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lunes, 16 de mayo de 2016

Movimientos ¿en movimiento?



Hermann Bellinghausen
La Jornada
¿Cómo entender lo que se denomina como movimientos? Sean regionales, vecinales, gremiales, autonómicos, campesinos, indígenas, de género; sean contra desalojos urbanos, despojo de tierras por compra obligada o decreto; por desastres inducidos o naturales, desarrollos mineros, inmobiliarios, turísticos; de rechazo a cultivos Frankenstein, leyes y reglamentos lesivos para los de abajo (y hasta los de en medio), tratados secretos con el capitalismo foráneo (como lo llamaba el Che Guevara); en favor de la libertad de expresión, tránsito, siembra de semillas propias.
Desde la experiencia latinoamericana, implican un estar-fuera-del-Estado, de los mecanismos de control, cooptación y castigo; no ser partidistas, o serlo de manera secundaria, autónoma de la nube electoral. ¿Cómo podrían asociarse con gobiernos, incluso los que diciéndose progresistas (y siéndolo, comparados con los reaccionarios y autoritarios) que siguen la corriente mundial del supra-gobierno financiero, ideológico y militar que ejerce el neoliberalismo; resultan presa fácil de una derecha que saca raja de sus desprestigios y cuenta con mayor margen para el cinismo.
Los movimientos, en particular los de matriz indígena, poseen arraigo territorial, de identidad o lengua, de interés comunitario. Su meta es defender la vida, lo bueno posible en los lugares que habitan ancestralmente o por recuperación legítima.
Raúl Zibechi observa y analiza de cerca la dinámica de los movimientos sociales en América Latina. Además de reportajes y artículos, publica con propositiva constancia libros sobre Brasil, Bolivia y otros países, conoce a fondo el zapatismo mexicano y se involucra en las protestas y acciones populares de su país, Uruguay, y otras naciones del área. Recientemente publicó Cambiar el mundo desde arriba: los límites del progresismo (Desdeabajo, Bogotá, 2016), en colaboración con Decio Machado. Entrevistado en el País Vasco, Zibechi reiteró su crítica al progresismo sudamericano en términos que irritan a los seguidores de los gobiernos de izquierda, aunque la evolución (involución) de estos le conceda razón.
Sopesa los errores de estas experiencias, en Brasil por ejemplo: No tocar al 10 por ciento de poderosos que concentran la mayoría de riqueza; no hacer reformas estructurales y perpetuar el modelo extractivo. Nos hemos dado cuenta tarde de qué supone el modelo. En un principio sólo fuimos capaces de ver sus negativos efectos medioambientales y para la salud humana. Además, el extractivismo es una cultura, genera una situación dramática: una parte de la población sobra porque no está en la producción. Se crea así un campo sin campesinos. El monocultivo y la megaminería apenas generan empleo. “También tenemos un extractivismo urbano: ciudades donde los pobres son llevados cada vez más lejos, y si esto funcionara a tope –lo que pasa es que hay resistencias– hoy las villas ya no existirían”.
El modelo extractivo genera una sociedad sin sujetos con su modelo de tierra arrasada. Los movimientos que surgen lo van a hacer en los márgenes de la producción capitalista. Es difícil organizar a la gente que está por fuera de. Eso nos coloca en una situación compleja que nos está llevando a la necesidad de organizar a la gente en las peores condiciones, sin vinculación con la producción, donde hay una degradación de la trama social, otra de las consecuencias nefastas del modelo extractivo. No cuesta mucho encontrar políticas económicas claramente reaccionarias en la agenda posneoliberal de los llamados gobiernos progresistas. Cita Brasil de nuevo: los grandes bancos están obteniendo las mayores ganancias de su historia, mientras se fomenta el consumo como forma de integración despolitiza los sectores populares. Ese era, tal vez, el objetivo del gobierno de Lula, que pretendió contentar a los de abajo y también a los de arriba, buscando evitar el conflicto social.
A fin de cuentas, la crisis de los gobiernos progresistas se debe a la incapacidad de salir del modelo extractivo, que es un modelo de sociedad, como lo fue la industrial: las relaciones sociales, la cultura, la vida; un modelo de muerte que margina a 30 o 40 por ciento de la población, la condena a permanecer en sus periferias, recibir políticas sociales y no poder organizarse, ya que cuando se mueve un poquito, cuando sale de sus barrios, es criminalizada. Zibechi propone repensar para denunciarlo y discutir políticamente al modelo que caducó. Con gobiernos de izquierda y de derecha, el modelo se mantiene.
En lo inmediato, su pronóstico es negativo: van a gobernar las derechas. A mediano plazo, para que la correlación de fuerzas cambie, habrá que ver qué hacen los movimientos sociales. Creo que en un plazo relativamente breve van a volver a la ofensiva, y una de las tareas centrales, si se quiere llegar al gobierno, será discutir con qué programa, qué realizaciones tendrán lugar, cuáles van a ser los aliados.

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