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domingo, 11 de diciembre de 2016

Cuba: una revolución convertida en cultura



¿Quién podría hoy enumerar o siquiera mencionar una sola institución, o ni siquiera eso, sino una mera actividad cultural permanente y sostenida que date de los tiempos de Fulgencio Batista, dictador cubano felizmente derrocado el 1 de enero de hace cincuenta y siete años, once meses y diez días? Visto en retrospectiva, la enorme, inabarcable cultura cubana dependía entonces de manera prácticamente exclusiva de sus propios hacedores: literatos, músicos, cantantes, artistas plásticos, teatreros, etcétera, y no de alguna institución que les diese soporte, apoyo, proyección nacional e internacional.
Garbanzos de a libra indudablemente los había en la Cuba prerrevolucionaria, y muchos de ellos son bien recordados en todo el mundo, pero es necesario insistir en que la impronta por ellos dejada en sus campos de trabajo artístico fue producto exclusivo de su talento y su esfuerzo personal. Esto último puede quizá sonar muy bien –muy “lógico”, muy “normal”– desde una perspectiva de historia de la cultura más bien acrítica que da por hecho, como si cualquier otra condición fuese impracticable, un elitismo y un exclusivismo según esto generadores únicos o preferentes de todo talento destacable. El problema de fondo no sería ese sino el hecho de que, al pensar y actuar de esa manera, se están cortando de tajo al menos un derecho y una posibilidad, cuyo garante y gestor debe ser el propio Estado: el derecho colectivo a la creación, artística en este caso, y la posibilidad de incrementar, en número y en variantes, la existencia de talentos de otro modo condenados a no nacer jamás o, acaso nacidos, al más absoluto de los anonimatos.

“Por sus obras los conoceréis”

Así dice una vieja máxima, cuyo sentido aplica perfectamente al caso de Cuba y la Revolución que, desde 1959, cambió la historia y el destino de un país hasta entonces condenado a ser poco más que un pro-veedor barato de materias primas, un enorme casino bar y, en resumen, una suerte de patio de entretenimiento para el vecino país del norte, que no veía en los cubanos sino a una especie de sirvientes de cualquier modo alegres y –creían ellos, los “patrones”– hasta agradecidos de vivir en esa condición de inferioridad sociocultural.

A la hora del regateo, es legión quien se llena la boca con los aspectos criticables del régimen revolucionario cubano, pero esa misma legión soslaya, en un curiosísimo fenómeno de amnesia voluntaria, sobre todo un par de puntos nodales: el primero, que por lo regular en sus países de origen privan condiciones similares y en ciertos casos mucho peores relativas a dichos aspectos criticables, y el segundo, que la Cuba revolucionaria abunda en logros que, dicho sea coloquialmente, ya quisiéramos muchos.
Cuando se trata de matizar o equilibrar posturas en extremo reaccionarias, engolosinadas con su propio discurso anticastrista, es ya lugar común aludir entre otros rubros a la notable medicina cubana, a su exitoso sistema deportivo y a su no menos envidiable sistema educativo (del que Luis Hernández Navarro da cuenta en estas mismas páginas), que entre otras “minucias” desterró hace mucho tiempo el analfabetismo de la Isla, de un modo que el “bondadosísimo”, “democrático” y encomiado capitalismo neoliberal no ha logrado ni parece querer lograr jamás.
Para decirlo rápido y sin darle vueltas, al régimen cubano se le critica, entre otras cosas pero sobre todo –por muchos cubanos indudablemente, pero sobre todo por gente que sólo habla de oídas y que jamás ha pisado aquel suelo ni ha hablado jamás con algún cubano de a pie–, porque en Cuba se carece de un “derecho” elevado a condición sacra en el mundo occidental: el derecho al consumo. De lo que sea: de ropa, calzado, automóviles, aparatos electrodomésticos y bienes y servicios en general, o mejor dicho simples mercancías, pues eso y ninguna otra cosa es en lo que el neoliberalismo ha convertido todo absolutamente, incluidos los votos en una elección e incluso la cultura, que si no se tiene dinero resulta virtualmente inaccesible. Los ejemplos sobran, y basta una revisión menos que somera a la realidad circundante, lo mismo en México que en cualquier otro país latinoamericano, para no ir más lejos.
Por todo lo anterior es curioso, para decirlo con suavidad, que entre los logros de la Revolución cubana suela soslayarse casi de plano el extenso y riquísimo mundo cultural de la Isla, cuyo rostro actual es, le guste a quien le guste y lo niegue quien lo niegue, el que le ha dado esa misma revolución –y esto vale incluso para los más acres críticos del sistema cubano. O quizá sucede que, como con la paradigmática carta de Edgar Allan Poe, que nadie ve precisamente porque la tiene todo el tiempo frente a los ojos, la cultura cubana pareciera existir per se y sin asideros, sin apoyo institucional y sin una estructura que le brinde soporte. Nada más lejos de la realidad, pues entre las primeras decisiones de Estado tomadas en Cuba en aquel ya lejano final de la década de los años cincuenta y principios de los sesenta, destacan las que tuvieron que ver con la creación de un sistema cultural en toda regla, muchas de cuyas instituciones fueron pioneras en sus respectivas ramas en el ámbito latinoamericano, y hasta la fecha siguen vigentes. Algunas de ellas son la uneac, Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, que data de 1961; el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (icaic), fundado en 1959, la Escuela Inter-nacional de Cine y Televisión (eictv), creada a mediados de los ochenta a partir de una idea de Gabriel García Márquez y que forma parte de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, a su vez responsable del festival cinematográfico que año con año se celebra en La Habana, y la más conocida y auténtica joya de las instituciones culturales cubanas, la Casa de las Américas.

Una Casa para la cultura de este lado del mundo

No habían transcurrido siquiera cuatro meses desde que, como dice la letra de una célebre canción cubana, “los barbudos junto a Fidel” entraran triunfalmente en la ciudad de Santiago, cuando un decreto de ley publicado el 28 de abril de aquel mismo año de 1959 determinó la creación de la Casa de las Américas, concebida desde el principio para fomentar no sólo la producción cultural dentro de la Isla, sino para trabajar en la integración sociocultural con el Caribe, América Latina y el resto del mundo.Inaugurada el 4 de julio de ese mismo año, correspondió a la guerrillera y política Haydée Santamaría Cuadrado, mejor conocida como Yeyé, fungir como la primera directora de la Casa, cargo en el que se mantuvo desde entonces y hasta su muerte, ocurrida en 1980. Después de ella, han ocupado el puesto el pintor Mariano Rodríguez Álvarez, entre 1980 y 1986, y el bien conocido poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar desde este último año hasta la fecha.
Indudablemente, la Casa es conocida sobre todo por el premio literario que otorga, cuya primera entrega se verificó en 1960, es decir, apenas un año después de haber sido fundada la institución. Inicialmente llamado Concurso Literario Hispanoamericano, más adelante y para incluir a Brasil cambió a Latinoamericano, y desde 1965 lleva su nombre actual, Premio Literario Casa de las Américas. La lista de autores vinculados al Premio, ya sea en calidad de jurados o de ganadores, es demasiado extensa; baste anotar aquí los nombres de los cubanos Nicolás Guillén, José Lezama Lima y Alejo Carpentier, el salvadoreño Roque Dalton, el argentino Juan Gelman, el chileno Antonio Skármeta, el mexicano Juan Bañuelos, la uruguaya Idea Vilariño, el brasileño Rubem Fonseca y el colombiano Juan Manuel Roca.
Equivalente a lo que en otros países es un ministerio o una secretaría de Estado, La Casa de las Américas abarca en sus departamentos las principales ramas de actividad cultural. Además de su célebre revista homónima, cuya aparición desde hace sesenta y seis años la convierte en la publicación cultural más longeva de esta región del mundo, entre otras áreas de actividad está el Departamento de Teatro, creado en 1964, si bien desde 1961 la Casa organizó el Primer Festival de Teatro Latinoamericano, después convertido en festival internacional, que dio pie a los bienales Encuentros Internacionales de Teatristas. Asi-mismo, el Departamento edita Conjunto, una de las revistas especializadas más añejas del continente.
Con más de doscientos mil volúmenes impresos en su acervo, entre libros y publicaciones periódicas, además de discos compactos, videos, microfichas, microfilmes y diapositivas, la Biblioteca José Antonio Echeverría, creada dos meses después que la propia Casa, es considerada la más completa del mundo en materia de literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo xx.
Por su parte, el Centro de Investigaciones Literarias, fundado en 1967, es el encargado de gestionar el Premio de la Casa, además de generar y divulgar estudios relativos a la literatura de toda América Latina, impartir cursos de postgrado, organizar ciclos de conferencias y coloquios, elaborar recopilaciones, antologías y otras ediciones, asesorar a la revista de la Casa y al fondo editorial de la misma, así como coeditar, con la uneac, la revista Criterios, dedicada a la teoría de la cultura.
Fundada el 1965, la Dirección de Música es quizá una de las áreas con mayor actividad, debido a la bien conocida riqueza cubana en este arte. Conciertos, talleres, conferencias y otras actividades como la investigación y la difusión, se suman a la entrega del Premio de Musicología, el Coloquio Internacional de Musicología, el Premio de Composición, el Taller Latinoamericano de Composición y una colección editorial especializada, entre la que destaca la publicación trimestral Boletín Música.
El Departamento de Artes Plásticas, creado apenas dos años después que la propia Casa, posee un acervo superior a las 10 mil obras procedentes de Cuba y el resto de Latinoamérica y el mundo; además, entre otras actividades organiza certámenes y brinda espacios de debate en la materia, cura exposiciones, documenta y sistematiza información alusiva y edita la revista digital Arteamérica.
Con casi tres décadas de actividad, desde mediados de los años setenta del siglo pasado, el Centro de Estudios del Caribe (cec) de la Casa es pionero en su materia, así como en otorgar un premio literario a la literatura de esta región geográfica y cultural. Es bien conocida su publicación, Anales del Caribe, que incluye textos en lenguas originales, así como los seminarios de cultura afroamericana que tuvieron lugar de 1993 a 1998, los coloquios sobre el Caribe Continental, el Encuentro Internacional Mitos en´ el Caribe y el coloquio internacional de Diversidad Cultural en el Caribe. Asimismo, hace veintidós años fue establecido el Programa de Estudios de la Mujer, con el propósito de abordar la historia y la cultura de las mujeres del Caribe y América Latina en los últimos cinco siglos y lo que va del actual

Julio César García (México, 1968) estudió Lengua y Literatura Hispánicas; narrador y ensayista, ha publicado, entre otros, “Después del boom: nuevos narradores de América Latina” y “Onelio Jorge Cardoso: un cubano clásico casi clandestino”.