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lunes, 24 de agosto de 2020

¿Cómo explicar todo eso?



Hay cosas que ocurren en mi destrozada y devastada nación que no logro entender, y mucho menos explicar a mis amigos extranjeros, siquiera a los de estas comarcas de América Latina, acostumbradas a ser barridas por turbulencias y tragedias.
Menciono algunas, pero advirtiendo que dejo otras tantas en suspenso para no angustiarme aún más.
A estas alturas, el número de víctimas fatales del Covid-19 en Brasil se acerca a 115 mil y el de infectados supera la marca de los 3 millones y medio. Más que la población de Uruguay y casi la mitad de El Salvador.
Las medidas de contención fueron flexibilizadas por gobernadores y alcaldes, sin ninguna coordinación y bajo la presión de empresarios y comerciantes, contrariando lo que recomiendan los médicos.
El gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro alardea un día sí y otro también sobre los miles de millones de reales destinados a ayudar estados y municipios a enfrentar la pandemia, además de otras medidas de emergencia.
Nunca será demasiado reiterar el negacionismo del presidente desequilibrado en relación con la pandemia.
Quizá por eso se constate que sigue mintiendo como quien respira: de los recursos anunciados con pompa y circunstancia poco más de la mitad llegó efectivamente a ser liberado, y de medidas de emergencia nadie sabe, nadie supo.
La economía, que ya andaba a los tropiezos antes de la pandemia, enfrenta turbulencias, dando tenues señales de mejoría para alegría del gobierno. Esa recuperación, sin embargo, no alcanza para cubrir la quinta parte de lo que se perdió. Y lo que se ve en el horizonte es la peor crisis económica en la historia de la república. ¿Programa de gobierno para hacerle frente y evitar el naufragio absoluto? Ninguno.
Por todo el país, pero con énfasis en las dos mayores ciudades –São Paulo y Río de Janeiro– la violencia asesina de la Policía Militar se extiende sin control, teniendo como blanco preferente a pobres y negros. Bolsonaro no hace más que elogiar a los bravos defensores del orden y la seguridad.
Una niña negra y pobre de 10 años, violada por un tío desde los seis, quedó embarazada. Siguiendo la legislación, la abuela pidió que se le hiciera un aborto. Una seguidora fanática de Bolsonaro expuso en las redes sociales el nombre de la niña y el hospital en que estaba internada para el procedimiento. Los médicos fueron amenazados por fanáticos religiosos.
La ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos negó que los datos personales de la víctima hayan sido filtrados por funcionarios de la dependencia. Y aprovechó para recordar que el aborto es pecado. Para la niña, ninguna palabra de consuelo.
La Amazonia es devastada por incendios criminales, por taladores ilegales, por invasores de reservas indígenas. El presidente dice que es mentira, pese a las claras evidencias.
El vicepresidente, el muy truculento y reaccionario general reformado, Hamilton Mourão, prefirió desafiar al actor estadunidense Leonardo DiCaprio, feroz crítico de lo que ocurre en Brasil: que venga a hacer conmigo una caminata de ocho kilómetros por la selva, para que vea que lo que dice no es verdad.
La canciller alemana Angela Merkel no ha sido invitada a nada. Pero no habrá sido esa la razón de haber anunciado que su gobierno difícilmente irá adherir se sumará al tratado comercial entre Unión Europea y el Mercosur a raíz de la situación vivida en la Amazonia.
Antes de Alemania, otros países europeos como Francia, Bélgica, Austria, Holanda e Irlanda habían manifestado resistencia a firmar el acuerdo por la misma razón.
Además de la salud pública y el medio-ambiente, también el sector educativo es blanco de los ataques destructores de Bolsonaro. Ahora se supo que en la propuesta de presupuesto para 2021, que será enviada al Congreso para análisis y votación, están previstos profundos cortes en la partida destinada a Educación. Lo que será sustraído ya tiene nuevo destino: el Ministerio de Defensa. Las universidades públicas advirtieron que no lograrán sobrevivir.
El asunto dependerá del Congreso, pero Bolsonaro ya logró comprar –literalmente– una buena cantidad de diputados. Primero, para impedir que se le abra un juicio (hay 53 solicitudes formalizadas y oficializadas durmiendo en el cajón del presidente de la Cámara), y listas para lo que sea.
Pese a todo eso (y mucho más) los sondeos de opinión pública indican que la popularidad del candidato a genocida aumentó, mientras que su rechazo bajó. Y, peor: eso se registró entre las estratos más pobres del país, los más desiguales de América, tradicional electorado de Lula da Silva.
A primera vista, el motor de esa inversión sería el auxilio-emergencia determinado no por el gobierno, sino por el Congreso. Fueron cinco cuotas de unos 120 dólares mensuales por familia (la propuesta original enviada por Bolsonaro era de 37 dólares, elevada por los diputados).
Habrá otras tres, pero de menos. Y no hay recursos para más.
¿Qué pasará cuando la ayuda transformada en tesoro se acabe?

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