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martes, 3 de septiembre de 2019

Desde Marx, una difícil transición



En estos días, en que no han faltado las discusiones teóricas, nada más natural que consultar algunos viejos papeles precisamente del tiempo en que ocupaba la dirección de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM (tiempo que recuerdo con orgullo y reconocimiento hacia demás autoridades, hacia los colegas profesores e investigadores y hacia el estudiantado). Lo anterior, decía, porque nada más natural que volver a André Gorz, uno de los más brillantes analistas del final del siglo XX y del inicio del XXI en el campo de la teoría política y social, y concretamente sobre la discusión inacabada acerca de la transición de la sociedad hacia el socialismo.
André Gorz participó en los Cursos de Invierno de la Facultad del año 1967, justamente un año antes de nuestro trágico octubre de 1968, en que tantos jóvenes mexicanos cayeron víctimas de las balas criminales que salieron de los fusiles de diferentes cuerpos de nuestras fuerzas armadas, para nuestra vergüenza y la de sus comandantes, hasta llegar al jefe de todos ellos, el Presidente de la República de la época, Gustavo Díaz Ordaz, quien reconoció por cierto su responsabilidad ante el mismo Congreso de la Unión.
Por cierto, es preciso aceptarlo: los tiempos se han transformado drás­ticamente. Fundamentalmente el cambio de un Gustavo Díaz Ordaz a un Andrés Manuel López Obrador. Se pasó de un Presidente de México que murió lleno de ignominia a otro que comienza su sexenio con una luz de esperanza que se expresó en su triunfo aplastante el primero de julio de 2018. Y no sólo eso, sino que ha sabido movilizar a una gran mayoría de mexicanos para buscar nuevos y mejores tiempos, y dejar atrás las sombras que se apoderaron del país durante demasiadas décadas y que ahora, en nuevas relaciones políticas, ha decidido regenerar nuestra historia, buscando cancelar los tremendos desequilibrios en la repartición de la riqueza, en que unos cuantos gozan sin freno de lo superfluo, mientras la mayoría ni siquiera puede hacerse de lo indispensable.
Pero, ¿cómo profundizar el criterio que han compartido en buena medida el capitalismo y el socialismo, en el sen­tido de que el desarrollo y el crecimiento dependen de un aumento exponencial de las fuerzas productivas, de las revoluciones tecnológicas que incluyen el modo de trabajar y su organización, con diferentes modalidades, pero siempre enfatizando su carácter jerarquizado y subordinado. No –nos dice André Gorz–, para Marx y sus discípulos que lo han entendido bien, la clave del socialismo no es tener más, sino la reducción de la jornada de trabajo y el crecimiento del tiempo libre, es decir, son categorías que se refieren al ser, a la vida profunda de los hombres y las mujeres, un mejoramiento cualitativo y no sólo cuantitativo.
Podemos decir entonces que la gran contribución, por ejemplo, del ecologismo político fue –y vuelve a ser– que induce a una mucho mayor conciencia de los peligros que amenazan al planeta como consecuencia del actual modo de producción y consumo. El incremento en flecha de agresiones contra el ambiente y la amenaza creciente de una ruptura del equilibrio ecológico configura un escenario catastrófico que pone en cuestión la misma supervivencia de la vida humana. Es decir, nos enfrentamos a una crisis de civilización que demanda cambios radicales en nuestras formas de vivir, de trabajar y de consumir.
El crecimiento exponencial de la contaminación del aire en las grandes ciudades, del agua potable y del entorno en general; el calentamiento del planeta, la acelerada desaparición de los glaciares polares, la multiplicación de catástrofes naturales; la destrucción de la capa de ozono; la destrucción, a una velocidad creciente, de los bosques tropicales y la rápida reducción de la biodiversidad por la extinción de miles de especies; el agotamiento de tierras, su desertificación; la acumulación de residuos, principalmente atómicos, imposibles de manejar; la multiplicación de accidentes nucleares y la amenaza de un nuevo Chernobyl; la contaminación de la comida, las manipulaciones genéticas, las vacas locas, la carne con hormonas. Se encienden todas las alarmas: es evidente que el curso enloquecido de las ganancias, la lógica productivista y la mercantilización de la civilización capitalista/industrial nos conducen a un desastre ecológico de proporciones incalculables. No es ceder al catastrofismo comprobar que la dinámica del crecimiento infinito inducido por la expansión capitalista amenaza los fundamentos naturales de la vida humana en el planeta.
¿Cómo reaccionar frente a este peligro? El socialismo y el ecologismo –o, por lo menos, algunas de sus corrientes– tienen objetivos comunes que implican un cuestionamiento de la autonomización de la economía, del reino de la cuantificación, de la producción como meta en sí misma, de la dictadura del dinero, de la reducción del universo social al cálculo de márgenes de rentabilidad y a las necesidades de la acumulación del capital. Socialismo y ecologismo, en un sentido estricto, defienden los valores cualitativos: el valor de uso, la satisfacción de las necesidades, la igualdad social, la preservación de la naturaleza, el equilibrio ecológico. Ambos conciben la economía como una pieza en el medio: social para el algunos, natural para otros.
En ambos casos se persigue un mejoramiento real de la calidad de la vida en un sentido multidimensional.

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