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domingo, 25 de marzo de 2018

La guerra fría nunca nos abandonó



Marcos Roitman Rosenmann


La caída del muro de Berlín pareció anunciar una nueva era en las relaciones internacionales. Ese 9 de noviembre de 1989 marcaba un punto de inflexión. El telón de acero, así bautizado por Winston Churchill, se fundía en historia. El mundo se debatía entre la incredulidad y la incertidumbre. Atrás quedaban décadas de enfrentamientos. Los muertos de uno y otro lados se enterraban sin solución de continuidad. Dos años más tarde otro suceso desbordó la imaginación. La URSS entraba en colapso. Su último presidente, Mijail Gorbachov, renunciaba al cargo el 25 de diciembre de 1991. Parecía ser broma de mal gusto, regalo de navidades. La Perestroika y el Glasnost se fundieron en un camino sin retorno.


Boris Yeltsin, miembro de la nomenclatura, cuya renuncia al PCUS le granjeó las simpatías de Estados Unidos, asumió el mando. Desde 1990 fungía de presidente de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia. Tras un papel protagónico en hacer fracasar el golpe de Estado en agosto de 1991 ilegalizó el PCUS y disolvió la KGB, firmando la sentencia de muerte del Estado soviético. Instalado como hombre fuerte en el Kremlin, dio la bienvenida a la Federación Rusa. Se iniciaron las reformas. Fue el camino de regreso al capitalismo. Privatizaciones, desregulación, apertura financiera y comercial, desmembramiento territorial. La nomenclatura se recicló en la nueva oligarquía. Estados Unidos y sus socios cantaron victoria. El comunismo había sido derrotado política y militarmente. La guerra fría concluía con el triunfo aplastante de las doctrinas liberales. Otro ciclo histórico se abría paso: la era de la globalización. Un mundo nuevo, tres veces nuevo, dirá el entonces primer ministro británico Tony Blair, emergía de las cenizas de la URSS. El enemigo mutaba en amigo.

Samuel Huntington, miembro del Consejo de Seguridad Nacional, asesor del ex presidente Lyndon Johnson, ideólogo de los bombardeos B-52 sobre la población del Vietnam en 1968, redactó en 1993 su propuesta para el dominio unilateral de Estados Unidos. El mundo, vaticinó, vivirá un choque de civilizaciones. Proteger a Occidente, deshacerse de la democracia y garantizar el poderío militar sobre potencias emergentes era el paso siguiente. Todos coincidían. La posguerra fría quedó inaugurada entre abrazos y brindis. La humanidad se redefinió. El miedo a un holocausto nuclear entró en barbecho. La aniquilación mutua era un mal sueño, del cual se despertaba para abrazar la paz mundial. Bastaba ver cómo los países del Este renegaban de su pasado y se reconvertían al capitalismo.

El Pacto de Varsovia, brazo militar del extinto bloque soviético, nacido en 1955 para hacer frente a la OTAN, se disolvía sin pena ni gloria. Mientras tanto, la OTAN, creada en 1949, se refundó para hacer frente al choque de civilizaciones. Países provenientes del Pacto de Varsovia solicitaron su incorporación. En 1999 fueron declarados miembros de pleno derecho. Hungría, Polonia y la naciente República Checa. Antes enemigos, ahora aliados estratégicos. En 2004 lo hicieron Bulgaria, Rumania y Eslovenia. La guerra de los balcanes (1991-2001) desmembró Yugoslavia y Checoslovaquia. De sus entrañas, nuevos Estados se sumaron al tratado. En 2009 lo hicieron Croacia y Albania. En 2017, Montenegro. Ni sombra de la guerra fría. Rusia no suponía un problema. La balanza de poder se mostraba equilibrada. Las áreas de influencia dibujaban un mapa en calma chicha. Otros actores entraron en escena. Los llamados países emergentes redefinían el punto de mira. Nuevas guerras, socios y enemigos. La sempiterna lucha por el control de las materias primas, el calentamiento global, los Estados fallidos, dibujaron un cuadro nada halagüeño. 2001 y los atentados contra las Torres Gemelas marcaron el punto de no retorno. Se reavivaron fantasmas. Estados Unidos emprendió una nueva cruzada. Esta vez fueron muchos los frentes abiertos, rescatando la lucha anticomunista, si alguna vez la abandonó. El interregno de la administración Obama, con su política de acercamiento y distensión, se diluye. Donald Trump reaviva los principios de la guerra fría. El apoyo a procesos desestabilizadores, argumentario belicista, acompañado del ideario de la doctrina de la seguridad nacional, cobra fuerza. La OTAN se convierte en el gendarme mundial. Los escenarios de guerra en África, Asia y la activación de los golpes de Estado en América Latina, así como los procesos de involución política en Europa, marcan la agenda.

Estados Unidos supo jugar con los tiempos para reactivar a su antojo la guerra fría. Bastaba instalar en la Casa Blanca a un fundamentalista, al estilo de Ronald Reagan, para darle consistencia. Donald Trump fue el elegido. Su decisión de abandonar unilateralmente el Tratado de Misiles Antibalísticos redita la nunca concluida guerra fría. Rusia, ya no la URSS, se convierte en el enemigo. A éste se suman Corea del Norte, China, Irán y, desde luego, Venezuela.

El nombramiento de John Bolton como consejero de seguridad nacional, adalid de la guerra contra Irak, contrario a los acuerdos con Irán, defensor de una invasión a Corea del Norte y de imponer sanciones comerciales a China, es una muestra. Rusia se reinventa como enemigo. La respuesta al abandono del tratado antimisiles no se hizo esperar. Vladimir Putin hizo pública la creación del nuevo misil crucero indetectable, capaz de romper el escudo antimisiles de Estados Unidos. Asimismo, las acusaciones de injerencia rusa en las elecciones presidenciales estadunidenses responden a esta nueva guerra fría, en la cual el enemigo adopta mil caras, desde el terrorismo islámico hasta la estrategia china por imponer su dominación, esta vez inundando el mundo con sus productos. En definitiva, la guerra fría siempre estuvo entre nosotros. Nunca nos abandonó. Más bien se camufló bajo la globalización neoliberal.

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