Guillermo Almeyra
El pésimo desempeño de
la economía china y la velocidad con que caen las reservas del banco
central de ese país se suman al desastre provocado por la caída de los
precios de exportación en Rusia y en Brasil, Argentina, Sudáfrica,
Venezuela y los países de África, Asia o América Latina exportadores de
petróleo y gas o de materias primas minerales o agrícolas. Para
completar este panorama económico, la Unión Europea está estancada y en
crisis política, al igual que Japón y Estados Unidos, cuyo crecimiento
económico no alcanza a compensar siquiera el crecimiento demográfico y,
por consiguiente, equivale a una caída del PIB per cápita.
La amenaza de una nueva larga recesión similar a la que comenzó en
2008 está acompañada por una gravísima crisis ecológica mundial (el
calentamiento climático, el aumento de la temperatura de los mares, la
aparición y desarrollo en los países otrora templados de enfermedades
tropicales, el agravamiento de las sequías, inundaciones, huracanes,
tornados y ciclones en todo el planeta). Aún más, la victoria de Rusia y
del reanimado ejército sirio contra el Estado Islámico y contra la
oposición sostenida por Arabia Saudita, los Emiratos, Estados Unidos y
Francia que se perfila en el horizonte provocaría cambios tales en la
relación de fuerzas en el Cercano Oriente que Israel y Estados Unidos
podrían verse tentados a una aventura militar (un ataque contra Siria,
Irán o incluso contra Rusia), desencadenando así un conflicto mundial de
terribles proporciones (Corea del Norte acaba de lanzar exitosamente un
cohete intercontinental que podría dejar caer bombas atómicas en Japón y
en Estados Unidos).
El ya presente empeoramiento mundial de las ya graves condiciones
económicas podría traer aparejado un aumento brutal de las tensiones
sociales y de la lucha de clases que nos anuncia el crecimiento de los
partidos racistas, xenófobos, de extrema derecha en Europa, por un lado,
y por el otro, de tendencias radicales de izquierda en el Reino Unido,
Portugal, España, o de centro izquierda, como la que expresa Bernie
Sanders, en Estados Unidos, o de luchas que tienden a superar los frenos
de los
gobiernos progresistaslatinoamericanos.
El capitalismo no es eterno. Es el resultado de un proceso histórico.
Como sistema tiene apenas 600 años y se extendió mundialmente sin
trabas recién a fines del siglo pasado. Como todo lo que existe morirá.
Pero no perecerá por sí mismo, ya que se reproduce mediante la
dominación ideológica, reforzada por sus medios de información y también
por todos los gobiernos y partidos de masas, sin excepción alguna, que
nos presentan como natural y a veces hasta como
socialistael sistema asalariado –o sea, la explotación capitalista–, e identifican el intercambio de mercancías y el mercado (que existen desde las primeras hordas errantes) con la producción de mercancías para el mercado y la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía, propios sólo del capitalismo.
Para enterrar un sistema insustentable y cada vez más dañino,
por un lado es necesario desarrollar las formas de resistencia
precapitalistas o anticapitalistas que surgen en las luchas
(comunitarismos, solidaridades de todo tipo, experiencias de
autogestión, defensa colectiva de los recursos naturales) y, por otro,
ir más allá de la lucha defensiva contra los efectos del sistema
capitalista (la corrupción, la represión, la rebaja de los ingresos
reales, la delincuencia organizada, la guerra) para desarrollar
conciencia de que el sistema no puede ser reformado. Es necesaria
igualmente una organización conscientemente anticapitalista que se apoye
en la comprensión de masas (hoy inexistente) de lo que es el sistema.
Estamos en la barbarie y en la perspectiva de que el sistema acabe
con las bases materiales y sociales de la civilización y en una
hecatombe humana mucho peor que las anteriores de 1914-1918 y 1938-1946.
Si no construimos la superación del capitalismo, con la acción y con la
difusión del conocimiento, las opciones podrían ser ambas terribles:
una gran catástrofe ecológica que provocaría grandes hambrunas o una
guerra atómica intercontinental, con consecuencias posteriores
incalculables. Ambas destruirían inmensas riquezas y buena parte de la
humanidad y alejarían brutalmente las posibilidades de la superación del
capitalismo.
Porque ésta, llámese socialismo o no, sólo es posible si existe a
escala mundial cultura, civilización avanzada, abundancia, riqueza. Ahí
está el ejemplo de Vietnam para demostrar que no basta con la más firme y
decidida lucha contra la opresión si no existe la base material, la
cultura y la riqueza que permita restañar las heridas de la guerra
antimperialista y producir un régimen democrático que no dependa ni de
una minoría que
sabey comanda burocráticamente ni del imperio del
mercado.
La opción está ahí: vivir y comer como y lo que determinen los amos
capitalistas o romper las cadenas de la resignación, la sumisión, la
ignorancia, la aceptación como natural de un sistema de explotación y
dominación cuya fuerza principal consiste en que controla las cabezas de
aquellos a los que oprime.
Levantarse, ponerse en pie, defender la dignidad humana es un deber
político y moral si queremos evitar el fin de nuestra especie o un
retroceso social de milenios. La solidaridad debe remplazar la búsqueda
del lucro a costa de todos y de todo; la fraternidad debe sustituir al
ciego egoísmo y el
después de mí, el diluvio; la conciencia de pertenencia a una sola especie debe acabar con el chovinismo, el racismo, la xenofobia. Todos somos indios, mujeres, homosexuales, judíos, palestinos, negros, inmigrantes, porque nadie es libre mientras existan oprimidos.
Como dice el himno de lucha La Internacional: no hay salvadores supremos. La liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos organizados independientemente de estados, patrones, partidos, capitalistas o iglesias.

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