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lunes, 20 de agosto de 2018

El negocio del dinero papel en Latinoamérica. ¿Qué podemos esperar?


Guillermo Oglietti

El dinero es una creación original del ser humano. Una buena idea que empezó tomando la forma de elementos naturales escasos, como sal y conchas de mar, y continuó con metales de difícil extracción y elaboración. Oro y plata fueron los preferidos por ser más escasos y valorados en el mercado de la ostentación (orfebrería de lujo). Algunas formas de dinero han desaparecido, como las conchas de mar, mientras que otras no terminan de desaparecer, como el oro.
El dinero que predomina durante la era contemporánea es el dinero fiduciario, cuyo valor está basado en la fe (fidus, en latín), porque no tiene valor intrínseco. El dinero fiduciario moderno tiene dos formas fundamentales, papel billete y dinero electrónico. El dinero electrónico toma la forma de bits que registran los depósitos bancarios de las personas, y el papel billete es un tipo de dinero que tampoco termina de desaparecer.
El dinero en billetes implica grandes costos a una sociedad. Es el recipiente favorito para guardar dinero proveniente de la economía informal e ilegal, porque garantiza el anonimato y no deja rastro de las operaciones. También facilita la evasión tributaria, la corrupción y la fuga de capitales que tanto afectan al desarrollo latinoamericano. La eliminación del dinero papel es un gran objetivo de la política económica por los beneficios sociales generados al reducir estos males sociales.
La proporción del papel billete sobre el total de dinero es mucho más baja de lo que se supone habitualmente. En 2015 representaba un 5% del total de dinero (M2) en Chile, en Brasil un 8%, en Argentina un 23%, en México 31%, en Perú un 26% y en Colombia 16%. Los registros son muy dispares, reflejando diferencias estructurales en cuanto a cultura tributaria, delincuencia, informalidad, bancarización y hábitos de pagos de las familias. En efecto, la demanda de dinero papel muestra una relación positiva con la economía sumergida, aunque la relación no es muy precisa. Sin embargo, la economía sumergida tiene dos componentes: 1) la economía informal, que básicamente incluye actividades que evaden o eluden impuestos, como el cuentapropismo, y 2) la economía ilegal que incluye actividades ilícitas como la trata de personas, la corrupción y el tráfico de armas y estupefacientes, entre otras. La información disponible para 4 países de la región nos permite ver que la relación entre la demanda de dinero en efectivo y estas actividades ilícitas no sólo es positiva, sino que es muy ajustada, sugiriendo que estas actividades son la principal fuente de demanda de dinero papel en la región.


A pesar de los aportes significativos de la tecnología de medios de pago, en muchos países la demanda de dinero en efectivo está aumentando. Europa, EE.UU. y Japón no son la excepción y, de acuerdo a especialistas, esto se debe al crecimiento de las actividades sumergidas y a la demanda exterior de las divisas en el caso del euro y el dólar. En Latinoamérica también podemos percibir el mismo proceso. Si bien en algunos países la proporción de dinero en efectivo sobre dinero total desciende, como en Perú (desde 29% al 26% entre 2014 y 2017) en otros aumenta significativamente. En México la proporción del dinero billete sobre el total de dinero se duplicó desde el 15% hasta el 31% del total de dinero, entre los años 2000 y 2015. En Colombia, los registros han aumentado desde valores entre 10% y 12% entre los ‘80 y mediados de los ‘90 hasta un 16% en 2018.
Muchos países vienen realizando grandes avances promoviendo el uso del dinero electrónico. En algunos, como Suecia, son el fruto espontáneo de las preferencias de la sociedad para cobrar y pagar en moneda electrónica, combinado con los incentivos que brinda el Estado. En este país, las personas prefieren no llevar consigo billetes y las empresas prefieren no cobrar en billetes. En gran parte esto se debe a que los costos de manipulación de los billetes son muy altos y aumentan con el volumen de efectivo manejado debido a los problemas de seguridad implicados. Así, eliminar la manipulación de efectivo contribuye a mejorar la competitividad sistémica de los países y, también por este motivo, se entiende que sea una razón de Estado. Muchos países estimulan activamente el uso del dinero electrónico en cualquiera de sus formas, brindando incentivos tributarios (como la devolución de parte del IVA) o de coacciones (poniendo un techo a las transacciones que pueden realizarse en efectivo). En otros países la demanda de dinero en efectivo es muy baja como consecuencia de la inflación que desvaloriza el valor de las especies monetarias. En estos sitios, la demanda de dinero efectivo es sustituida por la demanda de dinero electrónico o de dinero extranjero.
Sin embargo, el dinero papel se resiste a desaparecer. En parte, esto se debe a que es más seguro e inmediato. Una transacción se cancela con el pasamanos del billete, mientras que la transacción electrónica no es instantánea e involucra el uso de algún dispositivo electrónico para comunicarse con la base de datos donde se contabilizan las transacciones. Los lectores de tarjetas (POS/Punto de venta) requieren una conexión telefónica y el dispositivo electrónico de lectura y comunicación, al igual que las tecnologías de biopagos y de proximidad (NFC). La tecnología de pagos a través de códigos QR es muy rápida pero, igualmente, requiere conexión a la red a través de wifi o datos celulares. Mi favorita es la tecnología USSD o SIM toolkit porque solo requiere del acceso a la señal de telefonía celular y no requieren el uso de teléfonos inteligentes ni datos, ni wifi, por lo que es la tecnología más inclusiva disponible.
De todos modos, la tecnología aún no parece ser capaz de sustituir completamente los atributos del dinero en efectivo, especialmente el anonimato y la velocidad transaccional. Keynes, que vivió en una época sin dinero electrónico, argumentaba que uno de los motivos para demandar dinero es el motivo “precaución”. Las comunidades que viven en zonas sísmicas, por ejemplo, siempre preferirán contar con un stock de dinero en efectivo porque puede representar la diferencia entre la vida y la muerte tras un sismo de magnitud que genere un apagón eléctrico y de comunicaciones. Si hubiese nacido en nuestros días, hubiese sido más específico y diría que es un motivo para demandar dinero “en papel”.
Mientras no exista un sustituto tecnológico mejor, es difícil esperar que el dinero papel sea sustituido en su totalidad. Intentarlo podría generar consecuencias indeseadas, por ejemplo, que el dinero en papel tenga un precio diferente al del dinero electrónico, como está sucediendo en toda la región, donde el pago en dinero efectivo recibe mejores descuentos o menores recargos que el pago con dinero electrónico, o como en Venezuela, donde la escasez de efectivo hace que en algunas transacciones los precios lleguen a duplicarse o triplicarse si se paga con dinero electrónico.
La preferencia por el dinero billete también resulta favorecida por algunas prácticas tributarias que resultan contrapuestas al objetivo de eliminar el dinero papel. El impuesto a las transferencias electrónicas que aplica varios países, entre ellos Colombia, penaliza el uso de esta forma de dinero. La reticencia a utilizar dinero electrónico quizás se explique, sobre todo, porque representa una base imponible colosal sobre la cual, cuando la sustitución sea perfecta, cualquier Gobierno podrá recaudar.
No cabe hacerse muchas ilusiones en América Latina. La magnitud de la economía ilegal y sumergida (evasión, en especial) hará esperable que, a pesar de todos los incentivos que se coloquen para utilizar el dinero electrónico y de todas las trabas que se apliquen al dinero en efectivo, la demanda de dinero en papel continúe.
Lo peor del asunto para nuestro caso, es que aun si nuestros países hiciesen esfuerzos para desalentar el uso de los billetes, la demanda de dinero papel se trasladará y pasará a demandar dinero papel emitido por el extranjero. Los países emisores de divisas internacionales, de acuerdo al Fondo Monetario Internacional (FMI), son cinco: EE.UU., Japón, la Zona Euro, el Reino Unido y China. Los primeros cuatro emiten superbilletes, de grandes denominaciones, como el de 100 USD, el de 100 libras esterlinas (equivale a 130 USD), el de 10.000 yenes (equivale a 90 USD) y los superbilletes de 500 euros (equivalentes a 570 USD). Como muestra Kenneth Rogoff,[2] la existencia de estos billetes de grandes denominaciones facilita el uso intensivo del dólar fuera de EE.UU. y su uso en actividades ilícitas. Por el contrario, China, cuyo billete de mayor denominación es de apenas unos 15 dólares, parece ser el único que, por el momento, no pretende lucrar usando el Renminbi para aprovecharse de la demanda de divisas con los fines mencionados. Por lo dicho, la eliminación del dinero papel tiene que ser una estrategia coordinada internacionalmente. Sin embargo, ¿quién puede esperar que tal coordinación se logre si los principales emisores de divisas son los principales beneficiarios del negocio?
[2] Rogoff, K (2016). Reduzcamos el papel moneda. Ed. Deusto.

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