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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Fetichismo de la mercancía pornográfica


Erotismo y miseria mercantilizada

Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad de la Filosofía

“En el comportamiento hacia la mujer, botín y esclava de la voluptuosidad común, se manifiesta la infinita degradación en que el hombre existe para sí mismo… Del carácter de esta relación se desprende en qué medida el hombre ha llegado a ser y se concibe como ser genérico, como ser humano: la relación entre hombre y mujer es la más natural de las relaciones entre uno y otro ser humano”. Marx

Todas las formas de la humillación humana están vigentes bajo el capitalismo, especialmente aquellas que han convertido en mercancía los cuerpos femeninos (aunque no exclusivamente) y aquellas que la ideología dominante convirtió en formas del “placer” basadas en alquilar personas para exhibirse, parcial o totalmente, desnudas. Esto, desde luego, es un problema moral y ético para las sociedades actuales porque es principalmente un problema económico y político. Se ha dejado crecer una industria de la humillación que transita zonas de clandestinidad relativa bajo el tapete de la doble moral burguesa que todo lo esconde y todo se lo perdona. Sólo si es “placentero” y si es negocio. Que para ellos es lo mismo.

El colmo es usar a “los pobres”, (es decir a los empobrecidos) que el capitalismo fabrica, para auto-complacer las exigencias de una moralidad enferma de esclavitud y de aberraciones. La ya paupérrima educación sexual que la moral burguesa genera, admite en sus entrañas mercantiles el uso de los cuerpos femeninos como territorio liberado para la exposición impúdica del sometimiento y la enajenación a cambio de unos pesos. Para esos fines son capaces de correr los velos de la invisibilidad de clase y mostrar reales o falsificadas, las imágenes de personas que no sólo muestran su desnudez sin que muestran algunas de las heridas más terribles de la lucha de clases. No les haremos aquí publicidad.

 Alguien puso en de moda -la web- el erotismo de la miseria. Pagan por fotos de mujeres que se desnudan en los escenarios más obvios del empobrecimiento para humillar más a las mujeres su condición de mercancías para la masturbación. En este género pornográfico que circula impunemente por Internet los escenarios para el cuerpo desnudo tienen una carga ideológica terrible cuyo poder devastador radica en confirmar cuánto placer le produce a la mentalidad burguesa masturbarse con el despojo. Aunque lo consuman, incluso, los menos burgueses. 

Es violencia de género convertida en “deleites” utilitarios. Es humillación convertida en mercancía de morbo cargada con moralejas de consumo en donde todo entra, todo se vende, todo encuentra una manera de ser usado y todo se rinde al poder del dinero. Es el “glamour” de una violencia de clase convertida en cuadros para una masturbación que entre otras cosas anula las culpas burguesas. Es la barbarie icónica puesta en circulación por un negocio que tiene ganancias no sólo en lo “financiero” y no sólo en lo ideológico. Es, en suma, el capitalismo descomponiéndose en el uso de los cuerpos como representación de la putrefacción de mercado.

En todas las modalidades burguesas que ha tenido el tratamiento “plástico” de los cuerpos humanos, está presente también un dispositivo ético-estético que recorrió la obviedad o la sublimación a granel a lomos de lo “explícito” y de lo “obsceno”. Hoy la corriente de la mercancía pornográfica, que exige como escenario los escenarios cotidianos de la vida empobrecida, toca un límite que desnuda íntegramente la estética explicita de una burguesía cada día más alevosa y perversa.

No habrá emancipación completa si no nos emancipamos, también, del estercolero estético a que la burguesía nos ha arrojado como solución de entretenimiento para las masas empobrecidas en lo material tanto como en lo espiritual. Es un estercolero del que suele no percibirse el vaho porque nos han convencido -mediáticamente- de que es perfume de pueblo ignorante, holgazán y adicto a lo mediocre.

Como en todos lo objetivos de la guerra ideológica, financiada por la burguesía, el plan no es sólo oprimirnos y deprimirnos sino obligarnos a que estemos agradecidos y ahora excitados. Obligarnos a que aplaudamos a rabiar y les compremos todas sus mercancías envenenadas, convencidos de que siempre han tenido la razón y de que debemos capitular ante ellos convencidos que son el mejor “modelo” y “guía” para nuestras vidas.

Uno no puede recurrir a los bastiones de la moral burguesa para defenderse de su basura mercantil. Por ese camino no hay salidas. Eso explica por qué toda revolución ha de serlo también en su ética y en su moral de lucha que, apoyadas en la crítica de las relaciones de producción capitalistas, sepa ofrecer a la humanidad los valores transformadores que serán guías y programa de las nuevas conductas sociales, incluidas las conductas sexuales. Eso atañe a la búsqueda colectiva de la felicidad y eso atañe a la salud mental que ha de garantizar fortaleza de principios y de fines. Sin amos, sin clases sociales y sin humillaciones burguesas. 

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