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sábado, 6 de enero de 2018

El invierno como sosiego y fortalecimiento



Ilka Oliva Corado

En invierno, el cielo se emponcha en su color grisáceo y bajan las nubes densas a deambular por las calles de la gran ciudad; una neblina gélida que hace que los transeúntes desahuciados lamenten esa temporada a la que le llaman mal tiempo.

Bajan los ánimos, aumentan los resfriados y la depresión se convierte en el padecimiento de la estación. A menudo se ve gente maldiciendo el viento frío, la nieve acumulada, los días grises y   los copos espesos cuando comienza a nevar. En su enfado son incapaces de disfrutar la magia que les regala la naturaleza: un espectáculo impresionante que debería enloquecer de encanto a toda persona que lo presencia.

Pero la hermosura de la nieve, de sus alfombras algodonadas en las carreteras, los lienzos blancos en los campos abiertos y su abrigo de regazo a los árboles desnudos en los parques y arriates, no logra sorprender a la masa malhumorada porque se escabulló el sol y el calor. Con éstos las fiestas al aire libre, la ropa ligera y el sofoco perenne del estado de excitación que tiene el sexo en el estío.

Porque eso sí, el sexo se disfruta en el verano: cuando las pieles sudan con la humedad del bochorno, cuando las miradas dicen lo que no pueden pronunciar los labios, cuando los amantes bailan excitados con las batucadas que llaman a copular, cuando con cualquier roce los cuerpos se encienden en pasión y convocan a la llamarada del deseo, para que ardan dos, tres o los que sean, en el fuego de la pasión.

Una pasión que en invierno lentamente se convierte en sosiego: más del alma, más del espíritu, más subliminal. Su encanto es distinto: más genuino, más generoso, es instintivo y solo pocos tienen el privilegio de disfrutar. Es imperceptible para quienes son incapaces de contemplar en la nieve la majestuosidad de la esencia de la naturaleza, que por ende es la esencia del ser humano porque todos somos parte de un todo, estamos enlazados entres sí.

La época del frío tiene sus propios aposentos, aclimatados con la diafanidad del alma. Es época de quietud, para interiorizarse y admirar en otros paisajes con distintos celajes y formas, lo privilegiados que somos por poder disfrutar de una estación que nos dice constantemente que todo cambia en la vida y que con los cambios aprendemos: dejamos ir, escribimos, borramos y volvemos a escribir nuestra historia personal y colectiva.

Creamos, nos ilusionamos, nos desilusionamos, volvemos a confiar y amamos de mil formas con mil nombres y nos vamos construyendo, palmo a palmo como seres humanos inacabados, porque nuestra naturaleza es como la de las estaciones del tiempo: de transformaciones constantes. Esas mudanzas o cambios son los que nos dan nuestra esencia y fuerza y nos permiten avanzar como en las estaciones del tiempo: después del invierno llega la primavera con sus cerezos en botón para dar paso al bochorno del verano y después al colorido del otoño para volver a la serenidad del invierno.

En nosotros esas mudanzas son para afincar nuestros sueños y darles raíces y alas: individualmente y en colectivo. Y cuando llegue el invierno o los instantes de oscuridad en nuestra vida, aprendamos de ellos, aprendamos a convivir con ellos porque serán los que nos fortalezcan para resistir al bochorno o a la belleza del verano. Sin olvidar que todo lo que nos circunda tiene la forma y la fuerza que nosotros le queramos dar.

Cada invierno será, entonces, lo que nosotros queramos hacer de él, metafóricamente. Para mí es mi estación favorita, amo la nieve.



Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

02 de enero de 2017, Estados Unidos.

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