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domingo, 28 de julio de 2019

Las guerras culturales en la 4T: las elites del desprecio



Las relaciones entre el poder político y económico y los que son considerados por sí mismos y/o por los demás como intelectuales, nunca han sido sencillas, ni en el mundo occidental ni en México. En este país, desde la independencia, el involucramiento de los miembros intelectuales de la clase dominante y de los sectores que pueden ser considerados de la clase media ha estado en función de los violentos acontecimientos que constituyen los momentos históricos de la nación. Desde el grupo de intelectuales que organizaron, pelearon y murieron en el proceso de independencia (al parecer Hidalgo, ante la falta de cañones y la ignorancia de cómo hacerlos, sugirió consultar en los libros de la Enciclopedia francesa de la Ilustración traídos de contrabando), pasando por los intelectuales que estaban asociados al juarismo como la forma que ciertos sectores de la burguesía vieron para expulsar a los invasores, hasta llegar a los intelectuales que apoyaron de múltiples forma la dictadura de Díaz, los intelectuales mexicanos anteriores al siglo XX dieron la pauta de comportamiento que sus continuadores ejercieron en el siglo XX. Como saben bien aquellos que se interesan por la historia y por la historia de las ideas en México, en términos generales la actitud de los intelectuales del período posterior a la guerra civil conocida como Revolución Mexicana ha ido de un franco apoyo cuando sometimiento a la clase dominante y sus cipayos políticos a momentos de enfrentamientos como los sucedidos después de la matanza de Tlatelolco o en los inicios de la rebelión zapatista de 1994, algo que no tardaron en corregir con el sometimiento intelectual de las reuniones llevadas a cabo por representantes de ellos en el período de Echeverría en la década siguiente a la matanza y el de Salinas en los años 80, y con las críticas de mala voluntad contra los indígenas rebeldes, por poner los casos más paradigmáticos: los casos de congruencia constante y militante opositora, informada e ideológica como José Revueltas, fueron tan raros que quizás sobresalen precisamente por esto. 

Y a pesar de que sus representantes más evidentes han tratado de dar la idea en contrario, lo cierto es que salvo honorables, los intelectuales durante el período neoliberal de los últimos 40 años en general no cambiaron ese patrón de sometimiento a las clases dominantes: lo profundizaron. Las justificaciones y presuntas explicaciones que ofrecieron los académicos de las universidades y los centros de investigación públicos y privados y los intelectuales del mundo cultural, para evitar cualquier rebelión contra las medidas del saqueo a la población trabajadora y la concentración de la riqueza por parte de una clase ya de por sí inmensamente rica y poderosa, ayudaron a configurar y cimentar la idea del discurso único que desde la Inglaterra neoliberal y los Estados Unidos del reganomics se fundó, para, efectivamente, evitar que los explotados pudieran siquiera pensar en buscar alternativas contra el saqueo y la guerra de clases que se estaba y se está llevando en su contra. Quizás no exista ejemplo en toda la historia de este país del más abyecto sometimiento ideológico, superando incluso el sometimiento del período inmediato anterior, de quienes teóricamente deberían de poner en duda la situación político, económico y social que incluso puso en patas arriba, a la vuelta de los años, los cimientos sobre los que teóricamente el liberalismo se encuentra levantado, tal como lo demuestran las amargas polémicas que dentro del mismo y de éste con el polisémico e indefinido o definido a conveniencia populismo, aparecen periódicamente en medios especializados y en la prensa que les da cabida[1].

Evidentemente que en todo lo anterior y en lo que sigue, hablamos de los intelectuales de la derecha y de los que se encuentran ligados de una forma u otra a la izquierda reformista a lo largo del siglo XX y lo que va de este. Generalmente escriben en los principales diarios del país y/o tienen alguna influencia en la televisión y la radio, así como en redes sociales.

La llegada de El Líder y su partido, Morena, al poder, el primer día de diciembre del año pasado, ha cambiado de manera evidente el sometimiento intelectual de quienes en el resumen anterior vimos que no tenían problema alguno con su silencio durante el neoliberalismo. Como si de repente recordaran la función del intelectual tal y como lo plantea Edward Said, como si quisieran dar un mentís al reclamo que Julian Benda realizó hace casi un siglo sobre la traición de su función, los intelectuales que justificaron la miseria de la población trabajadora, la expoliación de los recursos naturales y la concentración de la riqueza, en suma, los intelectuales cercanos o derivados del poder político y económico de los dueños del país, y los intelectuales que dicen identificarse con posturas de izquierda sobre todo de carácter institucional como son los de la fracasada opción del perredismo, empezaron a cuestionar con datos pero sobre todo con mentiras, con evidencias pero sobre todo con mucha carga ideológica, las actividades del gobierno del Obradorismo-zen que en sus aciertos y sus equivocaciones, esos hombres y mujeres han decidido simplemente meter en el mismo saco de su desprecio ideológico y moral.

Parece increíble que una opción derivada de la ciertos sectores de la burguesía nacional y de la pequeña burguesía y que en resumen puede decirse que consiste en una transformación del capitalismo dependiente mexicano que busca limar las partes mas rudas de la herencia neoliberal sin tocar la concentración de la riqueza, y que busca hacer válidas y funcionales las leyes burguesas que la misma clase dominante burguesa se niega a acatar (dicho de otra forma: la burguesía mexicana se niega a acatar su propio orden jurídico burgués y el obradorismo-zen al parecer intenta corregir esto), genere tanta violencia verbal y escrita por parte de amplios sectores de esa clase y de la clase media que hace poco se sentían y se creían totalmente invulnerables metidos dentro de su circuito de corrupción e impunidad, corrupción e impunidad que por cierto derivaron a la mayor parte de la población por medio de un proceso fomentado por la misma clase dominante y que hemos llamado la ideología de la criminalidad. En cierta forma El Líder tiene razón cuando dice que no solamente se ha dado un cambio de gobierno, sino un cambio de régimen: la forma en la que los antiguos beneficiarios (que no han dejado de ser dueños reales o supuestos de la nación) de ese mencionado circuito han reaccionado, da la impresión que estos sienten las actitudes de los actuales gobernantes no como un cambio de régimen, sino como una revolución. Y si bien desde el punto de vista de la amplia mayoría de la población (que, por cierto, en general apoya la propuesta de El Líder, como bien sabemos) no cambiará su situación actual más que de manera marginal, podemos decir que la pretendida Cuarta Transformación no es más que una Cuarta Simulación, lo cierto es que la violenta reacción de los antiguos beneficiados del neoliberalismo y la creciente ola de rumores de cierto tipo de golpe de Estado, han hecho que nuestros intelectuales se sumen de manera rotunda en la defensa de sus intereses, que al parecer se vuelven los intereses de quienes se sienten desplazados por una revolución que no es más que un ajuste necesario de supervivencia dentro del capitalismo mundial y nacional, a pesar de las quejas e imprecaciones al poder en turno por parte de esos intelectuales que parecen sentirse ofendidos por siquiera pensar en esta posibilidad.

Y en el asunto cultural la pelea de los intelectuales que atacan a El Líder y su gobierno exhibe una violencia nominal e ideológica que creemos que difícilmente se encontrarán en textos económicos y políticos que cuestionen los trabajos y las políticas de aquel, al menos si pretenden estos dar un análisis que sirva para algo a quienes los consultan. Dejando de lado el asunto de polisémico y altamente cuestionado término de populismo al que se hace necesario dedicarle un estudio aparte, el desprecio clasista (y ocasionalmente racista) rezuma en muchos de los textos de las secciones culturales de periódicos y revistas cuya evaluación detallada es, por un lado, casi imposible por la cantidad y el tamaño pero por el otro innecesario, por la repetición de conceptos y desprecios. Así que será una guía de ejemplo el texto de Juan Domingo Argüelles titulado “La élite y el bonche. Cultura y resentimiento” publicado en la sección cultural de El Universal, Confabulario, Número 318, del 14 de julio del año presente.

Compuesto con falacias ad-hominem, basado en la idea principal de que el conocimiento y su disfrute es antes que cualquier otra cosa el fruto del trabajo personal en el cual simple y sencillamente las condiciones sociales, políticas y económicas (en suma, las cuestiones de clase) no cuentan, Domingo Argüelles simplemente no duda haciendo uso de todo esto en acusar al gobierno de fomentar una política cultural del resentimiento basándose en una interpretación muy particular de la idea de Harold Blomm sobre el tema[2]: (La idea de todo el gobierno actual) es una “cultura desde el resentimiento”, tal como la caracteriza Harold Bloom: no es trabajar para que los ciudadanos lleguen al culmen de la creación estética y el pensamiento, sino Ideologizar para uniformar en lo básico y alcanzar, como cumbre, la mediocridad. No sólo la “medianía republicana”, tantas veces pregonada, sino también la pauperización estética e intelectual”, escribe el autor sin explicarnos como una idea filosófico-literaria o si lo quieren de crítica literaria deriva en una idea político-administrativa tan despreciable como la que según el intelectual dice que El Líder y sus gobierno impulsa de acuerdo a una idea casi pedestre de cultura: “La idea de 'cultura' de López Obrador es la más básica, la de carácter antropológico: cultura es todo lo que no es naturaleza. Y esto es indiscutible, pero también lleva a confundir… la Danza de los viejitos con El lago de los cisnes y El cascanueces de Tchaikovski; o la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, con los Diálogos de Platón y los Ensayos de Montaigne”, dando a entender a las claras que en la cultura hay niveles: cincuenta años después de los discursos posestructuralistas y posmodernos volvemos al punto de partida, hay Cultura y hay cultura, aunque por cierto Alfonso Reyes es posible que no estuviera muy de acuerdo en ser puesto al mismo nivel de la danza popular (a la que Domingo la pone por abajo de la categoría). Y no por la danza popular en sí misma, sino por la manera en que nuestro escritor mexicano e intelectual realiza las equivalencias.

¿Es el gobierno una élite? ¿Importa? Para Juan Domingo A. sí porque en su pelea con el populismo obradorista que pretende hacer a según él de todos los mexicanos lectores y escritores, se contrapone a la necesidad de cuidar y proteger a las elites que tanto se han esforzado por la cultura que verdaderamente debe considerarse como tal. Si nuestro intelectual pone en relieve a Saramago (“Leer siempre fue y será cosa de una minoría y no vamos a exigir a todo el mundo la pasión por la lectura”) nosotros podemos agregar a un anarquista muy popular que dijo que siempre ha existido individuos como Aristóteles o individuos como Platón pero nunca pueblos Sócrates. ¿Y todo esto qué? Teóricamente, creemos, que el Fondo de Cultura Económica venda los libros muy baratos, no debería generar problemas con las ideas culturales de una élite, a menos que se plantee que eso no está bien pero que sí es correcto dar 1,700 millones de pesos por parte del Estado a Salinas Pliego y sus orquestas en los últimos diez años mientras la Secretaría de Cultura tenía una merma del 60% de su presupuesto y se cerraban muchas propuestas culturales (algo que los acusadores del Obradorismo-zen evitan mencionar)[3]: se vendía como filantropía cultural y educativa lo que en realidad siempre fue negocio de particulares con costo al erario público. Mas todo esto es seguro que se le presenta transparente a nuestro obtuso intelectual: “Ahora bien: Los artistas y escritores, que realmente tengan vocación y talento, desarrollarán esa vocación y ese talento incluso si no tiene el apoyo del Estado. ¿Qué apoyo del Estado, para escribir Bajo el Volcán, tuvo el borracho Malcom Lowry?, ¿qué apoyo del Estado, para escribir sus Baladas, tuvo el crápula Francois Villon?, ¿qué apoyo del Estado, para escribir Pedro Páramo, tuvo el genial vendedor de neumáticos, Juan Rulfo?” se pregunta muy serio nuestro intelectual y no está demás preguntarse para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo: ¿qué puede importarle a él y a otros como él si el Estado da dinero para quiénes de otra forma no podrían acceder a la cultura de los privilegiados, si todo se decide en la individualidad de quiénes son iluminados?

La respuesta a esta última pregunta la proporciona el mismo intelectual: el Estado se apropia del trabajo de los intelectuales aunque sea para presumirlo (lo cual, por cierto, es real: lo hacen lo mismo las dictaduras que los Estados que el intelectual llama populistas, y también las democracias que tanto le agradan), y el apoyo del Estado a los que no son de la elite es casi una ofensa a quienes el individualismo extremo les permite no ver las cuestiones sociales: “En todo tiempo, y en todo lugar, las aptitudes, los talentos y las inclinaciones personales han determinado el ejercicio y el disfrute del arte y la cultura. Por supuesto, también son determinantes los niveles educativos…” nos escribe el intelectual aunque por un lado hay una aceptación de que en una sociedad plural el Estado debe garantizar esa pluralidad aún en el mundo de las letras obradoristas: “Lo importante en la denominada “república de los lectores”, no es que todo el mundo esté pegado permanentemente a los libros, sino que todo el mundo tenga acceso a ellos, más allá de que cada cual decida si le gusta leer mucho o poco, o no leer en absoluto” (¿acaso no se está llevando ahora todo esto por sus enemigos ideológicos?), mientras que por el otro lado le exige al mismo Estado las garantías de que se reconozca como elite (aunque sea una elite de comisarios culturales) para que se proteja a la elite intelectual que es que vale la pena (recuerda mucho a Nietzsche en aquel libro que no es llamado El Estado Griego): “Los artistas y los creadores son sustantivos (¿verbos encarnados?); los administradores y los políticos, son adjetivos. Y más adjetivos aún los comisarios, aunque se crean indispensables”.

Los indispensables son Ellos, los de la Elite, aquellos que, como Nietzsche en su famoso libro ya citado, deben ser cuidados por el Estado. Juan Domingo Argüelles y sus colegas deben ser sostenidos y protegidos por el Estado, aunque ellos no necesiten de sus recursos y por lo cual se sienten orgullosos, pero sí que necesitan que el Estado contenga a ese bonche despreciable: “Y, en todos los casos, lo que se presume es el culmen, la cúspide, la cima del quehacer artístico y literario: la élite y no el bonche (gran cantidad de gente), incluso tratándose de destacados talentos que surgen dentro del bonche. Véase el caso del músico, compositor y director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel, genio musical moderno desde la infancia, y artista de élite, no del bonche. ¿En dónde situamos al arquitecto Luis Barragán y al pintor Rufino Tamayo? ¡En la élite, no en el bonche!” conmina decididamente nuestro Gran Intelectual con una sencillez que no encontraremos en Nietzsche y también con una gran falta de honestidad intelectual que al gran pensador alemán le sobraba ya que este sí pensaba que El Estado debía defender a los Elegidos como él de cualquier rebelión que los esclavos pudieran realizar creyendo que tuvieran derechos a dignidad alguna, muy a pesar de los intentos de edulcoración por parte de la izquierda cultural[4]. Y nada de exhibirlos en listas que ellos consideran inquisitoriales[5], ya que a los integrantes de la élite nunca le ha parecido problemático que la búsqueda del elitismo sea su norte: “La élite y “el elitismo”, que tanto escaldan a los poderes demagógicos son, sin duda, las metas de todo artista que se respete. Unos pocos (la élite) las alcanzan; muchos, en cambio, tienen que conformarse (aunque no quieran) con ser parte del bonche. Y, a pesar de esto último, todos los artistas y escritores (incluidos los del bonche) llevan a cabo su obra animados por ser los primeros para estar junto a los más grandes (sus modelos), no para formar parte del montón”, y cualquier otra cosa que salga de este marco es sostener al bonche, al resto, a todos aquellos que no pertenecen a la élite, en suma, pérdida de tiempo y recursos que deben ser mejor orientados a donde Ellos, la élite, los Elegidos, digan. ¿Y la cultura como derecho de todos que en alguna época pregonaba la izquierda? ¿Y la pretendida igualdad que ponía a según la derecha cultural al mismo nivel ideológico y discursivo al chamán y al doctor en medicina, al hombre de la calle y al físico nuclear? ¿Y aquel pensamiento que en su época se consideraba de avanzada y que planteaba nivelar el lenguaje de todos y que ahora se ha traducido en un empobrecimiento sistemático del idioma? ¿Y todas aquellas propuestas que nos decían que todo es un asunto de poder porque son las élites las que se benefician en la vigilancia de todos nosotros? En el bote de la basura ideológica porque a la hora en que los del bonche se creen con los mismos derechos que los Elegidos gracias a la presencia de un gobierno que cree que la legalidad burguesa para todos se traduce en que todos tienen la mismas garantías y oportunidades incluyendo el acceso y el disfrute a la cultura, no es hora de seguir sosteniendo memeces que finalmente eran para el bonche y para la estúpida izquierda que se ha tragado carnada, plomada, caña y brazo ideológico de la derecha con tal de no tener que reconocer su propio fracaso ideológico y político. Como lo deja en claro nuestro intelectual, Elegido si hay uno, hay Cultura y hay cultura, y hay que defender a los que la hacen buena, y no andar perdiendo el tiempo en trivialidades[6].

Sobre la base de que existe una democracia política y una institucionalidad que caracterizan a un país que se califique a sí mismo democrático, y para ambos bandos supuestamente México lo es y también ambos lo sostienen, los intelectuales antiobradoristas así como los oficialistas debaten sobre la forma en que unos y otros esperan usar y defender los recursos y las instituciones. En cualquier país con una real democracia burguesa (y no es necesario mirar a el primer mundo) estos debates serían más de trámite que de fondo. Para la derecha lo que el obradorismo-zen y El Líder vienen haciendo en el aspecto cultural más no solamente en esto, se presenta como afrenta a sus privilegios atávicos que no quieren que sean cuestionados. Estos intelectuales representan la versión exquisita de una barbarie de clase y de casta que al parecer no está dispuesta a perder lo que por herencia consideran suyo. Señores de Horca y Cuchillo, incluso en su deriva intelectual, no pueden aceptar que otras elites cuestionen sus derechos, y mucho menos que exista gente del bonche que crea que pueda estar al mismo nivel de los selectos, aunque para defender sus privilegios tengan que recurrir a los desprecios culturales y morales más reaccionarios, que son, a fin de cuenta, más que su herencia, la herencia de los Elegidos.

Notas:
[1] Por ejemplo: Jan-Werner Müller. La crisis de la conciencia (Dilemas del liberalismo). Revista Nexos No. 488, agosto de 2018.
[3] Noticiero Milenio TV, julio 22 de 2019, 20:00 hr.. Además: https://aristeguinoticias.com/2106/mexico/falsafilantropia-azteca-les-arrebato-la-orquesta-no-la-musica/, https://www.radioformula.com.mx/noticias/mexico/20180619/la-falsa-filantropia-de-salinas-pliego-esperanza-azteca-es-financiada-con-recursos-publicos/, https://www.24-horas.mx/2018/06/22/orquestas-de-tv-azteca-florecen-y-cultura-en-mexico-se-asfixia-cuarto-capitulo-de-la-falsa-filantropia/ (La cultura se asfixia. El periodo 2012-2018 ha sido un oscuro callejón financiero para instituciones y programas oficiales e independientes: la Secretaría de Cultura perdió 58% de su presupuesto; al Centro de Capacitación Cinematográfica, la destacada escuela de cine, le cortaron 61% de los fondos. El financiamiento a festivales se redujo 53%; a la red de Librerías Educal tampoco le fue bien: su presupuesto se achicó 53%. … Mientras, las orquestas infantiles de TV Azteca florecen. Los legisladores, el gobierno federal y 29 gobernadores les han entregado recursos públicos por $1,689 millones).
[4] La educación, que ante todo es una verdadera necesidad artística, se basa en una razón espantosa; y esta razón se oculta bajo el sentimiento crepuscular del pudor. Con el fin de que haya un terreno amplio, profundo y fértil para el desarrollo del arte, la inmensa mayoría, al servicio de una minoría y más allá de sus necesidades individuales, ha de someterse como esclava a la necesidad de la vida a sus expensas, por su plus de trabajo, la clase privilegiada ha de ser sustraída a la lucha por la existencia, para que cree y satisfaga un nuevo mundo de necesidades”. Friedrich Nietzsche. El Estado Griego. Colección Carrascalejo de la Jara. El Cid Editor. Argentina, s/f. Página 12.
[5] En otro artículo semejante aunque menos agresivo aparecido en el mismo número de Confabulario, Christopher Domínguez Michael se queja de la lista de beneficiarios de las becas del FONCA que publicó Notimex, la agencia noticiera del Estado mexicano. ¿De verdad una lista puede hacer tanta mella en el prestigio de los mencionados? ¿Es tan pobre su autoestima y su capacidad referencial? No lo creemos, y se hace necesario preguntarse porque en una situación semejante una nadadora olímpica tuvo mejor respuesta que nuestros intelectuales cuando al ser cuestionados los métodos de evaluación y calificación para los juegos Olímpicos y demás en puerta por parte de un diputado del partido oficial, aquella le contestó que se informara mejor de los métodos de calificación, que no son lineales como el diputado lo suponía. Asunto terminado. ¿Qué tanto conocemos de las maneras en que dichas becas son asignadas? ¿No será que al mantener el problema a nivel de individualidades se nos niega por parte de todos los involucrados de conocer dichas maneras?. Christopher Domínguez Michael. La demolición del Estado cultural. Confabulario No. 318. Suplemento cultural de El Universal. 14 de julio de 2019.
[6] El Estado debe cuidar a los de la élite según nuestro intelectual y siempre hay forma de decirlo: “Que todos sean artistas y consumidores de las bellas artes es una desmesura de la demagogia y una mentira de la política. Como su nombre ya lo indica, las administraciones culturales, en todo el mundo, no hacen cultura, la administran, o pretenden administrarla, aunque, en realidad, lo que deberían de hacer, estrictamente, es apoyarla y difundirla, especialmente brindando iniciación, formación y libertad a los creadores, y formando públicos”. Que esto de formar públicos sea función del Estado y no el producto de su propuesta elitista, no parece generar a Juan Domingo Argüelles ni a otros intelectuales como él problema alguno: ¿para qué desgastarse si el Estado puede brindarles sus consumidores? Como los empresarios que piden que el Estado siga educando a la masa de acuerdo con sus propuestas educativas por la vía de reformas educativas a modo, los intelectuales de la élite quieren que el Estado les de sus consumidores a modo. Nietzsche siempre ha sido honesto, no como nuestros elitistas: “Por eso hemos de aceptar como verdadero, aunque suene horriblemente, el hecho de que la esclavitud pertenece a la esencia de una cultura; ésta es una verdad, ciertamente, que no deja ya duda alguna sobre el absoluto valor de la existencia. Es el buitre que roe las entrañas de todos los Prometeos de la cultura. La miseria del hombre que vive en condiciones difíciles debe ser aumentada, para que un pequeño número de hombres olímpicos pueda acometer la creación de un mundo artístico. Aquí esta la fuente de aquella rabia que los comunistas y socialistas, así como sus pálidos descendientes, la blanca raza de los “liberales” de todo tiempo, han alimentado contra todas las artes, pero también contra la Antigüedad clásica”. Y el Estado, en este ensayo la administración cultural de nuestro intelectual, siempre tiene que ser claro en sostener su función: “Por fuerte que sea el instinto social del hombre, sólo la fuerte grapa del Estado sirve para organizar, a las masas de modo que se pueda evitar la descomposición química de la sociedad, con su moderna estructura piramidal. ¿Pero de dónde surge este poder repentino del Estado cuyos fines escapan a la previsión y al egoísmo de los individuos? ¿Cómo nace el esclavo, ese topo de la cultura? Los griegos nos lo revelaron con su certero instinto político, que aun en los estadios más elevados de su civilización y humanidad no cesó de advertirles con acento broncíneo: “el vencido pertenece al vencedor, con su mujer y sus hijos, con sus bienes y con su sangre. La fuerza se impone al derecho, y no hay derecho que en su origen no sea demasía, usurpación violenta”. Friedrich Nietzsche. El Estado Griego. Colección Carrascalejo de la Jara. El Cid Editor. Argentina, s/f. Página s 12, y 14-15.
Las citas que nuestro intelectual hace de T. S. Elliot tienen como bien se puede ver, la idea de fortalecer el elitismo de la existencia del Estado.  

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