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domingo, 17 de noviembre de 2019

Sobre premios Nobel y animales



Que una pequeña nación, Polonia, metida entre dos vecinos grandes (Alemania y Rusia) tuviera hasta ocho premios Nobel en diferentes áreas –he escuchado esto últimamente mucho− al final, igual, no es poco. Sólo que pequeña nación (igual no tan pequeña: casi 40 millones de habitantes y el noveno país más extenso de Europa) y vecinos grandes (bueno, igual y sí) son nociones tan –de entrada− cargadas de martirologio y patriotismo tóxico y excluyente que nos están asfixiando allí en este pequeño país, que preferiría dejarlos de lado.
De hecho, ampliando un poco los criterios podríamos llegar a 18, algo que sólo debería alegrar a los patriotas (al final es por el bien del país, ¿no?), si no fuera que esto significaría darle otra vez la bienvenida a la familia nacional a los integrantes de minorías, sobre todo a los polacos-judíos, cuya salida −por emigración o éxodo antes, durante o después de la Segunda Guerra Mundial que dejó a Polonia homogenizada étnicamente− siempre fue aplaudida por ellos (sintomático cómo la Wikipedia polaca separa lo que la inglesa pone en conjunto: bit.ly/2q1PcIW, bit.ly/2Xb2BdG). He aquí la paradoja de la derecha: más corta la lista de los premios Nobel de esta pequeña nación, mejor.
Un poco por allí −destacando estos logros−, iba Elena Poniatowska, descendiente, como es sabido, de la familia del último rey polaco, Stanisław August Poniatowski (1732-1798), el que nunca ha tenido buena prensa entre los mismos patriotas, acusado de vendernos a aquellos vecinos grandes: Prusia, Rusia y Austria (hoy ya nada grande y nada vecina), hablando del más reciente Nobel polaco de Literatura (bit.ly/34JfwWS), igualmente problemático para la derecha, subrayando, entre otros, su defensa de los animales.
¿Y qué hay de otros premios Nobel de Literatura polacos −¡seis!−, quedándonos en el mismo tema animalero?
¿Alguien recuerda quién era el Nobel de 1905, quien ofrecía todo un abani-co de motivos animalistas en sus novelas que cubrían periodos y áreas desde laantigua Roma ( Quo Vadis?, 1896), Polonia y sus bosques medievales ( Los cruzados, 1900), hasta África colonial ( A través del desierto y de la selva, 1911), para fines realistas ( bit.ly/34PrbDr), pero demostrando igual una imaginación compasiva (J. M. Coetzee dixit)?
¿O quién era el de 1924, que aparte de retratar los animales de la granja − Los campesinos (1909)– escribió, prefigurando por décadas la misma idea de Orwell, La rebelión (1924), en la que los animales −domésticos y del bosque− se rebelan en contra de los humanos persiguiendo ideales de igualdad (bit.ly/32HlPc7)?
¿O el de 1978, un vegetariano por convicciones éticas ( ¡Lo hice por la salud de los pollos!), un ícono de este movimiento en Estados Unidos, a donde migró en los años 30 conservando la ciudadanía polaca, que insertaba motivos vegetarianos y proanimalistas en sus novelas ( Enemies, a love story, 1972), subrayando que “hacia los animales todos los humanos son nazis y para ellos todo es la eterna Treblinka” ( The letter writer, 1968)?
¿O el de 1980, que fascinado por la naturaleza ( El valle del Issa, 1955)−, era un heraldo de dos mundos irreconciliables: la cacería y el mundo animal, optando por el segundo y que escribía en sus poemas de modo tan bello sobre los pájaros, un punto de partida para la meditación sobre toda la creación (bit.ly/2Q86a2M)
¿O el de 1996, que les daba a los animales en su poesía un lugar privilegiado, alterando la imperante jerarquía hombre-animal ( Zazwierzcenie. O zwierztach w literaturze i kulturze, ed. M. Pranke, Toruń 2018, p. 213-235) o que en uno de sus poemas escribía profundamente sobre la soledad de un gato –Morir, eso no se le hace a un gato...− una metáfora ante la muerte de un compañero de décadas (bit.ly/32IgqSd)?
¿O quién finalmente es el Nobel de 2018, una vegana, defensora de los animales (¡en 50 años vamos a estar avergonzados de comer carne!) autora, entre otros, de la novela negra ( Ara a través de los huesos de los difuntos, 2009), un ecothriller, en el que los animales vengándose de los humanos matan a los cazadores?
El primero era, por supuesto, Henryk Sienkiewicz (1846-1916), el segundo Władysław Reymont (1867-1925), luego Isaac Bashevis Singer (1902-1991) −el único que no escribía en polaco sino en yiddish, pero cuya literatura surgía en el borde de la cultura polaca y judía−, Czesław Miłosz (1911-2004), Wisława Szymborska (1923-2012), y Olga To-karczuk (1962).
Tokarczuk vilificada desde hace años por la derecha por sus cuestionamientos a los capítulos oscuros de la historia nacional, maltrato a las minorías o exploración de temática polaco-judía –su extraordinaria novela Libros del Jacobo (2014) habla de Jakub Frank (1726-1791) el contemporáneo al rey Poniatowski autoproclamado mesías ( bit.ly/2NLrNo0)− es a menudo tildada de come-polaca ( polakożerca) y targo-wiczanka (la máxima ofensa a un traidor nacional en Polonia, de Targowica, un acuerdo en el que Poniatowski y otros nobles capitularon ante Moscú).
¿Será casualidad que lo que aviva el odio hacia ella son también sus críticas a la cacería −parte de nuestra identidad nacional−, la masiva tala de árboles −Bolsonaro tiene su Amazonía, los pos-fascistas polacos, a Białowieża, uno de los últimos bosques primarios de Europa (bit.ly/2QfPeHx)− y en general su defensa de los animales, que la hace a los ojos de sus detractores igualmente no-polaca como Singer (sic)?
*Periodista polaco.

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