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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Trump: militares y CEOS



Luis linares Zapata
La Jornada 
Son pocas o casi inexistentes las dudas sobre la composición futura del gobierno de Donald Trump. Los generales desempeñarán los roles principales en aspectos de seguridad, inteligencia, inmigración y defensa. Pero el íntimo rescoldo de sus sentires radica en los que asume son compañeros de vida, éxito y visión: superricosy empresarios de grandes corporativos. Una versión mayúscula del triste gobierno de los gerentes inaugurado por Vicente Fox. Serán estos los adjuntos de sus aventuras durante los próximos años. Poco importan, por ahora al menos, la experiencia en los campos donde se habrán de desempeñar. Juntos integrarán un mundo masculino, personas que desplieguen feromonas por donde miran y caminan. Lejos, muy lejos quedaron sus bocanadas de campaña donde, prevenía con voces de alarma, que la política –y el mismo sistema– estaban sujetos y al servicio de la plutocracia.
Las presunciones del magnate cobran ahora significados precisos. El producto no será gratificante para la gran mayoría de afectados por el modelo en boga en ese país y que fueron sus votantes. La educación quedará en manos de una rica mujer abocada a la privatización. La excepción de genero confirmatoria de la regla mágica del dinero a borbotones. Un especulador de altos vuelos se hará cargo del Tesoro, la encomienda crucial garante de la desregulación y el mercado. Y, con este mismo corte a la medida, entra en flagrante contradicción con sus amenazas y alegatos de alejarse de Wall Street. Complementa tal percepción el perfil de su consejero para asuntos económicos. Estos dos últimos personajes tienen origen común: el enorme banco de inversiones Goldman Sachs. Una institución que prepara ejecutivos para colocarlos en posiciones (Banco de Inglaterra, Banco Central Europeo) donde se definen los rasgos estructurales de las finanzas que, por ahora, dominan la escena mundial. La presunción de los republicanos de fiera estirpe acerca de la conjura china para usar el cambio climático como palanca contra la supremacía estadunidense, se acentúa y despeja incógnitas al confirmar, en ese renglón de la conservación, a un enemigo de los movimientos ecológicos. Y, su otra línea de argumentación, obsesiva durante la campaña, el comercio y los tratados (TLCAN y ATP) los encarga a un billonario (en dólares, claro) que hizo fortuna rescatando constructoras en problemas sólo para destazarlas y venderlas después.
Los militares contratados por Trump llevan atados, y bien atados, rasgos de dureza. Una condición indispensable para proyectar la imagen de fuerza efectiva y decisión que despeje todo temor de vulnerabilidad para esa nación que se mira asediada. Tratará de poner fin a toda actitud dubitativa y blandengue, tanto del gobierno como de sus aparatos de conquista y defensa, una distinción peyorativa que le achacó a Obama durante toda su campaña. Él y sus aguerridos darán cuenta, a corto plazo, de los fanáticos de ISIS y de cualquier otra amenaza que ronde por ahí. La capacidad negociadora, eufemismo que trata de ocultar sus arranques impositivos al interior como, en especial, sus tentaciones imperiales al exterior, los muestra Trump con todos sus triunfadores que invitó al gobierno.
La posición que Trump ha meditado con mayor cuidado ha sido la del secretario de Estado. Ha ido mostrando, en el proceso designatorio, las cualidades (defectos) de su propio temperamento y búsqueda de formas para suplir sus debilidades, si es que, en efecto, considera tener alguna. Empezó por llamar a un ex candidato presidencial, sujeto de sus críticas burlas: Mitt Romney. El republicano que perdió frente a Obama y al que Trump traqueteó, con frecuencia, como ejemplo de ineptitud política. Romney fue quien recomendó, meses atrás, poner atención en las finanzas de Trump y escudriñar sus evasiones impositivas. Un asunto que Trump difícilmente pasará por alto. Haberlo llamado a consultas llevó, al parecer, la intensión de desatar una grilla de doble rebote: él, Trump, es capaz de perdonar y sentarse a trabajar hasta con quien, con coraje y alevosía, se atrevió a denunciarlo para hacerle daño. Su preferido fue, finalmente, un CEO de tamaño considerable, el mero mandón de la Exxon Mobil, petrolera inmensa y con negocios globales. Tal designación, sin embargo, adelanta una serie de conflictos con el Senado por la nula experiencia diplomática del ejecutivo y su cercanía con V. Putin.
La llamada incorrección política de Trump, que durante la campaña fue vista como distintivo, se ha transformado en una serie casi cotidiana de traspiés, malos entendidos y preocupaciones diversas. Usando el Twitter como vehículo de comunicación diaria, hace alarde de sus posiciones personales en cualquier tópico que llama su atención. Las alarmas de peligros e incertidumbres, ya alebrestadas en todo el mundo, se agrandan al tocar dentro de su país. Trump, asesores y ministros llevarán al extremo la vigencia del modelo concentrador, excluyente e imperial. Ese modelo, precisamente, que ha causado tanta desigualdad entre las diversas sociedades de las naciones donde se aplica con severidad y sin desviaciones.