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viernes, 19 de noviembre de 2010

Congreso de los Pueblos: la Colombia de abajo y a la izquierda



Raúl Zibechi

Los importantes acontecimientos sucedidos en octubre en el escenario político sudamericano, las dos vueltas de las elecciones brasileñas y la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, además de las repercusiones de los sucesos de Ecuador del 30 de septiembre, opacaron uno de los más importantes hechos que involucra a los movimientos sociales: la realización de la primera sesión del Congreso de los Pueblos, en Bogotá, Colombia, entre el 8 y el 12 de octubre.

Algunas cifras sirven para dar cuenta de la importancia del suceso. Hasta la Universidad Nacional, sede del congreso, llegaron 17 mil integrantes de 212 organizaciones, 8 mil de Bogotá y alrededores y otros 9 mil del resto del país. El primer día de debates estuvo organizado en torno a sectores sociales y se formaron 34 comisiones. El segundo se trabajó por regiones y se formaron 56 comisiones. El tercer día se debatió en dos grandes grupos alrededor de estrategia, movilización y protección, y se realizó luego una plenaria. El 12 de octubre, finalizando el congreso, una enorme marcha llegó hasta la plaza Bolívar, la misma que fue escenario de las primeras acciones contra la dominación española hace 200 años.

Yo diría que es una coordinación desde abajo, señala una integrante de Hijos (Hijos e Hijas por la Memoria y contra la Impunidad), recordando que se trata de un largo proceso nacido con la movilización del pueblo nasa del Cauca, que realizó su primera reunión multitudinaria en octubre de 2004 hacia Cali. En esa fecha se realizó el Primer Congreso Indígena y Popular, que no fue un campeonato de oratoria sino, como dicen los nasa, el inicio del largo proceso de caminar la palabra. De algún modo, el Congreso de los Pueblos fue posible gracias a la determinación nasa, algo que fue visible en la Universidad Nacional, recinto protegido por cientos de integrantes de la guardia indígena.

Indígenas, afrodescendientes, campesinos, mujeres y jóvenes –además de cientos de niños y niñas que hicieron su propio congresito– abandonaron la costumbre inveterada de la representación del pueblo y de la delegación de su voluntad en partidos o vanguardias autoproclamadas, según la lectura del economista y militante Héctor León Moncayo en el periódico Desde Abajo. También acudieron colectivos de desplazados –4 millones como consecuencia de la guerra–, de desempleados y sin techo, junto a colectivos de gays, lesbianas y transexuales.

El gran ausente fue el movimiento sindical, que sigue anclado en la cultura de la representación y la demanda al Estado. Por el contrario, el Congreso de los Pueblos se construyó con base en mandatos levantados desde las bases. Ninguno hablaba como líder ni como individuo. Hablaban como región, como organización, como campesinos o como jóvenes, dice la integrante de Hijos. Las delegaciones tenían responsables para las diferentes comisiones del enorme campamento que se montó en la Universidad Nacional: aseo, alojamiento, comida, logística, comunicaciones, entre otras. La convivencia hizo del congreso algo diferente a los clásicos encuentros de las izquierdas y las organizaciones institucionalizadas.

El encuentro fue, de algún modo, una suerte de balance del camino escogido desde los años 90, el de la representación, el electoral, que dio como su principal fruto la formación del Polo Democrático Alternativo, apunta León Moncayo. No se quedó en los debates. Apuntó más allá de la denuncia y el pliego a los gobernantes y proclamó su deseo de comenzar a construir un mundo nuevo, algo que los participantes denominaron legislar desde abajo. En las comisiones se trabajó con base en tres preguntas: cuáles son los problemas, qué vamos a hacer con ellos y cómo lo vamos a hacer. Una nueva cultura política en construcción que no demanda sino construye, no delega sino articula, como sucede en las comunidades indígenas del mundo todo.

El congreso se realizó en un momento político decisivo para el país. El presidente Juan Manuel Santos está comenzando a implementar su política de unidad nacional que busca superar la polarización interna y el aislamiento internacional heredados de la gestión de Uribe, mientras se mantiene la misma política económica y la agenda neoliberal. Uno de los propósitos centrales para sostener la gobernabilidad del modelo consiste en superar el estilo terrateniente de hacer política integrando al conjunto de la burguesía al nuevo gobierno y, sobre todo, en institucionalizar a las organizaciones y movimientos sociales por medio de una estrategia de cooptación. El vicepresidente de Santos, el ex izquierdista y ex miembro de la Unión Popular Angelino Garzón, es una pieza clave. El Congreso de los Pueblos salió al cruce de esta nueva estrategia de los de arriba al comenzar a revertir la dispersión del abajo.

Los próximos 20 y 21 de noviembre se reunirán representantes de las 212 organizaciones que acudieron al congreso para diseñar planes de trabajo con base en las relatorías de las comisiones. A mediados de 2011 se comenzarán a realizar encuentros regionales y temáticos para expandir y profundizar el proceso iniciado. Un proceso que nació en cientos de asambleas y redes barriales y regionales retorna abajo para unir y enraizar la autonomía popular y la deliberación y acción conjunta en todos los rincones del país, para hacer de nuevo a Colombia, como reza la declaración final.

En el calor de las cocinas y en las fiestas nocturnas comenzó a hacerse realidad el objetivo de este congreso: Que el país de abajo legisle. Que los pueblos manden. Que la gente ordene el territorio, la economía y la forma de gobernarse. Que camine la palabra. No esperamos gran cosa de los congresistas y gobernantes, puede leerse en la declaración Palabra del Congreso de los Pueblos. Seis años después de aquella colorida y tumultuosa marcha hacia Cali, la palabra indígena está tejiendo corazones con otras palabras en lo que probablemente sea el comienzo de otra historia de los de abajo en Colombia.

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