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lunes, 25 de junio de 2018

Cero tolerancia

Arturo Balderas Rodríguez

La repulsa mundial que causó la política del presidente de Estados Unidos al separar a los menores de sus padres tuvo eco y, de nuevo, debió recular de otra torpe decisión. Ahora para bien, mediante un decreto que suspende tan cruel política. Ro­deado de legisladores republicanos, resaltó su negativa a separar a las familias y agregó la compasión que sentía por ellas. Pero la compasión no du­ró mucho, cuando en el mismo discurso subrayó que EU no podía ser invadido por toda clase de criminales que amenazan con erosionar sus valores. Al margen de sus digresiones, lo que no está claro es cómo el decreto hará menos difícil la vida de los migrantes y cómo más de 2 mil niños serán reunificados con sus familias. Como tantos de sus decretos, este es confuso y deja amplio margen discrecional a quienes lo aplican. Una posibilidad, señala el decreto, es que a las familias se les interne en bases militares o en albergues, mientras se celebran los juicios para deportarlas o concederles asilo en el caso de los que huyen de la violencia. Pero, ¿y las familias que huyen de la pobreza?


El tema migratorio no se resolverá así. De acuerdo con un reporte de la ONU, las migraciones internacionales crecieron de 154 a 231 millones entre 1990 y 2013. Estas cifras revelan un fenómeno que no parece que se detendrá en años. Se multiplican a diario los patéticos casos de refugiados de Medio Oriente y África que mueren ahogados tratando de alcanzar las costas de los países que les brinden asilo. La respuesta a esas tragedias ha sido desigual. Los casos más lamentables son el de Italia, cuyo ministro del Interior declaró la guerra a quienes intentan llegar a esa nación, y los neonazis, que en Alemania tratan de derrotar la política de apertura a los refugiados de la canciller Merkel. Esa política ahora la comparten otras naciones, como Austria y Polonia, y por supuesto Donald Trump en EU. Afortunadamente, Francia, Alemania y España han en­tendido que es necesario en­frentar el problema con una política coordinada que acoja y ofrezca un horizonte de vida a quienes huyen, no sólo de la violencia, sino de la pobreza en sus países de origen. El siguiente paso será, o deberá ser, la forma en que se pueda lograr que millones de migrantes permanezcan en sus países de origen, garantizándoles, además de seguridad física, una forma digna de supervivencia, como un salario que alcance para cubrir lo básico.

Lo incontrovertible del fe­nómeno es que se ha agudizado con el crecimiento de la pobreza, la desigualdad y la violencia. Ejemplo de ello es el incremento de la pobreza y la violencia en países centroamericanos y la patética respuesta del gobierno de Trump y su procurador general, Jeff Sessions, declarandocero toleranciaa la migración y a las familias de los migrantes.

La solución no será fácil. La voracidad de unos, la violencia militar y religiosa y el racismo lo evidencian. Hay que ser generosos y abrir la puerta a quienes huyen de esas lacras, pero también hallar soluciones de fondo en los países expulsores de millones de seres, como intentan hacerlo los tres mandatarios europeos.

Por ahora, es notorio el revuelo causado por la esposa del presidente, que en franco desafío a su marido acudió a visitar a las familias separadas en un refugio texano para decirles, en una forma no precisamente sutil, lo que Trump y quienes lo rodean piensan de la desesperación en la que viven:realmente no me importa, frase inscrita en la prenda que sin el menor recato vestía, ante el asombro de propios, extraños, y seguramente el disgusto de su marido.

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