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domingo, 3 de diciembre de 2017

El sur, triste sur de nuestra América



Eric Nepomuceno


Algo hay que celebrar en la primera vuelta de las elecciones chilenas del pasado mes: las proyecciones de los institutos encargados de los sondeos se equivocaron olímpicamente. La agrupación Frente Amplio tendría, acorde con las compulsas, 8 por ciento de los votos.

Bueno: tuvo más de 20 por ciento, y con eso se hizo fuerza esencial para que, en la segunda vuelta, el derechista Sebastián Piñera sea derrotado.

Los integrantes del Frente Amplio son jóvenes. Tan jóvenes que entre sus dirigentes nadie tiene 35 años, edad mínima para ser presidente de Chile. Comparada la edad de su candidata, Beatriz Sánchez, a la de los creadores del Frente Amplio, a sus 46 años la conocida periodista suena a veterana.

El ex presidente Sebastián Piñera obtendría, acorde con los sondeos, 45 por ciento de los votos. Tuvo que contentarse con 36 por ciento: irá debilitado a la segunda vuelta, el 17 de diciembre.

En la primera, sin embargo, hubo un dato que merece atención: el diputado José Antonio Kast, declarado admirador de Augusto Pinochet, obtuvo 7.9 por ciento de los votos.

Asusta que pasado tanto tiempo un católico ultraconservador logre semejante cantidad de votos. Entre otras preciosidades, Kast aseguró, el 19 de noviembre que si estuviese vivo, estoy seguro de que hoy el general Pinochet votaría por mí.

Siete elecciones después del fin, hace ya 27 años, de la más sangrienta dictadura padecida por Chile, el tenebroso fantasma de Augusto Pinochet sigue planeando sobre la sociedad chilena.

¿Sería un reflejo de la gran ola que sacude a Sudamérica trayendo el retorno de una derecha desenfrenada? Es como si el muy derechista Piñera no fuese suficiente para parte significativa del electorado.

En la vecina Argentina el gobierno de Mauricio Macri, reforzado por los resultados de las elecciones que renovaron parte del Congreso ahora en octubre, destroza conquistas sociales de décadas. A ejemplo de su vecino Michel Temer, alzado a la presidencia brasileña gracias al golpe institucional del año pasado, Macri implementa lo que llama reformas.

Con una inflación que seguramente será muy superior a 25 por ciento este año, el gobierno de Macri anunció que el reajuste de las jubilaciones será de 5.1 por ciento. Bastante más sonoros son los aumentos de las tarifas de gas (58 por ciento) y luz (47 por ciento ahora y otro 28 por ciento en febrero).

Desde el inicio del régimen macrista –en diciembre de 2015– el precio de la energía eléctrica de los argentinos subió astronómicos mil 200 por ciento. El gas tuvo un aumento más modesto: 400 por ciento.

El país está corroído por la creciente violencia contra movilizaciones populares, por una interferencia cada vez más descarada del gobierno en el judiciario, por la condena absurda de la militante social Milagro Sala, por la implacable campaña de asfixia a medios de comunicación que no se arrodillan frente al altar en que Mauricio Macri está instalado.

Alrededor de 32 por ciento de los argentinos viven en la situación que los organismos internacionales llaman estado de pobreza. Pero Macri y sus asesores no cesan ni por un minuto a sus reiteradas exaltaciones a la recuperación nacional.

En el vecino Brasil el cuadro es aún más sombrío. El gobierno de Temer impuso lo que también llama reformas y anuncia, un día sí y el otro también, que el país está en pleno proceso de recuperación.

Entre otras hazañas aplaudidas frenéticamente por la sacrosanta e invisible institución llamada mercado está la reducción de los gastos públicos que destrozó el ya muy débil sistema de salud pública y provocó destrozos en la educación pública en todos sus niveles.

Otra reforma destrozó conquistas de más de medio siglo: la legislación laboral. Como resultado, un trabajador que no cobre siquiera el salario mínimo (que corresponde a unos 300 dólares) tendrá que cubrir la diferencia para llegar a la contribución social mínima. O sea, pagar para trabajar.

Mientras entrega al gran capital global partes esenciales del patrimonio público, empezando por el petróleo y la energía eléctrica, el más impopular presidente de la historia brasileña acompaña, sonriente, las acciones de la más mediocre y antiética legislatura desde el final de la dictadura, en 1985.

Entre otras maravillas, sus excelencias del Congreso lo libraron dos veces de ser llevado a la Corte Suprema para responder por escándalos de corrupción. En un caso insólito y que en otras circunstancias sería risible, Temer fue absuelto por exceso de pruebas en su contra.

Tanto en la Argentina de Macri como en el Brasil de Temer, los sacerdotes del neoliberalismo más fundamentalista tienen bien iluminados sus altares. Las misas negras enriquecen a los ricos muy ricos y sofocan a los de siempre, los ninguneados, los que se hicieron visibles bajo los gobiernos de los Kirchner, de Lula da Silva y de Dilma Rousseff y ahora volvieron a ser invisibles.

El 1 por ciento de los brasileños ganan cada año lo mismo que 52 por ciento de la población. O sea, el único y concreto programa de recuperación impuesto por el gobierno de Temer es el que ayuda a preservar privilegios.

En semejante escenario, una victoria de Sebastián Piñera en Chile, el domingo 17 de diciembre, significaría la consolidación de un triángulo de entreguismo y retroceso. Eso que los dueños del capital llaman de reforma y recuperación.

Pobre, pobre sur de América.

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