
Pero
“en eso llegó Fidel” y todo aquello se vino abajo. Desde ese momento el
gobierno de Estados Unidos no cesó de conspirar un minuto contra la
Revolución Cubana. La isla “era de ellos” y no toleraron que se la
hubieran arrebatado. La frustración y la agresividad fueron acumulándose
a medida que la revolución avanzaba y se consolidaba, a escasas noventa
millas de sus costas. Para colmo de males era (y es) un pésimo ejemplo
porque demuestra que si un país subdesarrollado y escasamente dotado de
recursos naturales se libera del yugo imperialista y sus lugartenientes
locales puede ofrecer a su población derechos de exigibilidad universal
(a la salud, la educación, la seguridad social) que en Estados Unidos
son mercancías muy costosas y que no están alcance de todos. Año tras
año las tasas de mortalidad infantil de Cuba, comparables sólo a las de
los países de mayor desarrollo social en el mundo, son una bofetada a la
arrogancia de Estados Unidos y una prueba irrefutable de la inequidad
del capitalismo. La osadía cubana, para decirlo con pocas palabras, es
inadmisible e intolerable y urge acabar con ella.
Donald
Trump -un niño setentón, maleducado, caprichoso y violento- seguramente
“oyó voces” que le decían que esa era su misión en la historia. Fiel a
esa alucinación ha lanzado un ataque sin precedentes en contra de Cuba
en un vano intento de retornar la isla a su condición neocolonial. Sueña
con una nueva “Enmienda Platt”, el escandaloso agregado a la
Constitución de Cuba impuesto luego de la ocupación norteamericana que
legalizaba su absoluta sumisión a Washington, y pasar a la historia con
una quimérica “Enmienda Trump” que consagre la definitiva anexión de la
isla a la jurisdicción de Estados Unidos. El pobre no sabe con quién se
ha metido. Rodeado de hampones y de menos que mediocres consejeros
piensa que redoblando la agresión contra Cuba hará que su pueblo caiga
de rodillas y le jure fidelidad a un personajillo como él. Gyorg Lúkacs
decía que un conejo parado en la cima del Himalaya seguía siendo un
conejo. Sentado en el trono imperial este animalito también seguiría
siendo lo que es.
Lo mismo pasa con Trump.
Furioso porque es consciente de que la declinación del poderío
estadounidense es lenta pero irreversible y porque sabe que en menos de
10 años China superará económicamente a su país (como ya en parte lo ha
hecho, con la ventaja que conquistó en la estratégica tecnología 5G);
impotente para poner en vereda al gigante asiático y a Rusia y para
jugar un rol arbitral en Oriente Medio luego del fracaso de la aventura
imperial en Siria; irritado por la tímida pero creciente desobediencia y
vacilaciones de sus aliados europeos que lo perciben como un déspota
impredecible y veleidoso; fastidiado con sus lacayos latinoamericanos
que no logran extirpar al “populismo” (Vargas Llosa dixit) de sus países
o de presidentes ineptos para sostener el modelo neoliberal sin
amenazantes turbulencias (Piñera en Chile, Moreno en Ecuador, o Macri en
Argentina) y necesitado de los votos de la Florida para la próxima
contienda presidencial se ha lanzado con enfermiza inquina en contra de
Cuba. Nada menos que 187 resoluciones aprobó su gobierno para hostilizar
a la isla, decretando la aplicación del Capítulo III de la Ley
Helms-Burton que ningún presidente de Estados Unidos había considerado
conveniente implementar, hasta una serie interminable de sanciones
económicas y restricciones destinadas a sumir a los cubanos en penurias y
privaciones con la esperanza de que éstas desatarían un estallido
social que pondría fin a la revolución.
La
lista sería interminable: limitación de los vuelos de aerolíneas
estadounidenses exclusivamente a La Habana sin poder llegar a otras
ciudades; sanciones para los buque-tanques que lleven petróleo a Cuba o
para los mercantes que transporten mercancías desde o hacia la isla,
luego de lo cual durante seis meses no podrán amarrar en ningún puerto
de Estados Unidos; prohibición de hacer tierra en cualquier puerto
cubano a los numerosos cruceros que surcan el Caribe; sanciones a los
bancos que intermedien en el comercio exterior de la isla; limitación a
las remesas que los cubanos residentes en EEUU puedan enviar a sus
familiares; bloqueo selectivo a la importación de medicinas y alimentos;
interdicción para alquilar a Cuba aviones que tengan más del 10 por
ciento de tecnología o insumos originarios de Estados Unidos y presiones
sobre las líneas aéreas para que reduzcan o eliminen de sus itinerarios
cualquier ciudad cubana.
Todo esto ante
la complicidad de los gobiernos de los países europeos, de la Unión
Europea, supuesta reserva moral de Occidente y heredera de la tradición
kantiana de la paz y fraternidad universales que admiten, cual si fueran
republiquetas de cartón pintado (en realidad lo son) la
extraterritorialidad de las leyes estadounidenses y la agresión del
“Gorbachov americano” -como un muy lúcido amigo cubano lo bautizara-
contra todos quienes se opongan a su prepotencia, llámese Cuba,
Venezuela o Nicaragua, en Nuestra América. Seguramente que por su
ignorancia Trump desconoce la historia de David y Goliat. Los cubanos
resistieron sesenta años de bloqueo del Goliat del norte, y resistirán
sesenta años más. Aprenderá esta lección en carne propia cuando, en no
mucho tiempo, emprenda su viaje sin retorno por el inodoro de la
historia.
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