Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.

domingo, 3 de agosto de 2014

Una larga y heroica historia construyendo el partido obrero para las luchas y la conquista del socialismo


40 años del PST peruano

Feddy Salazar

Aunque varios intelectuales peruanos hacen parte o reciben influencia directa del movimiento trotskista internacional en los aciagos años 30, como movimiento organizado nuestra corriente recién aparece en la vida pública del Perú en 1944, cuando se funda el Grupo Obrero Marxista (GOM). El grupo fue fundado por dos grandes dirigente del movimiento obrero textil: Félix “Mocho” Zevallos (ya fallecido a inicios de los 90) y Leoncio Bueno (con 93 años a cuestas y que aún vive reivindicando su pasada militancia). Ellos venían de militar en el Partido Comunista stalinista con quien rompen por su apoyo al gobierno oligárquico de Prado al que calificaban de “Stalin peruano”, mientras éste atacaba a los trabajadores. Habiendo acumulado cierta fuerza militante y experiencia, dos años después el grupo toma la denominación de Partido Obrero Revolucionario (POR). La organización se vincula a la Cuarta Internacional bajo impulso e inspiración de la organización argentina del mismo nombre que tenía más peso y tradición en ese país. El GOM-POR sería la primera organización surgida a la izquierda del PC y que con los años alcanzaría importante influencia obrera: captaría importantes dirigentes obreros, lograría una importante inserción sindical y encabezaría varias luchas de repercusión nacional, la más importante de ellas la huelga general textil de 1952 que logró la más importante conquista del movimiento obrero que se mantuvo hasta la derrota que infligió en 1990 la dictadura fujimorista: la Escala Móvil de Salarios, de indiscutible origen en nuestro programa, el Programa de Transición. 
La batalla del POR en los años 40 y 50 fue heroica por el aislamiento casi absoluto en que tuvo que desarrollar su actividad (dispersión y crisis de la Cuarta Internacional), la dura persecución y represión gubernamental de los regímenes dictatoriales y oligárquicos que incluso llevó a la cárcel a sus principales dirigentes. en una de ellas hasta por seis largos años, y hasta por la sucia campaña y calumnias del enorme aparato del PC digitado desde Moscú, que acusaba a la organización de “agentes del fascismo”. Aún en estas condiciones, llevó a cabo una heroica y legítima batalla que dejaría un importante legado para la posterior construcción de nuestro partido.
El 1962 el POR fusionado con otros grupos forma el Frente de Izquierda Revolucionario (FIR), bajo el liderazgo de Hugo Blanco, quien venía de Argentina donde había sido ganado por la corriente que dirigía Nahuel Moreno.
Hugo Blanco y el FIR encabezarían la toma de tierras y la sindicalización campesina en La Convención y Lares (Cusco), entre los años 1959 y 1963. El proceso sería el mayor movimiento de revolución agraria que se produjo entonces en América Latina y fue aparejada con el movimiento que llevó al poder a Castro en Cuba. Para nuestra corriente, fue el mayor de los acontecimientos que dirigimos en nuestra historia, y que aún hoy reivindicamos con orgullo reconociendo la valentía y la consecuencia política del grupo de compañeros que la encabezaron.
Sin embargo, el FIR sería destruido por la represión, el movimiento campesino sería derrotado y Hugo Blanco y sus camaradas serían apresados y condenados a cumplir largas condenas. Toda lucha decida y más aún revolucionaria corre el riesgo de la derrota, y de la derrota también aprendemos. Pero en nuestro caso hubo otros factores que contribuyeron con ese final. Un grupo del partido actuando al margen de las decisiones orgánicas, se aventuró a realizar expropiaciones de bancos para costear actividades guerrilleras, con la idea de reeditar en el Perú la experiencia de la revolución cubana. La aventura, como casi todas las experiencias putchista de este tipo que entonces se extendieron en América Latina, fracasó arrastrando a toda la organización, dejando en la orfandad la lucha campesina que encabezaba Hugo Blanco y exponiéndola a ser derrotada.
El personaje detrás de toda esta historia heroica como trágica sería Nahuel Moreno, sindicado entonces por la prensa local e internacional como el “cerebro” dado que todo el proceso era planificado y dirigido por el SLATO (Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo), de la que Moreno era el principal dirigente. Sin embargo, contra todo lo que se dijo entonces, en realidad hubo una larga y dura discusión de Nahuel Moreno y un grupo de camaradas que resistieron y se opusieron a la desviación guerrillerista. El plan de Moreno era desarrollar un proceso de movilización campesina y de tomas de tierras, para a partir de ahí impulsar la movilización de los trabajadores en las ciudades y construir el partido, pero fue abortado.
Estos hechos marcarían parte de la historia peruana del Siglo XX y está registrado en infinidad de libros, publicaciones y hasta en un film llamado “Avisa a los compañeros”.
Como explicación de lo acontecido podemos alegar la enorme influencia que ejercía la reciente y espectacular victoria de la revolución cubana sobre la vanguardia. Muchos de nuestros cuadros abandonaron la tarea cotidiana y gris de construir pacientemente el partido en los organismos de los trabajadores y pasaron a tomar las armas pensando que era el camino más rápido para la revolución. Entre ellos el Che Pereyra que encabezó el asalto a los bancos, y el Chino Chang, primer secretario general del FIR, quien murió combatiendo al lado del Che en Bolivia. A ellos y a todos los que escogieron este camino hasta entregar sus propias vidas, les guardamos un absoluto respeto y reivindicamos su actividad cuando construyeron la organización.
La gesta de La Convención, sin embargo, no sería en vano. Para el partido y la Internacional fue una experiencia excepcional que contribuiría a delimitar claramente nuestro proyecto vinculado al movimiento y la lucha de los trabajadores y de sus organizaciones, de la onda guerrillera que recorría América Latina arrastrando a centenares de jóvenes a la aventura armada. Por otra parte, el proceso de revolución agraria que sacudió al sur andino, dejaría en coma el viejo sistema oligárquico y su Estado, lo que sería resuelta por un golpe militar “nacionalista” que en 1968 aplicaría una de las reformas agrarias más radicales del mundo.
Reagrupamiento y fundación del PST en 1974
A fines de los 60 una nueva generación de jóvenes, con la aureola de la gesta campesina, retoma la tarea de organizar el partido haciendo parte de las principales luchas que se desarrollan bajo el nuevo régimen militar. El esfuerzo del joven grupo se verá frustrado por una nueva división que revelaba que el tema de la influencia guerrillera no había sido resuelta. Un sector mayoritario del grupo se alinea con el Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional que, en su IX Congreso de 1969, decide, pese a la experiencia ya vivida en el Cusco, adoptar la estrategia de organizar guerrillas en América Latina, y el otro sector minoritario, opuesto a hacer guerrillas, se alinea con la “Tendencia Leninista-Trotskista” que encabezan el PRT-La Verdad de Argentina y el SWP de los EEUU. El sector minoritario es dirigido por Francisco Montes Paredes, que con los años pasaría a convertirse en el principal dirigente y organizador del PST.
El tiempo y las experiencias trágicas en que concluyen todas las experiencias guerrilleras en América Latina le terminarían dando la razón a la corriente de Nahuel Moreno, de la que hace parte el PST. Así, mientras el FIR oficial delira en torno a la lucha armada, el grupo de Montes pese a su extremada juventud crece insertándose en la clase y haciendo parte del nuevo ascenso obrero y popular. El grupo logra una relativa inserción juvenil y sindical y una fuerza que al poco tiempo le permitirá dar el paso más audaz de su corta existencia: funda el Partido Socialista de los Trabajadores, PST, en un congreso realizado los días 28 y 29 de julio de 1974.
Los primeros años: El FOCEP y ARI
Los primeros años del PST discurren bajo la dictadura militar de Velasco Alvarado (1968-1975) y el de Morales Bermúdez (1975-1980). El intento reformista de los primeros años de Velasco fracasa y le sucede entonces una dictadura que con métodos represivos intenta derrotar el ascenso para imponer los planes de ajuste económico que dicta el FMI. En este contexto de fuertes luchas y confrontaciones de clase, se produce un fuerte crecimiento de las organizaciones de izquierda, y al joven PST le permite acumular fuerzas principalmente en sectores industriales de la capital, como metalúrgicos, automotriz y de laboratorios. Cuando la dictadura, derrotada por el Paro Nacional de julio de 1977 decide un plan de retorno a la democracia y convoca a elecciones a Asamblea Constituyente, el PST constituye el FOCEP junto con el abogado Genaro Ledesma, el POMR de Ricardo Napurí y el FIR-POC (grupo que venía de una escisión del FIR oficial), sobre la base de un programa de independencia de clase. El PST llevaría como candidato a Hugo Blanco, entonces en el exilio, que era la figura más reconocida y combativa de la izquierda. El resultado electoral sería espectacular e impactaría a nuestro movimiento internacional: el FOCEP obtendría la tercera votación más alta, con Hugo Blanco a la cabeza, y elegiría 12 constituyentes, entre ellos la representación trotskista más importante del mundo.
Al poco tiempo de este gran triunfo, el PST sufriría una grave derrota: Hugo Blanco, ya en franco alejamiento de la corriente donde se formó y creció como dirigente, rompe el PST para construir otra organización con otros grupos centristas, el PRT. Con este acto, además, prácticamente se pierde el FOCEP, que queda en manos del abogado Ledesma. El PRT, conducido por el mismo Hugo Blanco, se disolvería algunos años después en el PUM (Partido Unificado Mariateguista), de Javier Diez Canseco. El PUM devendría en los 90 en socialdemócrata y Hugo Blanco renunciaría, en forma definitiva no sólo al trotskismo sino al mismo marxismo convirtiéndose en “indigenista”, la nueva tendencia en la que han recalado muchos ex marxistas tras la caída de la Unión Soviética.
Al mismo tiempo que Blanco forma el PRT, el pequeño grupo del FIR POC hace su ingreso al PST en noviembre de 1978. El nombre de su periódico, Bandera Socialista, publicado en la clandestinidad durante la dictadura, pasaría a ser el nombre de la prensa oficial del PST y es el mismo nombre que conserva hasta el día de hoy.
En esos días el PST sufriría también la represión. En febrero del 79, en circunstancias en que se desarrollaba un taller de formación de cuadros en nuestra sede, el local fue asaltado por un destacamento de 200 guardias de asalto que irrumpieron rompiendo puertas y ventanas y armados de ametralladoras, y se llevaron detenidos a 22 compañeros. Una campaña internacional y una huelga de hambre en la Constituyente logran la libertad de los detenidos.
Al mismo tiempo, un importante debate se producía en la Constituyente. El grupo de Napurí había presentado el primer día de instalada la Constituyente la llamada “Moción Roja” con el apoyo de los representantes de izquierda. La Moción planteaba la soberanía de la Asamblea y el cese automático de la dictadura militar. De este modo se trataba de desenmascarar el carácter fraudulento de la Asamblea y, en particular, el contubernio del APRA con los militares. La Moción cumplió su cometido porque fue rechazada por la mayoría burguesa, mientras Haya de La Torre fue obligado a declarar ante las propias bases apristas que simpatizaban con la Moción, que la Asamblea era “soberana”, pero “sólo para redactar la nueva Constitución”.
Luego de la Constituyente todo el proceso se canaliza hacia las elecciones. Para las elecciones generales toda la izquierda se une en la Alianza Revolucionaria de Izquierda (ARI) sobre la base del liderazgo de Hugo Blanco que era visto por los reformistas como el gancho para atraer el caudal de votos que necesitaban para ganar un importante cupo en el nuevo Parlamento. Por puro electorerismo a la alianza ingresan todos, hasta los “antitrotskistas” viscerales. El PST equivoca de posición y en lugar de entrar a ARI se postula solo como alternativa sobreestimando sus fuerzas y pensando que la situación le era favorable para construirse como un partido con influencia de masas. ARI estalla al poco tiempo por la angurria electorera de los diversos aparatos que lo integran, lo que trae un duro golpe para la vanguardia y los trabajadores. La izquierda se presentaría fragmentada a las elecciones y por ello es castigada en las urnas con votaciones exiguas. El PRT, el PST y el POMR llevarían la fórmula presidencia Blanco-Napurí-Fernández, y obtendrían menos del 4% de los votos y hacen elegir 5 parlamentarios.
Crisis y fusión con Napurí y el POMR
Definitivamente, todo error se paga en la vida. Los errores del PST revelarían profundas desviaciones que lo llevarían a una profunda crisis (ver intervención de Nahuel Moreno en el CC del PST Peruano, en internet). El POMR seguiría un camino similar, pero hacia la ruptura, con un sector mayoritario encabezado por Napurí que se inclina por la unificación con el PST.
En 1983 ambos conformaríamos el POMR-PST Partido Unificado, que a la postre adoptaría el nombre de PST. La unificación aporta al PST un importante número de cuadros y dirigentes donde destacará Ricardo Napurí, una de las figuras más reconocidas de la izquierda peruana.
El nuevo partido enfrentará un primer desafío: la calumnia moral contra Napurí por parte de sus ex camaradas para desacreditarlo políticamente y justificar su ruptura con el POMR. Sus ex compañeros inventarían la siguiente acusación contra él:
“Que el salario percibido por nuestros parlamentarios pertenece al patrimonio del partido (…) es el partido quien decide la utilización de este ingreso (…) el CC del POMR había constatado que el c. parlamentario no solamente no había aplicado el acuerdo sino que había rechazado aplicarlo (…) por ello en nuestro partido no pueden existir elementos que amenacen corromperlo bajo la presión material del Estado burgués”. Para colmo, la misma resolución indicaba, al estilo stalinista, que “quien o quienes no acaten la resolución quedan inmediatamente fuera del partido”.
Estábamos ante una típica calumnia de corte stalinista. Una reunión internacional convocada en Bogotá respondería con un llamado a formar un Tribunal Moral para defender la moral revolucionaria de Napurí y darle derecho a defensa. El Tribunal se forma en Lima presidido por Ángel Castro Lavarello, parlamentario y una personalidad de la izquierda. Napurí declara ante el Tribunal y presenta pruebas en abundancia que muestran que no sólo entregaba su sueldo parlamentario al partido sino que incluso entregaba demás. Los acusadores, como era obvio, no exhibieron ninguna. El fallo del Tribunal fue categórico: “Napurí es inocente”, con el que dejó al desnudo a los calumniadores. Así no sólo se hizo justicia sino se sentó un precedente en la izquierda acostumbrada a calumniar para liquidar opositores políticos.
Marginalización
Los años 80 son de continuidad del ascenso revolucionario, pero al mismo tiempo de estrechamiento del espacio político para el partido. La pérdida del FOCEP y el error sectario ante ARI nos había aislado de la vanguardia y desacreditado ante ella que nos etiquetó de “divisionistas”. Al mismo, tiempo la izquierda reformista formaría Izquierda Unida (IU) llegando a copar el espacio de la izquierda y ganando las expectativas de amplios sectores del movimiento de masas, con lo que llegan a convertirse en un fenómeno electoral que lo llevaría a ganar las elecciones municipales de 1986 colocando a Alfonso Barrantes en la alcaldía de Lima, y a numerosos alcaldes y parlamentarios. Mientras este proceso lleva a la adaptación de IU al Estado burgués, el espacio de la extrema izquierda comienza a ser copada por Sendero Luminoso, que hace su aparición armada en mayo de 1980. En SL se enrolarían miles de activistas decepcionados de IU y ante la ausencia de una alternativa revolucionaria.
El partido tardaría en comprender esta nueva situación y rearmarse, y esto le costaría nuevos retrocesos y crisis que se expresarían en el debilitamiento de sus filas. Napurí mismo marcha para radicar en Argentina. Un congreso realizado en 1987 será un intento por rearmar al partido, pero al desarme se suma una crisis crónica de la dirección, lo que terminaría enterrarían los pequeños avances y provocando nuevos retrocesos.
Aún así, la situación política seguiría ofreciendo oportunidades en las que interviene el partido. En 1987 Alan García decide nacionalizar la banca provocando una ofensiva reaccionaria de los banqueros que encabeza Mario Vargas Llosa. Sólo el PST, con su grupo en el Banco de Crédito que encabezan Magda Benavides y Luis Bordo, daría la pelea defendiendo la nacionalización de la banca sin pago y bajo control de los trabajadores, y denunciamos la inconsecuencia aprista y la traición de IU que apoya a los banqueros. En la nueva situación política de retroceso esto ya era marchar contra la corriente. La derecha terminaría imponiéndole al gobierno la devolución de los bancos y el partido pagaría muy caro su osadía: el BCP desconocería a la dirigencia clasista de nuestros compañeros y entregaría el sindicato al PC, que después lo liquidaría.
Asimismo, en Lima logramos una importante inserción en el sector textil, que esos años protagoniza un largo proceso de luchas en defensa del salario textil indexado y contra el cierre de fábricas. El último acto de la clase trabadora donde también tuvimos protagonismo, fue la huelga general minera de 1988 y 1989; la primera se lleva a cabo reclamando el reconocimiento del Pliego Único, y se gana, y la segunda se realiza un año después por la negativa de la patronal minera a negociar dicho Pliego y termina derrotada por el aislamiento a la que la condena la burocracia de la CGTP e IU. La derrota de la huelga traerá despidos masivos y el conjunto de la clase trabajadora sufrirá un retroceso de la que no volverá a recuperarse hasta después del 2000.
Este retroceso global creará las condiciones para la derrota electoral de IU en 1990 y el triunfo de Fujimori, que poco después, mediante un autogolpe, inauguraría una década reaccionaria.
Retroceso en los 90 y crisis y ruptura del PST
Bajo el nuevo gobierno, el único que quedaba en escena era SL, que para entonces desataba una delirante ola de atentados terroristas en la capital a donde se había desplazado su cúpula tras sufrir duras derrotas en el campo. Pero estas acciones sólo le traen más aislamiento y repudio a SL, y crean un clima reaccionario que reclama “orden” y “paz” favoreciendo al autogolpe de febrero de 1992. Poco después el nuevo régimen captura a la cúpula senderista incluido Abimael Guzmán, asestándole una derrota a todo su movimiento. Esta derrota junto al shock que aplicaría Fujimori para controlar la hiperinflación, serían la base para el asentamiento de su poder reaccionario y el lanzamiento de la ola de reformas neoliberales con las que se desmanteló las conquistas económicas, sociales y democráticas de la etapa anterior.
Esta situación, además, tenía como telón de fondo una situación mundial donde se había derrumbado el Muro de Berlín y arreciaba una honda reaccionaria con la idea del “fracaso del socialismo”. Estas condiciones objetivas hicieron estallar a un PST que ya venía en profunda crisis. Un grupo encabezado por algunos de sus fundadores rompieron al partido llevando a la desmoralización y alejamiento al grueso de la militancia de Lima. Para el propósito cualquier argumento era válido. En medio de esta grave crisis, sólo una minoría de dirigentes y de casi todos el interior, defendieron al PST y a la LIT CI.
El pequeño grupo al que nos vimos reducidos se dedicó durante estos años a acompañar las discusiones en la Internacional y a mantener la continuidad de los que quedaban.
20 años después de lo ocurrido, los hechos hablan por sí solos sobre la conducta asumida por cada sector en dichos acontecimientos. Una organización, y en particular el PST que costó enormes esfuerzos construirla, no se rompe así nomás, y si se lo hace aprovechándose de ciertas coyunturas, se paga caro. El grupo liquidador se fue destruyendo así mismo hasta casi desaparecer, mientras la LIT CI y el PST, a quien aquellos intentaron liquidar, se recompusieron, mantienen la continuidad histórica de su batalla y hoy tienen una presencia activa en la lucha de clases. Este es el balance y la lección irrefutable de aquellos hechos.
La nueva realidad y sus oportunidades
El PST comienza a reconstruirse interviniendo en la lucha contra la dictadura, insertándose en la juventud, estructurando a sus principales cuadros en la clase obrera y retomando sus conceptos tradicionales de funcionamiento como una organización bolchevique. También se reconstruye haciendo parte activa de la reconstrucción de la internacional. El 2010 producimos un nuevo salto. La Liga Socialista (LS) se fusionó con el PST, lo que en realidad representa la reintegración de un grupo de viejos camaradas que se habían alejado en el marco de la ruptura del 92.
El nuevo contexto en que el PST se construye está lleno de nuevos desafíos. El restablecimiento de la democracia revela una nueva configuración política y social nada comparable con el pasado. El modelo “neoliberal” funciona y tiene éxito por casi una década permitiendo unir en torno a ella a toda la burguesía y a una nueva clase media; mientras la conciencia de la nueva clase trabajadora y de la juventud, lleva el sello de los prejuicios construidos en torno a los acontecimientos de fines de los 80 y principios de los 90. Por otra parte, el régimen “democrático”, con un alto componente reaccionario, sirve de justificación para la adaptación de los aparatos y la llamada “izquierda”, y para limitar las luchas reivindicativas de los trabajadores, fenómeno que con el ascenso de Humala se agrava porque esos sectores pasan a ser cooptados directamente por el Estado. En el otro extremo, surge el Movadef, construido sobre la base de los restos de SL, con una política aun más rastrera como es el planteamiento de amnistía para sus presos y para Fujimori, y “un acuerdo de paz para la reconciliación nacional”.
De este modo, al mismo tiempo que hay nuevas trabas para el desarrollo de la lucha obrera y popular, y sobre todo para la construcción del partido, surge un amplio espacio para construir nuevas direcciones para las luchas. En ella el PST viene volcando sus energías para poner en pie las nuevas referencias de lucha que necesita la clase trabajadora y la juventud, y en cuyos espacios se nutrirán nuestras filas con sus mejores elementos porque tampoco será posible avanzar en dichos proyectos sin fortalecer el partido.
En el marco de la crisis mundial capitalista se viene produciendo un freno del crecimiento económico y Humala y la CONFIEP apuran un plan de ajuste a los trabajadores para compensar la caída de sus tasas de ganancia. Esto producirá nuevas crisis y conflictos de clase, planteando de manera creciente la necesidad de nuevos organismos de lucha con un programa de independencia de clase y con democracia obrera, y un partido auténticamente de los trabajadores capaz de construirlos.
Cuando en los inicios de los años 40 iniciamos esta largo caminar, y que cobró forma y presencia con la fundación del PST en 1974, que estallaría años después, hasta que en los años 2000 logramos recuperarnos, hoy, insertos en los organismos obreros y de la juventud con una nueva generación de militantes, nos aprestamos a encarar estos nuevos desafíos, colocando en ella toda nuestra experiencia y energía, con la misma tarea que un día un grupo de hombres y mujeres se dispusieron a poner en marcha y que para nosotros sigue siendo irrenunciable: construir la herramienta política de la clase trabajadora para desarrollar sus organismos independientes y de clase para sus propios fines, en la perspectiva de la conquista de su liberación y la de todos los oprimidos y explotados.
Lo hacemos, rindiendo tributo a dirigentes como Ricardo Napurí, que ya está en el retiro, a camaradas como Luis Bordo y Magda Benavides que acompañan esta labor militante, y recordando a dirigentes que dedicaron casi hasta su último aliento para la construcción del partido y de la Internacional: José Sicchar, Lucio La Torre, Santos Dávila, entre otros. Con esta herencia, su ejemplo, enseñanzas y moral revolucionaria a toda prueba, el PST se ofrece hoy como una auténtica opción revolucionaria para los activistas que luchan por un mundo mejor.
Freddy Salazar. Periodista

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


No hay comentarios: