altos niveles del Departamento de Educación.
Feminismo: Perteneces a varias iniciativas que destacan el importante papel de la mujer en las luchas sociales y reivindicativas de Puerto Rico ¿te consideras feminista? A tu juicio, ¿qué podría significar el que se le exija ser “simpática” a una candidata política?
Feministas debemos ser todas y todos. Y no deja de molestarme a un nivel muy visceral, muy instintivo, la necesidad de la etiqueta para definir la idea tan básica, tan humana, de la equidad. Todos los días, en todas las instancias, siguen vivas y fuertes costumbres amarradas a la desigualdad. Desde la distribución de las responsabilidades domésticas (lo más cercano a todas) hasta la paga en producciones hollywoodenses (en ese mundo lejano a la vida de la mayoría). Y pasan los años, las décadas, y el debate sobre la violencia hacia la mujer sigue dando vueltas, con avances lentos, muy lentos. Matan a una, matan a diez, y el tema de perspectiva de género en las escuelas sigue de balón político. Y entonces es malo si las mujeres detienen el tráfico en el expreso, si se plantan frente a la Fortaleza, si grafitean. Creo que si en un asunto se puede decir que las vías de la legalidad se han quedado cortas, es en el de la equidad de género. Y cuando añadimos —y creo que siempre hay que añadirlo— la institucionalización del discrimen, del odio, hacia las comunidades LGBTT; oye, si no da una rabia inmensa, es que no corre sangre por las venas.
Entonces vamos a tu otra pregunta, la de la simpatía. Creo que alguna gente y algunos medios equiparan lo de simpatía a bailar y cantar por ahí o a compartir cosas muy íntimas de la familia. No es que esté mal quien lo haga; es que esa no soy yo. Si el precio para lucir «simpática» es crear un personaje, no me apunto para esa.
Además, creo que todavía sigue la idea de que las mujeres tienen que ser dulces y tiernas. Mi discurso político no es dulce y tierno. Yo hablo desde la perspectiva de quien ve y denuncia la injusticia, la incompetencia, la insensibilidad, la sinrazón.
Si pudieras cambiar de un tirón un aspecto del machismo boricua, que atrase la lucha independentista, ¿cuál sería?
Creo que en el independentismo existe una conciencia mayor del tema de género que en otros sectores, pero no sería realista decir que estamos exentas del machismo. Un ejemplo muy puntual: es más frecuente que una compañera invoque sus responsabilidades familiares como razón para, digamos, no aceptar una candidatura o un puesto de liderato, que el que lo haga un varón.

Estamos en el punto en el que muchas de las reivindicaciones que nos quedan por alcanzar a las mujeres están más allá de lo legislable o reglamentable. Para mí, es fundamental avanzar en la igualdad en el entorno familiar y doméstico; ahí falta mucho aún, por no hablar fuera del independentismo, en la política de las mayorías, donde tantas mujeres se prestan a ser gatilleras de la desigualdad.

El huracán María y la lucha por la independencia: ¿Cómo te afectó a ti y a tu familia el huracán? ¿Cuál fue la reacción de tu comunidad cercana a la escasez de agua, comida y energía eléctrica? ¿Tienes alguna anécdota que quieras compartir?

Justo después de Irma, antes de que anunciaran María, salí de viaje y no pude regresar hasta que reabrieron el aeropuerto, así que quedé con algo de sentimiento de culpa por no estar esos primeros días. Yo no sufrí pérdidas importantes en mi apartamento. Estuvimos sin luz, hasta finales de noviembre, y en el edificio en que vivimos no hay planta; pero eso es poca cosa. Mi hermana la pasó muy mal; el huracán le destrozó el apartamento y como tanta gente, pasó horas guarecida en un clóset. Mis papás no sufrieron grandes daños, pero la precariedad de la falta de agua y luz, la interrupción de la normalidad, aceleró el desarrollo del alzhéimer en mi mamá. Tuvo las últimas conversaciones coherentes para esas fechas.
Cuando con compañeros del partido comenzamos a llevar ayuda a distintos pueblos, lo más chocante fue la incapacidad del Estado para atender comunidades que no eran nada remotas. Estuvimos con una familia en Caguas, a 15 minutos de la autopista, hacinados en una casita de dos habitaciones con ventanas de tablas que se amarraban con soga, no por el huracán, sino de siempre. En Maricao, la policía trató de disuadirnos de que llegáramos a Indiera Alta porque «era una carretera de muchas curvas». En Vieques, llevamos casa a casa, en la comunidad Lucila Franco, comida, agua embotellada, filtros de agua, pañales para bebés y adultos, repelentes de mosquitos, antes de que el alcalde los visitara.
Creo que a todos nos impactó cómo en la desgracia, el país buscó refugio en la nacionalidad; tanto así que en WAPA Radio me entrevistaron varias veces preocupados por que el despliegue de banderas de Puerto Rico llevara a los Estados Unidos un mensaje de ingratitud. El cinismo de la respuesta estadounidense ha provocado un fortalecimiento en el sentido de identidad nacional; pero falta transformar ese instinto en un ejercicio de reivindicaciones políticas. Esa es la tarea por hacer del independentismo, con la gravísima dificultad de que demasiadas cosas dependen de circunstancias fuera de nuestro control. Sobre las que sí podemos controlar, me parece que hay que hacer un trabajo mucho más eficiente en Estados Unidos ahora que se ha despertado el interés por Puerto Rico. Hay que llegar a los sectores progresistas encandilados con la idea de la anexión y hay que establecer relaciones más firmes con la diáspora.
¿Afectó el huracán María la visión general que se tenía del lugar de la mujer en la sociedad puertorriqueña? ¿Qué retos ha traído para la lucha independentista el huracán María y sus secuelas?
El huracán y sus secuelas nos han traído recordatorios importantes sobre las muchas manifestaciones de la forma desigual en que se percibe a la mujer. Muchas de las iniciativas de reconstrucción en las comunidades han surgido y se han mantenido por mujeres. Pero, mientras por un lado se reconoce ese trabajo, por otro se ataca de forma virulenta a las mujeres del documental After María y a lo que ellas representan. Se da una solidaridad selectiva, anclada en el echapalantismo cultivado por la publicidad corporativa. Porque no solo es el tema del género; es el tema de clases, que es el más duro.
Visión del sureste: Es común verte en las manifestaciones y luchas de las comunidades pobres y negras del sureste de Puerto Rico, ¿crees que es correcta la visión de muchos habitantes del sureste de que se trata de una región victimizada por sus fuertes raíces negras?
Mi compañero Orlando Flores es de Arroyo y está muy involucrado en la lucha contra las cenizas. En estos días me comentaba que él sentía que el tema de la negritud en Puerto Rico se ha querido confinar, que mucha gente no percibe a las comunidades de Arroyo, de Guayama, como comunidades negras, en la forma en que se perciben otros sitios, como Loíza. Las razones para eso son complejas, pero, volvemos: igual que con el género, no se puede desvincular la raza del tema de clase. En todas las barbaridades ambientales, ves cómo la gente pobre es la que sufre. Peñuelas es el mejor ejemplo: la planta de ácido, la CORCO, la quema de neumáticos, el asbestos, el depósito de cenizas. Todo alrededor de las comunidades pobres como Tallaboa y Encarnación.
En Puerto Rico nos cuesta asumir el racismo, aceptar que existe. La idea es, por un lado, que si no hay linchamientos en las calles, la cosa no está tan mal y, por otro, que, como al fin y al cabo aquí blanco, blanco, no es nadie, pues entonces no podemos ser capaces de ser racistas. Ambas nociones están mal.
Si es así, ¿qué espacio debería de crearse en la república para este tipo de reivindicaciones culturales y étnicas?
Como en tantas cosas, hay que empezar por nuestra historia: quién y cómo la cuenta, qué está y qué se ha dejado fuera de los libros de texto de las escuelas. El diseño de cómo eso se debe materializar debe ser producto de un ejercicio amplio; pero sí me atrevo a decir que, como mínimo, se impone una revisión de las políticas de promoción cultural, de cómo han servido para la negación de parte de nuestra identidad.
Diáspora: ¿Tienes lazos familiares con la diáspora? Háblanos de tus experiencias con grupos boricuas en lugares como el Bronx y los barrios de Chicago. ¿Qué particularidades culturales, si alguna, has aprendido de las luchas boricuas en Estados Unidos?
Varios hermanos de mi mamá emigraron hace mucho a Estados Unidos. En los últimos tiempos, se han ido amigos y, sobre todo, hijas e hijos de amigos. El PIP tiene un comité en Nueva York, que ha sido importantísimo en la formación del Frente Independentista Boricua; pero nos hace falta consolidar nuestro vínculo con la diáspora, sobre todo en lugares como Florida, Chicago, Filadelfia. La primera vez que estuve en Nueva York para trabajo político, me impresionó la solidez de la identidad nacional boricua en jóvenes que nunca habían vivido en Puerto Rico. Creo que es importante también entender las diferentes circunstancias de las diferentes generaciones de la diáspora. Por ejemplo, los jóvenes que se han ido como parte del exilio económico de la última década tienen su historia particular.
En el pasado, existió un vínculo muy fuerte entre el independentismo en la diáspora y otras luchas de reivindicación en Estados Unidos, como las de los negros. A mí me emocionó muchísimo el episodio que filmó en Puerto Rico Spike Lee para su serie de Netflix "She's gotta have it". La escena de los niños en bicicleta, el himno revolucionario, el final con el mensaje de don Pedro... Hay espacio para muchas cosas, y los tiempos llaman a crear nuevos lazos.
Unidad: En todas las marchas y protestas de los últimos meses, es visible un aire de unidad, en particular entre la juventud. ¿Eres optimista respecto a la unidad de este pueblo frente al coloniaje? ¿Cuán importante es, en tu opinión, la unidad del independentismo en la coyuntura actual?
Los medios se han ocupado de generar una impresión falsa, desproporcionada, de la relación entre los movimientos independentistas. Claro que tenemos diferencias entre nosotros, pero ni de lejos llegamos a ese odio envenenado que públicamente se expresan las facciones del Partido Popular o a las intrigas e insultos dentro del PNP. En este momento, en el PIP participamos de varias iniciativas unitarias. El año pasado, por ejemplo, convoqué a un grupo de mujeres, de distintas organizaciones o no afiliadas, para conmemorar el centenario de Lolita Lebrón, y así nació Las Lolitas en su Centenario, que ha sido un gran experiencia para todas.
Como en todo proyecto político, hay que partir de iniciativas concretas. Entonces, en la medida en que no contamos con una ruta de escape absolutamente clara, para salir del encierro colonial, es más difícil señalar un camino único. Pero sí tengo esperanzas. Hablamos de “organizaciones”, pero de lo que se trata es de gente. Con muchas personas que no militan en el PIP, yo tengo una relación de genuino afecto y respeto. Y creo que con los cambios de circunstancias que se pueden atisbar ya, esos vínculos entre nosotros tendrán efectos importantes.
Consignas: Una de las consignas más efectivas de tu campaña para gobernadora en 2016 fue la de «A la junta, ni un vaso de agua». Recientemente se te escuchó otra consigna: «A este país hay que revolucionarlo». ¿Puedes hablar un poquito de esto? ¿Se trata de una evolución de tu pensamiento?
Pues ese sería un buen lema: «La evolución es la revolución». Todo el mundo habla y celebra revoluciones: la revolución tecnológica, la sexual, la musical. Es con la idea de revolución política que tienen problemas, por la asociación con la violencia, con la lucha armada. Pero la revolución no es sólo George Washington destripando gente en nombre de la independencia de Estados Unidos. El carácter de revolucionario no lo determina el medio, sino el fin, y nuestra única salvación es la transformación absoluta de un sistema de inferioridad política, de injusticia económica, de opresión, de inequidad. Eso tiene un nombre: revolucionar al país. Si algo ha quedado claro en estos últimos años es que no basta con el reformismo que proponen por ahí; el reformismo es parte del libreto colonial. No es «buscar un gobierno limpio», «llevar ayuda a los necesitados»; es sacar del medio al sistema que vive de esa corrupción y esa pobreza.
Nuestra patria ha sobrevivido a la invasión del país más poderoso que ha conocido la humanidad. Tras 122 años de coloniaje, nuestra identidad persiste. Ese es un auténtico milagro político. No es teoría, no es elucubración sociológica. Es gente de verdad a la que se le acelera el pulso gritando «Yo soy boricua, pa' que tú lo sepas». Hay que ser muy cínico o estar muy cansado para no ver señales de esperanza. Está en la gente vieja que no se quita y en los jóvenes que se levantan. Está ahí, la posibilidad real, el imperativo moral, la urgencia, de revolucionar al país.

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