Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.

jueves, 1 de marzo de 2018

Populismo latinoamericano, ¿espejo o antídoto del trumpismo?

Página/12

Está de moda entre los liberales más fanáticos de los Estados Unidos comparar al “trumpismo” con el peronismo argentino, esgrimiendo la analogía como una advertencia sobre el potencial apocalipsis que –temen– está a punto de envolvernos. Recientemente, Larry Summers, miembro del establishment demócrata durante décadas, planteó a través de Twitter: “Me preocupa la argentinización del gobierno de Estados Unidos”. Summers escribió el tuit después de que Trump acusara a los demócratas de traición y de que los medios informaran sobre los deseos infantiles del presidente para un desfile militar. Usó una caracterización estándar del peronismo como un movimiento autoritario, una descripción habitual que seguramente hizo asentir a muchos estadounidenses.
No son sólo los demócratas quienes tratan al peronismo como paradigma de un autoritarismo peligroso. En abril de 2009, Rush Limbaugh intervino ante el inminente rescate gubernamental de General Motors y Chrysler diciendo: “El presidente de los Estados Unidos, Barack Perón, anunciará la adquisición de Chrysler al estilo argentino”. Incluso los académicos más reflexivos han argumentado recientemente que “Perón muestra cómo Trump podría arruinar nuestra democracia sin derrumbarla”.
Sin embargo, al igual que muchos otros clichés históricos, éste es incompleto, si no absolutamente erróneo. Ignora que el núcleo del peronismo fue una visión que es el exacto opuesto del trumpismo. El peronismo lideró un proceso de expansión de la igualdad económica, la organización colectiva y la emancipación política. El trumpismo, por el contrario, se basa en las tendencias hacia la desigualdad, el individualismo y la falta de compromiso político que impregnan la vida norteamericana desde hace décadas.
De hecho, la comparación revela más sobre quienes la repiten que sobre Trump mismo. Aunque conforman el partido más liberal, los demócratas priorizan el resguardo de las instituciones liberales por sobre el avance hacia objetivos políticos, como una mayor igualdad económica. De hecho, equiparan a muchos intentos por alcanzar esos objetivos –como el peronismo– con un autoritarismo peligroso.
El peronismo y los movimientos similares de América Latina indudablemente reformularon a la sociedad y la política, desde las ideas hasta las instituciones. Pero esos proyectos, englobados bajo la categoría de “populismos” representan una amenaza menor para la democracia que la tendencia demócrata a deificar las instituciones políticas y resguardarlas a toda costa, incluso sacrificando principios subyacentes como equidad, justicia e igualdad.
En la década de posguerra, Juan Perón presidió un proceso de masiva redistribución de la riqueza en beneficio de las clases trabajadoras emergentes. En alianza con un movimiento sindical movilizado, su gobierno incrementó la intervención estatal en la economía y proveyó bienes y servicios a los trabajadores, incluyendo la atención gratuita de la salud pública y la educación para todos, así como una amplia gama de servicios sociales administrados por los sindicatos. El peronismo estableció fuertes regulaciones al capital privado y aseguró derechos y las protecciones laborales a los trabajadores sindicalizados.
A fines de la década de 1940, más del 80 por ciento de los trabajadores definían sus ingresos y condiciones de trabajo bajo un sistema de negociación colectiva, y la participación de la mano de obra en el ingreso nacional crecía por encima del 50 por ciento, un hito en la historia argentina. En un momento en que la guerra castigaba la economía mundial, la ingesta calórica diaria de los trabajadores de Argentina era de unas 3 mil calorías, superada solo en los Estados Unidos.
Durante el gobierno de Perón, la Argentina también experimentó un proceso de expansión masiva de los derechos políticos. Las mujeres votaron a nivel nacional por primera vez en 1952, y los activistas sindicales llegaron a ser embajadores, miembros del Congreso y funcionarios del gabinete.
Las transformaciones sociales de Argentina se parecieron en cierto modo a las que tuvieron lugar en los Estados Unidos durante el New Deal. Perón ciertamente pensaba eso: además del famoso llamado a elegir entre Braden o Perón el discurso que cerró su campaña presidencial en 1946 citaba párrafos enteros del segundo discurso inaugural del presidente Franklin Roosevelt. Y así, irónicamente, también lo veían políticos y empresarios estadounidenses, que constantemente invocaban el espectro del peronismo como un argumento a favor de desmantelar el New Deal, y como un oscuro ejemplo de la intervención gubernamental en la economía y la participación sindical en la política.
La idea que impulsó esos cambios en Argentina es la de derechos sociales. El peronismo y otros movimientos populistas en la América Latina de posguerra entendieron que los derechos políticos y el bienestar de los grupos económicamente desfavorecidos habían sido sistemáticamente frustrados por las élites económicas. Por eso, tenían derecho a protecciones y beneficios específicos como una “clase” –por encima y más allá de los derechos individuales como ciudadanos–, para que sus miembros pudieran ejercer el mismo nivel de influencia en la sociedad que otros detentaban individualmente. Dado que ningún trabajador individual podía ejercer tener tanto poder como un gran empresario, los sindicatos permitirían a los trabajadores alcanzar colectivamente el mismo tipo de acceso y de influencia que otros conseguían en virtud de su poder económico.
Es cierto, el peronismo empujó los límites de las instituciones democráticas, apeló a la coerción y la violencia contra sus opositores, y creó un ambiente político tóxico, sofocado con imágenes de Perón y su esposa Eva como redentores de la clase obrera argentina. Al mismo tiempo que el movimiento obrero vivió un periodo de expansión de derechos inédito, Perón indudablemente utilizó al gobierno para controlar a los sindicatos y ejercer una influencia indebida sobre los medios de comunicación. Pero el peronismo pagó un precio alto por estas acciones, asfixiando la dinámica democrática que había ayudado a crear y contribuyendo a su propia ruina. La violencia de los años 40 y 50 bajo Perón fue mínima en comparación con los feroces ataques contra los trabajadores organizados que la precedieron. Y empalidece frente a los posteriores intentos represivos de borrar todo rastro del peronismo, incluyendo el terrorismo de Estado de la dictadura que ejerció el poder entre 1976 y 1983, terrorismo librado en nombre de “erradicar la agresión marxista y populista”.
¿Qué tiene esto que ver con Trump? Poco, si algo. Durante su primer año en el poder, el trumpismo ha sido consistente en sus esfuerzos por flexibilizar las regulaciones laborales, debilitar a los sindicatos y ensalzar los beneficios de ampliar la libertad de acción del capital. Por encima de todo, lo que hace al trumpismo tan diferente del peronismo es la correlación entre su surgimiento y la disminución del poder sindical y la creciente desigualdad en los Estados Unidos, el exacto reverso de lo que llevó a Perón al poder.
Un ataque prolongado y feroz de parte de empresarios y elites ha dejado al poder sindical de los Estados Unidos en declive desde los años 50. La afiliación y la capacidad de negociación han alcanzado mínimos históricos: el 11,5 por ciento de los trabajadores asalariados están sindicalizados y el 13 por ciento están cubiertos por convenios colectivos.
La falta de representación de los trabajadores, y no su poder creciente, impulsó el éxito de Trump. Su triunfo se basó en la crucial victoria republicana de 2011 en Wisconsin, que redujo los derechos de negociación colectiva para la mayoría de los empleados públicos. Esos avances continuaron debilitando la relación enfermiza entre los demócratas y los sindicatos en los estados del cordón industrial (Rust Belt), donde las políticas económicas de la administración de Obama –como advirtieron Joseph Stiglitz y otros– tuvieron como resultado una recuperación lenta y desigual.
El trumpismo y los matices racistas de su agenda prosperan en ese clima de desigualdad económica y de sordera política a las demandas de igualdad. Junto con los recortes de impuestos para los ricos, la administración de Trump ha avasallado a derechos de trabajadores y sindicatos de manera constante, incluyendo el agresivo desmantelamiento de las agencias reguladoras en el área de relaciones laborales, la reforma de la legislación y de los precedentes favorables a los derechos de trabajadores, y un enfoque general que beneficia a empresarios y emprendedores y desalienta la organización sindical.
La comparación de Summers entre el trumpismo y el peronismo es profundamente problemática: ignora de qué manera fundamental son dos polos opuestos, y acepta una definición de la democracia y la libertad que prioriza a las instituciones por encima de todo. Esta orientación –con su punto ciego para las demandas populares– es justamente la que ofreció una brecha para el ingreso de las recetas autoritarias de Trump y su ataque al mismo electorado impulsado por el peronismo en Argentina: la clase trabajadora y los pobres. En lugar de temer al populismo latinoamericano, quizás –como ha sugerido la politóloga Thea Riofrancos– los demócratas deberían mirarlo como un instrumento posible para construir un país más equitativo y justo. Sólo abrazando –antes que desechando– los reclamos colectivos de dignidad, y cuestionando el orden vigente, podrá el país enfrentar al trumpismo y a las causas de su ascenso al poder.
La primera versión de este artículo se publicó en The Washington Post.

Contra un posible Tratado de Libre Comercio entre Ecuador y Estados Unidos

¡Alerta!

En el 2016 el gobierno del ex presidente Rafael Correa suscribió el Acuerdo Comercial con la Unión Europea, siguiendo la forma tradicional de operar de todos los gobiernos anteriores, sin consulta y de espaldas al pueblo ecuatoriano. Este hecho abrió las puertas para que el actual gobierno de Lenín Moreno, a través de la cartera de Comercio, proponga un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.


A pesar de los principios de soberanía nacional, de resguardo de la producción local y nacional, y del carácter garantista, plasmados en la Constitución de 2008, en el año 2016 el gobierno del ex presidente Rafael Correa suscribió el Acuerdo Comercial con la Unión Europea, sumándose al tratado ya firmado por Perú y Colombia. Siguiendo la forma tradicional de operar de todos los gobiernos anteriores, el Acuerdo con la UE se hizo sin consulta y de espaldas al pueblo ecuatoriano.
Este hecho abrió las puertas para que el actual gobierno presidido por Lenín Moreno, a través de la cartera de Comercio, proponga un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. A los anuncios públicos del ministro se suman las declaraciones de los empresarios, que no contentos con haber hechos jugosos negocios en la década correista, ahora pretenden aumentar sus ganancias, con la exportación de algunos productos y la importación de producción subsidiada. La alianza público privada constituye una agresión contra el pueblo ecuatoriano, sus necesidades y condiciones, su memoria, sus luchas y sus proyectos. A lo largo de estos casi 25 años, hemos visto que de México a Argentina, el proyecto de libre comercio favorece únicamente a los intereses de las trasnacionales y unas pocas élites comerciales del continente que, a nombre del bien nacional, el progreso y el desarrollo, el empleo y la competitividad, imponen sus intereses empresariales en detrimento de la mayoría de la población empobrecida y en condiciones de desigualdad.
Los levantamientos y movilizaciones de los pueblos y nacionalidades indígenas frente a la expoliación de sus territorios y las maquinarias extractivas transnacionales; los paros agrarios de los campesinos frente a la expulsión de sus tierras; las demandas de los jóvenes y estudiantes contra la privatización de la educación; las alertas lanzadas por colectivos culturales y barriales, sumadas a las advertencias de pueblos indígenas y afros por la conservación de su patrimonio cultural; la lucha de los trabajadores frente a la precarización y pérdida de sus trabajos; la lucha de las mujeres frente a la violencia patriarcal que se recrudece con el rompimiento del tejido común, comunitario y de vida: nos han mostrado a lo largo de estas décadas que, los tratados de libre comercio constituyen la instalación de un proyecto de muerte, injusticia y guerra.
Las experiencias de libre comercio de México, Perú, Colombia y Centro América nos muestran cómo el discurso de las élites empresariales y los funcionarios de gobierno son falsos. Ni generan más empleo, ni el que se crea es digno: promueven maquilas, precarización y sobre explotación de los y las trabajadoras. Incentivan la privatización de las áreas estratégicas del país e impiden el acceso a seguridad social, educación y salud de las grandes mayorías, que deben pagar para contar con ellos, reduciendo de esta manera, el Estado a favor de la reproducción del capital; a esto se suman las políticas sistemáticas para la exoneración de impuestos a los sectores más ricos de la economía, la pérdida de control sobre los capitales y la desregulación de la banca. Los tratados de libre comercio subordinan, expulsan y eliminan la producción nacional en manos de los pequeños productores y la economía social y solidaria que alimentan el mercado nacional y local, favoreciendo a los monopolios dominados por las grandes empresas; garantizan los intereses de las transnacionales a través del uso de transgénicos destruyendo las economías campesinas, con ellas destruye el laboratorio de la agrobiodiversidad, cultura y la soberanía alimentaria. Fortalecen la reprimarización de las economías nacionales, mediante proyectos extractivos que destruyen la naturaleza, contaminando y reduciendo la calidad y dignidad de vida de quienes habitan esos territorios. A esta mayor dependencia del mercado global y las dinámicas especulativas, se suma la necesidad de un proyecto autoritario, militarista y violento que permita la concentración de la riqueza, el empobrecimiento y la desigualdad social. Es colocar los bienes comunes, los recursos naturales, la riqueza social, el trabajo colectivo, la creatividad de las personas y el futuro de todos los pueblos a una desigual competencia y a libre disposición del neoliberalismo y sus corporaciones
Hace 25 años, las distintas organizaciones indígenas, populares y democráticas del Ecuador se movilizaron en repetidas ocasiones para impedir la suscripción del Acuerdo de Libre Comercio para Las Américas, ALCA y posteriormente contra el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Nuestra lucha logró parar este proyecto de injusticia y muerte. Sin embargo, lo que impedimos que ocurra en los años neoliberales, está teniendo lugar en estos gobiernos “progresistas”. El Tratado de Libre Comercio que hoy impulsa el gobierno, a puerta cerrada y sin participación de la población, con la euforia de sus aliados empresariales y el debilitamiento de la izquierda y los movimientos sociales, es una traición a las conquistas constitucionales a favor del pueblo ecuatoriano. Este como el acuerdo firmado con la Unión Europea son golpes contra los principios democráticos, de justicia social y de redistribución en el país, que marcarán la vida de las siguientes generaciones. Pero a diferencia del tratado con la UE, un acuerdo con los Estados Unidos, significa además la subordinación del Ecuador a las políticas imperialistas y guerreristas del Norte.
Es por eso que quienes firmamos este manifiesto decimos:
¡No al TLC con Estados Unidos!
¡No a la pérdida de nuestra soberanía popular!
¡No a la sumisión de nuestros pueblos!
¡No a las políticas imperialistas!
¡Por la unidad latinoamericana y la soberanía nacional!
Sus adhesiones a: ocaru2012@gmail.com
Organizaciones
Grupo de Trabajo Agricultura Familiar Campesina e Indígena
Observatorio del Cambio Rural
Instituto de Estudios Ecuatorianos
Acción Ecológica
(y siguen las firmas a título personal)  

Cómo se está preparando Venezuela?

Antonio Gershenson

El pasado domingo adelantábamos que los llamados de funcionarios estadunidenses al ejército venezolano a que den un golpe de Estado en su favor, son inútiles. Ya podremos ver en los próximos días lo que hacen en defensa de la patria. En efecto, ya tenemos elementos, que aquí escribimos, en ese sentido.

La Prensa Marea Socialista –www.aporrea.org- plantea que el adelanto de las elecciones presidenciales al 21 de abril por el gobierno venezolano y el fracaso del diálogo de Venezuela, por un lado, y por otro de los agentes estadunidenses y sus servidores latinoamericanos, junto con la gira del ex directivo de Exxon Movil, Rex Tillerson.
Luego de la gira que Tillerson realizó por varios países latinoamericanos entre el 1 y el 7 de febrero, los gobiernos de Michel Temer en Brasil y de Juan Manuel Santos en Colombia movilizaron tropas, tanques y otras unidades hasta sus fronteras con su vecina Venezuela.
Esto hizo recordar a los ejercicios militares conjuntos que Brasil, Colombia, Perú y Estados Unidos desarrollaron en noviembre de 2017 en la Amazonía brasileña.
También, la Latin News publicó, el 17 de febrero pasado, una información con el título Venezuela posee el sistema de defensa más poderoso de la región.
Se agrega que el sistema de defensa aérea de Venezuela se implementó con asistencia rusa, que se involucró al activar ocho brigadas dotadas con el misil S-300 de largo alcance. Es el único país de la región que lo tiene y también otro de origen ruso de mediano alcance.
Con la adquisición de sistemas S-300VM de medio alcance, Venezuela creó, a finales de 2013, “un sistema de defensa antiaérea escalonada que está integrada por cañones antiaéreos ZU-23,sistemas de misiles Buk-2MPechora-2M y S-300VM rusos, capaces de interceptar toda clase de objetivos, sea misiles o aviones, en un rango de hasta 200 kilómetros”.
En su condición de comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), el presidente venezolano garantizó, en julio de 2013, que ya estaba en marcha el sistema más poderoso del mundo. “Ya lo estamos instalando en todas las cordilleras, las montañas, los corredores, el llano venezolano, las fronteras marítimas, las fronteras terrestres (…), nadie podrá tocar ni un centímetro de la patria (…)”, dijo entonces.
Ya en 2015, el general en jefe de Defensa Aérea, ahora secretario de la Defensa, Vladimir Padrino López, aseguró a la prensa que no conoce “un sistema en el mundo que se equipare con el sistema misilístico Buk de fabricación rusa”. Junto con el sistema de exploración y vigilancia, así como la Aviación Militar venezolana, los dos complejos móviles rusos hacen prácticamente invulnerable a nuestra patria, declaró Padrino.
Con todo esto, según expertos en la materia, esta poderosa arma (S-300) le daría a Venezuela una real y gran ventaja en caso de un hipotético ataque por parte de Estados Unidos, como el realizado hace unos días contra Siria, o uno de sus títeres, pero ahora a tierras venezolanas.
Debemos considerar que Rusia no concede a otros países, normalmente, equipos en su mejoramiento más inmediato, pero a Venezuela sí.
El apoyo de China es principalmente en el terreno económico, y el ruso es muy importante, como lo vemos, en el terreno militar.
El Ministro de la Defensa dijo, finalmente, que además del ejército: Recordemos que Venezuela cuenta hasta el momento con más de un millón de civiles chavistas inscritos voluntariamente en el registro para la defensa nacional que corresponde a la Milicia Nacional Bolivariana diseñada para luchar junto al ejército en cualquier escenario de agresión extranjera a la nación.

Venezuela y los perros falderos de Washington



José Steinsleger

Ningún historiador ha podido demostrar si el Libertador, en su agonía, habría dicho, dictado o escrito la frase He arado en el mar y sembrado en el viento.

Poco antes de morir, Bolívar despachó cinco cartas a los generales Rafael Urdaneta (dos), otra al general Justo Briceño, una más a su amigo Estanislao Vergara, y la primera dirigida al general Juan José Flores (fechada en Barranquilla, el 9 de noviembre de 1830). Y fue en la última, donde el Libertador usa la expresión de marras, aunque con tono distinto al vulgarizado por sus enemigos y algunos escritores genialmente mentirosos.

El texto, completo, consta de dos párrafos que dicen así:
Vd. sabe que yo he mandado veinte años, y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) la América es ingobernable para nosotros; 2) el que sirve una revolución ara en el mar; 3) la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4) este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; 5) devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos.
Naturalmente abatido por la desintegración de la Gran Colombia, el asesinato del mariscal Antonio José de Sucre, traiciones, deslealtades de última hora, y el delicado estado de su salud, Bolívar remata con amargura:
La primera revolución francesa hizo degollar a las Antillas, y la segunda causará el mismo efecto en este vasto continente. La súbita reacción de la ideología exagerada va a llenarnos de cuantos males nos faltaban, o más bien los van a completar. Vd. verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia, y ¡desgraciados de los pueblos! Y ¡desgraciados de los gobiernos!
Párrafos en que, proféticamente, con un pie en la tumba, se vislumbran los desaguisados de nuestra historia. Que a su vez embonan con lo dicho por Mark Twain (la historia no se repite, pero rima), usado a modo de epígrafe por la periodista peruana Vicky Peláez en un análisis publicado en la revista Sputnik: El imperio agota recursos para doblegar a Venezuela.
Sin caer en los enfoques políticamente correctos (aunque justamente agoreros) y con información de primera mano, Vicky sostiene que los estrategas de la Casa Blanca y del Pentágono “…están perdiendo toda imaginación para acabar con el legado de Chávez”. Algo que no debería causarnos sorpresa, pues una invasión militar en la patria de Bolívar requeriría, cuando menos, de un comandante en jefe en sus cabales.
Recordemos la invasión a Granada (octubre de 1983), cuando para ocupar una isla con un territorio 3.5 veces inferior a la ciudad de Nueva York (y con menos de 100 mil habitantes), el Comando Sur empleó un portaaviones, dos destructores, tres fragatas misilísticas, un barco de municiones, cinco naves anfibias, 10 acorazados y 7 mil marines que fueron insuficientes para doblegar, de buenas a primeras, a mil 500 granadinos y 700 cubanos que allí trabajaban de obreros de la construcción.
El Comando Sur, recuerda Vicky, tenía ya en 2015 un plan de intervención militar en Venezuela. La Casa Blanca, agrega, calificó aquel plan de poco rentable, y a la misma conclusión llegó recientemente la revista Foreign Affairs, órgano del Conseo de Asuntos Exteriores. Según su cálculo, se necesitarían no menos de 200 mil tropas para invadir Venezuela, y varios años de ocupación, con resultados imprevisibles.
Eso significa –concluye– que la intervención humanitaria se descarta, y lo que le queda a Estados Unidos es usar su táctica de la guerra sucia con la ayuda de sus lacayos venezolanos y los perritos falderos del llamado Grupo de Lima, para quebrar la voluntad del pueblo venezolano (275 mil soldados en las fuerzas armadas, una reserva de 100 mil milicianos, y la miríada de bolivarianos, chavistas y no chavistas, que cerrarían filas contra el invasor).
La expresión perritos falderos no proviene, esta vez, de las izquierdas adjetivas. Fue usada metafóricamente hace pocos días por el presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczinsky, en la Universidad de Princeton. Dijo: Estados Unidos se enfoca en aquellas áreas donde hay problemas, como Medio Oriente. No invierte mucho tiempo en América Latina, pues es como un perro simpático que está durmiendo en la alfombrita, y no genera ningún problema.
Ahora bien. Es posible que Donald Trump está, o se hace el loco. Pero en vísperas de la octava reunión Cumbre de las Américas (prevista para el 13 y 14 de abril), su anfitrión, Pedro Pablo Kuczinsky, podría ser destituido por incapacidad moral permanente a causa del indulto otorgado al genocida y ex gobernante de Perú Alberto Fujimori.
Por tanto, el análisis de Vicky Peláez induce a preguntarnos: ¿qué irá primero en la agenda de los antibolivarianos? ¿Los intereses geopolíticos de Washington y su fijación con China y Rusia, o la imperiosa necesidad las derechas aldeanas para acabar con el ejemplo de los que en Venezuela han desenvainado la espada de Bolívar?

miércoles, 28 de febrero de 2018

Albricia en el País de sus Maravillas



Semiótica de las “buenas nuevas”
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Instituto de Cultura y Comunicación

Es el colmo pero pocas cosas producen más desconfianza que las “buenas nuevas”. O dicho de otro modo: “cuando la limosna es mucha hasta el santo desconfía”. Una de las mejores noticias que la humanidad ha recibido, consiste en haber descubierto todas las trapisondas que la clase dominante ideó para explotar a la clase trabajadora. Artes ciencias y técnicas…ideologías, supercherías y pócimas… ordenadas sistemáticamente para arrebatarle al pueblo trabajador toda riqueza natural y todo el producto del trabajo. Y como si nada, tal desmantelamiento del capitalismo simplemente no se celebra… como se debe.
Las buenas noticias en materia de salud, muchas de ellas auténticas maravillas, no son motivo de festejos populares ni son causa de celebraciones sociales porque terminan siendo razón de amarguras, decepción y desesperanza cuando no hay salario que alcance a la hora de atacar enfermedades y cuidar a los enfermos. Y así con todo. La proliferación de conocimientos en materia de producción y distribución de fluido eléctrico trae apareada la desgracia de sus costos alevosos. Las grandes conquistas en materia de vivienda dejan en la inmensa mayoría de las personas desolación y rabia porque entre créditos, hipotecas y costos de materiales –sin hablar de planos o escrituras- es un dolor profundo para cualquiera que intente dar techo a su familia. Por colmo, el hecho mismo de conseguir un trabajo, y mantenerlo, conlleva el fermento de la rabia sistémica que deja, en el cuerpo y en el alma, llagas de impotencia y desamparo toda vez que no hay justicia salarial y sí hay sobredosis impositiva, consumismo publicista buitre y maltrato consuetudinario vuelto cultura.
Se descubren, y publicitan, técnicas y tecnologías para casi todo y, sin embargo, acceder a ellas impone un proceso largo tapizado con trampas mil que van desde la oferta de sucedáneos pirata, al precio de “originales”… hasta mercancías “genuinas” que sólo pueden disfrutar poderes adquisitivos muy encumbrados. “Tener es poder”, dicen. El mundo se ha vuelto un enjambre espeso de mercancías atiborradas en bodegas y en avisos publicitarios en espera de atiborrase en las casas de los que pueden y de los que no pueden comprarlas. Toda la maravilla del ingenio humano, en lo objetivo y en lo subjetivo, está secuestrada por la dictadura del mercado y de esa lógica aberrante es “alma mater” de la crisis de sobreproducción capitalista. Las buenas nuevas sobre, por ejemplo, textiles cada día más ligeros y duraderos; las buenas nuevas sobre materiales educativos y culturales mejor diseñados y con soluciones formales de vanguardia; los descubrimientos extraordinarios en tecnología para las comunicaciones y en cibernética para “redes sociales”… difícilmente se festejan en los barrios o en las casas de la clase trabajadora. Simplemente no hay cómo pagarlas. Buenas noticias que producen desconfianza.
Algunos anuncian: “hambre cero” y desatan carestías de lesa humanidad. Algunos anuncian “igualdad de oportunidades” pero jamás igualdad de condiciones. Algunos anuncian grandes inversiones para “mayor riqueza” pero nunca dicen que ellos se quedarán con todo. Y ocurre en tono de algarabía y triunfalismo que en los pueblos sólo genera más hambre, peores condiciones y más pobreza. La fiesta entonces sólo es para una clase que más disfruta cuando menos gozan de los beneficios. Para los pueblos desolación y tristeza. Son albricias en el país de sus maravillas.
  Mayormente cuando hay “buenas nuevas”, y las oligarquías las celebran, se sabe sin dudar que traerán penurias a granel para el pueblo trabajador. Toda vez que celebran las maravillas de la tecnología para la transportación terrestre, marítima o aérea… la clase trabajadora sabe que no podrá subirse ni a los barcos ni a los automóviles, ni a los aviones que la burguesía aplaude y disfruta. Es el despojo como cultura del placer para unos cuantos mientras la mayoría que, directa o indirectamente, trabaja para producir o financiar las grande maravillas, simplemente mira y anhela, quizá algún día, gozar del producto de su trabajo. Pero siempre con una dosis de resignación y derrota.
Por eso abunda la desconfianza ante las “buenas nuevas”. Y todo empeora cuando se sabe que esas albricias salen del producto del trabajo y salen del torrente fiscal desviado siempre en beneficio de los que más tienen. Las “buenas nuevas” pesan como un lastre de impotencia y de humillación porque, bajo el imperio del capitalismo, desplazan a la mayoría de los seres humanos que, condenados al despojo, viven a penas con migajas o con limosnas. Las fiestas de los ricos son penurias para los pobres.
Vamos acostumbrándonos a la resignación y a lo macabro. Ante nuestros ojos las paradojas más aberrantes se han vuelto cosa cotidiana y todo lo malo nos resulta familiar. Por eso desconfiamos de lo que suene a bueno, honesto, trasparente o legal. Es la anti-política victoriosa y sustentada por los anti-valores oligarcas. Es la pachanga del saqueo y la explotación en un mundo de infortunios plagado con mentiras a metralla: la “pos-verdad” y la “plus mentira” elevadas al rango de dictadura de la identidad y del orgullo de clase.
Cuando los surrealistas (1924) descifraron, a su modo, al capitalismo, pusieron a descubierto el espanto descomunal del absurdo convertido en “realidad” gracias a las más retorcidas estrategias ideológicas de la clase dominante. Lo habían hecho los dadaístas montados en furia y lo perfeccionaron los surrealistas armados con poesía, entre otras muchas herramientas, para destapar conciencias. A su modo y con sus medios actualizaron las advertencias de Marx sobre la avaricia desbocada de la burguesía que tendría expresiones simbólicas no sólo en sus instituciones religiosas, judiciales o militares… sino en sus baluartes culturales y comunicacionales como armas de guerra ideológica.
Todo lo más aberrante del capitalismo se coaguló en los campos de batalla ideológica como una especie de espejos de Alicia donde aquello que parece acercarnos a la emancipación (económica, sanitaria, laboral, educativa…) termina alejándonos, sin clemencia. Metamorfosis que desfigura toda hipotética “buena nueva” para la alegría y la degenera en tristeza, rabia y desesperanza. Y eso nunca es una “buena nueva”.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez
Director del Instituto de Cultura y Comunicación
Universidad Nacional de Lanús