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jueves, 3 de mayo de 2018

Ofensiva mundial contra el trabajo


La Jornada 


La conmemoración de la gesta de los Mártires de Chicago se tradujo ayer en confrontaciones entre manifestantes y las corporaciones policiales en puntos tan distantes entre sí como París, Estambul, Santiago de Chile y Tegucigalpa. En muchas otras ciudades del mundo los trabajadores tomaron las calles no sólo con afanes conmemorativos sino también para expresar descontentos inmediatos por lo que constituye una embestida generalizada de gobiernos, organismos internacionales y corporaciones trasnacionales para la desregulación de las relaciones laborales.
Más allá de los niveles de desarrollo económico, de idiomas y culturas, esta ofensiva en contra del trabajo pone de manifiesto el lineamiento neoliberal de suprimir a los sectores laborales como sujetos políticos y sociales, además de remodelar la economía global de acuerdo con un nuevo paradigma: el de emprendedores independientes, socios y proveedores de mano de obra que venden su fuerza de trabajo en un mercado de antemano controlado por la demanda.
El proyecto es atomizar a las clases trabajadoras para convertirlas en grupos de individuos aislados en estado de total indefensión e incapaces de negociar salarios, condiciones y prestaciones. Un instrumento fundamental en este designio es la distorsión del libre comercio –el de América del Norte, normado por el TLCAN, es un caso paradigmático– para facilitar la coordinación de las corporaciones en los distintos escenarios nacionales en los que actúan y obstaculizan la acción común de las organizaciones gremiales.
Ciertamente, la acelerada y permanente transformación tecnológica, el surgimiento de un nuevo modelo de telecomunicaciones y el fortalecimiento del sector de servicios en detrimento de las industrias tradicionales hacen inevitable la modificación de las relaciones laborales entre patrones y asalariados. Lo cierto es que los capitales han cosechado prácticamente todos los beneficios de tal modificación y que los trabajadores han cargado con los perjuicios. Un ejemplo claro es el del incremento sostenido de la productividad en los principales sectores económicos, el cual habría debido traducirse en reducciones significativas de las jornadas de trabajo; pero el fenómeno ha generado más bien porcentajes de desempleo y desajustes sociales y paradojas como la de un aumento de la edad de retiro y la pérdida de perspectivas de jubilación para los jóvenes.
En países como el nuestro, marcados por un bono demográfico –esto es, por la preponderancia de población joven–, tendría que ser de obvia necesidad la formulación de una estrategia económica radicalmente distinta de la seguida hasta ahora, a fin de recurrir al uso intensivo de la mano de obra para dar empleo a los cientos de miles de jóvenes que se incorporan cada año al mercado laboral, abandonar de una vez por todas las políticas de contención salarial imperantes desde hace más de tres décadas y poner fin al constante hostigamiento en contra de las organizaciones sindicales independientes.

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