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viernes, 18 de marzo de 2011

Editorial 60: Mírame con ojos de mujer

El cinismo del capitalismo no tiene comparación. Fue lucha por cambiar las terribles condiciones de sometimiento laboral, a pesar del feminicidio de más de 100 obreras industriales, lo que conquistó para la clase obrera la conmemoración del 8 de marzo como día internacional de la mujer. A pesar de esto, es el victimario capitalista y patriarcal quien convierte un baño de sangre en una oportunidad para incrementar sus ganancias. Mientras esto sucede, más de 3 mil millones de mujeres en todo el mundo soportan hoy los vejámenes de la modernidad capitalista, el discurso conservador hegemónico y la irracionalidad patriarcal que no cesa, ni en la derecha ni en la izquierda.

En todos los países y durante toda la historia la violencia contra la mujer ha sido una constante. Ahora con la modernidad se ha exacerbado, como en Suarez (México), en donde los feminicidios, es decir asesinatos, violaciones y mutilaciones de mujeres a manos de grupos y mafias producidas por el capitalismo, le dan el mensaje bélico a la sociedad de no respetar la vida ni siquiera de las mujeres y los niños que hipócritamente ese sistema ha “elevado” a una categoría casi sagrada.

La agresión física y el maltrato moral, la explotación sexual y el papel de reproductora que la sociedad capitalista y patriarcal le ha impuesto a la mujer, han sido aceptadas y defendidas como algo natural, la iglesia romanista y luterana como instituciones del mismo sistema dictan cátedra sobre lo que las mujeres deben o no hacer con su cuerpo. Sumémosle las torturas a que son sometidas desde niñas en países de Oriente como Pakistán, India, Afganistán, Egipto, entre otros a manos de esposos, padres, hermanos y parientes varones so pretexto de acervos culturales que hay que respetar, pero que en realidad son parte de lo que la sociedad actual necesita para sostener su statu quo.

El imperio señala y denuncia este tipo de torturas cuando son cometidas por sus enemigos, pero las oculta mientras sean practicadas por sus aliados. En occidente se practica algo peor y es la doble moral católica y cristiana que justifica las agresiones y crueldades contra las mujeres con el pretexto de ser putas o liberadas, incluso la ley reconoce y reduce las penas por los asesinatos de mujeres cuando se llevan a cabo por el macho, dizque con ira e intenso dolor, cegado por celos o por infidelidad de su pareja. Los guerreros de toda índole han cobrado como trofeo de guerra el cuerpo y la vida de las mujeres de los territorios que han conquistado a sangre y fuego y de esto los ejemplos abundan en Colombia; también la compra venta de mujeres en zonas rurales de Córdoba, en donde el gamonal adinerado paga con ganado la propiedad sobre una jovencita. Los indígenas no se salvan; a ellos también los ha formado la cultura patriarcal. Todas las condiciones impuestas a las mujeres, antes y ahora, en todas las culturas de Oriente y Occidente y a través de la historia se dirigen al menosprecio de su condición humana y a la imposición de la inferioridad y la desigualdad frente al varón.

El problema es más grave si nos escuchamos como hombres a la hora de justificar nuestras conductas patriarcales frente a las compañeras y cuando hablamos de revolución. De los hombres de derecha no hay nada que decir, porque dentro de sus búsquedas humanas no está la de la transformación de la sociedad; además, conservar las condiciones actuales entre hombres y mujeres les resulta muy cómodo. La discusión la proponemos a quienes profesamos una militancia de izquierda. Durante décadas hemos sostenido el argumento de que el problema de desigualdad y explotación a que ha sido sometida la mujer es provocada por las condiciones de la sociedad capitalista y que se resolverán con el triunfo de la revolución socialista. Eso está por verse, porque hasta ahora, en los países que han llevado a cabo procesos de emancipación, de independencia, de liberación o de revolución socialista, sólo parcialmente se han llevado a cabo manifestaciones muy débiles en contra de las prácticas patriarcales y más bien se ha reforzado la teoría que “demuestra” que la mujer es diferente al hombre y que por tal condición es inferior y debe someterse a la opresión del varón.

La realidad es tozuda, pero a pesar de ello en la izquierda nos negamos a aceptar que las reivindicaciones del feminismo se deben involucrar de inmediato en las propuestas que se dirijan hacia la emancipación y transformaciones sociales y especialmente a las propuestas de socialismo y comunismo. La indiferencia de la izquierda ante los problemas que golpean a las mujeres está demostrada en que banderas como el derecho al aborto, la violencia contra la mujer, la lucha contra la homofobia, el racismo y la participación de las mujeres en los espacios públicos, entre otras, se las ha apropiado la derecha, muy a pesar que ha sido la responsable de esas y muchas otras formas de discriminación y opresión.

Las mujeres son más de la mitad de la humanidad, cualquier proyecto que se reclame revolucionario debe comprender que hay que construir un nuevo discurso y una praxis en la que se pueda desarrollar otra forma de relacionamiento con las mujeres, basada en el respeto y el amor, en la libertad y la autonomía, en la independencia de clase y en la igualdad sin ninguna distinción más que las que los hombres y mujeres puedan acordar con toda voluntad y libertad.

No se trata entonces de aceptar o tolerar la perspectiva de género que persigue simplemente la institucionalización o legalización de falsos equilibrios e igualdades en la sociedad liberal, es decir, que los derechos de las mujeres entren en los reglamentos y los códigos, letra muerta. Es mucho más que eso. Desde este espacio de comunicación reivindicamos el feminismo marxista, comprometido, revolucionario; por eso no nos preocupa abrir el debate; no es la lucha entre hombres y mujeres, es un grito que pide a los revolucionarios que escuchen estos argumentos que alimentan el bello discurso del socialismo.

Sin la reivindicación de las mujeres, y otras reivindicaciones como la lucha por el cuidado del medio ambiente y la naturaleza, la propuesta socialista seguirá incompleta. Si los tres mil quinientos o más miles de millones de hombres que integran la totalidad de seres humanos que poblamos el planeta olvidamos que existe otro tanto de mujeres con reivindicaciones propias y seguramente más humanas y justas, jamás será posible hablar de libertad e igualdad y menos de revolución socialista. La sociedad capitalista y patriarcal responsable de casi todas las desgracias que han azotado y que azotan el mundo requieren una mirada diferente, una mirada de mujer.


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