Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.

viernes, 3 de febrero de 2017

Ese rinoceronte llamado Donald Trump

                               
                           En la imagen, un artista grafitero en Irak presenta a Trump como una bestia que lo embiste todo.
                                                                                                    foto/AFP
                  
 En la jerga de los republicanos se dice que uno de sus miembros no es un auténtico elefante, sino un rinoceronte, cuando sus ideas y acciones contradicen sus credenciales conservadoras.

Este ha sido el caso de Donald Trump como candidato y presidente.

Ahí está su exitosa lucha contra los Tratados de Libre Comercio con México y Canadá durante su campaña. Un asunto que lo ha alejó del núcleo conservador en el seno del partido republicano, mientras lo colocaba en la misma frecuencia de las poderosas centrales sindicales, consideradas como el músculo y las correas de transmisión del partido demócrata.

Pero, al mismo tiempo, Donald Trump ha compartido la misma causa de los extremistas, de los supremacistas blancos y las bases conservadoras del partido republicano cuando insiste en su promesa (o amenaza) de construir un Muro y lanzarse contra los inmigrantes de origen mexicano y las minorías de confesión musulmana.

Por esta razón. Por su monstruosa dicotomía oportunista, Donald Trump no es un auténtico elefante republicano. Sino un rinoceronte que cruza las cercas ideológicas a conveniencia, de la misma forma que lo haría un populista sin escrúpulos.

Como buen experto en mercadotecnia, Trump cambia de discurso de la misma forma que cambia de etiqueta al producto que le interesa promover o destruir ante los ojos del incauto cliente o el electorado.

Un factor adicional que lo convierte en un rinoceronte, es su tendencia a embestir contra todo aquello que se le cruza en el camino, o que se niega a obedecer sus órdenes sin rechistar.

Su habitual tendencia a poner la pata sobre el cogote del empleado, del subalterno, o de sus adversarios es el precio a pagar. Su bien ganada fama como “bully” pendenciero, que disfruta humillando y atropellando lo mismo a sus amigos que a sus enemigos, es parte de esa naturaleza de rinoceronte atrabiliario.

Personajes como el presidente de México, Enrique Peña Nieto, han sido objeto de estos ataques y embestidas. Han probado la hiel de sus engaños y sus ataques emboscados.

Como por ejemplo, la última sugerencia grosera para mandar sus tropas y resolver así de una vez por todas el problema de los carteles:

 "Tienen ustedes a hombres bastante malos en México, por lo que tal vez necesitan ayuda. Nosotros estamos dispuestos a ayudarlos en grande, pero hay que ponerlos fuera de combate. Ustedes no han hecho un buen trabajo poniéndolos fuera de combate", le dijo Trump a Peña Nieto según la transcripción obtenida por CNN.

Donald Trump se ensañó también con Sally Yates, la fiscal general interina que se negó a acatar y defender las polémicas órdenes ejecutivas que emitió Trump para “defender a EU de la amenaza terrorista”, mientras desataba un caos en los aeropuertos, vulneraba los derechos de miles de refugiados que no pudieron entrar al país y sometía a humillantes interrogatorios a residentes legales con interrogatorios de más de 12 horas.

En su escrito, dirigido a los fiscales que dependen del Departamento de Justicia, Sally Yates les pidió no defender unas órdenes ejecutivas que atentan contra la Constitución. Yates, estaba en lo correcto. Desde hace medio siglo, el Congreso declaró anti constitucional la discriminación de inmigrantes por cuestiones de fe o de origen.

Pero a Donald Trump no le gustó que la Fiscal General interina le desafiara públicamente. La acusó de “traicionar” al Departamento de Justicia y ordenó su inmediata remoción, para designar a un fiscal más obsecuente en la aplicación de sus órdenes ejecutivas.

A Chuck Shumer, el líder de la minoría demócrata en el Senado, quien se conmovió hasta las lágrimas cuando compareció al lado de un grupo de refugiados que buscaban su protección, el presidente Trump le acusó de ser un falsario.

De derramar “lágrimas falsas” mientras le acusaba de atentar contra la Constitución, contra los derechos humanos de miles de inmigrantes y refugiados y contra los valores que ha defendido Estados Unidos desde su fundación.

A los más de 900 funcionarios de carrera del Departamento de Estado, que cuestionaron la legalidad y la eficacia de unas órdenes ejecutivas, por considerar que “son cobardes y contraproducentes”, su polémico portavoz, Sean Spicer, les amenazó con el despido fulminante.

En la tradición del Departamento de Estado, siempre ha existido la tradición del denominado “dissent chanel” en la formulación de políticas que se aplican en distintas partes el mundo. Es decir, el canal del disenso o de la crítica de los diplomáticos de carrera contra medidas que pueden resultar peligrosas o contraproducentes, como han sido con la serie de órdenes ejecutivas de Trump para impedir el ingreso a EU de ciudadanos de Libia, Irán, Irak, Siria, Somalia, Sudán, y Yemen.

En todos estos casos, Donald Trump se ha comportado como un rinoceronte de piel ligera que embiste a la menor provocación. Que pisotea a quien se atreve a cuestionarlo o a criticarlo. Que reacciona con excesiva aprensión ante las burlas o ante la sola posibilidad de una humillación.

Es el rinoceronte que ha llegado para embestir contra la Constitución, contra los derechos civiles de millones de sus ciudadanos. Contra el legado de Barack Obama. Contra el futuro de millones de inmigrantes indocumentados. Contra los intereses y la seguridad de naciones amigas como México.

Contra el bien y la seguridad en común de millones de ciudadanos en todo el planeta y contra más mínimo sentido de la igualdad, de la justicia y la decencia.